Cinco minutos en el cielo

Los escasos minutos que dura la “Meditación” de la ópera “Taïs”, de Jules Massenet, bastan para serenar nuestros corazones, tantas veces ocupados por inquietudes banales. ¡Quién, como la hermosa Taïs, pudiera morir escuchando esta melodía! Cinco minutos celestiales como antesala del cero perfecto que nos espera.

Diálogo sobre un diálogo de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges

A- Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja… Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.

Z (burlón)- Pero sospecho que al final no se resolvieron.

A (ya en plena mística)- Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.

Oh, cuando yo duerma…

Víctor Hugo compuso el sublime poema Oh! Quand je dors que Franz Liszt convirtió en una canción hermosa que la soprano Wendy Waller canta de forma inigualable, acompañada al piano por Margaret Singer.

Incluyo una traducción del poema, porque en Internet se encuentra en francés, inglés, alemán,… pero no en español. Al menos, yo no he podido encontrar otra cosa que traducciones automáticas absurdas. Espero que les guste.

¡Oh! Cuando yo duerma (Oh! Quand je dors) (*)

¡Oh! Cuando yo duerma, acércate a mi lecho,
como a Petrarca se le aparecía Laura,
y al pasar deja que tu aliento me roce…
¡Al instante mi boca
se entreabrirá!

Sobre mi frente triste, donde quizás se asienta
un oscuro sueño que dura demasiado,
que tu mirada se pose como un lucero…
¡Al instante mi sueño
se iluminará!

Después, sobre mis labios, donde revolotea una llama
inflamada del amor que el propio Dios acrisola,
deja un beso, y de ángel conviértete en mujer…
¡Al instante
mi alma despertará! (**)

                                                            
Wendy Waller

Wendy Waller

_____________

NOTAS:

(*) Este poema de Víctor Hugo (1802-1885) está incluido en su obra Les Rayons et les Ombres (VII tomo de sus Obras completas de poesía, editado en París, 1840), donde figura como el poema XXVII, sin título, con una estrofa en la página 237 y dos estrofas en la 238.  Fue escrito en la década de 1830. Lo he transcrito según la ortografía y la disposición originales.

Curiosamente, esta poesía no aparece en la antología Poesias selectas de Victor Hugo (Impr. de Juan Antonio Garcia, Madrid, 1860), un tomo de 284 páginas, que contiene un prólogo de Emilio Castelar, presidente de la I República Española.

Oh! quand je dors, viens auprès de ma couche,
Comme à Pétrarque apparaissait Laura,
Et qu’en passant ton haleine me touche… —
Soudain ma bouche
S’entr’ouvrira!

Sur mon front morne où peut-être s’achève
Un songe noir qui trop long-temps dura,
Que ton regard comme un astre se lève… —
Soudain mon rêve
Rayonnera!

Puis sur ma lèvre où voltige une flamme,
Éclair d’amour que Dieu même épura,
Pose un baiser, et d’ange deviens femme… —
Soudain mon âme
S’éveillera!

(**) Traducción de Manuel Mora Morales, copyright 2013.

Una vieja película de Luisiana y el Blues del Gallo Bantam

Se trata de un interesantísimo documental sobre la Luisiana de los años 1830 a 1850. Se realiza un repaso por la cultura del Estado, incluyendo aspectos como la esclavitud en las plantaciones de algodón y de caña de azúcar. En esa época prevalecían en la región las lenguas francesas y españolas, aunque a esta última no se pone de relieve.

Hay que tener en cuenta que el documental se rodó en el año 1941 y los puntos de vista históricos son los que corresponden a esa época en los Estados Unidos. Naturalmente, las imágenes no corresponden a esos años del siglo XIX, cuando aún no se había inventado el cine.  La voz en en off como los diálogos de los personajes están en inglés y francés.

Creo que alguna vez he mencionado al cantante Charley Patton, autor de numerosos blues en las primeras décadasn del siglo XX. Quedan alguna grabaciones suyas. Entre mis favoritas están las dos partes de High water everywhere, compuestas a raíz de las inundaciones de 1927 en Nueva Orleans y los territorios ocupados por los Isleños canarios de Luisiana, a orillas del río Misisipi. Años más tarde, Bob Dylan cantaría una magnífica versión como homenaje a Patton.

Banty Rooster Blues es una canción entrañable que retrata la vida cotidiana en las riberas del Misisipi durante las primeras décadas del siglo XX.  Esta versión fue grabada por su creador, Charley Patton, el día 14 de junio de 1929. Abajo, también incluyo una excelente versión instrumental actual del mismo tema.

Traducción de Banty Rooster Blues (Blues del Gallo Bantam)

Voy a comprar un gallo Bantam, y a ponerlo en mi puerta trasera
Voy a comprar un gallo Bantam, y a ponerlo en mi puerta trasera
Así cuando vea llegar a un extraño, aleteará y cacareará
¿Qué vas a hacer con un gallo, si no quiere cacarear todo el  día?
¿Qué vas a hacer con un gallo, si no quiere cacarear todo el  día?
¿Qué vas a hacer con un hombre, si no tiene nada que decir?
¿Qué vas a hacer con una gallina que no quiera cloquear mientras empolla?
¿Qué vas a hacer con una gallina que no quiera cloquear mientras empolla?
¿Qué vas a hacer con una mujer, si no desea hacer nada de cuanto yo le diga?
Ah, toma mi foto, cuélgala en la pared de Jackson
Ah, toma mi foto, cuélgala en la pared de Jackson
Si alguien te pregunta: “¿Qué le ocurre?”, diles “No pasa nada, esto es todo”
Mi anzuelo está en el agua, y mi boya está flotando
Mi anzuelo está en el agua, y mi boya está flotando
Cómo puedo perder, Señor, con la ayuda recibida
Sé que mi perro anda en alguna parte porque lo oigo ladrar
Sé que mi perro anda en alguna parte porque lo oigo ladrar
Puedo hablarle a mi yegua, si  la vislumbro entre las sombras de la noche.

