Jorge Mario Bergoglio, la humildad en el supermercado

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Bergoglio:  yo creo que el mayor vanidoso es el que hace alarde de manera continua, descarada e insolente de su presunta humildad. En tu caso, no sólo tu mano izquierda sabe lo que hace tu mano derecha, sino también procuras que lo sepan los medios de comunicación.

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Cómo preparar el asalto al Vaticano vendiendo en el supermercado eclesiástico la humildad al mejor precio. Sin el menor recato, Bergoglio ha colocado esta foto ¡en la portada de su propio libro!

Bergoglio: no tienes recato: eres un profesional de la humildad: la publicitas tu hasta en la portada de tus libros. A nadie se le escapa que estas exhibiciones de la humildad son muy rentables cuando alguien como tú les sabe sacar partido.

Bergoglio: el modesto papa jesuita que ha escogido un nombre franciscano para perpetuar sus humildades, es decir, tus humildades.

Bergoglio: siempre mostrando tu humildad a raudales, sobre todo cuando hueles fotógrafos cerca. Humilde ayer en el balcón de la Plaza de San Pedro y humilde hoy en la iglesia de Santa María la Mayor, ante los infinitos objetivos que captaban tu humildísima humildad para difundirla en trillones de píxeles por todo el universo digital que nos acoge.

Bergoglio: humilde con la Junta Militar Argentina, a quien siempre obedeciste, nunca criticaste y, probablemente, más de una vez entregaste sacerdotes y monjas para que fueran torturados e, incluso, asesinado, según testimonios muy fiables.

Bergoglio: la humildad que persevera, la humildad que se convierte en escalera hacia la gloria, la humildad que con paciencia oriental te convierte en el cónsul de Dios y que coloca en tus manos las llaves del mismo cielo.

Bergoglio: fijándome en tu trayectoria, me doy cuenta de que el antónimo de humildad no es vanidad ni siquiera soberbia, sino ambición. La humilde ambición.

Bergoglio: el que resiste gana: ahora tienes más poder que tu buen amigo Videla y el resto de la Junta Militar que tanto te gustaba. Se me ponen los pelos de punta. Viva el Vaticano. Viva Honduras. Amén.

SEXTA PARTE. La increíble historia de 300 canarios en la República Dominicana del dictador Trujillo

El dictador de la República Dominicana, Rafael Trujillo, gastó millones de pesos en ampliar la policía. En cuatro meses, fueron encarceladas 4.000 personas y las torturas eran similares a la descripción que vimos en la anterior entrega. Más que nunca, el país había caído bajo el dominio del terror y los dominicanos eran perseguidos, torturados y asesinados lo mismo que los emigrantes haitianos. Sin embargo, la prepotencia del Generalísimo terminaría por acarrearle su propia ruina.

Cuando Trujillo retiró su apoyo incondicional a los obispos, la Iglesia Católica envió una carta pastoral  que se leyó en todas las iglesias reclamando el respeto a los derechos humanos. La firmaron los mismos obispos que habían apoyado incondicionalmente a Trujillo, al comprender que la situación se les ha ido de la mano. Incluso, la embajada de Estados Unidos ofreció asistencia a algunas familias importantes para salir del país. En Caracas, Rómulo Bethencourt y Fidel Castro decidieron apoyar a los opositores dominicanos.

Las denuncias de la prensa americana también comenzaron a dar su fruto. La Agencia de Inteligencia Americana (CIA) comenzó a desarrollar actividades destinadas a promover el asesinato de Trujillo. Paralelamente, el gobierno de los Estados Unidos invitó a Trujillo a asilarse Estados Unidos o Europa. Este rechazó la propuesta.

La reacción por parte del sátrapa no se hizo esperar. La prensa y la radio oficiales de la R. D.  atacaron a la Iglesia y a Estados Unidos. Los servicios secretos trujillistas organizaron un complot para asesinar a Rómulo Betancourt, Presidente de Venezuela, el cual se salvó milagrosamente del atentado en que murieron su chofer y un oficial, cuando su coche voló por los aires.

Rafael Trujillo, Fidel Castro y Rómulo Bethencourt. A principios de la década de 1960, estos tres descendientes de canarios manejaban los principales resortes del poder en el área del Caribe.

Curiosamente, los tres gobernantes más destacados en esos momentos, en el área del Caribe, eran hijos o nietos de emigrantes canarios: Fidel Castro Ruz, Rómulo Bethencourt y Rafael Leónidas Trujillo Molina. Naturalmente, los tres conocían su ascendencias, pero, seguramente, desconocían la de los otros dos.

Después la cosa se complicó cuando Trujillo intentó matar al Presidente de Venezuela. Creo yo que era Rómulo Bethencourt.
Nuestra situación era mala y todo aquel que tenía familia en Venezuela trataba de irse para ese país. ¡Más se complicaba! A dos compañeros míos los cogieron en la capital, los metieron en [la prisión de] La Victoria y al mes o a los dos meses los metieron en un barco y los llevaron para allá. Llegaron casi desnudos, llegaron a Barcelona.
(Don Aureo Francisco, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

[...] Ya al año vine para la capital. Mucho mosquito. Vine para la capital a buscármelas aquí. Unos se quedaron otros fueron para Venezuela… Fueron muchos para Venezuela, otros fueron para España, regresaron.
(Don Ángel Velásquez, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Rafael Leónidas Trujillo, nieto de un sargento canario, se comportó toda su vida como un prepotente gallo de pelea, asesinando sin piedad a cualquiera que se opusiera a sus continuos abusos.

La Asamblea redactó una nueva Constitución dominicana. En ella se decía que el Presidente y el Vicepresidente no pueden ser perseguidos ni encarcelados por ningún delito. Trujillo nombró presidente a Joaquín Balaguer, el cual justificó los años de tiranía en su discurso de toma de posesión.

Sin embargo, sin hacer caso de los cantos de cisne de Balaguer, la Organización de Estados Americanos condenó a Trujillo y se rompieron todas las relaciones diplomáticas y comerciales con el resto de los países americanos. Aprovechando la marea, el gobierno de los Estados Unidos deseaba que también se condenara a Fidel Castro, pero no lo consiguió.

