Parada de Puerto Rico en Nueva York: 9 de junio de 2013

Hoy, como cada año, los emigrantes puertorriqueños organizan un gran desfile en el corazón de Nueva York. Durante horas, desfilan al son de su música, bailando, cantando, ondenado banderas boricuas, saltando en sus carrozas engalanas y ruidosas, en fin, haciendo sentir su presencia en la Manhatan vertical.

Les aseguro que para un espectador ajeno a la Gran Manzana y a Puerto Rico, se trata de un espectáculo tan sorprendente como esperado, tan gráfico como críptico, tan… Quiero decir que uno no sabe a qué atenerse con la información que le entra por los oídos y por los ojos.

Según parece, los mismos puertorriqueños tampoco se ponen de acuerdo sobre el significado, la conveniencia o la inconveniencia del espectáculo. Mientras unos ponen sobre la mesa toda clase de argumentos para defenderlo, otros lo critican ferozmente. A veces, las razones para defenderlo y criticarlo son las mismas: la identidad.

No he conocido a ningún pueblo que más nombre y debata su identidad que el de Puerto Rico. Libros, revistas, periódicos, canales de radio o de televisión, mítines políticos, conversaciones en los mercados, en los bares, en los restaurantes, en el hogar,… sacan a relucir el tema de la identidad, una vez y otra, desde hace un siglo y medio. Los puertorriqueños dan vueltas eternamente a su identidad como si fuera un sancocho, con la intención, quizás, de que no se les queme ni se les adhiera al caldero de los Estados Unidos, ahora, ni de España, antes.

Sin embargo, los habitantes de la Isla Bonita no se han puesto de acuerdo sobre qué hacer con su identidad, excepto ponerle música de salsa, de bomba, de plena o de reggaetton y envolverla en una bandera tricolor que les hace llorar cuando están lejos de su Borinquen querido. Y eso es lo que hacen en Nueva York, hoy, ahora mismo: añorar no se sabe qué, cantando, bailando y envolviéndose en su linda bandera por las avenidas neoyorquinas, con el aplauso de unos y el reproche de otros. Sin ponerse de acuerdo siquiera en qué es un boricua, qué un newyorican, qué un borinqueño y qué un puertorriqueño.

Todo lo cual, tal vez tenga su importancia y, tal vez, no; como el espanglish o como la música del adorado Ricky Martin, el cual tanto echa de menos a su Puerto Rico cuando lo recuerda en su palacio de Miami.

Cuando termine la “Parada”, los emigrantes regresarán al “Barrio”, cansados y, mañana, volverán a sus humildes puestos de trabajo, a esperar otro mes de junio para celebrar eufóricamente su platónica identidad, mientras retrasan cuanto pueden la vuelta a su isla madre, a su Ítaca, lo mismo que hizo Odiseo cuando terminó su trabajo en Troya.

La Ley de los guachinches

No deja de gustarme el caminar de la perrita. Ahora, resulta que el gobierno autónomo de Canarias va a definirnos qué es un guachinche. Para esta gente –muchos de ellos ni siquiera han crecido en tierra canaria– un guachinche se reduce a un establecimiento que vende vino de la cosecha de sus dueños. Qué risa. Quién les habrá informado. No me lo digan, a ver si lo adivino: ¿alguno de los cientos de “sabios” que reciben sueldos de asesores?, ¿la Wikipedia?, ¿algún “ingeniero” de esos que nada más aterrizar en Los Rodeos ya andan diciendo que tienen tres cortijos y que el gofio en su pueblo se lo comen los cerdos de su familia? Será.

En la línea de esa falta de ignorancia[1] de que hace gala la Wikipedia –”los mal llamados guachinches que nunca han cultivado la viña, ni trabajado en una bodega”, dice–, el gobierno canario, y el parlamento que lo hizo, van a decirnos que el guachinche de toda la vida, el que vende latas de sardinas en tomate, podonas, queso y vasos de vino, no es un guachinche si la doña o el don no tiene un parral. Tampoco el guachinche de Doña Candelaria es un guachinche, porque tiene más de tres platos y porque abre todo el año. Ni el de Julio el Pienso ni el del Socio,…

Estos chicos, sin otro oficio que el de vivir a costa de los contribuyentes, todo lo clasifican en virtud de los impuestos cobrados: si usted cotiza en este parágrafo es que usted es esto y si cotiza por el otro, pues es aquello. Y, para ellos, ahí se acabó el carbón. ¡Qué manera de cercenar lo nuestro y de desvirtuar las tradiciones y las palabras robándoles la mitad de su significado! ¡Qué manía de cuadricularlo todo, de tener todo vigilado, de no permitir que la cultura tradicional se manifieste de una manera libre y protegida!

Refiriéndose a la comida, siempre se ha dicho que “lo que no mata, engorda”. Igual podría decirse de la cultura popular: toda la tradición que no hace daño a nadie, redunda en bien de nuestra sociedad. Por esta razón, lo que debemos hacer es protegerla, en lugar de cuadricularla y castrarla. No todo lo que escapa del control gubernamental y tributario es malo e ilegal, por mucho que intenten hacérnoslo creer los banqueros y los políticos, con las manos tan limpias ellos. Parece que todo deba ser legal o ilegal, sin que haya un respeto sabio y escrupuloso por la alegalidad de tantas cosas que se encuentran más allá de la frecuente miopía o mojigatería de la normativa legal que, no nos engañemos, tan necesaria es para otros aspectos de las relaciones humanas.

¿Saben ustedes lo que les gustaría a sus señorías? Lo que sus señorías desean, créanme, es reducir los guachinches a folclore. El folclore comienza cuando la tradición fenece de manera natural y se mantiene de forma artificial, como un recuerdo, una gracieta o una curiosidad, pero no como una forma integrada en la vida cotidiana. Sus señorías y sus asesores sueñan con abrir dos guachinches de diseño en Las Américas, dos en Los Cristianos, dos en el Puerto de La Cruz, dos en el Teide y uno en Los Gigantes, con señoritas en traje típico y mocitos con sombrerito de cachorra, los cuales tendrían que sonreír y servir a los turistas vino embotellado, maltesers de gofio transgénico y mojo congelado con el nitrógeno líquido de la nouvelle cuisine. Como en las ferias de turismo… no sé si me explico.

Si sus señorías (les encanta que los llamemos así, aunque todavía lleven el olor a bosta en los zapatos) se dedicaran, en lugar de legislar boberías, a hacer cosas más útiles, como controlar sus propias miserias –corrupciones y otras hierbas–, otro gallo cantaría en estas islas.

Aquí, los únicos que tienen libertad para hacer lo que les da la gana son los políticos y los banqueros, sin que haya un juez capaz de meter a uno solo en la cárcel durante una buena temporada. Pero si a un campesino le da por vender dos gotas de vino y un plato de queso, ahí están ellos acusándolo de competencia desleal, de sinvergüenza, de ladrón, mandándole inspectores de todo tipo e imponiéndole multas de tres mil euros… que servirán, entre otras cosas, para subvencionar los gintonics con que estas señorías se colocan en el Congreso de los Diputados. ¿O, tal vez, sus señorías no se colocan con los gintonics porque los aforados son también inmunes al alcohol? Si lo pensamos detenidamente,  caeremos en la cuenta de que muchas leyes actuales parecen haber sido escritas más en el bar del Congreso que en el hemiciclo.

Uno se cabrea con estas cosas. Menos mal. Cuando me doy cuenta de ello, me digo que no vale la pena calentarse, pero, en el fondo, sé que esa misma indignación es lo que me dignifica y diferencia de tanta indeseable señoría. No digo que lo sean todos. Hasta en Sodoma y Gomorra había dos o tres personas honradas.

Si usted es uno de esos mirlos blancos que siendo señoría no ha perdido la honradez, lo felicito y le recomiendo visitar los guachinches con frecuencia; pero no vuelva la vista atrás como la pobre Yrit, si no desea terminar convertido en estatua de sal. Ejemplos no faltan, tanto en la política como en la judicatura.

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NOTAS

[1] “¡Lo que es la falta de ignorancia!
La historia quizá sea conocida, pues ha circulado por internet. Pero el tema es tan atractivo que vale la pena rescatarlo. La famosa escritora española Lucía Etxebarría Asteinza, ganadora del Premio Planeta, dijo en una entrevista que murciélago era la única palabra en el idioma castellano que contenía las cinco vocales.
Un lector, José Fernando Blanco Sánchez, envió la siguiente carta al periódico ABC, para ampliar el conocimiento de la célebre escritora:

Señor director:
Acabo de ver en la televisión estatal a Lucía Etxebarría Asteinza diciendo que murciélago es la única palabra en nuestro idioma que tiene las cinco vocales.
Mi estimada señora: piense un poco y controle su euforia. Dos arquitectos escuálidos, llamados Aurelio y Eulalio, dicen que lo más auténtico es tener un abuelito que lleve un traje reticulado y siga el arquetipo de aquel viejo reumático repudiado que consiguiera en su tiempo ser esquilado por un comunicante que cometió adulterio con una encubridora cerca del estanquillo sin usar estimulador.
Señora escritora: si el peliagudo enunciado de la ecuación la deja irresoluta, olvide su menstruación y piense de modo jerárquico. No se atragante con esta perturbación que no va con su milonguera y meticulosa educación.
Y repita conmigo, como diría Cantinflas: ¡Lo que es la falta de ignorancia! ff”

(Blog Affidamento)

[2] “… PROPUESTA DE RESOLUCIÓN

Imponer a Xxx Xxx Xxx, con N.I.F.: 436xxxxxE titular del establecimiento denominado xxx xxx “Guachinche Xxxx”, la sanción de tres mil trescientos setenta y cinco (3.375,00) euros.”

(BOC – 2011/192. Miércoles 28 de Septiembre de 2011 – 5118)

Caracciolo, Ruiz de Padrón y Carlos III

Domenico Caracciolo, marqués de Villamaina, quien, siendo embajador en Inglaterra, le escribió a su rey para contarle que en Gran Bretaña había encontrado dos salsas y veintidós religiones

Domenico Caracciolo, marqués de Villamaina, quien, siendo embajador en Inglaterra, escribió a su rey para contarle que en Gran Bretaña había encontrado dos salsas y veintidós religiones

He dedicado algunos artículos a Domenico Caracciolo, un curioso personaje del siglo XVIII que nació en Extremadura, se crió en Italia y se convirtió en un importante diplomático en Londres y París. Estaba al servicio del rey de Nápoles y le cabe el honor de haber derogado la Inquisición en Sicilia.

También lo he incluido en dos capítulos de mi última novela, “Canarias”, la cual trata de la vida del artífice de la derogación de la Inquisición en España. Me refiero a Antonio José Ruiz de Padrón, diputado en las Cortes de Cádiz, en representación de las Islas Canarias. Mientras su actuación en Sicilia le sirvió a Caracciolo como trampolín para iniciar una brillante carrera política, la intervención de Ruiz de Padrón tuvo como consecuencia que un tribunal eclesiástico le condenara a prisión perpetua en un lugar inhóspito: el monasterio de Cabeza de Alba.

Veamos, pues, quién era Domenico Caracciolo, .

Palacio Real. Madrid
Martes 19 de noviembre de 1782

Cuando el rey Carlos III se encuentra solo en su cámara se convierte en Carlos. Un hombre que pelea muy duro para que no lo aplaste el peso de la corona borbónica heredada. Su gran problema es que no sabe cómo lograr que Carlos III logre los objetivos de Carlos. Su gran preocupación es no dar un paso en falso que pueda poner en peligro el objetivo de ilustrar España.

No puede concederse debilidades pero a veces necesita un descanso que suele encontrar en la caza y la lectura.

Sobre una mesa está el ejemplar de junio del Mercure de France. Sus ojos tropiezan con una carta debida a la pluma de Domenico Caracciolo. ¡Vaya si lo recuerda! Un hombre feo pero inteligente que se había ganado la amistad de su hijo Fernando.

Página del "Mercure" (París, 1782) sobre la Inquisición en Sicilia.

Página del “Mercure” (París, 1782) que menciona la Inquisición establecida en los reinos de Sicilia y Nápoles.

Fernando IV, rey de Nápoles, el año pasado nombró a Caracciolo virrey de Sicilia: algo que ya estaba dando que hablar en toda Europa. Los ojos de Carlos recorren nerviosamente el Mercure. En principio la misiva había sido dirigida por Caracciolo a su amigo D’Alembert y al poco tiempo veía la luz pública. Tras los prolegómenos afirma el virrey de Sicilia que

«[…] el 27 de ese mes, Miércoles Santo, que siempre se recordará en este país, el Rey Fernando IV ha abatido al terrible monstruo. Yo mismo he asistido como testigo a este gran espectáculo, acompañado por el arzobispo, por el juez representante de la monarquía, por el maestro de armas, por el Senado de la ciudad y por los Jefes de la magistratura.

Todo el mundo reunidos alrededor de mí con muchos otros personajes que los guardias han dejado pasar.

En presencia de oficiales y familiares del Santo Oficio, el Secretario del Gobierno ha leído el Decreto de abolición firmado por el Rey Fernando. Si quiere que le diga la verdad, mi querido amigo, me sentí conmovido y me puse a llorar: es la única vez que he dado a gracias a Dios por estar lejos de París y servir de instrumento para esta gran obra.

Después de la ceremonia he ordenado eliminar inmediatamente todos los escudos de armas del Tribunal de la Inquisición y en particular la mano que empuña la espada que estaba en la entrada con el lema: Deus, judica causam tuam.

A continuación, yo deseaba abrir las cárceles con el fin de poner en libertad a los prisioneros: allí me encontré con tres mujeres de avanzada edad, que con falta de humanidad habían acusado de brujería, y las he enviado de vuelta a sus hogares. Todo este importante procedimiento que podría haberse visto perturbado, fue llevado a cabo con gran sosiego e incluso se escucharon vivas gritados con mucho sentimiento.»

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También cuenta la carta cómo Caracciolo ordenó que se requisaran todos los archivos inquisitoriales. Carlos deposita el periódico francés sobre la mesa y sirve en una copa su acostumbrado aperitivo de vino Malvasía de Canarias. Su hijo Fernando ha tenido el valor de llevar a cabo lo que él mismo con todo su inmenso poder no se ha atrevido. ¡Qué contradicción! El extremeño Caracciolo ha desmontado el Tribunal en Sicilia y ha puesto a la luz pública su hazaña para mayor gloria de su rey mientras en su patria de nacimiento pocos se atreven a levantar la voz contra el monstruo.

Pero qué se puede hacer en un país con un siglo de atraso cultural si no es crear escuelas y sociedades económicas que reformen las mentalidades medievales. ¿Un golpe de mano como en Sicilia? Quizás. Habría que buscar un Caracciolo capaz de llevar a cabo semejante tarea sin que le tiemble el pulso.

Todo tendría que llevarse a efecto antes de que mi hijo Carlitos suba al trono porque sospecho que él no tiene la fuerza ni el interés necesario para llevar a cabo una tarea de esa envergadura.

No será difícil convencer a los obispos y abades si se coloca ante sus narices un encargo de cien mil misas pagaderas con dinero de la Corona.

En esa partida se podrían incluir las veinte mil misas por su alma que figuran en la última versión de su testamento. Los cinco mil doblones que le guarda su Ayuda de Cámara, Almerico Plini, también se entregarían a los obispos o a ese nuncio del papa que no se sacia jamás con el dinero que sustrae a los más pobres de España a través del Voto de Santiago.

Carlos está convencido de que en esta nación es muy difícil remover cualquier institución religiosa. La experiencia con la expulsión de los jesuitas así lo ha demostrado y por esta razón no se ha atrevido a continuar por ese camino. Precisamente en los últimos años la Inquisición ha ido tomando más y más fuerza en detrimento de los jueces reales.

Ahora –piensa Carlos con cierta envidia– Domenico Caracciolo podrá dedicar todas sus fuerzas a terminar con los abusos del régimen feudal que impera en la isla y a modernizar su economía. Libre de esa espesa telaraña inquisitorial que impide transformar de verdad una sociedad decrépita mi hijo Fernando tiene todas las cartas para convertirse en un rey amado por sus súbditos.

Carlos bebe un sorbo de Malvasía en el preciso momento que en Tenerife el marqués de San Andrés deposita sobre su escritorio un librito que le ha enviado su buen amigo José de Viera y Clavijo con un trabajo sobre Tostado y Torquemada que fue premiado en la Real Academia el día 15 de octubre.

Monasterio de Cabeza de Alba. León
Domingo 26 de noviembre de 1815

Un lego obliga al Dr. Ruiz de Padrón a abandonar la cama y le conduce al oratorio con el fin de que asista a la misa dominical. Oficia el padre guardián asistido por varios frailes. Puede ver a otros ocho presos más arrodillados sin que ninguno vista hábitos franciscanos. El macizo lego que lo ha escoltado hasta allí le señala un rincón donde debe permanecer durante toda la ceremonia. Varios frailes más parecen ejercer de vigilantes para que no haya comunicación entre los prisioneros.

Ruiz de Padrón se arrodilla. Está a punto de caer al suelo porque no le permiten utilizar un reclinatorio para apoyarse. Su debilidad continúa siendo enorme. Por la puerta abierta entran jirones de niebla empujados por ráfagas de aire gélido. El oficiante lee algunos versículos del capítulo 13 del Evangelio según san Marcos:

Videte, vigilate et orate nescitis enim quando tempus sit. Sicut homo qui peregre profectus reliquit domum suam et dedit servis suis potestatem cuiusque operis et ianitori praecipiat ut vigilet. (Estad sobre aviso, velad, y orad: porque no sabéis, quando será el tiempo. Así como un hombre, que partiéndose lejos, dejó su casa, y encargó á cada uno de sus siervos todo lo que debía hacer, y mandó al portero que velase.)

Videte et vigilate –piensa el Dr. Ruiz de Padrón–. Velar y vigilar para terminar con cualquier mensaje de amor es la consigna de la Inquisición española y de cuantos tramontanos apoyan su existencia. Nuestro rey también partió lejos y nosotros hicimos de porteros. Expulsamos al francés y velamos por nuestra nación hasta su regreso. Regresó el rey felón y eliminó a los siervos que vigilaron su casa porque ya no servían a sus despotismos. Qué diferencia con aquel otro Fernando, su tío, rey de Nápoles, que encargó a Caracciolo la tarea de abolir la Inquisición siciliana. Al insigne Domenico Caracciolo que tuvo la ocurrencia de morirse antes de mi viaje a Italia sin que pudiera entrevistarme con él.

De cualquier manera vigilad vigilad vigilad. Sabed que el dueño de la casa nacional no es el rey sino el pueblo. Se impondrá la nación y vosotros caeréis. Como caísteis en Sicilia frente a Caracciolo.

Malpartida.jpg

Foto: Antonia Correa.

Ruiz de Padrón repasa mentalmente la biografía de Domenico Caracciolo, nacido en el año 1715 en Malpartida de la Serena, un pueblillo no tan alejado de Almendralejo en la provincia de Badajoz. Una vecina medio portuguesa llamada María Alcántara Silva Porras lo trajo al mundo en este rincón extremeño. Su padre fue Thomas Caracciolo: un napolitano que había llegado hasta España con el séquito real de Felipe V. Thomas y María viajaron a Italia con su hijito Domenico y vivieron en un pueblo napolitano como marqueses porque realmente lo eran aunque no tuvieran grandes recursos económicos.

Sobre su niñez y adolescencia no hay noticias pero es muy posible que las haya pasado en Villamaina y fuese instruido por el párroco Stefano Pizzuti. A pesar de las limitaciones económicas de su familia pudo desplazarse más adelante a Nápoles y estudiar leyes. Ya con el título de abogado ejerció su profesión como humilde pasante en el Tribunal de Nápoles.

