Caracciolo, Ruiz de Padrón y Carlos III

Domenico Caracciolo, marqués de Villamaina, quien, siendo embajador en Inglaterra, le escribió a su rey para contarle que en Gran Bretaña había encontrado dos salsas y veintidós religiones

Domenico Caracciolo, marqués de Villamaina, quien, siendo embajador en Inglaterra, escribió a su rey para contarle que en Gran Bretaña había encontrado dos salsas y veintidós religiones

He dedicado algunos artículos a Domenico Caracciolo, un curioso personaje del siglo XVIII que nació en Extremadura, se crió en Italia y se convirtió en un importante diplomático en Londres y París. Estaba al servicio del rey de Nápoles y le cabe el honor de haber derogado la Inquisición en Sicilia.

También lo he incluido en dos capítulos de mi última novela, “Canarias”, la cual trata de la vida del artífice de la derogación de la Inquisición en España. Me refiero a Antonio José Ruiz de Padrón, diputado en las Cortes de Cádiz, en representación de las Islas Canarias. Mientras su actuación en Sicilia le sirvió a Caracciolo como trampolín para iniciar una brillante carrera política, la intervención de Ruiz de Padrón tuvo como consecuencia que un tribunal eclesiástico le condenara a prisión perpetua en un lugar inhóspito: el monasterio de Cabeza de Alba.

Veamos, pues, quién era Domenico Caracciolo, .

Palacio Real. Madrid
Martes 19 de noviembre de 1782

Cuando el rey Carlos III se encuentra solo en su cámara se convierte en Carlos. Un hombre que pelea muy duro para que no lo aplaste el peso de la corona borbónica heredada. Su gran problema es que no sabe cómo lograr que Carlos III logre los objetivos de Carlos. Su gran preocupación es no dar un paso en falso que pueda poner en peligro el objetivo de ilustrar España.

No puede concederse debilidades pero a veces necesita un descanso que suele encontrar en la caza y la lectura.

Sobre una mesa está el ejemplar de junio del Mercure de France. Sus ojos tropiezan con una carta debida a la pluma de Domenico Caracciolo. ¡Vaya si lo recuerda! Un hombre feo pero inteligente que se había ganado la amistad de su hijo Fernando.

Página del "Mercure" (París, 1782) sobre la Inquisición en Sicilia.

Página del “Mercure” (París, 1782) que menciona la Inquisición establecida en los reinos de Sicilia y Nápoles.

Fernando IV, rey de Nápoles, el año pasado nombró a Caracciolo virrey de Sicilia: algo que ya estaba dando que hablar en toda Europa. Los ojos de Carlos recorren nerviosamente el Mercure. En principio la misiva había sido dirigida por Caracciolo a su amigo D’Alembert y al poco tiempo veía la luz pública. Tras los prolegómenos afirma el virrey de Sicilia que

«[…] el 27 de ese mes, Miércoles Santo, que siempre se recordará en este país, el Rey Fernando IV ha abatido al terrible monstruo. Yo mismo he asistido como testigo a este gran espectáculo, acompañado por el arzobispo, por el juez representante de la monarquía, por el maestro de armas, por el Senado de la ciudad y por los Jefes de la magistratura.

Todo el mundo reunidos alrededor de mí con muchos otros personajes que los guardias han dejado pasar.

En presencia de oficiales y familiares del Santo Oficio, el Secretario del Gobierno ha leído el Decreto de abolición firmado por el Rey Fernando. Si quiere que le diga la verdad, mi querido amigo, me sentí conmovido y me puse a llorar: es la única vez que he dado a gracias a Dios por estar lejos de París y servir de instrumento para esta gran obra.

Después de la ceremonia he ordenado eliminar inmediatamente todos los escudos de armas del Tribunal de la Inquisición y en particular la mano que empuña la espada que estaba en la entrada con el lema: Deus, judica causam tuam.

A continuación, yo deseaba abrir las cárceles con el fin de poner en libertad a los prisioneros: allí me encontré con tres mujeres de avanzada edad, que con falta de humanidad habían acusado de brujería, y las he enviado de vuelta a sus hogares. Todo este importante procedimiento que podría haberse visto perturbado, fue llevado a cabo con gran sosiego e incluso se escucharon vivas gritados con mucho sentimiento.»

