Los enemigos

enemigos

Como el Real Madrid engrandece al Barcelona; como Goliat a David; Washington a La Habana; Fernando Alonso a Red Bull y el Diablo a Dios, así nos hace grandes cualquier enemigo excepcional. Es el Yin y el Yang chinos o el Ta ki y el Tamoye japoneses.

De sobra sé que éste es un artículo extraño, pero lo escribo cuando aún permanece una imagen horrorosa en mi retina. Anoche, vi morir a un hombre joven que unos minutos antes gozaba de un aspecto magnífico y picoteaba el mundo como un gallito de pelea acribilla el húmedo suelo buscando lombrices. Cayó desplomado a menos de dos metros de mí, con el cuello abierto por un cuchillo afilado, saliéndole la sangre a borbotones. Les aseguro que la realidad supera las sensaciones del 3D, y hasta se percibe una cuarta dimensión terrorífica cuando se nos presenta la muerte en directo.

Una pelea absurda que bien pudo evitar el muerto. Un resultado nefasto: morir a manos de un tipo anónimo sin obtener nada para nadie, ni siquiera para él mismo: ni una sola línea en las páginas de sucesos, ni medio minuto de gloria ni un comentario elogioso entre los curiosos que se acercaron con morbo a contemplar el cadáver. Se perdió una vida humana y, junto a la sangre vertida en la pisoteada arena, no se pudo encontrar ni un poco de dignidad. Ningún poeta hablará nunca de sus ojos tan abiertos como las puertas del infierno, ni una leyenda recordará que estaba la luna llena ni aun el más humilde rapero le dedicará una canción fúnebre como la de Pedro Navaja.

Mientras me apartaba de aquel lugar, me vino a la cabeza la idea de que existen personas que no tienen un solo enemigo que valga la pena. Algo realmente frustrante, porque la medida de tu categoría te la proporcionan tus enemigos. ¿Te imaginas a Napoleón luchando contra la familia Simpson o a Superman enfrentado a José Manuel Soria? No serían nada. Como yo  y, quizás, igual que tú, que no contamos con un enemigo de auténtica valía. ¡Qué triste terminar a manos de un don nadie como el muchacho acuchillado! Sobra decir que el vocablo terminar no se refiere, exclusivamente, a una muerte violenta.

 Tengo amigos maravillosos que me han demostrado su confianza cuando más la necesitaba. Conservo otros que han alcanzado grandes objetivos y me he alegrado con ellos, recibiendo mi correspondiente cuota de felicidad. Le doy gracias a la vida por todo eso, pero es injusto que no me haya premiado con un solo enemigo importante. He soportado, sí, a algunos jaquecosos de pacotilla; pero eso y nada es lo mismo.

De sobra sé que no soy el único frustrado en este aspecto. Miren a José Luis Rodríguez Zapatero: se hundió entre amigos por no contar con un solo adversario verdaderamente perspicaz mientras duró su mandato. De haberlo tenido, quizás habría brillado su ingenio. O a Hugo Chávez, finiquitado por un ridículo cáncer porque unos opositores cantamañanas no supieron bajarle los humos y sacar lo mejor de su persona. Nadie puede mantener una conversación brillante frente a un interlocutor romo. Ahora es demasiado tarde, ya no habrá quien se acuerde de Chávez ni de Zapatero dentro de veinte años. Por esta razón, los árabes llamaban Mi Señor (Cid) a su mayor enemigo: sabían que don Rodrigo Díaz de Vivar los hacía más grandes. Como el Real Madrid engrandece al Barcelona; como Goliat a David; Washington a La Habana; Fernando Alonso a Red Bull y el Diablo a Dios. Es el Yin y el Yang chino o el Ta ki y el Tamoye japonés.