A la muerte de su padre heredó el título de marqués. Aun siendo español por parte materna y por nacimiento siempre se le ha considerado enteramente napolitano. En realidad ser un marqués poco agraciado y sin dinero no es gran cosa en el Nápoles de este siglo materialista. Empero lo que le faltaba en recursos económicos y en belleza física le abundaba en inteligencia donaire y audacia. De sobra sabía que para un miembro de familia aristocrática de segunda fila había dos caminos predestinados: la milicia o la iglesia. No obstante su primer objetivo fue convertirse en juez y no tardó mucho en lograrlo.

Domenico estaba decidido a no perder el tiempo. Se afanaba en completar su formación con los libros franceses que inundaban Nápoles. Pronto alcanzó un puesto encumbrado en la magistratura napolitana. A partir de ahí trató de ascender en la carrera diplomática aprovechando que se necesitaban personas para ocupar cargos de relieve cuando Carlos III se convirtió en rey de España y tuvo que ceder el reino de Nápoles a su hijo Fernando de Borbón.

En 1763 logró ser nombrado embajador napolitano en Londres. Allí se ganó la simpatía de los mejores salones. No había fiesta de prestigio a la que il Caracciolo no fuese invitado. Su cuerpo bajo y rechoncho con un cuello de toro culminado por un cabezón poco agraciado no fue obstáculo para que su compañía estuviera permanentemente solicitada tanto en asuntos políticos como mundanos. Así fue hasta 1770 en que su monarca Fernando IV decidió enviarlo a París. Ciertamente no dominaba tanto el idioma galo como el inglés pero pronto se hizo querer. Tanto las damas como los caballeros le sonreían cuando dejaba caer sus frases ingeniosas engarzadas en un francés bárbaro y pedregoso. Su fama creció sin medida en aquel París de ideales volterianos, pasiones pompadouradas y tertulias espumosas.

Durante su estancia en Italia Ruiz de Padrón se enteró hasta el último detalle de su biografía. Por ejemplo que el ingenioso marqués de Villamaina se le consideró uno de los animadores más brillantes de los salones ilustrados y a nadie le podía extrañar que haya protagonizado más de una anécdota con su Cristianísima Majestad Luis XV. Este hombre de facciones toscas asistía en el año setenta y tres a las sofisticadas tertulias de madame d’Epinay y madame de Géoffrin. Intimó con el enciclopedista d’Alembert y gozó de la amistad de quienes antes admiraba en los libros: compartió opiniones y hasta mesa y mantel con Elvezio: Rainal: Marmontel: el abad Morellet o Saint-Lambert. De cuantos personajes visitaban París con frecuencia decía Il Caracciolo que prefería la compañía de su compatriota el abate Galiani, famoso en Europa por sus sobresalientes escritos.

El preso recuerda que precisamente uno de los sueños de su juventud era viajar a Italia para recibir enseñanzas de Galiani porque su tío fray Jacinto le había contado maravillas de este clérigo.

(Texto extractado de la novela histórica “Canarias”, de Manuel Mora Morales, Editorial Malvasía, 2012)

Reservados todos los derechos de propiedad intelectual, prohibida la reproducción de este texto por cualquier medio.

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Cinco minutos en el cielo

Los escasos minutos que dura la “Meditación” de la ópera “Taïs”, de Jules Massenet, bastan para serenar nuestros corazones, tantas veces ocupados por inquietudes banales. ¡Quién, como la hermosa Taïs, pudiera morir escuchando esta melodía! Cinco minutos celestiales como antesala del cero perfecto que nos espera.

Los ojos, las hormigas, Hitchcock y Dalí

Versión completa en español de Spellbound (1945), de Alfred Hitchcock. Ver ficha técnica [1]

El periodista y cineasta francés François Truffaut escribió el libro Le Cinema selon Hitchcock (Ed. R. Laffont, Paris, 1966), que contiene una serie de entrevistas con Alfred Hitchcock.  Ambos directores pasaron minuciosa revista a la cinematografía del inglés y constituye una obra indispensable para quienes desean aproximarse a la trastienda de  Hitchcock.

Aprovechando que hace poco tiempo se subió a YouTube la versión completa en lengua española de la película Spellbound (título traducido en España como Recuerda y en México (para Latinoamérica), como Cuéntame tu vida), he pensado que no estaría mal traer a esta página la opinión que el propio Hitchcock tenía sobre su obra y las revelaciones que le hizo a Truffaut respecto a la intervención de Dalí en una de las más famosas escenas del film.

Antes de leer esas interesantes declaraciones, convendría tener en cuenta que la intervención de Salvador Dalí en Spellbound tiene algunos antecedentes e, incluso, ciertas consecuencias posteriores que son, al menos, curiosas.

En el plano daliniano de la película Spellbound, cuando el protagonista corta las cortinas llenas de ojos (01:19:10), es imposible no recordar ese otro plano (01:30) de  Un perro andaluz  (1929), de Luis Buñuel, en que una navaja de afeitar rebana el ojo de una mujer. La película española había sido rodada dieciséis años antes que la americana y, probablemente, desconocida por Alfred Hitchcock, a pesar haberse dicho que éste la incluyó en su película como un homenaje a Buñuel. En las declaraciones a Truffaut, deja bien claro que el guión de esta escena se debió a Salvador Dalí.

En cuanto a la parte de la intervención de Dalí que se quedó fuera de la película, por cuestiones de presupuesto, el director británico habla de hormigas saliendo del cuerpo agrietado de Ingrid Bergman. También encontramos antecedentes en la película Un perro andaluz, en la que Buñuel y Dalí introducen las hormigas en una secuencia (minuto 4:40): los insectos pululan en torno a un agujero en la palma de la mano del personaje, el cual las contempla fascinado.

Sin embargo, esa escena que no pudo entrar en la película  Spellbound, Dalí la aprovechó para introducirla en una producción de dibujos animados, titulada Destino, producida el año siguiente (1946) por Walt Disney. En el minuto 4:00, un colibrí pica en la mano de una estatua y abre un agujero por el que sale una hormiga que se convierte en un hombre subido en una bicicleta, al que seguirán muchos otros.

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Sin título (1939), de Dalí.

Las hormigas siempre fueron una obsesión de Dalí que en su obra Vida secreta de Salvador Dalí (1942) cuenta cómo, en su infancia, descubrió que el murciélago que guardaba en un bote era devorado por hormigas y el fuerte impacto que ello le causó. Sobre las hormigas y Dalí hay un interesante estudio, realizado por José María Gómez Durán, al que puede acceder desde este enlace.

ENTREVISTA DE FRANÇOIS TRUFFAUT A ALFRED HITCHCOCK

FRANÇOIS TRUFFAUT: Estamos en 1944, y ha regresado usted a Hollywood para rodar  Spellbound (Recuerda); entre los guionistas de esta película, veo el nombre de Angus Mac Phail, un inglés que le había ayudado escribiendo el guión de Bon Voyage.

ALFRED HITCHCOCK: Angus Mac Phail era jefe del servicio de guiones de la Gaumont British y uno de esos jóvenes intelectuales que fueron los primeros en interesarse por el cine. Le conocí en la época de The Lodger y trabajó en la Gaumont-British en la misma época que yo. Después de Sabotage, no le volví a ver hasta el momento de rodar esos films franceses en Londres y empecé a trabajar en el primer tratamiento de  Spellbound con él. Pero nuestro trabajo era demasiado desordenado. Cuando regresé a Hollywood, Ben Hecht fue reclutado y fue una elección apropiada porque le interesaba mucho el psicoanálisis.

F.T. En el libro que le consagraron Eric Rohmer y Claude

Chabrol dicen que la primera idea que usted tuvo a propósito de  Spellbound era hacer un film mucho más delirante; por ejemplo, el director de la clínica debía tener en la planta del pie la cruz de Cristo para pisarla a cada paso que daba, se trataba de un tipo que celebraba misas negras, etc.

A.H. Eso pertenecía a la novela La casa del Dr. Edwardes, una novela melodramática y completamente loca que contaba la historia de un loco que se apodera de una casa de locos. ¡En la novela, incluso los enfermeros estaban locos y hacían toda clase de cosas! Mi intención era más razonable, y yo quería únicamente rodar el primer film de psicoanálisis. Trabajé con Ben Hecht, que consultaba frecuentemente a psicoanalistas célebres.

Cuando llegamos a las secuencias oníricas mi intención era romper totalmente con la tradición de los sueños en el cine, que son casi siempre brumosos y confusos, con la pantalla que tiembla, etc. Pedí a Selznick que se asegurara la colaboración de Salvador Dalí. Selznick aceptó pero estoy seguro de que pensó que yo quería que trabajara Dalí por la publicidad que nos haría. La única razón, sin embargo, era mi voluntad de conseguir sueños muy visuales con rasgos agudos y claros, precisamente en una imagen más clara que la del film. Quería la colaboración de Dalí debido al aspecto agudo de su arquitectura –Chirico es muy parecida–, las largas sombras, el infinito de las distancias, las líneas que convergen en la perspectiva… los rostros sin forma…

Naturalmente, Dalí inventó cosas bastante extrañas que no fue posible realizar ¡Una estatua se resquebraja y unas hormigas escapan de las grietas y se arrastran por la estatua y, luego, vemos a Ingrid Bergman cubierta de hormigas!

Yo estaba inquieto porque la producción no quería hacer ciertos gastos. Me hubiera gustado rodar los sueños de Dalí en exteriores para que todo estuviera inundado de sol y se hiciera terriblemente agudo, pero me rechazaron esta pretensión y tuve que rodar el sueño en estudio.

F.T. En definitiva, no tiene más que un sueño dividido en cuatro fragmentos. He vuelto a ver últimamente  Spellbound y debo confesarle que no me gustó mucho el guión.

A.H. Se trata, una vez más, de una historia de caza del hombre, sólo que aquí envuelta en pseudopsicoanálisis.

F.T. Para mí es evidente que muchos de sus films, como Notorious o Vértigo, parecen auténticamente sueños filmados. Por consiguiente, ante el anuncio de una película de Hitchcock que aborda el psicoanálisis… uno espera encontrarse ante algo completamente loco, delirante, y, finalmente, es uno de sus films más razonables, con muchos diálogos… En suma, lo que yo reprochada a  Spellbound es que le falta un poco de fantasía en relación con sus otras obras… A. H. Probablemente, porque se trataba de psicoanálisis tuviéramos miedo de la irrealidad y tratamos de ser lógicos al narrar la aventura de este hombre.

F.T. Sin duda. Contiene, sin embargo, cosas muy hermosas; por ejemplo, el beso seguido de las siete puertas que se abren y el primer encuentro entre Gregory Peck e Ingrid Bergman; se trata evidentemente de un flechazo, ella se enamora de él desde la primera mirada…

A.H. … Desgraciadamente, en ese preciso momento, los

violines empiezan a sonar, ¡y es espantoso!

F.T. Me gusta igualmente la serie de planos que siguen a la detención de Gregory Peck, las imágenes de rejas y varios primeros planos de Ingrid Bergman antes de que, bruscamente, se eche a llorar. Por el contrario, todo el episodio en que van a buscar refugio a casa del viejo profesor no interesa mucho… ¿Le sorprende que le diga que la película es decepcionante?

A.H. No, no, estoy de acuerdo, creo que todo es demasiado complicado y que las explicaciones del final son excesivamente confusas.

F.T. Hay también otro inconveniente que afecta igualmente a The Paradine Case (El proceso Paradine), y es Gregory Peck. Ingrid Bergman es una actriz extraordinaria y perfecta para trabajar con usted, pero Gregory Peck no es realmente un actor hitchcockiano, es hueco y, sobre todo, no posee ninguna mirada. Sea como sea, prefiero El proceso Paradine a  Spellbound,¿y usted?

A.H. No lo sé. En The Paradine Case se podrían enumerar una buena cantidad de errores… [2]

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Las hormigas (1936), de Dalí.

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 NOTAS

 [1] FICHA TÉCNICA

Spellbound (1945)

PRODUCCIÓN: Selznick lnternational, 1945. PRODUCTOR: Selznick  y Fred Ahern. DIRECTOR: Alfred Hitchcock. GUIÓN: Hetch, según la novela de Francis Beeding (seudónimo de Hilary George Saunders y John Palmer), «The House of Dr. Edwardes». ADAPTACIÓN: Angus McPhail. FOTOGRAFÍA: George Barnes, A.S.C. y Jack Warren. EFECTOS ESPECIALES: Jack Cosgrove, DECORADOS: James Basevi y John Ewing. SECUENCIA DEL SUEÑO:  Salvador Dalí. VESTUARIO:  Howard Greer. MúSICA: Miklos Rozsa. MONTAJE: William Ziegler y Hal C. Kern. SONIDO: Richard De Weese. CONSEJERO PSIQUIÁTRICO: May E. Romm. ESTUDIOS: Selznick International. DISTRIBUCIÓN: United Artists, 1945, 111 minutos. INTÉRPRETES: lngrid Bergman (doctor Constance Petersen), Gregory Peck (John Ballantine), Jean Acker (la directora), Rondha Fleming (Mary Carmkhel), Donald Curti (Harry), John Emery (doctor Fleurot), Leo G. CarroU (doctor Murchison), Norman Lloyd (Garme.s), Steven Geray, Paul Harvey, Erskine Sandford, Janet Scott, Victor Killian, Bill Goodwin, Art Baker, Wallace Ford, Regis Thoomey, Teddy Infuhr, Addison Richards, Dave Willock, George Meader, Matt More, Harry Brown, Clarence Straight, Joel Davis, Edward Fielding, Richard Bartell, Michael Chekhov.

[2] François Truffaut: El cine según Hitchcock. Alianza Editorial. Madrid, 1974.

Casi todo lo que dicen el PSOE y el PP es la pura verdad

Senado

¡Son tan sinceros ellos y tan acertadas sus palabras, cuando hablan de los demás, que me conmueven!

Debate en el senado español. Me llevo una alegría, cuando compruebo que casi todo lo que dicen los senadores, los ministros y el presidente de España es verdad.

No me alegro por lo que dicen, sino por su sinceridad extrema cuando hablan de cualquier partido que no sea el suyo. Yo firmaría ahora mismo todo lo que dijo el Partido Popular sobre el PSOE. También firmaría, y hasta rubalcaría, todo lo que dijo el PSOE sobre el PP.

Trato de ver la botella medio llena, sin entrar en detalles. Esta vez, únicamente me fijo en si mienten o no, sin entrar en lo que dicen (para no deprimirme). Como todos hablan más de los demás que de ellos mismos, el porcentaje de verdad es enorme.

Ahora, solamente, falta que jamás vuelvan a hablar sobre ellos mismos ni sobre sus ficticios planes y que avancen hacia la aceptación de la propia imagen en las pupilas ajenas.

Me gustan estas sesiones de sus Señorías, actuando como espejos de los otros partidos. ¡Son tan sinceros ellos y tan acertadas sus palabras, cuando hablan de los demás, que me conmueven profundamente!

El PSOE me convenció de que el PP no sabe gobernar y que hay mucha corrupción en ese partido. También el PP me convenció de que el PSOE tampoco tiene ni idea de cómo conducir el estado español y de que la corrupción campa a sus anchas entre sus militantes. Ambos están seguros de que sus contrincantes nos llevarán a la ruina total.

Yo también.

El alumno a palos. El sadismo como pedagogía

Igual que a otros chicos de mi generación, los profesores me pegaron de manera abusiva y sádica. Tengo grabados a fuego en mi cabeza algunos de esos abusos. Los años transcurridos no han logrado arrebatar un solo detalle a esa memoria de la ignominia. Ahora que la derecha se ha adueñado de la educación y aparecen signos augurando el regreso de los tiempos en que la letra con hostias entraba, no creo que esté de más recordar cómo funcionaba aquella pedagogía leñera.

Era la década de 1960, yo tenía diez años, estudiaba el primer curso de bachillerato y cada día, a las ocho en punto, comenzaba mi primera clase. Aspirando el aire mañanero, subía una larga y empinada escalinata que me conducía hasta aquella vieja casa de dos plantas, en cuyo piso alto se había instalado una “academia” que impartía el bachillerato. Mi aula estaba ubicada en una habitación con menos de veinte metros cuadrados, encima de la bodega. Si alguno de los dos asientos empotrados en la ventana se encontraba libre, me sentaba allí, somnoliento, a esperar al profesor.

EL PROFESOR

Como si el tiempo no hubiera transcurrido, me veo en el alféizar, con el cuerpo alongado hacia la calle, oteando cada esquina para ver quién llegaría antes a la puerta de la academia: si los primeros rayos de sol o don Pedro Fataga, el profesor de Geografía. Éste solía aparecer primero, despidiendo una nubecilla de humo por la chimenea de su narizota. Tendría alrededor de treinta y siete años, ni alto ni bajo, ni flaco ni gordo, blusa de punto, pelo corto y rostro caballuno, a lo James Coburn, perfectamente rasurado.

Fumaba un cigarrillo tras otro y en el extremo derecho de sus labios anidaba un rictus de excepticismo permanente. Nada más entrar, tomaba en su mano derecha una larga vara y, tan pronto se sentaba en la ventana, introducía su mano libre por el cuello de la blusa hasta instalarla en el sobaco. Entonces, una gran bocanada de humo surgía de su nariz y se perdía en la mañana lluviosa. El paquete rojo de cigarrillos White Eagle sobresalía en el bolsilllo de la blusa verde oscuro. Ni una sola sonrisa.

El silencio de los doce alumnos era total. Únicamente, el miedo nos hacía mover de forma involuntaria algún miembro, pero procurábamos no rozar ninguna parte de los bancos antediluvianos donde nos sentábamos de tres en tres. El profesor jamás utilizaba la pequeña mesa colocada en el rincón que se formaba junto a la ventana.

–¡A ver, salgan todos a la pizarra y colóquense en fila que voy a preguntar!

Esperancita tropezó al salir de su sitio. Se le dibujó el miedo en los ojos, porque sabía que estaba llamando la atención del profesor. Habría sentido menos terror ante un tigre de Bengala.

–¡Señorita Creta, es usted más torpe que una mula ciega! Hágame el favor de mirar por donde camina y no me cabree más de lo que estoy con sus torpezas. ¿O está buscando que le dé un cogotazo de campeonato?

La llamaba Creta porque sí. A su compañero de banco, un muchachito tranquilo con una pequeña dislexia, le había puesto el mote de Chipre. Poco a poco, iba bautizándonos a todos con sus ocurrencias cáusticas. Los jóvenes que acudían por la noche a sus clases particulares aguantaban sus atropellos con menos paciencia que nosotros y terminaron por darle un escarmiento: dejaron abierta una trampilla que se encontraba justo delante de la puerta de nuestra aula, cubrieron el hueco con un cartel y aflojaron la bombilla del pasillo para que el profesor no viera nada sospechoso. Parece que el golpe de su caída resultó de antología y, por poco, no fue a parar a la bodega que había debajo. Aquella anécdota corrió como la pólvora por todo el pueblo, aunque ningún chico se atrevía a contarla en voz alta.

LA BODEGA

Para los alumnos de mi curso fue un auténtico descubrimiento saber que bajo nuestros pies se hallaba una bodega repleta de enormes barricas de vino. El espíritu aventurero propio de aquella edad terminó por convencernos de que debíamos explorar tan singular territorio. Aunque se trata de una anécdota paralela al desarrollo de este relato –que finalizaré más abajo–, voy a contarla porque, además de tener un punto de humor negro, ayuda a describir la situación que se vivía en la década de 1960.

