Vídeo con nombres guanches que comienzan por la letra C

Hermosos nombres guanches para niños y niñas. Esta Primera Parte contiene los nombres que comienzan por la letra C.
Estos nombres, procedentes de las Islas Canarias, están siendo utilizado en todo el mundo, por su belleza.

Por otra parte, los apelativos que se citan, proceden de las fuentes más fidedignas que se hallan en la bibliografía de temas canarios, como la obra «Monumenta Linguae Canariae» de Dominik Josef Wölfel, las varias «Historia de Canarias» debidas a Fray Juan Abreu Galindo, Tomás Marín y Cubas, Agustín Millares Torres, etc., los manuscritos de Juan Bethencourt Alfonso o las primeras crónicas de la conquista, como «Le Canarien».

Trato de ofrecer datos de interés sobre cada nombre, contando la historia o las anécdotas principales del personaje que lo utilizaba. También he concedido importancia a la rigurosidad de la información , así como a ofrecer una exposición clara con un esquema fijo para cada entrada, donde se especifica una serie de datos, entre los que figuran cada fuente, con la intención de que pueda consultarse para verificar o ampliar cada antropónimo.

Entre estos nombres propios, el lector puede tener la completa seguridad de que no se han intercalado nombres de montañas, de barrancos o de pueblos que no hayan pertenecido a aborígenes canarios, según las fuentes históricas, lingüísticas y antropológicas consultadas. Antes bien, se ha rastreado cada uno de ellos, escrupulosamente, hasta dar por seguro que cada información es lo más correcta posible.

IR a nombres que comienzan por la LETRA B

IR a nombres que comienzan por la LETRA D

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Hermosos nombres guanches para niños y niñas. Esta Primera Parte contiene los nombres que comienzan por la letra B.
Estos nombres, procedentes de las Islas Canarias, están siendo utilizado en todo el mundo, por su belleza.

Por otra parte, los apelativos que se citan, proceden de las fuentes más fidedignas que se hallan en la bibliografía de temas canarios, como la obra «Monumenta Linguae Canariae» de Dominik Josef Wölfel, las varias «Historia de Canarias» debidas a Fray Juan Abreu Galindo, Tomás Marín y Cubas, Agustín Millares Torres, etc., los manuscritos de Juan Bethencourt Alfonso o las primeras crónicas de la conquista, como «Le Canarien».

Trato de ofrecer datos de interés sobre cada nombre, contando la historia o las anécdotas principales del personaje que lo utilizaba. También he concedido importancia a la rigurosidad de la información , así como a ofrecer una exposición clara con un esquema fijo para cada entrada, donde se especifica una serie de datos, entre los que figuran cada fuente, con la intención de que pueda consultarse para verificar o ampliar cada antropónimo.

Entre estos nombres propios, el lector puede tener la completa seguridad de que no se han intercalado nombres de montañas, de barrancos o de pueblos que no hayan pertenecido a aborígenes canarios, según las fuentes históricas, lingüísticas y antropológicas consultadas. Antes bien, se ha rastreado cada uno de ellos, escrupulosamente, hasta dar por seguro que cada información es lo más correcta posible.

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IR a nombres que comienzan por la LETRA A 

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Hermosos nombres guanches para niños y niñas. Esta Primera Parte contiene los nombres que comienzan por la letra A.
Estos nombres, procedentes de las Islas Canarias, están siendo utilizado en todo el mundo, por su belleza.

Por otra parte, los apelativos que se citan, proceden de las fuentes más fidedignas que se hallan en la bibliografía de temas canarios, como la obra «Monumenta Linguae Canariae» de Dominik Josef Wölfel, las varias «Historia de Canarias» debidas a Fray Juan Abreu Galindo, Tomás Marín y Cubas, Agustín Millares Torres, etc., los manuscritos de Juan Bethencourt Alfonso o las primeras crónicas de la conquista, como «Le Canarien».

Trato de ofrecer datos de interés sobre cada nombre, contando la historia o las anécdotas principales del personaje que lo utilizaba. También he concedido importancia a la rigurosidad de la información , así como a ofrecer una exposición clara con un esquema fijo para cada entrada, donde se especifica una serie de datos, entre los que figuran cada fuente, con la intención de que pueda consultarse para verificar o ampliar cada antropónimo.

Entre estos nombres propios, el lector puede tener la completa seguridad de que no se han intercalado nombres de montañas, de barrancos o de pueblos que no hayan pertenecido a aborígenes canarios, según las fuentes históricas, lingüísticas y antropológicas consultadas. Antes bien, se ha rastreado cada uno de ellos, escrupulosamente, hasta dar por seguro que cada información es lo más correcta posible.

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Caracciolo, Ruiz de Padrón y Carlos III

Domenico Caracciolo, marqués de Villamaina, quien, siendo embajador en Inglaterra, le escribió a su rey para contarle que en Gran Bretaña había encontrado dos salsas y veintidós religiones

Domenico Caracciolo, marqués de Villamaina, quien, siendo embajador en Inglaterra, escribió a su rey para contarle que en Gran Bretaña había encontrado dos salsas y veintidós religiones

He dedicado algunos artículos a Domenico Caracciolo, un curioso personaje del siglo XVIII que nació en Extremadura, se crió en Italia y se convirtió en un importante diplomático en Londres y París. Estaba al servicio del rey de Nápoles y le cabe el honor de haber derogado la Inquisición en Sicilia.

También lo he incluido en dos capítulos de mi última novela, “Canarias”, la cual trata de la vida del artífice de la derogación de la Inquisición en España. Me refiero a Antonio José Ruiz de Padrón, diputado en las Cortes de Cádiz, en representación de las Islas Canarias. Mientras su actuación en Sicilia le sirvió a Caracciolo como trampolín para iniciar una brillante carrera política, la intervención de Ruiz de Padrón tuvo como consecuencia que un tribunal eclesiástico le condenara a prisión perpetua en un lugar inhóspito: el monasterio de Cabeza de Alba.

Veamos, pues, quién era Domenico Caracciolo, .

Palacio Real. Madrid
Martes 19 de noviembre de 1782

Cuando el rey Carlos III se encuentra solo en su cámara se convierte en Carlos. Un hombre que pelea muy duro para que no lo aplaste el peso de la corona borbónica heredada. Su gran problema es que no sabe cómo lograr que Carlos III logre los objetivos de Carlos. Su gran preocupación es no dar un paso en falso que pueda poner en peligro el objetivo de ilustrar España.

No puede concederse debilidades pero a veces necesita un descanso que suele encontrar en la caza y la lectura.

Sobre una mesa está el ejemplar de junio del Mercure de France. Sus ojos tropiezan con una carta debida a la pluma de Domenico Caracciolo. ¡Vaya si lo recuerda! Un hombre feo pero inteligente que se había ganado la amistad de su hijo Fernando.

Página del "Mercure" (París, 1782) sobre la Inquisición en Sicilia.

Página del “Mercure” (París, 1782) que menciona la Inquisición establecida en los reinos de Sicilia y Nápoles.

Fernando IV, rey de Nápoles, el año pasado nombró a Caracciolo virrey de Sicilia: algo que ya estaba dando que hablar en toda Europa. Los ojos de Carlos recorren nerviosamente el Mercure. En principio la misiva había sido dirigida por Caracciolo a su amigo D’Alembert y al poco tiempo veía la luz pública. Tras los prolegómenos afirma el virrey de Sicilia que

«[…] el 27 de ese mes, Miércoles Santo, que siempre se recordará en este país, el Rey Fernando IV ha abatido al terrible monstruo. Yo mismo he asistido como testigo a este gran espectáculo, acompañado por el arzobispo, por el juez representante de la monarquía, por el maestro de armas, por el Senado de la ciudad y por los Jefes de la magistratura.

Todo el mundo reunidos alrededor de mí con muchos otros personajes que los guardias han dejado pasar.

En presencia de oficiales y familiares del Santo Oficio, el Secretario del Gobierno ha leído el Decreto de abolición firmado por el Rey Fernando. Si quiere que le diga la verdad, mi querido amigo, me sentí conmovido y me puse a llorar: es la única vez que he dado a gracias a Dios por estar lejos de París y servir de instrumento para esta gran obra.

Después de la ceremonia he ordenado eliminar inmediatamente todos los escudos de armas del Tribunal de la Inquisición y en particular la mano que empuña la espada que estaba en la entrada con el lema: Deus, judica causam tuam.

A continuación, yo deseaba abrir las cárceles con el fin de poner en libertad a los prisioneros: allí me encontré con tres mujeres de avanzada edad, que con falta de humanidad habían acusado de brujería, y las he enviado de vuelta a sus hogares. Todo este importante procedimiento que podría haberse visto perturbado, fue llevado a cabo con gran sosiego e incluso se escucharon vivas gritados con mucho sentimiento.»

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También cuenta la carta cómo Caracciolo ordenó que se requisaran todos los archivos inquisitoriales. Carlos deposita el periódico francés sobre la mesa y sirve en una copa su acostumbrado aperitivo de vino Malvasía de Canarias. Su hijo Fernando ha tenido el valor de llevar a cabo lo que él mismo con todo su inmenso poder no se ha atrevido. ¡Qué contradicción! El extremeño Caracciolo ha desmontado el Tribunal en Sicilia y ha puesto a la luz pública su hazaña para mayor gloria de su rey mientras en su patria de nacimiento pocos se atreven a levantar la voz contra el monstruo.

Pero qué se puede hacer en un país con un siglo de atraso cultural si no es crear escuelas y sociedades económicas que reformen las mentalidades medievales. ¿Un golpe de mano como en Sicilia? Quizás. Habría que buscar un Caracciolo capaz de llevar a cabo semejante tarea sin que le tiemble el pulso.

Todo tendría que llevarse a efecto antes de que mi hijo Carlitos suba al trono porque sospecho que él no tiene la fuerza ni el interés necesario para llevar a cabo una tarea de esa envergadura.

No será difícil convencer a los obispos y abades si se coloca ante sus narices un encargo de cien mil misas pagaderas con dinero de la Corona.

En esa partida se podrían incluir las veinte mil misas por su alma que figuran en la última versión de su testamento. Los cinco mil doblones que le guarda su Ayuda de Cámara, Almerico Plini, también se entregarían a los obispos o a ese nuncio del papa que no se sacia jamás con el dinero que sustrae a los más pobres de España a través del Voto de Santiago.

Carlos está convencido de que en esta nación es muy difícil remover cualquier institución religiosa. La experiencia con la expulsión de los jesuitas así lo ha demostrado y por esta razón no se ha atrevido a continuar por ese camino. Precisamente en los últimos años la Inquisición ha ido tomando más y más fuerza en detrimento de los jueces reales.

Ahora –piensa Carlos con cierta envidia– Domenico Caracciolo podrá dedicar todas sus fuerzas a terminar con los abusos del régimen feudal que impera en la isla y a modernizar su economía. Libre de esa espesa telaraña inquisitorial que impide transformar de verdad una sociedad decrépita mi hijo Fernando tiene todas las cartas para convertirse en un rey amado por sus súbditos.

Carlos bebe un sorbo de Malvasía en el preciso momento que en Tenerife el marqués de San Andrés deposita sobre su escritorio un librito que le ha enviado su buen amigo José de Viera y Clavijo con un trabajo sobre Tostado y Torquemada que fue premiado en la Real Academia el día 15 de octubre.

Monasterio de Cabeza de Alba. León
Domingo 26 de noviembre de 1815

Un lego obliga al Dr. Ruiz de Padrón a abandonar la cama y le conduce al oratorio con el fin de que asista a la misa dominical. Oficia el padre guardián asistido por varios frailes. Puede ver a otros ocho presos más arrodillados sin que ninguno vista hábitos franciscanos. El macizo lego que lo ha escoltado hasta allí le señala un rincón donde debe permanecer durante toda la ceremonia. Varios frailes más parecen ejercer de vigilantes para que no haya comunicación entre los prisioneros.

Ruiz de Padrón se arrodilla. Está a punto de caer al suelo porque no le permiten utilizar un reclinatorio para apoyarse. Su debilidad continúa siendo enorme. Por la puerta abierta entran jirones de niebla empujados por ráfagas de aire gélido. El oficiante lee algunos versículos del capítulo 13 del Evangelio según san Marcos:

Videte, vigilate et orate nescitis enim quando tempus sit. Sicut homo qui peregre profectus reliquit domum suam et dedit servis suis potestatem cuiusque operis et ianitori praecipiat ut vigilet. (Estad sobre aviso, velad, y orad: porque no sabéis, quando será el tiempo. Así como un hombre, que partiéndose lejos, dejó su casa, y encargó á cada uno de sus siervos todo lo que debía hacer, y mandó al portero que velase.)

Videte et vigilate –piensa el Dr. Ruiz de Padrón–. Velar y vigilar para terminar con cualquier mensaje de amor es la consigna de la Inquisición española y de cuantos tramontanos apoyan su existencia. Nuestro rey también partió lejos y nosotros hicimos de porteros. Expulsamos al francés y velamos por nuestra nación hasta su regreso. Regresó el rey felón y eliminó a los siervos que vigilaron su casa porque ya no servían a sus despotismos. Qué diferencia con aquel otro Fernando, su tío, rey de Nápoles, que encargó a Caracciolo la tarea de abolir la Inquisición siciliana. Al insigne Domenico Caracciolo que tuvo la ocurrencia de morirse antes de mi viaje a Italia sin que pudiera entrevistarme con él.

De cualquier manera vigilad vigilad vigilad. Sabed que el dueño de la casa nacional no es el rey sino el pueblo. Se impondrá la nación y vosotros caeréis. Como caísteis en Sicilia frente a Caracciolo.

Malpartida.jpg

Foto: Antonia Correa.

Ruiz de Padrón repasa mentalmente la biografía de Domenico Caracciolo, nacido en el año 1715 en Malpartida de la Serena, un pueblillo no tan alejado de Almendralejo en la provincia de Badajoz. Una vecina medio portuguesa llamada María Alcántara Silva Porras lo trajo al mundo en este rincón extremeño. Su padre fue Thomas Caracciolo: un napolitano que había llegado hasta España con el séquito real de Felipe V. Thomas y María viajaron a Italia con su hijito Domenico y vivieron en un pueblo napolitano como marqueses porque realmente lo eran aunque no tuvieran grandes recursos económicos.

Sobre su niñez y adolescencia no hay noticias pero es muy posible que las haya pasado en Villamaina y fuese instruido por el párroco Stefano Pizzuti. A pesar de las limitaciones económicas de su familia pudo desplazarse más adelante a Nápoles y estudiar leyes. Ya con el título de abogado ejerció su profesión como humilde pasante en el Tribunal de Nápoles.

A la muerte de su padre heredó el título de marqués. Aun siendo español por parte materna y por nacimiento siempre se le ha considerado enteramente napolitano. En realidad ser un marqués poco agraciado y sin dinero no es gran cosa en el Nápoles de este siglo materialista. Empero lo que le faltaba en recursos económicos y en belleza física le abundaba en inteligencia donaire y audacia. De sobra sabía que para un miembro de familia aristocrática de segunda fila había dos caminos predestinados: la milicia o la iglesia. No obstante su primer objetivo fue convertirse en juez y no tardó mucho en lograrlo.

Domenico estaba decidido a no perder el tiempo. Se afanaba en completar su formación con los libros franceses que inundaban Nápoles. Pronto alcanzó un puesto encumbrado en la magistratura napolitana. A partir de ahí trató de ascender en la carrera diplomática aprovechando que se necesitaban personas para ocupar cargos de relieve cuando Carlos III se convirtió en rey de España y tuvo que ceder el reino de Nápoles a su hijo Fernando de Borbón.

En 1763 logró ser nombrado embajador napolitano en Londres. Allí se ganó la simpatía de los mejores salones. No había fiesta de prestigio a la que il Caracciolo no fuese invitado. Su cuerpo bajo y rechoncho con un cuello de toro culminado por un cabezón poco agraciado no fue obstáculo para que su compañía estuviera permanentemente solicitada tanto en asuntos políticos como mundanos. Así fue hasta 1770 en que su monarca Fernando IV decidió enviarlo a París. Ciertamente no dominaba tanto el idioma galo como el inglés pero pronto se hizo querer. Tanto las damas como los caballeros le sonreían cuando dejaba caer sus frases ingeniosas engarzadas en un francés bárbaro y pedregoso. Su fama creció sin medida en aquel París de ideales volterianos, pasiones pompadouradas y tertulias espumosas.

Durante su estancia en Italia Ruiz de Padrón se enteró hasta el último detalle de su biografía. Por ejemplo que el ingenioso marqués de Villamaina se le consideró uno de los animadores más brillantes de los salones ilustrados y a nadie le podía extrañar que haya protagonizado más de una anécdota con su Cristianísima Majestad Luis XV. Este hombre de facciones toscas asistía en el año setenta y tres a las sofisticadas tertulias de madame d’Epinay y madame de Géoffrin. Intimó con el enciclopedista d’Alembert y gozó de la amistad de quienes antes admiraba en los libros: compartió opiniones y hasta mesa y mantel con Elvezio: Rainal: Marmontel: el abad Morellet o Saint-Lambert. De cuantos personajes visitaban París con frecuencia decía Il Caracciolo que prefería la compañía de su compatriota el abate Galiani, famoso en Europa por sus sobresalientes escritos.

El preso recuerda que precisamente uno de los sueños de su juventud era viajar a Italia para recibir enseñanzas de Galiani porque su tío fray Jacinto le había contado maravillas de este clérigo.

(Texto extractado de la novela histórica “Canarias”, de Manuel Mora Morales, Editorial Malvasía, 2012)

Reservados todos los derechos de propiedad intelectual, prohibida la reproducción de este texto por cualquier medio.

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Los ojos, las hormigas, Hitchcock y Dalí

Versión completa en español de Spellbound (1945), de Alfred Hitchcock. Ver ficha técnica [1]

El periodista y cineasta francés François Truffaut escribió el libro Le Cinema selon Hitchcock (Ed. R. Laffont, Paris, 1966), que contiene una serie de entrevistas con Alfred Hitchcock.  Ambos directores pasaron minuciosa revista a la cinematografía del inglés y constituye una obra indispensable para quienes desean aproximarse a la trastienda de  Hitchcock.

Aprovechando que hace poco tiempo se subió a YouTube la versión completa en lengua española de la película Spellbound (título traducido en España como Recuerda y en México (para Latinoamérica), como Cuéntame tu vida), he pensado que no estaría mal traer a esta página la opinión que el propio Hitchcock tenía sobre su obra y las revelaciones que le hizo a Truffaut respecto a la intervención de Dalí en una de las más famosas escenas del film.

Antes de leer esas interesantes declaraciones, convendría tener en cuenta que la intervención de Salvador Dalí en Spellbound tiene algunos antecedentes e, incluso, ciertas consecuencias posteriores que son, al menos, curiosas.

En el plano daliniano de la película Spellbound, cuando el protagonista corta las cortinas llenas de ojos (01:19:10), es imposible no recordar ese otro plano (01:30) de  Un perro andaluz  (1929), de Luis Buñuel, en que una navaja de afeitar rebana el ojo de una mujer. La película española había sido rodada dieciséis años antes que la americana y, probablemente, desconocida por Alfred Hitchcock, a pesar haberse dicho que éste la incluyó en su película como un homenaje a Buñuel. En las declaraciones a Truffaut, deja bien claro que el guión de esta escena se debió a Salvador Dalí.

En cuanto a la parte de la intervención de Dalí que se quedó fuera de la película, por cuestiones de presupuesto, el director británico habla de hormigas saliendo del cuerpo agrietado de Ingrid Bergman. También encontramos antecedentes en la película Un perro andaluz, en la que Buñuel y Dalí introducen las hormigas en una secuencia (minuto 4:40): los insectos pululan en torno a un agujero en la palma de la mano del personaje, el cual las contempla fascinado.

Sin embargo, esa escena que no pudo entrar en la película  Spellbound, Dalí la aprovechó para introducirla en una producción de dibujos animados, titulada Destino, producida el año siguiente (1946) por Walt Disney. En el minuto 4:00, un colibrí pica en la mano de una estatua y abre un agujero por el que sale una hormiga que se convierte en un hombre subido en una bicicleta, al que seguirán muchos otros.

DALI_Vida secreta-Reloj con hormigas-1939

Sin título (1939), de Dalí.

Las hormigas siempre fueron una obsesión de Dalí que en su obra Vida secreta de Salvador Dalí (1942) cuenta cómo, en su infancia, descubrió que el murciélago que guardaba en un bote era devorado por hormigas y el fuerte impacto que ello le causó. Sobre las hormigas y Dalí hay un interesante estudio, realizado por José María Gómez Durán, al que puede acceder desde este enlace.

ENTREVISTA DE FRANÇOIS TRUFFAUT A ALFRED HITCHCOCK

FRANÇOIS TRUFFAUT: Estamos en 1944, y ha regresado usted a Hollywood para rodar  Spellbound (Recuerda); entre los guionistas de esta película, veo el nombre de Angus Mac Phail, un inglés que le había ayudado escribiendo el guión de Bon Voyage.

ALFRED HITCHCOCK: Angus Mac Phail era jefe del servicio de guiones de la Gaumont British y uno de esos jóvenes intelectuales que fueron los primeros en interesarse por el cine. Le conocí en la época de The Lodger y trabajó en la Gaumont-British en la misma época que yo. Después de Sabotage, no le volví a ver hasta el momento de rodar esos films franceses en Londres y empecé a trabajar en el primer tratamiento de  Spellbound con él. Pero nuestro trabajo era demasiado desordenado. Cuando regresé a Hollywood, Ben Hecht fue reclutado y fue una elección apropiada porque le interesaba mucho el psicoanálisis.

F.T. En el libro que le consagraron Eric Rohmer y Claude

Chabrol dicen que la primera idea que usted tuvo a propósito de  Spellbound era hacer un film mucho más delirante; por ejemplo, el director de la clínica debía tener en la planta del pie la cruz de Cristo para pisarla a cada paso que daba, se trataba de un tipo que celebraba misas negras, etc.

A.H. Eso pertenecía a la novela La casa del Dr. Edwardes, una novela melodramática y completamente loca que contaba la historia de un loco que se apodera de una casa de locos. ¡En la novela, incluso los enfermeros estaban locos y hacían toda clase de cosas! Mi intención era más razonable, y yo quería únicamente rodar el primer film de psicoanálisis. Trabajé con Ben Hecht, que consultaba frecuentemente a psicoanalistas célebres.

Cuando llegamos a las secuencias oníricas mi intención era romper totalmente con la tradición de los sueños en el cine, que son casi siempre brumosos y confusos, con la pantalla que tiembla, etc. Pedí a Selznick que se asegurara la colaboración de Salvador Dalí. Selznick aceptó pero estoy seguro de que pensó que yo quería que trabajara Dalí por la publicidad que nos haría. La única razón, sin embargo, era mi voluntad de conseguir sueños muy visuales con rasgos agudos y claros, precisamente en una imagen más clara que la del film. Quería la colaboración de Dalí debido al aspecto agudo de su arquitectura –Chirico es muy parecida–, las largas sombras, el infinito de las distancias, las líneas que convergen en la perspectiva… los rostros sin forma…

Naturalmente, Dalí inventó cosas bastante extrañas que no fue posible realizar ¡Una estatua se resquebraja y unas hormigas escapan de las grietas y se arrastran por la estatua y, luego, vemos a Ingrid Bergman cubierta de hormigas!