Creo que ésta es la primera vez en mi vida que escribo para quejarme de algo personal que no he logrado obtener. He obtenido poco y me he quejado poco. Así que nadie debería reprochármelo hoy, afectado aun por lo que vieron mis ojos hace unas horas. Y, además, porque uno tiene sus sueños. El mío es que exista un ser humano inteligente, o triunfador, o buena persona o, al menos, conocido por haber logrado una meta significativa en cualquier orden de la vida… que me odie profundamente. ¿Es pedir demasiado?

 Supongo que aún me queda mucho camino para alcanzar la talla humana necesaria que me procure un enemigo notable. Si la vida me proporciona tiempo y salud, espero alcanzar ese privilegio algún día en que, por fin, haya una persona  importante sentada a la puerta de su casa esperando ver mi cadáver pasar. Hasta entonces no quiero morirme ni perder las esperanzas.

Sirvan estas divagaciones como humilde responso para el joven muerto a cuchilladas en una noche fría, bajo la luna llena, sin razones suficientes para ir a buscar la muerte a manos de un pobre diablo que guardaba un afilado cuchillo bajo su camisa. Casualmente.

Los árabes llamaban Mi Señor a su mayor enemigo: sabían que don Rodrigo Díaz de Vivar los hacía más grandes.

Los árabes llamaban Mi Señor (Cid) a su mayor enemigo: sabían que don Rodrigo Díaz de Vivar los hacía más grandes.

Bailar con el Diablo

“Por mucho que apriete el calor en verano los bosques de La Gomera conservan su frescura. En ambos lados del camino los troncos de brezo son serpientes atornilladas a la piel del bosque.

El jinete vislumbra entre ellos un juego verdinegro de luces e inestables volubles volátiles sombras. Mundo de formas ilusorias que se insinúa en las copas de los árboles. Presencias ambiguas cuyos guiños refuerzan las leyendas en la isla: unas más reales que otras pero todas con un fondo de verdad por fantásticas que parezcan.

Pocos dudan de que las brujas se reúnen durante las noches sin luna a bailar con el diablo en este calvero de La Laguna Grande donde a ningún gomero se le ocurriría detenerse después del oscurecer.

Donde sólo crecen algu­nos hierbajos en invierno y los brezos gigantes que la rodean no son capaces de avanzar un solo paso hacia su interior: donde las raíces de los árboles desvían su trayectoria al acercarse a la línea invisible que delimita el enorme disco polvoriento.

Los pastores aseguran que hasta el vuelo de las aves es diferente cuando se adentran en esta calva en que el viejo bosque ha perdido su arbó­rea cabellera. Hechos que se consideran de naturaleza extraña.

Gaspar ríe por lo bajo al tiempo que dirige su mirada hacia el yermo círculo y se pregunta si alguna vez los oficiales de la Inquisición habrán reunido el valor suficiente para subir a capturar brujas en La Laguna Grande. Ésas que tal vez llegan por los aires después de untarse pomadas fétidas en los sobacos y gritar:

¡Arriba arriba sin Dios ni María!

Pero hasta los inqui­sidores estamos convencidos de que jamás debe caminarse por estos lugares durante la hora que sigue a la media noche.

De las doce a la una
corre la mala fortuna.
De la una a las dos
corre la gracia de Dios.

No obstante siempre podríamos echar mano de una fórmula que no acostumbra a fallar: dibujar un círculo en el suelo y clavar un cuchillo en el centro. En ese instante la bruja aparecerá dentro del ruedo sin que logre escapar de su interior hasta que no se lo permitamos o jure dejarnos tranquilos. A veces no alcan­za el tiempo para trazar el círculo o no llevamos un cuchi­llo en­ci­ma. En ese caso lo mejor es recitar este poemilla

Canta el gallo blanco:
cal y canto
Canta el gallo rubio:
cal y entullo
Canta el gallo negro:
¡Jurial pa’l infierno!

Quienes las han visto bailar de noche cuentan que las brujas no se desnudan sino visten ropas de seda tan transparentes que pa­re­cen estar en cueros mientras danzan y cantan con desenfreno.