Un día, los chicos de la clase nos armamos de valor, esperamos escondidos hasta que el centro quedó vacío y abrimos la tentadora trampilla de la bodega. No recuerdo cómo nos descolgamos, pero lo cierto es que pronto estuvimos en medio de una semipenumbra saturada de vapores vinosos que nos repelían más que nos atraían. Sin embargo, había que aguantar el tipo delante de los demás y no retroceder lo más mínimo, si no se deseaba ser considerado un auténtico cobarde hasta el final de los tiempos.

Eran tiempos de épica para una infancia cuyas lecturas principales consistían en cómics del Capitán Trueno, Hazañas Bélicas y Supermán (impresos a todo color en México e importados por los emigrantes que regresaban de Venezuela), adobados con una película semanal de guerras de cruzados, guerras de romanos y guerras de mariachis mexicanos que cantaban rancheras mientras se disparaban en blanco y negro. La consigna, siempre, era no retroceder. Por suerte, alguien descubrió una piña de plátanos, casi madura, que colgaba del techo, sujeta por un alambre. Comerlos nos infundió nuevos ánimos y uno de los asaltantes se acercó a una de las barricas, tomó un vaso que había sobre ella y abrió el torno. Con el vaso lleno en la mano, el chico pareció vacilar un instante, pero pronto encontró el valor necesario para beber el contenido de un solo trago. La oscuridad nos impidió ver cómo la fuerza del vino le hacía saltar las lágrimas.

–¡Es vino viejo! Esta doña Guadalupe sabe bien lo que guarda –decía, con voz jactanciosa, después de limpiarse los labios, las lágrimas y los mocos con la palma de la mano–. ¿Quién va a probarlo primero?

Arrastrando los pies, nos fuimos acercando todos. Después del primer vaso, vinieron otros. Aquel vino, de un color dorado viejo y más de quince grados de alcohol, pudo con nosotros. Lo cierto es que nos costó salir de la bodega, porque las risas nos impedían encaramarnos hasta la trampilla del piso superior. Finalmente, decidimos escapar por la puerta principal, que daba a una carretera. Descorrimos los fechillos interiores y dejamos entornadas ambas hojas.

Calculo que entre todos no llegamos a bebernos más de dos litros de vino, pero nuestra edad no soportaba aquella cantidad alcohol, a pesar de que estábamos acostumbrados a tomar en nuestras casas un vasito de vino conteniendo una yema de huevo entera, a veces aliñada con azúcar o con gofio.

Pasamos unas horas en el barranco, recostados sobre la hierba como romanos en un triclinio, esperando que se disiparan los efectos del vino. Cuando nos sentimos recuperados, caminamos por la carretera de la playa, en dirección al centro del pueblo. Por nuestro lado pasó Cantino, con una de sus habituales borracheras, haciendo eses que llegaban de cuneta a cuneta. No recuerdo si le dijimos algo, pero sí que nos animó el hecho de constatar la existencia de un ser humano que estaba en peores condiciones que nosotros. Al rato, nos separamos preocupados por si alguien se enteraba de nuestra aventura y terminábamos con nuestros huesos en el cuartel de la Guardia Civil. Sin embargo, a la mañana siguiente nos vimos todos sanos y salvos en clase, sin ninguna novedad al respecto. No obstante, era la calma que precede a la tormenta.

CASTIGOS POCO EJEMPLARES

En el aula aguantábamos diariamente las iniquidades del profesor de Geografía. Nos colocaba en fila delante de la pizarra mientras él preguntaba desde su nube de humo.

–Dígame las doce comarcas de Zamora.

Nos trataba de usted, a modo de humillación, como se suele hacer en estas islas con la gente que nos cae mal. El muchacho o la muchacha miraba al suelo y después recitaba un rosario de nombres que nos resultaban exóticos, muy lejanos a nuestra realidad territorial, la cual se hallaba más próxima a La Guaira, Caracas o Barquisimeto, ciudades transitadas por nuestros parientes de forma continuada:

– Alfoz de Toro, Aliste, Benavente y Los Valles, La Carballeda, La Guareña, Sayago, Tierra de Alba, Tierra de Campos, Tierra de Tábara, Tierra del Pan y Tierra del Vino.

–Falta una comarca, estúpido. ¡Dígame la que falta!

–Tierra de Pan.

–¡No! El siguiente –gritó el profesor, con los ojos enardecidos.

El sistema consistía en ir preguntando, por orden, a los integrantes de la fila hasta que uno supiera la respuesta correcta a las preguntas que se le ocurrían a este hombre, siguiendo el plan de estudios del Generalísimo que consistía, básicamente, en: lee, memoriza, contesta y, si no contestas, leña.

–Sanabria –respondió el quinto de la fila.

–Muy bien, Luis, coge la vara y dale un golpe fuerte a cada uno de estos gusarapos que no saben ni dónde les queda la mano derecha.

Luis tomó la vara y propinó fortísimos golpes en las manos extendidas. Si se le hubiera ocurrido dar algún estacazo flojo, habría tenido que repetirlo o sufrir la peor de las vejaciones.

Sin embargo, Luis puso gran esmero en salvarse de un castigo mayor. Yo no fui tan afortunado aquel día, porque cometí el error de negarme rotundamente a pegarle a nadie. Soy consciente de que, a veces, mi cabezonería me ha conducido a pasar malos tragos en la vida; pero, en ocasiones como aquella, soy incapaz de frenar las olas de indignación que me invaden, sin importarme las consecuencias.

Mi negativa disgustó –aunque bien pudo ser lo contrario– a don Pedro Fataga. Me indicó que me situara en el centro del aula y dispuso a los alumnos en un corro, alrededor mío. A continuación, les ordenó que me diesen fuertes coscorrones en la cabeza. Lo hicieron. Ni uno solo se negó, ¡ni uno solo!  Me dolió de una manera atroz que los mismos compañeros a quienes yo me había negado a pegar no dudaran un momento en aplicarme el cruel castigo. Todavía me duele esa parte de mi memoria y recuerdo, de manera nítida, aquella rueda de pequeños mequetrefes dándome golpes en la cabeza. Lo peor de todo es que esta temprana lección que me ofreció la vida nunca he logrado aprovecharla.

No terminaron aquí las miserias y los traumas que hube de pasar como estudiante, aunque, por suerte, logré desprenderme del odio intenso que otros compañeros aún guardan hacia aquellos desalmados profesores, indignos de tal nombre.

EL TERROR METÍLICO

Pero ese día, que tan mal había comenzado para mí, tampoco habría de terminar apaciblemente. Hacia media mañana, circulaba el rumor de que Cantino había muerto. Unas campanadas tristes confirmaron el hecho. Antes de salir de clase, alguien llegó con la noticia de que habían fallecido otras dos personas y que todas esas defunciones se debían a que el alcohol de las bebidas se había vuelto venenoso.

Nos miramos asustados. Si los que se habían emborrachado el día anterior habían muerto, sería probable que nosotros fuésemos los próximos en abandonar este mundo. Nos fuimos a nuestras casas mudos y aterrorizados. Yo no me atrevía a decirle a mi familia lo que había hecho el día anterior, así que pasé una tarde y una noche de perros, atento a cualquier síntoma de muerte que notara, aunque no sabía cómo serían esos síntomas. Lo cual aumentaba aún más mis aprensiones.

Tan pronto amaneció, salí disparado para la academia. Parecía que todos se les había ocurrido la misma idea, porque allí estaban mis compañeros de juerga, reunidos en corrillo, comentando la cadena de muertes que había sobrevenido a la isla durante las últimas horas.

Todos suspiramos aliviados cuando Roberto nos informó de que la causa de tales muertes ya se había descubierto. Se trataba de un alcohol falsificado, llamado metílico, que un empresario gallego había introducido en las “bebidas blancas” españolas [1]. Así, pues, nada había que temer del buen vino del país que nos habíamos bebido.

Suspiramos aliviados. Cuando entró el profesor de Geografía, tomó la gran vara de mimbre y avanzó hasta su sitio en la ventana. Tierra del Pan y Tierra del Vino. Cinco minutos más tarde ya estaba preguntando las comarcas y dando leña. Todo volvía a la rutina diaria.

Entrada del almacén y fábrica de bebidas, en Orense, desde donde se distribuía el alcohol metílico. Era propiedad de Rogelio Aguiar, principal inculpado en el escandaloso caso que produjo miles de muertos y fue encubierto, en gran parte, por el gobierno de Franco.

___________

NOTAS.

[1]  ”Y a partir de ahí comenzó un reguero de muertes en todo el Estado, que dejó 51 personas fallecidas y nueve afectados -cinco de ellos por ceguera- por envenenamiento con alcohol metílico, usado de forma fraudulenta para la elaboración de aguardientes, licor café, ron y vinagres. Fue el conocido como caso del metílico, del que ahora se cumplen 50 años.

Canarias y Ourense

Simultáneamente a los casos que se registraban en Canarias fueron sucediéndose muertes en Galicia, sobre todo en la provincia de Ourense, y no se vincularon los hechos hasta que se publicaron en la prensa gallega las noticias referidas a los sucesos de Lanzarote. En Cea, el médico José Nóvoa sospechó que la muerte de un vecino el 20 de abril podía tener relación con las registradas en Canarias, toda vez que a finales de 1962 un labrador «había muerto muy rápido» y el 21 de febrero de 1963 se había dado un caso similar. Al constatar que había bebido licor café antes de fallecer, el médico puso los hechos en conocimiento de la Guardia Civil por posible intoxicación.

La muerte silenciosa e invisible, y en la mayor parte de los casos dolorosa, siguió actuando hasta que no se localizaron o destruyeron todas las partidas de bebidas elaboradas con alcohol metílico, cuyo uso estaba prohibido para el consumo humano. El balance dejó 51 cadáveres: 25 en Ourense -la mayoría, 13, en la comarca de O Carballiño-, 18 en Canarias, 7 en A Coruña y uno en el Sáhara español. De los 9 supervivientes -cinco en Ourense, dos en A Coruña y dos en Las Palmas-, cinco quedaron ciegos de por vida.

En el juicio por el caso del metílico, celebrado en 1967, el fiscal Fernando Seoane mostró su convencimiento de que «fueron miles» los fallecidos o intoxicados por las bebidas envenenadas, un dato que vaticinó que nunca se llegaría a saber con exactitud al no relacionarse los síntomas con las bebidas consumidas, por la distribución realizada y por la «mala imagen» asociada a la muerte por consumo de alcohol.

La avaricia de un empresario

El principal responsable del fraude fue el empresario ourensano Rogelio Aguiar Fernández, propietario de Bodegas Aragón, que inició la compra de alcohol metílico, más barato que el alcohol etílico y, por lo tanto, con mayor beneficio para la firma al producir a menores costes, para usarlo como materia prima para la elaboración de diferentes bebidas alcohólicas. En algunos casos, Aguiar vendía sus propias bebidas adulteradas -los bidones de Alcoholes Aroca llegaban con la advertencia «Mercancía de libre circulación, venta y precio. No apta para el consumo humano»- y en otros casos, como quedó probado en el juicio, vendía alcohol metílico a otros empresarios para la elaboración de sus propias bebidas, como las firmas Lago e Hijos (Vigo) o Industrias Rosol (A Coruña). El juicio del caso del metílico, el gran escándalo de la época, se saldó con condenas para Rogelio Aguiar Fernández (19 años), su mujer y cómplice, María Ferreiro (12 años), Román Rafael Saturno Lago (17 años), Román Gerardo Lago Álvarez (17 años), Luis Barral Iglesias (17 años), Ricardo Debén Gallego (12 años) y Miguel Ángel Sabino Basail (15 años), además de otras condenas menores.

Censura de Carrero Blanco

La sentencia llevaba aparejadas consigo importantes indemnizaciones, que nunca se llegaron a pagar. Además, tanto el fiscal Fernando Seoane como el joven juez José Cora -más tarde valedor do pobo- cursaron sendas diligencias para establecer la responsabilidad del Estado por «la total falta de control en el comercio de alcohol metílico y en la elaboración de licores». Tras la vaguedad de las respuestas, Seoane solicitó al Ministerio de Presidencia, bajo el mando de Carrero Blanco, que identificase a los funcionarios con competencias en el caso. El ministerio respondió que los funcionarios habían actuado correctamente y que un instructor de Ourense carecía de competencias para ello. El escrito de José Cora se archivó.” (Xosé Manoel Rodríguez: Medio siglo de un trago mortal. La Voz de Galicia, 27 de marzo de 2013)

Las abejas no aman, aman las mariposas

Mentiría si dijera que admiro a las abejas.

Las abejas me recuerdan demasiado los regímenes totalitarios, en los que millones de personas trabajan ciegamente para elevar más y más el vértice de la pirámide social donde se encuentra un grupo de caraduras, ebrios de poder. Un grupo que arenga a los ciudadanos para que obedezcan y trabajen en nombre de Dios, de la Revolución o de la Libertad. A veces, también en nombre de la Economía.

Dime sobre lo que te arengan tus gobernantes y te diré lo que no piensan darte jamás.

 

No me gustan las abejas, porque me recuerdan a los clientes de los bancos, buscando afanosamente dinero como si fuera néctar, para pagar créditos que engordan cada vez más a las abejas reinas financieras y a los dueños de la colmena.

 

No me gustan las abejas. Trabajando de sol a sol, ahorrando y ahorrando, depositando y depositando un capital que nunca van a utilizar ellas ni sus descendientes.

 

No me gustan las abejas. Su prisa por almacenar y su avaricia les impiden comprender que todo el fruto de su trabajo es robado una y mil veces sin recibir nada a cambio.

 

No me gustan las abejas, ni me gusta su organización, ni me gusta su reina ni me gusta su obtuso modo de vida. La colmena es el espejo donde me reflejo yo mismo, mis vecinos y los vecinos de mis vecinos que sólo sentimos felicidad cuando recaudamos unas gotas de néctar para obtener la aprobación de la colmena que nos premiará dejándonos escuchar sus aplausos, su aprobador zumbido de idiotas… cada vez que depositemos nuestro néctar en el panal que alimenta a los amos.

 

 Admito que me asombra su trabajo y hasta sus siluetas aproximándose a las flores. Incluso, que me gustan como metáfora de los errores humanos.

Puestos a elegir, prefiero el borroso vuelo de las avispas que tanto odian los humanos porque no trabajan para ellos y porque, al contrario que las abejas, no se mueren desgarradas cuando pican.

 

Avispas que decidieron, tal vez hace un millón de años, tomar el néctar justo que les permitiera sobrevivir, sin acumular por acumular, avariciosamente.

 

 También liban las mariposas en las mismas flores, sabiendo que es absurdo acumular cuando la vida tiene el tiempo contado.

Abejas y mariposas trabajan en lo mismo, a veces codo con codo, pero las separan la avaricia, el orden de la colmena, la obediencia ciega y el desamor por la vida. Las abejas no aman, aman las mariposas.

Cupido y la Venus de la Leche

He dedicado unos cuantos artículos de este blog a comentar pinturas religiosas sobre la Virgen de la Leche, especialmente aquella imágenes en que aparece San Bernardo recibiendo chorros lácteos procedentes de los pechos de la Virgen cristiana. A esos escritos me remito, con el correspondiente vínculo, a de fin de no repetirme.

Junto a ellos, incluí algunas pinturas con el mismo tema, referido a los dioses clásicos, como un cuadro de Tintoretto (1580), localizado en la National Gallery de Londres, en el que también aparece Hércules alimentándose con la leche de la esposa de su Padre Zeus. También incluí otro óleo, El nacimiento de la Vía Láctea, de Rubens (1637), conservado en el Museo del Prado en que Zeus, el Dios Padre del Olimpo, contempla a Hera lanzando un chorro de leche que no llega a la boca de su hijo Hércules, sino al cielo.

Contaba con más imágenes y textos para continuar la serie, pero me pareció que se volvería cansina si la alargaba. Sin embargo, existe un cuadro que se me quedó fuera y debí haberlo incluido. Hoy trato de remediarlo, en este artículo.

“Venus, Marte y Cupido”, de Rubens.

Me refiero a este óleo de Rubens, titulado Venus, Marte y Cupido, pintado en 
 primera mitad de la década de 1630. Como se aprecia, la diosa del amor alimenta a su hijito Cupido lanzando a su boca un chorro de leche. Marte, amante clandestino de Venus y padre putativo de Cupido, observa el banquete de su hijo.

Varios críticos hacen referencia al escudo de Marte (abajo, a la derecha), donde aparece una figura tenebrosa, que quizás represente la entrada del infierno sobre el que pende Cupido.

A la izquierda de la imagen, puede verse a Juan Crisóstomo, que llegó a ejercer como Patriarca de Antioquía y escribió varios libros que destilan el más feroz antisemitismo.

Otros entendidos identifican la figura de Venus con la madre que aparece en un grabado a buril sobre papel, perteneciente a Alberto Durero, titulado La penitencia de San Juan Crisóstomo. Observe la posición de los pies de la mujer y la posición de la mano y los dedos sobre su pecho.

“Paz y Guerra”, óleo de Rubens.

Es imprescindible la comparación con otra obra de Rubens, titulada Paz y Guerra, de la misma época. Sin embargo, en éste, Rubens no representa a Venus. sino a Minerva, diosa de la sabiduría, mientras el dios de la guerra, Marte, es expulsado de su presencia, acompañado del Horror. Uno de los “amorcillos” bebe la leche de la diosa.

Lo que a mí me llama la atención, en el cuadro Venus, Marte y Cupido, es que no conozco otra imagen en que el chorro de leche de la madre llegue a la boca del hijo. En el resto de pinturas y dibujos, aunque esté presente el hijo, el chorro de leche va dirigido hacia otro objetivo: la boca de San Bernardo, su frente, el firmamento, un amorcillo, las almas del purgatorio,…

¿Existe alguna razón religiosa, teológica, eclesiástica o, incluso, psicoanalítica para que los pintores no lleven los marianos chorros de leche a la boca de su hijo-dios? Lo ignoro, pero sería interesante conocer una explicación convincente para un tema tan ampliamente tratado en la pintura religiosa durante tantos siglos.

Los cangrejos rey en Canarias, ¿compatibles o incompatibles con la extracción de petróleo?

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Dos pescadores sostienen un ejemplar del gigantesco cangrejo rey.

Una noticia de estos días, proporcionada por la agencia EFE, nos da la medida del disparate que significa poner en riesgo de contaminación las aguas cercanas a Canarias. Al parecer, es posible comenzar, de inmediato, a pescar anualmente 80 Tm de camarón soldado y 27 Tm de cangrejo rey en aguas archipielágicas, lo cual resucitaría nuestra maltrecha flota pesquera y crearía muchos puestos de trabajo, directos e indirectos. Las reservas de camarón soldado se encuentran a profundidades de entre 200 y 350 metros y las de cangrejo rey, desde 600 m a 1.000 m bajo la superficie marina.

Claro que pocos países comprarían nuestros mariscos, sabiendo que proceden de aguas próximas a una plataforma petrolera. Lo cual es un dato a tener muy en cuenta.

El estudio a que me refiero procede del Instituto Canario de Ciencias Marinas que recopila estos datos dentro del proyecto europeo Marprof, el cual analiza las especies pesqueras profundas de Canarias y sus oportunidades de explotación económica. La Agencia Canaria de Investigación e Innovación (ACIISI) también opina que estas reservas biológicas representan una gran oportunidad para reflotar la industria pesquera del archipiélago.

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Venta ambulante de cangrejo rey en Alaska.

La decisión está en manos del pueblo canario, el cual aún puede defender con uñas y dientes un futuro sostenible para las nuevas generaciones o, por el contrario, dejar que los políticos conservadores, los auténticos valedores del No a la Vida, se salgan de nuevo con la suya y contaminen las costas del archipiélago con un petróleo que los hará más millonarios a ellos y, al mismo tiempo, traerá más pobreza a la generalidad de los canarios.