¿Dónde se compuso “Palmero sube a la palma”? (Tercera parte)

Timple o contro canario de cinco cuerdas.

Timple o contro canario de cinco cuerdas.

Decía en el anterior post que la siguiente cita me llamó la atención, porque aparecen en una marinera los mismos versos populares que utilizó el canario Pedro García Cabrera en varios poemas y que el estudioso Elfidio Alonso ha señalado, posiblemente con acierto, que su origen es más peninsular que insulano.

“El origen de la marinera limeña parece remontarse a tiempos de la colonia y la esclavitud, como expresión viva de opresión y hacinamiento de una población de origen africano. Se mezcla con elementos netamente hispánicos como las palmas y la copla. Lejana a orígenes andinos, dado que no existe melodía pentafónica alguna en su repertorio, se percibe más bien cercana a las tonadas del fandango y la sevillana que desde Andalucía llenaron de sabor hispano tantos territorios americanos en un intercambio de cadencias, que de ida y de vuelta, alimentaron el folklore de ambas tierras: americana y europea. Las medidas del verso parecen provenir de las secuencias castellanas del romance, jota y seguirilla que podemos suponer dictan las bases de la estructura en la jarana limeña, y su original complejidad.
Palmas, desafío, guitarra y dúos vocales marcan indiscutible origen hispánico en nuestra marinera y su fuerte rítmica morena completan el característico y único sonido de este vaivén acompasado que obliga al baile, al canto y a la participación. La marinera limeña es expresión comunitaria: no se canta solo, no se baila solo, siempre se comparte activamente y todos hacen algo para que ella sea posible a plenitud.
En cuanto a su temática, podemos citar numerosas coplas españolas que conforman el repertorio básico más popular de la marinera limeña. Por ejemplo:

A la mar fui por naranjas,
fruto que la mar no tiene.
Metí la mano en el agua,
¡qué esperanza me mantiene!

¡Río de Manzanares,
cómo no mandas,
agua de limón
dulce para mi zamba!

¡Cese mi llanto,
por haberte querido,
padezco tanto!

Torito, ¡zá!, que le daba,
te diera el alma.”
(Bárcenas: Ibidem)

Para curiosidad, este vídeo de la rubia María Dolores Pradera, junto a un grupo de músicos peruanos, interpretando El Palmero. Comienza con ritmos peruanos para terminar con sones canarios, timple incluido, mencionando hasta el Teide y la Virgen de Candelaria. No se lo pierdan:

Palmero sube a la palma, chumay chumay
y dile a la palmerita, catay catay (bis)
que se asome a la ventana, chumay chumay
que mi amor la solicita catay catay
palmero sube a la palma, chumay chumay
a la cara te miro pa’ que me entiendas, catay catay
porque también los ojos sirven de lengua, chumay chumay
a la cara te miro pa’ que me entiendas, catay, catay
pa’ que me entiendas madre si no llorara, chumay chumay
el corazón de pena se me secara, catay catay
a la cara te miro pa’ que me entiendas, catay catay

Palmero sube a la palma sube a la palma palmero (bis)
y de los cocos más grandes, hazle su carga al arriero (bis)
palmero sube a la palma
otra cosa hay en Colima aparte de los pericos (bis)
unos pajaritos verdes que tienen chatos los picos (bis)
otra cosa hay en Colima
palmero sube a la palma, y (…) (bis)
para hacerte tu sombrero de los que se andan usando (bis)
palmero sube a la palma, sube a la palma palmero

Palmero sube a la palma, y dile a la palmerita (bis)
que se asome a la ventana, que su amor la solicita
que su amor la solicita, palmero sube a la palma
Virgen de Candelaria, la más morena, la más morena
la que tiende su manto sobre la arena, sobre la arena
Virgen de Candelaria, la morenita, la morenita
la que tiende su manto desde la cumbre hasta la ermita
todas las canarias son, como ese Teide gigante (bis)
mucha nieve en el semblante, y fuego en el corazón
y fuego en el corazón, todas las canarias son
quiero que te pongas la mantilla blanca
quiero que te pongas la mantilla azul
quiero que te pongas la que es colorada
quiero que te pongas la que sabes tu
la que sabes tu (bis)
quiero que te pongas la mantilla blanca
quiero que te pongas la mantilla azul.”

El Palmero aparece donde uno menos se lo espera. Por ejemplo, en Nicaragua, donde, haciendo gala de un humor negro a prueba de balas, el clérigo Xavier Rodríguez recuerda una homilía que pronunció el día 21 de mayo de 1978:

“Decir 24 años es chiche!!! Pero vivirlos es otra cosa!!!!” Así me decía una señora de las CEB La Amistad hace muy poco, y es que el pasado 15 de junio la Comunidad La Amistad del Barrio San Judas celebró sus 24 años de camino.
Aunque la comunidad de adultos nació hace 24 años, solo tenemos entre nosotros a algunos de sus fundadores. Otros y otras se han integrado en el camino y le han agarrado el ritmo a la vida comunitaria Otros se fueron con papa chu y desde allá están cantando “palmero sube a la palma y dile a la palmerita…. que se asome a la ventana que su amor la solicita.”