De Francia semos
de Roma venimos:
hace un cuarto de hora
que de allá salimos.

Racimo de uvas
racimo de moras:
¿quién ha visto dama
bailando a estas horas?
De Canarias semos
de Madrid venimos:
no hace media hora
que de allí salimos.”

(Texto extractado de la novela La isla transparente. Nuestro Ruiz de Padrón)

Quevedo y el infierno: una lista de condenados y sus tormentos

Dijo Jorge Luis Borges que Quevedo es una literatura en sí mismo. Lo cual también podría afirmarse del propio Borges que no andaba lejos de las virtudes, defectos, fobias y empatías del escritor manchego. En fin, para qué engañarnos: dos hideputas con buena pluma.

Gran parte de las ocurrencias literarias de Francisco de Quevedo y Villegas nacieron como fruto de la mala leche del escritor infanteño. Su agudeza brilla especialmente cuando desacredita a sus enemigos e indica los desperfectos de sus contemporáneos. Naturalmente, en un país en el que a nadie le han interesado jamás las cualidades de su vecino y donde la gente se queda embelesada con chismes sobre cualquier atrocidad que afecte al prójimo, el triunfo de Quevedo estaba más asegurado que el de Sálvame en los hogares españoles del siglo XXI. ¡Suerte tuvo Dante de no nacer en España, porque su  infierno habría sido otro!

Quevedo intenta curarse en salud, utilizando su encantadora demagogia: “No me arguyas maldiciente porque digo mal de los que hay en el  infierno, pues no es posible que haya dentro nadie que sea bueno.” Evidentemente, para Quevedo el  infierno era el reino entero de las Españas y los condenados, todos los vasallos. ¿Todos? No. Quevedo salvó a los pobres de solemnidad, a aquellos que por no tener, no tenían ni un diablo que los llevara al  infierno. Algo es algo, aunque una cosa es predicar y otra, dar trigo, pues tanto el señor feudal de la Torre de Juan Abad, don Francisco de Quevedo, como el conde don León Tolstoi, jamás renunciaron por completo al patrimonio aristocrático heredado, a pesar de su afición por los descamisados.

Antecedente ilustre de cuantas mercedesmilá por el mundo trotan, el infanteño amamantó, literariamente, a legiones de españoles fascinados en la contemplación de sus fobias y de sus gracietas dirigidas a los policías, a los alcaldes, a los taberneros, a los poetas y, sobre todo, a los judíos. Los judíos pobres no tuvieron la suerte de que don Francisco los salvara; ni los ricos.

Dado que en ese tiempo no existían los poderosos grupos de comunicación actuales ni los escudos de energía de Star Trek, don Francisco usaba como protección sus títulos nobiliarios y su escudo familiar. La prosa suelta de Quevedo llegaba a poner muy nerviosos a los personajes más reaccionarios de su tiempo, a los que todo lo miraban a través del filtro de la Inquisición, como hoy algunos analizan los acontecimientos preguntándose “qué dirían sobre esto los sabios filósofos de Intereconomía”. En palabras de Henry Ettinghausen: “Los que hemos expresado alguna vez lo muy reaccionario que a menudo nos resulta Quevedo tendríamos que reconocer el hecho de que sus obras más emblemáticas en prosa escandalizasen a otros sectores, mucho más reaccionarios todavía, de la sociedad de su tiempo.” Algo así como otorgar un reconocimiento a Camilo José Cela por escandalizar con sus tacos cuarteleros al establishment franquista del que él mismo formaba parte. ¡Manda castaña!