Yo estaba inquieto porque la producción no quería hacer ciertos gastos. Me hubiera gustado rodar los sueños de Dalí en exteriores para que todo estuviera inundado de sol y se hiciera terriblemente agudo, pero me rechazaron esta pretensión y tuve que rodar el sueño en estudio.

F.T. En definitiva, no tiene más que un sueño dividido en cuatro fragmentos. He vuelto a ver últimamente  Spellbound y debo confesarle que no me gustó mucho el guión.

A.H. Se trata, una vez más, de una historia de caza del hombre, sólo que aquí envuelta en pseudopsicoanálisis.

F.T. Para mí es evidente que muchos de sus films, como Notorious o Vértigo, parecen auténticamente sueños filmados. Por consiguiente, ante el anuncio de una película de Hitchcock que aborda el psicoanálisis… uno espera encontrarse ante algo completamente loco, delirante, y, finalmente, es uno de sus films más razonables, con muchos diálogos… En suma, lo que yo reprochada a  Spellbound es que le falta un poco de fantasía en relación con sus otras obras… A. H. Probablemente, porque se trataba de psicoanálisis tuviéramos miedo de la irrealidad y tratamos de ser lógicos al narrar la aventura de este hombre.

F.T. Sin duda. Contiene, sin embargo, cosas muy hermosas; por ejemplo, el beso seguido de las siete puertas que se abren y el primer encuentro entre Gregory Peck e Ingrid Bergman; se trata evidentemente de un flechazo, ella se enamora de él desde la primera mirada…

A.H. … Desgraciadamente, en ese preciso momento, los

violines empiezan a sonar, ¡y es espantoso!

F.T. Me gusta igualmente la serie de planos que siguen a la detención de Gregory Peck, las imágenes de rejas y varios primeros planos de Ingrid Bergman antes de que, bruscamente, se eche a llorar. Por el contrario, todo el episodio en que van a buscar refugio a casa del viejo profesor no interesa mucho… ¿Le sorprende que le diga que la película es decepcionante?

A.H. No, no, estoy de acuerdo, creo que todo es demasiado complicado y que las explicaciones del final son excesivamente confusas.

F.T. Hay también otro inconveniente que afecta igualmente a The Paradine Case (El proceso Paradine), y es Gregory Peck. Ingrid Bergman es una actriz extraordinaria y perfecta para trabajar con usted, pero Gregory Peck no es realmente un actor hitchcockiano, es hueco y, sobre todo, no posee ninguna mirada. Sea como sea, prefiero El proceso Paradine a  Spellbound,¿y usted?

A.H. No lo sé. En The Paradine Case se podrían enumerar una buena cantidad de errores… [2]

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Las hormigas (1936), de Dalí.

 ______________________

 NOTAS

 [1] FICHA TÉCNICA

Spellbound (1945)

PRODUCCIÓN: Selznick lnternational, 1945. PRODUCTOR: Selznick  y Fred Ahern. DIRECTOR: Alfred Hitchcock. GUIÓN: Hetch, según la novela de Francis Beeding (seudónimo de Hilary George Saunders y John Palmer), «The House of Dr. Edwardes». ADAPTACIÓN: Angus McPhail. FOTOGRAFÍA: George Barnes, A.S.C. y Jack Warren. EFECTOS ESPECIALES: Jack Cosgrove, DECORADOS: James Basevi y John Ewing. SECUENCIA DEL SUEÑO:  Salvador Dalí. VESTUARIO:  Howard Greer. MúSICA: Miklos Rozsa. MONTAJE: William Ziegler y Hal C. Kern. SONIDO: Richard De Weese. CONSEJERO PSIQUIÁTRICO: May E. Romm. ESTUDIOS: Selznick International. DISTRIBUCIÓN: United Artists, 1945, 111 minutos. INTÉRPRETES: lngrid Bergman (doctor Constance Petersen), Gregory Peck (John Ballantine), Jean Acker (la directora), Rondha Fleming (Mary Carmkhel), Donald Curti (Harry), John Emery (doctor Fleurot), Leo G. CarroU (doctor Murchison), Norman Lloyd (Garme.s), Steven Geray, Paul Harvey, Erskine Sandford, Janet Scott, Victor Killian, Bill Goodwin, Art Baker, Wallace Ford, Regis Thoomey, Teddy Infuhr, Addison Richards, Dave Willock, George Meader, Matt More, Harry Brown, Clarence Straight, Joel Davis, Edward Fielding, Richard Bartell, Michael Chekhov.

[2] François Truffaut: El cine según Hitchcock. Alianza Editorial. Madrid, 1974.

Diálogo sobre un diálogo de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges

A- Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja… Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.

Z (burlón)- Pero sospecho que al final no se resolvieron.

A (ya en plena mística)- Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.

Noticias sobre un libro escrito por un médico canario del siglo XVI


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Leer, a paso de tortuga, un manual de Flash, una ficción de Bradbury o un libro sobre la procedencia del alpiste me sirve de poco, pero forma parte de mi manera de perder el tiempo. Otros lo pierden, por ejemplo, gobernando.

Perdiendo el tiempo estaba, digo, cuando me encontré con una agradable sorpresa –inútil sorpresa, lo reconozco– mientras leía, una obra sobre la medicina de Galeno, publicada en el siglo XVI. Su autor mencionaba las “viejas”, las “cabrillas”, el gofio y otros elementos propios de las Islas Canarias. No pude contener mi curiosidad y traté de averiguar algo más sobre este médico que llegó, incluso, a presumir en su apellido sobre su procedencia geográfica, en una época en que todos procuraban ocultarla.

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Una cosa me llevó a otra y resultó que el dicho autor no era tan desconocido como yo suponía, sino que [...]

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Casi todo lo que dicen el PSOE y el PP es la pura verdad

Senado

¡Son tan sinceros ellos y tan acertadas sus palabras, cuando hablan de los demás, que me conmueven!

Debate en el senado español. Me llevo una alegría, cuando compruebo que casi todo lo que dicen los senadores, los ministros y el presidente de España es verdad.

No me alegro por lo que dicen, sino por su sinceridad extrema cuando hablan de cualquier partido que no sea el suyo. Yo firmaría ahora mismo todo lo que dijo el Partido Popular sobre el PSOE. También firmaría, y hasta rubalcaría, todo lo que dijo el PSOE sobre el PP.

Trato de ver la botella medio llena, sin entrar en detalles. Esta vez, únicamente me fijo en si mienten o no, sin entrar en lo que dicen (para no deprimirme). Como todos hablan más de los demás que de ellos mismos, el porcentaje de verdad es enorme.

Ahora, solamente, falta que jamás vuelvan a hablar sobre ellos mismos ni sobre sus ficticios planes y que avancen hacia la aceptación de la propia imagen en las pupilas ajenas.

Me gustan estas sesiones de sus Señorías, actuando como espejos de los otros partidos. ¡Son tan sinceros ellos y tan acertadas sus palabras, cuando hablan de los demás, que me conmueven profundamente!

El PSOE me convenció de que el PP no sabe gobernar y que hay mucha corrupción en ese partido. También el PP me convenció de que el PSOE tampoco tiene ni idea de cómo conducir el estado español y de que la corrupción campa a sus anchas entre sus militantes. Ambos están seguros de que sus contrincantes nos llevarán a la ruina total.

Yo también.

Un apunte histórico sobre el vino de Tenerife en San Agustín (Florida, Estados Unidos)

James Grant, un amante del vino de Tenerife.

James Grant fue el primer gobernador británico en Florida, península de América del Norte que había sido una colonia del reino de España hasta su transferencia a los ingleses, en 1763. La cita que ofrezco pertenece a un Diario de Grant, escrito en 1767, que no fue descubierto hasta el año 2002 y todavía está siendo estudiado por los investigadores. Esas páginas, halladas en Escocia, ya se pueden encontrar reproducidas en 27 microfilms, puestos a disposición de los investigadores en el Archivo Nacional de Edimburgo y en la sección de archivos de la Biblioteca del Congreso en Washington. Su interés es indiscutible.

Hace poco, durante una visita a la ciudad de San Agustín, en el norte de Florida, conseguí una copia impresa del Diario de gobernador James Grant. Sus apuntes, con un estilo muy británico, revelan numerosos e interesantes datos de la vida diaria alrededor de la Fortaleza de San Marcos, el descomunal presidio levantado por España a la orilla del mar.

Siendo mi origen canario, es natural que lo referido a mi archipiélago me interese. Máxime, teniendo conocimiento de la presencia canaria en San Agustín, donde todavía quedan vestigios. Por esto, me llamó la atención que en los apuntes, pertenecientes a los primeros días del mes de enero de 1767, James Grant comenzara a mencionar el vino de Tenerife. El día 3 de enero, lo nombra por primera vez, en la siguiente cita:

Castillo de San Marcos, en San Agustín, Florida.

“3d. January, a.m. 59, p.m. 56

Wind northerly thick showery weather wetter than yesterday. Dung ordered to prepare a Bed to transplant some red cabbage. The Seed brought from England by Doctor Tumbull, a bed prepared for lettuce seed, some spinach to be transplanted from a bed when it is too thick. Locks and Hinges sent out for the stable at the Farm, the houses at the Farm not ready for shingling. Doctor Tumbuls artificers to be detained to finish that work, till Tuesday the 6th current. Drunk at Table four Bottles of Madeira & half a Bottle Tenerife.”

(Día 3 de enero, a.m. 59, p.m. 56

Fuerte viento del norte con un tiempo lluvioso más húmedo que el de ayer. Dung ordenó preparar un huerto para trasplantar algo de col lombarda. La semilla fue traída desde Inglaterra por el doctor Turnbull, la sementera está preparada para las semillas de lechuga, algunas espinacas deben ser trasplantadas desde la sementera cuando estén frondosas. Cerraduras y bisagras han sido enviadas para el establo de la granja, las casas de la granja aún no están listas para techarlas. Los artesanos del doctor Tumbul deben esperar hasta el martes, día 6 de los corrientes, para terminar ese trabajo. Bebida para la mesa: cuatro botellas de Madeira y media botella de Tenerife.)

Residencia del Gobernador de la Florida, en San Agustín.

No es extraño que los británicos bebieran vino de Tenerife en sus colonias americanas, puesto que el vino canario era el preferido en Gran Bretaña y raro era el barco inglés que pasara cerca del archipiélago y no hiciera escala para llevarse una buena provisión de su adorado Canary Wine. El tráfico vinícola entre Canarias y las colonias inglesas en América era importante, a pesar de que la competencia de Madeira había supuesto un duro golpe a este comercio. Navíos ingleses y algunos de armadores canarios eran los encargados de este tráfico que continuaría después de la independencia de las Trece Colonias, con puerto de arribada como Baltimore, Filadelfia, Nueva York,…

Llama la atención, observando los siguientes datos extractados del Diario de Grant, el moderado consumo de vino tinerfeño:

Sábado, 3 de enero: 4 botella de Madeira y 1/2 botella de vino de Tenerife.

Domingo, 4 de enero: 4 botella de Madeira y 1 botella de ron.

Lunes, 5 de enero: 3 botellas de clarete y 1/2 botella de Tenerife.

Martes, 6 de enero: 2 botellas de Madeira y 1 botella de Tenerife.

Miércoles, 7 de enero: 10 botellas de Madeira y 1 de clarete.

Jueves, 8 de enero: 3 botellas de Madeira, 2 de clarete y 1 de Tenerife.

Martes, 13 de enero: 3 botella de Madeira y 1/2 de Tenerife.

Sábado, 17 de enero: 2 de Madeira, 2 de clarete y 1 de Tenerife.

A partir de esta fecha, no se sirve más vino de Tenerife.

Esta serie de apuntes sobre el vino consumido parece indicar, por alguna razón no mencionada en el Diario de Grant, que en San Agustín eran escasas las reservas de vino de Tenerife. Probablemente, las cuatro botellas y media que se contabilizan fueron consumidas paulatinamente, después de las comidas principales, en el caso de que se tratara del vino Malvasía, que tanto gustaba paladear a los ingleses. Grande debió ser la tristeza de los comensales habituales en la mesa del gobernador Grant cuando el sábado, 17 de enero de 1767, desapareció la última gota de aquel agradable néctar que habían tratado de estirar todo lo humanamente posible.

En ese mismo momento, en la Corte española, mientras saboreaba una copa de Malvasía canario al que era tan aficionado, el rey Carlos III estudiaba, junto a  Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda y presidente del Consejo, la manera de expulsar fuera de los territorios de la corona española a los miembros de la Compañía de Jesús. Y lo hizo.

Mapa de San Agustín. La Fortaleza de San Marcos está situada en la parte inferior, a la derecha.

Tenerife desde el mar (1776). Historia de un cuadro y de sus alrededores

Si hace click sobre esta imagen, podrá verla con un tamaño mayor.

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Este óleo sobre lienzo, que se halla en el Yale Center for British Art (un museo de arte en la Universidad Yale, en New Haven, Connecticut, Estados Unidos), fue pintado por John Webber (1751-1793), en el verano del año 1776. El cuadro no se encuentra a la vista en las salas de exposición, sino en el archivo de la institución. Si amplía la foto, podrá observar al Castillo de Paso Alto y otras construcciones militares diseminados por la costa de Santa Cruz de Tenerife, para defenderla de ataques piráticos o de los navíos de naciones europeas que entraban en guerra con España.

Webber llegó a Tenerife con el capitán James Cook, el cual iba al mando del velero Resolution, en viaje hacia Tahití. Fue el último viaje de Cook. Le acompañaba como contramaestre el cruel William Bligh y el capitán Charles Clerke  que comandaba otra embarcación. Bligh se hizo famoso más tarde, al sufrir un motín a bordo del navío Bounty, sobre el que se ha rodado una famosa película.

Con ellos viajaba Omai, un indígena tahitiano que había acompañado a Cook a Londres, en su anterior viaje. Cuando Omai desembarcó en Santa Cruz de Tenerife, no se separaba ni un segundo de Cook, como si temiera perderlo de vista en cualquier momento. Nada más lejos de la realidad, puesto que Cook lo llevaría sano y salvo hasta su isla natal. En esa época, era muy habitual la escala en Tenerife de navíos británicos comerciales, de guerra o de exploración. Una de las razones para esta escala era comprar el estimado Canary Wine (vino Malvasía) que se consumía a bordo de las naves británicas de forma habitual.

En el puerto de Santa Cruz, se encontraron con que una expedición francesa, al mando de La Borda, tenía desplegado un buen número de instrumentos de observación, puesto que esa misma noche del 30 de julio de 1776 se producía un eclipse lunar.

Cook no regresaría de ese viaje, porque los hawaianos lo mataron y se lo comieron, después de que el inglés les infringiera graves ofensas, secuestrando a su rey, a pesar de que éste había acogido a los extranjeros con gran hospitalidad.

COOK POR WEBBER

El capitán James Cook, pintado por Webber.

Como diseñador, Webber se encargó de ilustrar el viaje. Finalmente, el capitán Clerke logró llegar con los dos navíos a la capital británica en el año 1780. He aquí un texto de mi novela CANARIAS que relata la llegada de la expedición de James Cook a Santa Cruz de Tenerife.

Santa Cruz de Tenerife

Lunes 22 de julio de 1776

El teniente de navío francés Jean-Charles de la Borda se encuentra al mando de la fragata La Boussole. En la rada permanecen otros quince barcos fondeados. La Borda ordena plantar una tienda en el mismo muelle y la gente observa con curiosidad una serie de instrumentos astronómicos que los galos comienzan a ensamblar. Varios hombres bajan de La Laguna al enterarse del acontecimiento.

Algunos traban conversación con José Varela –un español que acompaña a La Borda-– mientras otros observan las maniobras de los galos desde la terraza del Águila italiana comiendo golosinas y helados o saboreando uno de los sabrosísimos refrescos que prepara Fancesco Chiaro con nieve del Teide. Allí se encuentran el alcalde real, Santiago Clemente del Campo: el juez de Indias, Bartolomé de Casabuena y Mesa: el alcaide del castillo San Cristóbal y marqués de la Fuente de Las Palmas, Alonso Chirino de Sandoval: el teniente coronel Matías de Gálvez, nuevo alcaide de Paso Cruz: Garrick, comerciante británico:…

Una vez saciada la curiosidad de los isleños los días pasan monótonos en Santa Cruz bajo la canícula veraniega. Solo viene a turbar esta paz la partida del mitrado Servera el día 23 de julio. El obispo embarca por el muelle de Garachico con dirección a la isla de La Palma y –aunque nadie lo confiese abiertamente– clérigos y autoridades respiran aliviados al verse libres de semejante dolor de cabeza.

El día 30 los franceses tienen montado un gran escándalo alrededor de su tienda de campaña instalada en el muelle. Al parecer no se ponen de acuerdo sobre el lugar dónde se debe ubicar sus instrumentos para observar esta noche el eclipse total de Luna. Y como eran pocos en el muelle arribaron los ingleses. Acompañado de varios oficiales sube las escalerillas del muelle el capitán James Cook que viene al mando de dos buques de la Armada de Guerra británica: el Resolution y el Adventure. Santa Cruz se va pareciendo cada vez más al escenario de una comedia de aventuras.

Con los británicos desembarca Omai: un aborigen de la isla Oteheite. En un viaje anterior Omai subió a bordo del Adventure y el capitán Tobías Furneaux no tuvo manera de obligarle a bajar. Así que Omai se fue a Inglaterra y una vez allí se dedicó a comer y beber en las principales mansiones de Londres invitado por los curiosos aristócratas. Puesto que Cook había decidido regresar a la India las autoridades británicas pensaron que lo mejor sería devolver a Omai a su isla natal con el objeto de poner los dientes largos a sus compatriotas contándoles las maravillas de los civilizados ingleses.

Desde que desembarcó Omai no se aparta un solo instante de Cook. Cuando los tinerfeños hablan con el famoso marino británico este les refiere sus razones para llevar a Omai en esta navegación.

–Como tendremos que tocar nuevamente las Islas de la Sociedad se determinó no perder la única oportunidad de llevarle de vuelta a su país. Lo cierto es que Omai se subió al barco en Londres con una mezcla de pena y de satisfacción.

Esa noche los franceses realizan sus observaciones de manera milagrosa puesto que en los alrededores del muelle andan los marineros ingleses dando traspiés y canturreando debido al aguardiente que han trasegado en la taberna de la grancanaria Manuela Falcón: recién inaugurada: situada entre la Plaza de la Pila y la iglesia de la Concepción: no tiene pérdida.

No van solos los ingleses. Les acompañan unas cuantas chicas muy alegres y la más de todas es La Capitana: a pesar de su juventud ya es la jefa indiscutible de cuanto rufián infecta el puerto. Los ciento doce tripulantes que seguían a James Cook hasta hace unas horas están en estos momentos detrás de la muchacha dispuestos a entregar la vida y hasta el oro si preciso fuera. Y lo será. Tanto éxito la tiene arrebatada por completo.

–Y si quieren ver buenas tetas –grita en el tono de voz más vulgar que pueden emitir sus venenosas cuerdas vocales– mañana se me asoman por Los Lavaderos: ahí detrás de la huerta de Los Melones: allí las mujeres se quitan las sayas y los corpiños para trabajar más cómodas. Nosotras hacemos lo mismo, compadres, pero salimos más baratas porque nadie pone multas por mirarnos ni por manosearnos siquiera. ¿Me escuchas, Bill?

Bill es nada menos que el capitán William Bligh: famoso por su dureza. Con el semblante sombrío pasea por cubierta moviendo su gran mata de pelo rubio atada con un hilo de bramante a la altura de la nuca. En realidad Bligh no ha desembarcado pero La Capitana se ha enterado de su existencia y solo sueña con pasar la noche en el camarote principal del navío Adventure aunque sea ella quien pague.

Cook se dedica en los días siguientes a comprar paja y grano para el ganado que lleva a bordo. También adquiere carne de buey terneros vivos uvas peras higos plátanos moras calabazas cebollas papas maíz víveres de todo tipo y vino. Ningún inglés que se precie de serlo pasará por Canarias sin llevarse al menos una pipa de Malvasía.

–Y todo me parece barato –le dice Cook a Bligh mientras este comprueba el estado de un marinero que tiene colgado por los pies en el mascarón de proa–. Los precios son más razonables que en Madeira y los productos mejores.

–La cerveza no es nada del otro mundo –responde Bligh malhumorado.

–Es verdad que está demasiado floja pero los vinos son mejores que los madeirenses. Y valen a mitad de precio.

–Yo no bebo vino, mi amigo. Le aseguro que ninguno de mis hombres va a probarlo mientras se encuentre a bordo de este navío ¿No es cierto, Marlon?

Marlon se halla cabeza abajo. Tiene los tobillos desollados por una cuerda que lo suspende en el aire pero sabe que si no contesta habrá una ración extra de castigo.

–Sí, señor, digo no, señor Bligh, ningún marinero probará el vino en el Adventure, señor.

–Así se habla, señor Marlon. Está usted aprendiendo a comportarse como un marinero de Su Majestad.

–Sí, señor Bligh. Gracias, señor Bligh. Dios salve a nuestro Rey y a sus valientes capitanes.

Cook vuelve a la chalupa mientras piensa que uno día u otro este capitán va a tener un problema de envergadura cuando a algún marinero se le indigeste un castigo. El día 2 de agosto Anderson, el médico que acompaña a Cook, y tres acompañantes alquilan mulas y se dirigen a La Laguna. Antes de ir a dormir el doctor refleja esta visita en su diario de viaje.

La Laguna se llama así por un lago cercano; está a unas cuatro leguas de Santa Cruz. Llegamos allá entre las cinco o las seis del atardecer, pero fue un viaje no fácil que no nos compensó de nuestras molestias, porque la carretera era mala y las mulas indolentes. La población es desde luego espaciosa y hermosa, pero difícilmente se puede calificar con el nombre de ciudad; la disposición de las calles es muy irregular, aunque algunas de ellas son de tolerable anchura, y tienen algunos buenos edificios. En todo caso y en general, La Laguna es de inferior apariencia que Santa Cruz, aunque esta es mas pequeña si se la compara con aquella. Nos informaron que La Laguna está decayendo rápidamente, y donde antes había casas hay ahora algunas viñas, mientras que Santa Cruz crece cada día.

[…] Yo pude experimentar cómo varía la temperatura del aire solo con caminar desde Santa Cruz a La Laguna y se puede seguir ascendiendo hasta que resulte intolerable. Se me aseguró que nadie puede vivir cómodamente dentro de una milla alrededor de perpendicular de la cima del Teide después del mes de agosto.

[..] La costumbre española de vestir ropas negras continúa entre ellos, pero los hombres parecen más indiferentes, y en alguna medida visten como los franceses. En algunos aspectos hemos hallado a los habitantes de Tenerife como un pueblo decente y muy civilizado, que conservan el aspecto grave que distingue a los de su país con los de las naciones europeas. Aunque no creemos que haya gran similitud entre nuestras costumbres y la de los españoles, es de valor observar que Omai piensa que no hay mucha diferencia. Él dice solamente que no parecen tan amistosos como los ingleses, y que en sus personas, se acercan a las de sus paisanos.