Si, a estas alturas, alguien cree que las explotaciones petroleras van a dejar algún euro en Canarias es que no tiene el mínimo conocimiento de la economía y de la política que se ha venido practicando con el archipiélago. Es difícil creer en la palabra de los dirigentes canarios, más atentos a su enriquecimiento personal que a las necesidades de los ciudadanos. Por esta razón, si no existe un paso adelante de los ciudadanos para defender su derecho a una vida mejor, de acuerdo con sus necesidades reales, no se presentarán dificultades a quienes destruyan nuestro mar y nuestra riqueza.

Desgraciadamente, no soy optimista en ese aspecto. Somos un pueblo fácilmente manipulable, capaz de defender las posturas que más nos perjudican. La realidad es triste, pero es la realidad.

Los pescadores madeirenses también capturan el cangrejo real.

La Carretera Vieja del Sur: viaje al corazón de Tenerife. 5

 RETAZOS EN EL CAMINO

No nos engañemos; todos los objetos que observamos son retazos, trozos de algo. Sin embargo, algunos parecen más trozos que otros, quizás porque somos capaces de imaginar con mayor claridad sus alrededores. Los objetivos de las cámaras, como los marcos de los cuadros, se prestan muy bien a trocear la realidad, a diseccionarla, a aplicarle proporciones áureas, a convertirla en metáfora de nuestros miedos y de nuestros sueños.

Así, los postigos son ojos ciegos; las oxidadas bisagras, hábitos anquilosados; los fractales de la madera, el oleaje de nuestra imaginación; los clavos que asoman sus puntas remachadas, recuerdos grabados a sangre y fuego en nuestra memoria,… y podríamos continuar hasta el infinito, Carretera Vieja adelante, sublimando retazos y miserias.

Si Euclides levantara la cabeza, lloraría de placer al ver cómo el Numero Fi, la llamada proporción divina, juguetea entre las viejas piedras que tapian la ventana y vuelven a tapiar la ventana dentro de la ventana.

–¿Tocarán las 20 bandas juntas en el cumple del señor alcalde?

–No. Las bandas municipales, solamente.

Esta imagen se niega sugerirme el resto de la puerta; únicamente, me susurra el resto de la historia.

Este retazo no lo fotografié por la antena, ni por la pared blanca ni por el cielo azul, sino por este verode que, sabiamente, decidió convertirse en curva y dar la vuelta alrededor de una teja para no limitar su crecimiento. A veces el camino más largo es el más corto, aprendí en la Carretera Vieja del Sur.

Si las ferreterías vendiesen cerraduras con el ojo vacío, no me cabe duda de que ganarían una gran cantidad de clientes nuevos entre los millones de entrometidos que nos rodean. Aunque sólo pudieran ver por ellas desenfocados retazos de nuestra vidas.

Dicen que las imágenes no se pierden. Que viajan con la luz hasta las estrellas y, quizás algún día, seamos capaces de ir más rápido que ellas y verlas cuantas veces queramos desde otros rincones del universo.

Pero el sonido viaja despacio y se disuelve en el vacío; probablemente en ningún futuro se podrán escuchar de nuevo las veces que ha sonado esta aldaba para anunciar un nacimiento, una muerte, una visita a deshora o una declación de amor.

Me gusta el tubo rojo. Ttransporta la misma agua que el resto de sus iguales, pero es la oveja negra de las tuberías, el cuervo blanco de los caños, el cura que desde el púlpito se confiesa ateo, el ateo que lleva en su cartera una estampa de la Virgen de Abona, el presidente que va en guagua al parlamento de su país, el mendigo que conduce un Roll Royce, el honrado príncipe que sólo espera llegar a rey para abdicar, el banquero ladrón que paga de su bolsillo la hipoteca de un desahuciado, el obispo que critica a los tiranos asesinos, el bombero que se niega a desalojar de su hogar a la víctima de una estafa financiera, el dios que por fin ha decidido  salvarse creyendo en mi existencia, el comunista que no antepone el estado a la persona o el liberal que no antepone la persona al estado, el lobo estepario que trota rumbo a las tierras cálidas del sur, el pez que da saltos en el agua para ver dónde vive,…

 

Este retazo corresponde al exterior de un bar próximo a la Carretera Vieja del Sur. Tres ceniceros esperan la llegada de los clientes fumadores para reunirlos en torno a la tablita que, con toda probabilidad, sostendrá las bebidas. Aquí, se contarán historias; verdaderas unas y otras falsas… que son las que más abundan e interesan

Las piedras no hablan; ni siquiera las de las paredes oyen, por mucho que se empeñen los poetas…  Puede que sólo estén juntas por conveniencia pura.

En la Carretera Vieja del Sur, denominada oficialmente TF -28, se comenzó a trabajar en 1864, para prepararla para el paso de carruajes. Llegó a Granadilla junto con la proclamación de la II República, en el año 1933; sin embargo, por extraño que pueda parecer, no enlazó con Guía de Isora hasta 1970.

CONTINUARÁ

La Carretera Vieja del Sur: viaje al corazón de Tenerife. 2

El Sur no es fácil. Para amar el Sur hace falta un largo y duro aprendizaje que pasa, ineludiblemente, por no obsesionarse con el agua y dejarse inundar por las tonalidades amarillas. Los tonos ocres, cerúleos, ajes, ambarinos, cobrizos, pajizos, rubios, dorados, limonados, áureos, leonados, pálidos y anaranjados son los fondos del paisaje por donde transcurre la Carretera Vieja del Sur y, sobre ellos, descansan los tejados rojizos, los verdes del invierno y el color plomizo de los tubos del agua, muchas veces vacíos.

Los pequeños minos y las fuentes más o menos cercanas, siempre han proporcionado algún cántaro de agua para regar los pequeños jardines con plantas que se pegan a los muros, buscando unas horas de sombra con una tregua a la continua insolación, a cambio de regalar unos pétalos.

La Carretera Vieja del Sur y el Canal del Sur son vecinos durante muchos kilómetros, desde que en 1950 el canal transportó agua a la tierras meridionales que acometieron cultivos de regadío de manera más extensa.

Cuatro gotas de lluvia bastan para que las tierras del sur reverdezcan. Entre cardones, verodes, tabaibas y fincas abandonadas, el Canal del Sur avanza hacia sus monocultivos: antes regaba plátanos y tomates; ahora, turistas alemanes e ingleses. ¿Las ganancias de antes son iguales que las ganancias de ahora? Las respuestas no están escritas en el aire, sino en la Carretera Vieja de Sur. Como si fuera un solo y largo renglón, basta recorrerla e ir leyendo, finca a finca, caserío a caserío,…

El número que aparece en las señales kilométricas de la Carretera Vieja del Sur y la abundancia de agua mantienen una proporción inversa. El alisio no es capaz de esquivar las grandes cadenas montañosas del Norte y su carga de agua no logra sobrepasar las cumbres de Izaña. Sin embargo, quién podría decir hace cien años que, económicamente, el sol competiría con el agua, ¡y ganaría la partida en esta isla!

Los pozos de agua son aquí minas de oro. Entre el Canal del Sur y la Carretera Vieja se encuentra uno de los numerosos pozos que succionan la traslúcida sangre de la isla y la envían en gruesos tubos a otras zonas más bajas que es, por cierto, donde se cosecha el dinero.

Transversales a la Carretera, los tubos de acero se deslizan, resbalan y, henchidos de un cristalino embarazo, descienden burbujeando entre las tabaibas.

La mirada busca con ansias el agua en los alrededores de la Carretera Vieja del Sur. Se trata de un instinto irreprimible en quienes hemos vivido la mayor parte de nuestra vida en tierras del Norte. El sonido del chorro de una pequeña acequia, la fugacidad de las transparencias húmedas que no logran atrapar definitivamente nuestras retinas, el olor de las gotas empapando la tierra,… captan nuestra atención y, sin que apenas lo advirtamos, se nos relajan los músculos y nos traiciona una sonrisa.

El agua; las olas de tierra ocre que son los surcos; las papas de ramas minúsculas y sabor delicioso; el elíptico campesino –sí, aún el campesino que nos da de comer– descansando, quizás, de la dura jornada en su casa, frente al televisor de plasma, escuchando que no habrá hospital en el Sur, que no existe dinero para el campo, que el agua subirá de precio, que también subirá el coste de la comida y el de la ropa, y que sus representantes van a solucionar, con seguridad, el próximo año, todos los problemas que a ellos no les afectan. “Menos mal que este año tengo papas plantadas pa’ comer, si se me aguarecen, claro…”.

En el Sur, amenaza lluvia. Los pinares de las cumbres están cubierto de grises y la neblina viene arrastrándose cañada abajo. Quién sabe si esta tarde mismo llega hasta la Carretera Vieja del Sur y tenemos que sacar los abrigos. Pero está bien que llueva.

Que llueva que los estanques del Sur se vacían con facilidad y hay que abandonar las fincas, aunque tengan buena tierra. Ya más de uno ha partido hacia América, a ver si allá puede salir adelante; como en los otros tiempos, cuando había que salir en los taxis piratas por la Carretera Vieja del Sur, con una maletita de madera o de cartón en la mano y el dinero justo para no morirse de hambre en el viaje hasta Venezuela.

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La Carretera Vieja del Sur: viaje al corazón de Tenerife

La Carretera Vieja del Sur nos va introduciendo en los secretos de la isla: flora autóctona deslumbrante,  barrancos cortados a machetazos, iglesias viejas repletas de santos aún más viejos, un completo catálogo de la espléndida arquitectura popular de Tenerife, guachinches perfumados con el agradable vino sureño, restaurantes exquisitos y ocultos, lagartos tizones que huyen del cernícalo que los acecha desde la estratosfera, paisajes simétricos como alas de mariposa, pozos que lloran día y noche su agua para las cebollas y las papas enterradas bajo el picón que bebe también el rocío mañanero,…

La Carretera Vieja del Sur nos conduce al corazón del Tenerife auténtico, el que ha latido durante siglos, el que en las zonas costeras han aplastado las autopistas bajo sus garras de asfalto.

El mundo real es mucho más pequeño que el mundo de la imaginación, dijo Nietzsche; pero, ¿cómo podríamos imaginar algo grande sin apoyarnos en lo pequeño? Al fin y al cabo, la grandeza o la insignificancia de las cosas depende de la distancia desde la que las observamos.

Poner rumbo al Sur, seguir la Carretera Vieja, significa resolver las interrogaciones de las curvas, consiste en teclear asombros sobre los puntos suspensivos de los malecones, es poner el foco en lo cercano, en el día a día de la vida, sin dejar que se nos fuguen los apetitos por las alcantarillas.

No tenemos remedio los románticos. Hemos nacido añorando las ruinas y nada nos parece bello si no descubrimos sus carencias, los vacíos por donde se cuelan las aguas de la sempiterna nostalgia o la vegetación audaz que coloniza sus osamentas y las cubre de flores.

Con motor

o con pedales, aramos las montañas del Sur sobre la negra cinta que tantas ilusiones, enfermedades, amores, lágrimas, muertes, codicias, amistades, decepciones y sueños rotos se deslizaron en otro tiempo. Hoy, la Carretera Vieja, retorcida, atormentada y solitaria, es el monumento perfecto al abandono secular que ha sufrido este Sur y a las bellezas íntimas que nos descubre.

Pero no hay que hacerse ilusiones vanas: lo bello es invisible a los ojos de quien no se abre a la belleza, de igual manera que las mayores exquisiteces culinarias permanecen incógnitas para quienes no son capaces de superar sus prejuicios gastronómicos.

El cernícalo vuela muy cerca de la Carretera Vieja, sabedor de que pocos vehículos le robarán el aire y el silencio. Su vuelo es sereno, pausado, redondo, como el planear de un singular banquero que administrara el viento para sostenerse sin esfuerzo en lo más alto o para caer raudo y cruel sobre sus presas indefensas.

Las viejas casas del Sur de la isla, sus paredes de piedra caliza, sus encalados y sus enjalbegados no pueden frenar la fuerza del sol que las amarilla, como antes amarilló la vertiente sur de los volcanes. La Carretera Vieja envejece con las casas; y con ellas va adquiriendo esa belleza que muestran los árboles centenarios, los poemas clásicos o las leyendas milenarias.

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La heroína en su barril: la increíble historia de Annie Edson Taylor

Las gestas deportivas y las superaciones de cualquier tipo de marca popular responden a un afán de protagonismo, más que a deseos de perfeccionamiento personal, a ambiciones económicas o a revanchas de cualquier tipo, aunque éstas también influyan como incentivos. Las llamativas historias que aquí se cuentan, relacionadas con los arrolladores torrentes de las Cataratas de Niágara, así parecen demostrarlo.

Antes de entrar en la más que interesante historia de Annie Edson Taylor, se deberían conocer algunos antecedentes. Me he tomado la molestia de consultar fuentes directas, en diversas publicaciones norteamericanas de los siglo XIX y XX, para asegurar todo lo posible la veracidad de cuanto sigue. Algunas de las fotos pertenecen al Museo de las Cataratas del Niágara, otras a varios diarios de diversas épocas. Desde luego, fotos y anécdotas curiosas para pasar un buen rato saboreándolas no faltan. Espero, al menos, despertar su curiosidad…

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La visita de la tía Rose. Un relato a propósito de los entrometidos

"El vino del estío", de Ray Bradbury, es una obra conmovedora, capaz de llevarnos en volandas, suavemente, a los rincones más recónditos de nosotros mismos, a la cocina donde se guisan nuestros miedos y nuestras más limpias aspiraciones.

“El vino del estío”, de Ray Bradbury, es una obra conmovedora, de fácil lectura, pero capaz de llevarnos en volandas, suavemente, a los rincones más recónditos de nosotros mismos, a la cocina donde se guisan nuestros miedos y nuestras más nobles aspiraciones como seres humanos.

Éste es un relato maravilloso, disfrútenlo y, si alguna vez tienen ocasión, lean el libro completo. Quizás no les cambie la vida, pero se les encogerá el estómago en unas páginas, les brotará una sonrisa en otras y, en alguna parte de sus mentes, volverán a surgir colores y sentimientos que ya habían olvidado. Imaginen un relato escrito conjuntamente por Mark Twain, Gabriel García Márquez y  J. D. Salinger… pues bien, esto es lo que aquí nos ofrece Ray Bradbury: ¡auténtico realismo mágico, escrito en 1946!

Ojalá lo leyeran aquéllos que nos metieron prisa para que cambiásemos los muebles de madera de nogal por los de formica, los que demolieron bellos edificios y en sus solares levantaron adefesios de cemento, los que siempre tratan de destruir nuestra herencia cultural para sustituirla por elementos más “prácticos”, más “ordenados”, más “higiénicos”, más “modernos”,… los que con mil excusas terminan por despojarnos de los sabores, de las fragancias, de las texturas, de la belleza,  de la calma,…

Ellos, como la tía Rose, meten sus narices en nuestros fogones y tratan de imponernos sus consejos, su orden, sus etiquetas y sus libros de cocina, de protocolo o de “autoayuda” hasta que nuestros guisos, nuestros sentimientos y nuestras manos pierden todo el encanto tan pronto siguen sus instrucciones.

La agitación de una bienvenida. En alguna parte sonaron las trompetas. En algún cuarto, pensionistas y vecinos se reunieron a tomar el té. Había llegado una tía, y se llamaba Rose, y uno podía oír su sobresaliente voz de clarín, y uno podía imaginarla encendida y grande como rosa de invernadero, exactamente como su nombre, ocupando todo el cuarto. Pero para Douglas, las voces, la conmoción de la bienvenida, no eran nada. Acababa de llegar de su casa, y estaba ahora espiando la cocina de la abuela, justo cuando ella, luego de excusarse y dejar el gallinero del vestíbulo, se había retirado a sus propios dominios y había empezado a preparar la cena. Vio allí a Douglas, le abrió la puerta de alambre, le besó la frente, le sacó el pelo claro de los ojos, lo miró a la cara para ver si la fiebre se había reducido a cenizas, y viendo que así era, volvió cantando al trabajo.

—Abuela —había querido decirle muchas veces Douglas—, ¿es aquí donde empezó el mundo?

Pues seguramente empezó en un lugar parecido. La cocina, sin duda, era el centro de la creación, todas las cosas giraban alrededor; era el frontón que sostenía el templo.

Con los ojos cerrados, dejó que vagara la nariz; aspiró profundamente. Se hundió en los vapores infernales y en la nieve que se movía de pronto en el polvo de hornear, en el maravilloso clima donde la abuela, con la mirada de las indias en los ojos, y la carne de dos firmes y cálidas gallinas en el corpiño, la abuela de mil brazos, golpeaba, azotaba, cortaba, pelaba, envolvía, salaba, sacudía.

Douglas se abrió paso a ciegas hasta la despensa. Del vestíbulo llegaron unos chillidos de risa; unas tazas de té tintinearon. Pero Douglas estaba en un país de nísperos espinosos, un fresco y verde país submarino donde las bananas claras y perfumadas que colgaban y se balanceaban maduraban en silencio y le golpeaban la cabeza. Los mosquitos zumbaban agriamente alrededor de las vinagreras y en los oídos de Douglas.

Abrió los ojos. Vio pan, que esperaba ser cortado en rodajas de cálidas nubes de verano; buñuelos dispuestos como cuellos de payaso para algún juego comestible. Aquí en la parte de la casa a la sombra de los ciruelos, con hojas de arce que golpeaban los vidrios como aguas de un arroyo, Douglas leyó los nombres de las especias.

¿Cómo agradeceré al señor Jonas, se preguntó, lo que hizo? ¿Cómo le daré las gracias, cómo se lo pagaré? No, no hay modo. Eso no se paga. ¿Qué se puede hacer entonces?

¿Qué? Transmitirlo de algún modo, pasárselo a alguien. Hacer que continúe la cadena. Buscar a alguien, encontrarlo, y pasárselo. No hay otro modo…

—Pimentón, mejorana, canela.

Los nombres de perdidas y fabulosas ciudades donde habían florecido tormentas de especias, que luego se habían apagado.

Douglas sacudió los clavos de especias que habían venido de algún continente oscuro, donde se los había desparramado sobre mármoles de leche, como piedrecitas que arrojan unos niños de manos de regaliz.

Y mirando un marbete, sintió que daba una vuelta al calendario y volvía a aquel día íntimo que había mirado el mundo de alrededor y se había descubierto en su centro.

El marbete decía Salmuera.

Y Douglas se alegró de haber decidido vivir.

¡Salmuera! Qué nombre especial para las sustancias desmenuzadas y dulcemente apisonadas que había en el frasco de tapa blanca. El que las había bautizado, qué hombre debía de haber sido. Dando voces, moviéndose de un lado a otro, debía de haber cazado todas las alegrías del mundo y luego de meterlas en ese frasco había escrito sin duda con su manaza: SALMUERA. Pues el solo sonido de la palabra sugería una carrera por campos verdes en caballos alazanes de bocas con barbas de pasto, y zambullidas en aguas profundas, donde el mar suena cavernosamente dentro de la cabeza.

Douglas extendió la mano. Allí estaba: Condimento.

—¿Qué cocina la abuela para esta noche? —dijo la tía Rose desde el mundo real del atardecer, en el vestíbulo.

—Nadie sabe qué cocina —dijo el abuelo que había vuelto de la oficina mas temprano para atender esta enorme flor— hasta que nos sentamos a la mesa. Hay siempre expectación y misterio.

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México: “El Conductor Eléctrico” y Ruiz de Padrón

MEXICO-VIVA-LA-UNION

El Conductor Eléctrico fue un periódico mexicano, cuyo primer número se publicó en 1820,[1] coincidiendo con el juramento que prestó –nunca mejor dicho, porque pronto incumplió su palabra– el rey Fernando de Borbón a la Constitución Española. La ingenuidad del pueblo, de los intelectuales y de los políticos progresistas se puso de manifiesto, cuando creyeron, nuevamente, en la palabra real española.