Estas exhibiciones quevedianas de sublimes chismorreos alcanzaron sus puntos culminantes en ciertas descripciones de las penas que sus contemporáneos sufrirían en el  infierno. La lente literaria del escritor enfocó cada rincón de este  infierno, cada profesión castigada, cada tormento,… para mostrar a sus lectores –en un prematuro alumbramiento de Gran Hermano– dónde se encontraba la inmundicia nacional que empañaba los brillos del Siglo de Oro. He compuesto esta pequeña lista que muestra, bien de manera expresa o bien a cencerros tapados, los más fervientes deseos de Quevedo para sus vecinos en el otro mundo. Así repartía él su satánica lotería:

Aguadores: Han tenido la suerte de sufrir un leve tormento junto a los taberneros, dado que ambos vendían agua como principal mercancía.

Reyes: Don Francisco nos advierte, en boca del demonio, que “Sólo tienen bueno los Reyes, como es gente honrada, que nunca vienen solos, sino con pinta de dos o tres Privados, y traen todo el reino tras sí, pues todos se gobiernan por ellos. Y en resolución los malos Reyes se van al infierno por el camino real, y los mercaderes por el de la plata.”

Animales: No hay uno solo en el infierno.

Aristócratas: Condenados a leer la lista de sus títulos nobiliarios mientras un grupo de diablos se muere de la risa. Un demonio se encarga de decirles verdades para atormentarlos, como un discurso sobre la valentía o la honra que “está junto al culo de las mujeres, la vida en la mano de los doctores y la hacienda en la pluma de los notarios. ¡Desvaneceos pues bien, mortales!”

Astrólogos: “Otro tras él andaba diciendo a los diablos que los mortificaban, que mirasen bien si él era verdad que había muerto, porque él tenía Júpiter por ascendente y a Venus en la Casa de la Vida, sin aspecto ninguno malo, y que era fuerza que viviese noventa años.

–Miren –decía–, que les notifico que miren bien si soy difunto, porque por mi cuenta no puede ser.”

Banqueros y empresarios: Se queja un diablo sobre que más de uno ha querido montar un negocio vendiendo leña para las calderas de aceite donde se cocinan los condenados. Otros, más emprendedores, propusieron al diablo que le arrendara “los tormentos, pareciéndole que ganaría mucho con ellos. Éstos ponemos al lado de los jueces que vivieron mal en la tierra.”

Beatos: “Mirad cuántos son los que hacen algo mal hecho, y se lo reprenden, pasan adelante y dicen: ‘Dios es piadoso y no mira en niñerías: para eso es la misericordia de Dios tanta’. Y con esto, mientras ellos haciendo mal esperan en Dios, nosotros los esperamos acá.”

Cantineros: Los dejan sueltos y pasear a su aire por el infierno. La razón es que nadie teme que se fuguen quienes tanto hicieron por entrar, vendiendo agua por vino.

Cocineros: Condenados “por el pecado de la carne sin conocer mujer, tratando más en huesos.”

Dueñas: penan en una laguna, convertidas en ranas “tan pierniabiertas, y que no se pueden comer sino de medio abajo, como la dueña, cuya cara es siempre trabajosa y arrugada.”

El Bosco: También puso Quevedo a este pintor en el  infierno: “… poco ha que fue Gerónimo Bosco allá; y preguntándole por qué había hecho tantos guisados [persona bien parecida o dispuesta] de nosotros [los diablos] en sus sueños, dixo: porque no había creído nunca que había demonios de veras.”

Enamorados: Hay muchos, aunque la mínima parte corresponde a quienes se han enamorado de una mujer. La mayor parte se enamoraron de sí mismos o del dinero.

Farmacéuticos: “Estos son los boticarios, que tienen el infierno lleno de bote en bote, gente que cuando otros buscan ayuda para salvarse, éstos la tienen para condenarse.”

Gays: Representados por Judas, el que le dio un beso a Jesús antes de venderlo. Por esto, Quevedo lo tacha de capón, que ni es macho ni es hembra.

Libreros: Atormentados con el humo que despiden las hojas de sus libros ardiendo, se quejan de que “todos se condenan por las malas obras que han hecho, y yo y todos los libreros nos condenamos por las malas obras que hacen otros.”

