Mesas íntimas

Hay quien se bebe el vino en misa; algunos se encierran en sus bodegas, a cal y canto, para degustarlo en secreto; otros van a restaurantes, con visas oro del gobierno, a soplarse las botellas de 300 euros y yo, de tarde en tarde, acudo a beber una cuartita en un guachinche, abrazado a la vida, que es lo único que no pueden robarnos los miserables que nos gobiernan.

La vida, en este caso, no es otra cosa que la gente que quiero, con la que me gusta compartir momentos serenos, de calma chicha, abismado en la contemplación de la comida y la bebida humildes, cuyos colores y perfiles se me antojan crípticos mapas de la felicidad auténtica. Tanto da que los descifre o no.

Si he de ser sincero, a veces, he sentido más intimidad en la mesa que en la cama. Por esta razón, me cuesta mucho ir a comer con personas que no son de mi agrado y me entusiasma tanto compartir plato y mantel con la gente que me gusta. Por fortuna, siempre tengo alguna comida pendiente, lo cual equivale a decir que una buena parte de mis proyectos de futuro están compuestos por momentos de satisfacción en placentera compañía. Hubo un tiempo en que una porción de mis comidas respondía a intereses creados: afortunadamente, hoy, he logrado terminar con esa tortura y reservarme para “mi” gente.

De vez en cuando, vamos de guachinches Antonio Abdo, Pilar Rey y yo. Nos subimos al coche de Antonio y emprendemos el rumbo hacia las medianías de Tenerife.

Pilar y Antonio acaban de jubilarse de su larga trayectoria como directores de la Escuela Insular de Teatro de La Palma, pero no como grandes actores. Nuestra amistad ya puede medirse por lustros, pero es difícil fijar los límites de mi admiración por ambos.

Mientras rodamos, a Pilar le gusta hablar de México. Siempre México. Unas veces para recordar aquel museo cuya entrada prometía un banquete de cultura americana; otras, para recomendarme un restaurante divino que se encuentra en una esquina del Distrito Federal o aquel otro perdido en un pueblo con nombre de santa cuya deliciosa carta se graba a sangre y fuego en la mente de quien haya traspasado su umbral de estilo colonial.

–En el próximo viaje, quédate unos días en México capital.

–No puedo, tengo que seguir hacia Morelia.

–No importa. Tú te quedas unos días y verás que no te arrepientes.

Antonio encuentra un aparcamiento a pocos metros del guachinche. El día está espléndido.

–Es martes –comento sin venir a cuento.

–¿Y qué? –responde Pilar mientras se baja del coche– ¡Total no vamos a casarnos ni a embarcarnos!

A Antonio no le gusta la carne de cabra. Por esta razón, una vez nos hemos sentado en la mesa del guachinche, la pide sin más preámbulos.

–Tráigala directamente, sin aperitivos. Y una cuartita.

–Media botellita –tercio yo, únicamente con la intención de ahorrar paseos inútiles a la camarera, al tiempo que trato de entender la jugada con gambito de Antonio frente a la carne de cabra.

–¿Papas arrugadas o fritas? –pregunta la mujer que nos sirve, siempre amable y sonriente desde el primer día que pisamos la sombra de su patio hasta hoy.

–Arrugadas –pide Antonio de forma concluyente.

–Y fritas –digo yo, desatinado y encarrilado ya en la controversia.

Llegan el vino y una cesta con pan, tenedores y cuchillos.

–¡Quítate del sol, Manolo, que se te va a agravar la gripe!

Pero no me quito, porque me gusta que me piquen sus rayos después de tantos días de frío en la isla. Encima de nosotros hay un parral y, a unos centenares de metros, tras nuestras espaldas, se hunde el barranco de Erques en una montaña de basalto: un hachazo en la espalda de Tenerife.

–Bonito nombre el de Erques –comenta Pilar, cuyo espíritu se está elevando con los místicos vapores de la difunta cabra. Antonio tiene pronta la respuesta apropiada y aquí comienza un toma y daca entre ambos que yo sigo con suma atención, intentando que mi interés pase desapercibido.