Así que, otra vez, se convocaron elecciones, se publicó una prensa con cierta libertad, se editaron libros liberales, se expresaron los pensamientos en voz alta y los inquisidores volvieron a su cueva, sin que nadie tomara medidas por si a don Borbón se le ocurría cometer una nueva traición.

Naturalmente, tres años más tarde, el rey atacó a sangre y fuego, con tropas extranjeras, a los demócratas y terminó con todo lo que había jurado defender. La marca Borbón se estaba consolidando.

Pero, en el mes de mayo de 1820, como no era adivino sino ingenuo, el director de El Conductor Eléctrico no podía saber lo que iba a suceder, ni aun en el cercano devenir de México. Escribió:

He puesto al presente periódico el altisonante título de Conductor eléctrico, porque así como este instrumento sirve para recibir el fluido ígneo y conducirlo adonde se requiere; así yo deseo que este periódico sea un conductor por donde se comuniquen muchas verdades importantes al Gobierno y al Pueblo con la misma violencia, si es posible, que el fluido eléctrico, y he aquí el motivo porque le he puesto un título tan análogo á su objeto y á la sinceridad de mis deseos.

Procuraremos que las materias que contenga sean interesantes, útiles y por lo menos, divertidas. Todo lo que pertenezca al orden público y al beneficio de la sociedad será digno objeto de nuestra atención y nuestra pluma.

A consecuencia de esta obligación que reputamos por sagrada, instruiremos á los lectores en algunos elementos de derecho público, cuya ciencia se hizo inaccesible en estos reinos, en tiempos de los gobiernos desgraciados, en los que se prohibieron las cátedras establecidas en muchas partes, para enseñarlo, y las mejores obras de los célebres publicistas, sin advertir que es una herejía política el persuadirse a que puede florecer un reino, mantenerse sujeta una colonia, ni progresar ninguna monarquía á favor de la ignorancia y la miseria.

[...] Acordaos finalmente, que sois deudores de vuestros talentos á los sabios y á los ignorantes, y que como decía Cicerón, no hemos nacido para nosotros, sino para servir á la república. Non nobis, sed respublicae nati sumus.

El director era J. J. F. L., es decir, José Joaquín Fernández de Lizardi (México 1776-1827) [2], que utilizaba el seudónimo de El Pensador Mexicano, título que también llevaba su periódico entre 1812 y 1814, siguiendo el ejemplo del lanzaroteño José de Clavijo que en la década de 1760 había publicado con mucho éxito El Pensador, en Madrid.


JJoaquin1

Este entusiasta seguidor de Cicerón había colocado en la primera página la máxima “El principal objeto de la ley debe ser el bien público” y, debajo: “Méjico: año de 1820. Primero de la restauración de la Constitución, y por lo mismo el más feliz para la Monarquía española“.

En el primer número, este director exculpaba al Rey Traidor por cerrar las Cortes en 1814 y por todos los crímenes cometidos desde entonces. Achacaba estas desgracias a las malas informaciones suministradas por sus consejeros, en el sentido de que el pueblo lo que pedía no era libertad sino cadenas.

El Conductor Eléctrico publicó, también en 1820, en su número 4 el discurso íntegro de Antonio Ruiz de Padrón contra la Inquisición española en las Cortes de Cádiz, el día 18 de enero de 1813, “Con algunas notas añadidas por el Pensador Mexicano”, como reza en su cubierta. Todas estas notas son de lo más jugoso y denotan el entusiasmo liberal de su autor.

En el número 16 del periódico (julio, 1820) que nos viene ocupando, apareció un interesante artículo que también menciona a Antonio Ruiz de Padrón, reconocido artífice de la derogación de la Inquisición [...]

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Los problemas interculturales en la traducción de obras literarias (I)

Del mismo modo que la literatura
es una función especializada del lenguaje,
la traducción es una función especializada de la literatura.

Octavio Paz

La traducción es una de las funciones que vertebran el camino del libro. La industria editorial no se concebiría hoy sin su existencia y cualquier persona que desee profundizar en la edición, en la escritura o en la lectura necesita tener en cuenta algunos conceptos básicos.

Es preciso contemplar esta actividad como parte de un sistema de producción específico, determinado por los elementos culturales, históricos y económicos en que se sustenta. Por otra parte, no se puede perder de vista que hay factores ajenos a la literatura que se inmiscuyen e influyen de manera acentuada en el producto final de una traducción concreta. Todo lo cual, siendo importante para el traductor, debe tenerse en cuenta por cualquier otro eslabón de la cadena productiva del libro: escritores, editores, etc., sin olvidar a los lectores.

Los problemas de la traducción

Como opina Vidal Claramonte, la traducción se nos aparece, quizás, como “el juego más oscuro del lenguaje” que ha de empezar por reconocer que lo que es traducible es el pensamiento. Tradicionalmente, se había tomado la palabra como la unidad de traducción, pero, en la actualidad, ese papel lo ha conquistado la cultura del idioma del texto original. Se ha llegado a la conclusión de que una traducción tiene la capacidad de variar el mensaje que el autor había llevado a su libro, si el traductor no conceptúa apropiadamente el medio cultural donde ha nacido la obra original.

El traductor ha de ser capaz de captar la obra de partida, tal como lo harían los lectores en su contexto de origen, como única manera de producir un texto de llegada que no reduzca el rol que desempeñará el lector cuando se enfrente a él, tal como lo había concebido el autor. Esto es relativamente fácil de conseguir en los textos científicos, pero en las obras literarias la dificultad es mucho mayor, dado que existen elementos que en los contextos de origen y de recepción tienen valores semióticos diferentes. Los nuevos significantes del idioma al que se traduce provocan la variación de los significados de la lengua original. Es decir, no basta el significado denotativo de una palabra, sino que ha de tenerse en cuenta el significado connotativo.[1] Quien se dedica a traducir ha de ser un excelente lector y un conocedor de la normalidad cultural de la época y del entorno donde fue escrita la obra, porque la calidad de su trabajo dependerá mucho de la interpretación que él mismo realice de cada línea del texto, con relación al contexto y a sus interacciones con la comunidad de donde procede la propia obra.

La preparación del traductor tiene que ir mucho más lejos del dominio del léxico de los idiomas que maneja, sin perder de vista el universo cultural de los lectores de la traducción, porque las interpretaciones de una misma frase varían de manera considerable aun entre diversas comunidades que hablan el mismo idioma. En este sentido, hay que entender la traducción como reescritura; sobre todo, en los textos ambiguos que pueden tener múltiples interpretaciones.

Lo ideal es que la traducción sea leída como si se tratase del original; sin embargo, aproximarse a esto significa desarrollar una tarea muy compleja,[2] sabiendo de antemano que no se alcanzarán todas las metas.[3] Modernamente, los objetivos se han fijado en recubrir el texto traducido con una expresión literaria equivalente a la del original, lo cual acarrea problemas relacionados con el idóneo alojamiento del texto traducido en nichos literarios y lingüísticos plausibles de la lengua receptora. La equivalencia en traducción siempre debe apoyarse en el plano socio-semiológico[4] y uno de los recursos empleados para conseguir alojar la obra traducida en estos nichos es la intertextualidad o empleo de palabras y frases que hacen referencia a determinados textos de autores sobradamente conocidos por el lector, con el fin de despertar en él unas resonancias concretas. Sin embargo, el traductor ha de tener conciencia de que su utilización es un arma de doble filo y debe estar seguro de que la mayoría de los lectores captará las resonancias[5] de las palabras o de las frases propuestas en la obra traducida. En caso contrario, se habrá perdido el esfuerzo realizado.

Algo parecido sucede con las referencias que los autores hacen de determinados elementos culturales propios de su comunidad lingüística, los cuales desaparecen cuando la traducción tiende a ser literal. Es el mismo inconveniente que se produce cuando un español lee una novela nicaragüense o paraguaya: ciertas referencias culturales de los ciudadanos de los respectivos países no coinciden en muchos aspectos. Como diría Umberto Eco, recordando la cuestión kantiana de la constancia del objeto: no son elementos persistentes en estados de cosas alternativos. En estos casos, la mayor parte de los traductores opta por referirse a elementos similares que sean conocidos por sus lectores.[6]

(Continúa en este enlace)


NOTAS

1. Se entiende por denotación el significado que un diccionario proporciona de un vocablo (flor es el órgano reproductor de una planta) y por connotación el significado que esa misma palabra tiene para una comunidad ligüística concreta (cuando se habla de flor –o de su traducción–, en general, un holandés pensará en un tulipán, mientras que un sudafricano imaginará una strelitzia). Aunque la connotación puede ser individual o colectiva, por motivos sociales obvios tanto el autor como el traductor sólo pueden tener en cuenta la segunda.

2. Hay tal complejidad en ello, tratándose de obras procedentes de contextos demasiado remotos, que una de las primeras reflexiones a realizar por el traductor es la de si procede o no utilizar elementos foráneos en el cuerpo de la traducción, con la finalidad de introducir elementos exóticos o arcaizantes que produzcan determinadas resonancias en el lector. La razón de tomar una decisión en este sentido se basa en que algunas imágenes literarias referidas a países lejanos se han utilizado con tanta frecuencia que han perdido la capacidad de evocar en el lector cualquier exotismo.

“Jung ha explicado que, cuando una imagen divina se nos hace demasiado familiar y pierde su misterio, necesitamos volvernos hacia las imágenes de otras civilizaciones, porque sólo los símbolos exóticos son capaces de mantener un aura de sacralidad.” (Eco, Umberto: Interpretación y sobreinterpretación. Cambridge University Press, Madrid, 1997).

3. Mohanty, Niranjan: Intranslability and the translator’s task. Perspectives: studies in translatology, Vol. 4: Núm. 2, 1996.

4. Ping, Ke: A socio-semiotic: approach to meaning in translation. Babel, Vol. 42 : Núm. 2, 1996.

5. Aquí el concepto resonancia está íntimamente vinculado al término coupling, aportado por Samuel Levin. En el capítulo sobre la poesía puede encontrarse más información.

6. “El verdadero problema de la identidad a través de los mundos consiste en reconocer algo como persistente a través de estados de cosas alternativos. “ (Eco, Umberto: Lector in fabula. Editorial Lumen, Barcelona, 1999).

El papa Francisco: una biografía poco limpia

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Página Web del Vaticano, pocos minutos después de la elección papal.

El cardenal Jorge Mario Bergoglio (Buenos Aires, 17.12.1936), miembro de la Compañía de Jesús, fue elegido papa el día 13 de marzo de 2013 por el Colegio cardenalicio. Probablemente, a su deseo de congraciarse con las facciones católicas rivales a su orden, le condujo a elegir el nombre de Francisco (fundador de los franciscanos) en lugar de Ignacio (fundador de los jesuitas).

Destaca su acendrada oposición a los derechos de los homosexuales, llegando a enfrentarse al gobierno de su país por esta razón. Por otra parte, en su historial, existen sospechas sobre su actuación a favor de los gobernantes argentinos durante la dictadura.

En principio, puede afirmarse que no existen documentos verosímiles que indiquen que el cardenal Bergoglio haya desempeñado durante la Dictadura Militar colaboración con el régimen en contra de civiles o sacerdotes. Tampoco existe procesamiento o sentencia en juicio penal sobre este materia contra el prelado. Sin embargo, varios testigos relataron que su actuación durante el Proceso de Reorganización Nacional como sacerdote con poder político no solo no ayudó, sino que perjudicó a numerosos sacerdotes y laicos secuestrados, torturados y desaparecidos. En abril de 2010, su rol en la desaparición de sacerdotes y el apoyo a la represión habría sido confirmado por cinco testimonios: un sacerdote, un exsacerdote, una teóloga, un seglar de una fraternidad laica que en 1976 denunció en el Vaticano lo que ocurría en la Argentina, y un laico que fue secuestrado junto con dos sacerdotes. Bergoglio tuvo una reacción indignada ante estas acusaciones, y atribuyó al gobierno el escrutinio de sus actos.

***

En 2010, el periodista Sergio Rubín escribió un libro denominado El jesuita en el que se refiere a «una denuncia periodística publicada unos pocos años atrás en Buenos Aires». Se refiere la del periodista Horacio Verbitsky en el diario Página/12 del 25 de abril de 1999 y del 9 de mayo de 1999, más tres libros.
Escribió el periodista Sergio Rubín:
Periodista: Según la denuncia, Yorio y Jalics consideraban que usted también los tachaba de subversivos, o poco menos, y ejercía una actitud persecutoria hacia ellos por su condición de progresistas.
Bergoglio: No quiero ceder a los que me quieren meter en un conventillo. Acabo de exponer, con toda sinceridad, cuál era mi visión sobre el desempeño de esos sacerdotes y la actitud que asumí tras su secuestro. Jalics, cuando vino a Buenos Aires, me visitó. Una vez, incluso, concelebramos la misa. Vino a dar cursos con mi permiso. En una oportunidad, la Santa Sede le ofreció aceptar su dimisión, pero él resolvió seguir dentro de la Compañía de Jesús. Repito: no los eché de la congregación, ni quería que quedaran desprotegidos.
Periodista: Además, la denuncia dice que tres años después, cuando Jalics residía en Alemania y en la Argentina todavía había una dictadura, le pidió que intercediera ante la Cancillería para que le renovaran el pasaporte sin tener que venir al país, pero que usted, si bien hizo el trámite, aconsejó a los funcionarios de la Secretaría de Culto del Ministerio de Relaciones Exteriores que no hicieran lugar a la solicitud por los antecedentes subversivos del sacerdote…
Bergoglio: No es exacto. Es verdad, sí, que Jalics ―que había nacido en Hungría, pero era ciudadano argentino con pasaporte argentino― me escribió siendo todavía provincial para pedirme la gestión, pues tenía temor fundado de venir a la Argentina y se detenido de nuevo. Yo, entonces, escribí una carta a las autoridades con la petición ―pero sin consignar la verdadera razón, sino aduciendo que el viaje era muy costoso― para lograr que se instruyera a la embajada en Bonn. La entregué en mano y el funcionario que la recibió me preguntó cómo fueron las circunstancias que precipitaron la salida de Jalics. “A él y a su compañero los acusaron de guerrilleros y no tenían nada que ver”, le respondí. “Bueno, déjeme la carta, que después le van a contestar”, fueron sus palabras.
Periodista: ¿Qué pasó después?
Bergoglio: El autor de la denuncia en mi contra revisó el archivo de la Secretaría de Culto y lo único que mencionó fue que encontró un papelito de aquel funcionario, en el que había escrito que yo le dije que fueron acusados de guerrilleros. Había consignado esa parte de la conversación pero no la otra en la que yo le señalaba que los sacerdotes no tenían nada que ver. Además el autor de la denuncia soslayó mi carta, donde yo ponía la cara por Jalics y hacía la petición.

(Sergio Rubín, El jesuita, capítulo 1410)

***

El periodista Horacio Verbitsky publicó:
Nada fue así. En notas publicadas aquí y en mis libros El silencio y Doble juego, narré la historia y publiqué los documentos, comenzando por la carta por cuya omisión Bergoglio reclama. Luego sigue la recomendación del funcionario de Culto que lo recibió, Anselmo Orcoyen [...] El tercer documento es definitorio. Ese «papelito», firmado por Orcoyen, dice que Jalics era «sospechoso contacto guerrilleros». El punto más interesante es el siguiente, porque remite a intimidades de la Compañía de Jesús, vistas desde la óptica de Bergoglio, que no había ninguna necesidad de confiar al funcionario de la dictadura: «Vivían en pequeña comunidad que el Superior jesuita disolvió en febrero de 1976 y se negaron a obedecer, solicitando la salida de la Compañía el 19 de marzo» [...] La nota bene final es ilevantable: dice Orcoyen que estos datos le fueron suministrados «por el padre Jorge Mario Bergoglio».

Horacio Verbitsky

***

La negativa del presidente del Episcopado también fue publicada en una entrevista con Clarín. En otro orden, si bien Bergoglio niega haber mutilado documentos para encubrir su actitud colaboracionista con la dictadura, Verbitsky publicó los documentos originales y el facsímil del libro para que los lectores pudiesen comparar.
A posteriori, cinco testimonios de curas y teólogos confirmarían el rol del cardenal durante la dictadura militar argentina en la desaparición de sacerdotes y su apoyo a la represión dictatorial. Los testigos son un sacerdote y un ex sacerdote, una teóloga, un seglar de una fraternidad laica que denunció en el Vaticano lo que ocurría en la Argentina en 1976 y un laico que fue secuestrado y torturado junto con dos sacerdotes que no reaparecieron.
El 8 de noviembre debió responder ante la Justicia por sus presunta complicidad con la dictadura. Según Horacio Verbitsky:
Bergoglio tuvo el privilegio de eludir la declaración pública en el tribunal que juzga los crímenes de la dictadura. En cambio los jueces aceptaron visitarlo en su arquidiócesis. Reconoció que en 1999 habló conmigo sobre el secuestro de sus entonces subordinados en la Compañía de Jesús, Orlando Yorio y Francisco Jalics. Pero dijo que nunca oyó hablar de la isla El Silencio, en el Tigre, propiedad del Arzobispado porteño, a la que fueron trasladados los prisioneros de la ESMA en 1979 para que no los encontrara la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Eso no es cierto, ya que en aquella entrevista Bergoglio me dio los datos precisos sobre el expediente sucesorio del solterón empleado de la Curia que figuraba como dueño de la propiedad. El papel manuscrito que me entregó se reproduce en esta página.

Horacio Verbitsky en Página/1213.

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Jorge Mario Bergoglio

Pero, en entrevista publicada en el diario Perfil con fecha 18/04/2010, el Cardenal negó enfáticamente lo afirmado por Verbistky, frente a los periodistas del pretigiosos diario argentino, reconoció que el tema no podía omitirse y accedió a contar su versión sobre los hechos y la actitud que asumió en la noche negra que vivió la Argentina. “Si no hablé en su momento, fue para no hacerle el juego a nadie, no porque tuviese algo que ocultar”, afirmó.
Cardenal: usted deslizó antes que durante la dictadura, escondió gente que estaba siendo perseguida. ¿Cómo fue aquello? ¿A cuántos protegió?
—En el colegio Máximo de la Compañía de Jesús, en San Miguel, en el Gran Buenos Aires, donde residía, escondí a unos cuantos. No recuerdo exactamente el número, pero fueron varios. Luego de la muerte de monseñor Enrique Angelelli (el obispo de La Rioja, que se caracterizó por su compromiso con los pobres), cobijé en el colegio Máximo a tres seminaristas de su diócesis que estudiaban teología. No estaban escondidos, pero sí cuidados, protegidos. Yendo a La Rioja para participar de un homenaje a Angelelli con motivo de cumplirse 30 años de su muerte, el obispo de Bariloche, Fernando Maletti, se encontró en el micro con uno de esos tres curas que está viviendo actualmente en Villa Eloísa, en la provincia de Santa Fe. Maletti no lo conocía, pero al ponerse a charlar, éste le contó que él y los otros dos sacerdotes veían en el colegio Máximo a personas que hacían “largos ejercicios espirituales de 20 días” y que, con el paso del tiempo, se dieron cuenta de que eso era una pantalla para esconder gente. Maletti después me lo contó, me dijo que no sabía toda esta historia y que habría que difundirla.
—Aparte de esconder gente, ¿hizo algunas otras cosas?
—Saqué del país, por Foz de Iguazú, a un joven que era bastante parecido a mí con mi cédula de identidad, vestido de sacerdote, con el clergiman y, de esa forma, pudo salvar su vida. Además, hice lo que pude con la edad que tenía y las pocas relaciones con las que contaba, para abogar por personas secuestradas. Llegué a ver dos veces al general (Jorge) Videla y al almirante (Emilio) Massera. En uno de mis intentos de conversar con Videla, me las arreglé para averiguar qué capellán militar le oficiaba la misa y lo convencí para que dijera que se había enfermado y me enviara a mí en su reemplazo. Recuerdo que oficié en la residencia del comandante en Jefe del Ejército ante toda la familia de Videla, un sábado a la tarde. Después, le pedí a Videla hablar con él, siempre en plan de averiguar el paradero de los curas detenidos. A lugares de detención no fui, salvo una vez que concurrí a una base aeronáutica, cercana a San Miguel, de la vecina localidad de José C. Paz, para averiguar sobre la suerte de un muchacho.”
La nota en el Diario “Perfil” es más extensa, pero por motivos de espacio se transcribe solo parte de ella. Por último, cabE agregar que el Cardenal Bergoglio ha impulsado la causa de beatificación de tres sacerdotes y dos seminaristas Palotinos masacrados por la Dictadura Militar el 4 de junio de 1976, conocido el hecho como la masacre de San Patricio.
Opinión sobre la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo
Una de las cuestiones en las que el cardenal se enfrentó al gobierno fue el proyecto de Ley de Matrimonio entre Personas del Mismo Sexo. El 9 de julio de 2010, días antes de su aprobación, se hizo pública una nota de Bergoglio calificando como una «guerra de Dios» dicho proyecto, que contemplaba que las personas homosexuales pudieran contraer matrimonio y adoptar niños. En la nota del cardenal primado, dirigida a las monjas carmelitas de Buenos Aires, calificaba el avance legislativo del proyecto como «una movida del Diablo» y en la que alentaba a acompañar «esta guerra de Dios» contra la posibilidad de que los homosexuales pudieran casarse. El expresidente Néstor Kirchner criticó las «presiones» de la Iglesia sobre este asunto.
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner acusó en duros términos a Bergoglio por la campaña contra el matrimonio entre personas del mismo sexo, que se debatía en el Congreso. Fernández de Kirschner juzgó la postura de la Iglesia como propia de «tiempos medievales y de la Inquisición».[1]

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Nota: Wikipedia.