Jueces: Los demonios los tienen muy mimados, “porque de cada juez que sembramos cogemos seis procuradores, dos relatores, cuatro notarios, cinco abogados y cinco mil negociantes, y esto cada día.”

Mujeres: Le parece a Quevedo que las feas tienen, estadísticamente, más probabilidades de terminar en el  infierno, donde hay “seis veces más, porque los pecados para conocerlos y merecerlos no hay más que hacerlos y las hermosas hallan tanto que las satisfagan el apetito carnal, hártanse y arrepiéntese; pero las feas como no hallan a nadie, allá se nos van en ayunas y con la misma hambre, rogando a los hombres.”

“Iban las mujeres hermosas al infierno tras el camino de los hombres, y los hombres tras ellas y su dinero, tropezando unos en otros.”

Supongo que la genialidad del autor absuelve su machismo. ¿O sólo vamos a disculparle su antisemitismo? Las señora tienen la palabra…

Notarios: Tienen tanta prisa en llegar al infierno que no caminan ni corren, sino vuelan. Los han condenado a cazar ratones en la infernal morada.

Poetas: Son los personajes más abundantes, los tienen metidos dentro de grandes jaulas, como si fueran pájaros. Ellos son los únicos que cantan sus pecados, mientras los demás los lloran. El  infierno que ha tenido que sufrir una ampliación de sus instalaciones para poder albergarlos a todos. Los castigos son variados, pero sobresalen dos que denotan la crueldad sin límites del insigne cojo de Villanueva de los Infantes:

a. No dejarles leer en voz alta las obras que componen, y

b. Obligarles a escuchar lecturas realizadas por otros poetas.

Uno de ellos se queja de la sumisión a la rima consonante:

“Dije que una señora era absoluta,

y siendo más honesta que Lucrecia,

por dar fin al cuarteto la hice puta.

[...] Aquí nos tienes, como ves, metidos,

y por el consonante condenados:

a puros versos, como ves, perdidos,

¡Oh, míseros poetas desdichados!”

Policías: Están junto a Lucifer, en el peor lugar del  infierno. Tienen los mismos intereses que el demonio: la presencia del delito les proporciona felicidad. Sin delincuentes, se les terminaría el trabajo. Como le revela el mismo demonio a Quevedo: “Persuádete a que los alguaciles y nosotros todos somos de una orden, pero los alguaciles son diablos calzados, y nosotros alguaciles recoletos que hacemos vida áspera en el  infierno.”

Sobre la afición a las bebidas alcohólicas de la policía, Quevedo asegura que los alguaciles son los que más aborrecen el agua “pues aún por no verla en su nombre, llamándose propiamente ‘aguaciles’, han encajado una ele en medio, llamándose ‘alguaciles’.”

Un cura le reprochó a un demonio que martirizase a un policía con el sólo objeto de evitar que floreciera la justicia. “No lo hago por eso –replicó el diablo­­–, sino que tu mayor enemigo es el de tu mismo oficio. Y ten lástima de mí, y sácame del cuerpo de este alguacil, porque soy demonio de prendas y calidad, y perderé después mucho en el  infierno por haber estado acá con malas compañías.”

Le decía otro diablo al poeta: “–Dígoos que no hay ninguno en el  infierno porque en cada alguacil malo, aun en vida, está el infierno en él y no él en el infierno.”

Profetas: Los falsos, naturalmente, como Mahoma y Lutero que están en la antesala de Lucifer, acusados de haber llenado el infierno con millones de almas. Quevedo es realmente duro con ellos y les dirige palabras muy rigurosas. Al primero le lanza la grave acusación de haber privado del vino y del tocino a sus seguidores y al segundo, de haber desterrado las imágenes y de alentar a sus fieles a que pecaran, porque ya Cristo había pagado por ellos.

Santiguadores y adivinos: “Jamás hubo nadie que se quejase de ellos, porque si le sanan antes, se lo agradece; y si le matan no se puede quejar.”