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¿Dónde se compuso “Palmero sube a la palma”? SEGUNDA PARTE

Ya hemos visto que Violeta Parra también cantó Palmero sube a la palma. Algo natural, puesto que Violeta vivía en un país limítrofe con Perú, en cuya capital existe un género musical denominado marinera cuya letra más famosa reza:

Palmero sube a la palma
y dile a la palmerita,
que se asome a la ventana,
que mi amor la solicita.

Violeta Parra.
Violeta Parra.

Desde luego, se trata de la estrofa que venimos comentando. Incluyo algunas citas que he considerado de interés, porque tratan sobre el mismo asunto y, quizás, termine por hallar alguna que valga para saciar mi curiosidad respondiendo la pregunta más elemental: ¿dónde nacieron estos versos?

“La marinera limeña surge a mediados del siglo XIX a partir de la antigua Zamacueca, y adquiere sus características actuales a inicios del siglo XX, cuando la ciudad comienza a transformarse profundamente no sólo en lo social, sino en lo cultural y económico. Es una expresión de las clases populares, de los barrios donde abundaban los callejones y las quintas, habitadas mayormente por una emergente clase obrera. No es aristocrática como algunos piensan, es una bellísima expresión del alma criolla y popular de Lima, que tradicionalmente fué más hispano-africana. Desde mediados del siglo XX, comienza a ser paulatinamente desplazada por la cultura que traen los migrantes andinos a la capital.
No existen convenciones sobre el traje o el peinado, tampoco sobre las actitudes (como mostrar la más explícita coquetería). Es un baile de pareja donde el sentimiento jaranero fluye espontáneamente, por ello, no tiene nada que ver con el desarrollo de coreografías colectivas para el espectáculo; lo uno es cultura viva, lo otro, es un montaje folklórico. La gente iba a las jaranas con los trajes que se ponían de buena gana para compartir bailando, cantando, y comiendo rico. Con mucha frecuencia, eran trajes de vestir, porque lo que no faltaba en el alma popular era la caballerosidad.” (Canal de ccolca: Marinera limeña y Resbalosa. Homenaje a D. Abelardo Vásquez)

“En la historia de la música criolla peruana hay diversos episodios de “préstamos” y “apropiaciones” de letras, melodías y secuencias armónicas de diversos orígenes, predominando la percepción de que son los peruanos quienes se hacen de temas ajenos y los adecúan a los géneros locales. Un caso muy conocido es el de la marinera limeña “Palmero sube a la palma”: Palmero sube a la palma / y dile a la palmerita / que se asome a la ventana / que su amor la solicita / que su amor la solicita / Palmero sube a la palma. Estos versos, según la página web Cancionero VBV, pertenecen al folclor de las Islas Canarias y forman parte del “popurrí más conocido del folclor español”. En efecto, según Bustamante, esta era una ocurrencia frecuente en el desenvolvimiento de la música criolla.”
(José A. Lloréns: Idas y venidas en la apropiación musical criolla, 2011)

Adriana Casas y Osvaldo Cádiz bailando una “marinera”. (Del libro “La Cueca: danza de la vida y de la muerte”, de Margot Loyola y Osvaldo Cádiz).

“La estructura de la marinera limeña es compleja: debemos describir ordenadamente cada una de sus partes. Lo que se conoce como una marinera propiamente dicha es el bloque conformado por una primera de jarana, una segunda de jarana, una tercera de jarana y un cierre. Por ejemplo:

Primera de jarana (puesta de jarana):
Palmero sube a la palma
y dile a la palmerita,
que se asome a la ventana,
que mi amor la solicita.

Segunda de jarana (contestación):
Amor mío, amor mío,
dulce amor mío,
deja a tu enamorado,
vente conmigo.

(Tercera de jarana (réplica)

así decía,
un enfermo de amores
que se moría.

Cierre:
Lloré, lloré fortuna,
dicha ninguna.”
(Pepe Bárcenas : Su Majestad La Marinera. Lima, 1989)

Partitura (Pepe Bárcenas).

Como se comprueba en estos textos, ni aun entre los estudiosos del folclore de un mismo país existe acuerdo sobre el origen y el desarrollo de este género musical. En la siguiente cita, me llamó la atención que apareciesen en una marinera los mismos versos populares que utilizó el canario Pedro García Cabrera en varios poemas y que el estudioso Elfidio Alonso ha señalado, posiblemente con acierto, que su origen es más peninsular que insulano. Pero éste es un asunto que veremos en el próximo artículo.

CONTINUARÁ en la Tercera Parte

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¿Dónde se compuso “Palmero sube a la palma”?

Yo salí de la cuna escuchando tocar isas, folías y malagueñas a una vecina llamada doña Mariquita que por puro placer vivía acostada con su bandurria en una cama, mientras  su hermana, bondadosa y ciega, calmaba sus malos humores con canciones e infusiones de yerbabuena. Mis primeros recuerdos vienen de una época en que no llegaba yo todavía al tamaño de las azucenas que crecían en el patio de mi abuela ni alcanzaba a robarle las flores blancas a las santasnoches, pero en mi memoria se grabó con nitidez la siguiente copla que con frecuencia se escapaba por la ventana abierta de la ciega:

Palmero sube a la palma
 y dile a la palmerita
que se asome a la ventana
que su amor la solicita.