El día 3 de agosto, baja de La Laguna Lope Antonio de la Guerra. Le corroe la curiosidad de ver a Cook: un marino precedido por una fama extraordinaria: un héroe que ha dado varias veces la vuelta al mundo: un aventurero ilustrado que lo mismo se come una serpiente cruda para cenar que lee a Voltaire en el desayuno. A su vez el famoso capitán establece contacto con varias personas de La Laguna e incluso sube a la Ciudad para recoger apuntes.

A la mañana siguiente Cook prosigue su viaje. Unos días más tarde el francés La Borda también sale a navegar con su barco cargado de relojes. No es aventurado pensar que La Borda no solo pasó por esta tierra a determinar la altura precisa del Teide sino a confeccionar el primer mapa exacto de Canarias. Sin embargo es imposible averiguar si se oculta algún proyecto militar detrás de esos mapas.

La medición del Pico de Tenerife no era un objeto de pura curiosidad para nosotros, pues de ello dependía esencialmente nuestro trabajo náutico. Nos era indispensable conocer la elevación exacta de ese volcán, para sacar partido de las observaciones de altura aparente que habíamos hecho en varias puntas de las islas de Tenerife, Gomera y Canaria, que habían de servir para fijar las longitudes y latitudes de esas puntas… (La Borda)

Para hallar la distancia entre La Gomera y Tenerife La Borda procede de manera parecida a como el lego Cristóbal y Antonio José obraron para medir la torre de La Concepción. Lo primero que hace es ir a San Sebastián de La Gomera. Como conoce la altura del Teide puede averiguar la distancia desde San Sebastián a la base del Pico. Después calcula las distancias desde otras islas y confecciona un mapa muy exacto.[1]

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NOTAS

[1] Manuel Mora Morales: Canarias. Editorial Malvasía. Islas Canarias. 2012.

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La heroína en su barril: la increíble historia de Annie Edson Taylor

Las gestas deportivas y las superaciones de cualquier tipo de marca popular responden a un afán de protagonismo, más que a deseos de perfeccionamiento personal, a ambiciones económicas o a revanchas de cualquier tipo, aunque éstas también influyan como incentivos. Las llamativas historias que aquí se cuentan, relacionadas con los arrolladores torrentes de las Cataratas de Niágara, así parecen demostrarlo.

Antes de entrar en la más que interesante historia de Annie Edson Taylor, se deberían conocer algunos antecedentes. Me he tomado la molestia de consultar fuentes directas, en diversas publicaciones norteamericanas de los siglo XIX y XX, para asegurar todo lo posible la veracidad de cuanto sigue. Algunas de las fotos pertenecen al Museo de las Cataratas del Niágara, otras a varios diarios de diversas épocas. Desde luego, fotos y anécdotas curiosas para pasar un buen rato saboreándolas no faltan. Espero, al menos, despertar su curiosidad…

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Igueste de San Andrés: el paraíso en el barranco. Segunda parte

A pocos metros del barranco, los plátanos, el millo, los aguacates, las papas, las papayas y los mangos se solean y se mecen a su antojo, mezclados y revueltos, como si fueran libres para crecer donde les apetezca.

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En  Igueste de San Andrés, donde existe una apreciable cantidad de viviendas abandonadas, nació un célebre personaje. En este caserío, vino al mundo el pirata y traficante de esclavos Cabeza de Perro, el cual fue durante un tiempo el terror de los barcos mercantes del Caribe. Residía en La Habana y era dueño de una famosa pastelería en la que reunían conspiradores contra la presencia de España en la isla. Finalmente, la nostalgia lo mató. Se le ocurrió volver a las Islas Canarias y, aquí, las autoridades lo apresaron, lo encarcelaron y lo ahorcaron. Probablemente, por no darles parte de su botín de esclavos, como sí sucedía con los mandamases de Cuba.

El vino ha sido, durante siglos, uno de los elementos más característicos de Tenerife. Así que a nadie le debe extrañar que una calle de Igueste se llame “Las Bodeguillas”.

Inicio del camino a la playa y a la parte vieja del pueblo. Otro de los caminos a la playa parte desde el guachinche “Rincón de Anaga”.

La vieja ventana se encuentra en el camino. Ya nadie se asomará a mirar quién viene o quién va por el camino.

Otra ventana que da al camino.

Vivir más de un siglo es una obra de arte que pocos seres humanos logran culminar dejando un grato recuerdo en sus vecinos. También Marcel Proust usó una magdalena para evocar el pasado, se me ocurrió pensar mientras contemplaba el nombre de la difunta centenaria.

Pronto, el camino desciende bruscamente hacia el barranco, pero el caserío continúa deparando agradables sorpresas arquitectónicas… o disgustos, según se mire.

Como si fuera una hechicera, haciendo un conjuro con sus brazos abiertos, la  Higuera del Diablo (Datura inoxia) se recorta contra una pared blanca a la izquierda del camino, que ya desciende hacia la playa.

Las cápsulas de la Higuera del Diablo que contienen defienden sus semillas con picos puntiagudos.

Cuando la semilla está madura para germinar, la cápsula se abre y permite que caiga al suelo. La inmortalidad es la meta de todo lo que está vivo. La reproducción es una forma imperfecta de eternizarse; pero, de momento, no tenemos otra a nuestro alcance. Por esta razón, se venden tan bien las fantasías celestiales. Castaneda escribió –y vendió– muchos libros sobre esta planta a los buscadores de lo maravilloso, que somos casi todos…

En los supermercados los etiquetan como tomates cherry, aunque en Canarias son conocidos como tomates cagones y, tradicionalmente, han sido muy poco apreciados. Se trata de un fruto silvestre, cuyo nombre científico es Solanum lycopersicum var cerasiforme, el cual crece en forma espontánea en varias regiones tropicales o subtropicales.

¡Cuánto desprecio tuvimos hacia los pequeños “tomates cagones” hasta que las multinacionales nos los comenzaron a vender en sus supermercados como un producto bien envasado, con un nombre extranjero y a precios de lujo! Qué insensatos somos…

Camino de la playa, se levanta la brisa. Las hojas de las palmas se agitan en un vano intento por volar. Quién sabe si tienen o no tienen la capacidad de elevarse con la imaginación o, por el contrario, permanecen ancladas a sus agarradas raíces como los banqueros a sus mezquinos intereses.

El barranco y el horizonte. Un horizonte de mar. Dos palmas como dos flechas clavadas a la izquierda. Tres casas donde, a veces, venden mangos a buen precio. Una pareja de excursionistas que jadean al hablar porque su meta no es mirar sino avanzar y hacer ejercicio físico, caminar rápido, rápido, rápido,… para que la vida pase pronto.

Una lisa común (Chalcydes viridanus viridanus), brillante e iridiscente bajo los rayos solares, practica su deporte favorito: broncearse desnuda en uno de los paredones del camino. Si estuviera en Las Gaviotas, ya le habrían obligado a ponerse un bañador.

También se tumba al sol una hembra de lagarto tizón (Gallotia gallotia) que cuando el macho la fecunda pone entre 2 y 9 huevos bajo tierra, donde se incuban con el calor natural.

Los mangos están sobre el camino. Racimos de bombas cargadas de sol que se convertirán en explosiones de dulzura bajo nuestros paladares. Hay que volver –tengo que volver– a buscar mi parte del botín.

Son las semillas del tártago, Ricinus communis, lin., que crece cerca del agua y del sol. Es una de las plantas utilizadas para la extracción del bio-diesel. En países como Argentina, se cultiva, actualmente, de manera industrial en grandes plantaciones. Si a cada 100 litros de aceite de ricino  se le agregan 10 litros de alcohol Metanol se obtiene 100 litros de biodiesel, además de 10 litros de glicerina. En Canarias, hubo un tiempo en que se recolectaban las semillas y se vendían.

En la desembocadura del barranco, el cauce apenas tiene agua. La tierra y las piedras se cubren de blanco y el sol –siempre el sol– lo pinta con trazos de sombra. Me asombro, me detengo, trato de encontrar los resquicios por donde circula el arte, no menos arte sin la mano humana.

El guachinche de la playa, que antes mencioné y donde he pasado algunos ratos buenos, hace ya bastante tiempo, cuando aún se encontraba abierto con cierta regularidad.

Este aparador se halla en la terraza del guachinche de la playa. Si usted tiene la fortuna de encontrar la puerta abierta, podrá sentarse en una de las mesitas que hay a su lado.

El culto a la virgen de la Caridad del Cobre vino de Cuba con el retorno de los emigrantes. Esta imagen pequeñísima, se encuentra cerca de la playa.

Frente al guachinche que ya no abre, uno se topa con el cartel que más les gusta colocar a los ayuntamientos: el de las prohibiciones. ¡Ojalá algún día colocaran carteles anunciando las subvenciones y los beneficios a que pueden acogerse los ciudadanos y no sólo los amiguetes de los concejales!

En un lado del cartel, alguien ha pegado este pasquín, advirtiendo sobre un asesino que envenena las calles. Esa misteriosa página Web ha colgado un mapa de Canarias con cinco puntos donde hay veneno –2 en Tenerife, 3 en Gran Canaria y 1 en Lanzarote–, aunque no ofrece pista sobre su autores, que parecen pertenecer a alguna protectora de animales.

Las ruinas siempre son bellas. Éstas se encuentran junto a la playa, tan dispuestas a dejarse fotografiar como a dejarse caer al suelo en cualquier momento.

Al final del camino, la playa es de callaos. Hay un par de muritos, apropiados para sentarse a leer, ver acercarse las olas o seguir las evoluciones de las gaviotas. De vez en cuando, algún vecino baja desde el caserío y no le importa conversar un rato.

México: “El Conductor Eléctrico” y Ruiz de Padrón

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El Conductor Eléctrico fue un periódico mexicano, cuyo primer número se publicó en 1820,[1] coincidiendo con el juramento que prestó –nunca mejor dicho, porque pronto incumplió su palabra– el rey Fernando de Borbón a la Constitución Española. La ingenuidad del pueblo, de los intelectuales y de los políticos progresistas se puso de manifiesto, cuando creyeron, nuevamente, en la palabra real española.

Así que, otra vez, se convocaron elecciones, se publicó una prensa con cierta libertad, se editaron libros liberales, se expresaron los pensamientos en voz alta y los inquisidores volvieron a su cueva, sin que nadie tomara medidas por si a don Borbón se le ocurría cometer una nueva traición.

Naturalmente, tres años más tarde, el rey atacó a sangre y fuego, con tropas extranjeras, a los demócratas y terminó con todo lo que había jurado defender. La marca Borbón se estaba consolidando.

Pero, en el mes de mayo de 1820, como no era adivino sino ingenuo, el director de El Conductor Eléctrico no podía saber lo que iba a suceder, ni aun en el cercano devenir de México. Escribió:

He puesto al presente periódico el altisonante título de Conductor eléctrico, porque así como este instrumento sirve para recibir el fluido ígneo y conducirlo adonde se requiere; así yo deseo que este periódico sea un conductor por donde se comuniquen muchas verdades importantes al Gobierno y al Pueblo con la misma violencia, si es posible, que el fluido eléctrico, y he aquí el motivo porque le he puesto un título tan análogo á su objeto y á la sinceridad de mis deseos.

Procuraremos que las materias que contenga sean interesantes, útiles y por lo menos, divertidas. Todo lo que pertenezca al orden público y al beneficio de la sociedad será digno objeto de nuestra atención y nuestra pluma.

A consecuencia de esta obligación que reputamos por sagrada, instruiremos á los lectores en algunos elementos de derecho público, cuya ciencia se hizo inaccesible en estos reinos, en tiempos de los gobiernos desgraciados, en los que se prohibieron las cátedras establecidas en muchas partes, para enseñarlo, y las mejores obras de los célebres publicistas, sin advertir que es una herejía política el persuadirse a que puede florecer un reino, mantenerse sujeta una colonia, ni progresar ninguna monarquía á favor de la ignorancia y la miseria.

[...] Acordaos finalmente, que sois deudores de vuestros talentos á los sabios y á los ignorantes, y que como decía Cicerón, no hemos nacido para nosotros, sino para servir á la república. Non nobis, sed respublicae nati sumus.

El director era J. J. F. L., es decir, José Joaquín Fernández de Lizardi (México 1776-1827) [2], que utilizaba el seudónimo de El Pensador Mexicano, título que también llevaba su periódico entre 1812 y 1814, siguiendo el ejemplo del lanzaroteño José de Clavijo que en la década de 1760 había publicado con mucho éxito El Pensador, en Madrid.


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Este entusiasta seguidor de Cicerón había colocado en la primera página la máxima “El principal objeto de la ley debe ser el bien público” y, debajo: “Méjico: año de 1820. Primero de la restauración de la Constitución, y por lo mismo el más feliz para la Monarquía española“.

En el primer número, este director exculpaba al Rey Traidor por cerrar las Cortes en 1814 y por todos los crímenes cometidos desde entonces. Achacaba estas desgracias a las malas informaciones suministradas por sus consejeros, en el sentido de que el pueblo lo que pedía no era libertad sino cadenas.

El Conductor Eléctrico publicó, también en 1820, en su número 4 el discurso íntegro de Antonio Ruiz de Padrón contra la Inquisición española en las Cortes de Cádiz, el día 18 de enero de 1813, “Con algunas notas añadidas por el Pensador Mexicano”, como reza en su cubierta. Todas estas notas son de lo más jugoso y denotan el entusiasmo liberal de su autor.

En el número 16 del periódico (julio, 1820) que nos viene ocupando, apareció un interesante artículo que también menciona a Antonio Ruiz de Padrón, reconocido artífice de la derogación de la Inquisición [...]

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Jorge Mario Bergoglio, la humildad en el supermercado

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Bergoglio:  yo creo que el mayor vanidoso es el que hace alarde de manera continua, descarada e insolente de su presunta humildad. En tu caso, no sólo tu mano izquierda sabe lo que hace tu mano derecha, sino también procuras que lo sepan los medios de comunicación.

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Cómo preparar el asalto al Vaticano vendiendo en el supermercado eclesiástico la humildad al mejor precio. Sin el menor recato, Bergoglio ha colocado esta foto ¡en la portada de su propio libro!

Bergoglio: no tienes recato: eres un profesional de la humildad: la publicitas tu hasta en la portada de tus libros. A nadie se le escapa que estas exhibiciones de la humildad son muy rentables cuando alguien como tú les sabe sacar partido.

Bergoglio: el modesto papa jesuita que ha escogido un nombre franciscano para perpetuar sus humildades, es decir, tus humildades.

Bergoglio: siempre mostrando tu humildad a raudales, sobre todo cuando hueles fotógrafos cerca. Humilde ayer en el balcón de la Plaza de San Pedro y humilde hoy en la iglesia de Santa María la Mayor, ante los infinitos objetivos que captaban tu humildísima humildad para difundirla en trillones de píxeles por todo el universo digital que nos acoge.

Bergoglio: humilde con la Junta Militar Argentina, a quien siempre obedeciste, nunca criticaste y, probablemente, más de una vez entregaste sacerdotes y monjas para que fueran torturados e, incluso, asesinado, según testimonios muy fiables.

Bergoglio: la humildad que persevera, la humildad que se convierte en escalera hacia la gloria, la humildad que con paciencia oriental te convierte en el cónsul de Dios y que coloca en tus manos las llaves del mismo cielo.

Bergoglio: fijándome en tu trayectoria, me doy cuenta de que el antónimo de humildad no es vanidad ni siquiera soberbia, sino ambición. La humilde ambición.

Bergoglio: el que resiste gana: ahora tienes más poder que tu buen amigo Videla y el resto de la Junta Militar que tanto te gustaba. Se me ponen los pelos de punta. Viva el Vaticano. Viva Honduras. Amén.

El papa Francisco: una biografía poco limpia

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Página Web del Vaticano, pocos minutos después de la elección papal.

El cardenal Jorge Mario Bergoglio (Buenos Aires, 17.12.1936), miembro de la Compañía de Jesús, fue elegido papa el día 13 de marzo de 2013 por el Colegio cardenalicio. Probablemente, a su deseo de congraciarse con las facciones católicas rivales a su orden, le condujo a elegir el nombre de Francisco (fundador de los franciscanos) en lugar de Ignacio (fundador de los jesuitas).

Destaca su acendrada oposición a los derechos de los homosexuales, llegando a enfrentarse al gobierno de su país por esta razón. Por otra parte, en su historial, existen sospechas sobre su actuación a favor de los gobernantes argentinos durante la dictadura.

En principio, puede afirmarse que no existen documentos verosímiles que indiquen que el cardenal Bergoglio haya desempeñado durante la Dictadura Militar colaboración con el régimen en contra de civiles o sacerdotes. Tampoco existe procesamiento o sentencia en juicio penal sobre este materia contra el prelado. Sin embargo, varios testigos relataron que su actuación durante el Proceso de Reorganización Nacional como sacerdote con poder político no solo no ayudó, sino que perjudicó a numerosos sacerdotes y laicos secuestrados, torturados y desaparecidos. En abril de 2010, su rol en la desaparición de sacerdotes y el apoyo a la represión habría sido confirmado por cinco testimonios: un sacerdote, un exsacerdote, una teóloga, un seglar de una fraternidad laica que en 1976 denunció en el Vaticano lo que ocurría en la Argentina, y un laico que fue secuestrado junto con dos sacerdotes. Bergoglio tuvo una reacción indignada ante estas acusaciones, y atribuyó al gobierno el escrutinio de sus actos.

***

En 2010, el periodista Sergio Rubín escribió un libro denominado El jesuita en el que se refiere a «una denuncia periodística publicada unos pocos años atrás en Buenos Aires». Se refiere la del periodista Horacio Verbitsky en el diario Página/12 del 25 de abril de 1999 y del 9 de mayo de 1999, más tres libros.
Escribió el periodista Sergio Rubín:
Periodista: Según la denuncia, Yorio y Jalics consideraban que usted también los tachaba de subversivos, o poco menos, y ejercía una actitud persecutoria hacia ellos por su condición de progresistas.
Bergoglio: No quiero ceder a los que me quieren meter en un conventillo. Acabo de exponer, con toda sinceridad, cuál era mi visión sobre el desempeño de esos sacerdotes y la actitud que asumí tras su secuestro. Jalics, cuando vino a Buenos Aires, me visitó. Una vez, incluso, concelebramos la misa. Vino a dar cursos con mi permiso. En una oportunidad, la Santa Sede le ofreció aceptar su dimisión, pero él resolvió seguir dentro de la Compañía de Jesús. Repito: no los eché de la congregación, ni quería que quedaran desprotegidos.
Periodista: Además, la denuncia dice que tres años después, cuando Jalics residía en Alemania y en la Argentina todavía había una dictadura, le pidió que intercediera ante la Cancillería para que le renovaran el pasaporte sin tener que venir al país, pero que usted, si bien hizo el trámite, aconsejó a los funcionarios de la Secretaría de Culto del Ministerio de Relaciones Exteriores que no hicieran lugar a la solicitud por los antecedentes subversivos del sacerdote…
Bergoglio: No es exacto. Es verdad, sí, que Jalics ―que había nacido en Hungría, pero era ciudadano argentino con pasaporte argentino― me escribió siendo todavía provincial para pedirme la gestión, pues tenía temor fundado de venir a la Argentina y se detenido de nuevo. Yo, entonces, escribí una carta a las autoridades con la petición ―pero sin consignar la verdadera razón, sino aduciendo que el viaje era muy costoso― para lograr que se instruyera a la embajada en Bonn. La entregué en mano y el funcionario que la recibió me preguntó cómo fueron las circunstancias que precipitaron la salida de Jalics. “A él y a su compañero los acusaron de guerrilleros y no tenían nada que ver”, le respondí. “Bueno, déjeme la carta, que después le van a contestar”, fueron sus palabras.
Periodista: ¿Qué pasó después?
Bergoglio: El autor de la denuncia en mi contra revisó el archivo de la Secretaría de Culto y lo único que mencionó fue que encontró un papelito de aquel funcionario, en el que había escrito que yo le dije que fueron acusados de guerrilleros. Había consignado esa parte de la conversación pero no la otra en la que yo le señalaba que los sacerdotes no tenían nada que ver. Además el autor de la denuncia soslayó mi carta, donde yo ponía la cara por Jalics y hacía la petición.

(Sergio Rubín, El jesuita, capítulo 1410)

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El periodista Horacio Verbitsky publicó:
Nada fue así. En notas publicadas aquí y en mis libros El silencio y Doble juego, narré la historia y publiqué los documentos, comenzando por la carta por cuya omisión Bergoglio reclama. Luego sigue la recomendación del funcionario de Culto que lo recibió, Anselmo Orcoyen [...] El tercer documento es definitorio. Ese «papelito», firmado por Orcoyen, dice que Jalics era «sospechoso contacto guerrilleros». El punto más interesante es el siguiente, porque remite a intimidades de la Compañía de Jesús, vistas desde la óptica de Bergoglio, que no había ninguna necesidad de confiar al funcionario de la dictadura: «Vivían en pequeña comunidad que el Superior jesuita disolvió en febrero de 1976 y se negaron a obedecer, solicitando la salida de la Compañía el 19 de marzo» [...] La nota bene final es ilevantable: dice Orcoyen que estos datos le fueron suministrados «por el padre Jorge Mario Bergoglio».

Horacio Verbitsky

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La negativa del presidente del Episcopado también fue publicada en una entrevista con Clarín. En otro orden, si bien Bergoglio niega haber mutilado documentos para encubrir su actitud colaboracionista con la dictadura, Verbitsky publicó los documentos originales y el facsímil del libro para que los lectores pudiesen comparar.
A posteriori, cinco testimonios de curas y teólogos confirmarían el rol del cardenal durante la dictadura militar argentina en la desaparición de sacerdotes y su apoyo a la represión dictatorial. Los testigos son un sacerdote y un ex sacerdote, una teóloga, un seglar de una fraternidad laica que denunció en el Vaticano lo que ocurría en la Argentina en 1976 y un laico que fue secuestrado y torturado junto con dos sacerdotes que no reaparecieron.
El 8 de noviembre debió responder ante la Justicia por sus presunta complicidad con la dictadura. Según Horacio Verbitsky:
Bergoglio tuvo el privilegio de eludir la declaración pública en el tribunal que juzga los crímenes de la dictadura. En cambio los jueces aceptaron visitarlo en su arquidiócesis. Reconoció que en 1999 habló conmigo sobre el secuestro de sus entonces subordinados en la Compañía de Jesús, Orlando Yorio y Francisco Jalics. Pero dijo que nunca oyó hablar de la isla El Silencio, en el Tigre, propiedad del Arzobispado porteño, a la que fueron trasladados los prisioneros de la ESMA en 1979 para que no los encontrara la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Eso no es cierto, ya que en aquella entrevista Bergoglio me dio los datos precisos sobre el expediente sucesorio del solterón empleado de la Curia que figuraba como dueño de la propiedad. El papel manuscrito que me entregó se reproduce en esta página.

Horacio Verbitsky en Página/1213.