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También cuenta la carta cómo Caracciolo ordenó que se requisaran todos los archivos inquisitoriales. Carlos deposita el periódico francés sobre la mesa y sirve en una copa su acostumbrado aperitivo de vino Malvasía de Canarias. Su hijo Fernando ha tenido el valor de llevar a cabo lo que él mismo con todo su inmenso poder no se ha atrevido. ¡Qué contradicción! El extremeño Caracciolo ha desmontado el Tribunal en Sicilia y ha puesto a la luz pública su hazaña para mayor gloria de su rey mientras en su patria de nacimiento pocos se atreven a levantar la voz contra el monstruo.

Pero qué se puede hacer en un país con un siglo de atraso cultural si no es crear escuelas y sociedades económicas que reformen las mentalidades medievales. ¿Un golpe de mano como en Sicilia? Quizás. Habría que buscar un Caracciolo capaz de llevar a cabo semejante tarea sin que le tiemble el pulso.

Todo tendría que llevarse a efecto antes de que mi hijo Carlitos suba al trono porque sospecho que él no tiene la fuerza ni el interés necesario para llevar a cabo una tarea de esa envergadura.

No será difícil convencer a los obispos y abades si se coloca ante sus narices un encargo de cien mil misas pagaderas con dinero de la Corona.

En esa partida se podrían incluir las veinte mil misas por su alma que figuran en la última versión de su testamento. Los cinco mil doblones que le guarda su Ayuda de Cámara, Almerico Plini, también se entregarían a los obispos o a ese nuncio del papa que no se sacia jamás con el dinero que sustrae a los más pobres de España a través del Voto de Santiago.

Carlos está convencido de que en esta nación es muy difícil remover cualquier institución religiosa. La experiencia con la expulsión de los jesuitas así lo ha demostrado y por esta razón no se ha atrevido a continuar por ese camino. Precisamente en los últimos años la Inquisición ha ido tomando más y más fuerza en detrimento de los jueces reales.

Ahora –piensa Carlos con cierta envidia– Domenico Caracciolo podrá dedicar todas sus fuerzas a terminar con los abusos del régimen feudal que impera en la isla y a modernizar su economía. Libre de esa espesa telaraña inquisitorial que impide transformar de verdad una sociedad decrépita mi hijo Fernando tiene todas las cartas para convertirse en un rey amado por sus súbditos.

Carlos bebe un sorbo de Malvasía en el preciso momento que en Tenerife el marqués de San Andrés deposita sobre su escritorio un librito que le ha enviado su buen amigo José de Viera y Clavijo con un trabajo sobre Tostado y Torquemada que fue premiado en la Real Academia el día 15 de octubre.

Monasterio de Cabeza de Alba. León
Domingo 26 de noviembre de 1815

Un lego obliga al Dr. Ruiz de Padrón a abandonar la cama y le conduce al oratorio con el fin de que asista a la misa dominical. Oficia el padre guardián asistido por varios frailes. Puede ver a otros ocho presos más arrodillados sin que ninguno vista hábitos franciscanos. El macizo lego que lo ha escoltado hasta allí le señala un rincón donde debe permanecer durante toda la ceremonia. Varios frailes más parecen ejercer de vigilantes para que no haya comunicación entre los prisioneros.

Ruiz de Padrón se arrodilla. Está a punto de caer al suelo porque no le permiten utilizar un reclinatorio para apoyarse. Su debilidad continúa siendo enorme. Por la puerta abierta entran jirones de niebla empujados por ráfagas de aire gélido. El oficiante lee algunos versículos del capítulo 13 del Evangelio según san Marcos:

Videte, vigilate et orate nescitis enim quando tempus sit. Sicut homo qui peregre profectus reliquit domum suam et dedit servis suis potestatem cuiusque operis et ianitori praecipiat ut vigilet. (Estad sobre aviso, velad, y orad: porque no sabéis, quando será el tiempo. Así como un hombre, que partiéndose lejos, dejó su casa, y encargó á cada uno de sus siervos todo lo que debía hacer, y mandó al portero que velase.)