Pasaron años. Muchos. Las azucenas se quedaron pequeñas y las santasnoches murieron como murieron las dos hermanas y mi abuela. Jamás volví a relacionar aquella canción con mi infancia. Pero un mediodía, a más 8.000 kilómetros del antiguo patio, eso cambió. Fue un sobresalto durante mi visita a Tecalitlán, en Jalisco: sentado en una cantina estaba a punto de beberme un tequila Siete Leguas cuando escuché unos sonidos secos que me parecieron cohetes de feria pero, unos segundos más tarde, un tropel de gente entraba en el local de manera atropellada. Sus caras me revelaron que en el pueblo no había comenzado una exhibición de fuegos artificiales, sino un tiroteo. Es la única vez que he sido capaz de beberme un “tequila parado” de un trago sin soltar una sola lágrima.

Cuatro cuerpos tendidos en aquel callejón perdían sangre y tequila por un montón de agujeros. Uno de aquellos cuatro muchachos aún llevaba en la mano una bolsa de papel llena de pinole, una harina procedente de maíz molido, similar al gofio canario. Como si formara parte de la limpieza diaria de las calles, los cadáveres fueron retirados con diligencia. Al rato, el alcalde pedía por la radio que interviniera el ejército para evitar más derramamientos –no recuerdo si de sangre o de tequila–, mientras varios mariachis, a no mucha distancia del escenario del crimen, sacaron sus guitarrones y trompetas. Eran las fiestas patronales y los jóvenes estaban impacientes por bailar. Les oí cantar:

Palmero sube a la palma
 y dile a la palmerita
que se asome a la ventana
que su amor la solicita.

En ese mismo instante, me sentí abducido por doña Mariquita, su hermana y su bandurria. Pronto me enteré de que aquella canción se conocía como El Palmero y que era popular en Jalisco “desde siempre”. Hizo su entrada en la discografía tras los arreglos de dos músicos y compositores mexicanos: Silvestre Vargas (1901-1985), oriundo de aquel mismo pueblo, y Rubén Fuentes, que aquella tarde aún seguía vivo.

Ambos habían formado parte del famoso Mariachi Vargas de Tecalitlán, el cual acompañó a Pedro Infante, Javier Solís, Lola Beltrán, Jorge Negrete y tantas otras figuras legendarias del país azteca. No hace falta que les diga lo cagadito que salí del pueblo, pero, a pesar de eso, ¡oh, flaca memoria!, pronto me olvidé de todo, excepto de la ensangrentada bolsa de pinole que se me grabó a fuego en el cerebro.
Borrada estaba esa historia, cuando una tarde, por error, introduje en el ordenador un cd del Mariachi Reyes del Aserradero y sonó de nuevo la dichosa canción. Volvió a picarme la curiosidad y, hete aquí, que sin buscar demasiado me encuentro con una abundante cosecha de vídeos relacionados con el dichoso Palmero. De manera que este tema no finaliza aquí, sino que comienza porque una cosa me llevó a otra y he encontrado unos cuantos datos que son, cuando menos, curiosos, incluyendo un buen número de fotos y partituras musicales. Pero vayamos por partes.

Silvestre Vargas (pantalón oscuro).

El Palmero es una pieza interpretada por muchos grupos jalicienses, puesto que forma parte del repertorio más clásico de México. Volví a comparar la tercera estrofa de El Palmero con la cantada en Canarias y, sí, ¡eran iguales como dos gotas de tequila! Pero, además, la música que acompaña a la estrofa resulta tremendamente familiar. En algunos compases de la canción El Palmero se encuentra un parecido extraordinario con algunas isas canarias.

Nadie puede pensar que tantas similitudes son casuales. Es evidente que la canción “emigró” desde no se sabe dónde, al menos a tres latitudes: Canarias, Jalisco y Lima. Rastreando  a quienes la hayan interpretado, nos encontramos la misma estrofa cantada por la chilena Violeta Parra (1917-1967):

Palmero, sube a la palma
y dile a la palmerita
que se asome a la ventana
que mi amor la solicita.

La palma con ser palma
de verme llora,
de ver los sufrimentos
que paso agora.
Que paso agora, sí.
Palmera loca,
te llevarís la palma
menos las hojas.

¡Qué chiquita y bonita
la palmerita!

Violeta, a quien no le cabían los pájaros azules en la cabeza, vivía en un país colindante con Perú, en cuya capital existe un género musical denominado marinera… ¿y adivinan ustedes cuál es su letra más popular?

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Relato para atrapar el paraíso

Antes, cuando Adán terminaba de hacer el amor, encendía un cigarrillo y el humo caliente deslizándose en su garganta prolongaba el placer de la entrega. Pero la vida, como los paraísos, las serpientes y las parejas que se desean, da muchas vueltas entre las sábanas del tiempo. Pasaron años como si fuesen civilizaciones: murieron y nacieron amores, y otros, simplemente, se quedaron dormidos. En una de esas vueltas, quizás cuando visitó Babilonia, él extravió el tabaco; pero hoy las ceremonias del amor le han llevado a pensar que le gustaría atrapar esos instantes con el humo de un cigarrillo. Lo compensa poniendo en marcha un pequeño equipo de música. Violines. Y una fantástica voz de mujer.

At last my love has come along
my lonely days are over
and life is like a song.

Cierra los ojos: deja que la seda cálida de Etta James los envuelva.

At last
the skies above are blue.
My heart was wrapped up in clover
the night I looked at you.

-¿Tú colocaste ese disco en el equipo? –él pregunta a ella.

-Lo encontré entre los Cds que estaban en una caja. ¿No te gusta, Adán?

