Diálogo sobre un diálogo de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges

A- Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja… Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.

Z (burlón)- Pero sospecho que al final no se resolvieron.

A (ya en plena mística)- Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.

Algunas notas con motivo del Día del Libro

Quien, volviendo a hacer el camino viejo aprende el nuevo, puede considerarse un maestro.

Confucio

Ahora, que se acerca el Día del Libro, me ha parecido una buena idea dedicar este espacio a referir, sucintamente, cómo se transforma una idea en un libro. Intentaré hacerlo de la manera más sencilla posible.

Quienes están relacionados de una manera íntima con el mundo del libro dan por supuesto que todo el mundo tiene claro cuál es el camino que una obra recorre desde que un escritor decide escribirla hasta que llega a las manos del lector. Sin embargo, están equivocados, porque casi todo el mundo lo ignora, dado que este camino no suele mencionarse en el colegio, ni en el instituto ni en la universidad. Quien desee conocerlo ha de buscar sus propias fuentes de información. Espero que las siguientes notas sean de utilidad a alguien.

EL AUTOR

 El principio de un libro es el autor: lo concibe y lo escribe. En la actualidad, lo habitual es que lo componga directamente en su ordenador, utilizando un programa procesador de textos, como el MS Word o el Office Word, aunque todavía quedan algunos románticos que continúan escribiendo sus obras a mano o a máquina. A continuación, el escrito original de la obra pasa a manos del editor. Ese original está archivado en cualquier soporte informático (pendrive, cd-rom, correo electrónico, etc.) o, en el raro caso de que esté redactado a mano o a máquina de escribir, suele enviarse fotocopiado, por correos.

EL AGENTE LITERARIO

Interpuesto entre el autor y el editor, puede haber un personaje llamado agente literario, quien se encarga de gestionar los asuntos económicos del escritor con el editor, como si se tratase de un manager que representara a un futbolista ante el presidente de un club o a un cantante en una casa discográfica. Sus beneficios los cobra en porcentajes sobre las ganancias del escritor con la venta de su libro. También, en muchas ocasiones, de acuerdo con la editorial, se ocupa de la publicidad del libro.

Escritores como José Saramago o Gabriel García Márquez debieron buena parte de su éxito a las gestiones de agentes que, en ambos casos, fueron mujeres.

LA EDITORIAL

La editorial llega a un trato con el escritor o con su agente literario: le abona un porcentaje por cada libro vendido o le entrega una cantidad de dinero para explotar la obra durante los años que se estipulen. En los tratos de autores poco conocidos con editores pequeños no suele haber transacciones dinerarias e, incluso, llega a suceder que el propio autor ayuda económicamente a la editorial para que publique su obra.

Una figura de gran interés en una editorial es el corrector. Por sus manos pasa el original que debe corregir minuciosamente. Una veces, la corrección se reduce a erratas y errores ortográficos y, otras, a cambiar la sintaxis, etc.

Una vez que el editor ha resuelto el tamaño que tendrá el libro, la cantidad de ejemplares, el tipo de encuadernación, las ilustraciones, los colores de la portada y el papel que se le pondrá, lo lleva a una imprenta.

Hace unos años, existían muchas fotomecánicas, empresas dedicadas a maquetar y pasar a fotolitos (fotos sobre plásticos transparentes) los libros para llevarlos así a las imprentas. Sin embargo, cada vez más, la propia editorial es quien maqueta sus libros y envía el archivo correspondiente a la imprenta. Casi siempre, se utilizan archivos con formato Pdf.

LA IMPRENTA

En la imprenta, se realizan varios trabajos preparatorios que desembocan en la impresión del libro, primero, y en su manipulado, después. Este consiste en unir las hojas y encuadernarlas con tapa dura o blanda, tras pegarlas o coserlas. Los libros se entregan al editor en cajas.

En la actualidad, las imprentas utilizan dos tipos de maquinaria para imprimir: 1) Impresoras offset, que transfieren las imágenes y los textos de una plancha a un papel. 2) Impresoras digitales, muy parecidas a las impresoras láser de sobremesa, con un tamaño considerablemente mayor.

EL DISTRIBUIDOR

Desde la editorial, se envían los libros al distribuidor. Este cobra un porcentaje que oscila alrededor del 50% sobre el precio de venta al público. Después, vende los ejemplares a las librerías, ofreciéndoles un 30% de beneficio.

LA LIBRERÍA

En las librerías, los libros son expuestos en estanterías para ser vendidos al público. Que vendan un libro más o menos no sólo está definido por la calidad de la obra, sino por las gestiones y el poder comercial de la editorial, el distribuidor y las preferencias personales de cada librero.

EL E-BOOK

La popularidad de los productos informáticos también ha llegado al mundo del libro. Las ventas no alcanzan, todavía, las de los libros tradicionales en soporte de papel, pero van ganando terreno, dado que los costes de producción y de comercialización son mucho más baratos. La distribución y la librería se funden en una sola empresa en la que también puede estar incluida la editorial y, más de una vez, el propio autor.

El camino, resumido en estos pocos párrafos, es de una enorme complejidad y constituye un mundo fascinante que yo recomiendo conocer, aunque la relación con los libros sean únicamente como lector.

libreria

DIFERENCIAS ENTRE EDITORIAL E IMPRENTA

He formado un ejército de veintiséis soldados de plomo capaces de conquistar el mundo.

Johannes Gutenberg

Son muchas las personas que no tienen una idea clara sobre las diferencias existentes entre una editorial y una imprenta (o entre editar e imprimir), puesto que ambas son empresas alejadas del público y las dos se relacionan con el proceso de producción de libros. Sin embargo, a pesar de las apariencias, sus cometidos son muy diferentes.

Una imprenta tiene como objeto la impresión de hojas de papel. Igual que puede imprimir etiquetas de mermelada o billetes de avión, imprime cada una de las hojas de un libro. Después, las une y protege con una cubierta. Es decir, la imprenta fabrica un objeto llamado libro y no tiene nada que ver con el autor, con los libreros o con los lectores. La imprenta es una industria.

La editorial, sin embargo, es una empresa de gestión: recoge el manuscrito del autor y lo entrega a la imprenta. Cuando la imprenta lo ha convertido en libros, estos son recogidos por el editor y enviados (de forma directa o indirecta) a las librerías, para que se vendan al público.

La editorial paga al autor y a la imprenta. Amortiza las inversiones y las gestiones, percibiendo un porcentaje del dinero correspondiente a cada libro vendido. Si no se vendieran los libros, el editor perdería su trabajo y su inversión, pues no podría devolverlos a nadie.

La editorial no es un intermediario comercial, en el sentido habitual del término. El intermediario –cuando existe– es la empresa distribuidora que compra los libros a la editorial y los vende a las librerías. Asimismo, estas hacen una labor de intermediación comercial, pues adquieren libros que después despachan al público.

* * *

Espero que algún lector haya sacado provecho de estos párrafos, tomados de una obra que escribí hace unos años y que se hizo popular en España, Portugal y Latinoamérica, bajo el título de Todo sobre el libro, en la que intentaba proporcionar datos útiles a escritores, editores, impresores y distribuidores.

todo-sobre-ellibro

¡Feliz Día del Libro, amigos!

La Carretera Vieja del Sur: viaje al corazón de Tenerife. 2

El Sur no es fácil. Para amar el Sur hace falta un largo y duro aprendizaje que pasa, ineludiblemente, por no obsesionarse con el agua y dejarse inundar por las tonalidades amarillas. Los tonos ocres, cerúleos, ajes, ambarinos, cobrizos, pajizos, rubios, dorados, limonados, áureos, leonados, pálidos y anaranjados son los fondos del paisaje por donde transcurre la Carretera Vieja del Sur y, sobre ellos, descansan los tejados rojizos, los verdes del invierno y el color plomizo de los tubos del agua, muchas veces vacíos.

Los pequeños minos y las fuentes más o menos cercanas, siempre han proporcionado algún cántaro de agua para regar los pequeños jardines con plantas que se pegan a los muros, buscando unas horas de sombra con una tregua a la continua insolación, a cambio de regalar unos pétalos.

La Carretera Vieja del Sur y el Canal del Sur son vecinos durante muchos kilómetros, desde que en 1950 el canal transportó agua a la tierras meridionales que acometieron cultivos de regadío de manera más extensa.

Cuatro gotas de lluvia bastan para que las tierras del sur reverdezcan. Entre cardones, verodes, tabaibas y fincas abandonadas, el Canal del Sur avanza hacia sus monocultivos: antes regaba plátanos y tomates; ahora, turistas alemanes e ingleses. ¿Las ganancias de antes son iguales que las ganancias de ahora? Las respuestas no están escritas en el aire, sino en la Carretera Vieja de Sur. Como si fuera un solo y largo renglón, basta recorrerla e ir leyendo, finca a finca, caserío a caserío,…

El número que aparece en las señales kilométricas de la Carretera Vieja del Sur y la abundancia de agua mantienen una proporción inversa. El alisio no es capaz de esquivar las grandes cadenas montañosas del Norte y su carga de agua no logra sobrepasar las cumbres de Izaña. Sin embargo, quién podría decir hace cien años que, económicamente, el sol competiría con el agua, ¡y ganaría la partida en esta isla!

Los pozos de agua son aquí minas de oro. Entre el Canal del Sur y la Carretera Vieja se encuentra uno de los numerosos pozos que succionan la traslúcida sangre de la isla y la envían en gruesos tubos a otras zonas más bajas que es, por cierto, donde se cosecha el dinero.

Transversales a la Carretera, los tubos de acero se deslizan, resbalan y, henchidos de un cristalino embarazo, descienden burbujeando entre las tabaibas.

La mirada busca con ansias el agua en los alrededores de la Carretera Vieja del Sur. Se trata de un instinto irreprimible en quienes hemos vivido la mayor parte de nuestra vida en tierras del Norte. El sonido del chorro de una pequeña acequia, la fugacidad de las transparencias húmedas que no logran atrapar definitivamente nuestras retinas, el olor de las gotas empapando la tierra,… captan nuestra atención y, sin que apenas lo advirtamos, se nos relajan los músculos y nos traiciona una sonrisa.

El agua; las olas de tierra ocre que son los surcos; las papas de ramas minúsculas y sabor delicioso; el elíptico campesino –sí, aún el campesino que nos da de comer– descansando, quizás, de la dura jornada en su casa, frente al televisor de plasma, escuchando que no habrá hospital en el Sur, que no existe dinero para el campo, que el agua subirá de precio, que también subirá el coste de la comida y el de la ropa, y que sus representantes van a solucionar, con seguridad, el próximo año, todos los problemas que a ellos no les afectan. “Menos mal que este año tengo papas plantadas pa’ comer, si se me aguarecen, claro…”.

En el Sur, amenaza lluvia. Los pinares de las cumbres están cubierto de grises y la neblina viene arrastrándose cañada abajo. Quién sabe si esta tarde mismo llega hasta la Carretera Vieja del Sur y tenemos que sacar los abrigos. Pero está bien que llueva.

Que llueva que los estanques del Sur se vacían con facilidad y hay que abandonar las fincas, aunque tengan buena tierra. Ya más de uno ha partido hacia América, a ver si allá puede salir adelante; como en los otros tiempos, cuando había que salir en los taxis piratas por la Carretera Vieja del Sur, con una maletita de madera o de cartón en la mano y el dinero justo para no morirse de hambre en el viaje hasta Venezuela.

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Tenerife desde el mar (1776). Historia de un cuadro y de sus alrededores

Si hace click sobre esta imagen, podrá verla con un tamaño mayor.

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Este óleo sobre lienzo, que se halla en el Yale Center for British Art (un museo de arte en la Universidad Yale, en New Haven, Connecticut, Estados Unidos), fue pintado por John Webber (1751-1793), en el verano del año 1776. El cuadro no se encuentra a la vista en las salas de exposición, sino en el archivo de la institución. Si amplía la foto, podrá observar al Castillo de Paso Alto y otras construcciones militares diseminados por la costa de Santa Cruz de Tenerife, para defenderla de ataques piráticos o de los navíos de naciones europeas que entraban en guerra con España.

Webber llegó a Tenerife con el capitán James Cook, el cual iba al mando del velero Resolution, en viaje hacia Tahití. Fue el último viaje de Cook. Le acompañaba como contramaestre el cruel William Bligh y el capitán Charles Clerke  que comandaba otra embarcación. Bligh se hizo famoso más tarde, al sufrir un motín a bordo del navío Bounty, sobre el que se ha rodado una famosa película.

Con ellos viajaba Omai, un indígena tahitiano que había acompañado a Cook a Londres, en su anterior viaje. Cuando Omai desembarcó en Santa Cruz de Tenerife, no se separaba ni un segundo de Cook, como si temiera perderlo de vista en cualquier momento. Nada más lejos de la realidad, puesto que Cook lo llevaría sano y salvo hasta su isla natal. En esa época, era muy habitual la escala en Tenerife de navíos británicos comerciales, de guerra o de exploración. Una de las razones para esta escala era comprar el estimado Canary Wine (vino Malvasía) que se consumía a bordo de las naves británicas de forma habitual.

En el puerto de Santa Cruz, se encontraron con que una expedición francesa, al mando de La Borda, tenía desplegado un buen número de instrumentos de observación, puesto que esa misma noche del 30 de julio de 1776 se producía un eclipse lunar.

Cook no regresaría de ese viaje, porque los hawaianos lo mataron y se lo comieron, después de que el inglés les infringiera graves ofensas, secuestrando a su rey, a pesar de que éste había acogido a los extranjeros con gran hospitalidad.

COOK POR WEBBER

El capitán James Cook, pintado por Webber.

Como diseñador, Webber se encargó de ilustrar el viaje. Finalmente, el capitán Clerke logró llegar con los dos navíos a la capital británica en el año 1780. He aquí un texto de mi novela CANARIAS que relata la llegada de la expedición de James Cook a Santa Cruz de Tenerife.

Santa Cruz de Tenerife

Lunes 22 de julio de 1776

El teniente de navío francés Jean-Charles de la Borda se encuentra al mando de la fragata La Boussole. En la rada permanecen otros quince barcos fondeados. La Borda ordena plantar una tienda en el mismo muelle y la gente observa con curiosidad una serie de instrumentos astronómicos que los galos comienzan a ensamblar. Varios hombres bajan de La Laguna al enterarse del acontecimiento.

Algunos traban conversación con José Varela –un español que acompaña a La Borda-– mientras otros observan las maniobras de los galos desde la terraza del Águila italiana comiendo golosinas y helados o saboreando uno de los sabrosísimos refrescos que prepara Fancesco Chiaro con nieve del Teide. Allí se encuentran el alcalde real, Santiago Clemente del Campo: el juez de Indias, Bartolomé de Casabuena y Mesa: el alcaide del castillo San Cristóbal y marqués de la Fuente de Las Palmas, Alonso Chirino de Sandoval: el teniente coronel Matías de Gálvez, nuevo alcaide de Paso Cruz: Garrick, comerciante británico:…

Una vez saciada la curiosidad de los isleños los días pasan monótonos en Santa Cruz bajo la canícula veraniega. Solo viene a turbar esta paz la partida del mitrado Servera el día 23 de julio. El obispo embarca por el muelle de Garachico con dirección a la isla de La Palma y –aunque nadie lo confiese abiertamente– clérigos y autoridades respiran aliviados al verse libres de semejante dolor de cabeza.

El día 30 los franceses tienen montado un gran escándalo alrededor de su tienda de campaña instalada en el muelle. Al parecer no se ponen de acuerdo sobre el lugar dónde se debe ubicar sus instrumentos para observar esta noche el eclipse total de Luna. Y como eran pocos en el muelle arribaron los ingleses. Acompañado de varios oficiales sube las escalerillas del muelle el capitán James Cook que viene al mando de dos buques de la Armada de Guerra británica: el Resolution y el Adventure. Santa Cruz se va pareciendo cada vez más al escenario de una comedia de aventuras.