Trujillo trató de remendar la situación e invitó a la oposición a volver al ruedo político. Regresaron sólo dos partidos. Sin embargo, es difícil perder las malas costumbres: a las pocas semanas, fueron represaliados y hubieron de volver a la clandestinidad. Entonces, arreció la represión y los asesinatos: así murieron las hermanas Mirabal, lo cual indignó al pueblo. Creció la tormenta. Las torturas no cesaron, como muestra la siguiente cita extraída de una novela de Vargas Llosa –La fiesta del Chivo– que realiza un magnífico retrato de aquellos siniestros días:

La famosa actriz dominicana María Montez, hija de un canario de Garafía, fue uno de los símbolos utilizados por la dictadura para presentar al mundo la cara amable del régimen. De hecho, mantuvo presuntos amores secretos con Virgilio Montalvo Rodríguez, uno de los mandamases de Rafael Leónidas Trujillo. Sería el propio Trujillo quien le entregara a la actriz la condecoración de la “Orden de Trujillo” en noviembre de 1943.

Ramfis [hijo de Trujillo] movió la cabeza y Pupo se sintió lanzado con fuerza ciclónica hacia adelante. El sacudón pareció machacarle todos los nervios, del cerebro a los pies. Correas y anillos le cercenaban los músculos, veía bolas de fuego, agujas filudas le hurgaban los poros. Resistió sin gritar, sólo rugiendo. Aunque, a cada descarga –se sucedían con intervalos en que le echaban baldazos de agua para reanimarlo– perdía el conocimiento y quedaba ciego, volvía luego a la conciencia. Entonces, sus narices se llenaban de ese perfume de sirvientas. Trataba de guardar cierta compostura, de no humillarse pidiendo compasión. En la pesadilla de la que nunca saldría, de dos cosas estuvo seguro: entre sus torturadores jamás apareció Johnny Abbes García, y, en algún momento, alguien que podía ser Pechito León Estévez, o el general Tuntin Sánchez, le hizo saber que Bibín había tenido mejores reflejos que él, pues alcanzó a dispararse un balazo en la boca cuando el SIM lo fue a buscar a su casa de la Arzobispo Nouel con la José Reyes. Pupo se preguntó muchas veces si sus hijos Álvaro y José René, a quienes jamás habló de la conspiración, habrían alcanzado a matarse.
Entre sesión y sesión de silla eléctrica, lo arrastraban, desnudo, a un calabozo húmedo, donde baldazos de agua pestilente lo hacían reaccionar. Para impedirle dormir le sujetaron los párpados a las cejas con esparadrapo. Cuando, pese a tener los ojos abiertos, entraba en semiinconsciencia, lo despertaban golpeándolo con bates de béisbol. Varias veces le embutieron en la boca sustancias incomestibles; alguna vez detectó excremento y vomitó. Luego, en ese rápido descenso a la inhumanidad, pudo ya retener en el estómago lo que le daban. En las primeras sesiones de electricidad, Ramfis lo interrogaba. Repetía muchas veces la misma pregunta, a ver si se contradecía. «¿Está implicado el Presidente Balaguer?».) Respondía haciendo esfuerzos inauditos para que la lengua le obedeciera. Hasta que oyó risas, y, luego, la voz incolora y algo femenina de Ramfis: «Cállate, Pupo. No tienes nada que contarme. Ya lo sé todo. Ahora sólo estás pagando tu traición a papi». Era la misma voz con altibajos discordantes de la orgía sanguinaria, luego del 14 de junio, cuando perdió la razón y el Jefe tuvo que mandarlo a una clínica psiquiátrica de Bélgica.

Cuando ese último diálogo con Ramfis, ya no pudo verlo. Le habían quitado los esparadrapos, arrancándole de paso las cejas, y una voz ebria y regocijada le anunció: «Ahora vas a tener oscuridad, para que duermas rico». Sintió la aguja que perforaba sus párpados. No se movió mientras se los cosían. Le sorprendió que sellarle los ojos con hilos lo hiciera sufrir menos que los sacudones del Trono. Para entonces, había fracasado en sus dos intentos de matarse. El primero, lanzándose de cabeza con todas las fuerzas que le quedaban contra la pared del calabozo. Perdió el sentido y se ensangrentó los pelos, apenas. La segunda, estuvo cerca de conseguido. Encaramándose en las rejas –le habían quitado las esposas, preparándolo para una nueva sesión en El Trono– rompió la bombilla que iluminaba el calabozo. A cuatro patas, se tragó todos los vidrios, esperando que una hemorragia interna acabara con su vida. Pero el SIM tenía dos médicos en permanencia y una pequeña asistencia dotada de lo indispensable para impedir que los torturados murieran por mano propia. Lo llevaron a la enfermería, le hicieron tragar un líquido que le provocó vómitos, y le metieron una sonda para limpiarle las tripas. Lo salvaron, para que Ramfis y sus amigos pudieran seguir matándolo a poquitos.
Cuando lo castraron, el final estaba cerca. No le cortaron los testículos con un cuchillo, sino con una tijera, mientras estaba en el Trono oía risitas sobreexcitadas y comentarios obscenos, de unos sujetos que eran sólo voces y olores picantes, a axilas y tabaco barato. No les dio el gusto de gritar. Le acuñaron sus testículos en la boca, y [...].
(Mario Vargas Llosa, La Fiesta del Chivo, pp 424-425)

Los emigrantes canarios se encontraban entre la espada y la pared. Atrapados en la isla, perseguidos por los trujillistas que los acusaban de comunistas  y por los opositores que los marcaban como protegidos del dictador. Sin embargo, aún no se había tocado fondo: se acercaban tiempos aún más negros, tanto para ellos como para la República Dominicana.

CONTINÚA…

Vídeo con la Historia de la emigración canaria a la República Domicana (producido por Amazonas Films, emitido por Televisión Canaria y dirigido por Manuel Mora Morales). PRONTO ESTARÁ DISPONIBLE LA VISUALIZACIÓN ON LINE DEL DOCUMENTAL COMPLETO.