-Éste lo compré para ti.

-¿Para mí? Pero si lo tenías antes de conocerme… ¿No lo comprarías para la serpiente?

-Lo puse en esa caja esperando el momento adecuado, pero él supo atraerte sin mi ayuda. Sin duda tiene sabor a manzana.

-Tonto… Si tú supieras que esta canción la conocí en un concierto de Beyonce.

I found a dream that I could speak to
A dream that I can call my own.
I found a thrill to press my cheek to
A thrill that I have never known.

Adán cierra los ojos de nuevo. Un temblor leve recorre su espalda; siente cómo la vida se desviste y viste las joyas más brillantes con el sólo propósito de lucirlas junto a nuestros lechos y, a veces, como hoy, nos deja entrever retazos del vergel.

Cierto es que esa música no la compró para ella. Formó parte de otra vida cuyos colores ya se habían desteñido hasta adquirir la tonalidad sepia de los tréboles secos. Pero la música está más viva que ayer y sus matices han alcanzado una calidez que antes nunca tuvieron. Adán sube el volumen de la música, alza la sábana de nubes hasta que cubre sus cabezas y, junto a la voz de Etta James, como si fuera la primera vez que hacen el amor y aun sabiendo que los instantes escaparán para siempre, tararea suavemente.

You smile, you smile.
And then the spell was cast
And here we are in heaven
For you are mine at last.

Agradecimiento a una mota de polvo

A mediados del mes pasado, asistí a un concierto en el que intervenía la violinista alemana Arabella Steinbacher, con la OST, dirigida por Rossen Milanov. A decir verdad, empecé a decepcionarme desde los primeros compases y, al finalizar el movimiento inicial, ya estaba pensando en cómo escabullirme antes del descanso para salvar lo que me restaba de noche. Sin embargo, sucedió algo inesperado.

Cuando estaba en el segundo movimiento, la Steinbacher salió del escenario, porque se le había introducido una mota de polvo en el ojo. La muchacha se encontraba incómoda y marchó a su camerino para tratar de solucionar este percance inoportuno.

Regresó a los pocos minutos. El público la acogió con un caluroso aplauso. Entonces se produjo la metamorfosis. La violinista, bien fuese por ofrecer una compensación por su breve ausencia o bien por agradecer la gentileza de la audiencia, cambió su vergonzoso pasotismo anterior por una interpretación tan virtuosa como apasionada. Fueron quince minutos en que me encontré sumido en un éxtasis completo. Mientras sentía cómo se me erizaba el cabello, tomaba clara conciencia del poder de la música y de lo felices que podemos ser los seres humanos en algunas ocasiones, si alguien se propone que lo seamos.

A pesar de contar con partituras de Kodály, Prokofief y Bartók, no vale la pena comentar nada más sobre el resto de un concierto que transcurrió de manera tediosa; excepto ese paréntesis fantástico, desencadenado por una mota de polvo que volaba por el escenario, preguntándose quizás por el sentido de su propia existencia. A ella quiero expresarle toda mi gratitud. Bendita sea.

 

CADA SEGUNDO. A propósito de Lisboa

A veces, pasamos sobre el tiempo como si fuese viña vendimiada, dejándonos atrás las joyas que nos ofrece cada segundo, sin percibir siquiera su presencia. Aramos el día, como si arásemos agua. Pasamos cinco, ocho o diez horas en nuestro puesto de trabajo creyendo que poco puede ofrecernos la vida en ese intervalo. Camino de casa no se nos ocurre comprobar si en la radio están poniendo una nueva joya musical o si en el árbol de la acera se ha posado un pájaro que nunca habíamos visto, y jamás  paramos cuatro minutos para buscar algo inesperado en las nubes, en la hierba o en el asfalto. El resto del día transcurre con la misma monotonía y ya pueden aparecer dos lunas en el cielo que la noche está reservada para ver el televisor.

Igual nos sucede cuando salimos de paseo o visitamos alguna ciudad donde encontramos músicos callejeros. Poca gente decide parar, menos aún escucharlos con atención y raro es quien entabla conversación con ellos. La mayoría les da un tratamiento de mendigos. Los ignora como si fuesen objetos molestos o les tira una moneda de diez céntimos sin oírlos siquiera.

Conocido es el caso de Joshua Bell, aquel famoso violinista de Washington, que hace tres años se puso a tocar, con su Stradivarius de 3 millones de dólares, un concierto de Bach en el metro y no recogió más de un par de dólares sin que recibiese otra felicitación que la de una mujer que lo había escuchado en la Congress Library. Por la noche, ofreció el mismo concierto en un auditorio abarrotado por un público que había pagado las entradas a precios exorbitantes. Le aplaudieron a rabiar muchas de las personas que por la mañana lo habían mirado con desprecio. ¿No será esto lo que se llama falta de ignorancia?

Me gustan los músicos de la calle. No puedo resistirme a escucharlos, a fotografiarlos o filmarlos, cuando llevo una cámara. Los considero uno de los tesoros que me depara la vida a cambio de muy poca cosa: tomar conciencia de que existen y pueden ser fantásticos. No podría decir ahora cuántas fotos u horas de filmación tengo guardadas sobre personas que interpretan su música en la calle, pero son muchas. Algunos de esos minutos están ocupados por el vídeo que he insertado en esta página.