Con los británicos desembarca Omai: un aborigen de la isla Oteheite. En un viaje anterior Omai subió a bordo del Adventure y el capitán Tobías Furneaux no tuvo manera de obligarle a bajar. Así que Omai se fue a Inglaterra y una vez allí se dedicó a comer y beber en las principales mansiones de Londres invitado por los curiosos aristócratas. Puesto que Cook había decidido regresar a la India las autoridades británicas pensaron que lo mejor sería devolver a Omai a su isla natal con el objeto de poner los dientes largos a sus compatriotas contándoles las maravillas de los civilizados ingleses.

Desde que desembarcó Omai no se aparta un solo instante de Cook. Cuando los tinerfeños hablan con el famoso marino británico este les refiere sus razones para llevar a Omai en esta navegación.

–Como tendremos que tocar nuevamente las Islas de la Sociedad se determinó no perder la única oportunidad de llevarle de vuelta a su país. Lo cierto es que Omai se subió al barco en Londres con una mezcla de pena y de satisfacción.

Esa noche los franceses realizan sus observaciones de manera milagrosa puesto que en los alrededores del muelle andan los marineros ingleses dando traspiés y canturreando debido al aguardiente que han trasegado en la taberna de la grancanaria Manuela Falcón: recién inaugurada: situada entre la Plaza de la Pila y la iglesia de la Concepción: no tiene pérdida.

No van solos los ingleses. Les acompañan unas cuantas chicas muy alegres y la más de todas es La Capitana: a pesar de su juventud ya es la jefa indiscutible de cuanto rufián infecta el puerto. Los ciento doce tripulantes que seguían a James Cook hasta hace unas horas están en estos momentos detrás de la muchacha dispuestos a entregar la vida y hasta el oro si preciso fuera. Y lo será. Tanto éxito la tiene arrebatada por completo.

–Y si quieren ver buenas tetas –grita en el tono de voz más vulgar que pueden emitir sus venenosas cuerdas vocales– mañana se me asoman por Los Lavaderos: ahí detrás de la huerta de Los Melones: allí las mujeres se quitan las sayas y los corpiños para trabajar más cómodas. Nosotras hacemos lo mismo, compadres, pero salimos más baratas porque nadie pone multas por mirarnos ni por manosearnos siquiera. ¿Me escuchas, Bill?

Bill es nada menos que el capitán William Bligh: famoso por su dureza. Con el semblante sombrío pasea por cubierta moviendo su gran mata de pelo rubio atada con un hilo de bramante a la altura de la nuca. En realidad Bligh no ha desembarcado pero La Capitana se ha enterado de su existencia y solo sueña con pasar la noche en el camarote principal del navío Adventure aunque sea ella quien pague.

Cook se dedica en los días siguientes a comprar paja y grano para el ganado que lleva a bordo. También adquiere carne de buey terneros vivos uvas peras higos plátanos moras calabazas cebollas papas maíz víveres de todo tipo y vino. Ningún inglés que se precie de serlo pasará por Canarias sin llevarse al menos una pipa de Malvasía.

–Y todo me parece barato –le dice Cook a Bligh mientras este comprueba el estado de un marinero que tiene colgado por los pies en el mascarón de proa–. Los precios son más razonables que en Madeira y los productos mejores.

–La cerveza no es nada del otro mundo –responde Bligh malhumorado.

–Es verdad que está demasiado floja pero los vinos son mejores que los madeirenses. Y valen a mitad de precio.

–Yo no bebo vino, mi amigo. Le aseguro que ninguno de mis hombres va a probarlo mientras se encuentre a bordo de este navío ¿No es cierto, Marlon?

Marlon se halla cabeza abajo. Tiene los tobillos desollados por una cuerda que lo suspende en el aire pero sabe que si no contesta habrá una ración extra de castigo.

–Sí, señor, digo no, señor Bligh, ningún marinero probará el vino en el Adventure, señor.

–Así se habla, señor Marlon. Está usted aprendiendo a comportarse como un marinero de Su Majestad.

–Sí, señor Bligh. Gracias, señor Bligh. Dios salve a nuestro Rey y a sus valientes capitanes.

Cook vuelve a la chalupa mientras piensa que uno día u otro este capitán va a tener un problema de envergadura cuando a algún marinero se le indigeste un castigo. El día 2 de agosto Anderson, el médico que acompaña a Cook, y tres acompañantes alquilan mulas y se dirigen a La Laguna. Antes de ir a dormir el doctor refleja esta visita en su diario de viaje.

La Laguna se llama así por un lago cercano; está a unas cuatro leguas de Santa Cruz. Llegamos allá entre las cinco o las seis del atardecer, pero fue un viaje no fácil que no nos compensó de nuestras molestias, porque la carretera era mala y las mulas indolentes. La población es desde luego espaciosa y hermosa, pero difícilmente se puede calificar con el nombre de ciudad; la disposición de las calles es muy irregular, aunque algunas de ellas son de tolerable anchura, y tienen algunos buenos edificios. En todo caso y en general, La Laguna es de inferior apariencia que Santa Cruz, aunque esta es mas pequeña si se la compara con aquella. Nos informaron que La Laguna está decayendo rápidamente, y donde antes había casas hay ahora algunas viñas, mientras que Santa Cruz crece cada día.

[…] Yo pude experimentar cómo varía la temperatura del aire solo con caminar desde Santa Cruz a La Laguna y se puede seguir ascendiendo hasta que resulte intolerable. Se me aseguró que nadie puede vivir cómodamente dentro de una milla alrededor de perpendicular de la cima del Teide después del mes de agosto.

[..] La costumbre española de vestir ropas negras continúa entre ellos, pero los hombres parecen más indiferentes, y en alguna medida visten como los franceses. En algunos aspectos hemos hallado a los habitantes de Tenerife como un pueblo decente y muy civilizado, que conservan el aspecto grave que distingue a los de su país con los de las naciones europeas. Aunque no creemos que haya gran similitud entre nuestras costumbres y la de los españoles, es de valor observar que Omai piensa que no hay mucha diferencia. Él dice solamente que no parecen tan amistosos como los ingleses, y que en sus personas, se acercan a las de sus paisanos.

El día 3 de agosto, baja de La Laguna Lope Antonio de la Guerra. Le corroe la curiosidad de ver a Cook: un marino precedido por una fama extraordinaria: un héroe que ha dado varias veces la vuelta al mundo: un aventurero ilustrado que lo mismo se come una serpiente cruda para cenar que lee a Voltaire en el desayuno. A su vez el famoso capitán establece contacto con varias personas de La Laguna e incluso sube a la Ciudad para recoger apuntes.

A la mañana siguiente Cook prosigue su viaje. Unos días más tarde el francés La Borda también sale a navegar con su barco cargado de relojes. No es aventurado pensar que La Borda no solo pasó por esta tierra a determinar la altura precisa del Teide sino a confeccionar el primer mapa exacto de Canarias. Sin embargo es imposible averiguar si se oculta algún proyecto militar detrás de esos mapas.

La medición del Pico de Tenerife no era un objeto de pura curiosidad para nosotros, pues de ello dependía esencialmente nuestro trabajo náutico. Nos era indispensable conocer la elevación exacta de ese volcán, para sacar partido de las observaciones de altura aparente que habíamos hecho en varias puntas de las islas de Tenerife, Gomera y Canaria, que habían de servir para fijar las longitudes y latitudes de esas puntas… (La Borda)

Para hallar la distancia entre La Gomera y Tenerife La Borda procede de manera parecida a como el lego Cristóbal y Antonio José obraron para medir la torre de La Concepción. Lo primero que hace es ir a San Sebastián de La Gomera. Como conoce la altura del Teide puede averiguar la distancia desde San Sebastián a la base del Pico. Después calcula las distancias desde otras islas y confecciona un mapa muy exacto.[1]

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NOTAS

[1] Manuel Mora Morales: Canarias. Editorial Malvasía. Islas Canarias. 2012.

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Los problemas interculturales en la traducción de obras literarias (I)

Del mismo modo que la literatura
es una función especializada del lenguaje,
la traducción es una función especializada de la literatura.

Octavio Paz

La traducción es una de las funciones que vertebran el camino del libro. La industria editorial no se concebiría hoy sin su existencia y cualquier persona que desee profundizar en la edición, en la escritura o en la lectura necesita tener en cuenta algunos conceptos básicos.

Es preciso contemplar esta actividad como parte de un sistema de producción específico, determinado por los elementos culturales, históricos y económicos en que se sustenta. Por otra parte, no se puede perder de vista que hay factores ajenos a la literatura que se inmiscuyen e influyen de manera acentuada en el producto final de una traducción concreta. Todo lo cual, siendo importante para el traductor, debe tenerse en cuenta por cualquier otro eslabón de la cadena productiva del libro: escritores, editores, etc., sin olvidar a los lectores.

Los problemas de la traducción

Como opina Vidal Claramonte, la traducción se nos aparece, quizás, como “el juego más oscuro del lenguaje” que ha de empezar por reconocer que lo que es traducible es el pensamiento. Tradicionalmente, se había tomado la palabra como la unidad de traducción, pero, en la actualidad, ese papel lo ha conquistado la cultura del idioma del texto original. Se ha llegado a la conclusión de que una traducción tiene la capacidad de variar el mensaje que el autor había llevado a su libro, si el traductor no conceptúa apropiadamente el medio cultural donde ha nacido la obra original.

El traductor ha de ser capaz de captar la obra de partida, tal como lo harían los lectores en su contexto de origen, como única manera de producir un texto de llegada que no reduzca el rol que desempeñará el lector cuando se enfrente a él, tal como lo había concebido el autor. Esto es relativamente fácil de conseguir en los textos científicos, pero en las obras literarias la dificultad es mucho mayor, dado que existen elementos que en los contextos de origen y de recepción tienen valores semióticos diferentes. Los nuevos significantes del idioma al que se traduce provocan la variación de los significados de la lengua original. Es decir, no basta el significado denotativo de una palabra, sino que ha de tenerse en cuenta el significado connotativo.[1] Quien se dedica a traducir ha de ser un excelente lector y un conocedor de la normalidad cultural de la época y del entorno donde fue escrita la obra, porque la calidad de su trabajo dependerá mucho de la interpretación que él mismo realice de cada línea del texto, con relación al contexto y a sus interacciones con la comunidad de donde procede la propia obra.

La preparación del traductor tiene que ir mucho más lejos del dominio del léxico de los idiomas que maneja, sin perder de vista el universo cultural de los lectores de la traducción, porque las interpretaciones de una misma frase varían de manera considerable aun entre diversas comunidades que hablan el mismo idioma. En este sentido, hay que entender la traducción como reescritura; sobre todo, en los textos ambiguos que pueden tener múltiples interpretaciones.

Lo ideal es que la traducción sea leída como si se tratase del original; sin embargo, aproximarse a esto significa desarrollar una tarea muy compleja,[2] sabiendo de antemano que no se alcanzarán todas las metas.[3] Modernamente, los objetivos se han fijado en recubrir el texto traducido con una expresión literaria equivalente a la del original, lo cual acarrea problemas relacionados con el idóneo alojamiento del texto traducido en nichos literarios y lingüísticos plausibles de la lengua receptora. La equivalencia en traducción siempre debe apoyarse en el plano socio-semiológico[4] y uno de los recursos empleados para conseguir alojar la obra traducida en estos nichos es la intertextualidad o empleo de palabras y frases que hacen referencia a determinados textos de autores sobradamente conocidos por el lector, con el fin de despertar en él unas resonancias concretas. Sin embargo, el traductor ha de tener conciencia de que su utilización es un arma de doble filo y debe estar seguro de que la mayoría de los lectores captará las resonancias[5] de las palabras o de las frases propuestas en la obra traducida. En caso contrario, se habrá perdido el esfuerzo realizado.

Algo parecido sucede con las referencias que los autores hacen de determinados elementos culturales propios de su comunidad lingüística, los cuales desaparecen cuando la traducción tiende a ser literal. Es el mismo inconveniente que se produce cuando un español lee una novela nicaragüense o paraguaya: ciertas referencias culturales de los ciudadanos de los respectivos países no coinciden en muchos aspectos. Como diría Umberto Eco, recordando la cuestión kantiana de la constancia del objeto: no son elementos persistentes en estados de cosas alternativos. En estos casos, la mayor parte de los traductores opta por referirse a elementos similares que sean conocidos por sus lectores.[6]

(Continúa en este enlace)


NOTAS

1. Se entiende por denotación el significado que un diccionario proporciona de un vocablo (flor es el órgano reproductor de una planta) y por connotación el significado que esa misma palabra tiene para una comunidad ligüística concreta (cuando se habla de flor –o de su traducción–, en general, un holandés pensará en un tulipán, mientras que un sudafricano imaginará una strelitzia). Aunque la connotación puede ser individual o colectiva, por motivos sociales obvios tanto el autor como el traductor sólo pueden tener en cuenta la segunda.

2. Hay tal complejidad en ello, tratándose de obras procedentes de contextos demasiado remotos, que una de las primeras reflexiones a realizar por el traductor es la de si procede o no utilizar elementos foráneos en el cuerpo de la traducción, con la finalidad de introducir elementos exóticos o arcaizantes que produzcan determinadas resonancias en el lector. La razón de tomar una decisión en este sentido se basa en que algunas imágenes literarias referidas a países lejanos se han utilizado con tanta frecuencia que han perdido la capacidad de evocar en el lector cualquier exotismo.

“Jung ha explicado que, cuando una imagen divina se nos hace demasiado familiar y pierde su misterio, necesitamos volvernos hacia las imágenes de otras civilizaciones, porque sólo los símbolos exóticos son capaces de mantener un aura de sacralidad.” (Eco, Umberto: Interpretación y sobreinterpretación. Cambridge University Press, Madrid, 1997).

3. Mohanty, Niranjan: Intranslability and the translator’s task. Perspectives: studies in translatology, Vol. 4: Núm. 2, 1996.

4. Ping, Ke: A socio-semiotic: approach to meaning in translation. Babel, Vol. 42 : Núm. 2, 1996.

5. Aquí el concepto resonancia está íntimamente vinculado al término coupling, aportado por Samuel Levin. En el capítulo sobre la poesía puede encontrarse más información.

6. “El verdadero problema de la identidad a través de los mundos consiste en reconocer algo como persistente a través de estados de cosas alternativos. “ (Eco, Umberto: Lector in fabula. Editorial Lumen, Barcelona, 1999).

Un viaje de 250 años: y CUARTA PARTE (Viera y Clavijo, Cristóbal del Hoyo y la Tertulia de Nava)

Retrato de al óleo de Alonso de Nava y Grimón, hijo de Tomás de Nava. En vida de su padre,  se celebraba la Tertulia de Nava o Tertulia de los Caballeritos en su casa de La Laguna.

VIENE DE LA TERCERA PARTE

“Lope de la Guerra presentó un buen montón de libros y periódicos que recibió de la Corte en el último mes con ejemplares de Inglaterra Francia y España. Fueron repartidos entre los asistentes que los revisaron y comentaron con alguna que otra sorpresa como una referencia elogiosa al texto de Viera y Clavijo Fiestas que la ciudad de San Cristóbal de La Laguna celebró en 1760 por la proclamación de Carlos III. El fallecimiento en septiembre de la Reina de España, María Amalia Cristina de Sajonia, aún aparecía muy destacado en las gacetas de Madrid. Sin que nadie supiera de dónde sacó la noticia Lope de la Guerra comentó:
–A pesar de su gran dolor nuestro don Carlos III tuvo una ocurrencia sublime respecto a la muerte de su esposa cuando dijo “En veintidós años de matrimonio este es el primer disgusto serio que me da Amalia”.
–Amigos míos –intervino Del Hoyo–, el matrimonio aunque sea real matrimonio nació de una costumbre lamentable. Con tal fundamento poco bueno se puede esperar de él.
–¿Qué origen es ese, señor marqués?
–Uno bien bastardo, hijo mío. En la antigüedad más remota únicamente se obligaba a casarse a aquellos que teniendo vínculos de parentescos solazaban sus carnes. Como castigo se les imponía la intimidad absoluta para que cual dos piedras de molinos se molieran entre sí hasta la tumba.
–¿Y el resto de la humanidad?
–Los seres humanos eran libres para practicar el amor con quien les apeteciera sin tener que rendir cuentas a nadie. El tropel de hijos generado se convertía en propiedad comunal y recibía los cuidados de todos los adultos. Después…
–¿Después que sucedió?
–El amor degeneró, señoras y señores. Los más chiflados lo fueron domesticando hasta encerrarlo en contratos vitalicios como si practicarlo entre muchos fuese una infamia para la humanidad.
–¿No exagera usted, mi buen marqués?

