México: “El Conductor Eléctrico” y Ruiz de Padrón

MEXICO-VIVA-LA-UNION

El Conductor Eléctrico fue un periódico mexicano, cuyo primer número se publicó en 1820,[1] coincidiendo con el juramento que prestó –nunca mejor dicho, porque pronto incumplió su palabra– el rey Fernando de Borbón a la Constitución Española. La ingenuidad del pueblo, de los intelectuales y de los políticos progresistas se puso de manifiesto, cuando creyeron, nuevamente, en la palabra real española.

Así que, otra vez, se convocaron elecciones, se publicó una prensa con cierta libertad, se editaron libros liberales, se expresaron los pensamientos en voz alta y los inquisidores volvieron a su cueva, sin que nadie tomara medidas por si a don Borbón se le ocurría cometer una nueva traición.

Naturalmente, tres años más tarde, el rey atacó a sangre y fuego, con tropas extranjeras, a los demócratas y terminó con todo lo que había jurado defender. La marca Borbón se estaba consolidando.

Pero, en el mes de mayo de 1820, como no era adivino sino ingenuo, el director de El Conductor Eléctrico no podía saber lo que iba a suceder, ni aun en el cercano devenir de México. Escribió:

He puesto al presente periódico el altisonante título de Conductor eléctrico, porque así como este instrumento sirve para recibir el fluido ígneo y conducirlo adonde se requiere; así yo deseo que este periódico sea un conductor por donde se comuniquen muchas verdades importantes al Gobierno y al Pueblo con la misma violencia, si es posible, que el fluido eléctrico, y he aquí el motivo porque le he puesto un título tan análogo á su objeto y á la sinceridad de mis deseos.

Procuraremos que las materias que contenga sean interesantes, útiles y por lo menos, divertidas. Todo lo que pertenezca al orden público y al beneficio de la sociedad será digno objeto de nuestra atención y nuestra pluma.

A consecuencia de esta obligación que reputamos por sagrada, instruiremos á los lectores en algunos elementos de derecho público, cuya ciencia se hizo inaccesible en estos reinos, en tiempos de los gobiernos desgraciados, en los que se prohibieron las cátedras establecidas en muchas partes, para enseñarlo, y las mejores obras de los célebres publicistas, sin advertir que es una herejía política el persuadirse a que puede florecer un reino, mantenerse sujeta una colonia, ni progresar ninguna monarquía á favor de la ignorancia y la miseria.

[...] Acordaos finalmente, que sois deudores de vuestros talentos á los sabios y á los ignorantes, y que como decía Cicerón, no hemos nacido para nosotros, sino para servir á la república. Non nobis, sed respublicae nati sumus.

El director era J. J. F. L., es decir, José Joaquín Fernández de Lizardi (México 1776-1827) [2], que utilizaba el seudónimo de El Pensador Mexicano, título que también llevaba su periódico entre 1812 y 1814, siguiendo el ejemplo del lanzaroteño José de Clavijo que en la década de 1760 había publicado con mucho éxito El Pensador, en Madrid.


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Este entusiasta seguidor de Cicerón había colocado en la primera página la máxima “El principal objeto de la ley debe ser el bien público” y, debajo: “Méjico: año de 1820. Primero de la restauración de la Constitución, y por lo mismo el más feliz para la Monarquía española“.

En el primer número, este director exculpaba al Rey Traidor por cerrar las Cortes en 1814 y por todos los crímenes cometidos desde entonces. Achacaba estas desgracias a las malas informaciones suministradas por sus consejeros, en el sentido de que el pueblo lo que pedía no era libertad sino cadenas.

El Conductor Eléctrico publicó, también en 1820, en su número 4 el discurso íntegro de Antonio Ruiz de Padrón contra la Inquisición española en las Cortes de Cádiz, el día 18 de enero de 1813, “Con algunas notas añadidas por el Pensador Mexicano”, como reza en su cubierta. Todas estas notas son de lo más jugoso y denotan el entusiasmo liberal de su autor.

En el número 16 del periódico (julio, 1820) que nos viene ocupando, apareció un interesante artículo que también menciona a Antonio Ruiz de Padrón, reconocido artífice de la derogación de la Inquisición [...]