Se trata de Toni Banza y un amigo, dos fadistas que conocí hace varios años en la Lisboa nocturna y a quienes he filmado más de una vez, siempre con el proyecto de realizar con ellos una tournée por Portugal, tomando el camino del Norte. Ahí están; en la calle, con el frío y la humedad del invierno lisboeta, ofreciendo, a quien desee escucharles, dos excelentes voces cargadas de sentimiento y tradición. No son mendigos, sino artistas muy dignos.

Yo soy un pobre aprendiz en el cultivo del tiempo. Muchas veces, como Bolívar, tengo la sensación de que los surcos se cierran demasiado rápido. Se me escapan no sólo segundos, sino horas completas sin que les arrebate alguna prenda o logre encontrarles el corazón. Ahora bien, cada vez consigo saborear más los frutos que busco en los intersticios del día: una palabra, una sonrisa, una melodía, un sabor nuevo, una caricia, una magdalena nostálgica, una brisa o un estremecimiento. Y, por qué no, una tristeza.

Tres pianistas en La Habana: Lecuona, Bola de Nieve y Nelson Camacho.

Nelson Camacho es el pianista del restaurante Monseñor, un precioso local que se encuentra en el Vedado de La Habana. Fue en 1984, si la memoria no me falla, cuando conocí este lugar. Me alojaba frente al Monseñor, en el Hotel Nacional, que en esa época se estaba cayendo a pedazos, aunque no había perdido del todo su elegancia. Por supuesto, nada tenía que ver aquel ruinoso edificio con el espléndido hotel en que se convirtió después de su remodelación.

Lo especial del Monseñor es que durante muchos años allí actuó Bola de Nieve, un pianista negro que interpretaba de manera genial la música de Lecuona. El sofisticado restaurante siempre estaba concurridísimo y a ningún visitante ilustre se le ocurría visitar La Habana sin haber cenado allí mientras disfrutaba la magia que la voz y los dedos prodigiosos del pianista creaban cada noche. Desde el popular Siboney, pasando por María de la O, hasta las piezas más clásicas de Lecuona eran interpretadas en el Monseñor para personajes como Lezama Lima, Nicolás Guillén o Alejo Carpentier, cuyas elogiosas críticas a Lecuona durante su época parisina convirtió al compositor en una figura de culto en la Europa de mediados del siglo XX.


Estado en que se encuentra la casa de Ernesto Lecuona,
en Guanabacoa (La Habana), en el año 2010.

Ernesto Lecuona (La Habana, 1895 – Tenerife, 1962), recogió en vida los frutos dorados que le proporcionó su gran talento. Su padre era un periodista canario que luchó con denuedo por establecerse en la isla y prporcionar a sus hijos una buena educación. Cuando el superdotado joven Ernesto finalizó sus estudios en Cuba, pasó un tiempo en París como alumno de Ravel. Pronto destacó, por sus composiciones de música popular y clásica, sin que nadie pueda decir dónde empieza una y dónde acaba la otra. Estados Unidos, América Latina y Europa se rindieron al encanto de una música que mezclaba sabiamente las raíces afrocubanas con técnicas y estilos clásicos europeos. Uno de sus grandes intérpretes fue el tenor Alfredo Kraus.  También Bola de Nieve. Lecuona repitió muchas veces que adoraba cómo Bola de Nieve interpretaba sus composiciones.

Una interpretación de Bola de Nieve.

Ignacio Villa, alias Bola de Nieve (La Habana, 1911 – Ciudad de México, 1971), era un cantante, pianista y compositor que podía alardear de recibir elogios de la misma Edith Piaf (“Nadie interpreta La vie en rose como Bola”), de Alejo Carpentier (Está “nutrido de esencias cubanas, de sensibilidades nuestras”) o del guitarrista Andrés Segovia (“Cuando escuchamos a Bola de Nieve parece como si asistiéramos al nacimiento conjunto de la palabra y de la música”). Viajó y cantó por todo el mundo, repartiendo sabor y buen humor mientras reivindicaba que era “marxista, fidelista y yoruba”. También fue homosexual, lo cual no le impidió, como a otros intelectuales, ser bien considerado por el régimen cubano. Entre sus composiciones más conocidas se encuentran Si me pudieras querer, Ay amor y Tú me has de querer. Desde 1965 hasta el año de su muerte, Bola de Nieve actuó en el restaurante Monseñor, en la calle M del Vedado, frente al Hotel Nacional, donde, vestido de gala, acariciaba un gran piano de cola en tanto su voz rota por el ron, el humo y la madrugada se enredaba en los mojitos y daiquiríes de la clientela.

Esther Borja canta “Siboney”, de Ernesto Lecuona.

Yo volví muchas veces a La Habana, en años posteriores a aquella primera estancia en el Hotel Nacional. Asistí a varias de las magníficas ferias del libro que se celebraban en la Fortaleza de la Cabaña (comentan que cuando le presentaron los costes de la construcción de esta fortaleza al rey de España, éste se levantó de su trono y dijo que le extrañaba no divisar desde su palacio algo donde se había enterrado tanto dinero). Siempre pensé entrar en el Monseñor, pero lo cierto es que una vez y otra seguía calle adelante hasta el Gato Tuerto y otros tugurios de los alrededores para escuchar buenos grupos de jazz. Pero, en 2004, quedé citado en el restaurante Monseñor con Nelson Camacho, el sucesor de Bola de Nieve. Trataba de hacerle una entrevista para un documental que realicé en esa época. Y resultaba evidente que si quería que alguien hablara sobre Lecuona, sólo dos personas podrían ilustrar su obra de la manera que yo deseaba: Esther Borja (La Habana, 1913) y Nelson Camacho (Santa Clara, 1948). Como Esther, anciana y enferma, no estaba en condiciones de ser entrevistada, era imprescindible que contactara con Nelson. Un enemigo común se encargó del asunto.