Agustín Betancourt y Molina (Tenerife, 1758-1824, San Petersburgo), quien se convertiría en uno de los más importantes ingenieros del mundo, asistía con su padre a la Tertulia de los Caballeritos.

La reunión se animó. Los debates se practicaban en pequeños grupos que a veces se fusionaban. La coronación de Jorge Guillermo Federico como Jorge III en el mes de octubre anterior no pasó desapercibida. Aparecieron las mistelas y los pastelillos finos cuando terminó de dar las nueve de la noche el reloj inglés de campana y repetición de cuartos de hora con música. Más de dos mil quinientos reales había pagado al marqués por aquel artilugio empotrado en su caja de oro y charol azul.
Tampoco quedaron sin analizar las batallas libradas entre franceses e ingleses en St. Lawrence River cerca de las Thousand Islands en Canadá. El marqués de la Villa de San Andrés se ha atragantado dos veces. Su hija lo confió a las manos de Lope de la Guerra mientras ella participaba en una discusión sobre el buen salvaje y las perversidades de la civilización europea. Sus opiniones estaban en abierta y fiera oposición a las de su primo Fernando de la Guerra que con tan buenos ojos la miraba.
Mientras tanto el marqués de Nava y Grimón había desaparecido por una puerta lateral sin que nadie lo advirtiera. No obstante su regreso resultó más que notorio: acompañado de dos sirvientes cargados con pesadas cajas de madera se dirigió al centro de la tertulia. Se produjo un silencio expectante. Los criados depositaron los cajones en el suelo. A una señal del marqués levantaron las tapas. El interior mostró el más preciado tesoro que pudiera llegar a las manos de los Caballeritos de La Laguna: decenas de libros procedentes de Europa: recién desembarcados por el Puerto de La Orotava: ocultos en el doble fondo de barricas y en el interior de fardos de tela para burlar la vigilancia del Santo Oficio. Como impulsados por muelles de relojería todos los presentes abandonaron sus asientos y se lanzaron en dirección a las cajas. En pocos minutos los volúmenes estaban desperdigados por la sala y pasaban de mano en mano entre el nerviosismo de los contertulios que no podían reprimir exclamaciones de sorpresa y risitas aprensivas reveladoras del placer y de los peligros inquisitoriales que entrañaban aquellos libros clandestinos.
La Tertulia de los Caballeritos de La Laguna sufrió un duro revés cuando José de Viera y Clavijo marchó hace tres años a Madrid con el propósito de terminar de escribir y publicar su Historia General de Canarias. Desde entonces las reuniones han ido languideciendo y cada vez se postergan más hasta el punto de que Fernando de la Guerra ha propuesto reunirse solamente una o dos veces al año.”

(Texto extractado de la novela “CANARIAS“, de Manuel Mora Morales, Editorial Malvasía, Islas Canarias, 2012. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto por cualquier medio sin permiso por escrito del autor)

La insólita historia de Diego Remiendos y de sus milagrosos hijos

Entrada a la magnífica residencia de los descendientes de Diego Hernández Remiendos y de su hijo, un curandero llamado el Médico de las Monagas, cuya existencia se trató de ocultar durante años.

Hoy, se me ha ocurrido traer a colación la curiosa historia de un pintoresco personaje canario, cuya memoria se trató de borrar. Tal personaje fue conocido por sus contemporáneos como Diego Remiendos, cuyos hijos, nietos, bisnietos, etc.,  no le fueron a la zaga, en popularidad… para desesperación de los marqueses que llevarían su misma sangre, más de dos siglos después, cuando lograron comprar el título en la Corte española.

La cita procede de mi novela CANARIAS, que incluye numerosas historias similares, tan verdaderas como poco conocidas. Espero que les divierta.

“Diego Hernández alias Remiendos había nacido en la aldea Las Monagas en el Norte de Gran Canaria a mediados del siglo XVI con residencia en la villa de Teror. Era maestro de obras o alarife y nadie le ganaba a cazar palomas ni a toparse con los más extraños sucesos.
Un día se le ocurrió llegarse hasta Fuerteventura para participar en las faenas de la siega pues le habían informado que pagarían bien dado que los majoreros no encontraban los brazos que necesitaban. Diego se embarcó con mala suerte: piratas bereberes lo apresaron y condujeron a Argel. Allí conoció a una señora que lo sacó de la cárcel y después de pagar su rescate lo devolvió a Gran Canaria tras recibir la promesa de que se casaría con ella.
Diego entró en Teror silbando. Los vecinos estaban tan admirados que lo convirtieron en el héroe local. Un tiempo después se presentó la joven argelina recordándole su promesa de matrimonio. Al enterarse del asunto sus encantadores vecinos no solo le retiraron el saludo sino que lo denunciaron ante la Inquisición. Como pasa todo en este mundo pasó también aquella tempestad discriminatoria. Diego anunció que se casaría en Moya con la argelina. Hubo problemas. El primero fue que la madre de Diego, Mariana Cabreja la Castellana, agarró un cuchillo en Las Monagas y tomó el camino de Moya.
–¡Jodío! –gritaba arrebatada– ¡Te voy a cortar la mano cuando vaigas a dársela a esa mora del demonio!
La gente se asomaba al patio de su casa para ver el espectáculo que ofrecía la encochinada mujer. Unos se reían y otros intentaban convencerla de que soltase el cuchillo.
–Déjelo, cristiana –le aconsejaban sin acercarse demasiado–. ¿No ve que va a formar un quebranto en su familia? Ande, déjelo.
Pero cuando se lo decían La Castellana se enfurecía más y apretaba los dientes y el paso. Tanto lo apretó que cuando llegó a la orilla del cauce del Barranco del Rapador se le doblaron las piernas y no tuvo fuerzas para dar un tranco más.
–¡Hijo del diablo –vociferó con los pocos bríos que le quedaban–, la maldición que te pido es que no tengas pan para comer y con remiendos tapes tus carnes!
La voz de la vieja retumbó en el barranco y llegó a los oídos de los vecinos que no eran pocos ni sordos. Ciertamente a Diego no le faltó el pan ni la ropa pero la maldición tuvo un efecto inesperado: desde aquel mismo día los isleños lo conocieron como Diego Remiendos. Ni que decir tiene que el hombre cumplió su promesa de matrimonio en la iglesia de Moya.
Sin embargo lo más atrayente de esta historia comienza con un hijo de Diego Remiendos llamado Andrés Hernández el cual se hizo popular como El Médico de Las Monagas. Razones había de sobra para este alias. El hombre tenía buena mano de curandero y reunió la mayor clientela que hayan visto ojos humanos en la isla porque su madre argelina le había transmitido los conocimientos yerberos que había heredado de su abuelo.
Andrés se hizo rico. Hasta los curas iban a sanarse con él sin que nadie lo denunciara a la Inquisición cuyos funcionarios solamente inquirieron sobre sus prácticas curanderas muchos años después de muerto. Su primera esposa se llamó Justa Domínguez pero a sus cinco hijos les pusieron Monagas de segundo apellido para que lucieran la fama médica de su papá. La siguiente cónyuge fue Juana Montes de Oca y los siete hijos resultantes se apellidaron Hernández de Monagas.
Todo el mundo sabe que el don de curación o poder de Andrés pasó a sus hijos pero sobre todo al llamado José Hernández de Santa María que [...]“.

Esta historia continúa y nos presenta hechos muy sorprendentes, incluyendo la revelación de quiénes son en la actualidad los aristócratas descendientes del Remiendos. La extensión de un post no da para mucho más; sin embargo, pueden terminar de leer el relato completa en la novela CANARIAS, que ya se encuentra en muchas librerías reales y on line.

La pasión como pretérito idefinido

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Foto de Jan Saudek.

A veces pienso que este zarpar continuo, este abandono permanente de los muelles construidos, es una bendición que me impulsa hacia nuevas fronteras; otras veces, una desgracia que no me permite ser árbol. No poseo ni el consuelo de saber si esto es mal de muchos que se avergüenzan de confesarlo o, por el contrario, sólo ha sido puro azar que me haya tocado en suerte.

El pasado sábado, después de hacer un poco de ejercicio, ducharme y tomar un desayuno desacostumbradamente sano, me sumergí en la lectura de un libro escrito por Chomsky y Ramonet sobre la utilización de la publicidad como método para controlar a la población de los países con regímenes democráticos, a partir de la Primera Guerra Mundial. No me digan que tener semejante cosa en las manos un sábado por la mañana no constituye una proeza. En momentos así me gustaría desdoblarme, subir con el cuerpo astral unos metros sobre mi cabeza y contemplarme realizando esa lectura serena nada menos que un sábado, con las cosas interesantes que podría haber hecho. Por desgracia, ni las gaviotas se dignaron a mirarme.

Durante la lectura estaba sentado en la terraza, me envolvía el ruido monótono del mar, la agradable temperatura de la brisa y la suave luz de la mañana tamizada por unas pocas nubes blancas; además, mi estómago se encontraba agradablemente abarrotado de frutas e hidratos de carbono, no me esperaba ninguna tarea urgente… todo se confabulaba para inducirme el sueño. Y me dormí. Lo siento por Ramonet, por Chomsky y por mi amor propio, pero así fue como sucedió.

No sé cuánto tiempo duró mi siesta tempranera, pero no pudo haber sido mucho, porque aún el sol estaba más cerca del mar que del cénit cuando abrí los ojos de nuevo. Me levanté de la mecedora recordando lo que había soñado: un hombre, atado a un poste, agitaba frenéticamente sus piernas sobre una montaña de libros ardiendo. Sentados alrededor de la hoguera, varios inquisidores comentaban con gesto circunspecto la influencia que tendría en el pueblo llano aquel escarmiento sobre una persona que guardaba en su casa decenas de libros escritos por los enciclopedistas franceses. Cuando el humo de aquella pira literaria comenzó a asfixiar al reo, me desperté.

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Quizás, la pesadilla se debió a la lectura que tenía entre manos, mezclada con el núcleo de mis ocupaciones durante los últimos años: la Inquisición española. O, tal vez, los frutos secos tuvieran la culpa, vaya usted a saber. Pero poco importa eso. Lo que sí me resulta significativo es que, en lugar de ir a lavarme la cara, me dirigiera directamente al ordenador e integrara mi sueño en un relato.

Nada nuevo, desde luego, porque esto lo hago muchas veces de una manera inconsciente, no sólo con retazos de sueños sino con materiales de procedencia muy variada; pero nunca había pensado sobre las razones que me conducen a eso, como tampoco en el placer que me produce convertir un pensamiento en unos párrafos que, inexplicablemente, se me vuelven incómodos tan pronto se publican y pasan a otras manos.

Conozco a personas que han escrito un libro y el resto de su vida no pueden despegarse de él, presentándolo en mil sitios distintos, comentándolo y releyéndolo hasta sabérselo de memoria. Por un lado, encuentro este comportamiento rayano en la babosería; pero, por otro, estos autores me producen envidia, porque han convertido un objeto de papel en una parte viva de su ser que les acompañará hasta la tumba y, cuando ya no estén aquí para representarse ellos mismo, ese libro será el espejo que reflejará su vida.

Sinceramente, me da igual lo que pase con mis huesos y mis libros, sobre todo después de que me apunten en el archivo de difuntos; sin embargo, sí envidio la idea –aunque sea una falsa idea– de conservar mi alma en una obra literaria con tanta frescura como un yogur en una nevera. Pero no me caerá esa breva, porque tengo tan serios problemas para relacionarme con el futuro inerte como con el pasado estancado, por muy literario que éste sea. Tampoco me queda la alternativa de tomar otro camino, sin el dinero suficiente para crionizarme como Walt Disney y permanecer refrigerado dentro de un barril de cerveza durante unos cuantos fines de semana y resucitar, quizás, como un dibujo animado.

Desde mi más tierna infancia, no me ha interesado nada pretérito que no ejerza una clara influencia en el presente o en el futuro. Ni el futuro que no influya en el presente o en el pasado. Tengo la sensación de estar perdiendo el tiempo en futilidades cuando me ocupo de un hecho histórico que no repercute fuera de su arco temporal. Incluyo en ello mi historia personal y las películas y libros, mejores o peores, que tanto me entusiasmaron cuando los estaba creando. Se borran de mi mente como si nunca hubieran existido.

alfombrista

¡Tanta pasión y tanto trabajo para crear algo que se te escapa volando de las manos tan pronto has colocado la última pluma de sus alas! Me pregunto si sentirán lo mismo esos artistas del corpus christi que contemplan cómo una multitud patea y destroza las alfombras de flores que tantas horas les llevó confeccionar. Quizás, como yo, se sientan felices y liberados por no volver a verlas. Quién sabe si nací para alfombrista y nunca lo he sabido.

A veces pienso que este zarpar continuo, este abandono permanente de los muelles construidos, es una bendición que me impulsa hacia nuevas fronteras; otras veces, una desgracia que no me permite ser árbol. No poseo ni el consuelo de saber si esto es mal de muchos que se avergüenzan de confesarlo o, por el contrario, sólo ha sido puro azar que me haya tocado en suerte.

El hambre de los canarios: relato sobre cómo se inició la amistad entre Pascual Rodríguez de Sossa y el emperador marroquí

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Foto: M. Mora M.

Un lector me solicita otras noticias relacionada con el marino canario Pascual Rodríguez de Sossa, personaje sobre el que publiqué un relato en el anterior post de este blog. En realidad, el comienzo de esa historia se encuentra en la novela La isla transparente (Malvasía, 2011), primer volumen de la serie sobre Antonio Ruiz de Padrón. Trataré de complacerle, insertando algunos párrafos correspondientes a esa obra, que narran el principio de los problemas a los que Sossa se vería enfrentado durante la década de 1770.

La miseria que pasaron los canarios en los años anteriores fue terrible: los habitantes de Lanzarote y Fuerteventura tuvieron que abandonar sus islas y desembarcar hambrientos como la langosta en las costas del resto del archipiélago donde se trató de socorrerlos con los pocos recursos que estaban disponibles. Se trajo algo de trigo y aun otros alimentos del norte de África gracias a los excelentes oficios del hebreo Samuel Sumbel unidos al buen corazón del Emperador de Marruecos y a la audacia del capitán tinerfeño Pascual Rodríguez de Sossa. Éste se vio enredado en una gran deuda con el Sultán y los comerciantes marroquíes porque el Comandante General de Canarias, López Fernández de Heredia, no le remitió el dinero para pagar el grano que ya había enviado a las islas.

La fama de aventurero precedía al capitán Sossa por haber navegado en su juventud con patente de corso. En aquella etapa aprisionó numerosos barcos ingleses y perdió varios navíos en sus arriesgados negocios entre África y España. Llegó a proponer al Rey transportar a Madrid pescado salado procedente de las capturas realizadas por los pescadores canarios en las costas del Sáhara.

Esta reputación fue aprovechada para no entregarle el dinero que le pertenecía. A Pascual lo dejaron en la estacada y a los canarios sin un grano más de trigo marroquí.

Ante sus protestas en la Corte de Madrid el cónsul español Bremond le puso fuera de juego al informar que “es un yndibiduo que no dejará de causar desazones”. Cuánta diferencia hay entre esas palabras y las del embajador marroquí en España Ahmad Al-Gazzal quien ha afirmado literalmente: Dos veces hablé por Pascual por el cual respondo yo: voy a enviar por él para componer su dependencia y despacharlo todo a su gusto.