Videte et vigilate –piensa el Dr. Ruiz de Padrón–. Velar y vigilar para terminar con cualquier mensaje de amor es la consigna de la Inquisición española y de cuantos tramontanos apoyan su existencia. Nuestro rey también partió lejos y nosotros hicimos de porteros. Expulsamos al francés y velamos por nuestra nación hasta su regreso. Regresó el rey felón y eliminó a los siervos que vigilaron su casa porque ya no servían a sus despotismos. Qué diferencia con aquel otro Fernando, su tío, rey de Nápoles, que encargó a Caracciolo la tarea de abolir la Inquisición siciliana. Al insigne Domenico Caracciolo que tuvo la ocurrencia de morirse antes de mi viaje a Italia sin que pudiera entrevistarme con él.

De cualquier manera vigilad vigilad vigilad. Sabed que el dueño de la casa nacional no es el rey sino el pueblo. Se impondrá la nación y vosotros caeréis. Como caísteis en Sicilia frente a Caracciolo.

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Foto: Antonia Correa.

Ruiz de Padrón repasa mentalmente la biografía de Domenico Caracciolo, nacido en el año 1715 en Malpartida de la Serena, un pueblillo no tan alejado de Almendralejo en la provincia de Badajoz. Una vecina medio portuguesa llamada María Alcántara Silva Porras lo trajo al mundo en este rincón extremeño. Su padre fue Thomas Caracciolo: un napolitano que había llegado hasta España con el séquito real de Felipe V. Thomas y María viajaron a Italia con su hijito Domenico y vivieron en un pueblo napolitano como marqueses porque realmente lo eran aunque no tuvieran grandes recursos económicos.

Sobre su niñez y adolescencia no hay noticias pero es muy posible que las haya pasado en Villamaina y fuese instruido por el párroco Stefano Pizzuti. A pesar de las limitaciones económicas de su familia pudo desplazarse más adelante a Nápoles y estudiar leyes. Ya con el título de abogado ejerció su profesión como humilde pasante en el Tribunal de Nápoles.

A la muerte de su padre heredó el título de marqués. Aun siendo español por parte materna y por nacimiento siempre se le ha considerado enteramente napolitano. En realidad ser un marqués poco agraciado y sin dinero no es gran cosa en el Nápoles de este siglo materialista. Empero lo que le faltaba en recursos económicos y en belleza física le abundaba en inteligencia donaire y audacia. De sobra sabía que para un miembro de familia aristocrática de segunda fila había dos caminos predestinados: la milicia o la iglesia. No obstante su primer objetivo fue convertirse en juez y no tardó mucho en lograrlo.

Domenico estaba decidido a no perder el tiempo. Se afanaba en completar su formación con los libros franceses que inundaban Nápoles. Pronto alcanzó un puesto encumbrado en la magistratura napolitana. A partir de ahí trató de ascender en la carrera diplomática aprovechando que se necesitaban personas para ocupar cargos de relieve cuando Carlos III se convirtió en rey de España y tuvo que ceder el reino de Nápoles a su hijo Fernando de Borbón.

En 1763 logró ser nombrado embajador napolitano en Londres. Allí se ganó la simpatía de los mejores salones. No había fiesta de prestigio a la que il Caracciolo no fuese invitado. Su cuerpo bajo y rechoncho con un cuello de toro culminado por un cabezón poco agraciado no fue obstáculo para que su compañía estuviera permanentemente solicitada tanto en asuntos políticos como mundanos. Así fue hasta 1770 en que su monarca Fernando IV decidió enviarlo a París. Ciertamente no dominaba tanto el idioma galo como el inglés pero pronto se hizo querer. Tanto las damas como los caballeros le sonreían cuando dejaba caer sus frases ingeniosas engarzadas en un francés bárbaro y pedregoso. Su fama creció sin medida en aquel París de ideales volterianos, pasiones pompadouradas y tertulias espumosas.

Durante su estancia en Italia Ruiz de Padrón se enteró hasta el último detalle de su biografía. Por ejemplo que el ingenioso marqués de Villamaina se le consideró uno de los animadores más brillantes de los salones ilustrados y a nadie le podía extrañar que haya protagonizado más de una anécdota con su Cristianísima Majestad Luis XV. Este hombre de facciones toscas asistía en el año setenta y tres a las sofisticadas tertulias de madame d’Epinay y madame de Géoffrin. Intimó con el enciclopedista d’Alembert y gozó de la amistad de quienes antes admiraba en los libros: compartió opiniones y hasta mesa y mantel con Elvezio: Rainal: Marmontel: el abad Morellet o Saint-Lambert. De cuantos personajes visitaban París con frecuencia decía Il Caracciolo que prefería la compañía de su compatriota el abate Galiani, famoso en Europa por sus sobresalientes escritos.