¡Qué lujo!, me digo mientras escucho y los contemplo representando la divina comedia de la vida, en un guachinche humilde que, excepcionalmente y por unos momentos, se ha convertido en uno de los grandes teatros del planeta. Asisto boquiabierto, entre emocionado e incrédulo, consciente de que una vez más los dioses me regalan momentos que no merezco.

Pasa un ángel. Permanezco unos minutos en silencio. Ya sería cansino repetirle lo que tantas veces he dicho a don Antonio Abdo:

–Antonio, cuando sea grande, yo quiero ser como tú.

Ambos saben que, en la frase, Pilar es una elipsis; y sonríen desde las fuentes de su bondad.

Una gran bandeja con carne de cabra aparece sobre la mesa. Humea. Yo, aún más que Antonio, aborrecí la carne de ese animal, que siempre imaginaba entretejida de grasa rancia y con olor a orines. Iniciarme en sus misterios no fue fácil. Llegar a desearla me costó un doloroso aprendizaje que aún no ha concluido, pero que se inició el día que, por primera vez, probé la sopa de cabra en una cueva medio escondida de Güímar. Una sopa entreverada de trozos de pan y de yerba buena que te conquista los sentidos hasta aniquilar cualquier resistencia y convertirte en un adepto.

A partir de ahí, como tantos otros, me transformé en un buscador de tesoros gastronómicos caprinos. No es fácil encontrarlos, pero tampoco imposible.

A medida que el contenido de la bandeja disminuía, felizmente acompañado de unas papas “utodate” arrugadas, la conversación se contagiaba de la efervescencia del vino nuevo. Para no gustarle la carne, Antonio Abdo se dejó servir dos platos, al tiempo que protestaba enérgicamente cuando intenté llenar su vaso hasta el borde.

En la cocina, se olvidaron de las papas fritas y yo, siguiendo las enseñanzas taoístas de mi compañero de mesa, protesté pidiendo otro plato de papas arrugadas.

De vez en cuando, por la calle La Parranda –créanme que es su nombre auténtico y, en mi opinión, más que merecido– pasaba un perro pegado a la pared o alguna persona tan silenciosa como la sombra de un concejal sobornado. Ningún vehículo. Paz y vino. No hay quien dé más.

Comí tiramisú de postre. Bebí café, hablando por los codos, enamorado de la vida, de la carne de cabra, de los guachinches, de este ágape y del próximo, en los altos de San Miguel, y del siguiente, donde mi estimado amigo Elicio y la compaña dispongan…

Si de esta manera pasa la gloria del mundo, bienvenido sea ese tránsito.

ESTRELLAS-ME-GUSTA

El refranero español: escuela para canallas

El refranero español es un excelente manual para aprender a ser un canalla. Por cada refrán que induce a ser buena persona, hay muchos que aconsejan desconfiar de cualquier prójimo e, incluso, tratar a los seres humanos como si fuesen basura.

No cabe duda de que el conjunto de refranes tiene un autor, el pueblo español, que no por ser colectivo es menos responsable del contenido de su obra. Un lector que históricamente presume de aplicarlos: el mismo pueblo español, a quien siempre he escuchado aplaudir la presunta sabiduría de esa gran serie de sentencias. Un repertorio demasiado largo para ser grabado a fuego en dos tablas, pero con tantos aires preceptivos e inflexibles como los mandamientos recogidos dos veces en el monte Jabal Musa por Moisés.

Cuando empezamos a ponernos orgullosos de la raza o de la buena filosofía de nuestros pueblos, no está de más subir unos cuantos escalones y observar el suelo que estamos pisando, con el fin de bajarnos los humos. Es cierto que con la llamada crisis los ánimos se han apagado y ya no vemos a tantas señoritas y caballeritos en los medios de comunicación sacando pecho carpetovetónico con tantas cualidades españolas. Sin embargo, nunca faltan ocasiones para presumir –por ejemplo, cuando alguien logra ganar algún trofeo con infantiles juegos de pelotas– de nuestras grandezas éticas y genéticas. En esos momentos, precisamente, deberíamos buscarnos la debilidades, lo cual es un excelente ejercicio para no caer en la fanfarronería.