Todavía Pascual Rodríguez de Sossa continúa en Marruecos. Por su parte el Emperador ha dado órdenes terminantes de que no sean embarcados víveres en ningún barco español hasta que se paguen los novecientos pesos fuertes que se deben por el impuesto del trigo. El cónsul español le ha contestado que para cobrar pueden enajenar un viejo molino que es propiedad del capitán Sossa en tierras marroquíes.

El Sultán aprecia al canario y se enfada por los atropellos que le infieren: de manera que su respuesta es terminante: los españoles deben pagar esa deuda y el vicecónsul Pedro Suchita ha de marcharse de Marruecos por haber maltratado al capitán Pascual de Sossa. Ciertamente Suchita había propinado un empujón a Sossa cuando éste se encontraba en el consulado aunque la cosa no pasó de ahí.

No obstante las relaciones entre España y Marruecos están entrando en un escenario conflictivo por culpa de la falta de honradez del Comandante General de Canarias unida a la antipatía hacia Sossa del embajador Bremond y la ceguera del Ministro de Estado, Pablo Jerónimo Grimaldi.  Esperemos que no se declare una guerra que ya parece inminente. El futuro dirá cómo va a terminar todo este embrollo. En Larache Pascual de Sossa es con frecuencia invitado a las casas de los ministros marroquíes. Lo mismo hacen los embajadores de Francia y de Holanda quienes lo tratan con mucha deferencia sabedores de sus sacrificios para remediar el hambre de sus paisanos canarios y del mal pago que recibe de quienes debían apoyarle.

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Foto: M. Mora M.

CONTINÚA

Pascual Rodríguez de Sossa, un canario apreciado por el emperador de Marruecos

Foto: M. Mora M.

Foto: M. Mora M.

En Canarias, ha habido numerosos personajes, capaces de sumir en la perplejidad a quienes llegan a conocer sus andanzas. Uno de ellos es el corsario y capitán de navío Pascual Rodríguez de Sossa, que vivió en el siglo XVIII, e, indirectamente, desencadenó una guerra entre España y Marruecos. Todo comenzó cuando el Comandante General de Canarias no le entregó a Sossa el dinero para pagar el trigo comprado a los marroquíes. El emperador, conocedor de los hechos, se puso de parte del marino canario, a quien consideraba una víctima. Así, comenzaron los malos entendidos con los españoles.

Esa curiosa historia, rigurosamente cierta, está narrada en la novela Canarias. En ella, este marino llega a departir con Antonio Ruiz de Padrón, el protagonista de la obra. Adelanto algunos párrafos, como aperitivo.[1]

La Laguna. Tenerife

Viernes 2 de diciembre de 1774

Hoy se conoce en La Laguna una Real Cédula de 23 de octubre en la que se publica el inicio de la guerra contra Marruecos. Y esta guerra tiene el siguiente único motivo: el Emperador de Marruecos envió una amable carta a Carlos III solicitándole las plazas de Ceuta y Orán. En una especie de postdata agregó que en caso de no entregárselas se vería obligado a entrar en ellas sin que por ese motivo deban perderse las buenas maneras ni la armonía.

De forma que finalizó la tregua y se acabó el trigo que durante los últimos años los canarios han ido a buscar a Marruecos debido a las malas cosechas insulares. Bien lo sabe el tinerfeño Pascual Rodríguez de Sossa, capitán de navío, que ha sido el involuntario iniciador de este conflicto: enredado por las componendas los latrocinios y las confabulaciones del embajador español Tomás Bremond y de López Fernández de Heredia, virrey con el título de Comandante General de las Islas Canarias.

Pascual continúa aún en Marruecos. No ha tenido otra alternativa que vender su casa su finca y su molino a Cayetano Scaglioni: un compinche italiano del vicecónsul español Suchita. Ha percibido menos de mil pesos fuertes por unas propiedades valoradas en tres mil. No puede elegir: esa es la cantidad exacta para saldar la deuda con el sultán. Sin embargo todavía restan cuatrocientos pesos fuertes por entregar a quienes le vendieron el trigo.

Pascual se queda sin dinero para comer. Un comerciante de buen corazón, Juan Bartolomé Bull, se lo lleva a su casa donde le asigna una habitación y lo trata como a uno más de su familia. Los marroquíes le ofrecen un excelente puesto en su marina pero por motivos religiosos Pascual rechaza tan tentadora oferta. Hace poco tiempo le ha escrito una carta al ministro Grimaldi narrándole los hechos y solicitando algún empleo que le permita vivir con dignidad a sus cincuenta y ocho años. Sin embargo no obtiene respuesta. Por orden expresa del ministro español se le relega al olvido. Aún está fresca la tinta de las dos notas que se han escrito en su expediente:

A esto no se ha contestado, ni parece hai que responder.”

Quizá convendrá oír sobre el particular a Bremond. Bremond dijo que este Pasqual de Sosa es un enredador, que no debe hacérsele caso.”

—ooo—

Foto: M. Mora M.

Foto: M. Mora M.

Más adelante, Pascual Rodríguez de Sossa regresó a Canarias, donde pasó su vejez. Tuvo sus más y sus menos con el Comandante General, como puede leerse en la novela Canarias. Por cierto, en esa guerra contra Marruecos participó un joven oficial de ascendencia canaria que más adelante alcanzaría fama universal: Francisco de Miranda, futuro Padre de la Patria venezolana. Miranda propuso a sus jefes utilizar una técnica guerrillera para atacar a los marroquíes que rodeaban y cañoneaban Melilla. Dicho plan se conserva en un escrito redactado por el venezolano mientras se encontraba sitiado en la ciudad norteafricana. Si curiosa fue la propuesta, la respuesta lo fue aún más…

Francisco de Miranda y su hermano, Javier de Miranda, son protagonistas de diversos acontecimientos en esta novela que hace un repaso de la historia de los canarios en la segunda mitad del Siglo de las Luces. Espero que disfruten con su lectura.

______________

Nota.

[1] La puntuación de esta novela no sigue las reglas de la RAE, sino las propias  de una sintaxis experimental, más dinámica y acorde con el desarrollo de la obra.

La novela histórica “Canarias” ya está en las librerías

La novela Canarias acaba de salir de la imprenta y, cuando escribo estas líneas, debe estar ya expuesta en varias librerías de todo el mundo, tanto en el formato clásico de papel como en el de e-book y e-pub. Mucho trabajo de investigación, miles de horas dedicadas a recorrer archivos, a visitar ciudades en Europa y en América, a buscar referencias, a desenterrar historias tristes, historias cómicas e historias increíbles…, todo pasa ante mí como una película acelerada, ahora que el libro ha tomado forma física y, finalmente, descansa en mi mesa de trabajo: quinientas veinte páginas que contienen una narración histórica cuyo protagonista es el personaje que más he admirado en mi vida. A su alrededor, he tratado de dibujar un puzle literario que contiene los principales elementos históricos que actualmente definen la identidad de mi tierra.

SINOPSIS

Aunque Canarias se puede leer como una novela independiente –puesto que se trata de una narración autónoma–, también es el segundo tomo de la saga Nuestro Ruiz de Padrón, la cual relata la vida del que fue principal artífice de la desaparición de la Inquisición española.
Antonio José Ruiz de Padrón nació en San Sebastián de La Gomera (Islas Canarias), en 1757, y murió en Villamartín de Valdeorras (Orense), en 1823. Su vida se convirtió en un apasionante viaje por diversos países, ideas y movimientos religiosos, políticos y sociales de los siglos dieciocho y diecinueve. Esta figura puede considerarse, junto a la del escritor Benito Pérez Galdós, como la más relevante de su archipiélago natal.
Ningún otro personaje canario ha sido tan conocido y reconocido fuera de las islas. Fundamentalmente, su fama se debe a su labor como Diputado, en las Cortes de Cádiz, para lograr la derogación del Voto de Santiago y la abolición de la Inquisición Española. Aun siendo sacerdote, logró ambos objetivos. El resto de su vida transcurrió de manera novelesca.
El primer tomo de la obra lleva por título La isla transparente. Narra la infancia de Ruiz de Padrón en La Gomera y las circunstancias religiosas, políticas y sociales que atravesaba su isla natal en esos años. Naturalente, no podría entenderse nada de lo anterior sin relacionarlo con el resto del mundo. A ello me he aplicado, tratando de presentar un ambicioso mapa histórico en el que abundan personajes y situaciones tan pintorescas como poco conocidas.
Este segundo tomo, con el título de Canarias, se inicia con la llegada a Tenerife del joven Antonio José Ruiz y Armas –no adoptaría los apellidos Ruiz de Padrón hasta varios años más tarde–. A los quince años entró en la Orden de San Francisco e inició los estudios sacerdotales en la ciudad de La Laguna, capital de Canarias.
Su relación con los ilustrados tinerfeños y su entrada como socio destacado en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife determinaron un rumbo vital que le llevó a ser testigo presencial y, a veces, protagonista de los más relevantes movimientos históricos de su tiempo, en un increíble periplo por los Estados Unidos, Cuba y buena parte de Europa.

Los personajes que desfilan por la novela son de todo tipo y condición. Algunos juegan papeles muy secundarios, pero otros se agigantan y son parte esencial del relato histórico, por su cercanía a Ruiz de Padrón o por la trascendencia de su intervención en los procesos sociales, políticos e, incluso, artísticos que tuvieron lugar a finales del siglo dieciocho y principios del diecinueve, o en los dos o tres siglos anteriores.

En resumen, “CANARIAS” es una novela histórica escrita con la intención de que fuera intensa, amena y, sobre todo, divertida. Junto a la historia principal, he recuperado decenas de semblanzas y anécdotas que espero cautiven al lector tanto como me cautivaron a mí cuando las conocí.
“CANARIAS”  contiene una parte importante de nuestra Historia. Una parte imprescindible que nadie debería desconocer, y no solamente los canarios, sino los españoles y latinoamericanos, cuyas sociedades se conformaron, en buena parte, a partir de las importantes acciones llevadas a cabo por el protagonista de esta obra.
Por otra parte, las Islas Canarias constituyen un enorme puchero que lleva siglos cocinándose en siete ollas sobre el mismo fuego. Lenguas, folklores, filosofías, oficios, libertades, represiones, razas, creencias, comportamientos sociales y culturales de todo tipo son algunos de los ingredientes. En consecuencia, de vez en cuando, parece saludable levantar las tapas de los calderos, mirar, probar cómo va el guiso, averiguar qué se ha estado cociendo…
Precisamente, esta es la propuesta de la novela “CANARIAS”, conducida por un personaje singular: Antonio Ruiz de Padrón. Su fantástica vida puede servirnos de crisol para entender no sólo zonas desconocidas de la historia, sino los mecanismos que la mueven.
Mirar a Canarias, a España y al mundo, metiéndonos en los zapatos de Ruiz de Padrón, propicia un examen de la realidad desde posiciones racionales, al tiempo que posibilita un análisis sereno sobre cuándo, por qué, cómo, desde dónde y hasta dónde ha evolucionado cada uno de los elementos que conforman nuestro contexto social. Me gustaría compartir este punto de vista con ustedes: esta es la razón principal de haber escrito Canarias.

DATOS TÉCNICOS DE LA NOVELA “CANARIAS”
Primera edición: 12 de diciembre de 2012
Título: Canarias
Autor: Manuel Mora Morales
Colección: Nuestro Ruiz de Padrón
Editor: Editorial Malvasía
Interior: 520 páginas en papel ahuesado
Cubierta: todo color
ISBN en papel: 978-84-938983-8-0
ISBN e-book: 978-84-938983-9-7
Encuadernado: tapa dura
P.v.p.: 24,90 € en formato clásico de papel 9,90 € en formato e-book.

ALGUNOS PERSONAJES DE LA OBRA

•    Antonio Ruiz de Padrón, diputado doceañista, artífice de la derogación de la Inquisición.
•    José de Viera y Clavijo, autor de la Historia de Canarias.
•    José Clavijo, autor de El Pensador, traductor, etc.
•    José Clavijo, autor de El Pensador, traductor, etc.
•    Johann Wolfgang von Goethe, autor que escribió la obra “Clavijo” sobre José Clavijo.
•    Domingo García Abreu, artífice del nombramiento como diputado de Ruiz de Padrón.
•    Ignacio Llarena, clérigo, tío del Fernando Llarena y amigo de Domingo García.
•    Fernando Llarena, diputado doceañista canario.
•    Amaro “Pargo” Rodríguez Felipe, pirata canario.
•    Alonso Fernández Benítez de Lugo, conquistador de Tenerife.
•    Lope Antonio de la Guerra, autor de unas famosas Memorias.
•    Fernando de la Guerra, ilustrado que fue presidente de la RSEAPT.
•    Benjamín Franklin, padre de la patria norteamericana y científico.
•    Tomás de Nava y Grimón, fundador de la Real Sociedad Económica de Tenerife.
•    José Blas Ruiz y Armas, hermano de Antonio Ruiz de Padrón.
•    Fernando de Molina y Quesada, ilustrado canario.
•    Cristóbal del Hoyo, el aventurero marqués de San Andrés.
•    Juana del Hoyo, famosa por sus tertulias.
•    Agustín de Bethencourt, ingeniero canario.
•    Marquesa de Pompadour, famosa madama parisién.
•    Domenico Caracciolo, abolió Inquisición en Sicilia.
•    Juan Martín El Empecinado, guerrillero español contra Napoleón Bonaparte.
•    Javier de Miranda, hermano de Francisco Miranda.
•    Francisco de Miranda, precursor y libertador de Venezuela.
•    Juan Rodríguez de la Oliva, pintor canario, famoso retratista de vivos y de cadáveres.
•    Varios obispos de Canarias que tuvieron destacadas intervenciones.
•    Juan de Iriarte, gramático procedente del Puerto de la Cruz con altos cargos en la Corte.
•    Tomás de Iriarte, fabulista, sobrino de Juan de Iriarte.
•    Pascual de Sossa, marino canario que indirectamente produjo una guerra con Marruecos.
•    James Cook, famoso marino inglés que hizo escala en Tenerife.
•    William Bligh, capitán que sufrió el motín del Bounty y llegó a Canarias junto a Cook.
•    Jacinto Mora, tío de Ruiz de Padrón que se destacó en La Habana.
•    Baltasar Ruiz, padre de Ruiz de Padrón, nacido en El Hierro y casado en La Gomera.
•    Miguel Álvarez de Abreu, obispo canario de Oaxaca.
•    Obispo Servera, famoso obispo con sede en Las Palmas.
•    Carlos III, rey de España que intentó renovar las estructuras económicas.
•    Fernando VII, nieto de Carlos III que traicionó a su país.
•    Manuel García Herreros, diputado desterrado a La Gomera, amigo de Ruiz de Padrón.
•    Juan Duns Escoto, teólogo irlandés conocido como Doctor Sutil.
•    Matías Rodríguez Carta, tratante de tabaco con gran poder económico.
•    Capitán General de Canarias Juan Mur.
•    Capitán General de Canarias Miguel Fernández de Heredia.
•    Capitán General de Canarias Eugenio Fernández, marqués de Tabalosos.
•    José Antonio Abreu Bertodano, canario, académico de la Lengua.
•    Matías de Gálvez, Gobernador de Nueva España que pasó muchos años en Tenerife.
•    Bernardo de Gálvez, gobernador de Luisiana, criado en Tenerife.
•    Tomás de Saviñón, ilustrado canario, regidor del Cabildo de Tenerife.
•    Manuel Pimienta y O., impulsor de la Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife.
•    Jean-Charles de la Borda, francés encargado de experimentos científicos en Canarias.
•    La Capitana, famosa prostituta canaria del siglo XVIII.
•    Antonio Domínguez Alfonso, famoso curandero canario en Madrid, protegido por el rey.
•    Diego Hernández Remiendos, padre del Médico de Monagas.
•    Andrés Médico de Monagas, curandero antepasado del marqués del Buen Suceso.
•    Andrés Amat, encargado por Galvez de la recluta de colonos canarios para Luisiana.
•    Pedro de Mesa Benítez de Lugo, autor una disparatada biografía sobre Santo Domingo.
•    Álvaro Pérez, autor que propone enseñar español a los indios con sólo doce hombres.
•    Pedro Álvarez, visitador del rey enviado a Canarias para controlar el pago de impuestos.
•    Bernardo de Iriarte, alto diplomático canario en la guerra contra Inglaterra en 1779.