El preso recuerda que precisamente uno de los sueños de su juventud era viajar a Italia para recibir enseñanzas de Galiani porque su tío fray Jacinto le había contado maravillas de este clérigo.

(Texto extractado de la novela histórica “Canarias”, de Manuel Mora Morales, Editorial Malvasía, 2012)

Reservados todos los derechos de propiedad intelectual, prohibida la reproducción de este texto por cualquier medio.

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Domenico Caracciolo, en Londres y París

Tertulia en el salón de Madame Geoffrin, en París.

Continuación del artículo: Domenico Caracciolo, ¿Un italiano ilustrado o un español incógnito?

Domenico Caracciolo no tardó mucho en alcanzar un puesto encumbrado en la magistratura napolitana. A partir de ahí, trató de ascender en la carrera diplomática aprovechando que se necesitaban personas para ocupar cargos de relieve cuando el hijo de Carlos III, Fernando de Borbón, ocupó el trono de Nápoles. Por ese camino logró, en 1763, ser nombrado embajador napolitano en Londres.

Allí se ganó la simpatía de los mejores salones. No había fiesta de prestigio a la que “il Caracciolo” no fuese invitado. Su cuerpo bajo y rechoncho con un cuello de toro culminado por un cabezón poco agraciado no fue obstáculo para que su compañía estuviera solicitada tanto en los asuntos políticos como mundanos. Una amable comunicación del profesor Nicola Trunfio, con motivo de mi anterior artículo, me informa que está en su poder el retrato original de Domenico Caracciolo, en Villamaina, municipio donde se tiene el proyecto de dedicarle una calle.

Jean D'Alembert, un amigo de Caracciolo.

Hasta 1770, Caracciolo estuvo en Londres, pero en ese año Fernando IV de Nápoles y Sicilia decidió enviarlo a París. Ciertamente, el marqués de Caracciolo era la persona adecuada para hacer brillar a su país en la capital del mundo. El marqués no dominaba tanto el idioma galo como el inglés, pero pronto se hizo querer por los ilustrados parisinos. Las damas y los caballeros le sonreían cuando dejaba caer sus frases ingeniosas engarzadas en un francés bárbaro y pedregoso. Su fama creció sin medida en aquel París de ideales volterianos, pasiones pompadouradas y tertulias espumosas.

Por cierto, hablando de la Pompadour, no me resisto a reproducir una carta enviada por la marquesa a su buena amiga la Condesa de Bashi:

Querida,

Lo que le voy a contar no es precisamente poético. El Marqués de R., que como usted sabe, no es precisamente muy delicado en sus gustos, pasó ayer la noche con una comedianta y al final de la cena, estando los dos … encantadores, el Marqués no encontró nada mejor que desvestir a su Venus y, preparando una salsa para espárragos la colocó en un lugar que no voy a nombrar pero que usted comprenderá y se dedicó a comer los espárragos mojándolos en su salsa. Parece que le gustó, ¿qué piensa usted de ello? Espero su respuesta pero, por el momento, no puedo dejar de reírme de un placer tan original.[1]

La marquesa de Pompadour.”[2]

El ingenioso Marqués de Villamaina estaba considerado uno de los animadores más brillantes de los salones ilustrados y a nadie extraña que haya protagonizado la referida anécdota con su Cristianísima Majestad Luis XV. Este hombre de facciones toscas asistía a las sofisticadas tertulias de madame d’Epinay y madame de Géoffrin. Intimaba con el enciclopedista d’Alembert y gozaba de la amistad de quienes antes había admirado en los libros; compartió opiniones, y hasta mesa y mantel, con Elvezio, Rainal, Marmontel, el abad Morellet o Saint-Lambert. De cuantos personajes visitaban París, Caracciolo afirmaba que prefería la compañía de su compatriota abate Galiani, famoso en Europa por sus sobresalientes escritos. [3]

Continuará

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[1] Una escena semejante es descrita por Truman Capote en un bar de Nueva Orleáns en el que se bebía un exótico cóctel (cerezas hervidas en crema de leche con absenta o algo parecido) servido en la vagina de una muchacha tendida sobre la barra del establecimiento. Si mal no recuerdo, aparece en su novela Música para camaleones.