Supongo que los países pueden ser analizados por diversos factores, como su gastronomía, su economía, sus edificaciones, etc., cada uno referido a su propia parcela. No parece adecuado juzgar a los arquitectos franceses por el sabor del paté de hígado de oca ni a los escritores alemanes por la calidad de los cilindros de un coche mercedes. Así que tampoco pretendo analizar la pintura española a través del refranero, como fuese el hijo de un galerista escribiendo una tesis de sociología. Sin embargo, estoy convencido de que la moral de los habitantes sí se refleja en sus refranes y, a decir verdad, al menos en lo que a España respecta, no parece que aquélla haya poseido, en el pasado, una calidad muy alta.

¿Vemos algunos ejemplos? Si los analizamos en orden alfabético, no hace falta salir de la “A”, ni aun agotarla, para percatarse de la cantidad de buenos consejos para gente bellaca que contiene el refranero hispano:

A asno lerdo, arriero loco.

A balazos de plata y bombas de oro, rindió la plaza el moro.

A barba muerta, obligación cubierta.

A bestia comedora, piedras en la cebada.

A bicho que no reconozcas, no le pises la cola.

A cada cerdo le llega su San Martín.

A cada cual dé Dios el frío como ande vestido.

A cada santo le llega su día.

A cada uno Dios da el castigo que merece.

A cada uno mate su ventura, o Dios que le hizo.

A calza corta, agujeta larga.

A can que lame ceniza, no le debes confiar la harina.

A candil muerto, todo es prieto.

A carne de lobo, diente de perro.

A carnero castrado, no le tientes el rabo.

A cartas, cartas y a palabras, palabras.

A cuarto vale la vaca, y si no hay cuarto, no hay vaca.

A “creíque” y “penseque” los ahorcaron en Madrid.

A cuentas viejas, barajas nuevas.

A chica cama, échate en medio.

A la mesa y a la cama, sólo se llama una vez.

A medida del santo son las cortinas.

A mi amigo quiero, por lo que de él espero.

A mi prójimo quiero, pero a mí el primero.

A rey muerto, rey puesto.

A río revuelto, ganancia de pescadores.

A quien Dios no le dio hijos, el diablo le dio sobrinos.

Al que no le guste, que se rasque.

Al que no quiere caldo, tres tazas.

Al que no sabe de vacas, la boñiga lo embiste.

Al que quiera saber, mentiras a él.

Al viejo y al olivar, lo que se les pueda sacar.

Al villano, dale el pie y se tomará la mano.

Amanecerá y veremos, dijo un ciego, y amaneció y no vio.

Amar y no ser amado es tiempo mal empleado.

Supongo (fervientemente lo supongo) que a pocos lectores les parecerá normal orientar su vida apoyándose las sentencias anteriores. Imagino que casi todos pensamos que existe una aterradora falta de ética en estas frases que, por fortuna, ya van siendo relegadas a una docena de libros casposos y a otras tantas páginas de internet. Poco a poco, van desapareciendo de las charlas habituales y, al menos así lo deseo, del pensamiento habitual.

Esta sabiduría de la mala leche viene de viejo. Era la que imbuía la cotidianeidad de otras épocas y personas que no fueron mejores que las actuales, sino más canallas, mucho más. Ciertamente, no había tanto que robar ni tantos ciudadanos con capacidad de hacerlo como en la actualidad; pero, en su pequeña escala para rapiñar bienes de cualquier clase, nos superaban con creces, en todos los peldaños de la escala social.

No lo duden. Como prueba, me remito al refranero, a sus desconfianzas, a sus escepticismos, a su malicias y a sus egocentrismos.