PUNTOS DE VENTA

La distribución a librerías dentro del archipiélago está a cargo de LIBRO 7.

Además de las librerías importantes, en las Islas Canarias, la novela puede adquirirse en los siguientes puntos, tanto en papel como en formato e-book.

Agapea
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Akal
(España)
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Averroes
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El Bibliobandido que “aterrorizaba” a los niños de Honduras pasó el verano en Nueva York

EL BIBLIOBANDIDO es un proyecto que estuvo formando parte, durante el verano pasado, de una exposición que se llevó a cabo en The Studio Museum in Harlem, en Nueva York: “Caribe: encrucijada del mundo” (Caribbean Crossroads of the World).
Junto a otras imágenes, incluía este vídeo que también se encuentra en Internet. El proyecto se llevó a cabo en un pueblito de Honduras. El Bibliobandido –creado por la artista chinoecuatoriana Marisa Jahn– se montaba en un burro y aterrorizaba a los niños, exigiéndoles un tributo para dejarlos paz. Cada niño debía entregarle un cuento mensual al Bibliobandido, tan pronto como él volviese a visitarles en su burro.

Alrededor de la “leyenda del Bibliobandido” se han realizado actividades sobre la escritura de historias, las cuales se han ido extendiendo a otras aldeas. En esta zona el analfabetismo llega a alcanzar hasta el noventa por ciento de la población. Por esta razón, debe apreciarse doblemente el éxito del personaje para elevar el interés de los niños por la cultura escrita.

Marisa Jahn explica alguna particularidades de su proyecto.

Las comunidades también se han involucrado en estas acciones en pro del libro. Incluso, se ha llegado a celebrar “La semana del Bibliobandido”. Miren en este vídeo la alegría de unos niños que tienen la suerte de escribir soñando.

En la actualidad, agotado el misterio del Blibliobandido, se ha incorporado un nuevo personaje: la Bibliojefa.

El primer libro escrito en los Estados Unidos se debe al canario Domingo Báez

El primer libro redactado en el territorio de los actuales Estados Unidos de América lo escribió un canario. Concretamente, el jesuita Domingo Agustín Báez, nacido en Telde, Gran Canaria, en el año 1538.
La historia de este hombre despertó mi curiosidad, no sólo por haber nacido en el archipiélago donde vivo, sino por el rocambolesco periplo que le llevó a Georgia, donde hoy se le conoce más que en su ciudad natal. Pero éste es el destino de todos los canarios que han sobresalido: su patria termina siendo el lugar donde mueren, porque sus paisanos suelen hacer lo imposible por borrar su memoria, cuando no han nacido en el seno de una familia poderosa.
Báez marchó a Salamanca para estudiar Artes y Cánones. Contaba entonces veintidós años de edad. A los veinticuatro años, solicitó su entrada en la Compañía de Jesús. Lo admitieron sólo como Hermano y allí estuvo ejerciendo de sacristán. Dos años más tarde, en 1564, marchó a Valladolid para ejercer de portero del convento jesuita de la ciudad. Su superior era Francisco de Borja –más tarde declarado santo–, el cual lo admitió definitivamente como Padre de la Compañía.
En 1568, el Rey de España nombró Gobernador de Cuba a Pedro Menéndez y le puso en la bolsa nada menos que 200.000 ducados para que conquistara la Florida.  El hombre compró cuanto creía necesitar para la expedición, sin olvidarse de llamar a su amigo Francisco de Borja para que le facilitara una docena de misioneros. Nadie en su sano juicio se internaba en tierras del Nuevo Mundo sin llevar consigo una buena provisión de frailes.
Borja le facilitó doce jesuitas como doce soles. Entre ellos, incluyó a Domingo Agustín Báez que, siendo canario, extrañaría menos las frías noches de Valladolid.

Fortaleza de San Marcos, en San Agustín (Florida).

Y se hicieron a la mar desde San Lúcar de Barrameda. Tras unos días de escala en las Islas Canarias, zarparon y, como decía don Gabriel de Cárdenas a principios del siglo XVIII,

“con buen tiempo llegaron á la Florida, donde hallaron los estragos hechos por Gurgio, la infantería española hambrienta y desnuda: la pacificación de los indios en peor estado que nunca …”.

No le gustó el panorama a Menéndez; dio media vuelta y puso la proa con dirección a Cuba. Eso sí, el viaje fue malo. Tan malo que el piloto se puso a blasfemar y a decir que la culpa de todo la tenían los jesuitas.
–¡Ah, hideputas –les gritaba–, sois peores los protestantes y los turcos juntos! Con ellos he navegado sin que nunca me cogiera una tormenta como ésta.
Bien fuera por las oraciones de los jesuitas o por las blasfemias del piloto, lo cierto es que llegaron todos a La Habana vivos. Unos días más tarde, el piloto volvió a cruzar el Caribe y, bien fuera por sus blasfemias o por la oraciones de los jesuitas, sobrevino otra tormenta y pereció en ella.
El canario Domingo Agustín Báez y sus compañeros se quedaron en La Habana, en un colegio que mandó a abrir Menéndez. Algo más adelante, volvieron a la Florida. Báez fue asignado a la plaza de San Agustín para ayudar a construir casas y una iglesia. Allí encontraría a descendientes de paisanos suyos que estaban asentados desde los tiempos de Ponce de León. A la sombra de la enorme fortaleza de San Marcos comenzó a evangelizar a los indígenas.

Isla de Saint Catherines, en el estado de Georgia (Estados Unidos de América).

Pronto, los misioneros se dividieron en dos grupos y abandonaron San Agustín.  La razón era que estando cerca de los soldados españoles no había manera de que los indios les hicieran caso. Domingo Agustín marchó a la isla de Guale, transportando unos sacos de maíz que le había entregado el obispo de Cuba. Mientras el maíz duró, los indígenas no faltaron a una sola sesión de catequesis, pero después no hubo quien les viera más el pelo. Además, el problema del idioma continuaba siendo un impedimento.
Pero, a grandes males, grandes remedios. Báez poseía una endiablada (con perdón) facilidad para aprender idiomas. En menos de seis meses, ya hablaba con fluidez la lengua guale. De inmediato se puso a la tarea de escribir una Gramática guale, tal como haría en Brasil el tinerfeño José de Anchieta con la lengua tupí unos 25 años más tarde.
No tardó mucho en escribir también un Catecismo en guale. Báez lo escribió en verso para facilitar su memorización, al tiempo que enseñaba a sus compañeros la lengua aborigen.

Existe una cierta confusión sobre si Báez había escrito otro catecismo en la lengua tamuga de la Florida, durante su estancia en San Agustín, lo cual es muy probable.
Sea como fuere, el canario sucumbió en la isla  de Guale. Un año más tarde, el Padre Domingo Agustín murió en la isla, víctima de una epidemia que diezmaba la población indígena. Se dice que falleció mientras cantaba con sus fieles un salmo en la iglesia de Santa Catalina. Más tarde, A. L. Borges escribiría:

“Pérdida lamentable, pues sabía hablar bien la lengua gualeana, la enseñaba a los demás misioneros y había traducido a ella las oraciones y doctrinas cristianas, poniéndolas en verso, para facilitar el aprendizaje de los indios. El padre provincial lo había señalado ya para predicador en la Tierra Firme. .. era ésta la segunda víctima que ofrecía su sangre por la conversión de los indios floridanos”.

En la actualidad, en Georgia se muestra una gran consideración hacia el autor de la primera Gramática que sistematizó una lengua indígena en tierra de los actuales Estados Unidos. Además del Catecismo, también dejó oraciones y salmos que fueron cantados en guale por los nativos.
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BIBLIOGRAFÍA ESENCIAL
David Arias (obispo): Lives and Faces.
Gabriel de Cárdenas: Ensayo cronológico para la historia general de la Florida.
R. Edwin Green y Mary A Green: St. Simon History.
Analola Borges: Las primera migraciones desde las islas orientales.

Un texto muy especial, en el 255 aniversario del nacimiento de Ruiz de Padrón

Antonio Ruiz de Padrón y La Gomera, su lugar de nacimiento.

Hoy, se cumplen 255 años del nacimiento del diputado doceañista Antonio José de San Miguel Ruiz de Padrón, en San Sebastián de La Gomera, el día 9 de noviembre de 1757. Los signos que acompañaron esta fecha no eran muy propicios para venir al mundo: una gran plaga de langosta invadía el archipiélago canario y una epidemia diezmaba las gallinas isleñas hasta tal punto que el Conde de La Gomera había prohibido su venta fuera de su marquesado de Adeje, en el Sur de Tenerife, en un bando publicado el día 7 por el Alcalde pedáneo, Pedro Torres Martel.

Ningún agorero habría dado un solo maravedí por cualquier infante que naciera ese día.

Sin embargo, Antonio José, el nieto del escribano gomero Mauricio Armas Núñez, daría mucho que hablar y mucho que escribir unos años más tarde. Su nombre está grabado en la gran lápida de mármol que figura en la entrada de las antiguas Cortes de Cádiz, junto a las más relevantes personalidades del primer proceso democrático español. Se le reconoce, explícitamente, el gran papel que desempeñó en la demolición de la Inquisición española, el monstruo institucional que había aterrorizado a millones de personas durante siglos.

El primer texto escrito en la prensa sobre Antonio José Ruiz de Padrón apareció en una publicación madrileña en el año 1783, cuando el ilustre gomero contaba sólo 26 años de edad. Año y medio más tarde, zarparía con rumbo al Nuevo Mundo, donde emprendería una de las grandes aventuras de su vida, en la ciudad de Filadelfia. En esos momentos, allí se debatía la Constitución de los Estados Unidos de América y se revolucionaba la forma de gobernar naciones.

Este primer texto, nunca antes citado, se refiere a un discurso pronunciado por Antonio Ruiz de Padrón en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife. Primero, habló Lope Antonio de la Guerra para explicar el motivo de la reunión: premiar a los artesanos más destacados y a los autores de varios trabajos literarios. A continuación, Ruiz de Padrón, que ya era Padre Lector de los franciscanos, se dirigió a los premiados para animarles a proseguir en su empeño.

He extractado este texto de mi próxima novela Tenerife –estará publicada el próximo mes de diciembre–, en la que se describen los años que pasó Ruiz de Padrón en la isla de Tenerife. He trabajado en ella durante mucho tiempo, con el fin de recoger toda la documentación posible, relativa a esos años tan ricos en anécdotas y actividades relevantes, tanto para el archipiélago canario como para el resto del mundo.

Me agrada ser portavoz de una buena nueva: los descendientes de la familia de Ruiz de Padrón cederán al ayuntamiento de San Sebastián, uno de los salones de la casa natal del personaje. Espero de corazón que de inmediato se ponga en marcha un museo, una exposición permanente o cualquier otra instalación que recuerde al personaje más relevante que ha tenido la isla. El acto tendrá lugar el viernes, 16 de noviembre de 2012.

Leyenda de las brujas de la Laguna Grande

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«Los bosques cercanos al Alto de Garajonay son de un verde intenso, oscuro a veces, como el deseo de los corazones extraviados. Situado en el centro de esos bosques húmedos, existe un calvero, extenso y circular, conocido como La Laguna Grande.
Cuando llegamos a esa zona, sabemos que allí sucede o ha sucedido algo fuera de lo habitual. Ni siquiera hace falta que nos hayan informado antes sobre ciertos rumores que circulan entre la gente, para sentir estas oscuras palpitaciones. Incluso cuando somos conscientes de que eso es un sentimiento absurdo, una conmoción fuera de lugar en el siglo XXI…
Desde tiempos inmemoriales, se ha venido hablando sobre las cosas extrañas que suceden en estos parajes. Esas habladurías se conocen como «La leyenda de La Laguna Grande» y hay personas adultas a las que se les erizan los pelos de la nuca cuando escuchan alguna de las historias que se narran en esta isla.

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Uno de esos relatos cuenta que durante el estío un pastor se había distanciado de la zona donde su ganado comía hierba seca. La razón de su alejamiento era buscar pasto verde y fresco para un cabrito enfermo. Se entretuvo demasiado, la penumbra del bosque le hizo perder la noción del tiempo y la oscuridad lo sorprendió en La Laguna Grande. Aunque era noche de luna llena, decidió no regresar a su casa por el peligroso sendero que bordeaba una profunda cañada. Al lado de un brezo gigante, se preparó una confortable cama con hojas de helechos.
El cansancio de la jornada de trabajo hizo que se durmiera rápidamente. Sin embargo, alrededor de la media noche, se despertó. La luz de la luna inundaba aquel gran espacio sin árboles y de todos lados surgían cuchicheos, crujidos y risas agudas y sofocadas.
El pastor se subió el cuello de la vieja chaqueta. Se sentía así más protegido y seguro, dentro de su coraza de lana. En su pecho anidaban juntos el coraje y la superstición, solapándose y tratando de anularse mutuamente. Así, mientras esta le susurraba que se guardase, aquel le alentaba para que aguzara el oído y averiguase lo que estaba sucediendo. Las risas sonaban cada vez más cercanas. Después, la luz de la luna descubrió al pastor una escena inusual: decenas de mujeres salían de diversos puntos de la muralla vegetal que circundaba La Laguna Grandes y corrían hacia el centro del calvero.

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Mujeres con el cabello suelto, desgreñado, largo, flameando al aire de la noche como banderas sombrías. Brujas que vociferan, chillan, berrean y dan palmadas, avanzando con saltos de geometrías inverosímiles. En algún lugar, comienza a sonar un tambor. Un ruido sordo y lento que va hinchándose y apagando los otros sonidos, adueñándose del gran círculo donde ni la hierba crece, extendiéndose sobre el suelo húmedo de rocío y subiendo por las piernas de las mujeres que han formado un círculo fluctuante.
Las brujas se balancean cadenciosamente. Giran sobre sus pies descalzos. El tajaraste, con simetría errática, con agitada arritmia, con áspero reflejo en el sonido que fluye del tambor de piel de macho cabrío, mueve los brazos, las manos, los dedos que desatan los corpiños y las enaguas que se deslizan hasta el suelo. Los golpes del tambor se aceleran. Las mujeres patalean, bailan más, más rápido, salmodian un pie de romance con voces agudas y monocordes.

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El pastor escuchaba espantado esa escalera de latidos y asistía enajenado al júbilo de los cuerpos desnudos que la iban remontando.
La efervescencia y el arrobamiento van aflorando en los rostros de las brujas. Tambor, tambor, tambor. Los ritmos se dilatan. Pies, brazos, manos, pelo, manos, brazos, pies. Círculos abiertos o cerrados, torbellinos de sombras femeninas agitándose en el suelo. Cada golpe de chácara es una historia hembra: Gara: chácara, chácara, chácara: Iballa: chácara, chácara, chácara: Beatriz: chácara, chácara, chácara. Cada compás, una tragedia: Garajonay: tambor, tambor, tambor: Guahedum: tambor, tambor, tambor: Baja del Secreto: tambor, tambor, tambor.
La bruja más vieja, la que sostiene el tambor en la mano, grita, al borde del paroxismo:
–¡Jorge!

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Los golpes del tambor se avivan.
El pastor hizo la señal de la cruz, sabiendo que las brujas llaman Jorge a Satanás.
–¡Jorge, Jorge! –vocifera el círculo de mujeres, y sus movimientos se hacen más salvajes. Las manos se alzan hacia la luna y empiezan a repicar las chácaras. El eco se despeña en las cañadas. ¡Burbujas y relámpagos de ímpetu! Un universo de escalas se desangra en torno a las danzantes.

Chácara, chácara, chácara;
tambor, tambor, tambor;
chácara, chácara, chácara;
tambor, tambor, tambor.