Una vez tomado el restaurante por los focos, las cámaras y los cámaras, los micrófonos y toda esa parafernalia que a veces no sirve para nada, tuve una larga entrevista en la que se extendió sobre su biografía y su arte. Haber nacido los dos –él y yo– el día diez de mayo pareció animarle a brindarme su amistad. Luego, Nelson se puso al piano. Para calibrar a este pianista no hace falta escucharlo mucho tiempo: su temperamento apasionado te hace pronto vibrar o pedir socorro. Si se desea huir, no hay que esperar demasiado, porque las notas se te clavan en el estómago y ya te sujetan a tu silla sin dejarte alternativa.

Oír el piano de Nelson es sumergirse en el Lecuona auténtico. Quienes conocieron a don Ernesto dicen que tocaba el piano con la misma pasión que Nelson Camacho, pero exteriormente aparecía como un remanso de paz. Nelson, no. Nelson es mar de fondo y cresta de ola al mismo tiempo: deja que la música arrastre sus brazos, su cabeza y su corazón, en un juego de idas y venidas hacia el piano que lo convierten en el complemento escénico perfecto para su interpretación. He conocido pianistas que ejecutan a Lecuona con una técnica más depurada, pero sus conciertos se ven pálidos y encorsetados frente a los de Camacho. ¿No gana un zumo de naranja natural, aunque lleve dentro alguna pepita dentro, frente a una naranjada bien filtrada pero envasada en lata?
Quienes han visitado el Monseñor saben muy bien de lo que estoy hablando; los que no han ido deberían apuntar la dirección en su agenda por si un día se les presenta la oportunidad de escuchar a Nelson. Esther Borjas, que junto a Rita Montaner ha sido la máxima intérprete vocal de Lecuona, lo eligió como pianista y lo mantuvo a su lado hasta que se retiró en 1984. No sólo toca Nelson en el Monseñor, sino que ofrece conciertos en lugares privativos de La Habana, como el antiguo convento de San Francisco o los prestigiosos teatros y auditorios de la ciudad. También ha realizado giras internacionales y más de un disco suyo ha sido puesto a la venta, capciosamente, como grabado por el propio Ernesto Lecuona; tanto se parecen sus interpretaciones.

No visite La Habana sin pasar por el Monseñor. Bien es verdad que ahora mismo es uno de los restaurantes cubanos donde peor se come y más caro cobran. Si entra algún cliente, es únicamente para escuchar a Nelson, pero no hace falta dejarse allí cien dólares por un plato de cuarta categoría. Basta con que usted pida un mojito, un daiquirí o cualquier otra bebida y disfrute con un magnífico pianista al que nunca he preguntado si es fidelista o marxista, pero sé de buena tinta que es descendiente de canarios como Lecuona y, si no me equivoco, como al difunto Bola, lo místico y lo yoruba no lo dejan indiferente.
Volví a visitarlo hace pocas semanas. No hice ninguna grabación, sino que un par de noches hablamos, bebimos mojitos y fumamos grandes vegueros durante los descansos de su actuación. En mi último día en La Habana nos fuimos a comer y a charlar, acompañados por su esposa, una señora amable e inteligente. Al contrario que otros artistas cubanos, Nelson Camacho no quiere abandonar su isla, aunque le han sobrado ofertas y ocasiones para ello. El artista es consciente de que no podría vivir sin respirar cada noche el aire ensalitrado que sube desde el Malecón hasta el Vedado, cuando se dirige caminando desde su casa al restaurante Monseñor que heredó del mítico Bola de Nieve.

Demostración en vivo sobre cómo cantar y comer chicle al mismo tiempo

 

Eso de comer chicle cantando sobre un escenario y en un superconcierto (osea) les parecerá raro, pero les aseguro que es cierto.  Les invito a ver un vídeo de The Beach Boys que me encontré en YouTube mientras andaba curioseando en sus actuaciones anteriores. Pertenece a un concierto ofrecido en marzo de 1964. El título de la canción, Fun fun fun (1964), ya anuncia la grandiosidad que nos encontraremos. No obstante, el interés de la grabación no radica en la música, en la letra ni en las voces, sino en algo más sorprendente: el vocalista, Mike Love, come chicle mientras canta.

El vocalista y su chicle en el minuto 1:17

El vocalista y su chicle en el minuto 1:17

Al principio, pensé que se trataba de una desincronización entre video y audio, pero al mirar con más detenimiento me percaté de que cuando terminaba cada intervención el cantante masticaba y masticaba y masticaba… Hasta que caí en la cuenta de aquel tipo estaba comiendo chicle mientras cantaba como si fuera la cosa más natural del mundo.

Al final, el cantante se lleva la mano a la boca, disimuladamente, y escupe el chicle en ella. Lo que hizo después con el bendito chicle pertenece al secreto del sumario.

 

Dejo aquí la letra de esta  inefable canción y el vídeo de esa actuación en que a golpe de chicle se cuenta cómo una niñata cogió el coche de su padre para ir a estudiar a la biblioteca, pero por el camino cambió de idea: decidió ir a una hamburguesería y hacer un par de carreras enloquecidas con el Ford de papi. (Cuando el texto habla de un T-bird se refiere a un modelo de coche Ford denominado Thunderbird).