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Jorge Mario Bergoglio

Pero, en entrevista publicada en el diario Perfil con fecha 18/04/2010, el Cardenal negó enfáticamente lo afirmado por Verbistky, frente a los periodistas del pretigiosos diario argentino, reconoció que el tema no podía omitirse y accedió a contar su versión sobre los hechos y la actitud que asumió en la noche negra que vivió la Argentina. “Si no hablé en su momento, fue para no hacerle el juego a nadie, no porque tuviese algo que ocultar”, afirmó.
Cardenal: usted deslizó antes que durante la dictadura, escondió gente que estaba siendo perseguida. ¿Cómo fue aquello? ¿A cuántos protegió?
—En el colegio Máximo de la Compañía de Jesús, en San Miguel, en el Gran Buenos Aires, donde residía, escondí a unos cuantos. No recuerdo exactamente el número, pero fueron varios. Luego de la muerte de monseñor Enrique Angelelli (el obispo de La Rioja, que se caracterizó por su compromiso con los pobres), cobijé en el colegio Máximo a tres seminaristas de su diócesis que estudiaban teología. No estaban escondidos, pero sí cuidados, protegidos. Yendo a La Rioja para participar de un homenaje a Angelelli con motivo de cumplirse 30 años de su muerte, el obispo de Bariloche, Fernando Maletti, se encontró en el micro con uno de esos tres curas que está viviendo actualmente en Villa Eloísa, en la provincia de Santa Fe. Maletti no lo conocía, pero al ponerse a charlar, éste le contó que él y los otros dos sacerdotes veían en el colegio Máximo a personas que hacían “largos ejercicios espirituales de 20 días” y que, con el paso del tiempo, se dieron cuenta de que eso era una pantalla para esconder gente. Maletti después me lo contó, me dijo que no sabía toda esta historia y que habría que difundirla.
—Aparte de esconder gente, ¿hizo algunas otras cosas?
—Saqué del país, por Foz de Iguazú, a un joven que era bastante parecido a mí con mi cédula de identidad, vestido de sacerdote, con el clergiman y, de esa forma, pudo salvar su vida. Además, hice lo que pude con la edad que tenía y las pocas relaciones con las que contaba, para abogar por personas secuestradas. Llegué a ver dos veces al general (Jorge) Videla y al almirante (Emilio) Massera. En uno de mis intentos de conversar con Videla, me las arreglé para averiguar qué capellán militar le oficiaba la misa y lo convencí para que dijera que se había enfermado y me enviara a mí en su reemplazo. Recuerdo que oficié en la residencia del comandante en Jefe del Ejército ante toda la familia de Videla, un sábado a la tarde. Después, le pedí a Videla hablar con él, siempre en plan de averiguar el paradero de los curas detenidos. A lugares de detención no fui, salvo una vez que concurrí a una base aeronáutica, cercana a San Miguel, de la vecina localidad de José C. Paz, para averiguar sobre la suerte de un muchacho.”
La nota en el Diario “Perfil” es más extensa, pero por motivos de espacio se transcribe solo parte de ella. Por último, cabE agregar que el Cardenal Bergoglio ha impulsado la causa de beatificación de tres sacerdotes y dos seminaristas Palotinos masacrados por la Dictadura Militar el 4 de junio de 1976, conocido el hecho como la masacre de San Patricio.
Opinión sobre la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo
Una de las cuestiones en las que el cardenal se enfrentó al gobierno fue el proyecto de Ley de Matrimonio entre Personas del Mismo Sexo. El 9 de julio de 2010, días antes de su aprobación, se hizo pública una nota de Bergoglio calificando como una «guerra de Dios» dicho proyecto, que contemplaba que las personas homosexuales pudieran contraer matrimonio y adoptar niños. En la nota del cardenal primado, dirigida a las monjas carmelitas de Buenos Aires, calificaba el avance legislativo del proyecto como «una movida del Diablo» y en la que alentaba a acompañar «esta guerra de Dios» contra la posibilidad de que los homosexuales pudieran casarse. El expresidente Néstor Kirchner criticó las «presiones» de la Iglesia sobre este asunto.
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner acusó en duros términos a Bergoglio por la campaña contra el matrimonio entre personas del mismo sexo, que se debatía en el Congreso. Fernández de Kirschner juzgó la postura de la Iglesia como propia de «tiempos medievales y de la Inquisición».[1]

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Nota: Wikipedia.

Dick Jewell y su irónica lectura fotográfica de “El combate entre don Carnaval y doña Cuaresma”, de Breughel el Viejo

El óleo El combate entre don Carnaval y doña Cuaresma, de Breughel el Viejo, se encuentra en un museo de Viena y mide poco más de metro y medio de largo. El pozo y los colores más claros del centro de la plaza centran nuestra primera mirada. Después, como si se tratara de busca a Wally, vamos recorriendo los numerosos personajes, fijándonos en los sabrosos detalles que Pedro Breughel (Breda, 1525 – Bruselas, 1569) incluyó en su obra. Los dibujó no tan ingenuamente como podría pensarse, pues el pintor criticaba, nada menos, las circunstancias que rodearon las luchas entre católicos y protestantes que tanto afectaron a los Países Bajos. Breughel esboza aquí los principales trazos de lo que un famoso dramaturgo belga denominaría más tarde Breugheland.

Esta interpretación actual de la mordaz parodia breugheliana de El combate entre don Carnaval y doña Cuaresma, realizada por Dick Jewell [1], nos sitúa frente a un escenario que nos resulta familiar en muchos sentidos. Jewel nos regala un puente gráfico que no sólo permite profundizar en la obra original, sino en la mascarada social que respiramos.

Los amantes de rarezas fotográfícas y filmográficas encontrarán una delikatesse en el Dvd que produjo Dick Jewell sobre las noches locas de un club londinense llamado Kinky Gerlinky, el primero de una serie de extravagantes locales nocturnos en la City como el ya desaparecido Nag Nag Nag (por la canción de la banda Cabaret Votaire) o Puscha, donde la gente anónima acudía para mezclarse con los famosos.

No he encontrado ninguna referencia en español sobre Dick Jewell.  Incluyo un vídeo con una entrevista y, en las notas, algunas informaciones en inglés.

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NOTAS

[1] Dick Jewell graduated from the Royal College of Art (Printmaking MA) in 1978 and has gone on to develop an extraordinary career as an artist/printmaker and filmmaker. His studio practice utilises film, video, and photography and also explores photographic and digital anthologies via photomontage and animation. His working practice is diverse, he has published two books and his films have screened extensively within both film festivals and art galleries, while he still continues to work commercially as a cameraman within both the fashion and music industries. Dick has special interest and responsibility for the digital, photographic and moving-image media.
Biography
Dick Jewell exhibited at Waddington Galleries and New Contemporaries while still at the RCA. In 1979 he published Found Photos and participated in Young British Photographers, New York, and Lives, Hayward Gallery, London. His first solo exhibition at Chapter Arts Centre Cardiff in 1980 was followed by group shows including the Stedelijk Museum, Amsterdam, and the ‘Summer Show’ at the Serpentine Gallery, London.
In the 1980s he ran a record label, and designed and released albums for artists including Gregory Isaacs and Prince Far I. He has also directed music promos for artists including Neneh Cherry and Massive Attack. Since then he has directed and made over 50 documentary films and videos, primarily on the subjects of artists, dance and club culture.
These films of the 1980s and early ’90s have shown extensively not only at film festivals around the world but also more recently at art galleries including the Venice Biennale, Tate Liverpool, MOMA Sydney, the Victoria and Albert Museum and the ICA. His work is represented in public collections, including the Stedelijk Museum; Victoria and Albert Museum; Arts Council of Great Britain; Hayward Gallery Froebel Institute; Newport Museum; Whitworth Art Gallery; Leeds Art Gallery; Camden Libraries; Dudley Museum.
In the 1990s Dick Jewell’s documentaries continued with subjects as diverse as The Bushmen of the Kalahari and Capouera in NE Brazil, and the publication of Hysteric Glamour, 2001. Over the last 10 years, with the continued development of digital technology, Dick has been able to concentrate on his personal work within his studio practice is currently represented by Rachmaninoffs, London.

Ratzinger cumple el sueño de García Márquez: asistir a su propio entierro

Gabriel García Márquez narró en un cuento cómo asistía a su propio entierro. Acompañaba don Gabriel a los acompañantes de su féretro, bebiendo, cantando y tocando guitarras, montados todos en una gran parranda que llegó hasta las mismas puertas del cementerio. Según confiesa el autor, su felicidad era completa por compartir tan buen rato con sus amigos. Sin embargo, sus amigos se marcharon y él quedó solo, muerto y desconsolado en el camposanto.

Ratzinger está ahora en medio de la parranda y también debe sentir la misma alegría que el escritor colombiano describía en su cuento. Quizás, al buen hombre le comía la curiosidad de ver cómo nombraban a su sucesor. Quizás, no creía demasiado en que podría contemplar la ceremonia desde el Cielo ni desde ninguna otra parte, si antes se moría. Quizás, pensó el Sumo Pontífice alemán, cuyo carácter siempre me ha parecido tan festivo como el de un político sevillano en el mes de abril, quizás, digo, pensó: Me voy a pegá una jartá de reí viendo cómo to esta gente se da de puñalás.

El bueno de Ratzinger no va a llevar guitarras, como García Márquez, pero, a falta de guitarras y guitarrones, un buen órgano le servirá de fondo musical para contemplar la cara de terror de su Sucesor cuando sea elegido. Me imagino sus risitas discretas, entre la docena de monjitas calladitas que cada mañana le hacen la camita, le endulzan el cafelito y le siguen llamando Santidad, mientras le entregan sus zapatitos colombianos relucientes como el oro.

A partir de ahora –ya lo verán–, los gobiernos, las universidades, las órdenes religiosas y los premiadores todos se pelearán por prenderle medallas, dedicarle calles y entregarle títulos. Cuando le otorguen el Premio Príncipe de Asturias (¿a la humildad?), se disculpará por no poder ir a España a recogerlo; pero, excepcionalmente, se desplazará una comisión al Vaticano con miembros de la realeza incluidos. El único miembro que no recomiendo llevar, por el bien del tesoro vaticano, es el de don Urdangarín, por muy empalmado que esté.

Si el expapa alemán dura, las peregrinaciones al Vaticano subirán como la espuma de la cerveza, no menos alemana que él. Miles de fieles pedirán impacientes, en la Plaza de San Pedro, que canonicen a Benedicto XVI en vida. Hasta los teólogos de la liberación, impulsados por sus complejos de Edipo y deseosos de mostrarse como parte del redil, desbarrarán respecto al gesto de Ratzinger y llegarán a pedir que se enciendan cirios por San Benedicto XVI.

Y todo esto lo disfrutará Ratzinger desde su celda de oro, en vivo y en diferido. Dejando, atada y bien atada, su memoria en la coletividad católica.

Claro, el final de la parranda le llegará tarde o temprano. Los cardenales y el Sucesor se hartarán de tanto protagonismo y, a semejanza de los amigos de García Márquez, irán a lo suyo y le abandonarán. Y él quedará vivo, deprimido, impotente y solo con sus vestales en el panteón dorado que le están preparando.

Tal vez, ni él se merece tan aciago final.

Un viaje de 250 años: y CUARTA PARTE (Viera y Clavijo, Cristóbal del Hoyo y la Tertulia de Nava)

Retrato de al óleo de Alonso de Nava y Grimón, hijo de Tomás de Nava. En vida de su padre,  se celebraba la Tertulia de Nava o Tertulia de los Caballeritos en su casa de La Laguna.

VIENE DE LA TERCERA PARTE

“Lope de la Guerra presentó un buen montón de libros y periódicos que recibió de la Corte en el último mes con ejemplares de Inglaterra Francia y España. Fueron repartidos entre los asistentes que los revisaron y comentaron con alguna que otra sorpresa como una referencia elogiosa al texto de Viera y Clavijo Fiestas que la ciudad de San Cristóbal de La Laguna celebró en 1760 por la proclamación de Carlos III. El fallecimiento en septiembre de la Reina de España, María Amalia Cristina de Sajonia, aún aparecía muy destacado en las gacetas de Madrid. Sin que nadie supiera de dónde sacó la noticia Lope de la Guerra comentó:
–A pesar de su gran dolor nuestro don Carlos III tuvo una ocurrencia sublime respecto a la muerte de su esposa cuando dijo “En veintidós años de matrimonio este es el primer disgusto serio que me da Amalia”.
–Amigos míos –intervino Del Hoyo–, el matrimonio aunque sea real matrimonio nació de una costumbre lamentable. Con tal fundamento poco bueno se puede esperar de él.
–¿Qué origen es ese, señor marqués?
–Uno bien bastardo, hijo mío. En la antigüedad más remota únicamente se obligaba a casarse a aquellos que teniendo vínculos de parentescos solazaban sus carnes. Como castigo se les imponía la intimidad absoluta para que cual dos piedras de molinos se molieran entre sí hasta la tumba.
–¿Y el resto de la humanidad?
–Los seres humanos eran libres para practicar el amor con quien les apeteciera sin tener que rendir cuentas a nadie. El tropel de hijos generado se convertía en propiedad comunal y recibía los cuidados de todos los adultos. Después…
–¿Después que sucedió?
–El amor degeneró, señoras y señores. Los más chiflados lo fueron domesticando hasta encerrarlo en contratos vitalicios como si practicarlo entre muchos fuese una infamia para la humanidad.
–¿No exagera usted, mi buen marqués?

Agustín Betancourt y Molina (Tenerife, 1758-1824, San Petersburgo), quien se convertiría en uno de los más importantes ingenieros del mundo, asistía con su padre a la Tertulia de los Caballeritos.

La reunión se animó. Los debates se practicaban en pequeños grupos que a veces se fusionaban. La coronación de Jorge Guillermo Federico como Jorge III en el mes de octubre anterior no pasó desapercibida. Aparecieron las mistelas y los pastelillos finos cuando terminó de dar las nueve de la noche el reloj inglés de campana y repetición de cuartos de hora con música. Más de dos mil quinientos reales había pagado al marqués por aquel artilugio empotrado en su caja de oro y charol azul.
Tampoco quedaron sin analizar las batallas libradas entre franceses e ingleses en St. Lawrence River cerca de las Thousand Islands en Canadá. El marqués de la Villa de San Andrés se ha atragantado dos veces. Su hija lo confió a las manos de Lope de la Guerra mientras ella participaba en una discusión sobre el buen salvaje y las perversidades de la civilización europea. Sus opiniones estaban en abierta y fiera oposición a las de su primo Fernando de la Guerra que con tan buenos ojos la miraba.
Mientras tanto el marqués de Nava y Grimón había desaparecido por una puerta lateral sin que nadie lo advirtiera. No obstante su regreso resultó más que notorio: acompañado de dos sirvientes cargados con pesadas cajas de madera se dirigió al centro de la tertulia. Se produjo un silencio expectante. Los criados depositaron los cajones en el suelo. A una señal del marqués levantaron las tapas. El interior mostró el más preciado tesoro que pudiera llegar a las manos de los Caballeritos de La Laguna: decenas de libros procedentes de Europa: recién desembarcados por el Puerto de La Orotava: ocultos en el doble fondo de barricas y en el interior de fardos de tela para burlar la vigilancia del Santo Oficio. Como impulsados por muelles de relojería todos los presentes abandonaron sus asientos y se lanzaron en dirección a las cajas. En pocos minutos los volúmenes estaban desperdigados por la sala y pasaban de mano en mano entre el nerviosismo de los contertulios que no podían reprimir exclamaciones de sorpresa y risitas aprensivas reveladoras del placer y de los peligros inquisitoriales que entrañaban aquellos libros clandestinos.
La Tertulia de los Caballeritos de La Laguna sufrió un duro revés cuando José de Viera y Clavijo marchó hace tres años a Madrid con el propósito de terminar de escribir y publicar su Historia General de Canarias. Desde entonces las reuniones han ido languideciendo y cada vez se postergan más hasta el punto de que Fernando de la Guerra ha propuesto reunirse solamente una o dos veces al año.”

(Texto extractado de la novela “CANARIAS“, de Manuel Mora Morales, Editorial Malvasía, Islas Canarias, 2012. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto por cualquier medio sin permiso por escrito del autor)

El papa se convierte en dios

Comienzo a escribir estas líneas cuando despega el  helicóptero que se lleva a Ratzinger del Vaticano. Un artefacto blanco y volador como el Espíritu Santo. El hasta hoy jefe de la iglesia católica se retira a cien metros del que será su Sucesor, echándole el aliento en la nuca, sin perder de vista un solo paso, un solo gesto, una sola palabra del “Nuevo”. Los secretarios, los cardenales, los carcamales del Vaticano irán a consultar con el alemán enclaustrado cada movimiento del Sucesor, a pedirle su beneplácito o su censura para actuar en consecuencia.

Con sorpresa veo que el helicóptero pasa sobre el Coliseo, tomando el camino más largo para llegar a Castelgandolfo. Pronto entiendo que su objetivo es permanecer más tiempo en el aire atmosférico y en el aire televisivo.

A pesar del inmenso poder de un papa, no me gustaría estar en el pellejo del Sucesor que más temprano que tarde va a desarrollar una paranoia, que le impedirá disfrutar de las mieles de tanto, tanto, ¡tanto poder! El más gordo pájaro del Universo, y parte del extranjero, después de los tiburones de Wall Street  y de las Tres Personas.

La vuelta de la poderosa y albísima aeronave prosigue sobre ese cielo de Roma que también perteneció a Júpiter y a Venus, dos inmigrantes griegos que tomaron nombres latinos.

El Vaticano. Desde ese rincón de Roma, se gobiernan las voluntades de millones de personas, con agentes políticos en cientos de países, con innumerables púlpitos católicos que actúan como altavoces del poder vaticano, el cual, con un 25% de italianos en el colegio cardenalicio, se constituye en un verdadero brazo ejecutivo espaguético a nivel internacional, con un poder político superior al de la propia ONU. Un poder ante el que se han arrodillado, motu proprio, hasta Lula, Hugo Chávez, Fidel Castro y su involuntario hermano.

El helicóptero toma tierra. Un coche negro como la sotana de un cura se traga a Ratzinger y se va despacito para que las cámaras de televisión no encuentren problemas en la retransmisión de la humildad ratzingerniana.

El aliento de Ratzinger seguirá presente en el reparto de la tarta vaticana.

La inspiración del nuevo papa será el Ratzinger enclaustrado: él le inspirará las encíclicas, las visitas, el nombramiento de cardenales y los pasos a dar con cada obispo pillado en abusos sexuales infantiles. El papa Benedicto se transforma en Espíritu Santo. Una jugada magistral del mago Ratzinger: de nazi a cura, de cura a cardenal y de papa a… ¡Un auténtico milagro! Ya no necesitará utilizar el arrogante Nos mayestático, en primera persona del plural; a partir de ahora, sería lógico que utilizara la Tercera Persona para referirse a sí mismo. Hay ambiciones que no tienen tope.

El coche con el viejo vestido de blanco ha aparcado. Ratzinger ha llegado a su humilde y provisional hogar. Se asoma al balcón y saluda a miles de curiosos, mostrándoles radiante su gran humildad. Su humildad divina, benedictina y beneteletransmisina.

Existen exhibicionistas que no conocen límites.

Con sinceridad, no creo que ningún espíritu todopoderoso, ni siquiera mediopoderoso, confíe sus designios a unas personas que han quemado a los que no piensan como ellos, han excomulgado a quienes les llevan la contraria en cualquier asunto, han alentado a la caridad para llenar sus arcas como contraprestación a un lugar en su cielo postmortem y protegen a los pedófilos de una manera reiterada.

Pero si creyera en la Biblia y en los Evangelios, empezaría a dudar de que Ratzinger y sus muchachos sean del agrado de su dios, después del rayo que cayó en el Vaticano tan pronto anunció su partida, del meteorito que siguió al rayo y del cuasi triunfo de un Berlusconi que es peor que el meteorito y el rayo juntos.

Y por si todo esto fuera poco, el Barça perdió 1-3 frente al Real Madrid.

Un viaje de 250 años: TERCERA PARTE (Viera y Clavijo, Cristóbal del Hoyo y la Tertulia de Nava)

VIENE DE LA SEGUNDA PARTE

Juana se puso en pie con la taza de chocolate entre sus manos. El efecto de su frase fue demoledor. Se hizo un silencio sepulcral que solo parecían disfrutar dos personas: ella y el carcamal de su padre que la miraba embelesado sin darse cuenta de que un hilo de saliva colgaba de su barbilla.

–Y no estoy de acuerdo –continuó Juana con el tono más dulce de voz que era capaz de emitir– porque no creo que sea el clero ni la aristocracia lo que debe sostener a un regente… o a un reino. Una Nación ha de sustentarse sobre el poder ejecutivo sobre el poder legislativo y sobre el poder judicial. Si se hace de cualquier otra manera los súbditos de cualquier país estarán indefensos.
Volvió a sentarse. Cristóbal del Hoyo iba a aplaudir pero se contuvo a tiempo. Rezó para que alguien contestara adecuadamente a Juana y no quedara en evidencia desde su primera tertulia en Tenerife. José de Viera y Clavijo se dio cuenta de los apuros del marqués y tomó la palabra.
–Querida niña, me complace en sumo grado que haya usted leído y entendido al insigne Barón de Montesquieu. Ciertamente los tres poderes básicos que acaba de mencionar han de sustentar a un estado de corte constitucional como puede ser el británico. Sin embargo las monarquías tradicionales como la española o la francesa no se sustentan en esa triple base sino en instituciones de mayor solidez.
Un suspiro de alivio. Los reunidos volvieron sus miradas hacia sus tazas de chocolate. Algunas señoras empezaron a llenar sus bolsos con los dulces de las bandejas que los sirvientes habían depositado sobre las mesas.