El verídico y gracioso caso de un escritor canario en la Corte española

La fortuna rueda de forma caprichosa. A veces, parece transitar enloquecidas órbitas y, en otras ocasiones, no quiere entender de enchufes, mangas ni recomendaciones. Tampoco de méritos. Hoy te regala una mina de cal y mañana te llena los ojos de arena.
Con el tinerfeño don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo no tuvo miramientos y describió un extraño giro el día en que este personaje salió de Madrid camino de Sevilla. Las intenciones de don Pedro Joseph eran embarcarse hacia un glorioso destino americano, donde le esperaba el cargo de Gobernador.
De la Corte partió un carruaje que en su interior contenía a este caballero canario contento, quimérico y confiado. Los corceles correteaban por las calzadas que conducían a los puertos fluviales de la antigua Hispalis. El viajero sentía el pecho inflamado de legítimo orgullo; sus exultantes pulmones reclamaban el aire fresco que bajaba de la cordillera hasta las campiñas de la cercana Sevilla.
Don Pedro Joseph sacó su insigne cabeza por la ventanilla y contempló el planeta deslizándose a velocidad de vértigo bajo las ruedas. ¡Ah, el mundo a sus plantas! Sacó los hombros fuera. Un hombre de su valía no podía permanecer encerrado tanto tiempo. Necesitaba más espacio. Seguramente, el propio Santo Domingo estaba bendiciéndolo en ese preciso instante desde su lugar exclusivo en el reino celestial. Don Pedro Joseph se alongó algo más por la ventanilla y cerró los ojos, sintiendo el céfiro bendito lavando su rostro sabio, penetrando en su… Algo crujió. Se desprendió la puerta del carruaje. Don Pedro miró hacia abajo y observó horrorizado cómo el camino se precipitaba hacia su cabeza.
Noventa y nueve pasos más adelante, el defenestrado vehículo se detuvo. El conductor y el resto de los pasajeros se apearon y pudieron contemplar el cuerpo tendido boca abajo, inmóvil, con la oscura ropa cubierta de tierra. El torso de don Pedro continuaba incrustado en la puerta del carruaje. Despatarrado, cual nuevo Ícaro de vuelo raso, parecía haber desarrollado unas alas de madera que le conferían un ridículo aspecto pajaril.
El prudente cochero no se atrevió a decir en voz alta que en esos momentos don Pedro se parecía más que nunca a un auténtico canario. Se limitó a darle la vuelta y comprobar que la caída había sido mortal. Era el día 17 de agosto de 1738 y resultó evidente que la suerte no viajaba en aquel carruaje. Probablemente, en ese mismo instante, la diosa Fortuna se encontraba a miles de kilómetros, contemplando con emoción cómo el rey Carlos VII de Nápoles, y pronto Carlos III de las Españas, colocaba el anillo nupcial a su amada y rubia María Amalia de Sajonia, nieta del Emperador del Sacro Imperio.

El día 14 de octubre de 1773, en La Gaceta de Madrid apareció una noticia que anunciaba la reimpresión de una obra del accidentado y difunto don Pedro Joseph de Mesa que había dado mucho que hablar y más que reír. La edición anterior se había agotado desde hacía tiempo y sus ejemplares eran buscados con auténtica avidez por la aristocracia, la intelectualidad, el ejército, el clero y el pueblo llano de la Corte, hermanados todos en el común cachondeo.

Para sus propias obras hubieran deseado don Francisco de Quevedo y Villegas o don Pedro Calderón de la Barca un interés tan desmedido, una atención tan prolongada, una avidez en tan sumo grado. Sin embargo, ese privilegio, reservado a unos pocos elegidos de los dioses, correspondió a otro libro, cuyo escueto título es el siguiente:

Ascendencia esclarecida y progenie ilustre de Nuestro Gran Padre Santo Domingo, Fundador del Orden de Predicadores: Ocurrencias vulgares sobre los fundamentos en que se ha procurado introducir duda en la sentada verdad de ser Santo Domingo N. P. descendiente de la nobilísima Casa de los Guzmán: Debaxo del patrocinio del gloriosísimo Abad de los Silos Santo Domingo, segundo Moysés, y gran Taumaturgo español; y por mano de la Excelentísima Señora la Señora Doña Francisca Xaviera Bibiana Pérez de Guzmán el Bueno, Duquesa de Osuna.