QUINTA PARTE. La increíble historia de 300 canarios en la República Dominicana del dictador Trujillo

Don Aureo Francisco, emigrante canario, residente en Constanza.

Uno nunca debe estar seguro de haber tocado fondo, porque cualquier fondo puede quebrarse y aparecer un nuevo abismo. Esto les sucedió a los emigrantes canarios en la República Dominicana. A todas sus calamidades, se añadió una para la que estos jóvenes políticamente imberbes no estaban preparados: las acusación de ser comunistas.
La isla estaba atestada de espías del gobierno, llamados calies, los cuales delataban a los emigrantes como comunistas cada vez que protestaban por algo o se quejaban por no haberse respetado sus contratos. A veces, no hacía falta rebelarse contra la situación, porque los propios españoles también los delataban como enemigos del régimen trujillista para quedarse con sus tierras.

Ya te digo, los camiones recogiendo gente, eso era todos los meses, recogiendo. Hubo una noche un caso que yo presencié. Llegan tres canarios, eran de las Palmas, no me acuerdo del nombre de ellos ya. Venían de la parcelita de trabajar, de noche. Y llegaron.
A la entrada del pueblo se encuentran con el camión parado y subiendo gente. Y siguen para allá que ellos vivían creo que en la cuarenta y seis. Eran sesenta casas que habían. En cada casa metieron seis. Según el contrato era una casa para cada uno y después nos metieron seis.
Y cuando llegaron y les dicen los compañeros, “vámonos”, y ellos: “uh, cómo vamos a irnos si tenemos la parcela sembrada y todo, cosas…”, “Vámonos de aquí que esto se pone peor. Vinimos juntos, vámonos juntos”.
Los tres cogieron sus pasaportes, cogieron sus maletas y llegaron al camión y le entregaron los pasaportes al jefe.
Que se iban.
Y les dijeron: “Pero si no son ustedes, ¿ustedes por qué se van?
“Sí, nos vamos, vinimos juntos y nos vamos juntos”.
Subieron al camión y se fueron. Eran tres de Las Palmas, no me acuerdo del nombre de ellos.
(Don Aureo Francisco, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Estación de ferrocarril en Santiago de los Caballeros.

En enero de 1956, en el barco Auriga, llegaron otros 370 emigrantes españoles. En este mismo barco, devolvieron a España 300 emigrantes, entre los que había un buen número de canarios, acusados de comunistas. Fue el último viaje de esta emigración.
En ese mismo año, Trujillo adquirió por 35 millones de dólares los cinco ingenios de la West Indies Sugar. Después compró otro, en condiciones parecidas, usando también dineros públicos para su lucro personal. Ya controlaba el 80% de la producción industrial y empleaba en sus empresas privadas al 45% de la mano de obra del país.
El SIM (Servicio de Inteligencia Militar) secuestró y asesinó al escritor español Jesús de Galíndez, en Nueva York. Para encubrirlo se realizó una cadena de crímenes que escandalizó a la opinión mundial. A partir de aquí, los periódicos The New York Times y Washinston Post se encargarían de acorralar a Trujillo. El gobierno norteamericano no tuvo otra alternativa que comenzar a retirarle su apoyo.

Recuerdo que en la época de Trujillo se vivía lleno de temor. Yo recuerdo que cuando decían ahí viene la policía todos nos metíamos debajo de las camas, hasta los niños. Nos íbamos a los rincones de las casa y nos metíamos debajo de las camas. Inclusive mi papá, todo el mundo y mi abuelo y todo el mundo.
Nos escondíamos cuando oíamos «Ahí viene un policía». Y uno iba a esconderse con un temor tremendo todo el mundo. Vivía uno lleno de temor y como él dijera. Obligatoriamente.
Yo misma llegué a marchar en el sol y había que decir «Que viva Trujillo el Benefactor de la Patria» porque si uno no lo decía… Ya usted sabe, uno tenía problemas.
(Doña Altagracia, descendiente de emigrantes, Rep. Dominicana, 2003)

Un informe de la Secretaría General del Ministerio de Información y Turismo de España, realizado en 1956, aporta datos escalofriantes sobre la población gobernada por quien Francisco Franco había definido como “el gran amigo de las hispanidad”:

“[Hay] niñas de doce y catorce años en estado, niños que abusan del ron, padres y hermanos que viven juntos en la misma habitación, niñas y jóvenes fumando a todas horas; se desconocen el plato y la cuchara, hasta el extremo que el arroz, el plátano y la yuca, base de la alimentación de la gente del campo, son servidos en hojas, y se toman aquel cereal con los dedos. Las viviendas no reúnen las condiciones precisas para que pueda vivir el español. Por la noche se nota mucho frío en ellas, y por el día un gran calor. Les dan tan sólo 60 centavos por persona (25 pesetas) y con eso tienen que comer y vivir. La vida está cara, lo único barato es el café, el ron y el tabaco”.

Naturalmente, este estado de cosas influyó directamente sobre la vida de los emigrantes canarios, los cuales fueron comprobando que las posibilidades de progreso en esta isla caribeña no eran demasiado grandes.

En el año cincuenta y cinco aquí un maestro rural no sabía ni el abecedario. Solamente le enseñaba a los muchachos a escribir “papá” y “mamá”. Es que no sabía.
(Don Antonio Acosta Hernández, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Pues nos chismearon como comunistas y se nos fue complicando la vida. Nos fueron acechado y nos iban agarrando de noche. Ya nos tenían señalados.
De repente llegaba un camión que se llamaba catarey, un camión que cargaba la caña. Llegaba la policía y donde estaban señaladas, casa por casa, iban cogiendo y montando en el camión. Cuando recogían se iban, pero ya quedaban otros fichados y hay personas… una desgracia.
(Don Aureo Francisco, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Trujillo optó por llevar inmigrantes japoneses. Transportó a la Republica Dominicana a 1.500 nipones que cultivaban tierras en la zona montañosa del centro. Muchos volvían a su país denunciando que vivían en auténticos campos de concentración, vigilados por soldados armados.