–Siento contradecirle, don José –Juana había vuelto a tomar la palabra y esta vez tenía arreboladas las mejillas–, pero no puedo estar de acuerdo con su conclusión. Lo que yo creo es que sea cual sea la clase de regencia que haya en un país siempre debe garantizar que ningún súbdito tenga miedo de otro.
–¿Y quién habría de tener miedo en una Nación como la nuestra? –terció el orotavense Juan Antonio de Urtusáustegui disfrutando de echar más leña al fuego.
–Cualquiera que se viera indefenso ante los tribunales sin posibilidad de defenderse ante una ley injusta o ante un juez que no le de la razón frente al poder real o ante un contendiente con más títulos nobiliarios que él. Si no hay igualdad de todos los súbditos ante la Ley el gobierno de una Nación no puede ser un gobierno legítimo.
Varias manos se elevaron con presteza para replicar a Juana del Hoyo. Su padre sonrió satisfecho y tomó el primer sorbo de chocolate. Nunca había pensado que su incendiaria Juana fuese aceptada tan pronto en la sociedad tinerfeña. ¡Ni tan siquiera en la tertulia de Nava!
A la muerte de Cristóbal del Hoyo, el cual oficiaba de maestro de ceremonias en estas primeras tertulias, tomó el relevo Tomás de Nava que fortalecido por la capacidad organizadora de José de Viera y Clavijo dirigió la época más fértil de la tertulia que lleva su nombre. Entre los años 1758 y 1760 publicaron cincuenta números de un boletín manuscrito que llevaba por título Papel hebdomario dirigido por Viera y según él mismo dice contenía “varias noticias instructivas sobre historia natural, física y literatura”. En 1762 vio la luz el Correo de Canarias que constaría de seis ejemplares. La misma tertulia publicó cinco números de El Personero en 1764 con varios artículos dirigidos al Cabildo proponiendo reformas educativas: aumento de comunicaciones con España: creación de cátedras y de laboratorios. En 1765 siempre dirigido por Viera y Clavijo apareció La Gaceta de Daute que alcanzó mucha fama en la isla y dio a conocer a todos la Tertulia de Nava. En esta gaceta se publicaban artículos críticos que fueron tomados como ataques personales por algunas personas principales.
Desde sus inicios las lecturas de los tertulianos eran variadas y avanzadas: Rousseau el conde de Chesterfield Denelon Fleury Voltaire… Las familias más tradicionales y pacatas de La Laguna los consideraban auténticos acteos de Jalicia y si no procedían públicamente en su contra era por el temor que les inspiraba su estatus social. Los temas habituales de la Tertulia estaban referidos principalmente al análisis de las ciencias naturales como la Botánica y la Geología. Se aplicaban a los hallazgos arqueológicos tanto como a las ideas para desarrollar la higiene y la economía agrícola e industrial del archipiélago con la intención de formar campesinos sanos y artesanos hábiles. Evidentemente jamás hablaron de un mejor reparto de las riquezas ni del poder pues Santa Rita Rita Rita lo que se da no se quita. Asunto que pronto supo comprender la marquesita Juana del Hoyo.
En lo que nunca regatearon los marqueses fue en las deliciosas meriendas con chocolate como la que dos mozos y una doncella estaban sirviendo en aquella velada a los ilustres tertulianos que invariablemente se sorprendían y alababan el suave sabor a canela y vainilla que despedían las humeantes tazas de porcelana. Todavía estaban medio llenas cuando las sonrisas y la habilidad de Fernando de la Guerra lograron que el asunto de las garantías institucionales languideciera.
Sin embargo la décima del marqués de la Villa de San Andrés aprovechó el creciente silencio e inició su andadura sin que nadie pudiese detenerla por más tiempo en el pecho enardecido de su octogenario creador.

No se le oculta a Enriqueta
que del clima los descensos
se han convertido en intensos
tropiezos de mi escopeta
y si esta noche me reta
a una batalla de flores
cederé de mil amores
si antes la estufa caldea:
porque en frío no abalea
ni un trabuco de colores.

Aplausos. El marqués los recibió con una inclinación y la sonrisa picarona que no habían logrado borrar los años ni los encarcelamientos ni la justicia ni aun las industrias del Santo Oficio. La décima fue la señal de salida para reconducir por otros derroteros una tertulia que se anunciaba interesante.”

(Texto extractado de la novela “CANARIAS“, de Manuel Mora Morales, Editorial Malvasía, Islas Canarias, 2012. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto por cualquier medio sin permiso por escrito del autor)

CONTINÚA…

Un viaje de 250 años: SEGUNDA PARTE (Viera y Clavijo, Cristóbal del Hoyo y la Tertulia de Nava)

VER LA PRIMERA PARTE DE ESTE ARTICULO

José de Viera y Clavijo tenía 29 años. Aunque había nacido en el Realejo de Arriba pasó gran parte de su juventud en el Puerto de la Orotava. Su padre, Gabriel del Álamo y Viera, había sido alcalde pedáneo del Realejo de Arriba. Trabajó más tarde de escribano en el Puerto de la Cruz y en aquellos momentos ejercía el mismo empleo en el ayuntamiento de La Laguna. Por su parte el joven Viera desempeñaba sus labores clericales en la parroquia de Los Remedios. Sus lecturas del Teatro Crítico Universal de fray Benito Feijoo le descubrieron tempranamente el pensamiento ilustrado. Durante la pasada década de 1750 Viera dedicó sus esfuerzos a cultivarse a fondo con los libros europeos de sus amigos. Al mismo tiempo tomó la dirección de la tertulia y ya llevaba dos años publicando un boletín manuscrito con varias noticias instructivas sobre Historia Natural Física y Literatura. Problemas con el Santo Oficio no le faltaban. Incluso el obispo le llamó al orden prohibiéndole salir de noche en traje mundano y otras cosas por el estilo.
Su mirada se dirigió a la mesa donde Lope de la Guerra había dispuesto las nuevas publicaciones recibidas. Sin embargo no tuvo tiempo de leer sus títulos porque el anfitrión Tomás de Nava y Grimón, marqués de Villanueva del Prado, entró en la estancia encaminándose con los brazos abiertos al encuentro del anciano marqués de la Villa de San Andrés.
–¡A mis brazos, don Cristóbal! Ya veo que la salud se niega a abandonarlo. ¿Cómo se encuentra, mi ilustre amigo?
–Caliente, Tomás, ¿cómo quieres que me encuentre, hombre?
–¿A sus años y con el frío que hace fuera, don Cristóbal?
–No importa lo vieja que sea la lámpara, jovencito. Si la alimentamos con un buen aceite no se herrumbra ni deja de dar luz.
–El señor marqués no ha olvidado nunca la importancia de los combustibles. Son los que mueven el mundo y los que lo renuevan –comentó entre risas Viera y Clavijo.

Juana del Hoyo, hija de Cristóbal del Hoyo, marqués de San Andrés, en una retrato realizado en su edad madura, siendo ya esposa o viuda de su primo Fernando de la Guerra.

Sin solución de continuidad entró un grupo de hombres en animada charla. Junto a la marquesa de Villanueva –cuyo nombre era y es Elena Josefa Paula Francisca Benítez de Lugo y Ponte Arias de Saavedra– las mujeres también entraron sin que los hombres realizaran muchos gestos para saludarlas. En la isla está mal visto besar la mejilla o la mano de una mujer incluso si ella invita al caballero a hacerlo. Se trata de una regla estricta que ni el mismo Cristóbal del Hoyo se atreve a romper.
El anciano marqués fue el primero en acercarse al grupito de damas. Tras las inclinaciones y las sonrisas tomó a una de ellas por la mano como si tuviese intenciones de invitarla a bailar.
Era una joven hermosa que no se sentía intimidada ante las miradas masculinas y que avanzaba hasta el centro del salón. Llegados a ese punto el marqués soltó su mano. No hizo falta que hiciera un solo gesto para pedir la palabra. Todos los presentes guardaron un silencio expectante.
–Amigos míos, llevo muchos años soñando con este momento. Por fin ha llegado. Mi corazón se siente feliz como pocas veces lo ha estado. Aunque el acontecimiento me pide un largo discurso no pienso robarles más de un minuto para presentarles a mi querida hija Juana. Sé perfectamente que será acogida por todos con el mismo cariño que el carcamal de su padre. No me cabe la menor duda de que por sus propios méritos se ganará el amor la admiración y el respeto de ustedes. A pesar de haber heredado algunos rasgos míos les aseguro que se trata de una muchacha sincera que solo sabe repartir sonrisas y bondad a cuantos la conocen. Nada más. Gracias por escuchar a este viejo tonto y sentimental.
Juana del Hoyo vestía de rojo y resplandecía. Su padre había sacado un pañuelo para enjugarse las lágrimas. Los tertulianos estaban paralizados sin atreverse a romper la magia de ver llorar al mismísimo marqués de San Andrés. Solo la entrada de un criado con una bandeja repleta de dulces rompió el encantamiento y las mujeres corrieron a unirse a los Del Hoyo.
Las bandejas iluminadas con velas fueron pasando. Cada cual tomaba los pastelillos de monja que más le apetecían para acompañar las humeantes tazas de chocolate que estaban a punto de servirse.
Recuperados los ánimos sentó por fin sus posaderas el marqués de San Andrés e inició un debate sobre la necesidad de reforzar la nobleza y el clero para que la autoridad real conservara largo tiempo su hegemonía sobre el pueblo. Desde luego todos los presentes eran monárquicos pero no todos entendían la monarquía de la misma forma. De ahí que comiencen a diferir las opiniones sin que nadie levante la voz. Las mujeres bebían chocolate sonreían y ponían cara de interés mientras examinaban las camisas de los caballeros por si tenían alguna mancha o no estaban todo lo bien planchadas que debieran. Pero he aquí que una voz femenina surgió del grupo.
–Siento no estar de acuerdo con los caballeros.
Juana se puso en pie con la taza de chocolate entre sus manos. El efecto de su frase fue demoledor. Se hizo un silencio sepulcral que solo parecían disfrutar dos personas: ella y el carcamal de su padre que la miraba embelesado sin darse cuenta de que un hilo de saliva colgaba de su barbilla.
–Y no estoy de acuerdo –continuó Juana con el tono más dulce de voz que era capaz de emitir– porque [...].”

(Texto extractado de la novela “CANARIAS“, de Manuel Mora Morales, Editorial Malvasía, Islas Canarias, 2012. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto por cualquier medio sin permiso por escrito del autor)

CONTINÚA…

El Palacio de Nava, junto a la plaza y fuente del Adelantado, en La Laguna, según una reconstrucción digital de Luis García Mesa.

Un viaje de 250 años: PRIMERA PARTE (Viera y Clavijo, Cristóbal del Hoyo y la Tertulia de Nava)

El aventurero ilustrado Cristóbal del Hoyo Solórzano y Sotomayor, marqués de la Villa de San Andrés y Vizconde del Buen Paso. Se ha llegado a decir que fue tomado como modelo por Alexandre Dumas para escribir la novela El Conde de Montecristo.

“Cristóbal del Hoyo era un auténtico personaje de novela con más aventuras que años de vida. Poseedor de la mente inquieta de un individuo que vive su tiempo era capaz de presentar a la tertulia los asuntos más inesperados: desde una divertida discusión sobre las desdichadas intervenciones del Santo Oficio respecto a los hombres que comienzan a usar bragueta en sus pantalones hasta hacer hincapié en las influencias sociales que descarrían la conducta íntegra del buen salvaje descrito por Rousseau.
Su padre se casó con una mujer de La Palma. Por eso él había nacido en el pueblo palmero de Tazacorte en el año 1677. En su adolescencia pasó a Tenerife. Cuando cumplió los treinta y siete años anduvo por Inglaterra Francia y los Países Bajos. Después residió un año en París cultivándose en Academias e Institutos de la mano de Diderot Voltaire D’Alambert Malesherbes y otros humanistas. Volvió a Tenerife en 1717 vestido a la última moda de París. Se estableció en Garachico: la villa norteña donde residía la mayor parte de su familia. Los vecinos no salían de su asombro cuando lo veían pasear emperifollado con su acampanada casaca roja enriquecida con grandes ojales dorados que hacían juego con sus calzones cortos y un espadín que parecía un cuchillo de cocina sujeto a la cintura. La guinda del conjuntado Marquesito era una peluca rizada y coronada por un tricornio con pluma de avestruz.
–Parece mentira que tenga ya treinta y nueve años y continúe comportándose como un niño teta –comentaba alguno.
–No como un niño sino como una damisela –completaba siempre alguien con malevolencia.
Cristóbal no hacía caso de habladurías. Habiendo permanecido casi tres años en Europa ya se consideraba muy por encima de aquella gente llana: sus pensamientos aspiraban a acomodarse en regiones más etéreas. Por ejemplo en la sala de su hermana y a la vera de su sobrina. Ciertamente en aquel año de 1760 ya habían transcurrido cuatro décadas desde aquellos escarceos amorosos con su prima. Aunque no hubiera cambiado el temperamento irreverente del marqués sí resultaba notorio que había atesorado las más insólitas experiencias. Ellas le condujeron a decantarse el pensamiento racionalista moderno. En cuanto al cultivo de las artes literarias el marqués llegó a extremos peligrosos. Todo lo cual seguía siendo piedra de escándalo en la isla excepto para sus incondicionales tertulianos entre los que se incluía el joven sacerdote José de Viera y Clavijo que en esos momentos entraba en el salón sacudiéndose algunas gotas de lluvia de su sotana. Colgó su capa en un perchero.
–Mi estimado señor marqués, ¿cómo se encuentra usted? –saludó Viera sujetando con afecto los antebrazos del viejo ilustrado al tiempo que dedicaba una inclinación de cabeza a Lope Antonio de la Guerra.

Antonio Lope de la Guerra, sobrino de Cristóbal del Hoyo e ilustrado asiduo a la Tertulia de Nava, que describió en sus Memorias gran parte de lo sucedido en Tenerife durante el último cuarto del siglo XVIII.

–Bien, hijo, bien gracias a Dios y a su Santo Oficio –contestó riendo Cristóbal del Hoyo–. ¿Le había dicho antes que tiene usted una sonrisa exacta en su geometría a la de mi antiguo profesor el excelso Voltaire?
–En cada tertulia me lo dice, don Cristóbal. Y ya sabe que lo recibo como un gran cumplido. Parecerse al maestro en cualquier cosa no es poco. Incluso si el maestro padece prognatismo.
–Si usted residiera en París, joven amigo, no dudo que también pertenecería a la misma gloriosa constelación de sus mejores filósofos. Pero hemos de resignarnos a estar anidados en esta prisión con muros de agua.
–También el agua atesora entre sus cualidades la fluidez que puede conducirnos a otros ámbitos. Nadie como usted lo sabe.
José de Viera y Clavijo tenía 29 años. Aunque había nacido en el Realejo de Arriba pasó gran parte de su juventud en [...].”

(Texto extractado de la novela “CANARIAS“, de Manuel Mora Morales, Editorial Malvasía, Islas Canarias, 2012. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto por cualquier medio sin permiso por escrito del autor)

CONTINÚA…

Palacio de Nava, en La Laguna (Tenerife, Islas Canarias). Aquí se desarrolló la Tertulia de Nava o Tertulia de los Caballeritos.

Oporto encuentra a Tabucchi: una visión subjetiva

Los portugueses le dicen, simplemente, Porto, es decir, Puerto. Y nadie puede presumir de conocer la ciudad si antes no ha cruzado sus puentes sobre el río Duero y subido los casi 250 fatigosos escalones de la Torre de los Clérigos para contemplar los tejados que componen un maravilloso tapiz bermejo bajo el cual bullen el arte, la literatura, el vino, la gente, el bacalao asado y, naturalmente, los famosos callos de Oporto.

Me refiero a los mismos callos que nombra trece veces Antonio Tabucchi en su novela La cabeza perdida de Damasceno Monteiro. Siendo italiano, a Tabucchi le dio por escribir historias situadas en Portugal: Sostiene Pereira la desarrolló en la Lisboa fascistoide de los años treinta y La cabeza…, en el Oporto de la última década del siglo XX.

Firmino reflexionó e intentó tomar aliento. Hubiera querido decir que a él Oporto no le gustaba, que en Oporto se comían sobre todo callos al estilo de Oporto y que a él los callos le provocaban náuseas, que en Oporto hacía un calor muy húmedo, que la pensión que le habían reservado sería sin duda un lugar miserable con el baño en el rellano y que se iba a morir de melancolía.

La redacción de la novela y el caso real del cual Antonio Tabucchi extrajo la historia pertenecen a la década de 1990. El asunto que conduce al protagonista, un periodista llamado Firmino, a Oporto es la aparición de un cuerpo humano sin cabeza, encontrado por un gitano cuando había salido a mear por fuera de su chabola, en la orilla del río Duero. No hay rostro y, por tanto, el misterio y la noticia están servidos.  El plumilla odia a Oporto y se aloja en la pensión de doña Rosa, por recomendación impositiva del director de su periódico.

La cena era a las ocho, y aquella noche el plato era callos al estilo de Oporto.

[...] Eran casi las dos de la tarde. No tenía ganas de ponerse a buscar un restaurante. Quizá pudiera comer algo en la pensión de Doña Rosa. Siempre que el plato del día no fueran callos.

El italiano Tabucchi es –más bien era, porque murió el 25 de marzo de 2012– poseedor de una prosa ágil, cercana al lenguaje cotidiano de sus lectores, capaz de arrastrar al lector, página tras página, hasta el final de cada historia sin que el libro se le caiga de las manos. Tabucchi no se hace pesado ni cuando maneja, de forma reiterativa, tópicos como el de los famosos callos de Oporto.

Firmino colgó y marcó inmediatamente el número del periódico, mirando las notas que había tomado en el cuaderno. Preguntó por el director, pero la telefonista le pasó con el señor Silva.

 —Alló, Huppert —respondió Silva.

 —Soy Firmino —dijo Firmino.

 —¿Están ricos los callos? —preguntó en tono sarcástico Silva.

 —Escuche, Silva —dijo Firmino subrayando bien el nombre—, ¿por qué no se va a tomar por culo?

Al otro lado hubo un silencio, y luego el señor Silva preguntó con voz escandalizada:

—¿Qué has dicho?

—Ha oído usted bien —dijo Firmino—, y ahora póngame con el director.

Ya he mentado la Torre de los Clérigos, que no puedo recordar sin asociarla a la catedral de San Pedro, en el Vaticano, a la catedral de Ulm, en Alemania, y a otros monumentos criminales que me han torturado las pantorrillas con cientos de escalones dispuestos con las más aviesas intenciones contra los pobres visitantes. También Tabucchi, en su metódico acercamiento a la ciudad, menciona esta singular edificación.

Compró un platito de barro cocido en el que una mano ingenua había pintado la torre de los Clérigos. Estaba seguro de que a su novia le iba a gustar.

A veces, el interés de una ciudad, incluso de una ciudad con tantos tesoros arquitectónicos como Oporto, puede estar en un humilde balcón del que cuelgan unas humildes prendas.

La verdad era que Oporto conservaba ciertas tradiciones que en Lisboa se habían perdido: por ejemplo, algunas vendedoras de pescado, pese a que fuera domingo, con las cestas de pescado sobre la cabeza, y además las llamadas de atención de los vendedores ambulantes que le trajeron a la memoria su infancia: las ocarinas de los afiladores, las cornetas graznantes de los verduleros. Atravesó Praga da Alegria, que era en verdad alegre como su nombre rezaba. Había un mercadillo de tenderetes verdes donde se vendía un poco de todo: ropa usada, flores, legumbres, juguetes populares de madera y cerámica artesana.

Por Oporto tuvo que pasar mi ilustre paisano Antonio Ruiz de Padrón, camino de Cádiz, para tomar posesión como diputado doceañista, en el mes de diciembre de 1811. Ruiz de Padrón sería el adalid de aquellas Cortes gaditanas para la abolición de la Inquisición española. En el mismo libro, Tabucchi no resiste la tentación de traer a colación el tema inquisitorial.

Dio un enorme suspiro y un caballo respondió con un respingo de fastidio.

 —Hace muchos años, cuando era un joven lleno de entusiasmo y cuando creía que escribir servía para algo, se me metió en la cabeza escribir sobre la tortura. Volvía de Ginebra, entonces Portugal era un país totalitario dominado por una policía política que sabía cómo arrancar una confesión a la gente, no sé si me explico. Tenía bastante material autóctono para estudiar completamente a mi disposición, la Inquisición portuguesa, y empecé a frecuentar los archivos de la Torre do Tombo. Le aseguro que los refinados métodos de los verdugos que han torturado a la gente durante siglos en nuestro país tienen un interés muy especial, tan atentos a la musculatura del cuerpo humano que fue estudiada por el noble Vesalio, a las reacciones a las que pueden responder los nervios principales que atraviesan nuestros miembros, nuestros pobres genitales, un perfecto conocimiento anatómico, todo ello hecho en nombre de una Grundnorm que más Grundnorm no puede serlo, la Norma Absoluta, ¿comprende?

—¿O sea? —preguntó Firmino.

 —Dios —respondió el abogado—. Aquellos diligentes y refinadísimos verdugos trabajaban en nombre de Dios, de quien habían recibido la orden superior; el concepto es básicamente el mismo: yo no soy responsable, soy un humilde sargento y me lo ha ordenado mi capitán; yo no soy responsable, soy un humilde capitán y me lo ha ordenado mi general; o bien el Estado.

O bien: Dios. Es más incontrovertible.

 —¿Y no escribió nada después? —preguntó Firmino.

 —Renuncié.

Las antiguas estampas nos muestran el auge de este puerto comercial en siglos pasados, cuando salían innumerables buques cargados de aceite de oliva, frutos secos y, sobre todo, el famoso vino de Oporto que llegaba a gran parte de Europa y América..

Será porque en un tiempo me dediqué a escribir guías turísticas, pero lo cierto es que no las soporto. El estilo soso, propio de un inspector de hacienda o del secretario de un obispo, con que redacta la mayor parte de los autores de guías (probablemente, mal que me pese, debería incluirme yo mismo en este saco) tiene la virtud de ponerme los nervios de punta. Convierten los lugares en cadáveres literarios que terminan por perder todo el encanto que podría haberles encontrado descubriéndolos por mí mismo que es, al fin y al cabo, para lo que se visitan las ciudades.

Prefiero mil veces perderme y dejar de conocer el museo más importante de una urbe a saber, antes de subirme al avión, lo que voy a encontrar a la vuelta de todas las esquinas. Cuando visito una nueva ciudad, ninguna lectura me gusta más que una novela que se deslice por sus calles, plazas, comidas, costumbres, anécdotas,… de una manera viva, palpitante, chispeante, amable o sarcástica, como hizo mi apreciado spaguetti literario, el desgraciadamente desaparecido don Tabucchi. He aquí dos párrafos de una de las crónicas enviadas por Firmino a su diario de Lisboa, en la que utiliza el vino para introducir un cadáver:

“El escenario de esta triste, misteriosa y, podríamos añadir, truculenta historia es la alegre y laboriosa ciudad de Oporto. Efectivamente: nuestra portuguesísima Oporto, la pintoresca ciudad acariciada por suaves colinas y surcada por el plácido Duero. Por él navegan desde los tiempos más remotos los característicos Rabelos, cargados con barriles de roble, que llevan a las bodegas de la ciudad el precioso néctar que, elegantemente embotellado, emprenderá camino hacia los lejanos países del mundo, contribuyendo de esta manera a la fama imperecedera de uno de los más apreciados vinos del planeta.

Y los lectores de nuestro periódico saben que esta triste, misteriosa y truculenta historia se refiere nada menos que a un cadáver decapitado: los miserables restos mortales de un desconocido, horrendamente mutilados, abandonados por el asesino (o por los asesinos) en un terreno agreste de la periferia, como si se tratara de un zapato viejo o de una olla agujereada.”

El protagonista de La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, como se dijo, odiaba Oporto; pero su creador le va cocinando el gusto a fuego lento, como si se tratara de una olla de callos, hasta que termina por enamorarse de esta ciudad espléndida de puentes, castillos, iglesias y estaciones de ferrocarril.

Descubrió un viejo libro que hablaba de cómo la ciudad, un siglo antes, se comunicaba con el mundo. Echó una ojeada al capítulo que trataba de los periódicos y de los anuncios publicitarios de la época. Descubrió que a principios del siglo XIX existía un periódico que se llamaba O Artilheiro donde aparecía este curioso anuncio: «Las personas que deseen enviar paquetes a Lisboa o a Coimbra utilizando nuestros caballos, pueden depositar la mercancía en la estafeta de Correos situada frente a la Manufactura de Tabacos». La página siguiente estaba dedicada a un periódico que se llamaba O Periódico dos Pobres y en el que aparecían gratuitamente los anuncios de las casquerías, puesto que estaban consideradas de utilidad pública. Firmino sintió un arrebato de simpatía por aquella ciudad hacia la que había experimentado, sin conocerla, cierta desconfianza. Llegó a la conclusión de que todos somos víctimas de nuestros prejuicios y que, sin darse cuenta, a él le había faltado espíritu dialéctico, esa dialéctica tan fundamental a la que Lukács daba tanta importancia.