La primera edición de este libro había visto la luz en Madrid, en el año 1737. Su autor era don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo (1). Procedía de una ilustre familia de La Orotava, en la isla de Tenerife, descendiente de conquistadores y destripaterrones aristocráticos.
La intención de don Pedro era colocar a Santo Domingo en una situación de privilegio, pues le parecía que el título de Santo le resultaba demasiado corto a sus grandes méritos. Al fin y al cabo, ¿qué valor tenía un santo al lado de un duque o de un príncipe? Evidentemente, poco.

En la Gaceta de Madrid, correspondiente al 28 de enero de 1738, apareció este anuncio del libro de Pedro Mesa: “Ascendencia esclarecida de Santo Domingo de Guzmán, su Autor don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo; en la Porteria del Convento de Nuestra Señora del Rosario de esta Corte.”

Así que don Pedro procedió según sus costumbres familiares, es decir, de la única manera que sabía hacerlo la aristocracia urbana y agraria canaria: inventándose antepasados de alcurnia y títulos tan innumerables como ficticios. De manera que la familia de Domingo de Guzmán, gente de mediana nobleza castellana –por parte de su abuela, doña Godo González– y de mediana santidad cristiana –su madre fue la beata Juana de Aza y sus tres hermanos, los beatos Manés, Conrado y Antonio–, se transformó en una familia de reyes y duques, gracias a las habilidades literarias y genealógicas de mi paisano, el canario Mesa, que llegó a emparentarlos con el mismísimo Guzmán el Bueno, el cual debió engendrar algún descendiente más que no fuese su apuñalado hijo.
Poco después de su aparición, el libro se hizo famoso, gracias a un escrito de siete páginas publicado en Salamanca por el conocido jesuita Padre Luis de Losada. Lo tituló:

Carta familiar a don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo, autor del libro intitulado Ascendencia de Santo Domingo de Guzman por Luis Lopez, beneficiado y cura proprio de la Villa de Morille en el Obispado de Salamanca.

Analizaba en clave de humor el libro de Mesa y se armó tal cachondeo en la Corte que todo el mundo corría a comprar la obra del canario como si fuera el mejor libro de chistes.
Luis Losada, vista la buena acogida de su Carta, volvió a las andadas y pronto dio a conocer su

Vida y salud de la famosa carta familiar del cura de Morille, sobre lo Guzman del Glorioso Santo Domingo, certificada contra su vano entierro, en otra carta del mismo cura à un amigo suyo de Valladolid.

Y ya fue el acabose. Como si se tratara de pan caliente, se agotó la edición del libro de marras en un pispás. Don Pedro de Mesa Benítez de Lugo estaba en la gloria. ¡Sus méritos literarios y religiosos reconocidos por el orbe entero! ¡Ya nada ni nadie detendría su brillante carrera hacia los más rutilantes títulos nobiliarios ni hacia los cargos más ambicionados del borbónico Imperio!

Naturalmente, no faltaron terceras partes y, según noticia de Diego de Torres y de Joseph de Viera y Clavijo, que aún no he podido verificar, un gracioso publicó:


Entierro de la Carta familiar del Cura de Morille a favor del glorioso Santo Domingo, por un Sacristán de Canarias.


En la Universidad de Salamanca se encuentran depositados varios escritos de Luis de Losada al Santo Oficio, aludiendo a sus famosas Cartas del Cura de Morilles.

Ensoberbecido por el éxito, a excepción de cierto cabreo incial que tuvo la virtud de hacer florecer otros divertidos escritos, don Pedro no se enteraba de la misa la mitad. Sin embargo, ante tanto cachondeo intervino el inefable Santo Oficio –con tantos dominicos viviendo de, en y para sus entrañas– con la intención de prohibir esta Carta. En mala hora, porque un funcionario de la misma Santa Inquisición se equivocó al interpretar las órdenes superiores y el que resultó prohibido fue el libro del pobre don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo.