Sastres: “–Deben entender los sastres en el mundo de que no se hizo el infierno sino para ellos, según se vienen acá.

Preguntó otro diablo cuántos eran. Respondieron que ciento; y respondió el demonio malbarbado, entrecano:

–¿Ciento y sastres? No pueden ser tan pocos, la menor partida que hemos recibido ha sido de mil y ochocientos. En verdad que estamos por no recibirlos.

Afligiéronse ellos, mas al fin entraron. ¡Ved cuáles son los sastres, que es para ellos amenaza no dejarlos entrar en el infierno!”

Una vez dentro, un gran demonio cojo los usó como leña para calentar calderas, como se hacía habitualmente. El pobre diablo había encojado de tanto cargar sastres camino del averno.

Zapateros: Llegaron al infierno, no por su propio pie como la mayoría, sino por el pie ajeno. Allí están todos, entre los únicos árboles que hay en el infierno, vomitando los pasteles que le suministran los pasteleros.

Yernos de reyes: Es raro, pero sobre éstos no dice nada Quevedo.

Zurdos: Condenados por no hacer nada a derechas. Ni los diablos quieren darles tormentos, aunque ellos lo piden constantemente porque se sienten discriminados. Tal es la desgracia de ser zurdo, según uno de los diablos de Quevedo, que a nadie le cortan la mano derecha para convertirlo manco, sino para castigarlo siendo zurdo.

El estramonio, don Juan, los hippies, México y La Gomera

Sello polaco con dibujo de la Higuera del Diablo (Datura inoxia). (1980).

En la década de 1970, miles de jóvenes centroeuropeos viajaron a La Gomera (Islas Canarias) con un objetivo común: probar los efectos alucinógenos de la aclimatada Higuera del Diablo (Datura inoxia), un tipo de Datura, similar al Estramonio, que Carlos Castaneda (1925-1998) había descrito en su famosa novela Las enseñanzas de don Juan.

En esta novela, y en la saga que le siguió, el Peyote o Mezcalito (Lophophora williamsii) y la Hierba del Diablo (Datura inoxia) son las plantas utilizadas por el brujo mexicano don Juan para abrir las mentes de sus pupilos. Castaneda era un antropólogo brasileño, afincado en Estados Unidos, que escribió un relato, a medio camino entre la novela On the road, de Jack Kerouac, y los libros que el autor británico Lobsang Rampa había publicado sobre el Tibet. Castaneda eligió México, convirtió las nieves en desiertos, los monjes en brujos y el tercer ojo en la Hierba del Diablo. Nunca admitió del todo que su obra era producto de su imaginación.

Portada del libro de Carlos Castaneda Las enseñanzas de don Juan. Una forma yaqui de conocimiento. (1968).

En una década en la que todavía se escuchaba con devoción el Sgt. Pepper de los Beatles, se leía a los filósofos de San Francisco y no se habían limpiado los armarios de sueños hippies, Carlos Castaneda alcanzó un éxito arrollador con sus libros. Y como las edades tempranas son propicias para creer cualquier cosa, decenas de miles de jóvenes gringos se dirigieron a México para probar el Peyote y la Hierba del Diablo que en el imaginario juvenil era una especie de LSD (dietilamida de ácido lisérgico) más natural y más sobrenatural.

Al ser México, prácticamente, inalcanzable para la mayoría de los bolsillos jóvenes europeos, lo sustituyeron por La Gomera, tan pronto les llegó la noticia de que la Hierba del Diablo crecía libremente al borde de los caminos de esta Meca atlántica de los hippies. En la isla se denomina Higuera del Diablo y sus características son similares a las del Estramonio (Datura stramonium) que ha provocado algunas muertes en las últimas semanas.