Las brujas, sin deshacer el círculo, bailan en parejas enfrentadas, contrayendo y expandiendo la rueda, moviendo las chácaras con ardor. Sólo una mujer muy joven permanece en el centro del baile (chácara, tambor, chácara). Una pequeña nube negra oculta la luna por unos instantes, la música se apaga, los gritos son amordazados y un silencio, más ensordecedor que toda la algazara anterior, aferra la oscuridad. La bruja adolescente del centro del círculo se lleva las manos a sus cabellos, tira de ellos, inmisericordemente, y grita con toda la fuerza de sus pulmones:
–¡Joooooooorge! ¡Joooooooorge!
El cielo es la piel azul de un tambor ciclópeo. Un fragor acompañando al relámpago surge de la nube que aún cubre la luna. El rayo, gordo y sucio como las aguas de un barranco en invierno, se precipita hacia el centro del círculo y carboniza a la niña bruja.

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El pastor quiso llevarse las manos al rostro, pero el terror le impedía mover un solo músculo. Una lechuza, posada sobre un haya cercana, no cerró sus ojos a tiempo y murió fulminada; su caída rajó el aire del estío y dejó escapar una corriente helada.
El viento gélido llega hasta el centro del calvero, se arremolina, esparce las cenizas de la bruja y las convierte en un ser absurdo compuesto por tres mitades imposibles: mitad animal, mitad hombre, mitad cosa: protuberancias minerales en la cabeza, lengua bífida, cuerpo velludo y patas de cabra. Debajo de su frente, chisporrotean las brasas de sus ojos purpúreos, tan grandes como los de una lechuza, tan inestables como si estuviesen recién injertados. De las profundidades de su garganta surgen resonancias profundas, roncas, perturbadoras. El aire se torna ardiente, con un penetrante olor a urea y azufre.

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La luna ilumina de nuevo La Laguna Grande y las mujeres se acercan a la aparición. No es la primera vez que se reúnen con Jorge. Las brujas repican las chácaras: suavemente: reproduciendo el sonido del agua que cae en las fuentes: engendrando notas de burbujas bañadas por la luna: malpariendo palabras de madera licuada. Gritan y gimen. La bestia les murmura y ellas ríen, ríen, ríen, mientras la luna se recrea en tejer y destejer los caminos para extraviar a los caminantes.

Habían transcurrido ya varias horas cuando el pastor logró mover una mano y pellizcarse la mejilla, tratando de ahuyentar la pesadilla pavorosa. Cerró y abrió los ojos y, en ese instante, la luna fue velada de nuevo por la nube. El bosque se oscureció y sólo pudo ver cómo algunas estrellas parpadeaban en el cielo. Miró hacia el centro del calvero y no distinguió ningún rastro de las brujas ni de la bestia. Un silencio funesto y una tranquilidad empozada estaban convirtiendo en piedra el aire que respiraba. El pastor se frotó los ojos y, por fin, pudo desarrollar un pensamiento sensato: ¿Lo habría soñado todo, le engañó su fantasía, lo perturbó su miedo o…?
Era tenido por hombre valeroso, acostumbrado a caminar solo por los caminos del monte y de la costa, pero aquella noche no dio un paso fuera del lugar donde se encontraba. Aun cuando volvió a aparecer la luna, permaneció allí, erguido sobre la cama de helechos, con la mirada fija en el claro del bosque, incapaz de comprender si lo que había vivido era un sueño.
Las primeras luces del alba inauguraron un día que se preveía caluroso. El pastor se puso en pie, tomó el morral con sus pobres pertenencias y se aprestó para volver a su casa. Sin embargo, después de dar algunos pasos, algo le hizo retroceder con el estómago encogido: a pocos metros de su improvisado lecho, en la mitad del camino, yacía el cuerpo de una lechuza sin vida… y sin ojos.
Igual que el fuego corre por un reguero de pólvora, se extendió este relato por la isla y se unió a otras historias parecidas sobre La Laguna Grande.
Se narraba la de un hombre de Chipude, a quien también sorprendió la noche cuando volvía a su casa con un recado desde San Sebastián. Había dicho que se encontraba sentado en una piedra, en la mitad del claro, cuando escuchó crujidos, chillidos y risas sofocadas, y que le habían tirado piedras. Para demostrar la veracidad de su historia, enseñaba a todo el mundo una cicatriz en la cabeza. Ciertamente, no había visto a nadie, pero, según él, las risas y los alaridos procedían de las mismas brujas que el pastor había adivinado haciendo sus tratos con el diablo.
Algo parecido refirieron dos hombres, uno del pago de Tamargada y otro de Erque: les habían tirado piedras en La Laguna Grande. Incluso, aquellos que decían en voz alta y clara que no creían esas historias y que sólo eran cuentos de viejas evitaron acercarse de noche a La Laguna Grande, «porque no tenían nada que demostrar».
Poco tiempo después de estos acontecimientos, surgieron los primeros rumores sobre los caminantes. En sus idas y venidas por el bosque, cerca de La Laguna Grande, al atardecer e, incluso, en pleno día, oían risas sofocadas y, al instante, no encontraban los caminos conocidos: muchos relataron que se habían perdido.
Un caminante contaba que durante días estuvo dando vueltas en el monte y otro decía que, repentinamente, se había encontrado caminando por la costa, a mucha distancia de allí.
Hace años, recuerdo haber oído a un anciano del caserío de Guadá que recomendaba tres máximas a los caminantes: no sentarse debajo de una higuera, no dormir a la luz de la luna y llevar un amuleto para protegerse en los caminos del monte. Este talismán consistía en un duro antiguo o una moneda de plata envuelta en un pañuelo blanco y adherida al ombligo: si se tornaba negra, era señal de que la bestia no andaba lejos.
Y no digo que todo esto sea cierto ni que a las brujas les diviertan especialmente los descreídos; pero, así y todo, es mejor andarse con cuidado si se camina cerca de La Laguna Grande.

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(Leyenda extractada de la obra EL CORAZÓN DE LA GOMERA, de Manuel Mora Morales. Todos los derechos de reproducción reservados.).

No hagas naufragar a mi palabra

Dime tú, mar, ahora ¿a qué naranja
he de tender mi frente?
¿Debo arrancar de cuajo tus arenas,
golpear tus rumores,
escupir tus espumas,
matar tus olas de gallina de oro
que sólo ponen huevos de esperanza?
La paz te he suplicado y me la niegas,
mi ternura te ofrezco y no la quieres.
Pero algo he de pedirte todavía:
que no hagas naufragar a mi palabra
ni apagar el amor que la mantiene.

Aún mi mano en la mar, así lo espero.

Pedro García Cabrera

Desolación en La Gomera: no hay lágrimas para tantos árboles

Foto de Manuel Mora Morales.

Bosque de laurisilva de La Gomera.

Qué desolación, qué desolación terrible han dejado los fuegos de La Gomera sobre el mismo espacio que ocupaban sus bosques; desolación comparable sólo al abatimiento y la impotencia que ahora fermenta en los corazones de sus hijos.

La ambición y la estupidez humana han ido carbonizando la piel de las islas. Este año le ha tocado a La Gomera, pero el pasado y el antepasado los montes de otras islas fueron reducidos a carbón. Y, aún antes, las hachas segaron selvas canarias incomparables que han quedado eliminadas para siempre.

En su llama mortal la luz te envuelve.
Absorta, pálida doliente, así situada
contra las viejas hélices del crepúsculo
que en torno a ti da vueltas.
Muda, mi amiga,
sola en lo solitario de esta hora de muertes
y llena de las vidas del fuego,
pura heredera del día destruido.

Cantó Neruda en uno de sus veinte poemas, sin saber que le cantaba a mi isla que también se ha vuelto negra como la suya. José de Viera y Clavijo cantó al bosque que vestía la Montaña de Doramas, en Gran Canaria. ¡Sobre sus versos cabalga tanto dolor al verla perdida para siempre! ¡Huid de estas selvas, pajarillos porque los árboles están cayendo bajo el filo del hacha, bajo los tajos del fuego! Aunque nada pueda ya consolarnos por cada árbol perdido, que al menos este hermoso poema nos sirva de bálsamo a quienes tanto amamos los bosques de este archipiélago.

Mas ¡ah, preciosos árboles! que lejos
de daros sucesores que os hereden,
no tememos, con mano temeraria,
a golpes de las hachas insolentes,
derribar vuestros troncos venerables
que llorarán los pueblos que nacieren.

Sitios queridos de las nueve musas
en cuyos frondosísimos andenes
paseó, de su numen agitado,
el divino Cairasco tantas veces.

¡Montaña de Doramas deliciosa!
¿Quién robó la espesura de tus sienes?
¿Qué hiciste de tu noble barbusano?
Tu palo blanco ¿qué gusano aleve
le consumió? Yo vi el honor y gloria
de tus tilos caer sobre tus fuentes…

Huid ya de estas selvas, pajarillos;
nada os puede alegrar: peligrar debe
el nido maternal de vuestra prole,
si el leñador y el carbonero quieren.

Huid también vosotros a otra parte,
zagalas y pastores inocentes:
ya no hallaréis, en este monte bajo,
corteza dura o plana suficiente
para grabar vuestros amables nombres,
como vuestros abuelos y ascendientes.

Huid, huid: sacad de esta montaña
las manadas de cabras y los bueyes,
que devoran los brotes cuando nacen,
y no permiten que, nacidos, medren.

Llegados aquí, sólo nos queda repetir con el vate Rodrigo Caro sus dolorosas  estrofas:

Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo [...]
Mas ¿para qué la mente se derrama
en buscar al dolor nuevo argumento?
Basta ejemplo menor, basta el presente,
que aún se ve el humo aquí, se ve la llama,
aun se oyen llantos hoy, hoy ronco acento; [...].

100 imágenes curiosas sobre libros (Tercera parte)

¿Quién encontraría una encuadernación más adecuada para “Las místicas islas del los mares del Sur” de O’Brient?

Biblioteca del Real Gabinete Portugués de Lectura. La imagen habla por sí sola.

Para “moderna”, esta Biblioteca Pública de Seatle, en los Estados Unidos.

Érase un libro a un reloj pegado,
érase un reloj superlativo,…

Esta página comienza de una forma muy habitual: “Yo nací en una pequeña ciudad en las afueras de Chicago.” y finaliza sin grandes innovaciones literarias: “Estoy buscando un lugar donde realmente pueda dejar mi huella.” La originalidad radica en que logró su propósito, como es evidente.

Y usted también puede conseguirlo, siguiendo las instrucciones que se ofrecen en esta página: haga click aquí.

El libro se encuadernó con forma de estrella y, de paso, sin principio ni fin, como aquella obra imposible a la que hacía referencia Jorge Luis Borges.

Una portada genial para una novela autobiográfica e inclasificable.

Fotografiar letras como se fotografían estrellas puede proporcionar una portada que exprese el dinamismo de un objeto que sube. Por ejemplo, un ascensor que conduzca al cadalso.

¿Es una silueta femenina o es el cielo al atardecer? Aquí el espectador sólo puede tener una seguridad: el pájaro es el pájaro. Excelente portada como introducción a unos textos sobre la mujer surrealista.

Un libro excéntrico, tanto por su material como por el diseño.

Si alguien buscaba la esfera de los libros, ya ha llegado a ella.

100 imágenes curiosas sobre libros (Segunda parte)

A veces los libros contienen cosas que nadie sospecharía antes de abrirlos.

Ésta es la segunda entrega de una serie de imágenes divertidas, curiosas, sorprendentes o insólitas que están relacionadas con el libro y su mundo. Disfrútenlas y, si quieren más, vuelvan mañana.

Mientras los niños no se identifiquen con los libros, su educación es deficiente.

Durante medio milenio, editores y diseñadores han dirigido su creatividad a lograr libros más manejables.


Si nunca te has perdido en el laberinto de un libro es que no has leído a Jorge Luis Borges.

El Library Tower (Torre de la Biblioteca) es el rascacielo más alto de Los Angeles (Estados Unidos). Se construyó sobre el solar de la Biblioteca Pública de Los Ángeles, cuando ésta quedó reducida a cenizas por un incendio. Los constructores hicieron un pacto: reconstruirían la Biblioteca en las plantas bajas y ellos utilizarían el resto del edificio. Parece que con el paso del tiempo, el nombre de Library Tower no les gustaba y lo han cambiado por US Bank Tower que, evidentemente, es mucho más poético y sugerente.

Un curioso ex-libris. Los ex-libris son tarjetas que se adhieren a la guarda de un libro para indicar quién es su propietario.

La Librería Lello e Irmao, en Oporto (Portugal) se encuentra en un espléndido espacio arquitectónico.

El atrevimiento de los anuncios publicitarios no conoce límites.

Original dedicatoria en una obra narrativa: “dedicado a nadie”.

Un manera diferente de diseñar la cubierta de un libro se puede apreciar en esta edición francesa de una obra de Gustave Flaubert.

 

100 imágenes curiosas sobre libros (Primera parte)

Impactante cartel del último Salón del Libro de París.

 

Con estos calores veraniegos, forzar las células cerebrales puede subirnos la temperatura craneal. Las imágenes suelen ser más fáciles de digerir que las palabras escritas, sobre todo si son capaces de excitarnos la curiosidad o de divertirnos.

Como mi pasión son los libros –y mi manía, porque, a pesar de ser un dormilón, ya no puedo dormir antes haber leído y no me despierto del todo sin leer algunas páginas a primera hora de la mañana–, les ofreceré, durante algunos días, cien imágenes relacionadas con ellos. Son fotografías o grabados que me han llamado la atención y los he ido guardando. Una parte corresponde a fotos mías y, otra, la he recopilado en libros, revistas e internet. Espero que las disfruten tanto como yo.


El librero, un interesante grabado francés del siglo XVIII.


Curiosa manera de apuntar los préstamos de libros en la biblioteca de un colegio: imprimiendo un código de barra en los brazos de los estudiantes.


Original libería ambulante de Buenos Aires.


La misma librería de Buenos Aires, en un lugar diferente de la capital argentina.


Libro con un diseño muy original.


Los libros y las fantasías siempre matienen excelentes relaciones.


Este edificio de una biblioteca pública no posee una aquitectura fuera de lo común, sin embargo, al añadirle las “asas”, adquiere una gran originalidad.


Un montón de libros puede utilizarse como un asiento cómodo y llamativo.


Otro sillón donde sentarse a leer un buen libro con sólo extender el brazo y cogerlo.


Una rara biblia con una encuadernación poco habitual.

El mismo ejemplar abierto.

El Conde de Sandwich y la trágica muerte de George Glas

George Glas fue un capitán de navío escocés y aventurero que se dedicó al comercio marítimo, como muchos otros en su época.

A mediados del siglo XVIII, visitó Canarias y tanto le gustó el archipiélago que publicó un libro, en 1764, describiendo su geografía, historia, comercio, carácter de sus habitantes y hasta su gastronomía. Si es usted minero o buscador de tesoros, tal vez le interese saber que Glas proporciona la descripción exacta del lugar donde se encuentra una mina de plata en La Gomera.

En este libro, titulado Historia,descubrimiento y conquista de las Islas Canarias, reseñaba que los canarios iban a pescar a la vecina costa africana y que sería un excelente negocio para los británicos imitarles. Tan pronto llegó a Canarias esta obra, saltaron todas las alarmas. Según informa Lope Antonio de la Guerra en sus Memorias, se impartieron órdenes tajantes de que ningún canario se enrolara como tripulante en un barco inglés.

Cuando apareció George Glas de nuevo por las islas, se le capturó y metió en prisión. Lo encerraron, en Lanzarote, en noviembre de 1764, y quedó libre en octubre de 1765. Es decir, permaneció casi un año metido entre rejas.