Don Pedro saltó como un basilisco. Ante sus airadas protestas, los del Santo Oficio tuvieron que imprimir en la cubierta del tomo segundo la siguiente frase:

Declárase que lo puesto en el tomo segundo, donde dice; ‘Don Pedro Joseph Benítez de Lugo, su libro intitulado, Ascendencia de Santo Domingo de Guzmán, se prohibe’, ha sido equivocación, porque el dicho libro no está prohibido, y solo lo está la ‘Carta familiar escrita á Don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo’, según y en la forma que se halla en el tomo I de dicho nuevo Expurgatorio al fol. 276 col. I, y de esta declaración se ponga allí una nota.


Página del Índice de la Inquisición corrigiendo un error que fue la rechifla de media España.

Ni que decir tiene que la rechifla general llegó a niveles nunca vistos. Claro que don Pedro José también tuvo sus defensores, como don Diego de Torres, Astrólogo y Catedrático de Matemáticas en la Universidad de Salamanca, autodenominado Piscator Mayor de Salamanca y autor de multitud de libros estrafalarios (2). Cada año, el doctor Torres publicaba un calendario en el que pronosticaba para toda Europa, en un tono que debió envidiar hasta su ilustre enemigo Benito Jerónimo Feijoo, las enfermedades que llegarían en cada estación, el estado de las plantas, de los animales y de los astros, y todas esas cosas que la Astrología y el Santo Oficio le aconsejaban publicar para fortalecer las almas y los cuerpos de tanto pecador de la padera. Tiene el doctor Torres libros tan curiosos e imprescindibles como el titulado

El gallo español: respuestas dadas al Conde Meslay; por qué el gallo canta á las doze de la noche en Portugal, y llevado á Francia canta a las mismas doze siendo assi, que ay una hora de diferencia.

Pues bien, este dechado de sabiduría dedicó muchas páginas a defender al canario Mesa y sus disparates. Puede encontrarse su hilarante alegato en el Tomo Undécimo del Segundo Libro de una recopilación de su obra, citada más abajo. El capítulo que nos interesa es:

Soplo a la Justicia, alentado por el general escándalo y particular miedo.

El doctor don Diego de Torres y Villarroel, nos aclara de qué va el asunto:

De las excusadas disputas é impertinentes disputadores de la innegable é indeleble nobleza del Excelentísimo y Santísimo Padre Sto. Domingo de Guzmán El Bueno.

Y ya la liamos, porque la referencia a El Bueno nos proporciona las claves y los puñales de su discurso antes de que comencemos a leerlo.

He aquí la portada del citado libro del astrólogo Diego de Torres

Torres aprovecha la defensa del canario para emprenderla de manera ladina contra el jesuita Losada, compañero catedrático en la misma universidad de Salamanca. Y, menos lindo, lo llama de todo. Además,

Detrás de estos papeles impresos se ha destacado otras sátiras manuscritas, y diferentes coplones; y finalmente han salido aquellos bergantes y públicos madicientes de Perico y Marica, irritando las paciencias, afrentando las honras, y rompiendo por las leyes de Dios, y la gloria de sus Santos.

Respecto a los cabreos iniciales de don Pedro Joseph sobre la contestación de Losada, nuestro Piscator Mayor afirma que la población está convencida de que

si se mostró quejoso, ó colérico, que se le debe perdonar, porque al fin ningún hijo sufre bien que le revuelvan los huesos al padre que le engendró. Para quien no encuentran disculpa es para el Cura, quiera Dios que él la tenga con su Magestad y con Santo Domingo, que el vulgo poco importa que quede rabioso contra él, contra su Carta, su vida y su salud.

