Con los ángulos hemos topado

Iglesia y torre de la Concepción, en Santa Cruz de Tenerife. Siempre me ha llamado la atención que los ángulos rectos dejan de serlo –para nuestra mirada– cuando adoptamos nuevos puntos de vista. Lo recto se vuelve agudo, incluso obtuso. Exactamente los mismos cambios que ocurren con algunas personas, cuando nos fijamos en ellas desde nuevas perspectivas. De manera que siempre termino por preguntarme si estoy o he estado contemplado la realidad desde el lugar adecuado o desde una posición errónea.

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Borges, el dinosaurio y yo, veinticinco años después

No sé cómo han llegado otros a la literatura de Jorge Luis Borges, pero yo arribé a sus laberintos cuando buscaba extensiones de Edgar Allan Poe. Me perdí en ellos con la esperanza de no volver a encontrarme, pero había demasiados tigres y espejos señalando la salida.

Cuando estuve al sol, encontré que Borges se había convertido en políticamente incorrecto. No supe si odiarlo por ser tan cabrón u odiarlo por ser tan buen literato.

Incapaz de deshacer ese nudo  gordiano, esperé señales que me iluminaran. Sin embargo, con la misma incorrección política llegaron después mujeres a las que amé, músicas que me fascinaron y autores como Vargas Llosa cuyas prosas he reverenciado.

Mañana, 14 de junio (tic-tac), hace 25 años que (tic-tac) se le terminó el tiempo (tic-tac) al maestro Borges (tic-tac) en una ciudad de relojeros. Hoy, es el día en que me pregunto si la corrección, la política y el amor tienen algo en común o si la existencia de cualquiera de estos elementos requiere la obligada ausencia de los otros dos.

Lo cierto es que debo contradecir a Augusto Monterroso, afirmando que cuando el dinosaurio despertó, Borges aún continuaba allí.