Para más desgracia, el médico que hay en Baoba que era español, se descubrió que era el calie (espía) del gobierno. Contra nosotros. Después, al matar a Trujillo el salió huyendo. ahí se descubrió todo. Entonces la cosa se fue complicando: panoramas y situaciones que eran duras.
(Don Aureo Francisco, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

El año 1957 marcó el comienzo de Santo Domingo como lugar ideal para el exilio de los dictadores latinoamericanos. El primero en llegar fue el dictador colombiano general Rojas Pinilla. En marzo de este mismo año, embarcaron de vuelta a España 1.369 emigrantes y en mayo llegaron 588 húngaros que huíande la instauración del comunismo en su país. Fueron destinados a zonas salitrosas que terminaron por abandonar. Mientras tanto, las penalidades de los emigrantes canarios continuaban aumentando.

Había un gago palmero de Fuencaliente. Alto él, pero gago. Entonces, por mala suerte le tocó la tierra en la sabana y no pudo trabajarla. Entonces, de tiempo a tiempo llegaba un coronel con el encargado de colonia. Hicieron una reunión y pegó a preguntar por qué no trabajaban la tierra. Pero cuando llegó al gago, el pobre gago, imagínate la situación, situación crítica, se fue poniendo nervioso y cuando llegó el momento que le preguntó, empezó qué, qué, que, qu… y no podía responder y jaló por la mano y si no le garran la mano le da un buen trompón al coronel. Ahí lo cogieron y para La Victoria, la cárcel, un poco retirado detrás de la capital para dentro. Y lo llevaron. Y así siguieron casos.
(Don Aureo Francisco, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Vieja foto de un grupo de jóvenes de Constanza.

En el año 1958, se exilió en Santo Domingo el dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez. Y, a principios de 1959, llegó el dictador cubano Fulgencio Batista.
Poco después, Fidel Castro se comprometió en Caracas a apoyar a los exiliados dominicanos. Luego, facilitó el entrenamiento de guerrilleros dominicanos en Cuba. El gobierno venezolano de Rómulo Betancourt contribuyó con dinero, armas y aviones a la organización del Ejército de Liberación Dominicano.
Trujillo también fortaleció su ejército. Creó una Legión Extranjera con mercenarios europeos y norteamericanos. La familia Trujillo comenzaba a verle las orejas al lobo y envió mucho dinero a bancos del extranjero.
El día 14 de junio, una expedición de 54 hombres se dirigió a la República Dominicana. Cinco días después llegaron 144 hombres a Puerto Plata. Los hombres se repartieron en varios grupos, pero sólo uno, el de Constanza, tuvo éxito.
Los guerrilleros antitrujillista se refugiaronn en bosques o en pequeñas aldeas, pero Trujillo las bombardeaba y mataba a decenas de familias inocentes. Los invasores fracasaronn y fueron capturados, torturados y asesinados. Las torturas las dirigió un hijo del tirano, llamado Ramfis Trujillo. De cuantos llegaron en esta expedición contra Rafael Leónidas Trujillo, sólo sobrevivieron dos dominicanos y dos cubanos.
Pero la población estaba desesperada y no se resignaba a continuar bajo la opresión del dictador. También, en 1959, hubo una conspiración en la fuerza aérea que fue descubierta. Trujillo torturó y asesinó a cincuenta militares y técnicos. La represión se recrudecía. El país estaba aterrorizado.
En la clandestinidad algunos jóvenes trataron de organizarse. Se reunieron 297 muchachos, en una organización que denominaron Agrupación Política 14 de Junio. Doscientos cuarenta de ellos pertenecían a la pequeña burguesía.
En medio de estas convulsiones, los emigrantes canarios tratabann de sobrevivir a su manera, intentando no mezclarse en los problemas del país. Sin embargo, eso era imposible y se vieron arrastrados por la efervescencia social y el nerviosismo de los gobernantes.

Estuve en la colonia. En Baoba estuve hasta el 59. Después aquí estuve en la colonia. Me dieron una casa y me la quitaron cuando la huelga. Me quitaron la tierra y tuve que salir huyendo.
(Don Felipe Martín, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Después para más complicación, en el cincuenta y nueve, salta Fidel Castro. Ahí fuimos nosotros acusados de oír las noticias cubanas que se oían bien. Nosotros la oíamos porque los canarios estamos medio liados hacia los cubano: tenemos la música, el son, la rumba, el punto cubano. A muchos nos gustaba oír. Pues ahí se nos complicó el asunto: el mismo radio que Trujillo nos regaló, nos sirvió de puñal. Los alcaldes, los segundos alcaldes, que después se convirtieron en Guardia Rural. Cuando tú venías a ver y abrías la puerta, te los encontrabas detrás de la puerta escuchando. Después nos chismearon como comunistas y se nos fue complicando la vida. Nos fueron acechado y nos iban garrando de noche. Ya nos tenían señalados. De repente llegaba un camión que se llamaba catarey, un camión donde cargaban la caña. Llegaba la policía y donde estaban señaladas, casa por casa, iban cogiendo y montando en el camión. Cuando recogían se iban, pero ya quedaban otros fichados y hay personas… una desgracia.
(Don Aureo Francisco, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Integrantes de la Agrupación Política 14 de Junio.

En enero de 1960, la policía descubrió la Agrupación Política 14 de Junio. Se apresó a sus miembros y se les torturó en la cárcel de “La Cuarenta”. Casi todos fueron asesinados. Otros murieron de hambre o enfermos. Las descripciones de las torturas llevadas a cabo en la cárceles trujillistas no son un plato fácil de digerir; sin embargo, he decidido incluir los siguientes párrafos, escrito por un médico que contempló aquellos crímenes, para que se comprenda la magnitud de lo sucedido en esa tierra hermana.