[2] Carta subastada por 350 francos en el Hôtel Drouot, a principios del siglo XX.

[3] De la obra Della moneta (1750), de Ferdinando Galiani, es la famosa frase “La ricchezza è una ragione tra due persone” (La riqueza es una relación entre dos personas) que más de un siglo después sería citada por Karl Marx en su Contribución a la crítica de la economía política (1859).

[1] La Lumia, Isidoro: Domenico Caracciolo, o un riformatore del secolo XVIII. Capítulo incluido en Nuova Antologia di Scienze, Lettere ed Arti (pp. 213-241). Séptimo volumen. Tip. dei Successori Le Monnier. Florencia, Italia. 1868.

Domenico Caracciolo, ¿un italiano ilustrado o un español incógnito?

Mi estimadísimo Domenico Caracciolo

No puedo negar que uno de los personajes de la Ilustración que más atracción ejercen sobre mí es Domingo o Domenico Caracciolo, sobre quien ya he escrito algo más en este mismo lugar. A pesar de ser una figura novelesca sobre la que se puede escribir un bestseller o producir una espectacular película histórica, Caracciolo ha pasado desapercibido desde hace casi dos siglos, tanto en Italia (excepto, en la década de 1930) y España como en el resto del mundo. Quizás sea esta particularidad del olvido a que  más ha logrado encandilarme de este gran tipo que no dudó en enfrentarse a los poderosos de su tiempo -aristocracia y clero- para lograr un poco más de justicia en este mundo. En la actualidad, su recuerdo público se reduce, casi por completo, a un recordatorio en la página web del ayuntamiento de un minúsculo pueblo italiano y a una anécdota parisina en la que ya ni aparece su nombre (ver mi artículo “Una anécdota con mucha cola…”).

Ese pueblo italiano ni siquiera es el lugar de su nacimiento, porque Domenico Caracciolo nació en Malpartida de la Serena, a una hora en coche de Almendralejo, en la provincia de Badajoz, España. Sin embargo, allí no lo conoce nadie, incluyendo a su ilustre ayuntamiento, a pesar de que en el año 1715, doña María Alcántara Silva Porras lo trajo al mundo en este rincón extremeño.(1)

Malpartida de la Serena, villa natal de Caracciolo

Su padre era don Thomas Caracciolo, un napolitano que había llegado hasta allí con el séquito real del Borbón francés que gobernaba España y buena parte de Italia. Don Thomas y doña María regresaron a Italia, con su hijito Domenico, y vivieron en Villamaina como marqueses, porque realmente lo eran, aunque, a decir verdad,  no tenían muchos recursos económicos.

Villamaina: alrededores de la iglesia de San Roque.

Sobre su niñez y adolescencia no hay noticias, pero es muy posible que los haya pasado en Villamaina y fuese instruido por Stefano Pizzuti, párroco del lugar con excelentes conocimientos académicos.

A pesar de las limitaciones económicas de su familia, más adelante pudo desplazarse a Nápoles y estudiar leyes. Ya con el título de abogado,  durante los primeros años ejerció su profesión como humilde pasante en el Tribunal de Nápoles.

A la muerte de su padre, Domenico heredó el título de Marqués. Por otro lado, aun siendo español por parte materna y por nacimiento, se le consideró enteramente napolitano durante el resto de su vida. Realmente, ser un Marqués poco agraciado y sin dinero no era gran cosa en el Nápoles del siglo XVIII. Sin embargo, lo que le faltaba en recursos económicos y en belleza física le sobraba a Dominico en inteligencia, donaire y audacia. Su primer objetivo fue convertirse en juez y no tardó mucho en lograrlo. A partir de ahí…

(Continúa)

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1. El apellido Alcántara unido al de Silva hace sospechar que los orígenes de doña María fueran portugueses, pues había casas solariegas con el primer apellido en Portugal, y en lo que se refiere al segundo, Silva, su procedencia es claramente lusitana. En cuanto a Porras, también se había extendido en ese país, tanto como en España. Dada la vecindad de Extremadura con Portugal, es evidente el intercambio de genes, apellidos yresidencias durante toda su historia, y la mamá de Domenico bien pudo nacer en Cáceres o Badajoz y contar con ascendencia portuguesa.