Facebook

Esta imagen recoge las fotos de algunos de mis contactos en Facebook. Es un pequeño homenaje a todos los que de una manera u otra se encuentran vinculados conmigo en el mundo virtual.

Aunque no conozco sus rostros, incluyo en este agradecimiento a las decenas de miles de lectores de diversos países que visitan este blog y, a diario, me proporcionan ánimos para continuar escribiendo de manera habitual.

La gente me importa. Sería un necio si lo negara. No sé si afirmaría junto a Martin Luther King que si el mundo se acabase mañana,  hoy también plantaría un árbol ; pero, en todo caso, estoy seguro de que durante ese último día sí encontraría a alguien con quien solidarizarme.

Dick Jewell y su irónica lectura fotográfica de “El combate entre don Carnaval y doña Cuaresma”, de Breughel el Viejo

El óleo El combate entre don Carnaval y doña Cuaresma, de Breughel el Viejo, se encuentra en un museo de Viena y mide poco más de metro y medio de largo. El pozo y los colores más claros del centro de la plaza centran nuestra primera mirada. Después, como si se tratara de busca a Wally, vamos recorriendo los numerosos personajes, fijándonos en los sabrosos detalles que Pedro Breughel (Breda, 1525 – Bruselas, 1569) incluyó en su obra. Los dibujó no tan ingenuamente como podría pensarse, pues el pintor criticaba, nada menos, las circunstancias que rodearon las luchas entre católicos y protestantes que tanto afectaron a los Países Bajos. Breughel esboza aquí los principales trazos de lo que un famoso dramaturgo belga denominaría más tarde Breugheland.

Esta interpretación actual de la mordaz parodia breugheliana de El combate entre don Carnaval y doña Cuaresma, realizada por Dick Jewell [1], nos sitúa frente a un escenario que nos resulta familiar en muchos sentidos. Jewel nos regala un puente gráfico que no sólo permite profundizar en la obra original, sino en la mascarada social que respiramos.

Los amantes de rarezas fotográfícas y filmográficas encontrarán una delikatesse en el Dvd que produjo Dick Jewell sobre las noches locas de un club londinense llamado Kinky Gerlinky, el primero de una serie de extravagantes locales nocturnos en la City como el ya desaparecido Nag Nag Nag (por la canción de la banda Cabaret Votaire) o Puscha, donde la gente anónima acudía para mezclarse con los famosos.

No he encontrado ninguna referencia en español sobre Dick Jewell.  Incluyo un vídeo con una entrevista y, en las notas, algunas informaciones en inglés.

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NOTAS

[1] Dick Jewell graduated from the Royal College of Art (Printmaking MA) in 1978 and has gone on to develop an extraordinary career as an artist/printmaker and filmmaker. His studio practice utilises film, video, and photography and also explores photographic and digital anthologies via photomontage and animation. His working practice is diverse, he has published two books and his films have screened extensively within both film festivals and art galleries, while he still continues to work commercially as a cameraman within both the fashion and music industries. Dick has special interest and responsibility for the digital, photographic and moving-image media.
Biography
Dick Jewell exhibited at Waddington Galleries and New Contemporaries while still at the RCA. In 1979 he published Found Photos and participated in Young British Photographers, New York, and Lives, Hayward Gallery, London. His first solo exhibition at Chapter Arts Centre Cardiff in 1980 was followed by group shows including the Stedelijk Museum, Amsterdam, and the ‘Summer Show’ at the Serpentine Gallery, London.
In the 1980s he ran a record label, and designed and released albums for artists including Gregory Isaacs and Prince Far I. He has also directed music promos for artists including Neneh Cherry and Massive Attack. Since then he has directed and made over 50 documentary films and videos, primarily on the subjects of artists, dance and club culture.
These films of the 1980s and early ’90s have shown extensively not only at film festivals around the world but also more recently at art galleries including the Venice Biennale, Tate Liverpool, MOMA Sydney, the Victoria and Albert Museum and the ICA. His work is represented in public collections, including the Stedelijk Museum; Victoria and Albert Museum; Arts Council of Great Britain; Hayward Gallery Froebel Institute; Newport Museum; Whitworth Art Gallery; Leeds Art Gallery; Camden Libraries; Dudley Museum.
In the 1990s Dick Jewell’s documentaries continued with subjects as diverse as The Bushmen of the Kalahari and Capouera in NE Brazil, and the publication of Hysteric Glamour, 2001. Over the last 10 years, with the continued development of digital technology, Dick has been able to concentrate on his personal work within his studio practice is currently represented by Rachmaninoffs, London.

Ratzinger cumple el sueño de García Márquez: asistir a su propio entierro

Gabriel García Márquez narró en un cuento cómo asistía a su propio entierro. Acompañaba don Gabriel a los acompañantes de su féretro, bebiendo, cantando y tocando guitarras, montados todos en una gran parranda que llegó hasta las mismas puertas del cementerio. Según confiesa el autor, su felicidad era completa por compartir tan buen rato con sus amigos. Sin embargo, sus amigos se marcharon y él quedó solo, muerto y desconsolado en el camposanto.

Ratzinger está ahora en medio de la parranda y también debe sentir la misma alegría que el escritor colombiano describía en su cuento. Quizás, al buen hombre le comía la curiosidad de ver cómo nombraban a su sucesor. Quizás, no creía demasiado en que podría contemplar la ceremonia desde el Cielo ni desde ninguna otra parte, si antes se moría. Quizás, pensó el Sumo Pontífice alemán, cuyo carácter siempre me ha parecido tan festivo como el de un político sevillano en el mes de abril, quizás, digo, pensó: Me voy a pegá una jartá de reí viendo cómo to esta gente se da de puñalás.

El bueno de Ratzinger no va a llevar guitarras, como García Márquez, pero, a falta de guitarras y guitarrones, un buen órgano le servirá de fondo musical para contemplar la cara de terror de su Sucesor cuando sea elegido. Me imagino sus risitas discretas, entre la docena de monjitas calladitas que cada mañana le hacen la camita, le endulzan el cafelito y le siguen llamando Santidad, mientras le entregan sus zapatitos colombianos relucientes como el oro.

A partir de ahora –ya lo verán–, los gobiernos, las universidades, las órdenes religiosas y los premiadores todos se pelearán por prenderle medallas, dedicarle calles y entregarle títulos. Cuando le otorguen el Premio Príncipe de Asturias (¿a la humildad?), se disculpará por no poder ir a España a recogerlo; pero, excepcionalmente, se desplazará una comisión al Vaticano con miembros de la realeza incluidos. El único miembro que no recomiendo llevar, por el bien del tesoro vaticano, es el de don Urdangarín, por muy empalmado que esté.

Si el expapa alemán dura, las peregrinaciones al Vaticano subirán como la espuma de la cerveza, no menos alemana que él. Miles de fieles pedirán impacientes, en la Plaza de San Pedro, que canonicen a Benedicto XVI en vida. Hasta los teólogos de la liberación, impulsados por sus complejos de Edipo y deseosos de mostrarse como parte del redil, desbarrarán respecto al gesto de Ratzinger y llegarán a pedir que se enciendan cirios por San Benedicto XVI.

Y todo esto lo disfrutará Ratzinger desde su celda de oro, en vivo y en diferido. Dejando, atada y bien atada, su memoria en la coletividad católica.

Claro, el final de la parranda le llegará tarde o temprano. Los cardenales y el Sucesor se hartarán de tanto protagonismo y, a semejanza de los amigos de García Márquez, irán a lo suyo y le abandonarán. Y él quedará vivo, deprimido, impotente y solo con sus vestales en el panteón dorado que le están preparando.

Tal vez, ni él se merece tan aciago final.

Un viaje de 250 años: y CUARTA PARTE (Viera y Clavijo, Cristóbal del Hoyo y la Tertulia de Nava)

Retrato de al óleo de Alonso de Nava y Grimón, hijo de Tomás de Nava. En vida de su padre,  se celebraba la Tertulia de Nava o Tertulia de los Caballeritos en su casa de La Laguna.

VIENE DE LA TERCERA PARTE

“Lope de la Guerra presentó un buen montón de libros y periódicos que recibió de la Corte en el último mes con ejemplares de Inglaterra Francia y España. Fueron repartidos entre los asistentes que los revisaron y comentaron con alguna que otra sorpresa como una referencia elogiosa al texto de Viera y Clavijo Fiestas que la ciudad de San Cristóbal de La Laguna celebró en 1760 por la proclamación de Carlos III. El fallecimiento en septiembre de la Reina de España, María Amalia Cristina de Sajonia, aún aparecía muy destacado en las gacetas de Madrid. Sin que nadie supiera de dónde sacó la noticia Lope de la Guerra comentó:
–A pesar de su gran dolor nuestro don Carlos III tuvo una ocurrencia sublime respecto a la muerte de su esposa cuando dijo “En veintidós años de matrimonio este es el primer disgusto serio que me da Amalia”.
–Amigos míos –intervino Del Hoyo–, el matrimonio aunque sea real matrimonio nació de una costumbre lamentable. Con tal fundamento poco bueno se puede esperar de él.
–¿Qué origen es ese, señor marqués?
–Uno bien bastardo, hijo mío. En la antigüedad más remota únicamente se obligaba a casarse a aquellos que teniendo vínculos de parentescos solazaban sus carnes. Como castigo se les imponía la intimidad absoluta para que cual dos piedras de molinos se molieran entre sí hasta la tumba.
–¿Y el resto de la humanidad?
–Los seres humanos eran libres para practicar el amor con quien les apeteciera sin tener que rendir cuentas a nadie. El tropel de hijos generado se convertía en propiedad comunal y recibía los cuidados de todos los adultos. Después…
–¿Después que sucedió?
–El amor degeneró, señoras y señores. Los más chiflados lo fueron domesticando hasta encerrarlo en contratos vitalicios como si practicarlo entre muchos fuese una infamia para la humanidad.
–¿No exagera usted, mi buen marqués?

Agustín Betancourt y Molina (Tenerife, 1758-1824, San Petersburgo), quien se convertiría en uno de los más importantes ingenieros del mundo, asistía con su padre a la Tertulia de los Caballeritos.

La reunión se animó. Los debates se practicaban en pequeños grupos que a veces se fusionaban. La coronación de Jorge Guillermo Federico como Jorge III en el mes de octubre anterior no pasó desapercibida. Aparecieron las mistelas y los pastelillos finos cuando terminó de dar las nueve de la noche el reloj inglés de campana y repetición de cuartos de hora con música. Más de dos mil quinientos reales había pagado al marqués por aquel artilugio empotrado en su caja de oro y charol azul.
Tampoco quedaron sin analizar las batallas libradas entre franceses e ingleses en St. Lawrence River cerca de las Thousand Islands en Canadá. El marqués de la Villa de San Andrés se ha atragantado dos veces. Su hija lo confió a las manos de Lope de la Guerra mientras ella participaba en una discusión sobre el buen salvaje y las perversidades de la civilización europea. Sus opiniones estaban en abierta y fiera oposición a las de su primo Fernando de la Guerra que con tan buenos ojos la miraba.
Mientras tanto el marqués de Nava y Grimón había desaparecido por una puerta lateral sin que nadie lo advirtiera. No obstante su regreso resultó más que notorio: acompañado de dos sirvientes cargados con pesadas cajas de madera se dirigió al centro de la tertulia. Se produjo un silencio expectante. Los criados depositaron los cajones en el suelo. A una señal del marqués levantaron las tapas. El interior mostró el más preciado tesoro que pudiera llegar a las manos de los Caballeritos de La Laguna: decenas de libros procedentes de Europa: recién desembarcados por el Puerto de La Orotava: ocultos en el doble fondo de barricas y en el interior de fardos de tela para burlar la vigilancia del Santo Oficio. Como impulsados por muelles de relojería todos los presentes abandonaron sus asientos y se lanzaron en dirección a las cajas. En pocos minutos los volúmenes estaban desperdigados por la sala y pasaban de mano en mano entre el nerviosismo de los contertulios que no podían reprimir exclamaciones de sorpresa y risitas aprensivas reveladoras del placer y de los peligros inquisitoriales que entrañaban aquellos libros clandestinos.
La Tertulia de los Caballeritos de La Laguna sufrió un duro revés cuando José de Viera y Clavijo marchó hace tres años a Madrid con el propósito de terminar de escribir y publicar su Historia General de Canarias. Desde entonces las reuniones han ido languideciendo y cada vez se postergan más hasta el punto de que Fernando de la Guerra ha propuesto reunirse solamente una o dos veces al año.”

(Texto extractado de la novela “CANARIAS“, de Manuel Mora Morales, Editorial Malvasía, Islas Canarias, 2012. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto por cualquier medio sin permiso por escrito del autor)

El papa se convierte en dios

Comienzo a escribir estas líneas cuando despega el  helicóptero que se lleva a Ratzinger del Vaticano. Un artefacto blanco y volador como el Espíritu Santo. El hasta hoy jefe de la iglesia católica se retira a cien metros del que será su Sucesor, echándole el aliento en la nuca, sin perder de vista un solo paso, un solo gesto, una sola palabra del “Nuevo”. Los secretarios, los cardenales, los carcamales del Vaticano irán a consultar con el alemán enclaustrado cada movimiento del Sucesor, a pedirle su beneplácito o su censura para actuar en consecuencia.

Con sorpresa veo que el helicóptero pasa sobre el Coliseo, tomando el camino más largo para llegar a Castelgandolfo. Pronto entiendo que su objetivo es permanecer más tiempo en el aire atmosférico y en el aire televisivo.

A pesar del inmenso poder de un papa, no me gustaría estar en el pellejo del Sucesor que más temprano que tarde va a desarrollar una paranoia, que le impedirá disfrutar de las mieles de tanto, tanto, ¡tanto poder! El más gordo pájaro del Universo, y parte del extranjero, después de los tiburones de Wall Street  y de las Tres Personas.

La vuelta de la poderosa y albísima aeronave prosigue sobre ese cielo de Roma que también perteneció a Júpiter y a Venus, dos inmigrantes griegos que tomaron nombres latinos.

El Vaticano. Desde ese rincón de Roma, se gobiernan las voluntades de millones de personas, con agentes políticos en cientos de países, con innumerables púlpitos católicos que actúan como altavoces del poder vaticano, el cual, con un 25% de italianos en el colegio cardenalicio, se constituye en un verdadero brazo ejecutivo espaguético a nivel internacional, con un poder político superior al de la propia ONU. Un poder ante el que se han arrodillado, motu proprio, hasta Lula, Hugo Chávez, Fidel Castro y su involuntario hermano.

El helicóptero toma tierra. Un coche negro como la sotana de un cura se traga a Ratzinger y se va despacito para que las cámaras de televisión no encuentren problemas en la retransmisión de la humildad ratzingerniana.

El aliento de Ratzinger seguirá presente en el reparto de la tarta vaticana.

La inspiración del nuevo papa será el Ratzinger enclaustrado: él le inspirará las encíclicas, las visitas, el nombramiento de cardenales y los pasos a dar con cada obispo pillado en abusos sexuales infantiles. El papa Benedicto se transforma en Espíritu Santo. Una jugada magistral del mago Ratzinger: de nazi a cura, de cura a cardenal y de papa a… ¡Un auténtico milagro! Ya no necesitará utilizar el arrogante Nos mayestático, en primera persona del plural; a partir de ahora, sería lógico que utilizara la Tercera Persona para referirse a sí mismo. Hay ambiciones que no tienen tope.

El coche con el viejo vestido de blanco ha aparcado. Ratzinger ha llegado a su humilde y provisional hogar. Se asoma al balcón y saluda a miles de curiosos, mostrándoles radiante su gran humildad. Su humildad divina, benedictina y beneteletransmisina.

Existen exhibicionistas que no conocen límites.

Con sinceridad, no creo que ningún espíritu todopoderoso, ni siquiera mediopoderoso, confíe sus designios a unas personas que han quemado a los que no piensan como ellos, han excomulgado a quienes les llevan la contraria en cualquier asunto, han alentado a la caridad para llenar sus arcas como contraprestación a un lugar en su cielo postmortem y protegen a los pedófilos de una manera reiterada.

Pero si creyera en la Biblia y en los Evangelios, empezaría a dudar de que Ratzinger y sus muchachos sean del agrado de su dios, después del rayo que cayó en el Vaticano tan pronto anunció su partida, del meteorito que siguió al rayo y del cuasi triunfo de un Berlusconi que es peor que el meteorito y el rayo juntos.

Y por si todo esto fuera poco, el Barça perdió 1-3 frente al Real Madrid.

Un viaje de 250 años: TERCERA PARTE (Viera y Clavijo, Cristóbal del Hoyo y la Tertulia de Nava)

VIENE DE LA SEGUNDA PARTE

Juana se puso en pie con la taza de chocolate entre sus manos. El efecto de su frase fue demoledor. Se hizo un silencio sepulcral que solo parecían disfrutar dos personas: ella y el carcamal de su padre que la miraba embelesado sin darse cuenta de que un hilo de saliva colgaba de su barbilla.

–Y no estoy de acuerdo –continuó Juana con el tono más dulce de voz que era capaz de emitir– porque no creo que sea el clero ni la aristocracia lo que debe sostener a un regente… o a un reino. Una Nación ha de sustentarse sobre el poder ejecutivo sobre el poder legislativo y sobre el poder judicial. Si se hace de cualquier otra manera los súbditos de cualquier país estarán indefensos.
Volvió a sentarse. Cristóbal del Hoyo iba a aplaudir pero se contuvo a tiempo. Rezó para que alguien contestara adecuadamente a Juana y no quedara en evidencia desde su primera tertulia en Tenerife. José de Viera y Clavijo se dio cuenta de los apuros del marqués y tomó la palabra.
–Querida niña, me complace en sumo grado que haya usted leído y entendido al insigne Barón de Montesquieu. Ciertamente los tres poderes básicos que acaba de mencionar han de sustentar a un estado de corte constitucional como puede ser el británico. Sin embargo las monarquías tradicionales como la española o la francesa no se sustentan en esa triple base sino en instituciones de mayor solidez.
Un suspiro de alivio. Los reunidos volvieron sus miradas hacia sus tazas de chocolate. Algunas señoras empezaron a llenar sus bolsos con los dulces de las bandejas que los sirvientes habían depositado sobre las mesas.