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Reybocop en Botsuana

La familia real española tiene suerte. Mientras los descendientes de las jubiladas monarquías francesa, italiana o austríaca han de cuidarse por sí mismos, los Borbones cuentan con unos súbditos que los cuidan tiernamente, conscientes de que si los dejaran solos no serían capaces de manetenerse completos ni una semana. Y a los españoles les chifla tener reyes. ¿Recuerdan cuando y por qué los madrileños salieron a recibir a su deseado Fernando VII de Borbón gritando ‘vivan las caenas’, en 1814? Claro que, hoy, lo adecuado sería gritar ¡vivan las caídas!

Dada esta real hinchada, uno debe ser consciente de que escribir sobre los reyes españoles, aunque se trate de don Pelayo o de don Recaredo, le puede acarrear animadversiones. Máxime, haciéndolo en la misma fecha del aniversario de la II República Española, aunque uno no sea republicano. Yo, por ejemplo, mientras escribía estas líneas pensaba: ¿Y si se enfada Santiago Carrillo, que se ha declarado juancarlista o si llega a leerlo monseñor Rouco Varela o el obispo de Valladolid y me excomulgan? ¿Y qué podría pensar don José Rodríguez, el director de un periódico canario, que se ha declarado independentista, monárquico y fan del partido popular, a la vez?

Sin embargo, confieso que no pude resistir la tentación de continuar dándole al teclado, por dos razones: la primera es que estoy de baja médica en casa y a estas horas todavía no ha aparecido nadie a alegrarme o a fastidiarme el día y, la segunda, porque no puedo quitarme de la cabeza que desde el más pequeño borboncito hasta el más viejo, han demostrado ser unos patosos. Tengo la seguridad de que la familia real española ha gastado más en medicinas, operaciones y abogados durante los dos últimos años que cualquier familia enclenque y de clase media a lo largo de dos generaciones.

Menos mal que para reinar no hace falta estar sano, ni articular un discurso coherente elaborado por uno mismo, ni saber caminar sin ir dándose golpes en las puertas, ni respetar a los elefantes en lugar de ayudar a exterminarlos, ni aun tener huesos propios en el cuerpo. Incluso un Reybocop puede reinar en España y ser aplaudido por el celtíbero pueblo cuando asiste a los desfiles patrióticos y, muleta en mano, sonríe toreramente en el papel couché de la revista Hola.

Naturalmente, en España no reina Reybocop, porque a Juan Carlos todavía le queda algún hueso sano (aunque yo no sabría decir cuál) y sus escopetas sólo las usa para cazar osos y elefantes. Lástima que no piense en dejar algún animalito vivo para que sus nietos también sientan la tierna emoción de descerrajarles un tiro entre los ojos. Por cierto, ¿quién le regalaría la escopeta a Froilán, en esta familia tan aficionada al pim-pam-pum?

Por lo pronto, ahí tienen a Froilán, el tierno retoño, ingresado en un hospital con un pie lleno de perdigones más ilegales que los millones de su tío Iñaki (presuntamente). Pronto empieza. Menos mal que todavía no ha entrado en vigor el copago en Madrid. Sí, menos mal, porque con el recorte (quiero decir el ajuste) en la asignación económica real, no les alcanzaría para la factura médica y los 300 € de la multa por portar armas ilegalmente (más barato que conducir un coche sin carnet). Claro que siempre podrían recurrir a alguna ONG o a Telefónica.

Incluyo aquí una agendilla con un pequeño resumen de los accidentes del rey de España, en las tres últimas décadas. Como podrán apreciar, siempre se accidentó mientras trabajaba, lo cual nos llena de orgullo y de satisfacción a la reina, al rey y a un servidor.

2012

El rey fue operado en Madrid porque se rompió la cadera mientras cazaba elefantes en Botsuana.

2011

El rey sufrió un accidente doméstico, dándose un golpe con una puerta en el ojo izquierdo y la nariz. Recibió a diplomáticos extranjeros con la cara vendada.

2010

Numerosas operaciones articulares y musculares.

1995

El coche le resbaló cuando volvía de esquiar en Candanchú. Resultado: fisura en su mano derecha que debe ser escayolada.