Como pueden apreciar, el tal Torres se las traía en lata. ¡Vaya mala uva se gastaba el astrólogo con el cura de Morilles, es decir, con el jesuita Losada, su compañero! Y así continúa, siempre en el mismo tono, durante las catorce páginas que contienen su alegato, que se vuelve gracioso por lo disparatado. Peor defensor no pudo tener nuestro celestial genealogista isleño.
Pero, en cualquier caso, don Pedro Joseph se las arregló para ser provisto de un Gobierno para América. Como es de sobra sabido, España siempre ha hecho gala de una particular inclinación a compensar los esfuerzos de sus grandes hombres. Y don Pedro había demostrado ser un fénix de las letras genealógicas, moviendo las risas, las plumas y las pasiones de los más delicados clérigos y cortesanos.
Lástima que antes de llegar a Sevilla le sucediera el accidente que le produjo la muerte, al caer del carruaje al duro pavimento del camino. ¡Quién sabe cuál habría sido su siguiente estudio genealógico y cuántas diatribas habría despertado!
Podemos concluir que la muerte del genio isleño fue fruto del destino, del azar o de la providencia, pero en cualquier caso ha de considerar la persona de buen juicio lo pasajeras que son las glorias de este valle de lágrimas, donde los éxitos del amanecer se trocan en llantos a mediodía y en reposo eterno a la hora de merendar. Sea como fuere, y aun a su pesar, don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo logró descansar sin más incidentes en la bóveda de la Orden Tercera del Real Convento de San Pablo, sin repetir la osadía de sacar la cabeza fuera de su estrecha morada en estos más de dos siglos y medio transcurridos. Allí continúa, do fueron sus huesos a parar, después de que las eruditas páginas de su magna obra procurasen las más excitantes veladas de asueto y carcajeo que haya conocido jamás la Villa y Corte imperial.
Este singular personaje dejó cola, puesto que, además de aparecer leves rastros de su obra en Amazon punto com Books, su nieta, doña María Mesa, se desposó, en el siglo XVIII, con otro caballero canario, nacido en Chipude (isla de La Gomera), cuya historia también merece ser rescatada del olvido. Así lo haré, si tengo salud y tiempo, pues documentación sobre este asunto hay de sobra.

Notas

1. El tronco familiar de Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo proviene de un andaluz de Sanlúcar conocido como El Tuerto (Pedro Benítez de Lugo, hijo de Juan Benítez e Inés de Lugo) que vivió algo más de un lustro en Tenerife, entre el final del siglo XV y el principio del XVI.

2. Diego de Torres Villarroel era un pseudo intelectual pícaro, arrimado a la ideología más rancia de su tiempo, buscando siempre el favor de los poderosos y denunciando ladinamente al Santo Oficio a los autores de ideas ilustradas, como Benito Feijoo o Luis Losada. Escribió una autobiografía, titulada Vida, que en opinión de Juan Valera «Puede considerarse como una novela picaresca.”
El propio Torres escribió en esta maquillada historia de su vida que «Lo que puedo asegurar es que en las vidas de Domingo Cartujo, Pedro Ponce y otros ahorcados no se cuentan ardides ni mañas tan extravagantes ni tan risibles como las que inventaba mi ociosidad y mi malicia.» Y así continuó hasta el final de su vida, aunque autores como Arturo Berenguer Carisomo opinan que no se puede incluir esta obra dentro del género picaresco –indefinible, según Lázaro Carreter–, dado que no aparece en ella ningún rastro de erotismo.
Comenta Eugenio Suárez-Galbán, (De la vida de Torres a la de Lázaro de Tormes …, Duke University):

No ignoramos, por otro lado, que si Lázaro se opone a “los que heredaron nobles estados” en esa subida por la escala social, Torres fue más bien empleado servicial, y hasta sumiso, de la nobleza de su tiempo [...].