En fin, no es mi intención convertir esta página en un anuncio de los libros portugueses de Tabucchi, por mucho que me gusten sus obras.

Sin embargo, he de confesar que la combinación de Oporto y Tabucchi me entusiasma de igual manera que Lisboa y Pessoa, Buenos Aires y Borges o La Habana y Carpentier. Las ciudades y los escritores forman casales en las mentes de los viajeros con afición a la lectura, de igual manera que los músicos y los grandes festivales en el imaginario de los melómanos.

La insólita historia de Diego Remiendos y de sus milagrosos hijos

Entrada a la magnífica residencia de los descendientes de Diego Hernández Remiendos y de su hijo, un curandero llamado el Médico de las Monagas, cuya existencia se trató de ocultar durante años.

Hoy, se me ha ocurrido traer a colación la curiosa historia de un pintoresco personaje canario, cuya memoria se trató de borrar. Tal personaje fue conocido por sus contemporáneos como Diego Remiendos, cuyos hijos, nietos, bisnietos, etc.,  no le fueron a la zaga, en popularidad… para desesperación de los marqueses que llevarían su misma sangre, más de dos siglos después, cuando lograron comprar el título en la Corte española.

La cita procede de mi novela CANARIAS, que incluye numerosas historias similares, tan verdaderas como poco conocidas. Espero que les divierta.

“Diego Hernández alias Remiendos había nacido en la aldea Las Monagas en el Norte de Gran Canaria a mediados del siglo XVI con residencia en la villa de Teror. Era maestro de obras o alarife y nadie le ganaba a cazar palomas ni a toparse con los más extraños sucesos.
Un día se le ocurrió llegarse hasta Fuerteventura para participar en las faenas de la siega pues le habían informado que pagarían bien dado que los majoreros no encontraban los brazos que necesitaban. Diego se embarcó con mala suerte: piratas bereberes lo apresaron y condujeron a Argel. Allí conoció a una señora que lo sacó de la cárcel y después de pagar su rescate lo devolvió a Gran Canaria tras recibir la promesa de que se casaría con ella.
Diego entró en Teror silbando. Los vecinos estaban tan admirados que lo convirtieron en el héroe local. Un tiempo después se presentó la joven argelina recordándole su promesa de matrimonio. Al enterarse del asunto sus encantadores vecinos no solo le retiraron el saludo sino que lo denunciaron ante la Inquisición. Como pasa todo en este mundo pasó también aquella tempestad discriminatoria. Diego anunció que se casaría en Moya con la argelina. Hubo problemas. El primero fue que la madre de Diego, Mariana Cabreja la Castellana, agarró un cuchillo en Las Monagas y tomó el camino de Moya.
–¡Jodío! –gritaba arrebatada– ¡Te voy a cortar la mano cuando vaigas a dársela a esa mora del demonio!
La gente se asomaba al patio de su casa para ver el espectáculo que ofrecía la encochinada mujer. Unos se reían y otros intentaban convencerla de que soltase el cuchillo.
–Déjelo, cristiana –le aconsejaban sin acercarse demasiado–. ¿No ve que va a formar un quebranto en su familia? Ande, déjelo.
Pero cuando se lo decían La Castellana se enfurecía más y apretaba los dientes y el paso. Tanto lo apretó que cuando llegó a la orilla del cauce del Barranco del Rapador se le doblaron las piernas y no tuvo fuerzas para dar un tranco más.
–¡Hijo del diablo –vociferó con los pocos bríos que le quedaban–, la maldición que te pido es que no tengas pan para comer y con remiendos tapes tus carnes!
La voz de la vieja retumbó en el barranco y llegó a los oídos de los vecinos que no eran pocos ni sordos. Ciertamente a Diego no le faltó el pan ni la ropa pero la maldición tuvo un efecto inesperado: desde aquel mismo día los isleños lo conocieron como Diego Remiendos. Ni que decir tiene que el hombre cumplió su promesa de matrimonio en la iglesia de Moya.
Sin embargo lo más atrayente de esta historia comienza con un hijo de Diego Remiendos llamado Andrés Hernández el cual se hizo popular como El Médico de Las Monagas. Razones había de sobra para este alias. El hombre tenía buena mano de curandero y reunió la mayor clientela que hayan visto ojos humanos en la isla porque su madre argelina le había transmitido los conocimientos yerberos que había heredado de su abuelo.
Andrés se hizo rico. Hasta los curas iban a sanarse con él sin que nadie lo denunciara a la Inquisición cuyos funcionarios solamente inquirieron sobre sus prácticas curanderas muchos años después de muerto. Su primera esposa se llamó Justa Domínguez pero a sus cinco hijos les pusieron Monagas de segundo apellido para que lucieran la fama médica de su papá. La siguiente cónyuge fue Juana Montes de Oca y los siete hijos resultantes se apellidaron Hernández de Monagas.
Todo el mundo sabe que el don de curación o poder de Andrés pasó a sus hijos pero sobre todo al llamado José Hernández de Santa María que [...]“.

Esta historia continúa y nos presenta hechos muy sorprendentes, incluyendo la revelación de quiénes son en la actualidad los aristócratas descendientes del Remiendos. La extensión de un post no da para mucho más; sin embargo, pueden terminar de leer el relato completa en la novela CANARIAS, que ya se encuentra en muchas librerías reales y on line.

A propósito de Ratzinger

RATZINGER

En uno de sus poemas, decía Bertolt Brecht que cada persona debe tener más de un vicio, porque uno solo es demasiado para poder caminar con cierto equilibrio por la vida. Y, si su frase exacta no era ésta, seguro que se le parecía mucho.

Uno de mis vicios secretos son las novelas de cienciaficción: me gusta Isaac Asimov, adoro a Ray Bradbury y disfruto con Stanislaw Lem [1]. Precisamente, Lem me vino a la memoria cuando escuché que el papa Ratzinger se jubilará el día 28 de febrero, a los 86 años (a la misma edad en que se jubilarán los trabajadores españoles, cuando el gobierno termine su proyecto de legislación laboral para salir de la crisis). Hoy ha sido la gran noticia internacional, más allá de los cinco grandes muertos norteamericanos y los treinta y seis pequeños muertos hindúes, más allá de las crisis y de los sepulcros blanqueados con declaraciones de la renta.

Estando bien de salud y con la mente clara, ¿qué mosca le habrá picado al papa para tomar una decisión tan drástica? –pensé– ¿Lo hará por vanidad, para que le recuerden como una persona humilde y original? No, no creo que llegue a tales extremos. Ni siquiera para que le canonicen por su gesto de humildad suprema. No me cuadra. Es demasiado inteligente… .

Entonces se me ocurrió: ¿Y si fuera porque…?

Aquí, justamente, pensé en el Vigésimo segundo viaje, de Stanislaw Lem, un relato publicado en 1971, formando parte de la obra Diarios de las estrellas.

¿Tendría Ratzinger una experiencia similar a la del padre Bonifacio? ¿Se retirará a un monasterio cartujo para escribir una obra sobre Física cuántica o sobre las posibilidades de los genes humanos como material adecuado para la construcción de los futuros procesadores? –admito que éstas y otras elucubraciones me vinieron a la mente y, tal vez, también lo piensen ustedes después de haber leído la siguiente cita, que no me resisto a incluir aquí, aun cuando sólo es una parte del cuento de Lem que contiene varios regalos sorprendentes, como si se tratara de una piñata literaria.

Léanlo, les hará pensar y sonreír. En caso contrario, pueden devolvérmelo.

El relato comienza cuando el protagonista, autor del Diario, encuentra a un padre dominico en un planeta lejano. El fraile se halla abatido por las dificultades de su trabajo y el viajero estelar le dice que lo lamenta…

“Dije que lo lamentaba; el padre Lacimón se encogió de hombros:

–Ah, hay cosas peores. Los bzutos, por ejemplo, consideran que la resurrección es un acto tan corriente como ponerse un traje y no hay manera que la reconozcan como un milagro. Los dartrudos de Egilia no tienen brazos ni piernas; podrían santiguarse solamente con colas, pero yo no puedo tomar, solo, una decisión tan importante. Estoy esperando una contestación de la Sede Apostólica desde hace dos años, pero el Vaticano guarda silencio… ¡Y lo del pobre padre Oribacio, nuestra misión! ¿Ha oído hablar de su cruel destino?

Dije que no sabía nada.

–Escuche, pues. Ya los primeros descubridores de Urtama no tenían palabras de elogio para sus habitantes, los poderosos memnogos. Todos están convencidos de que esos seres racionales pertenecen a las criaturas más serviciales, dulces, bondadosas y llenas de altruismo de todo el Cosmos. En la esperanza de que la semilla de la fe brotaría felizmente en esta clase de gleba, mandamos a los memnogos al padre Oribacio, investido de la dignidad de obispo in partibus infidelium. Los memnogos le recibieron en Urtama con una hospitalidad ejemplar: le rodearon de atenciones casi maternales, le respetaban, obedecían a cada palabra suya, adivinaban sus intenciones y cumplían todos sus deseos, parecían absorber sus enseñanzas con anhelo; en una palabra, se le entregaron por entero. Las cartas que el pobrecito me escribía rebosaban de alabanzas y de satisfacción por su comportamiento…

Aquí el padre dominico se secó una lágrima con la manga del hábito.

–En una atmósfera tan favorable, el padre Oribacio no cesaba de predicar día y noche sobre los principios de la fe. Después de explicar a los memnogos la historia del Viejo y del Nuevo Testamento, el Apocalipsis y las Cartas de los Apóstoles pasó a las vidas de los mártires del Señor. Pobre, éste fue siempre su tema predilecto…

Sobreponiéndose a la emoción que le embargaba, el padre Lacimón siguió hablando en voz trémula:

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–Les narró, pues, la vida de san Juan, que logró la luz eterna por ser hervido en aceite; la de santa Águeda, que se dejó cortar la cabeza por la fe; la de san Sebastián, que acribillado de flechas, sufrió crueles tormentos y en recompensa fue recibido en el paraíso por los coros angélicos; les habló de los jóvenes mártires que sufrieron el tormento de descuartización, estrangulamiento, la rueda y la pira, soportándolo todo en éxtasis con la seguridad de ganarse un sitial a la diestra del Señor de las huestes celestiales. Cuando les había relatado la historia de muchas vidas parecidas, dignas de ser imitadas, los memnogos, todo oídos, empezaron a mirarse de soslayo; el mayor de ellos preguntó tímidamente:

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–Reverendo sacerdote nuestro, maestro y padre venerable, si el atrevimiento de tus indignos servidores no es demasiado grande, dinos, te rogamos, si el alma de todo hombre dispuesto a sufrir martirio va al cielo.

–Indudablemente, sí, hijo mío –repuso el padre Oribacio.

–¿Ah, sí? Muy bien… –dijo lentamente el memnogo–. ¿Y tú, padre venerado, deseas ir al cielo?

–Es mi más ferviente deseo, hijo mío.

–¿Deseas también ser santo? –siguió preguntando el memnogo.

–Hijo amado, ¿quién no lo quisiera? Pero yo, un pobre pecador, no puede soñar siquiera con una dignidad tan elevada.

–Pero tú quieres ser santo, ¿no es verdad? –volvió a asegurarse el mayor de los memnogos, echando una mirada significativa a sus compañeros, que ya se levantaban disimuladamente de sus asientos.

–Claro que sí, hijo mío.

–¡En tal caso, nosotros te ayudaremos!

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–¿De qué manera, amados míos? –sonrió el padre Oribacio, conmovido por el ingenuo celo de su fiel rebaño.

Entonces los memnogos lo cogieron suavemente pero con firmeza por los brazos y dijeron:

–¡De la manera, querido padre, que tú mismo nos enseñaste!

Acto seguido le despellejaron la espalda y se la untaron con pez, al igual que el verdugo de Irlanda hiciera con san Jacinto; luego le cortaron la pierna izquierda como los paganos a san Pafnuncio, le abrieron el vientre y se lo rellenaron con un haz de paja igual que le pasó a la beata Elisabeth de Normandía, después de lo cual lo empalaron como los emalquitas a san Hugo, le rompieron las costillas como los siracusanos a san Enrique de Padua, y le quemaron a fuego lento como los borgoñones a la Doncella de Orleans. Después descansaron un ratito, se lavaron y empezaron a verter lágrimas amargas por su pastor amadísimo perdido para siempre.

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Los encontré así, desesperados, al pasar por su parroquia durante mi visita a todas las estrellas de la diócesis. Cuando me dijeron lo que habían hecho se me pusieron los pelos de punta. Al colmo del desespero, grité:

–¡Indignos criminales! ¡El mismo infierno es poco para vosotros! ¿Sabéis que condenasteis vuestras almas para la eternidad?

Aquel memnogo tan grande se puso en pie y me dijo:

–Venerable padre, sabemos que seremos condenados y atormentados hasta el fin del mundo: tuvimos que luchar desesperadamente con nuestra propia conciencia antes de tomar aquella decisión, pero el padre Oribacio nos decía siempre que no había cosa que un buen cristiano no hiciera por su prójimo, que había que dárselo todo y estar preparado para todo. Así que renunciamos con desesperación a nuestra salvación, deseando solamente que nuestro amadísimo pastor tuviera la corona de mártir y la santidad. No puedes imaginar qué difícil fue para nosotros, ya que antes de la llegada del padre Oribacio nadie aquí era capaz de matar una mosca. Le suplicamos, pues, repetidas veces, le pedimos de rodillas que cediera un poco y suavizara la dureza de las obligaciones del creyente, pero él afirmaba que por el prójimo se debía hacer todo, sin excepciones. Nos convencimos finalmente de que no podíamos negarle nada. Comprendíamos igualmente que éramos muy poca cosa en comparación con aquel santo varón y que merecía nuestros mayores sacrificios. Creemos firmemente que nuestro acto tuvo éxito y que el padre Oribacio mora ahora en el cielo. Aquí tienes, padre venerable, la bolsa con la cantidad que hemos reunido para su proceso de canonización, porque él nos había explicado que así se hacía y que era imprescindible. Debo decirte que sólo le hemos aplicado sus torturas preferidas, las que nos describía con mayor entusiasmo. Confiábamos que le serían gratas; sin embargo, él se resistía, y lo que menos le gustó fue tragar el plomo hirviente. En cualquier caso, no quisimos admitir que el sacerdote nos decía una cosa, pensando otra. Sus gritos no podían ser más que una señal de descontento de unas partículas bajas y corporales de su ser, así que no le hicimos caso, conforme a sus enseñanzas de que había que rebajar el cuerpo para enaltecer el espíritu. En el afán de animarle, le recordamos los principios que nos inculcaba, a lo que el padre Oribacio contestó con una sola palabra, desconocida e incomprensible para nosotros; seguimos sin entenderla, porque no la hemos encontrado ni en los libros de oraciones que nos había regalado ni en las Santas Escrituras.

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Al llegar al final de su relato, el padre Lacimón se limpió la frente, perlada de gruesas gotas de sudor. Durante un largo rato ni él ni yo proferimos una palabra. Finalmente, el anciano dominico rompió el silencio diciendo:

–¡Ya me dirá usted cómo se puede ser pastor de almas en estas condiciones! ¡Fíjese ahora en esto!

El padre Lacimón golpeó con la mano una carta abierta sobre la mesa:

–El padre Hipólito me informa desde Arpetusa, un pequeño planeta de Libra, que sus habitantes se niegan a contraer matrimonio y procrear hijos, de modo que su raza corre el peligro de extinción total!

–¿Por qué? –pregunté, asombrado.

–¡Porque al oír que las relaciones carnales eran un pecado, desearon tanto la salvación, que todos hicieron voto de castidad y lo mantienen! La Iglesia lleva dos mil años pregonando la preponderancia de los cuidados necesarios para la salvación del alma sobre los de los asuntos terrenales, pero nadie lo tomaba al pie de la letra, ¡por el amor de Dios! Todos esos arpetusanos, digo bien, todos, sintieron la vocación e ingresaron en masa en las órdenes; observan las reglas de manera ejemplar, rezan, ayunan y se mortifican, mientras que faltan manos en la industria y la agricultura, se ve venir el hambre y el fin del planeta. Mandé un informe sobre ello a Roma, pero, como de costumbre, la respuesta es el silencio…

–Encuentro que lo de llevar la fe a otros planetas fue un paso arriesgado… –observé.

–¿Y qué remedio quedaba? La Iglesia no tiene prisa, Ecclesia non festinat, bien lo sabemos, ya que su reino no es de este mundo; ¡pero mientras el Colegio Cardenalicio celebraba consejos y vacilaba, en los planetas empezaron a crecer como setas después de la lluvia las misiones de calvinistas, baptistas, redentoristas, mariavitas, adventistas y no sé cuantas más todavía! Tuvimos, pues, que salvar lo que aún se podía salvar. Bueno, querido señor, ya que se lo he dicho todo… venga conmigo.

El padre Lacimón me condujo a su despacho. Un enorme mapa azul del cielo estelar ocupaba toda una pared; del lado derecho, una gran parte de él estaba tapada con papel blanco.

–Mire esto –dijo, indicándome la parte tapada.

–¿Qué significa?

–Una derrota, señor. Una derrota definitiva. Estos terrenos están habitados por unos pueblos cuyo nivel de inteligencia es excepcionalmente alto. Allí practican solamente el materialismo y el ateísmo, y dirigen todos sus esfuerzos hacia el desarrollo de la ciencia, la técnica y el perfeccionamiento de las condiciones de vida en los planetas. Estuvimos enviándoles a nuestros misioneros más sabios, padres salesianos, benedictinos, dominicos, incluso jesuitas, predicadores inspirados de la palabra de Dios, oradores incomparables. ¡Todos, absolutamente todos, volvieron transformados en ateos!

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El padre Lacimón, muy nervioso, se acercó a la mesa.

–Teníamos aquí a un tal padre Bonifacio, le recuerdo como a uno de los religiosos más fervientes: pasaba días y noches rezando de bruces en el suelo, todos los asuntos del mundo eran para él polvo y nada, para él no existía otra ocupación que el rezo del rosario ni una alegría más grande que la misa. Pues bien: ¡al cabo de tres semanas de estar allí (el padre Lacimón indicó la parte tapada del mapa) se matriculó en una escuela de ingenieros y escribió el libro que aquí tiene! –El dominico levantó de la mesa un grueso volumen y volvió a tirarlo con asco.

Lo abrí y leí el título: Medios de aumentar la seguridad de los vuelos espaciales.”

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NOTAS

[1] Stanisław Lem (12 de septiembre de 1921 – 27 de marzo de 2006) fue un escritor polaco cuya obra se ha caracterizado por su tono satírico y filosófico. Sus libros, entre los cuales se encuentran Ciberíada y Solaris, se han traducido a 40 lenguas y ha vendido 27 millones de ejemplares. Es considerado como uno de los mayores exponentes del género de la ciencia ficción y uno de los pocos escritores que siendo de habla no inglesa ha alcanzado fama mundial en el género.
Sus libros exploran temas filosóficos que involucran especulaciones sobre nuevas tecnologías, la naturaleza de la inteligencia, las posibilidades de comunicación y comprensión entre seres racionales; asimismo propone algunos elementos de las limitaciones del conocimiento humano y del lugar de la humanidad en el universo. Su encasillamiento como escritor de ciencia ficción se debe a que ocasionalmente, a lo largo de su carrera como escritor, prefirió presentar sus trabajos como obras de ficción o fantasía, para evitar los atavíos del rigor en el estilo académico de escritura y las limitaciones del número total de lectores al que llegarían sus libros si fueran textos “científicos”; no obstante, algunas de sus obras están en la forma de ensayos científicos o de libros filosóficos, tales como Summa Technologiae y Microworlds (ambas sin traducción al castellano), en las que expresa con rigor sus posturas científicas. (Wikipedia)

ESTRELLAS-ME-GUSTA

El día que cayó de Inquisición española: una visión histórica en el 200 aniversario de su derogación

ESTRELLAS-ME-GUSTA

Placa ubicada en el Monumento a las Cortes, la Constitución y el Sitio de Cádiz. Ciudad de Cádiz.

Todo aquel embrollado asunto sobre el tribunal del Santo Oficio o de la Inquisición había entrado en las Cortes de Cádiz de la mano de un diputado, llamado Francisco Riesco, que en el mes de abril de 1812, pronunció un discurso exaltando el temido tribunal eclesiástico.

Unos frailes, que habían sido invitados a las Cortes para escucharle, prorrumpieron en aplausos y vítores, tal como habían planeado de antemano. Sin embargo, sucedió lo contrario de lo que Riesco esperaba, porque muchos diputados protestaron de viva voz y esta protesta se trasladó a todo Cádiz y, después, a diversos puntos de España.

La controversia continuó creciendo durante meses.

Por este motivo, en el mes de junio, la Comisión de Constitución tomó la decisión de declarar incompatible la Inquisición con la Constitución. Para ello, se trabajó en un Dictamen sobre el Santo Oficio que se presentó a los diputados el 8 de diciembre de 1812. Ese mismo día comenzaron los debates.

La pompa y parafernalia desplegada por el Tribunal de la Inquisición indica tanto la riqueza acumulada por la institución como su deseo de sembrar el terror a ser cogido en falta de pensamiento, palabra u obra. Un arma eficaz para evitar cualquier pensamiento libre o creativo de los ciudadanos.

LOS DEBATES ANTERIORES A LAS CORTES DE CÁDIZ

Desde hacía años, los partidarios de la abolición de la Inquisición habían publicado abundantes razonamientos en que solicitaban su derogación, mientras que los conservadores trataban de que la Santa continuara vigente y vigilante de las obras, las palabras y los pensamientos de los ciudadanos para castigarlos cuando los inquisidores lo tuvieran a bien. Las presiones conservadoras iban dirigidas, fundamentalmente, a los diputados de las Cortes para que no cayeran en la tentación de eliminar el Santo Oficio. He aquí un párrafo de un libro publicado en Cádiz, en el año 1811:

El clero español, las órdenes religiosas, la Inquisición y la Grandeza aman de corazón a la Patria y a Fernando VII, obedecerán ciegamente las órdenes del Congreso, y jamás convidarán al público como los editores del Semanario Patriótico en el número 44 a que resuelvan si la determinación de las Cortes es ilegal y antipolítica. Si el pueblo llega a conocer que la religión no es abiertamente protegida, no habrá soldados que salgan a campaña: en esta guerra terrible en que son tan frecuentes las batallas sangrientas y las desgracias, solo la religión puede hacer que la Nación no desfallezca: del pueblo salen los soldados, pues esos filósofo novadores que proclaman las ideas liberales no quieren arriesgar sus vidas en defensa de la patria, sino envolverla en la aflicción, y con las novedades de sus doctrinas dividir las opinión en perjuicio del orden y tranquilidad pública.