1998

Accidente mientras esquiaba en Baqueira Beret.

1991

Accidente en Baqueira Beret, por esquiar: fractura de meseta tibial externa, con operación y muletas incluidas.

1989

Accidente en los Alpes mientras esquiaba.

1988

Cacería en Suecia: se golpeó brutalmente un ojo con una rama.

1983

Mientras estaba esquiando en Suiza, una caída le produjo una fisura de pelvis. Desde entonces, su movilidad es limitada.

1981

Golpe contra una puerta de cristal cuando iba a la piscina. Resultado: heridas en el muslo, tórax, etc. y corte de un nervio en el antebrazo.

1980

El rey se cae al bajar de un tanque de la División Acorazada Brunete, en Zaragoza. Resultado: un codo vendado. Es de reseñar que éste es el único accidente que podría ser considerado de trabajo, aunque a mí el médico no me hubiera dado ni la baja laboral.

Antes de 1980

Mejor será no removello ni meneallo.

200 años de las Cortes de Cádiz

No soy muy dado a celebrar cumpleaños, onomásticas, romerías de santos, días nacionales o internacionales y otros aniversarios divinos, reales o republicanos. Casi todas estas conmemoraciones acostumbran a ser ceremonias narcisistas, vacías de contenido, cuyo mayor provecho no suele  pasar de una tajada, un lavado de conciencia o de estómago o, en el peor de los casos, la homilía  empalagosa de algún político o enchufado dirigida a los medios de comunicación. El culantro es bueno, pero mucho empalaga, asegura un refrán costarricense, en total acuerdo con un haiku de Basho:

El perfume de las orquídeas
en las alas de las mariposas
empalaga
.

Sin embargo, hoy encuentro motivos sobrados para celebrar un centenario por todo lo alto. Se cumplen dos siglos de la inauguración de las Cortes de Cádiz, es decir, de la colocación de la primera piedra democrática que nos ha conducido a disfrutar ‒bien es verdad que de manera intermitente‒ de algunos gobiernos que han sido fruto de la voluntad popular. No es poco.

Por primera vez en la historia, un grupo de Diputados españoles peninsulares y ultramarinos (americanos, filipinos y canarios) se convirtió en un cuerpo institucional capaz de promulgar leyes en nombre del pueblo al que representaba. Esta hermosa aventura comenzó el día 24 de septiembre de 1810, en un teatro alquilado en el pueblo de San Fernando, en Cádiz.

Estas Cortes democráticas vieron la luz en medio de una terrible crisis: una invasión  francesa en toda regla, un grupo de españoles militares y aristócratas tratando de sacar provecho personal de esa ocupación y un monarca truhán que felicitaba por carta a Napoleón cuando ganaba batallas en España. En estas penosas circunstancias, tratando de superar lo que parecía insuperable, comenzó  a desarrollarse un cuerpo legislativo que consagraba la soberanía nacional frente a la soberanía real, la división de poderes, la igualdad y la legalidad o la libertad de imprenta.

Antonio Ruiz de Padrón, un Diputado canario que alcanzaría merecida fama más adelante, escribía en una carta a su hermano:

Ya salió la famosa Constitución, monumento de la sabiduría de los hombres y lo más perfecto que puede hacer el ingenio humano y que nos restituirá nuestra libertad política. Hasta aquí no hemos sido nación, sino un rebaño de bestias, gobernados por déspotas y tiranos. Ya está sancionada, publicada y jurada solemnemente por todas las clases de Estado y por la tropa, con una pompa y solemnidad no vista. Ya todos somos iguales delante de la ley. Por allá irá.

Ya nada se llama real, sino nacional. Ejército, armada, audiencia… todo es nacional. Sólo los palacios que la nación ha dado al rey, son reales.

Todo cuanto dices de escuelas, médicos, etc., etc., todo se ha tratado en las Cortes, y todo se arreglará poco a poco. Todos esos despotillas de que me hablas, caerán delante de la Constitución y de la ley. Prepara con tiempo al pueblo para que el día que se publique ahí la Constitución, la celebren hasta con locura de mojigangas, repiques, fuegos, iluminación, danzas, […].