 Un mes después de salir de prisión, Glas embarcó hacia Gran Bretaña con su mujer, su hija y toda su fortuna –parece que llevaba unas cien mil libras en monedas– en el Earl of Sandwich, velero que ostentaba el título aristocrático de John Montagu (1729-1792), inventor de los famosos emparedados. Lo que sucedió a bordo de ese navío afectó mucho a la sociedad canaria, consciente de que las autoridades habían procedido mal encarcelando al marino escocés sin haber cometido ningún otro delito que escribir un libro en el que aparecían algunas reflexiones sobre el comercio.

He aquí cómo describió la Gazeta de Madrid (pp 27-29) el último viaje de George Glas. La publicación lleva fecha de 28 de enero de 1766.[1]

 “Londres 3 de enero de 1766. [El primer párrafo da cuenta de la muerte del príncipe inglés Federico Guillermo] Algún tiempo ha se prendieron en Irlanda cuatro malvados convictos de un horroroso delito. Servían en calidad de marineros en el navío inglés nombrado Conde de Sandwich, que regresaba de las Islas de Canaria a Londres con una rica carga de vino, seda, y cochinilla, y gran cantidad de pesos, oro molido, y algunas barras del mismo metal. Mandaba este navío el Capitán Cockeran, con siete hombres de tripulación, y había tomado a bordo, en calidad de pasajero, a un oficial extranjeros llamado Glas, que traía consigo a su mujer, a una hija, y a un criado. Cuatro marineros de la tripulación idearon el atentado de quitar la vida a cuantos se hallaban en el navío para hacerse dueños de la carga. En su consecuencia el 30 de noviembre último, a las once de la noche, sorprendieron al capitán cuando iba a entrar en su cámara, y le golpearon la cabeza con una gruesa barra de hierro.

Dos de los marineros y el señor Glas, oyendo el ruido y los gemidos que daba el capitán, corrieron al instante para ver lo qué sucedía. Los primeros que llegaron fueron dos marineros, a los cuales, después de haberlos maltratado, los arrojaron al mar. Viendo el señor Glas esta crueldad volvió a su cuarto para tomar su espada.

Le siguió uno de los asesinos y le esperó al paso. En efecto, no tardó en volver el Sr. Glas con la espada en la mano; mas el pícaro que había quedado escondido se le abalanzó de manera que le impidió utilizar la espada. En el ínterin, otro de los compañeros le desarmó y le atravesó el cuerpo con muchas estocadas utilizando su propia espada. Después, le arrojaron al agua.

La infeliz esposa de este desgraciado oficial, que con su hija había salido en seguimiento de su marido, vio parte de este horrible espectáculo. Se arrojó a los pies de los asesinos implorando su clemencia; pero éstos estaban furiosos y no se compadecieron de sus lagrimas ni de sus ruegos. Cogieron a la madre y a la hija y las arrojaron de manera inhumana al mar estrechamente abrazadas.

Aún no satisfecho el furor de estos malvados, quitaron después la vida a los demás marineros, que no habían entrado en la conjura, excepto a un grumete y al criado del Sr. Glas, que aún era joven.

Habiéndose hecho así dueños del navío, arribaron a la costa de Irlanda. A diez leguas de Waterford, echaron a pique el bajel, después de haber sacado todo el oro y la plata que pudieron llevar en la chalupa. Al abandonar el navío, dejaron en él al grumete y al criado del difunto Glas.

El primero de estos infelices, suplicó, aunque en vano, que le dejasen entrar con ellos en la chalupa. Viendo que el navío comenzaba a inundarse, se arrojó al mar y logró alcanzar a nado la chalupa a la cual intentaba agarrarse; pero uno de los asesinos le descargó tal golpe en el pecho, que le precipitó en las olas.

Finalmente, habiendo saltado a tierra estos malhechores, enterraron a la orilla del mar parte de su caudal, y después se encaminaron a Ross, y de allí a Dublín, en donde se gastaron mucho dinero.

Bien pronto se supo que había naufragado una embarcación en la costa, sin que se encontrase  a bordo a persona alguna. Esta noticia, junto con el dinero, y las monedas extranjeras que habían gastado estos cuatro hombres, dio lugar a que se sospechara de ellos. Por último, después de algunos otros indicios, fueron arrestados, y confesaron su delito con todas las circunstancias que acaban de referirse.”

El texto más antiguo que conozco sobre este suceso se encuentra en las páginas 85-88 de The Annual Register or a View of the History, Politicks and Literature for the Year 1766, (impreso en Londres, en 1767), sin que figure el nombre del autor.

El referido artículo, que sería repetido, sin demasiadas variaciones, más tarde en diversas publicaciones, nos pone al corriente de que la hija de Glas sólo tenía once añitos y que los amotinados fueron George Gidley, cocinero oriundo del oeste de Inglaterra; Mackinley Peter, el contramaestre, natural de Irlanda; Zekernian Andrew, de procedencia holandesa; y Ricardo de St. Quintin, inglés. Mientras Mackinley sujetaba por la espalda al forzudo George Glas, Gidley lo golpeó repetidamente  con una barra de hierro y después lo tiró por la borda. Según esta versión, madre e hija fueron arrojadas al mar vivas, sin más consideraciones.


[1] He actualizado la ortografía, algunos vocablos y, en algunas frases, la sintaxis del texto original para facilitar su lectura, siempre respetando estrictamente su sentido.

Quién teme a Benito Pérez Galdós

Probablemente, todavía, el genio de Benito Pérez Galdós es un traje demasiado grande para que Canarias pueda usarlo con elegancia.

Decir que Benito Pérez Galdós ha sido un escritor maldito en las Islas Canarias, su patria, sería una exageración. En primer lugar, porque en estas islas no han existido escritores benditos y, por tanto, tampoco existe objeto adecuado para la comparación. Es más apropiado calificarle de marginal, término que hace años utilizó, públicamente, una Consejera de Cultura del Psoe para referirse a los libros de este archipiélago.

Si hubiese nacido en otra tierra, el término maldito le vendría como anillo al dedo a don Benito, “reconocido unánimemente como el mejor novelista español después de Cervantes, que ocupa un puesto de honor entre los grandes escritores realistas del siglo XIX, junto con Dickens, Balzac y Tolstoi”, como se lee en el portal de Estudios Hispánicos de la Universidad de Shefield, por ejemplo. Si en Canarias se reconociera en Pérez Galdós la mitad de ese mérito, ya le habrían dedicado, como mínimo, el Día de las Letras Canarias.

Pero, evidentemente, no es así. El Gobierno de Canarias decidió, en su momento, que el escritor adecuado para representarnos era el historiador José Viera y Clavijo, capellán de los Marqueses de Santa Cruz, un hombre mucho mejor avenido con el poder político y religioso de su época que el rebelde don Benito.

¿Razones para este rechazo gubernamental? Habría sido lógico que el historiador tinerfeño se hubiera impuesto tras una lucha insularista entre facciones políticas de Tenerife y Gran Canaria. Sin embargo, les aseguro que no sucedió así. Fui testigo directo de este asunto y voy a contarles cómo sucedió, en realidad, por difícil que sea de creer por personas ajenas a estas islas. Los canarios sí sabemos que aquí estas cosas pasan con cierta frecuencia.

Dentro de Coalición Canaria –agrupación heterogénea de partidos que lleva varios lustros gobernando el archipiélago–, un grupo independentista con simpatías marroquíes –conocido en su momento como Tercera Vía– accedió a las áreas educativas y culturales del Gobierno de Canarias y consideró a Galdós como españolista. Por tanto, quedó descalificado como representante de nuestra literatura, de la misma forma que lo habían vetado en Madrid para el Premio Nobel, porque no era un hombre de orden, como el comediógrafo Jacinto Benavente, que sí lo recibió, con la bendición del rey, del clero y del gobierno.

¿Se imaginan ustedes a los españoles renegando de Pablo Picasso por haber vivido y pintado en París, a los polacos abominando de Joseph Conrad por haberse instalado en Londres, a los checos ninguneando a Milan Kundera por emigrar a Francia, a los británicos dando la espalda a Charlie Chaplin o a los norteamericanos ignorando a Ernest Hemingway por las mismas razones geopolíticas? Los pintores, los cineastas, los músicos y los escritores no son políticos ni monumentos inmuebles: son seres vivos entregados a faenas de creación cultural, más allá de las fronteras y de los gobiernos de turno.

Me siento orgulloso de haber luchado –quizás, no con todas mis fuerzas, lo admito– para que Pérez Galdós representara a la literatura canaria, dentro y fuera de nuestras islas. Entre las razones que defendí figuraba, además de sus valores literarios, una muy práctica: su nombre tiraría del carro de los libros escritos en el archipiélago con mayor éxito que el de un escritor desconocido.

De nada sirvió, aunque insistí muchas veces. A pesar de que en esa época me desempeñaba como presidente de la Asociación de Editores de Canarias, en esta propuesta me quedé solo frente a la Viceconsejería; lo cual significaba, también, tener en contra a todos los editores y a las asociaciones culturales, cuya fuente casi exclusiva de ingresos procedía de las subvenciones.

Les aseguro que, a pesar de todo, no me sorprendí: era la respuesta lógica de unos agentes culturales apesebrados en el dinero institucional. No estoy en contra de que una parte de las finanzas públicas reviertan en la cultura; pero sí de que los agentes culturales privados vivan exclusivamente de subvenciones, porque es la vía más segura para convertirse en prisioneros de la clase política.

Años más tarde, cuando accedió otra facción nacionalista a los puestos de mando gubernativos de la cosa cultural, lo intenté de nuevo. En este caso, se trataba de una señora, ajena al mundo de la cultura, que había llegado al cargo por pura carambola, en uno de esos juegos de reparto de poder por cuotas insulares a que somos tan aficionados en este archipiélago. Su respuesta fue que estaba de acuerdo con mi tesis, pero que ya era tarde para realizar el cambio. Tarde.

A pesar de todo, sigo creyendo que nos equivocamos marginando al canario más universal, sin querer unirlo, indisolublemente, a nuestra cultura y, de forma más específica, a nuestra literatura. Como dije al principio, es probable que el genio de Benito Pérez Galdós sea un traje demasiado grande para que Canarias pueda usarlo con elegancia. Todavía.

Bailar con el Diablo

“Por mucho que apriete el calor en verano los bosques de La Gomera conservan su frescura. En ambos lados del camino los troncos de brezo son serpientes atornilladas a la piel del bosque.

El jinete vislumbra entre ellos un juego verdinegro de luces e inestables volubles volátiles sombras. Mundo de formas ilusorias que se insinúa en las copas de los árboles. Presencias ambiguas cuyos guiños refuerzan las leyendas en la isla: unas más reales que otras pero todas con un fondo de verdad por fantásticas que parezcan.

Pocos dudan de que las brujas se reúnen durante las noches sin luna a bailar con el diablo en este calvero de La Laguna Grande donde a ningún gomero se le ocurriría detenerse después del oscurecer.

Donde sólo crecen algu­nos hierbajos en invierno y los brezos gigantes que la rodean no son capaces de avanzar un solo paso hacia su interior: donde las raíces de los árboles desvían su trayectoria al acercarse a la línea invisible que delimita el enorme disco polvoriento.

Los pastores aseguran que hasta el vuelo de las aves es diferente cuando se adentran en esta calva en que el viejo bosque ha perdido su arbó­rea cabellera. Hechos que se consideran de naturaleza extraña.

Gaspar ríe por lo bajo al tiempo que dirige su mirada hacia el yermo círculo y se pregunta si alguna vez los oficiales de la Inquisición habrán reunido el valor suficiente para subir a capturar brujas en La Laguna Grande. Ésas que tal vez llegan por los aires después de untarse pomadas fétidas en los sobacos y gritar:

¡Arriba arriba sin Dios ni María!

Pero hasta los inqui­sidores estamos convencidos de que jamás debe caminarse por estos lugares durante la hora que sigue a la media noche.

De las doce a la una
corre la mala fortuna.
De la una a las dos
corre la gracia de Dios.

No obstante siempre podríamos echar mano de una fórmula que no acostumbra a fallar: dibujar un círculo en el suelo y clavar un cuchillo en el centro. En ese instante la bruja aparecerá dentro del ruedo sin que logre escapar de su interior hasta que no se lo permitamos o jure dejarnos tranquilos. A veces no alcan­za el tiempo para trazar el círculo o no llevamos un cuchi­llo en­ci­ma. En ese caso lo mejor es recitar este poemilla

Canta el gallo blanco:
cal y canto
Canta el gallo rubio:
cal y entullo
Canta el gallo negro:
¡Jurial pa’l infierno!

Quienes las han visto bailar de noche cuentan que las brujas no se desnudan sino visten ropas de seda tan transparentes que pa­re­cen estar en cueros mientras danzan y cantan con desenfreno.

De Francia semos
de Roma venimos:
hace un cuarto de hora
que de allá salimos.

Racimo de uvas
racimo de moras:
¿quién ha visto dama
bailando a estas horas?
De Canarias semos
de Madrid venimos:
no hace media hora
que de allí salimos.”

(Texto extractado de la novela La isla transparente. Nuestro Ruiz de Padrón)

En hipopótamo a la escuela

Dibujo de Raphaële.

La niña se subía cada mañana a lomos del hipopótamo pigmeo* y emprendía la marcha hacia su escuela. Su prima Tomoko la veía alejarse, bamboleándose, a lomo de la extraña montura.  El jardinero de la casa, el señor Kobayashi, conducía al animal con un ronzal, y los tres se perdían de vista en un recodo del camino.

La escena descrita en el párrafo anterior no parece tan extraña cuando uno lleva leídas unas pocas decenas de páginas de la impagable obra de Yoko Ogawa, traducida a nuestro idioma con el título La niña que iba en hipopótamo a la escuela. La traducción literal del original (Mīna no kōshin) debería haber sido La marcha de Mina, como se hizo a otros idiomas y como la nombraré en adelante, por comodidad.

Aunque la primera edición japonesa apareció en 2006, no leí este libro hasta el año pasado cuando se publicó la traducción en español. Desde entonces, siempre tuve ganas de comentar la buena impresión que me produjo, porque no es fácil encontrar obras con tanta frescura y calado que uno pueda recomendar a sus amigos sin vacilaciones.

La novela contiene una narración, en primera persona, que desarrolla una historia muy simple, ambientada en el Japón de la década de 1970, coincidiendo parte de su relato con los Juegos Olímpicos de Munich y los famosos atentados contra los atletas israelíes. La Editorial Funambulista ofrece la siguiente sinopsis en la contraportada del libro:

Al cumplir doce años, Tomoko, huérfana de padre, deberá cambiar de ciudad y separarse de su madre para ir a estudiar primero de secundaria. Para ello irá a vivir a casa de su prima Mina, una lujosa mansión de estilo occidental, cerca de Kobe, donde todo es singularmente diferente: su prima se pasa el día entre libros, o jugando con cerillas, su tío (director de una conocida fábrica de bebidas) es mestizo y se ausenta misteriosamente de la casa, y su tía abuela Rosa es alemana y habla a duras penas japonés. Pero, sobre todo, en la finca (que en su tiempo había albergado un zoo) vive un hipopótamo enano, que Mina utiliza como medio de transporte para ir a la escuela primaria, debido al asma crónica que la aqueja.

La escritora Yoko Ogawa (es obligado reseñar que también es autora de La fórmula preferida del profesor**) posee una especial maestría para contarnos historias ficticias o reales –nunca he podido delucidar qué porcentaje de fantasía y de realidad hay en ellas, aunque sospecho que hay muchas vivencias propias– en primera persona y de fácil lectura.

Esta levedad sintáctica –tan apreciada cuando leemos durante las digestiones pesadas– la ha demostrado, sobradamente, en  varias novelas, sin que el relato pierda contenido, sino todo lo contrario.

Si aún no conoce la obra de esta interesante japonesa y tiene interés en leer algún  texto suyo, puede ir a este enlace, donde encontrará un relato, Pregnancy Diary, extractado de su novela del mismo título y publicado en la revista  The New Yorker. Apreciará que en esta narración utilizó la misma técnica que con posterioridad aplicaría en la novela La marcha de Mina, si bien relata el embarazo de una hermana.

El hipopótamo pigmeo no suele sobrepasar los 80 centímetros de altura.