“La utilización de la Datura en México comenzó antes de la conquista. Se valoraba como medicina y como estupefaciente. Uno de los primeros informes precisos es el de Hernández quien describió la Datura inoxia –el toloatzin de los aztecas, del que procede el moderno término toloache mexicano– y enumeró sus muchos usos terapéuticos entre los nativos. Describió su uso en cataplasmas como anodino, advirtiendo que la aplicación excesiva podría conducir al paciente a la locura e “imaginación de varias y vanas”. El toloache es aún ampliamente utilizado en México como una medicina y como narcótico. Los tarahumares, por ejemplo, agregan Datura inoxia tikuwari al tesquino (una bebida preparada de maíz germinado) para que sea fuerte, y las raíces, semillas y hojas de esta especie son la base de una bebida ceremonial utilizada para provocar visiones y la toman los tarahumares, hombres-medicina, para ayudar a diagnosticar una enfermedad.”(*)

En la Playa de la Arena, próxima a Valle Gran Rey, llegaron a existir asentamientos hippies estables, entre las décadas de 1960-1980.

No llegué a enterarme de si hubo algún  muerto en La Gomera, pero sí tuve conocimiento sobre muchas  intoxicaciones, algunas de las cuales terminaron con traslados urgentes a  centros médicos y la intervención a ciegas de la Guardia Civil que no conocía, probablemente, la existencia de este alucinógeno. Varios casos de  intoxicación con la Higuera del Diablo resultaron muy comentados en  Valle Gran Rey, como el de una chica alemana que entró en el Restaurante  La Puntilla (hoy desaparecido), vestida únicamente con un pequeño  chaleco, para comprar una caja de fósforos, ante el asombro del nutrido  grupo de comerciantes, agricultores y pescadores que se reunía allí cada  atardecer para charlar, beber cerveza y expresar sus nostalgias por Francisco  Franco.

Supongo que las cantidades consumidas de este alucinógeno eran muy pequeñas o que la diosa de la fortuna acertó a pasar por allí en esos años, dado que con tanta gente consumiéndolo tendrían que haber ocurrido muchas desgracias. Lo cierto es que las recetas de don Juan fueron pasando al olvido y aquellos u otros jovenes que llegaban a la isla pasaron de las drogas alucinógenas a la cocaína, siguiendo el ejemplo de los recién estrenados yuppies y de buena parte de una clase política que ahora contemplamos con sus cerebros achicharrados.

Antiguo grabado de la Datura inoxia, en el Códice Badiano.

En la actualidad, regresa la Datura con su cargamento de distorsión y de muerte, en forma de Estramonio. Quizás, regrese con ella la necesidad de creer en los mitos y de adquirir unos superpoderes que esas montañas de libros de autoayuda son incapaces de proporcionar, en estos tiempos de desilusión. No encuentro mejor nombre para esta necesidad de supermanizarse que el de “Síndrome de Óbelix”, por aquello de la poción mágica. Las autoridades, haciendo gala de una inteligencia superior (como la de los romanos que rodean la pequeña aldea gala), han dado la imposible orden de arrancar los millones de matas de Datura que crecen por todas nuestras geografías. Quizás, la próxima orden sea destruir todos los cuchillos de cocina para que se terminen los apuñalamientos domésticos. Lo único que no ordenarán será subir los presupuestos de Educación y Cultura. Faltaría más.

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(*)  Datura inoxia or tolohuaxihuitl, a medicinal and narcotic plant of ancient Mexico. En  The Badianus manuscript (Codex Barberini, Latin 241), Vatican library: An Aztec herbal of 1552. Traducción de Emmart, E. W, Johns Hopkins Press. , Baltimore, 1940.

El Códice Badiano  o Códice de la Cruz-Badiano fue  escrito, en la lengua de los aztecas, por Martinus de la Cruz y traducido al Latín por Johannes Badianus, en el siglo XVI. En el año 1990, el papa Juan Pablo II lo llevó como regalo en su visita a México. En la actualidad, se encuentra depositado en el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México.