–Siento contradecirle, don José –Juana había vuelto a tomar la palabra y esta vez tenía arreboladas las mejillas–, pero no puedo estar de acuerdo con su conclusión. Lo que yo creo es que sea cual sea la clase de regencia que haya en un país siempre debe garantizar que ningún súbdito tenga miedo de otro.
–¿Y quién habría de tener miedo en una Nación como la nuestra? –terció el orotavense Juan Antonio de Urtusáustegui disfrutando de echar más leña al fuego.
–Cualquiera que se viera indefenso ante los tribunales sin posibilidad de defenderse ante una ley injusta o ante un juez que no le de la razón frente al poder real o ante un contendiente con más títulos nobiliarios que él. Si no hay igualdad de todos los súbditos ante la Ley el gobierno de una Nación no puede ser un gobierno legítimo.
Varias manos se elevaron con presteza para replicar a Juana del Hoyo. Su padre sonrió satisfecho y tomó el primer sorbo de chocolate. Nunca había pensado que su incendiaria Juana fuese aceptada tan pronto en la sociedad tinerfeña. ¡Ni tan siquiera en la tertulia de Nava!
A la muerte de Cristóbal del Hoyo, el cual oficiaba de maestro de ceremonias en estas primeras tertulias, tomó el relevo Tomás de Nava que fortalecido por la capacidad organizadora de José de Viera y Clavijo dirigió la época más fértil de la tertulia que lleva su nombre. Entre los años 1758 y 1760 publicaron cincuenta números de un boletín manuscrito que llevaba por título Papel hebdomario dirigido por Viera y según él mismo dice contenía “varias noticias instructivas sobre historia natural, física y literatura”. En 1762 vio la luz el Correo de Canarias que constaría de seis ejemplares. La misma tertulia publicó cinco números de El Personero en 1764 con varios artículos dirigidos al Cabildo proponiendo reformas educativas: aumento de comunicaciones con España: creación de cátedras y de laboratorios. En 1765 siempre dirigido por Viera y Clavijo apareció La Gaceta de Daute que alcanzó mucha fama en la isla y dio a conocer a todos la Tertulia de Nava. En esta gaceta se publicaban artículos críticos que fueron tomados como ataques personales por algunas personas principales.
Desde sus inicios las lecturas de los tertulianos eran variadas y avanzadas: Rousseau el conde de Chesterfield Denelon Fleury Voltaire… Las familias más tradicionales y pacatas de La Laguna los consideraban auténticos acteos de Jalicia y si no procedían públicamente en su contra era por el temor que les inspiraba su estatus social. Los temas habituales de la Tertulia estaban referidos principalmente al análisis de las ciencias naturales como la Botánica y la Geología. Se aplicaban a los hallazgos arqueológicos tanto como a las ideas para desarrollar la higiene y la economía agrícola e industrial del archipiélago con la intención de formar campesinos sanos y artesanos hábiles. Evidentemente jamás hablaron de un mejor reparto de las riquezas ni del poder pues Santa Rita Rita Rita lo que se da no se quita. Asunto que pronto supo comprender la marquesita Juana del Hoyo.
En lo que nunca regatearon los marqueses fue en las deliciosas meriendas con chocolate como la que dos mozos y una doncella estaban sirviendo en aquella velada a los ilustres tertulianos que invariablemente se sorprendían y alababan el suave sabor a canela y vainilla que despedían las humeantes tazas de porcelana. Todavía estaban medio llenas cuando las sonrisas y la habilidad de Fernando de la Guerra lograron que el asunto de las garantías institucionales languideciera.
Sin embargo la décima del marqués de la Villa de San Andrés aprovechó el creciente silencio e inició su andadura sin que nadie pudiese detenerla por más tiempo en el pecho enardecido de su octogenario creador.

No se le oculta a Enriqueta
que del clima los descensos
se han convertido en intensos
tropiezos de mi escopeta
y si esta noche me reta
a una batalla de flores
cederé de mil amores
si antes la estufa caldea:
porque en frío no abalea
ni un trabuco de colores.

Aplausos. El marqués los recibió con una inclinación y la sonrisa picarona que no habían logrado borrar los años ni los encarcelamientos ni la justicia ni aun las industrias del Santo Oficio. La décima fue la señal de salida para reconducir por otros derroteros una tertulia que se anunciaba interesante.”

(Texto extractado de la novela “CANARIAS“, de Manuel Mora Morales, Editorial Malvasía, Islas Canarias, 2012. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto por cualquier medio sin permiso por escrito del autor)

CONTINÚA…

Un viaje de 250 años: SEGUNDA PARTE (Viera y Clavijo, Cristóbal del Hoyo y la Tertulia de Nava)

VER LA PRIMERA PARTE DE ESTE ARTICULO

José de Viera y Clavijo tenía 29 años. Aunque había nacido en el Realejo de Arriba pasó gran parte de su juventud en el Puerto de la Orotava. Su padre, Gabriel del Álamo y Viera, había sido alcalde pedáneo del Realejo de Arriba. Trabajó más tarde de escribano en el Puerto de la Cruz y en aquellos momentos ejercía el mismo empleo en el ayuntamiento de La Laguna. Por su parte el joven Viera desempeñaba sus labores clericales en la parroquia de Los Remedios. Sus lecturas del Teatro Crítico Universal de fray Benito Feijoo le descubrieron tempranamente el pensamiento ilustrado. Durante la pasada década de 1750 Viera dedicó sus esfuerzos a cultivarse a fondo con los libros europeos de sus amigos. Al mismo tiempo tomó la dirección de la tertulia y ya llevaba dos años publicando un boletín manuscrito con varias noticias instructivas sobre Historia Natural Física y Literatura. Problemas con el Santo Oficio no le faltaban. Incluso el obispo le llamó al orden prohibiéndole salir de noche en traje mundano y otras cosas por el estilo.
Su mirada se dirigió a la mesa donde Lope de la Guerra había dispuesto las nuevas publicaciones recibidas. Sin embargo no tuvo tiempo de leer sus títulos porque el anfitrión Tomás de Nava y Grimón, marqués de Villanueva del Prado, entró en la estancia encaminándose con los brazos abiertos al encuentro del anciano marqués de la Villa de San Andrés.
–¡A mis brazos, don Cristóbal! Ya veo que la salud se niega a abandonarlo. ¿Cómo se encuentra, mi ilustre amigo?
–Caliente, Tomás, ¿cómo quieres que me encuentre, hombre?
–¿A sus años y con el frío que hace fuera, don Cristóbal?
–No importa lo vieja que sea la lámpara, jovencito. Si la alimentamos con un buen aceite no se herrumbra ni deja de dar luz.
–El señor marqués no ha olvidado nunca la importancia de los combustibles. Son los que mueven el mundo y los que lo renuevan –comentó entre risas Viera y Clavijo.

Juana del Hoyo, hija de Cristóbal del Hoyo, marqués de San Andrés, en una retrato realizado en su edad madura, siendo ya esposa o viuda de su primo Fernando de la Guerra.

Sin solución de continuidad entró un grupo de hombres en animada charla. Junto a la marquesa de Villanueva –cuyo nombre era y es Elena Josefa Paula Francisca Benítez de Lugo y Ponte Arias de Saavedra– las mujeres también entraron sin que los hombres realizaran muchos gestos para saludarlas. En la isla está mal visto besar la mejilla o la mano de una mujer incluso si ella invita al caballero a hacerlo. Se trata de una regla estricta que ni el mismo Cristóbal del Hoyo se atreve a romper.
El anciano marqués fue el primero en acercarse al grupito de damas. Tras las inclinaciones y las sonrisas tomó a una de ellas por la mano como si tuviese intenciones de invitarla a bailar.
Era una joven hermosa que no se sentía intimidada ante las miradas masculinas y que avanzaba hasta el centro del salón. Llegados a ese punto el marqués soltó su mano. No hizo falta que hiciera un solo gesto para pedir la palabra. Todos los presentes guardaron un silencio expectante.
–Amigos míos, llevo muchos años soñando con este momento. Por fin ha llegado. Mi corazón se siente feliz como pocas veces lo ha estado. Aunque el acontecimiento me pide un largo discurso no pienso robarles más de un minuto para presentarles a mi querida hija Juana. Sé perfectamente que será acogida por todos con el mismo cariño que el carcamal de su padre. No me cabe la menor duda de que por sus propios méritos se ganará el amor la admiración y el respeto de ustedes. A pesar de haber heredado algunos rasgos míos les aseguro que se trata de una muchacha sincera que solo sabe repartir sonrisas y bondad a cuantos la conocen. Nada más. Gracias por escuchar a este viejo tonto y sentimental.
Juana del Hoyo vestía de rojo y resplandecía. Su padre había sacado un pañuelo para enjugarse las lágrimas. Los tertulianos estaban paralizados sin atreverse a romper la magia de ver llorar al mismísimo marqués de San Andrés. Solo la entrada de un criado con una bandeja repleta de dulces rompió el encantamiento y las mujeres corrieron a unirse a los Del Hoyo.
Las bandejas iluminadas con velas fueron pasando. Cada cual tomaba los pastelillos de monja que más le apetecían para acompañar las humeantes tazas de chocolate que estaban a punto de servirse.
Recuperados los ánimos sentó por fin sus posaderas el marqués de San Andrés e inició un debate sobre la necesidad de reforzar la nobleza y el clero para que la autoridad real conservara largo tiempo su hegemonía sobre el pueblo. Desde luego todos los presentes eran monárquicos pero no todos entendían la monarquía de la misma forma. De ahí que comiencen a diferir las opiniones sin que nadie levante la voz. Las mujeres bebían chocolate sonreían y ponían cara de interés mientras examinaban las camisas de los caballeros por si tenían alguna mancha o no estaban todo lo bien planchadas que debieran. Pero he aquí que una voz femenina surgió del grupo.
–Siento no estar de acuerdo con los caballeros.
Juana se puso en pie con la taza de chocolate entre sus manos. El efecto de su frase fue demoledor. Se hizo un silencio sepulcral que solo parecían disfrutar dos personas: ella y el carcamal de su padre que la miraba embelesado sin darse cuenta de que un hilo de saliva colgaba de su barbilla.
–Y no estoy de acuerdo –continuó Juana con el tono más dulce de voz que era capaz de emitir– porque [...].”

(Texto extractado de la novela “CANARIAS“, de Manuel Mora Morales, Editorial Malvasía, Islas Canarias, 2012. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto por cualquier medio sin permiso por escrito del autor)

CONTINÚA…

El Palacio de Nava, junto a la plaza y fuente del Adelantado, en La Laguna, según una reconstrucción digital de Luis García Mesa.

Bajo la sombra de Leviatán: Paul Auster y el 23F

“Leviathan 2000″, cuadro del pintor estaounidense Bo Bartlett.

Los seres humanos o, al menos, una buena porción de seres humanos, albergamos una peregrina idea de la salvación que ronda demasiadas veces la muerte.

Si apelamos a un dios para que nos salve, lo matamos o él mata a miles de hombres y mujeres. No hace falta nombrar ejemplos, pero citaré dos muy conocidos: la muerte del hijo del dios de los israelitas para salvar a su pueblo del pecado de haber comido manzanas en el paraíso y la innecesaria aniquilación de millares de sodomitas y gomorritas con la misma intención higiénica. Los castigos indiscriminados sobre la población egipcia tampoco fueron moco de pavo; su objetivo: salvar a un pueblo esclavizado por el faraón. Naturalmente, al menos desde mi punto de vista, se trata de ficciones bíblicas; no obstante son el reflejo de una manera de pensar y de educar que perviviría hasta nuestros días.

La salvación del género humano a manos del propio género humano también necesita muchos litros de sangre. Nos salvó Hitler, nos salvó Stalin, nos salvó Mussolini, nos salvó Franco, nos salvó Idi Amín, nos salvó Pinochet,…

…y nos quiso salvar la siniestra mano que dirigió al guardia civil  Tejero hacia el Parlamento español para terminar con todas las libertades democráticas, a golpe de tanques y palabras soeces. Un golpe de estado que fracasó de la misma manera opaca que comenzó un 23 de febrero de 1981. Hace hoy 32 años que el Leviatán nos rozó con sus dientes y sentimos su aliento frío sobre nuestras libertades.

Este grabado satírico, coloreado a mano y publicados a principios del siglo XIX,en Londres, lleva por título “A tub for the Whale!” (¡Un tina para la ballena!).

Los salvadores de la patria, del orden y de la raza son el Leviatán[1], ese monstruo que merodea a nuestro alrededor siempre dispuesto a devorar nuestras libertades y a sumirnos en la oscuridad del orden frente a la luz del libre albedrío. Sin embargo, nosotros mismos somos quienes convocamos al monstruo. Al menor indicio de movimiento social, cuando confundimos la transformación con el caos, clamamos a gritos por un líder que contenga la vida dentro de los límites que conocemos, que no la deje expandir ni un metro más allá de las fronteras de nuestra miopía.

No soy inocente. Hace pocas semanas, me sorprendí a mí mismo pronunciando una frase que jamás pensé decir: “A veces, creo que es mejor aguantar a un represor inteligente que a un mandamás descerebrado.” No me refería a un país ni siquiera a una población, sino a una pequeña institución y a una situación temporal. Sin embargo, en esta frase está contenida la semilla del Leviatán, la que al desarrollarse termina por segar las propias cabezas de quienes le han invocado. Soy consciente de que esta frase no es casual: proviene de una educación represora, heredada de la corrosión que suponen largos siglos destilando pensamientos cautivos de las liturgias del poder.

La transformación no puede darse sin crisis. Tendemos a pensar que la evolución es lo contrario de la revolución, pero no es así. Ambas significan transformación y ambas nos alejan de las crisis, a diferente velocidad; pero la ventaja de la evolución social, política y económica es que podemos controlar mejor su trayectoria, obviando los salvapatrias sanguinarios. Lo contrario de la evolución es el estancamiento en la crisis, la dejación del poder en manos de quienes nos seducen con sus ropajes externos de fuegos artificiales, la inacción que nos conduce al deterioro irreversible de cuanto nos rodea hasta que termina por podrirse definitivamente.

El monstruo Leviatán, representado en un fresco titulado “El Juicio Final”, que Giacomo Rossignolo pintó hacia 1570/80, en la iglesia Nuestra Señora de los Bosques, en la población francesa de Boves, en la región de Picardía.

Esta crisis no es el Acabose, sino la transformación en crisálida de un sistema económico que renacerá de manera más esplendorosa y justa. Ignoro cuántos años nos llevará el proceso ni las víctimas que se ha de cobrar, pero tengo la seguridad de que los movimientos sociales conducirán la producción y el consumo –esto es la economía real, pues el mercado es la coyuntural– hacia un florecimiento económico que no ha conocido la humanidad hasta ahora. Es evidente que fuera de este esquema quedan muchos países que no poseen capacidad ni para entrar en crisis y que, a estas alturas de la Historia, sólo podrán levantarse si los estados más poderosos –o las estructuras que los sustituyan– les tienden su mano abierta.

La otra solución es el Leviatán con sus caminos de muerte y de orden, marcados al paso de las botas militares y las ráfagas de ametralladoras, para imponer la paz de los muertos. No conviene perder de vista esta posibilidad, porque siempre está acechando en cada cruce del sendero, merodeando hediondamente.

También este año, ¡cómo no!, leo en febrero la novela Leviatán, de Paul Auster; un ritual que me acompaña desde hace muchos años y que me hace reflexionar sobre el supuesto orden y las supuestas libertades, y los caminos que nos acercan y nos alejan del monstruo bíblico.

Luego vino mi encuentro con Iris, y la locura de aquellos dos años terminó bruscamente. Eso ocurrió el 23 de febrero de 1981: tres meses después del día de Acción de Gracias, un año después de que Fanny y yo rompiésemos nuestra relación amorosa, seis años después de que empezase mi amistad con Sachs.

[...]

El 16 de enero de 1988 estalló una bomba delante del tribunal de Tumbull, Ohio, volando una pequeña réplica a escala de la Estatua de la Libertad. La mayoría de la gente supuso que se trataba de una travesura de adolescentes, un pequeño acto de vandalismo sin motivaciones políticas, pero, dado que se había destruido un símbolo nacional, las agencias de noticias informaron brevemente del incidente al día si­guiente. Seis días después volaba otra Estatua de la Libertad en Danburg, Pennsylvania. Las circunstancias eran casi idénticas: una pequeña explosión a medianoche, ningún herido, ningún daño material excepto la pequeña estatua. Sin embargo, era imposible saber si en los dos casos estaba implicada la misma persona o si la segunda explosión era una imitación de la primera. A nadie pareció importarle mucho entonces, pero un eminente senador conservador hizo una declaración conde­nando “estos actos deplorables” y apremiando a los culpables a cesar en sus gamberradas inmediatamente. “No tiene gracia”, dijo. “No sólo han destruido una propiedad privada, sino que han profanado un icono nacional. Los americanos aman su estatua y no les agrada este tipo de broma pesada.”

En total hay ciento treinta réplicas a escala de la Estatua de la Libertad en lugares públicos por todos los Estados Unidos. Se pueden encontrar en los parques, delante de los ayunta­mientos, en lo alto de los edificios. Al contrario de lo que ocurre con la bandera, que tiende a dividir a la gente tanto como a unirla, la estatua es un símbolo que no causa ninguna controversia. Si hay muchos americanos que están orgullosos de su bandera, hay otros tantos que se sienten avergonzados de ella, y por cada persona que la considera un objeto sagrado, hay otra que querría escupirle, o quemarla, o arrastrarla por el fango. La Estatua de la Libertad es inmune a estos conflictos. Durante los últimos cien años ha trascendido la política y la ideología, alzándose en el umbral de nuestro país como un emblema de todo lo que hay de bueno en todos nosotros. Representa la esperanza más que la realidad, la fe más que los hechos, y sería difícil encontrar una sola persona dispuesta a denunciar las cosas que representa: democracia, libertad, igual­dad ante la ley. Es lo mejor que los Estados Unidos pueden ofrecer al mundo y, por mucho que a uno le apene el que los Estados Unidos no hayan logrado estar a la altura de estos ideales, los ideales mismos no se ponen en cuestión. Han dado consuelo a millones de personas, nos han infundido a todos la esperanza de que algún día podremos vivir en un mundo mejor.

[...]

Pero eso era todo. El Fantasma era una señal de la ausencia de mi amigo, un catalizador del dolor personal, pero pasó más de un año hasta que me fijé en el propio Fantasma. Eso fue en 1989 y sucedió cuando encendí el televisor y vi a los estudian­tes del movimiento democrático chino descubrir su torpe imitación de la Estatua de la Libertad en la Plaza de Tianan­men. Me di cuenta de que había subestimado el poder del símbolo. Representaba una idea que pertenecía a todos, al mundo entero, y el Fantasma había desempeñado un papel crucial en la resurrección de su significado. Me había equivo­cado al ignorarlo. Había conmovido las profundidades de la tierra y las ondas estaban empezando a subir a la superficie, afectando a todas las zonas al mismo tiempo. Algo había sucedido, algo nuevo flotaba en el aire, y hubo días esa primavera en que al andar por la ciudad casi imaginaba que las aceras vibraban bajo mis pies.