(Gómez de Requena: Apología de la Inquisición: Respuesta a las reflexiones que hacen contra ella el Semanario Patriótico numero 61, y el Periódico titulado el Español numero 13, y breve aviso a los Señores Arzobispos, Obispos y Diputados en Cortes, Cádiz, 1811)

De manera que se daban las condiciones óptimas para que la atención ciudadana estuviese centrada en aquel debate político-religioso que había comenzado en las Cortes el 8 de diciembre de 1812 y debía concluir debía concluir el 20 de aquel mes de enero, cuyo segundo centenario se cumple hoy. Enfrentarse a la opacidad con que actuaban los partidarios de la Inquisición no era tarea fácil, porque sus defensores trataban de fundir en un solo bloque los conceptos de Inquisición, religión, rey y patria. Su propósito resultaba muy claro: dejar constancia de que quien fuese partidario de abolir la Inquisición también lo sería de vender la patria a Napoleón, de renegar del catolicismo y de  tratar de instituir el republicanismo que tantos perjuicios había causado a Francia… ¡Había que tener agallas para hacerles frente!

Diputado Antonio José Ruiz de Padrón (Canarias, 1757 – Galicia, 1823)

UN ENCARGO A RUIZ DE PADRÓN

El gomero Antonio Ruiz de Padrón tuvo esa necesaria valentía. Y no solamente coraje, sino profundos conocimientos jurídicos que le permitieron desmontar, de forma admirable, la razón de ser de una institución dedicada a lograr la sumisión del pensamiento por medio de la tortura física y sicológica. Ruiz de Padrón había recibido el encargo de escribir un Dictamen, es decir, de aportar una opinión experta, sobre la Inquisición española. Nadie esperaba que realizase su trabajo de una manera tan brillante y poderosa.

Redactar aquel Dictamen no fue tarea fácil, porque la salud de Ruiz de Padrón se encontraba resquebrajada. Una enfermedad pectoral le mantenía gran parte del tiempo en cama y, probablemente, el húmedo clima gaditano no colaboraba a su restablecimiento. Aun así, logró finalizar a tiempo el encargo, aunque no pudo asistir a la sesión del día 18 de enero, en la que tuvo que leerla Florencio Castillo, secretario de las Cortes.

No era el primer dictamen sobre la Inquisición. En el mes de diciembre, ya se había leído uno de la comisión de Constitución, otro del diputado Pérez y dos más de los diputados Bárcena y Cañedo.

Cortes de Cádiz (1810-1814).

SE ABRE EL DEBATE PARLAMENTARIO SOBRE LA INQUISICIÓN

El Dictamen de la Comisión de la Constitución, con la que fue abierto el período de debates, adujo que la Inquisición “no es compatible ni con la soberanía ni con  la independencia de la nación. En los juicios de la Inquisición no tiene influjo alguna la autoridad civil; pues se arresta a los españoles; se les atormenta, se le condena civilmente, sin que pueda conocer ni intervenir en modo alguno la potestad secular …”, que “la Inquisición es opuesta a la libertad individual” y se recuerda cómo varios soberanos europeos expidieron decretos para eliminar la Inquisición de sus estados. Entre otros, nombra al rey de Sicilia, Fernando IV (hijo de Carlos III), un acontecimiento que he investigado y detallado en mi novela “Canarias”. Ciertamente, en la década de 1780, este rey envió a Sicilia a Domenico Caracciolo con el encargo de desmantelar la inquisición en aquella isla. El célebre Caracciolo no tardó tres meses en borrar cualquier vestigio inquisitorial y en ser recibido triunfalmente por los ilustrados franceses e ingleses. Finaliza este Dictamen proponiendo “que en primer lugar se discutan las dos proposiciones siguientes: primera, la religión católica, apostólica y romana será protegida por las leyes conformes a la Constitución; segunda: el tribunal de la Inquisición es incompatible con la Constitución.”

Asimismo, se presentó un proyecto de Decreto sobre los Tribunales protectores de la religión. En cuanto al corto dictamen de Antonio Joaquín Pérez, diputado americano, cuya lectura nos informa de que estaba a favor y en contra de la Inquisición, todo al mismo tiempo, poco hay que decir.

Una imagen de la Inquisición española, debida al pintor Francisco de Goya.

LOS “SERVILES” INTENTAN PARALIZAR EL DEBATE

A finales de diciembre, se alzan las voces de tres diputados pidiendo al Presidente de las Cortes, Miguel de Zumalacárregui, “Que se suspensa la discusión del proyecto, hasta que sobre él se oiga el juicio de los obispos y cabildos de las iglesias catedrales de España e islas adyacentes”. No se admitió a discusión. Sin embargo, el 4 de enero, doce diputados catalanes solicitan lo mismo. Agustín de Argüelles Álvarez González, llamado El Divino por su oratoria espléndida, les reprende con cierta dureza el modo de enfrentar la discusión y les anima a entrar con sus ideas en la discusión del Dictamen de la comisión.

A partir de ese momento, sesión tras sesión, la discusión entre “serviles” y “liberales” sube de tono y llega a producir enfrentamientos verdaderamente agrios, convirtiendo estas sesiones en las  más apasionadas del período parlamentario gaditano.

No faltan los discursos eruditos, las exageraciones, los dislates o el intento de atemorizar al oponente. Mientras unos diputados tachan al Santo Oficio de policía eclesiástica, otros afirman que va contra la propia iglesia o que sin la Inquisición llegaría el caos y la condenación eterna.

Hubo quien se atrevió afirmar que debatir sobre la Inquisición era entrar en una controversia entre Cristo y Napoleón o que, según San Policarpo o San Justino, “la iglesia, señor, se acomoda y prospera lo mismo en una república que en una monarquía”.

Muchas de las intervenciones resultarían sumamente extrañas en la actualidad, puesto que más parecen sermones pronunciados desde un púlpito que discursos políticos en una sede parlamentaria. Lo cual no debe extrañar, puesto que un tercio de las Cortes lo formaban eclesiásticos de diversos rangos, señalando bien a las claras el poder de la Iglesia sobre la sociedad civil.

Un párrafo del discurso pronunciado porel sanroqueño Vicente Terrero el 13 de enero, proporciona una idea cabal del argumentación que mantuvieron los denominados “ultramontanos” a lo largo de las sesiones parlamentarias:

Señor, cuando llego a estas reflexiones me admiro al considerar el pertinaz empeño de extinguir un tribunal establecido por la cabeza visible de la iglesia, confirmado, aprobado y consentido por la iglesia universal en los concilios generales de Viena, de Letrán y Tridentino, y por la iglesia nacional de las Españas.

¿Qué es esto? ¿De dónde dimana el tesón con que se pretende su ruina? ¿Qué ha hecho y hace el tribunal del Santo Oficio que merezca su exterminio? ¿Cuál es su objeto? ¿En qué se ocupa? ¿En qué incumbe?

El se versa solo en cooperar a la redención del hombre, reduciendo al extraviado a su primitiva senda de salud, separando y cortando al que, podrido por su obstinación ciega, puede infectar, incendiar y perder la mies sana y rebaño del Crucificado. Atiende a celar con sagrado ardor la incomunicación de los fieles con los que dogmatizan: para evitar la propagación de sus máximas erróneas que puedan obstruir los caminos del cielo en cerrar todos los portillos para que el hombre amigo no sobresiembre su mal grano, ni sus rapaces aves del cielo, esto es, los demonios usurpen el buen grano que pudo haber caído en tierra pedregosa y de mal fruto: en reparar el vallado con que el divino Mediador circunvaló su iglesia, y con voz de terror ahuyenta las fieras que solicitan su destrozo.

¡Ah! ¡España! ¡Qué hubiera sido de ti a no haber sido por este firmísimo baluarte de tu fe! Hablad vosotros, siglos y tiempos, reinos y países. Holanda, Rusia, Suecia, Dinamarca., Helvecia, decid vuestros estragos. ¡Qué de lastimosos vaivenes experimentó la nave de San Pedro por los borrascosos oleajes de la contumacia y rebeldía! Llora aún inconsolable la santa iglesia las dilaceraciones que partieron su preciosa é inconsútil túnica.

Lutero, Calvino, Zuinglio, y larga progenie de estos, ramificada en mil diferentes maneras, abolieron el triunfo de la verdad y santificación. ¡Qué dolor! ¡Qué fatalidad! Ya se ve: no existía tribunal de Inquisición que amputase la cabeza a esas hidras en el momento de erigirlas, quien les sofocase el ponzoñoso aliento.

¿Y España? ¿España? Asentada con tranquilo descanso en sus persuasiones religiosas, reposa alegremente sin contraste, que el tribunal santo le dirime con sus vigilias y sudores.

Diputados doceañistas de las Cortes de Cádiz. A ellos se debe el decreto que derogó la Inquisición en España y sus colonias.

DISECCIÓN DEL SANTO OFICIO

Las prácticas inquisitoriales van saliendo a relucir. Estos párrafos de un discurso del diputado Villanueva van poniendo las cartas sobre la mesa.

Esta misma reflexión debe aplicarse a los tormentos espantosos autorizados y presenciados por los inquisidores y por el ordinario: cosa que llena de horror a cualquiera que tenga ideas de la mansedumbre eclesiástica. Díjose ayer por única respuesta que hace muchos años estaba ya abolido el tormento en la Inquisición. Supongamos que fuese así, que luego hablaré de esto. Pero ¿se dio tormento en la Inquisición, y autorizaban esta cruel escena los sacerdotes?

En el orden de procesar del Santo Oficio, que yo poseo, hay una nota original de un secretario de la Inquisición, a quien conocí y traté, que hablando del tormento, dice:

“hasta que se hallen presentes dos inquisidores con el ordinario.”

Aquí tenemos no solo a los inquisidores, sino al obispo obligado por las leyes de la Inquisición a asistir al tormento. ¿Y cuál era este? Oiga V. M. la fórmula de la sentencia:

“Christi nomine invócalo fallamos atentos los autos que le debemos condenar y condenamos a que sea puesto a cuestión de tormento.” Aquí hay una nota que dice: “algunos declaran si es de garrucha, o de agua y cordeles etc.” y prosigue: “en la cual (cuestión de tormento) mandamos esté y persevere por tanto tiempo cuanto a nos bien visto fuere, para que en él diga la verdad de lo que esta testificado y acusado, con protestación que le hacemos, que si en el dicho tormento muriese o fuese lisiado, o se siguiese efusión de sangre o mutilación de miembro, sea a su culpa y cargo, y no a la nuestra, por no haber querido decir la verdad.”

Y prosigue:

“Y por tanto fue mandado llevar a la cámara del tormento donde fueron los dichos señores inquisidores y ordinario.”

Y en otra impresa se dice:

 “Si es de garrucha, se ha de asentar como se pusieron los grillos, y la pesa o pesas, y como fue levantado y cuantas veces, y el tiempo que en cada una lo estuvo. Si es de potro, se dirá como se le puso la toca, y cuantos jarros de agua echaron, y lo que cabía cada uno.”

Y en otra nota dice que se escriba:

“cómo le mandaron desnudar y ligar los brazos y las vueltas de cordel que se le dan…., y como se mandaron poner, y pusieron los garrotes, y como se apretaron, declarando si fue pierna, muslo o espinilla, o brazos etc., y lo que se le dijo a cada cosa de estas.”

Se previene también que esto tiene lugar con los testigos si no declaran pronto.

Antonio José Ruiz de Padrón, principal artífice de la aprobación del Decreto que abolió la Inquisición española.

LECTURA DEL DICTAMEN DE RUIZ DE PADRÓN

El día que se expuso el Dictamen de Antonio Ruiz de Padrón, pocas esperanzas había de que el Santo Oficio desapareciera.  Pero su lectura cambió de manera radical las posibilidades de sacar adelante la abolición de “la Santa”, como la llamaba el diputado gomero. Sus palabras:

No trataré de hacer aquí un extracto del tremendo código inquisitorial por no ser demasiado molesto: lo reservo para hacer después el paralelo; pero este código es tan tenebroso y obscuro como los mismos calabozos del tribunal: código confuso y complicado que abunda de artificios, cavilaciones y tretas vergonzosas muy ajenas de la majestad y santidad de las leyes.

Código en fin que presenta un perfecto sistema de la misma ilegalidad, más propio para buscar reos que no para averiguar los delitos, donde la inocencia corre peligro a par del crimen y que prescribe los castigos más atroces, y que es el espanto y terror de la humanidad.

Esta es puntualmente una rápida idea del código inquisitorial que ha dominado por tantos siglos a los sufridos y pacientes españoles, con vergüenza y oprobio de la religión, lo que tendrán mucha dificultad en creer las generaciones venideras.

LA CULTURA

La relación entre la presencia de la Inquisición y la escasa cultura de los españoles no escapa a la perspicacia de Ruiz de Padrón.

“Los pueblos, dijo un señor diputado, no están dotados aún de la ilustración competente para tratar de quitarles la Inquisición: es necesaria aguardar a que se ilustren”.

¡Grandemente! ¿Y quién es la causa de que el pueblo español no se halle debidamente ilustrado, y conozca sus verdaderos intereses, sino la misma Inquisición?

Mientras subsista este sombrío y cauteloso tribunal, la España estará condenada a una perpetua ignorancia y estupidez.

Es menester publicarlo a la faz de toda la Europa: que para que un español pudiera leer a un Mably, a Condillac, Filangieri, y lo que es mas asombroso, para leer a Pascal, Duguet, Arnaldo, Racine, Nicoley a otros sabios y piadosos autores proscritos por este fanático y estúpido tribunal, era necesario ocultarse en la obscuridad de una buhardilla, o velar en el profundo silencio de las noches para no ser sorprendido por una espía de la Inquisición. 

DEFENSA DE LOS OBISPOS

Su ataque a la Inquisición se apoyó también en la defensa de los obispos, siguiendo las tesis de Antonio Tavira, prelado de Canarias, que tuvo más de un enfrentamiento con el Santo Oficio.

“Los obispos quedaron privados de calificar la doctrina de la fe, cuyo depósito les fue encomendado, y pasó esta facultad a los nuevos jueces con asombro de toda la Europa.

Yo no admiro tanto la osadía y arrogancia del tribunal, cuanto la serenidad de algunos obispos españoles. ¿Qué mucho, pues, que en las obras del inquisidor Páramo, del inquisidor Eymerich, y de otros autores inquisitoriales que componen el código del Santo Oficio, se hagan seriamente las siguientes preguntas que va a oír V. M.?

Un inquisidor es mas que un obispo? Y responden: Sí. ¡Qué impía y detestable doctrina!

Preguntan asimismo: ¿Los obispos pueden leer los libros prohibidos? Y responden: que no; pero sí los inquisidores… la indignación no me permite proseguir. Si esto es contrario o no al espíritu del evangelio, júzguelo cualquiera.

El buen humor de que hacía gala con frecuencia Ruiz de Padrón no podía dejar de rozar la ironía en sus críticas a los discursos ultramontanos:

Otro señor diputado nos trajo la bizarra especie de que la Inquisición comenzó con el nacimiento de la iglesia. Yo digo que se ha quedado muy corto.

El inquisidor Luis de Páramo le da mucha más edad, pues la hace nacer en el centro del paraíso, y por consiguiente debe ser coetánea de nuestro padre Adán. Luego nos presenta al mismo Dios por primer inquisidor, y sigue después con una prodigiosa serie de inquisidores, que no hay más que desear en cuanto al origen, antigüedad, gloria y honor de esta Santa. Entre sus prosélitos coloca nada mecos que a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y a otros personajes de la mas alta jerarquía…

HAY QUE TIRAR LA SANTA A TIERRA

En cuanto a “la Santa”, no reprimió sus opiniones el Abad de Valdeorras, nacido en La Gomera.

“Pero le han dado por antonomasia el renombre de Santa…. ¡O capricho bizarro de los hombres! ¡Se lo habrán dado por ironía!

¿Dónde están las virtudes políticas y morales de esta Santa; cuántos milagros ha hecho? Que me señalen las conversiones que ha obrado, los frutos saludables que ha producido a la religión y al estado.

Los que la defienden y canonizan por Santa, que nos exhiban los testimonios de virtud y santidad que la adornan. ¡Terrible porfía de los hombres, empeñarse en querer buscar el resplandor de la luz en medio de la oscuridad y las tinieblas, la libertad en los calabozos, y la verdad en el error y fanatismo!

 No ignoro que  se me culpará de haber sido el primero que tuvo la osadía en presencia de V. M. de presentar a toda la nación el misterioso sistema de gobierno de la Inquisición, esto es, la vida y milagros de esta Santa: el primero que rasgó el velo tenebroso que cubría a este ídolo diciendo:

¡Españoles, aquí tenéis a la Santa: esta, esta es la que entorpecía con capa de religión vuestros progresos en las ciencias y en las artes; esta es la que os hizo creer que había Aquelarres (cuyo nombre no se ha explicado aun bastantemente), la que abusando de vuestra piedad os metió en la cabeza la ridícula farsa de la aparición de demonios súcubos é íncubos, con otras ficciones detestables que podéis leer en el gracioso y extravagante auto dé fe de Logroño, mandado imprimir por orden de la misma Santa para ilustrar los pueblos; pero me engaño, para mantenerlos en la superstición y en la más crasa ignorancia y estupidez!

Pero, Señor, ¿a qué soy venido aquí? ¿A qué me ha congregado V. M. sino para dar leyes justas y sabias a una nación magnánima y generosa, como lo ha hecho con la sólida y religiosa constitución que ha sancionado?

Si por desgracia dejara V. M. subsistir la Inquisición, ella sabría dentro de poco tiempo darse maña para destruir con sus acostumbrados misterios todo lo bueno que ha edificado el Congreso en medio de tantas fatigas y trabajos. Pronto vendrá a tierra este suntuoso y magnífico edificio, y la nación volvería cuanto antes a arrastrar las cadenas, y quedar sepultada por muchos siglos en el mismo envilecimiento y degradación que hasta aquí. La Santa sabría obrar fácilmente este milagro y otros muchos.

Estatua de Benjamín Franklin, expuesta en el National Constitution Center. Filadelfia.

EL AMIGO DE GEORGE WASHINGTON Y BENJAMÍN FRANKLIN

En su Dictamen, Antonio Ruiz de Padrón relata a los diputados su estancia en la capital de los Estados Unidos y su relación con los padres de la patria americana, durante los años que se redactaba la constitución de los Estados Unidos.

Más de veinte ministros de las iglesias protestantes concurrían con frecuencia a la tertulia de aquel ilustre filósofo, y yo era conocido de todos por el Papista, con cuyo nombre me gloriaba. La conversación giró casi siempre sobre asuntos de religión, que se discutían amigablemente y con bastante método, pero con calor y energía.

[...] Pero confieso a V. M. que cuando todos reunidos me arguyeron con el establecimiento de la Inquisición, no supe al principio qué responderles, ya porque siempre me pareció extraño de enjuiciar, ya porque me cogió de sorpresa este ataque a que yo no estaba prevenido.

 ”Vuestra iglesia romana, me decían, no puede ser la verdadera iglesia de Jesucristo, porque abriga en su seno el espantoso tribunal de la Inquisición: tribunal despótico, sanguinario, cruel, y por tacto contrario a las máximas del evangelio. Su divino autor, que es el Dios de paz y de caridad, detesta las violentas coacciones y horribles castigos que emplea la Inquisición con los disidentes. Todas las páginas del nuevo Testamento nos pintan la religión de Jesucristo compasiva, atractiva, amable, cual salió del seno del Padre celestial, y la Inquisición la hace insufrible y odiosa, y en lugar de atraer los protestantes, los desvía mas y mas del gremio de esa iglesia, particularmente en vuestra España…”

[...] Tampoco se trataba de convencer a un vulgo ignorante, sino a hombres doctísimos, versados profundamente en el conocimiento de las sagradas escrituras que aprenden desde su niñez. No ignoro yo que si me hubiera servido de la doctrina y de las armas de nuestros folletistas los hubiera confundido, llamándolos a gritos herejes, luteranos, calvinistas, arminianos, presbiterianos, sacramentarios, anabaptistas…. y hubiera quedado muy ufano y satisfecho de mi victoria. ¿Mas es este el medio de defender las sacrosantas verdades del evangelio? ¿Son estas las razones a propósito para convencer a los refractarios? ¡V. M. lo juzgará imparcialmente con su piedad y sabiduría!

Entonces me vi forzado a confesar que la Inquisición era un tribunal de establecimiento puramente humano, en que no solo tuvo parte la curia de Roma, sino la política de los reyes; confesé sus enormes abusos, su dominio despótico, contrario al espíritu del evangelio: dije en fin que eran defectos de hombres que no podían perjudicar a la pureza de doctrina, a la santidad y primacía de la iglesia romana, madre y maestra de todas las iglesias; y dije otras verdades que no necesito ahora reproducir.

Estas mismas conversaciones se repitieron en casa de Jorge Washington, que apareció por aquellos días en Filadelfia.

UN DISCURSO ENCENDIDO Y PERSUASIVO

La dramáticas palabras finales de Ruiz de Padrón debieron tener un efecto demoledor sobre los diputados doceañistas.

Yo entro en los magníficos palacios de la Inquisición, me acerco a las puertas de bronce de sus horribles y hediondos calabozos, tiro los pesados y ásperos cerrojos, desciendo y me paro a media escalera. Un aire fétido y corrompido entorpece mis sentidos, pensamientos lúgubres afligen mi espíritu, tristes y lamentables gritos despedazan mi corazón… Allí veo a un sacerdote del Señor padeciendo por una atroz calumnia en la mansión del crimen; aquí a un pobre anciano, ciudadano honrado y virtuoso, por una intriga domestica; acullá a una infeliz joven, que acaso no tendría más delito que su hermosura y su pudor…

Aquí enmudezco, porque un nudo en la garganta no me permite articular; por que la debilidad de mi pecho no me deja proseguir. Las generaciones futuras se llenarán de espanto y admiración. La historia confirmará algún día lo que he dicho, descubrirá lo que oculto, publicará lo que callo. Qué tarda, pues, V. M. en libertar a la nación de un establecimiento tan monstruoso. Basta.

Terminada la lectura del Dictamen, la mayoría de la cámara lo aclamó calurosamente. De pronto, todo había cambiado: quienes no tenían claro el sentido de su votación se decantaron hacia la abolición del Santo Oficio, convencidos por la exposición del diputado canario.

Los “ultramontanos” salieron de las Cortes convencidos de que estaban perdiendo la partida y se dispusieron a sacar todas las armas a su alcance. Una de estas armas era un periódico llamado “El Procurador General de la Nación y el Rey” que al día siguiente dedicó nada menos que tres páginas al discurso de Ruiz de Padrón, atacándole ferozmente en un escrito lleno de ironía. El artículo terminaba narrando el final de la sesión:

Al Sr. Mexía lo agradó tanto este discurso, que propuso se imprimiese prontamente para ilustrar a la Nación: el Sr. González dijo: apoyo, que sea prontamente, pues hasta  ahora no he sabido lo que era la Inquisición: ¿esta es la Santa? pues desde ahora maldita sea la Santa que iba a seguir: el Sr. Aparici Santin dijo que ya esto era un escándalo, que no se podía sufrir en un Congreso Católico: el Sr. González dijo que él sería mal Cristiano, pero que era tan Católico como el Pontífice: los Sres. Ostolaza y Cañedo pidieron la palabra, y el primero pidió al Sr. Presidente se observase el Reglamento en cuanto a la proposición del Sr. Mexía, sin embargo el Sr. Presidente señaló el día de hoy para discutirla; opúsose a ella el Sr. Dueñas, diciendo que a su costa nadie le ha privado que lo haga; y sin determinar nada, se levantó la sesión.