El higiénico látigo de Sir Henry Morton Stanley – [en el río (2)]

Esta Segunda Parte es la continuación de “Pessoa, Mailer y Oswald, en el río”

Lee Oswald tenía diecinueve años; el avatar de Norman Mailer ya había cumplido los setenta y uno; la mariposa estaba naciendo; Fernando Pessoa llevaba veinticuatro años suicidado; mi amada Lidia no sabía qué hacer con tantas flores en su regazo; en la madrugada de Washington, John Kennedy se apretaba contra los huesos de Jackie y, en Los Ángeles, Marilyn Monroe luchaba insomne contra su mala conciencia por engañar al presidente de su país con Arthur Miller, su esposo.

No existen ríos en Dallas ni mariposas en el invierno ruso, pero, igualmente, los cauces podrían haberse desbordado y las alas quedar atrapada en un vagón del tren que une Moscú con Minsk. El día 7 de enero de 1960, mientras en el exterior de la estación nevaba, el espectro literario de Norman Mailer subió a ese tren con Oswald, tratando de no perder de vista el mínimo aleteo de las mariposas.

Salgo de Moscú en tren hacia Minsk, en Bielorrusia. [...] aún tengo un montón de dinero y de esperanza. He escrito cartas a mi madre y a mi hermano, diciéndoles: “No quiero volver a ponerme en comunicación con vosotros. Estoy comenzando una nueva vida y no quiero saber nada de la vieja.”

Mientras se alejaba de Moscú, el tren fue adquiriendo velocidad, cubriéndose de nieve, hasta que se convirtió en un gusano blanco que atravesaba el invierno. Invierno en la tierra, no en la mente. El lector comienza a identificarse con este adolescente determinado a dar cuerpo a sus sueños. Norman es el Diablo y nosotros somos la Margarita de Bugákov; Mailer logra que firmemos el pacto y que abandonemos las riberas del libro y que nuestro aliento cabalgue a lomos de la mariposa, transmutado ya en un futuro presunto asesino. Cuanto más tranquila está la conciencia de Oswald, más angustiada encontramos la nuestra porque la sentimos rumbo al horror indefinido, y no sabemos hasta qué punto debemos empatizar.

Tenemos miedo a no sentir plenamente el horror normalizado que se encuentra remontando el río Congo junto al Kurtz de Joseph Conrad o de Francis Coppola. Pánico a tolerar el látigo belga manejado  higiénicamente por el Henry Stanley de Vargas Llosa. No nos sobresaltamos si nos piden que reconozcamos nuestra vilezas, sino cuando se nos exige convivir con el germen de las ajenas sin aclararnos en qué momento de su desarrollo debemos repulsarlas; sin un guía que, página a página, nos indique cuándo ha comenzado el horror.

La maestría de Mailer en remover la conciencia arrancando su corteza a tiras consiste en colocar nuestra inteligencia y nuestros sentimientos junto a la normalización del horror en una réplica del corazón tenebroso apuntado por Conrad. Igual que le sucede al protagonista de El padre Sergio, de Tolstoi, cada cambio de actitud o de conducta describe una órbita que primero nos acerca a parajes candorosos donde podemos repostar el combustible adecuado para llegar a los dominios del horror en el extremo de la elipse.

Ajeno a todo ello, Lee Harvey Oswald fue recibido por una comisión de la Cruz Roja en la estación de Minst y comenzó su vida de refugiado político, como si fuera un emigrante poco cualificado.

En Moscú y en Minst, Oswald hace aspavientos y lucha contra la corriente para que no lo devuelva a la orilla; porque desea ser observado y admirado mientras demuestra su arrojo en el centro del río. Mailer, Conrad y Tolstoi entran en la corriente para observar, comprobar y describir cuanto sucede en ella. Pessoa contempla la corriente y cree que la aurora raya siempre cualquiera sea quien venza y que las hojas mueren en el otoño después de nacer en la primavera tanto si Oswald como si Kennedy como si Marilyn como si Kurtz. Lidia roza el agua con su pie descalzo. El río tirita, pero ella no lo sabe.

(continúa)