“La noche que yo llegué al centro de tortura, aquello parecía la obra de alguna alucinación dantesca. En todo el patio de la prisión y en sus diversas dependencias se torturaba del más diverso modo en medio de un frenesí bestial en el que aparecían entremezclados esbirros y hombres desnudos y esposados dando alaridos y revolcándose como gallinas decapitadas.
No es poco el impacto que produce en el ánimo más aplomado contemplar a un hombre indefenso y desnudo, vuelto una masa de carne lacerada y convertido en una especie de cebra bípeda con todo el cuerpo cubierto de surcos negros y sanguinolentos causados por pelas de más de doscientos azotes que se aplicaban con fuertes gruesos alambres y tubos de material plástico.
Los alaridos provocados por la aplicación de corriente eléctrica con su efecto quemante en todo el sistema nervioso tienen un carácter particularmente ondulante y desgarrador y la escena de un hombre, desnudo y amarrado a una poltrona recubierta de láminas de cobres, es en especial dramática.
La víctima se retorcía al recibir las descargas eléctricas y las contracciones de su cuerpo y los rictus del rostro que se sucedían entre aullidos de dolor producen una visión, realmente insoportable. Mientras tanto, el coro de torturadores, en medio de las pausas, vertía toda suerte de chistes y sarcasmos con respecto a las víctimas, en tanto practicaban la diversión de apagar cigarrillos, de manera continua, en los cuerpos de los maniatados en La Silla.
Cuando alguien perdía el conocimiento, como consecuencia de las pelas aplicadas en un cuadrilátero denominado El Coliseo, por dos o tres esbirros a la vez, sobre el cuerpo despellejado, sanguinolento y en carme viva del cautivo, era derramada una lata de agua de sal o se le sentaba en La Silla para reanimarlo con descargas eléctricas.
Por otra parte, un potente foco producía una luz enceguecedora, aun en el caso en que se cerraran los ojos. El Coliseo también era usado para hacer entrar en acción a dos perros amaestrados que eran azuzados contra el cautivo –siempre desnudo y esposado– que sufría un ataque intermitente con pausas de 30 segundos a un minuto, lapso en el cual se reanudaba el asediante interrogatorio para darle paso a una nueva acometida de los canes.
Los perros, como verdaderos seres humanos, obedecían de manera automática, tanto la orden de atacar como la de suspender el ataque. Aquello era un sistema de tortura física y psicológica: los perros, aún cuando suspendían por orden de esbirros el ataque, permanecían prácticamente encima de la víctima gruñendo y en espera de la nueva señal para acometer otra vez. La aplicación de los tubos eléctricos en las partes vitales era cosa común, pero lo más, terrible de todo aquel catálogo infernal no estuvo constituido, precisamente, por la cuota de tormento que cada quien recibía.
En fin de cuentas, llega un momento en que el dolor físico, intensificado gradualmente, lo sumerge a uno en una nebulosa, en una especie de duermevela en la que la mente llega a ponerse en blanco y sobreviene el desmayo y se produce una extraña insensibilidad. Todavía más insufrible que el propio castigo recibido es la contemplación o percepción auditiva del tormento que soportan los otros”.
(Doctor Rafael Valera Benítez. Complot Develado. Vol. l. Págs. 32-33.)

CONTINÚA…

Vídeo con la Historia de la emigración canaria a la República Domicana (producido por Amazonas Films, emitido por Televisión Canaria y dirigido por Manuel Mora Morales). PRONTO ESTARÁ DISPONIBLE LA VISUALIZACIÓN ON LINE DEL DOCUMENTAL COMPLETO.

CUARTA PARTE. La increíble historia de 300 canarios en la República Dominicana del dictador Trujillo

Grabado antiguo de una bahía en la isla de Santo Domingo, primeramente llamada La Española.

Pronto, los emigrantes canarios supieron que no habría una casa para cada uno. Sino una casa para seis. Una casa sin agua ni electricidad. Y los aperos se reducían a una azada y un machete. El contrato que les había formalizado Trujillo se convirtió en papel mojado y los pobres muchachos no tenían dónde reclamar ni quien les ayudara a hacerlo.

A nosotros lo que nos dieron fue un contrato. Entonces el contrato decía que nos daban una casa, nos daban de cincuenta a cien tareas de tierras, nos daban aperos de labranza, semillas para la tierra, para sembrar, y una pensión hasta que ya pudiera sostenerse uno por sus propios medios.
Y cuando llegamos nos daban cincuenta centavos. Nos daban cincuenta centavos diarios que eran quince pesos al mes. El que se lo comía y se lo bebía antes de la quincena, ya tenía que estar buscando por otro lado cómo mantenerse.
Y así estuvimos como dos años, porque cuando nosotros llegamos a Baoba todo eso era montería.
(Don Antonio Acosta Hernández, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Pulpería allí es igual que aquí una venta. Me dio un salón al lado de la pulpería para hacer el horno.
Yo no tenía maní. Yo les hacía el pan y les cobraba el viaje del maní. Y gente que conseguíamos. Gente que se daba machetazos y que traíamos para el hospital.
(Don Arturo Alfonso García, emigrante retornado, Tenerife, 2004)

La mayor parte de los emigrantes que se quedaron en Puerto Rico –sin embarcar hacia Venezuela o volver a sus islas natales– trató de abrirse paso en el único sectar que conocía, el agrícola.

Las tierras las tenía Trujillo. De ganado, digamos de ganado salvaje. Eran búfalos. Tenían que sacarlos con dos muleros: uno alante y el otro atrás. Tenían que sacar al ganado para meter a los españoles.
Las tierras, la mayoría eran lo que llaman sabana. Y en la sabana, naturalmente, no se dan los frutos. Ahí empezó el problema: las tierras no estaban preparadas. Estaban empezando con bulldozers a prepararlas y después empezaron a sortearlas. A mí, por desgracia, no me tocó ninguna.
(Don Aureo Francisco, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Cuando veíamos que abusaban de una persona, aunque no fuera española, aunque fuera dominicana, y abusaban de ella, uno cuando venía ver explotaba, porque no podía aguantar. Explotaba y le decía abusador, le decía cualquier cosa. Entonces ya por eso uno era comunista.
Y ahí los recogían y los llevaban. Cuando salía un barco en dirección a España, los recogían y los dejaban una semana o dos presos y en el barco para allá. O sea, que la emigración fue un desastre por eso mismo.
Nosotros pasamos muchos trabajos, muchos, muchos, muchos. Pero fue por eso.
(Don Antonio Acosta Hernández, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Constanza, población asentada en una zona interior de la isla. Aquí terminaron asentándose varios emigrantes canarios de la emigración de 1955.