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NOTAS

[1] El Leviatán, animal bíblico marino, a menudo evocado en el Libro de Job, en los Salmos y en el Apocalipsis, es un monstruo al que no conviene despertar. Su nombre proviene de la mitología fenicia que lo presenta como “un monstruo del caos primitivo” que amenaza con destruir el orden existente. Enfadada esta serpiente es “capaz de engullir momentáneamente al sol”.

Un viaje de 250 años: PRIMERA PARTE (Viera y Clavijo, Cristóbal del Hoyo y la Tertulia de Nava)

El aventurero ilustrado Cristóbal del Hoyo Solórzano y Sotomayor, marqués de la Villa de San Andrés y Vizconde del Buen Paso. Se ha llegado a decir que fue tomado como modelo por Alexandre Dumas para escribir la novela El Conde de Montecristo.

“Cristóbal del Hoyo era un auténtico personaje de novela con más aventuras que años de vida. Poseedor de la mente inquieta de un individuo que vive su tiempo era capaz de presentar a la tertulia los asuntos más inesperados: desde una divertida discusión sobre las desdichadas intervenciones del Santo Oficio respecto a los hombres que comienzan a usar bragueta en sus pantalones hasta hacer hincapié en las influencias sociales que descarrían la conducta íntegra del buen salvaje descrito por Rousseau.
Su padre se casó con una mujer de La Palma. Por eso él había nacido en el pueblo palmero de Tazacorte en el año 1677. En su adolescencia pasó a Tenerife. Cuando cumplió los treinta y siete años anduvo por Inglaterra Francia y los Países Bajos. Después residió un año en París cultivándose en Academias e Institutos de la mano de Diderot Voltaire D’Alambert Malesherbes y otros humanistas. Volvió a Tenerife en 1717 vestido a la última moda de París. Se estableció en Garachico: la villa norteña donde residía la mayor parte de su familia. Los vecinos no salían de su asombro cuando lo veían pasear emperifollado con su acampanada casaca roja enriquecida con grandes ojales dorados que hacían juego con sus calzones cortos y un espadín que parecía un cuchillo de cocina sujeto a la cintura. La guinda del conjuntado Marquesito era una peluca rizada y coronada por un tricornio con pluma de avestruz.
–Parece mentira que tenga ya treinta y nueve años y continúe comportándose como un niño teta –comentaba alguno.
–No como un niño sino como una damisela –completaba siempre alguien con malevolencia.
Cristóbal no hacía caso de habladurías. Habiendo permanecido casi tres años en Europa ya se consideraba muy por encima de aquella gente llana: sus pensamientos aspiraban a acomodarse en regiones más etéreas. Por ejemplo en la sala de su hermana y a la vera de su sobrina. Ciertamente en aquel año de 1760 ya habían transcurrido cuatro décadas desde aquellos escarceos amorosos con su prima. Aunque no hubiera cambiado el temperamento irreverente del marqués sí resultaba notorio que había atesorado las más insólitas experiencias. Ellas le condujeron a decantarse el pensamiento racionalista moderno. En cuanto al cultivo de las artes literarias el marqués llegó a extremos peligrosos. Todo lo cual seguía siendo piedra de escándalo en la isla excepto para sus incondicionales tertulianos entre los que se incluía el joven sacerdote José de Viera y Clavijo que en esos momentos entraba en el salón sacudiéndose algunas gotas de lluvia de su sotana. Colgó su capa en un perchero.
–Mi estimado señor marqués, ¿cómo se encuentra usted? –saludó Viera sujetando con afecto los antebrazos del viejo ilustrado al tiempo que dedicaba una inclinación de cabeza a Lope Antonio de la Guerra.

Antonio Lope de la Guerra, sobrino de Cristóbal del Hoyo e ilustrado asiduo a la Tertulia de Nava, que describió en sus Memorias gran parte de lo sucedido en Tenerife durante el último cuarto del siglo XVIII.

–Bien, hijo, bien gracias a Dios y a su Santo Oficio –contestó riendo Cristóbal del Hoyo–. ¿Le había dicho antes que tiene usted una sonrisa exacta en su geometría a la de mi antiguo profesor el excelso Voltaire?
–En cada tertulia me lo dice, don Cristóbal. Y ya sabe que lo recibo como un gran cumplido. Parecerse al maestro en cualquier cosa no es poco. Incluso si el maestro padece prognatismo.
–Si usted residiera en París, joven amigo, no dudo que también pertenecería a la misma gloriosa constelación de sus mejores filósofos. Pero hemos de resignarnos a estar anidados en esta prisión con muros de agua.
–También el agua atesora entre sus cualidades la fluidez que puede conducirnos a otros ámbitos. Nadie como usted lo sabe.
José de Viera y Clavijo tenía 29 años. Aunque había nacido en el Realejo de Arriba pasó gran parte de su juventud en [...].”

(Texto extractado de la novela “CANARIAS“, de Manuel Mora Morales, Editorial Malvasía, Islas Canarias, 2012. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto por cualquier medio sin permiso por escrito del autor)

CONTINÚA…

Palacio de Nava, en La Laguna (Tenerife, Islas Canarias). Aquí se desarrolló la Tertulia de Nava o Tertulia de los Caballeritos.

A propósito de Ratzinger

RATZINGER

En uno de sus poemas, decía Bertolt Brecht que cada persona debe tener más de un vicio, porque uno solo es demasiado para poder caminar con cierto equilibrio por la vida. Y, si su frase exacta no era ésta, seguro que se le parecía mucho.

Uno de mis vicios secretos son las novelas de cienciaficción: me gusta Isaac Asimov, adoro a Ray Bradbury y disfruto con Stanislaw Lem [1]. Precisamente, Lem me vino a la memoria cuando escuché que el papa Ratzinger se jubilará el día 28 de febrero, a los 86 años (a la misma edad en que se jubilarán los trabajadores españoles, cuando el gobierno termine su proyecto de legislación laboral para salir de la crisis). Hoy ha sido la gran noticia internacional, más allá de los cinco grandes muertos norteamericanos y los treinta y seis pequeños muertos hindúes, más allá de las crisis y de los sepulcros blanqueados con declaraciones de la renta.

Estando bien de salud y con la mente clara, ¿qué mosca le habrá picado al papa para tomar una decisión tan drástica? –pensé– ¿Lo hará por vanidad, para que le recuerden como una persona humilde y original? No, no creo que llegue a tales extremos. Ni siquiera para que le canonicen por su gesto de humildad suprema. No me cuadra. Es demasiado inteligente… .

Entonces se me ocurrió: ¿Y si fuera porque…?

Aquí, justamente, pensé en el Vigésimo segundo viaje, de Stanislaw Lem, un relato publicado en 1971, formando parte de la obra Diarios de las estrellas.

¿Tendría Ratzinger una experiencia similar a la del padre Bonifacio? ¿Se retirará a un monasterio cartujo para escribir una obra sobre Física cuántica o sobre las posibilidades de los genes humanos como material adecuado para la construcción de los futuros procesadores? –admito que éstas y otras elucubraciones me vinieron a la mente y, tal vez, también lo piensen ustedes después de haber leído la siguiente cita, que no me resisto a incluir aquí, aun cuando sólo es una parte del cuento de Lem que contiene varios regalos sorprendentes, como si se tratara de una piñata literaria.

Léanlo, les hará pensar y sonreír. En caso contrario, pueden devolvérmelo.

El relato comienza cuando el protagonista, autor del Diario, encuentra a un padre dominico en un planeta lejano. El fraile se halla abatido por las dificultades de su trabajo y el viajero estelar le dice que lo lamenta…

“Dije que lo lamentaba; el padre Lacimón se encogió de hombros:

–Ah, hay cosas peores. Los bzutos, por ejemplo, consideran que la resurrección es un acto tan corriente como ponerse un traje y no hay manera que la reconozcan como un milagro. Los dartrudos de Egilia no tienen brazos ni piernas; podrían santiguarse solamente con colas, pero yo no puedo tomar, solo, una decisión tan importante. Estoy esperando una contestación de la Sede Apostólica desde hace dos años, pero el Vaticano guarda silencio… ¡Y lo del pobre padre Oribacio, nuestra misión! ¿Ha oído hablar de su cruel destino?

Dije que no sabía nada.

–Escuche, pues. Ya los primeros descubridores de Urtama no tenían palabras de elogio para sus habitantes, los poderosos memnogos. Todos están convencidos de que esos seres racionales pertenecen a las criaturas más serviciales, dulces, bondadosas y llenas de altruismo de todo el Cosmos. En la esperanza de que la semilla de la fe brotaría felizmente en esta clase de gleba, mandamos a los memnogos al padre Oribacio, investido de la dignidad de obispo in partibus infidelium. Los memnogos le recibieron en Urtama con una hospitalidad ejemplar: le rodearon de atenciones casi maternales, le respetaban, obedecían a cada palabra suya, adivinaban sus intenciones y cumplían todos sus deseos, parecían absorber sus enseñanzas con anhelo; en una palabra, se le entregaron por entero. Las cartas que el pobrecito me escribía rebosaban de alabanzas y de satisfacción por su comportamiento…

Aquí el padre dominico se secó una lágrima con la manga del hábito.

–En una atmósfera tan favorable, el padre Oribacio no cesaba de predicar día y noche sobre los principios de la fe. Después de explicar a los memnogos la historia del Viejo y del Nuevo Testamento, el Apocalipsis y las Cartas de los Apóstoles pasó a las vidas de los mártires del Señor. Pobre, éste fue siempre su tema predilecto…

Sobreponiéndose a la emoción que le embargaba, el padre Lacimón siguió hablando en voz trémula:

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–Les narró, pues, la vida de san Juan, que logró la luz eterna por ser hervido en aceite; la de santa Águeda, que se dejó cortar la cabeza por la fe; la de san Sebastián, que acribillado de flechas, sufrió crueles tormentos y en recompensa fue recibido en el paraíso por los coros angélicos; les habló de los jóvenes mártires que sufrieron el tormento de descuartización, estrangulamiento, la rueda y la pira, soportándolo todo en éxtasis con la seguridad de ganarse un sitial a la diestra del Señor de las huestes celestiales. Cuando les había relatado la historia de muchas vidas parecidas, dignas de ser imitadas, los memnogos, todo oídos, empezaron a mirarse de soslayo; el mayor de ellos preguntó tímidamente:

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–Reverendo sacerdote nuestro, maestro y padre venerable, si el atrevimiento de tus indignos servidores no es demasiado grande, dinos, te rogamos, si el alma de todo hombre dispuesto a sufrir martirio va al cielo.

–Indudablemente, sí, hijo mío –repuso el padre Oribacio.

–¿Ah, sí? Muy bien… –dijo lentamente el memnogo–. ¿Y tú, padre venerado, deseas ir al cielo?

–Es mi más ferviente deseo, hijo mío.

–¿Deseas también ser santo? –siguió preguntando el memnogo.

–Hijo amado, ¿quién no lo quisiera? Pero yo, un pobre pecador, no puede soñar siquiera con una dignidad tan elevada.

–Pero tú quieres ser santo, ¿no es verdad? –volvió a asegurarse el mayor de los memnogos, echando una mirada significativa a sus compañeros, que ya se levantaban disimuladamente de sus asientos.

–Claro que sí, hijo mío.

–¡En tal caso, nosotros te ayudaremos!

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–¿De qué manera, amados míos? –sonrió el padre Oribacio, conmovido por el ingenuo celo de su fiel rebaño.

Entonces los memnogos lo cogieron suavemente pero con firmeza por los brazos y dijeron:

–¡De la manera, querido padre, que tú mismo nos enseñaste!

Acto seguido le despellejaron la espalda y se la untaron con pez, al igual que el verdugo de Irlanda hiciera con san Jacinto; luego le cortaron la pierna izquierda como los paganos a san Pafnuncio, le abrieron el vientre y se lo rellenaron con un haz de paja igual que le pasó a la beata Elisabeth de Normandía, después de lo cual lo empalaron como los emalquitas a san Hugo, le rompieron las costillas como los siracusanos a san Enrique de Padua, y le quemaron a fuego lento como los borgoñones a la Doncella de Orleans. Después descansaron un ratito, se lavaron y empezaron a verter lágrimas amargas por su pastor amadísimo perdido para siempre.

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Los encontré así, desesperados, al pasar por su parroquia durante mi visita a todas las estrellas de la diócesis. Cuando me dijeron lo que habían hecho se me pusieron los pelos de punta. Al colmo del desespero, grité:

–¡Indignos criminales! ¡El mismo infierno es poco para vosotros! ¿Sabéis que condenasteis vuestras almas para la eternidad?

Aquel memnogo tan grande se puso en pie y me dijo:

–Venerable padre, sabemos que seremos condenados y atormentados hasta el fin del mundo: tuvimos que luchar desesperadamente con nuestra propia conciencia antes de tomar aquella decisión, pero el padre Oribacio nos decía siempre que no había cosa que un buen cristiano no hiciera por su prójimo, que había que dárselo todo y estar preparado para todo. Así que renunciamos con desesperación a nuestra salvación, deseando solamente que nuestro amadísimo pastor tuviera la corona de mártir y la santidad. No puedes imaginar qué difícil fue para nosotros, ya que antes de la llegada del padre Oribacio nadie aquí era capaz de matar una mosca. Le suplicamos, pues, repetidas veces, le pedimos de rodillas que cediera un poco y suavizara la dureza de las obligaciones del creyente, pero él afirmaba que por el prójimo se debía hacer todo, sin excepciones. Nos convencimos finalmente de que no podíamos negarle nada. Comprendíamos igualmente que éramos muy poca cosa en comparación con aquel santo varón y que merecía nuestros mayores sacrificios. Creemos firmemente que nuestro acto tuvo éxito y que el padre Oribacio mora ahora en el cielo. Aquí tienes, padre venerable, la bolsa con la cantidad que hemos reunido para su proceso de canonización, porque él nos había explicado que así se hacía y que era imprescindible. Debo decirte que sólo le hemos aplicado sus torturas preferidas, las que nos describía con mayor entusiasmo. Confiábamos que le serían gratas; sin embargo, él se resistía, y lo que menos le gustó fue tragar el plomo hirviente. En cualquier caso, no quisimos admitir que el sacerdote nos decía una cosa, pensando otra. Sus gritos no podían ser más que una señal de descontento de unas partículas bajas y corporales de su ser, así que no le hicimos caso, conforme a sus enseñanzas de que había que rebajar el cuerpo para enaltecer el espíritu. En el afán de animarle, le recordamos los principios que nos inculcaba, a lo que el padre Oribacio contestó con una sola palabra, desconocida e incomprensible para nosotros; seguimos sin entenderla, porque no la hemos encontrado ni en los libros de oraciones que nos había regalado ni en las Santas Escrituras.

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Al llegar al final de su relato, el padre Lacimón se limpió la frente, perlada de gruesas gotas de sudor. Durante un largo rato ni él ni yo proferimos una palabra. Finalmente, el anciano dominico rompió el silencio diciendo:

–¡Ya me dirá usted cómo se puede ser pastor de almas en estas condiciones! ¡Fíjese ahora en esto!

El padre Lacimón golpeó con la mano una carta abierta sobre la mesa:

–El padre Hipólito me informa desde Arpetusa, un pequeño planeta de Libra, que sus habitantes se niegan a contraer matrimonio y procrear hijos, de modo que su raza corre el peligro de extinción total!

–¿Por qué? –pregunté, asombrado.

–¡Porque al oír que las relaciones carnales eran un pecado, desearon tanto la salvación, que todos hicieron voto de castidad y lo mantienen! La Iglesia lleva dos mil años pregonando la preponderancia de los cuidados necesarios para la salvación del alma sobre los de los asuntos terrenales, pero nadie lo tomaba al pie de la letra, ¡por el amor de Dios! Todos esos arpetusanos, digo bien, todos, sintieron la vocación e ingresaron en masa en las órdenes; observan las reglas de manera ejemplar, rezan, ayunan y se mortifican, mientras que faltan manos en la industria y la agricultura, se ve venir el hambre y el fin del planeta. Mandé un informe sobre ello a Roma, pero, como de costumbre, la respuesta es el silencio…

–Encuentro que lo de llevar la fe a otros planetas fue un paso arriesgado… –observé.

–¿Y qué remedio quedaba? La Iglesia no tiene prisa, Ecclesia non festinat, bien lo sabemos, ya que su reino no es de este mundo; ¡pero mientras el Colegio Cardenalicio celebraba consejos y vacilaba, en los planetas empezaron a crecer como setas después de la lluvia las misiones de calvinistas, baptistas, redentoristas, mariavitas, adventistas y no sé cuantas más todavía! Tuvimos, pues, que salvar lo que aún se podía salvar. Bueno, querido señor, ya que se lo he dicho todo… venga conmigo.

El padre Lacimón me condujo a su despacho. Un enorme mapa azul del cielo estelar ocupaba toda una pared; del lado derecho, una gran parte de él estaba tapada con papel blanco.

–Mire esto –dijo, indicándome la parte tapada.

–¿Qué significa?

–Una derrota, señor. Una derrota definitiva. Estos terrenos están habitados por unos pueblos cuyo nivel de inteligencia es excepcionalmente alto. Allí practican solamente el materialismo y el ateísmo, y dirigen todos sus esfuerzos hacia el desarrollo de la ciencia, la técnica y el perfeccionamiento de las condiciones de vida en los planetas. Estuvimos enviándoles a nuestros misioneros más sabios, padres salesianos, benedictinos, dominicos, incluso jesuitas, predicadores inspirados de la palabra de Dios, oradores incomparables. ¡Todos, absolutamente todos, volvieron transformados en ateos!

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El padre Lacimón, muy nervioso, se acercó a la mesa.

–Teníamos aquí a un tal padre Bonifacio, le recuerdo como a uno de los religiosos más fervientes: pasaba días y noches rezando de bruces en el suelo, todos los asuntos del mundo eran para él polvo y nada, para él no existía otra ocupación que el rezo del rosario ni una alegría más grande que la misa. Pues bien: ¡al cabo de tres semanas de estar allí (el padre Lacimón indicó la parte tapada del mapa) se matriculó en una escuela de ingenieros y escribió el libro que aquí tiene! –El dominico levantó de la mesa un grueso volumen y volvió a tirarlo con asco.

Lo abrí y leí el título: Medios de aumentar la seguridad de los vuelos espaciales.”

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NOTAS

[1] Stanisław Lem (12 de septiembre de 1921 – 27 de marzo de 2006) fue un escritor polaco cuya obra se ha caracterizado por su tono satírico y filosófico. Sus libros, entre los cuales se encuentran Ciberíada y Solaris, se han traducido a 40 lenguas y ha vendido 27 millones de ejemplares. Es considerado como uno de los mayores exponentes del género de la ciencia ficción y uno de los pocos escritores que siendo de habla no inglesa ha alcanzado fama mundial en el género.
Sus libros exploran temas filosóficos que involucran especulaciones sobre nuevas tecnologías, la naturaleza de la inteligencia, las posibilidades de comunicación y comprensión entre seres racionales; asimismo propone algunos elementos de las limitaciones del conocimiento humano y del lugar de la humanidad en el universo. Su encasillamiento como escritor de ciencia ficción se debe a que ocasionalmente, a lo largo de su carrera como escritor, prefirió presentar sus trabajos como obras de ficción o fantasía, para evitar los atavíos del rigor en el estilo académico de escritura y las limitaciones del número total de lectores al que llegarían sus libros si fueran textos “científicos”; no obstante, algunas de sus obras están en la forma de ensayos científicos o de libros filosóficos, tales como Summa Technologiae y Microworlds (ambas sin traducción al castellano), en las que expresa con rigor sus posturas científicas. (Wikipedia)

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