Es expresiva la declaración de García Herreros, cuando inicia la sesión del día siguiente, con las estas palabras:

Señor, parece temeridad tomar la palabra en este asunto después de leído el voto del Sr. Ruiz Padrón, en que con tanta sabiduría y  elocuencia ha sostenido el dictamen de la comisión. Su discurso es suficiente para fijar la opinión del Congreso.

El Dictamen de Ruiz de Padrón no solamente convenció y puso en claro muchas cosas, sino que animó a otros diputados a emitir sus opiniones de manera clara. El día 20 de enero, el canónigo extremeño Antonio Oliveros realizó una intervención durísima en la que exponía los resultados de la Inquisición en el progreso de los españoles. Los siguientes párrafos no tienen desperdicio.

Parecía regular que los católicos, a fin de lidiar con los herejes, se hubiesen dedicado a las lenguas, al estudio de la antigüedad, a la crítica, cronología, geografía, a las ciencias naturales, y a la sólida metafísica. Así se vieron precisados a ejecutarlo en los países en que no dominaba la Inquisición, aunque no con aquella actividad y progresos que deseaba el sabio Melchor Cano.

Pero en España la Inquisición adoptó otro método diametralmente opuesto: se reputaron como inficionados de herejía los literatos, eruditos y hombres científicos de cualquiera profesión; para que no se abusase de las santas escrituras, se quitaron de las manos de los fieles, y se prohibió verterlas en lengua vulgar: se dedicaron, en las escuelas a la teología, puramente escolástica solo porque los herejes la despreciaban; cualquier proposición contra Aristóteles y su Dialéctica, y contra la demasía del escolasticismo olía a herejía: la erudición en las lenguas orientales sabía a judaísmo, cisma y luteranismo; y a magia las matemáticas y sus signos; por esto fueron perseguidos en los países de Inquisición las obras de Pico de la Mirándula, Galileo, Pedro de Ramos y Arias Montano, y sobre todo las de Erasmo.

Encendiose tanto la persecución en España contra los sabios, que Luis Vives, paisano del Sr. Borrull, y perseguido también, escribía a Erasmo:

“Tiempos calamitosos en que ni se puede hablar, ni callar sin peligro; han sido presos Juan Vergara, canónigo de Toledo, su hermano Tovar (Bernardiño), y otros hombres bien doctos.”

Entre ellos fueron Carranza, arzobispo de Toledo; Fr. Luis de León, del orden de San Agustín; el P. Sigüenza, monje Gerónimo; el venerable Ávila, apóstol de las Andalucías, y otros muchos; y amenazados de igual suerte como Santa Teresa de Jesús y Fr. Luis da Granada.

Y huyeron de España infinitos, particularmente en tiempo del inquisidor Valdés, y entre ellos abandonaron la religión católica los sabios Feliciano de Reyna y Cipriano Valera, insignes ambos por su literatura, por la traducción de la Biblia en lengua vulgar.

Fue tan cruda la persecución, que los amigos de Luis Vives le escribían llenas de amargura:, “es un dolor no poder socorrer a los afligidos, porque a los que se atreven, les amenaza un gran peligro.”

¡Y habrá quien diga a vista de estos hechos que la Inquisición produjo la ilustración, cuando no hubo acaso un sabio que no hubiese sido encarcelado, u obligado a enmudecer, si quería salvarse en la horrible y tenebrosa tempestad que se había levantado. Que me diga el Sr. Borrull ¿qué discípulos han dejado aquellos célebres maestros? ¿Cuáles los sabios que florecieron a últimos del siglo XVI y siguientes?

Diputado doceañista Pedro Gordillo.

EL ERROR DEL DIPUTADO GORDILLO

Cuando se pasó el Decreto a votación, los diputados, como era costumbre, fueron valorando cada artículo. Llegados al especialmente delicado artículo VII –Las apelaciones seguirán los mismos trámites, y se harán para ante los jueces que correspondan, lo mismo que en todas las demás causas criminales eclesiásticas–, el diputado canario Pedro Gordillo se mostró disconforme. Es de suponer el disgusto que debieron causar a Ruiz de Padrón las palabras del diputado grancanario, a quien se suponía liberal. He aquí las desafortunadas palabras de Gordillo:

Yo convengo con el Sr. Gordoa en que la presente discusión se difiera hasta la sesión de mañana, con el objeto de que los señores diputados puedan meditarla con todo el detenimiento que pide su naturaleza; pero no convendré jamás en aprobar el artículo en los precisos términos en que está concebido, ni tampoco con la adición que acaba de proponer el Sr. Castillo; pues a mas de no deshacer los inconvenientes que se han alegado, adolece de obscuridad, da margen a miles embrollos, ocasionará ruidosas competencias entre los reverendos obispos, tribunales civiles, y con la especiosidad de que se admitan las apelaciones con arreglo a los cánones, tal vez acarreará el tamaño mal de que quede sin protección la religión e impunes los delitos cometidos contra la fe, buenas costumbres, en atención, a que dudándose con fundada razón si hay leyes eclesiásticas que autoricen la apelación de los ordinarios en la clase de los juicios que examinamos, esta misma duda influirá en el ánimo de los respectivos jueces, y al paso que se comprometería el decoro del Congreso dando una resolución que estribase en apoyos, de cuya existencia nada le constase, se facilitaría a los irreligiosos e impíos un salvoconducto para continuar en sus horrendos crímenes, dejándoles abierta la puerta para intentar recursos intempestivos, que no podrían tener otro objeto que entorpecer las mas rectas, prudentes y justas providencias.

Finalizadas las discusiones con la aprobación del último artículo del Decreto el día 5 de febrero de 1813, unos días más tarde fue publicado el siguiente

DECRETO

Sobre la abolición de la Inquisición y establecimiento de los tribunales protectores de la fe.

Las Cortes generales y extraordinarias, queriendo que lo prevenido en el artículo 12 de la constitución tenga el mas cumplido efecto, y se asegure en lo sucesivo la. fiel observancia de tan sabia disposición, declaran y decretan:

CAPÍTULO I

Art. I. La religión católica, apostólica, romana será protegida por leyes conformes a la constitución.

II. El tribunal de la Inquisición es incompatible con la constitución.

III. En su consecuencia se restablece en su primitivo vigor la ley ir, título XXVI, partida VII, en cuanto deja expeditas las facultades de los obispos y sus vicarios para conocer en las causas de fe, con arreglo a los sagrados cánones y derecho común, y las de los jueces seculares para declarar imponer a los herejes las penas que señalan las leyes, o que en adelante señalaren. Los jueces eclesiásticos y seculares procederán en sus respectivos casos conforme a la constitución y a las leyes.

IV. Todo español tiene acción para acusar del delito de herejía ante el tribunal eclesiástico: en defecto de acusador, y aun cuando lo haya, el fiscal eclesiástico hará de acusador.

V. Instruido el sumario, si resultare de él causa suficiente pida reconvenir al acusado, el juez eclesiástico le hará comparecer, y le amonestará en los términos que previene la citada ley de Partida.

VI. Si la acusación fuere sobre delito que deba ser castigado por la ley con pena corporal, y el acusado fuere lego, el juez eclesiástico pasará testimonio del sumario al Juez respectivo para su arresto; y este le tendrá a disposición del juez eclesiástico para las demás diligencias, hasta la conclusión de la causa. Los militares no gozarán de fuero en esta clase de delitos; por lo cual, fenecida la causa, se pasará el reo al juez civil para la declaración é imposición de la pena. Si el acusado fuere eclesiástica secular o regular, procederá por sí al arresto el juez eclesiástico.

VII. Las apelaciones seguirán los mismos trámites, y se liarán para ante los jueces que correspondan, lo mismo que en todas las demás causas criminales eclesiásticas.

VIII. Habrá lugar a los recursos de fuerza del mismo modo que en todos los demás juicios eclesiásticos.

IX. Fenecido el juicio eclesiástico, se pasará testimonio de la causa al juez secular; quedando desde entonces el reo a su disposición para que proceda a imponerle la pena a que haya lugar por las leyes.

CAPITULO II

Art. I. El rey tomará todas las medidas convenientes para que no se introduzcan en el reino por las aduanas marítimas y fronterizas libros ni escritos prohibidos, o que sean contrarios a la religión; sujetándose los que circulen a las disposiciones siguientes, y a las de la ley de la libertad de imprenta.

II. El reverendo obispo o su vicario, previa la censura correspondiente de que habla la ley de la libertad de imprenta, dará o negará la licencia de imprimir los escritos de religión, y prohibirá los que sean contrarios í ella, oyendo antes a los interesados, y nombrando un defensor cuando no haya parte que los sostenga. Los jueces seculares, bajo la mas estrecha responsabilidad, recogerán aquellos escritos que de este modo prohíba el ordinario, como también los que se hayan impreso sin su licencia.

III. – Los autores que se sientan agraviados de los ordinarios eclesiásticos, o por la negación de la licencia de imprimir, o por la prohibición de los impresos, podrán apelar al juez eclesiástico que corresponda en la forma ordinaria.

IV. Los jueces eclesiásticos remitirán a la secretaría respectiva de Gobernación la lista de los escritos que hubieren prohibido, la que se pasará al consejo de Estado, para que exponga su dictamen después de haber oído el parecer de una junta de personas ilustradas, que designará todos los años de entre las que residan en la corte; pudiendo asimismo consultar a las demás que juzgue convenir.

V. El rey, después del dictamen del consejo de Estado, extenderá la lista de los escritos denunciados que deban prohibirse, y con la aprobación de las Cortes la mandará publicar; y será guardada en toda la monarquía como ley, bajo las penas que se establezcan. Lo tendrá entendida la Regencia del reino, y dispondrá lo necesario a su cumplimiento, haciéndolo imprimir, publicar y circular. = Miguel Antonio de Zumalacárregui, Presidente. = Florencio Castillo, diputado secretario. = Juan María Herrera, diputado secretario. = Dado en Cádiz a 12, de febrero de 1813.= A la Regencia del reino.

Entrada a las Cortes de Cádiz. Foto de 2010, antes de su restauración.

LOS ESTERTORES DEL MONSTRUO

No quedó el Decreto al completo gusto de Ruiz de Padrón ni de quienes defendían la libertad de pensamiento. Nuestro diputado sabía de antemano que esto no podía resultar de otra manera y que para llegar a las libertades civiles y religiosas había que avanzar despacio. Sin embargo, la abolición de la Inquisición había constituido un paso de gigante que se creyó oportuno minimizar ante la opinión pública para lograr su aceptación. Por esta razón, el presidente de las Cortes afirmaba, al final del Manifiesto que explica los motivos del Decreto, publicado el 22 de febrero de 1813 :

No penséis ni imaginéis en modo alguno que podrán quedar impunes los derechos de herejía. ¿Por ventura lo fueron hasta el siglo XV? Los Recaredos, Alfonsos y Fernandos ¿no castigaron a los herejes y los exterminaron en España? Pues lo mismo que entonces se ejecutó por la potestad secular, se ejecutará en adelante, hallando los obispos en los jueces seculares todo el respeto y protección que prescriben las leyes.

[…] Y por último esperan las Cortes, que guardándose los cánones y las leyes por los respectivos jueces propios de estas causas, florecerá la religión en la monarquía, y acaso esta providencia contribuirá a que algún día se realice la fraternidad religiosa de todas las naciones.

El mismo día 22 de febrero que salió publicado el Decreto sobre la Inquisición, las Cortes expidieron un decreto prohibiendo la introducción de libros contrarios a la religión. Así, quedaba fuera de toda duda el interés de las Cortes por mantener la pureza de la fe católica.

La noticia fue acogida en muchos lugares con grandes muestras de alegría. En San Sebastián de La Gomera, la celebró el párroco José Ruiz, hermano de Ruiz de Padrón, y en Las Palmas de Gran Canaria hubo muchas muestras de júbilo ante la derogación de la monstruosa corporación que mantuvo aterrorizados a millones de seres humanos, durante siglos.

Sin embargo, nada sirvieron esas medidas contemporizadoras de las Cortes de Cádiz, porque la respuesta de los serviles fue furibunda y, al regreso del rey Fernando VII, quienes votaron contra la Inquisición fueron perseguidos y, a veces, ejecutados.

Antonio Ruiz de Padrón pasó varios años en la prisión inquisitorial de Cabeza de Alba, lo cual agravó su enfermedad pulmonar y le condujo a la tumba, en 1823.

ESTRELLAS-ME-GUSTA

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“La isla transparente” y “Canarias” son las dos novelas que narran la extraordinaria y aventurera existencia de Antonio Ruiz de Padrón. Están disponibles en librerías y tiendas on-line.

Murió Miguel Ángel Díaz Palarea, un abogado ejemplar

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Miguel Díaz Ángel Palarea. Tomé esta imagen, con mi móvil, durante la cena en que celebrábamos su jubilación como profesor.

Murió hoy Miguel Ángel Díaz Palarea. Era abogado. Posiblemente, uno de los más brillantes abogados laboralista de las islas donde vivo. Con una amplísima trayectoria profesional, terminó especializándose en asuntos del profesorado. Por sólo poner un ejemplo de sus muchos éxitos, fue el letrado que ganó el primer caso de mobbing en Canarias, a favor de una profesora.

Lo conocí en los primeros años de la transición, cuando luchaba como un jabato para defender a los trabajadores más humildes en esa época, como los operarios de la basura o los peones de la construcción. La fábrica de La Rajita podría hablar de las veces que fuimos en mi coche para resolver asuntos sindicales y de la satisfacción de los trabajadores cuando Díaz Palarea convertía los juicios de Magistratura en debates sociopolíticos de los que salían sentencias favorables. Sé que otros sindicalistas, al margen de rivalidades de siglas, entienden perfectamente de lo que estoy hablando y echarán de menos la presencia de este hombre comprometido, uno de los que Bertolt Brecht definía como luchadores durante toda su vida.

Las inquietudes de Miguel Ángel no terminaban en su despacho ni en los locales del Sindicato de Trabajadores de la Enseñanza de Canarias, ni siquiera en sus tertulias políticas, porque aprovechaba cualquier hora del día para pintar cuadros y cualquier hora de la madrugada para escribir libros.

Nuestros caminos se cruzaron muchas veces, en la juventud y en la madurez, de manera que no resulta extraño que yo terminase editándole un libro de narrativa ni que él me aconsejara más de una vez en asuntos profesionales. Ahora se ha ido y yo no me lo puedo creer.

Siempre pensé que terminaría por vencer el cáncer, pero no ha sido así. Otra vez, las Parcas malditas han vuelto a robarme un amigo, uno de los que uno utiliza para presumir. Y no me sirve de consuelo saber que a esa Ítaca oscura también arribaré uno de estos días, abandonando para siempre las troyas, las helenas y los polifemos que no hace mucho tiempo consideré tan importantes.

Qué tristeza, Miguel Ángel, qué tristeza haberte perdido, amigo.

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Miguel Ángel –segundo por la derecha–, durante una presentación literaria en La Laguna (Tenerife). Después, nos fuimos a la terraza del Hotel Nivaria y estuvimos muchas horas hablando de todo lo divino y humano, con esa lucidez y pasión que ponía en todas sus cosas.

Mesas íntimas

Hay quien se bebe el vino en misa; algunos se encierran en sus bodegas, a cal y canto, para degustarlo en secreto; otros van a restaurantes, con visas oro del gobierno, a soplarse las botellas de 300 euros y yo, de tarde en tarde, acudo a beber una cuartita en un guachinche, abrazado a la vida, que es lo único que no pueden robarnos los miserables que nos gobiernan.

La vida, en este caso, no es otra cosa que la gente que quiero, con la que me gusta compartir momentos serenos, de calma chicha, abismado en la contemplación de la comida y la bebida humildes, cuyos colores y perfiles se me antojan crípticos mapas de la felicidad auténtica. Tanto da que los descifre o no.

Si he de ser sincero, a veces, he sentido más intimidad en la mesa que en la cama. Por esta razón, me cuesta mucho ir a comer con personas que no son de mi agrado y me entusiasma tanto compartir plato y mantel con la gente que me gusta. Por fortuna, siempre tengo alguna comida pendiente, lo cual equivale a decir que una buena parte de mis proyectos de futuro están compuestos por momentos de satisfacción en placentera compañía. Hubo un tiempo en que una porción de mis comidas respondía a intereses creados: afortunadamente, hoy, he logrado terminar con esa tortura y reservarme para “mi” gente.

De vez en cuando, vamos de guachinches Antonio Abdo, Pilar Rey y yo. Nos subimos al coche de Antonio y emprendemos el rumbo hacia las medianías de Tenerife.

Pilar y Antonio acaban de jubilarse de su larga trayectoria como directores de la Escuela Insular de Teatro de La Palma, pero no como grandes actores. Nuestra amistad ya puede medirse por lustros, pero es difícil fijar los límites de mi admiración por ambos.

Mientras rodamos, a Pilar le gusta hablar de México. Siempre México. Unas veces para recordar aquel museo cuya entrada prometía un banquete de cultura americana; otras, para recomendarme un restaurante divino que se encuentra en una esquina del Distrito Federal o aquel otro perdido en un pueblo con nombre de santa cuya deliciosa carta se graba a sangre y fuego en la mente de quien haya traspasado su umbral de estilo colonial.

–En el próximo viaje, quédate unos días en México capital.

–No puedo, tengo que seguir hacia Morelia.

–No importa. Tú te quedas unos días y verás que no te arrepientes.

Antonio encuentra un aparcamiento a pocos metros del guachinche. El día está espléndido.

–Es martes –comento sin venir a cuento.

–¿Y qué? –responde Pilar mientras se baja del coche– ¡Total no vamos a casarnos ni a embarcarnos!

A Antonio no le gusta la carne de cabra. Por esta razón, una vez nos hemos sentado en la mesa del guachinche, la pide sin más preámbulos.

–Tráigala directamente, sin aperitivos. Y una cuartita.

–Media botellita –tercio yo, únicamente con la intención de ahorrar paseos inútiles a la camarera, al tiempo que trato de entender la jugada con gambito de Antonio frente a la carne de cabra.

–¿Papas arrugadas o fritas? –pregunta la mujer que nos sirve, siempre amable y sonriente desde el primer día que pisamos la sombra de su patio hasta hoy.

–Arrugadas –pide Antonio de forma concluyente.

–Y fritas –digo yo, desatinado y encarrilado ya en la controversia.

Llegan el vino y una cesta con pan, tenedores y cuchillos.

–¡Quítate del sol, Manolo, que se te va a agravar la gripe!

Pero no me quito, porque me gusta que me piquen sus rayos después de tantos días de frío en la isla. Encima de nosotros hay un parral y, a unos centenares de metros, tras nuestras espaldas, se hunde el barranco de Erques en una montaña de basalto: un hachazo en la espalda de Tenerife.

–Bonito nombre el de Erques –comenta Pilar, cuyo espíritu se está elevando con los místicos vapores de la difunta cabra. Antonio tiene pronta la respuesta apropiada y aquí comienza un toma y daca entre ambos que yo sigo con suma atención, intentando que mi interés pase desapercibido.

¡Qué lujo!, me digo mientras escucho y los contemplo representando la divina comedia de la vida, en un guachinche humilde que, excepcionalmente y por unos momentos, se ha convertido en uno de los grandes teatros del planeta. Asisto boquiabierto, entre emocionado e incrédulo, consciente de que una vez más los dioses me regalan momentos que no merezco.

Pasa un ángel. Permanezco unos minutos en silencio. Ya sería cansino repetirle lo que tantas veces he dicho a don Antonio Abdo:

–Antonio, cuando sea grande, yo quiero ser como tú.

Ambos saben que, en la frase, Pilar es una elipsis; y sonríen desde las fuentes de su bondad.

Una gran bandeja con carne de cabra aparece sobre la mesa. Humea. Yo, aún más que Antonio, aborrecí la carne de ese animal, que siempre imaginaba entretejida de grasa rancia y con olor a orines. Iniciarme en sus misterios no fue fácil. Llegar a desearla me costó un doloroso aprendizaje que aún no ha concluido, pero que se inició el día que, por primera vez, probé la sopa de cabra en una cueva medio escondida de Güímar. Una sopa entreverada de trozos de pan y de yerba buena que te conquista los sentidos hasta aniquilar cualquier resistencia y convertirte en un adepto.

A partir de ahí, como tantos otros, me transformé en un buscador de tesoros gastronómicos caprinos. No es fácil encontrarlos, pero tampoco imposible.

A medida que el contenido de la bandeja disminuía, felizmente acompañado de unas papas “utodate” arrugadas, la conversación se contagiaba de la efervescencia del vino nuevo. Para no gustarle la carne, Antonio Abdo se dejó servir dos platos, al tiempo que protestaba enérgicamente cuando intenté llenar su vaso hasta el borde.

En la cocina, se olvidaron de las papas fritas y yo, siguiendo las enseñanzas taoístas de mi compañero de mesa, protesté pidiendo otro plato de papas arrugadas.

De vez en cuando, por la calle La Parranda –créanme que es su nombre auténtico y, en mi opinión, más que merecido– pasaba un perro pegado a la pared o alguna persona tan silenciosa como la sombra de un concejal sobornado. Ningún vehículo. Paz y vino. No hay quien dé más.

Comí tiramisú de postre. Bebí café, hablando por los codos, enamorado de la vida, de la carne de cabra, de los guachinches, de este ágape y del próximo, en los altos de San Miguel, y del siguiente, donde mi estimado amigo Elicio y la compaña dispongan…

Si de esta manera pasa la gloria del mundo, bienvenido sea ese tránsito.

ESTRELLAS-ME-GUSTA

¿Lincoln Superstar?


 LINCOLN

Parece que a muchos críticos les aburre que un director de cine analice con minuciosidad y con lentitud un episodio histórico relevante. Leyendo sus artículos sobre la película Lincoln dan la impresión de que desearían reducir todas la negociaciones sobre la Decimotercera Enmienda de la Constiitución de los Estados Unidos a un solo plano del tipo “Mi caaasa” de ET. Sin embargo, es preciso detenerse y dejar que en la pantalla fluyan imágenes y diálogos que nos trasladen a la década de 1860, si deseamos enterarnos medianamente de lo sucedido.

Muchos, muchísimos críticos de cine, piensan que los planos cortos, los golpes orquestales y los diálogos monosilábicos son los ingredientes adecuados para obtener una buena película histórica. Está profundamente equivocados.

Lincoln es una excelente película que no sólo atrae al público norteamericano, sino a mucha gente interesada en la evolución de la lucha antiesclavista en todo el mundo: desde las consecuencias derivadas de la Revolución Francesa, con sus repercusiones en Haití o en isla Guadalupe –reflejadas en la genial novela de Alejo Carpentier–, pasando por las matanzas de esclavos negros en la Cuba española, hasta llegar al desmantelamiento del estado terrorista de Sudáfrica, con de la llegada de Mandela a la presidencia.

Mi opinión es que Lincoln parte de un buen guión, dirigido con la maestría de siempre por Steven Spielberg e interpretado por un reparto de actores que se han entregado por completo a su papel. Pudiéndolo haber hecho, Spielberg no nos ofrece un Lincoln Superstar, sino el retrato de un hombre enfrentado a los problemas de su época y a los de su propia familia. Ojalá pudiéramos conocer la historia de los países con muchas películas así.

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ESTRELLAS-ME-GUSTA