Los canarios comprendieron la imposibilidad de salir de la colonia, sin permiso expreso. También supieron que aún teniendo el pasaje de vuelta pagado no era tan fácil volver al archipiélago. Eso sí, como muestra de generosidad, Trujillo les ofrecía 150 dólares si se casaban con una dominicana.

Llegamos aquí, trayendo un contrato donde nos tenían que entregar una casa amueblada. Entonces, la casa no estaba amueblada. Nos la dieron para seis gentes.
[Según] el contrato tenían que darnos de cincuenta a quinientas tareas. Yo como a los dos años me dieron cincuenta tareas, pero hubo una parte que un río llamado Baquí la inundó y hubo que salir huyendo de Baoba. Los otros canarios quedaron allá, pero yo tuve que salir corriendo, sin una perra en el bolsillo.
(Don Felipe Martín, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Nosotros estábamos ahí, en esa época, como si fuera un campo de concentración. Para salir de la colonia había que pedir un permiso: usted decir a dónde iba y a qué iba.
Aquí todo era el Jefe. Si usted hablaba mal del Jefe, se jodió. Porque para aquí, Trujillo era un dios.
(Don Antonio Acosta Hernández, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Nos destinaron a Baoba del Piñal. Yo estuve cinco años ahí. A los cinco años ya estaba mal.
(Don Antonio Gombla, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Había una finca de Trujillo ahí. En esa finca, según la gente, tu entrabas y hallabas ñame, batata que le decimos allá, boniato, guineo, plátano… Hallabas de toda clase de comida ahí porque esa finca la desalojó Trujillo para soltar ganado ahí. Según a nosotros nos contaban la historia… porque eso era hablando en un sitio donde se pudiera hablar todo, porque nadie se confiaba aquí de Trujillo, nadie podía hablar de eso.
Entonces ese señor, que nosotros cogimos confianza con él, era Moscaño. Tenía como dos o tres hijos y la esposa. Y fue la primera casa que nosotros comenzamos a visitar. Entonces comenzamos a hablar.
Al otro día ya cogimos amistad y comenzamos a preguntar, a comentar y a indagar. Entonces fue cuando nosotros comenzamos a hablar de Trujillo.
–Pero ven acá, si este hombre… si es el Presidente de aquí, y si había tanta miseria, ¿a qué nos trajo a nosotros aquí? Porque lo que nos está dando a nosotros se lo diera a los de aquí. ¿Para qué nos trajo?
El hombre estaba como asustado. Recuerdo que nos convidó a comer carne a un alto que había y ahí comenzamos a hablar. Y me dijo:
–Mire, España, yo le voy a decir una cosa: usted no sabe cómo es que aquí camina. Aquí no se puede hablar mal del Jefe.
–¿De qué Jefe usted me está diciendo?
–Del Presidente, de Trujillo, que Trujillo es el Jefe. De Trujillo no se puede hablar mal por esto, esto y esto. Al que habla mal de Trujillo aquí lo ahorcan, lo fusilan.
–¿Y eso?
Y ahí comenzamos a hablar. Nos cogimos mucha confianza. Todavía él murió y éramos amigos. Y ese día él comenzó:
–Mire toda esa finca. Eso eran propiedades de gentes y les dieron cuarenta y ocho horas para salir. Y hubieron gentes que solamente pudieron coger los hijos y lo que tenían y salir huyendo. Porque al que no salía lo ahorcaban allá dentro.
A Trujillo de decían Chapista. El Trujillo Chapista. Y al hijo le decían el Pato. No sé por qué.
(Don Antonio Acosta Hernández, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Y te voy a decir lo siguiente que tú no vas a creer. Para escribir las cartas no había que poner sello. ¿Y cómo llegaban sin sello? Yo no sabía escribir, pero había un muchacho que me las escribía (y yo lo vi a él. Después el fue para Venezuela y yo no supe más de él). Y había que poner Rafael Leónidas Trujillo Molina, Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva. Nunca se me olvidó y yo no lo escribí, pero me extrañaba y le preguntaba a él siempre y lo fui grabando y lo grabé. Pues eso se ponía en las cartas y llegaban.
(Don Aureo Francisco, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Unos pocos emigrantes optaron por marchar a Santo Domingo, la capital de la República, que en tiempos de la dictadura se llamó Ciudad Trujillo.

Solamente una persona, entre todas las entrevistadas me ha hablado bien de esta emigración canaria a la República Dominicana. Me ha parecido importante dejar constancia todos los puntos de vista de los emigrantes.

Llegamos allí, a Santo Domingo, nos atendieron muy bien. Nos llevaron a donde íbamos a trabajar, a la zona esa de agricultura. Nos daban dinero, nos daban comida, allá nos daban después leche todos los días. Nos atendieron la verdad que estupendamente bien, la comida. Después ya más tarde nos ayudó un poco la embajada española…
(Don Arturo Alfonso García, emigrante retornado, Tenerife, 2004)

CONTINÚA…

Vídeo con la Historia de la emigración canaria a la República Domicana (producido por Amazonas Films, emitido por Televisión Canaria y dirigido por Manuel Mora Morales). PRONTO ESTARÁ DISPONIBLE LA VISUALIZACIÓN ON LINE DEL DOCUMENTAL COMPLETO.

Quevedo y el infierno: una lista de condenados y sus tormentos

Dijo Jorge Luis Borges que Quevedo es una literatura en sí mismo. Lo cual también podría afirmarse del propio Borges que no andaba lejos de las virtudes, defectos, fobias y empatías del escritor manchego. En fin, para qué engañarnos: dos hideputas con buena pluma.