En realidad, nunca ha dejado de interesar Torres Villarroel, por lo estrambótico. Baste decir que su obra recopilatoria de Pronósticos (14 volúmenes) se reimprimió en 1797, treinta años después de su muerte o que su Vida (Ediciones La Lectura, Madrid, 1912) volvió a ver la luz en a principios del siglo XX (también ha habido ediciones en Castalia, 1972; Taurus, 1985; etc.), provocando artículos más o menos apasionados, como el del jesuita A. Pérez Goyena (revista Razón y Fe, enero-febrero de 1913) en que propina, con la acostumbrada finura de la Compañía, una buena zurra a José de Lamano y Beneite, que se había erigido en defensor de Torres en un folleto publicado en 1912.
En un trabajo reciente, La vida de Diego de Torres Villarroel y su tiempo, Juan Fernando Valenzuela Magaña expresa la siguiente opinión sobre el Piscator salmantino:

Es Torres Villarroel un autor sin duda escurridizo. Lo fue en su tiempo, en el cual debió de provocar extrañeza la mezcla resultante de su explicable fama de extravagante, brujo y astrólogo y de catedrático de la Universidad de Salamanca; y lo sigue siendo hoy, pese a un nuevo interés por su obra lejos del reiterado tópico que lo despacha como epígono del barroco o último pícaro, y que está cosechando interesantes frutos.
La crítica destaca en este autor aspectos de gran modernidad, como el de ser el primero que edita sus obras por suscripción pública, y de erróneo conservadurismo, como el de seguir manteniendo la teoría astronómica ptolemaica en un mundo en el que Copérnico y Newton representaban la vanguardia científica. Pero no es esto, a mi juicio, lo que lo hace escurridizo (ni siquiera lo haría complejo). Lo determinante en este sentido es que, a diferencia de su contemporáneo Feijoo, no sabemos bien a qué atenernos respecto a sus verdaderas ideas. ¿Creía realmente Torres en sus pronósticos y en la influencia de los astros? ¿En qué medida? ¿Es sincero en ese desprecio al claustro de la universidad salmantina o se trata de despecho por no ser reconocido como uno más en él? ¿Está satisfecho o arrepentido de la etapa picaresca de su vida? ¿Estaba tan en contra de Martín Martínez y Feijoo como la polémica sostenida con ellos parece a primera vista sugerir? Con todas las reservas propias de un juicio sobre la vida de otro hombre y de una obra en la que se pretende autodibujar, intentaremos aclarar el papel que la Vida de Diego de Torres Villarroel ocupa en el panorama cultural de su tiempo.


Referencias bibliográficas

Losada, Luis A.: Carta familiar a don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo, autor del libro intitulado Ascendencia de Santo Domingo de Guzmán. Impr. Salamanca. 1737 [?].

Vida y salud de la famosa carta familiar del cura de Morille, sobre lo Guzmán del Glorioso Santo Domingo, certificada contra su vano entierro, en otra carta del mismo cura à un amigo suyo de Valladolid. Salamanca. Impr. 1738 [?].

Mesa Benítez de Lugo, Pedro Joseph de: Ascendencia Esclarecida, y progenie ilustre de nuestro gran Padre Santo Domingo, Fundador del orden de Predicadores [...]. Imprenta de Alonso de Mora. Madrid. 1737.

Pérez Morera, Jesús: El árbol genealógico de las órdenes franciscana y dominica en el arte virreinal. Anales del Museo de América, 4. Museo de América. Madrid. 1996. Págs. 119-126.

Supremo Consejo de la Santa General Inquisición: Índice último de los libros prohibidos y mandados expurgar para todos los reynos y señoríos del católico rey de las Españas, el señor don Carlos IV (resgistros desde 1747 a 1789). Imprenta de Don Antonio de Sancha. Madrid. 1790. Pág. 25.

Torres y Villarroel, Diego de: Soplo a la Justicia, alentado por el general escándalo y particular miedo. En recopiltorio de las Ideas extractadas de su Pronósticos. Libro Segundo. Tomo XI. Imprenta de a Viuda de Ibarra. Madrid. 1798. Pags. 358-372.

Viera y Clavijo, José de: Noticias de la Historia General de las Islas de Canaria. Tomo IV. Imprenta de Blas Román. Madrid. 1776. Págs. 561-562.