FUN FUN FUN

Well, she got her daddy’s car
And she cruised through the hamburger stand, now
Seems she forgot all about the library
Like she told her old man, now
And with the radio blastin’ goes
Cruisin’ just as fast as she can, now

Estribillo
And she’ll have fun, fun, fun
‘Til her daddy takes the T-bird away
(Fun, fun, fun, ’til her daddy takes the T-bird away)

Well, the girls can’t stand her
‘Cause she walks, looks, and drives like an ace, now
(You walk like an ace, now, you walk like an ace)
She makes the Indy 500 look like
The Roman chariot race, now
(You look like an ace, now, you look like an ace)
A lot of guys try to catch her
But she leads ‘em on a wild goose chase, now
(You drive like an ace, now, you drive like an ace)

Estribillo

Well, you knew all along
That your dad was gettin’ wise to you, now
(You shouldn’t-a lied, now, you shouldn’t-a lied)
And since he took your set of keys
You been thinkin’ that your fun is all through now
(You shouldn’t-a lied, now, you shouldn’t-a lied)
But you can come along with me
‘Cause we got a lot of things to do now
(You shouldn’t-a lied, now, you shouldn’t-a lied)

Estribillo 2
And we’ll have fun, fun, fun
Now that Daddy took the T-bird away
(Fun, fun, fun, now that Daddy took the T-bird away)

Coda:
Fun, fun, fun now that Daddy took the T-bird away
Fun, fun, now that Daddy took the T-bird away.

Ford Thunderbird, mod. 1963

Ford Thunderbird, mod. 1963

Miles Davis

Yo asistí al último concierto de Miles David, pero me hubiera gustado estar presente en la grabación de su disco Kind of blue, con los temas So What, Freddie Freeloader, Blue in Green, All Blues y Flamenco Sketches. En este 2009, se cumple medio siglo de la grabación del más vendido disco de jazz, considerado la mejor obra del mítico trompetista. En un estudio de la Columbia Records, situado en una vieja iglesia rusa de la calle 30 de Nueva York, Miles se encerró durante diez horas en un par de sesiones con los músicos de su banda: Bill Evans, Wynton Kelly, Paul Chambers, Jimmy Cobb, Cannonball Adderley y John Coltrane. Siete titanes del jazz moderno para crear lo que a partir de entonces sería el cool jazz: auténtico licor destilado del hard bop. Un jazz que hundía sus pies, sus manos y su cabeza en el que inventaron Charlie Parker y Dizzy Gillespie a principios de la década de 1940: el bebop (ruido que produce la porra de un policía blanco sobre la cabeza de un negro) que adoró Jack Kerouac, cuyo libro On the road (1957) ayudó a establecerlo como música de culto en todo el mundo.
Esta semana -en la que también se cumplen 40 años de la muerte de Kerouac- se celebra en Nueva York el cincuenta aniversario de aquel portento creado en 1959 por Davis y compañía. Siento envidia insana por quien pueda estar ahora en la ciudad vertical disfrutando del acontecimiento, pero esta vez no me toca ir sino desconsolarme.
Mala suerte. Tendré que conformarme con recordar aquel concierto de despedida, cuando ya la terrible enfermedad había hecho presa en el músico y éste lo sabía. Miles Davis era poco más que una brizna de hombre pegado a una fantástica trompeta roja que se iba escondiendo por el escenario, detrás de los otros músicos, de las grandes columnas de altavoces y de cualquier cosa que pudiera ocultarle. Esa noche no pude dormir sin escribir un artículo titulado “Una sombra con trompeta roja” que se insertó en una revista de poca circulación.
Jamás un concierto de cualquier clase me ha impactado con tal fuerza ni, como éste, me ha dejado grabada en el cerebro hasta la última nota formada con el aliento terminal de aquel tipo eminente. Lo tuve algunos ratos a menos de un metro de distancia: pelo largo, gafas negras, chaqueta a lo Bob Marley: el aliento divino atravesando una boquilla y sofocándose de manera genial en la inseparable sordina Harmon de Davis. Podría jurar que ese concierto, esa música me proporcionó el mayor placer que haya sentido con los pantalones puestos. Lástima que Miles durase poco más. Murió a los 65 años, cuando se encontraba en la cresta de sus inquietudes como experimentador, mientras continuaba, incansable, buscando nuevas formas

LOS PENDEJOS

LOS PENDEJOS

El que sabe una barbaridad sobre los pendejos es Facundo Cabral. En un recital en que cantó junto a Alberto Cortés, ofreció la siguiente parrafada, referida a un pariente suyo que era coronel:

Solamente le tenía miedo a los pendejos. Un día le pregunté:

-¿Por qué?

Y me dijo:

-Porque son muchos. No hay forma de cubrir semejante frente.

-Y por temprano que te levantes -prosiguió Cabral impertubable-, a donde vayas ya está lleno de pendejos.

-Son peligrosos, porque al ser mayoría eligen hasta el presidente.

-Los hay de todas categorías. Por ejemplo, está el pendejo informático que es un pendejo computado.

-El pendejo burócrata que es oficialmente pendejo.

-El pendejo optimista que cree que no es pendejo.

-El pendejo pesimista que cree que él es el único pendejo.

-El pendejo esférico que es pendejo por todos lados.

-El pendejo fosforescente, porque hasta de noche se ve que por allá viene un pendejo.

-El pendejo de referencia: ¿dónde está Alberto? Al lado del pendejo de la chaqueta azul.

-El pendejo consciente, que sabe que es pendejo.

-El pendejo de sangre azul, que es hijo y nieto de pendejos.

-El más peligroso de todos: el pendejo demagogo, que cree que el pueblo es pendejo.