Gran parte de las ocurrencias literarias de Francisco de Quevedo y Villegas nacieron como fruto de la mala leche del escritor infanteño. Su agudeza brilla especialmente cuando desacredita a sus enemigos e indica los desperfectos de sus contemporáneos. Naturalmente, en un país en el que a nadie le han interesado jamás las cualidades de su vecino y donde la gente se queda embelesada con chismes sobre cualquier atrocidad que afecte al prójimo, el triunfo de Quevedo estaba más asegurado que el de Sálvame en los hogares españoles del siglo XXI. ¡Suerte tuvo Dante de no nacer en España, porque su  infierno habría sido otro!

Quevedo intenta curarse en salud, utilizando su encantadora demagogia: “No me arguyas maldiciente porque digo mal de los que hay en el  infierno, pues no es posible que haya dentro nadie que sea bueno.” Evidentemente, para Quevedo el  infierno era el reino entero de las Españas y los condenados, todos los vasallos. ¿Todos? No. Quevedo salvó a los pobres de solemnidad, a aquellos que por no tener, no tenían ni un diablo que los llevara al  infierno. Algo es algo, aunque una cosa es predicar y otra, dar trigo, pues tanto el señor feudal de la Torre de Juan Abad, don Francisco de Quevedo, como el conde don León Tolstoi, jamás renunciaron por completo al patrimonio aristocrático heredado, a pesar de su afición por los descamisados.

Antecedente ilustre de cuantas mercedesmilá por el mundo trotan, el infanteño amamantó, literariamente, a legiones de españoles fascinados en la contemplación de sus fobias y de sus gracietas dirigidas a los policías, a los alcaldes, a los taberneros, a los poetas y, sobre todo, a los judíos. Los judíos pobres no tuvieron la suerte de que don Francisco los salvara; ni los ricos.

Dado que en ese tiempo no existían los poderosos grupos de comunicación actuales ni los escudos de energía de Star Trek, don Francisco usaba como protección sus títulos nobiliarios y su escudo familiar. La prosa suelta de Quevedo llegaba a poner muy nerviosos a los personajes más reaccionarios de su tiempo, a los que todo lo miraban a través del filtro de la Inquisición, como hoy algunos analizan los acontecimientos preguntándose “qué dirían sobre esto los sabios filósofos de Intereconomía”. En palabras de Henry Ettinghausen: “Los que hemos expresado alguna vez lo muy reaccionario que a menudo nos resulta Quevedo tendríamos que reconocer el hecho de que sus obras más emblemáticas en prosa escandalizasen a otros sectores, mucho más reaccionarios todavía, de la sociedad de su tiempo.” Algo así como otorgar un reconocimiento a Camilo José Cela por escandalizar con sus tacos cuarteleros al establishment franquista del que él mismo formaba parte. ¡Manda castaña!

Estas exhibiciones quevedianas de sublimes chismorreos alcanzaron sus puntos culminantes en ciertas descripciones de las penas que sus contemporáneos sufrirían en el  infierno. La lente literaria del escritor enfocó cada rincón de este  infierno, cada profesión castigada, cada tormento,… para mostrar a sus lectores –en un prematuro alumbramiento de Gran Hermano– dónde se encontraba la inmundicia nacional que empañaba los brillos del Siglo de Oro. He compuesto esta pequeña lista que muestra, bien de manera expresa o bien a cencerros tapados, los más fervientes deseos de Quevedo para sus vecinos en el otro mundo. Así repartía él su satánica lotería:

Aguadores: Han tenido la suerte de sufrir un leve tormento junto a los taberneros, dado que ambos vendían agua como principal mercancía.

Reyes: Don Francisco nos advierte, en boca del demonio, que “Sólo tienen bueno los Reyes, como es gente honrada, que nunca vienen solos, sino con pinta de dos o tres Privados, y traen todo el reino tras sí, pues todos se gobiernan por ellos. Y en resolución los malos Reyes se van al infierno por el camino real, y los mercaderes por el de la plata.”

Animales: No hay uno solo en el infierno.

Aristócratas: Condenados a leer la lista de sus títulos nobiliarios mientras un grupo de diablos se muere de la risa. Un demonio se encarga de decirles verdades para atormentarlos, como un discurso sobre la valentía o la honra que “está junto al culo de las mujeres, la vida en la mano de los doctores y la hacienda en la pluma de los notarios. ¡Desvaneceos pues bien, mortales!”

Astrólogos: “Otro tras él andaba diciendo a los diablos que los mortificaban, que mirasen bien si él era verdad que había muerto, porque él tenía Júpiter por ascendente y a Venus en la Casa de la Vida, sin aspecto ninguno malo, y que era fuerza que viviese noventa años.

–Miren –decía–, que les notifico que miren bien si soy difunto, porque por mi cuenta no puede ser.”

Banqueros y empresarios: Se queja un diablo sobre que más de uno ha querido montar un negocio vendiendo leña para las calderas de aceite donde se cocinan los condenados. Otros, más emprendedores, propusieron al diablo que le arrendara “los tormentos, pareciéndole que ganaría mucho con ellos. Éstos ponemos al lado de los jueces que vivieron mal en la tierra.”

Beatos: “Mirad cuántos son los que hacen algo mal hecho, y se lo reprenden, pasan adelante y dicen: ‘Dios es piadoso y no mira en niñerías: para eso es la misericordia de Dios tanta’. Y con esto, mientras ellos haciendo mal esperan en Dios, nosotros los esperamos acá.”

Cantineros: Los dejan sueltos y pasear a su aire por el infierno. La razón es que nadie teme que se fuguen quienes tanto hicieron por entrar, vendiendo agua por vino.

Cocineros: Condenados “por el pecado de la carne sin conocer mujer, tratando más en huesos.”

Dueñas: penan en una laguna, convertidas en ranas “tan pierniabiertas, y que no se pueden comer sino de medio abajo, como la dueña, cuya cara es siempre trabajosa y arrugada.”

El Bosco: También puso Quevedo a este pintor en el  infierno: “… poco ha que fue Gerónimo Bosco allá; y preguntándole por qué había hecho tantos guisados [persona bien parecida o dispuesta] de nosotros [los diablos] en sus sueños, dixo: porque no había creído nunca que había demonios de veras.”

Enamorados: Hay muchos, aunque la mínima parte corresponde a quienes se han enamorado de una mujer. La mayor parte se enamoraron de sí mismos o del dinero.

Farmacéuticos: “Estos son los boticarios, que tienen el infierno lleno de bote en bote, gente que cuando otros buscan ayuda para salvarse, éstos la tienen para condenarse.”

Gays: Representados por Judas, el que le dio un beso a Jesús antes de venderlo. Por esto, Quevedo lo tacha de capón, que ni es macho ni es hembra.

Libreros: Atormentados con el humo que despiden las hojas de sus libros ardiendo, se quejan de que “todos se condenan por las malas obras que han hecho, y yo y todos los libreros nos condenamos por las malas obras que hacen otros.”

Jueces: Los demonios los tienen muy mimados, “porque de cada juez que sembramos cogemos seis procuradores, dos relatores, cuatro notarios, cinco abogados y cinco mil negociantes, y esto cada día.”

Mujeres: Le parece a Quevedo que las feas tienen, estadísticamente, más probabilidades de terminar en el  infierno, donde hay “seis veces más, porque los pecados para conocerlos y merecerlos no hay más que hacerlos y las hermosas hallan tanto que las satisfagan el apetito carnal, hártanse y arrepiéntese; pero las feas como no hallan a nadie, allá se nos van en ayunas y con la misma hambre, rogando a los hombres.”

“Iban las mujeres hermosas al infierno tras el camino de los hombres, y los hombres tras ellas y su dinero, tropezando unos en otros.”

Supongo que la genialidad del autor absuelve su machismo. ¿O sólo vamos a disculparle su antisemitismo? Las señora tienen la palabra…

Notarios: Tienen tanta prisa en llegar al infierno que no caminan ni corren, sino vuelan. Los han condenado a cazar ratones en la infernal morada.

Poetas: Son los personajes más abundantes, los tienen metidos dentro de grandes jaulas, como si fueran pájaros. Ellos son los únicos que cantan sus pecados, mientras los demás los lloran. El  infierno que ha tenido que sufrir una ampliación de sus instalaciones para poder albergarlos a todos. Los castigos son variados, pero sobresalen dos que denotan la crueldad sin límites del insigne cojo de Villanueva de los Infantes:

a. No dejarles leer en voz alta las obras que componen, y

b. Obligarles a escuchar lecturas realizadas por otros poetas.

Uno de ellos se queja de la sumisión a la rima consonante:

“Dije que una señora era absoluta,

y siendo más honesta que Lucrecia,

por dar fin al cuarteto la hice puta.

[...] Aquí nos tienes, como ves, metidos,

y por el consonante condenados:

a puros versos, como ves, perdidos,

¡Oh, míseros poetas desdichados!”

Policías: Están junto a Lucifer, en el peor lugar del  infierno. Tienen los mismos intereses que el demonio: la presencia del delito les proporciona felicidad. Sin delincuentes, se les terminaría el trabajo. Como le revela el mismo demonio a Quevedo: “Persuádete a que los alguaciles y nosotros todos somos de una orden, pero los alguaciles son diablos calzados, y nosotros alguaciles recoletos que hacemos vida áspera en el  infierno.”

Sobre la afición a las bebidas alcohólicas de la policía, Quevedo asegura que los alguaciles son los que más aborrecen el agua “pues aún por no verla en su nombre, llamándose propiamente ‘aguaciles’, han encajado una ele en medio, llamándose ‘alguaciles’.”

Un cura le reprochó a un demonio que martirizase a un policía con el sólo objeto de evitar que floreciera la justicia. “No lo hago por eso –replicó el diablo­­–, sino que tu mayor enemigo es el de tu mismo oficio. Y ten lástima de mí, y sácame del cuerpo de este alguacil, porque soy demonio de prendas y calidad, y perderé después mucho en el  infierno por haber estado acá con malas compañías.”

Le decía otro diablo al poeta: “–Dígoos que no hay ninguno en el  infierno porque en cada alguacil malo, aun en vida, está el infierno en él y no él en el infierno.”

Profetas: Los falsos, naturalmente, como Mahoma y Lutero que están en la antesala de Lucifer, acusados de haber llenado el infierno con millones de almas. Quevedo es realmente duro con ellos y les dirige palabras muy rigurosas. Al primero le lanza la grave acusación de haber privado del vino y del tocino a sus seguidores y al segundo, de haber desterrado las imágenes y de alentar a sus fieles a que pecaran, porque ya Cristo había pagado por ellos.

Santiguadores y adivinos: “Jamás hubo nadie que se quejase de ellos, porque si le sanan antes, se lo agradece; y si le matan no se puede quejar.”

Sastres: “–Deben entender los sastres en el mundo de que no se hizo el infierno sino para ellos, según se vienen acá.

Preguntó otro diablo cuántos eran. Respondieron que ciento; y respondió el demonio malbarbado, entrecano:

–¿Ciento y sastres? No pueden ser tan pocos, la menor partida que hemos recibido ha sido de mil y ochocientos. En verdad que estamos por no recibirlos.

Afligiéronse ellos, mas al fin entraron. ¡Ved cuáles son los sastres, que es para ellos amenaza no dejarlos entrar en el infierno!”

Una vez dentro, un gran demonio cojo los usó como leña para calentar calderas, como se hacía habitualmente. El pobre diablo había encojado de tanto cargar sastres camino del averno.

Zapateros: Llegaron al infierno, no por su propio pie como la mayoría, sino por el pie ajeno. Allí están todos, entre los únicos árboles que hay en el infierno, vomitando los pasteles que le suministran los pasteleros.

Yernos de reyes: Es raro, pero sobre éstos no dice nada Quevedo.

Zurdos: Condenados por no hacer nada a derechas. Ni los diablos quieren darles tormentos, aunque ellos lo piden constantemente porque se sienten discriminados. Tal es la desgracia de ser zurdo, según uno de los diablos de Quevedo, que a nadie le cortan la mano derecha para convertirlo manco, sino para castigarlo siendo zurdo.