Llama la atención la facilidad con que la autora va abriendo, capa tras capa, el alma de dos niñas que están entrando en la adolescencia. Su ritos infantiles con la oscuridad y los miedos, sus apegos, sus tristezas, sus felicidades, sus generosidades y una lista de pulsiones emocionales, tan compleja como el teclado de un  piano, desvelando, tecla a tecla, las sensibles y, a veces, tensas cuerdas de la psique preadolescente.

Difícilmente, una escritora con estas características se hubiera abierto paso franco hacia la fama en una cultura diferente de la japonesa. Por fortuna, como también sucedió con Kenzaburo Oe –de quien Ogawa parece haber heredado su sentido del humor–, la sensibilidad de los lectores y críticos nipones la ha salvado del ostracismo al que culturas más agresivas y consumistas la habrían condenado de antemano.

Buena parte de la novela gira alrededor de dos elementos icónicos: Pochiko –el hipopótamo pigmeo que ha sobrevivido al desmantelamiento del zoo que había en el jardín de la casa familiar– y el  Fressy, un refresco mítico que fabrica la familia desde hace dos generaciones.

Cuando cualquier miembro de la familia pronuncia la palabra Fressy, sus ojos chisporrotean y aparece en su boca un gesto goloso: en esa casa, nadie imaginaría una comida donde no estuvieran presentes muchas botellas del refresco más estimado en el Japón del relato. Los lectores de las Islas Canarias entenderán perfectamente lo que representa el Fressy en esta novela si piensan en lo que supuso para su infancia el aún mítico Clipper de fresa, refresco isleño que más de una multinacional ha tratado de imitar sin demasiado éxito.

Además del Fressy y del hipopótamo, los personajes de La marcha de Mina son escasos: dos primitas preadolescentes, una anciana abuela alemana y su criada japonesa, una madre alcohólica, un padre infiel y un jardinero servicial. Además, dos jovencitos con escaso protagonismo: un repartidor de cajas de refrescos y un bibliotecario. Todos son descritos a la perfección, sin olvidar pequeños detalles y, aún más importante, sin perderse en ellos.

Al lector le llega la valoración de cada personaje desde la mirada infantil de Tomoko, tamizada por la experiencia de la misma Tomoko treinta y tres años más tarde, en 2005. Cuando en la página 413 se nos termina la novela, experimentamos dos sentimientos:

a. una especie de pena por despedirnos de unos personajes que se han colado sutilmente en nuestra sala de estar y,

b. cierto agradecimiento a la autora por cerrar la historia con ese epílogo que casi siempre nos niegan los narradores y que nosotros venimos reclamando inútilmente desde niños, cuando mamá o papá nos contaban que Blancanieves se había casado y les preguntábamos “¿Y qué pasó después?”

Como mucho, nos decían que había comido perdices, pero jamás nos respondieron esa pregunta de manera satisfactoria, por mucho que insistiésemos. Sin embargo, Yoko Ogawa sí lo hace, y con creces. Quizás, por eso mismo, cerramos el libro con una sonrisa en los labios… y ganas de leer algo más de la misma autora a quien, por cierto, terminamos identificando –¿falsamente?– con Tomoko, por muchas razones que usted descubrirá.

___________________

NOTAS:

*Los hipopótamos pigmeos tienen la misma forma general que los hipopótamos. Poseen un esqueleto que soporta el peso de su fornido cuerpo, con cuatro patas cortas y cuatro dedos en cada pie. Miden unos 75-83 centímetros de alto hasta la cruz, tienen una longitud de 150-177 centímetros y pesan unos 180-275 kilogramos. Su longevidad en cautividad va de 30 a 55 años, aunque es improbable que vivan tanto tiempo en libertad.

** Auténtico fenómeno social en Japón (un millón de ejemplares vendidos en dos meses, y otro millón en formato de bolsillo, película, cómic y CD) que ha desatado un inusitado interés por las matemáticas, este novela de Yoko Ogawa la catapultó definitivamente a la fama internacional en 2004.
En ella se nos cuenta delicadamente la historia de una madre soltera que entra a trabajar como asistenta en casa de un viejo y huraño profesor de matemáticas que perdió en un accidente de coche la memoria (mejor dicho, la autonomía de su memoria, que sólo le dura 80 minutos). Apasionado por los números, el profesor se irá encariñando con la asistenta y su hijo de 10 años, al que bautiza “Root” (“Raíz Cuadrada” en inglés) y con quien comparte la pasión por el béisbol, hasta que se fragua entre ellos una verdadera historia de amor, amistad y transmisión del saber, no sólo matemático…

El libro de los guachinches. NUEVA EDICIÓN A TODO COLOR

Con ésta van 20 ediciones de El libro de los guachinchesy nunca lo he presentado en público. Así que ya va siendo hora de que dé la cara y me siente frente a los lectores para hablarles de una obrita a la que he ido tomando (nunca mejor dicho) cariño con los años (los años de la obra, no los míos…). Lo presentaré en el guachinche La Granja, en La Laguna, junto a los invernaderos de César Ortega, el viernes, 22 de junio de 2012, a las 20:30 horas. No lleguen tarde, si quieren probar alguito.

He aprendido a querer este libro a través de los propios lectores que me sorprendieron al acogerlo con tanto entusiasmo. Ya sé que a todos nos gusta comer y beber bien, y que nos digan dónde se puede hacer de una manera más auténtica, pero nunca imaginé que la afición fuera tanta.

En fin, ya les digo, me alegro y agradezco la acogida, aunque me cueste realizar más de un centenar de visitas cada año, guachinche a guachinche. (Cualquiera que me oiga y no me conozca pensará que no me gusta ir…).

Como creo que me estoy metiendo en terreno pantanoso, sin necesidad ninguna, mejor les dejo el texto inicial de la nueva edición (que ahora hasta tiene página en facebook, como la de cualquier mago que se precie –  Clickee aquí sin miedo, cristiano)

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“Estimado lector,

Este libro está concebido como una guía orientativa para las personas amantes del buen vino, los ambientes sencillos y la tranquilidad que se respira en el medio campesino. Consta de varios capítulos, cuyo contenido trataré de explicar brevemente.

-Un vocabulario «técnico» sobre los guachinches, explicando, en clave de humor, el significado de las palabras más usuales, relacionadas con este mundillo.

-El vino canario en la literatura universal. Literatos de todo el mundo llevan siglos alabando los vinos canarios. He colocado algunas citas, curiosas y poco conocidas.

-Guachinche a guachinche es un capítulo en el que se pasa revista a una serie de establecimientos muy representativos del sector. He dedicado dos páginas a cada uno.

La primera página contiene:

a. un detallado plano con su ubicación exacta,

b. su situación con GPS,

c. instrucciones detalladas para encontrarlo en coche y en guagua,

d. una foto del exterior,

e. otra foto del interior, de alguna comida o un grabado antiguo.

En la segunda página, hallará:

a. la dirección,

b. otra breve explicación de cómo llegar hasta allí de forma alternativa,

c. el horario,

d. los días que su dueño descansa,

e. cuántas mesas hay y cuántas sillas: dato importante a la hora de planificar comidas en grupo.

f. un apartado sobre el vino que acostumbra a tener cada negocio,

g. otro que detalla su oferta gastronómica,

h. un comentario del autor con valoraciones más subjetivas e informaciones adicionales que pudieran ser de interés,

i. en la parte superior de la página, a la derecha, está escrito el nombre de cada zona para facilitar su búsqueda.

Como notarán los lectores de pasadas ediciones, ahora el número de guachinches ha sido ampliado, tanto en la zona Norte que va desde La Laguna a La Orotava o desde Santa Cruz hasta Anaga, como en las tierras bajas y altas del Sur de la isla.

No es la primera vez que nombro guachinches del Sur de Tenerife, pero, ahora, he incluido una cantidad respetable que espero sea del gusto de todos. Mientras los vinos preferidos del Norte son tintos, el vino del Sur más apreciado –me refiero al buen vino– es el blanco o el clarete. Todos estos guachinches lo tienen y, algunos, sirven también vino tinto que van a buscar a las bodegas del Norte.

Por otra parte, lo que se puede comer en los guachinches sureños no tiene nada que envidiar a los de cualquier otra zona de la isla. A quienes no los conozcan, les recomiendo dar una vuelta por costas y medianías para comprobar que estas afirmaciones son ciertas

-Rutas de guachinches, pensadas de tal manera que es posible recorrer una zona en un tiempo prudencial, cómodamente, sin tener que dar demasiados rodeos. He aumentado el número de rutas, dada la demanda…

Por otra parte, he eliminado los planos comarcales de guachinches, puesto que si usted quiere encontrar los negocios que no ofrecen buen vino, le basta con entrar en Internet y consultar muchas páginas chiquilicuatres, donde se alaba como vino espléndido del país hasta el vinagre de Módena. En ese hueco, he incluido nuevos guachinches. He procedido de igual manera con el listado de bodegas que ya, prácticamente, resultaba inútil para los guachincheros, puesto que pocas personas compran ahora el vino por garrafones, excepto cuatro viejos rockeros que saben mejor que yo dónde comprarlo.”

Como todo el mundo me pregunta dónde se va a vender esta edición, desde ahora les digo que  estará en las principales librerías de Canarias. Como siempre.


Catorce escritores vestidos de verde y uno de blanco

“Tomó el cartapacio y la pluma, y ya tenía recogida bastante sangre de drago en vn vaso de faldriquera, que, como dicho es, servía de tinta. Púsose a escrevir y los demás se fueron por el campo en busca de los cavallos. El de Don Fernando acertó a estar más cercano; púsole el freno y, por no inquietar a Antonio, que estava pensatibo en su glossa, se sentó a la orilla de vn arroyo, no menos suspenso que el compañero.” (Pedro de Solís y Valenzuela, El desierto prodigioso y prodigio de desierto, 1650)

“–No se trate de años, que ninguno los tiene, pues se pasan y deshacen como la niebla a los rayos del sol. Nuestra vida no consta de años, sino de sombra que, en faltando la luz de la respiración, falta ella. La edad del hombre es flor de almendro que a la primer luz visita el sepulcro. Los años se hicieron para los cursos celestes, que, acabados, vuelven; pero no para el hombre, que se va y no vuelve a tener parte en el siglo.” (Antonio Enríquez Gómez: El siglo patriótico, 1644)

“Y henos aquí de repente incomunicados, cada cual aislado en este rincón sin salida, rozándonos por donde más nos duele y sin poder decírnoslo uno a otro.” (Gonzalo Zaldumbide, Égloga trágica, 1910)

“Para quien en un momento dado decide que va a ser escritor, no existe diferencia alguna en haber nacido en cualquier punto de Centroamérica, en Dublín, en París, en Florencia o en Buenos Aires. Venir a este mundo al lado de una mata de plátano o a la sombra de una encina puede resultar tan bueno o tan malo como hacerlo en medio de un prado, en la pampa o en la estepa, en una aldea perdida de provincia o en una gran capital. El pequeño mundo que uno encuentra al nacer es igual en cualquier parte en que se nazca: sólo se amplía si uno logra irse a tiempo de donde tiene que irse, físicamente o con la imaginación.” (Augusto Monterroso, Los buscadores de oro, 1993)

“Amarga como la retama, la mujer no salía de ruegos a San Nicolás, llantinas y escandaleras, viniendo para atrás como con unos fríos y calenturas. Le pidió y más que le pidió que dejara la “consumía gayera”. Y un día, a fuerza de mocos y babas, acabó poniendo el esposo mollar. Entonces le expuso tímidamente una idea:

–Estaba pa desirte, ende cuando, Pepiyo, que pa qué no te días conmigo ca don Osé el Espiritista, que la gente jabla y no acaba de ée, pa ve si ée te quita de la bebía y de la gayera de Péres…

–¿Qué dises tú…? ¿Tú te has jas vuerto loca, o qué…? ¡Ca don Osé el Esperitista…! Mi que cara…

–Te lo digo, hombre, porque tú me jas dicho a mí, más de una ves, que esto queee… que si tú pudieras no dibas y que como si te jalaran de allí…

–¿Y eso qué tiene que vée pa íi ca el totorota ése…?” (Francisco Guerra Navarro: Los cuentos famosos de Pepe Monagas, 1941)

“Miré con asombro a Clarita como para indagar la certidumbre de cuanto estaba pasando. Era convencida creyente, que manifestaba respeto fanático. Para ahuyentar mis dudas, expuso:

–¡Guá chico!, Mauco sabe de medicina. Es el que mata las gusaneras, rezándolas. Cura personas y animales.

–No sólo eso –añadió el mamarracho–. Sé muchas oraciones pa tóo. Pa topá las reses perdías, pa sacá entierros, pa hacerme invisible a los enemigos. Cuando el reclutamiento de la guerra grande me vinieron a cogé, y me les convertí en mata de plátano. Una vez me apañaron antes de acabá el rezo y me encerraron en una pieza, con doble yave; pero me volví hormiga y me picurié. Si no hubiera sío por yo, quién sabe qué nos hubiera acontecío en la gresca de anoche. Yo tuve listo pa evaporarme, cuando entraran, y taparlos a tóos con mi neblina. Apenas supe  que usté taba herío, le recé la oración del”sana que sana” y la hemorragia se contuvo.” (José Eustaquio Rivera, La vorágine, 1924)

“Yo te enterraré al pie del pino grande y redondo del huerto de la Piña, que a ti tanto te gusta. Estarás al lado de la vida alegre y serena. Los niños jugarán y coserán las niñas en sus sillitas bajas a tu lado. Sabrás los versos que la soledad me traiga.” (Juan Ramón Jiménez. Platero y yo, 1916)

“[...] y se habría detenido la ciudad al verle pasar bajo sus banderas verdes –verde hoja de banano–, entre antorchas de racimos de oro más oro que el oro y esclavos centroamericanos de hablar tan melancólico como el grito de las aves acuáticas.” (Miguel Ángel Asturias, El Papa Verde, 1954).

“Eva

Porque tu pecado sirve a maravilla para explicar el horror de la Tierra, mi amor, creciente cada año, se desboca hacia ti, Madre de las víctimas. Tu corazón, consanguíneo del de la pantera y de el del ruiseñor, enloqueciéndose ante la ira de Jehová, que te produjo falible y condenable, se desenfrenó con la congoja sumada de los siglos. La espada flamígera te impidió mirar el laicismo pedestre que habría de convertir al verdugo de Abel en símbolo de la energía y de la perseverancia. Pon mi desnudez al amparo de la tuya, con el candor aciago con que ceñiste el filial cadáver cruento. Mi amor te circuye con tal estilo, que cuando te sentiste desnuda, en vez de apelar al follaje de la vid pudieras haber curvado tu brazo por encima de los milenios para pescar mi corazón.b Yo te conjuro, a fin de que vengas, desde la intemperie de la expulsión, a agasajar la inocencia de mis ojos con el arquetipo de tu carne.Puedo merecerlo, por haber llevado la vergüenza alícuota que me viene de ti, con la ufanía de los pigmeos que, en la fábula de nieve, conducen el cadáver cuyas blancas encías envenenó la fruta falaz.” (Ramón López Velarde: Prosas poéticas de 1921)

“La consabida le echó unas tan atroces rociadas de desprecio, todo con el mirar, nada con la palabra, que casi casi hicieron conmover en su firme asiento a la iracunda estatua; y se fue despacio, con irrisorios alardes de dignidad. Daba pataditas, y en la escalera marcaba los peldaños con insolente cadencia… Abur, espanto de las edades, viruela de los corazones, epidemia social, brújula del infierno, carril de perdición, vaso de deshonra, rosa mustia, torre de las vanidades, hijastra de Eva, tempestad de males, hidra corruptorísima. Carguen contigo los diablos feos y llévente, con tu séquito y corte de pecados, a donde no te volvamos a ver.” (Benito Pérez Galdós: El doctor Centeno, 1883)

“[...] ahógase el matrimonio con la yedra del hastío y las enredaderas de la costumbre; desaparece el hogar cubierto por la yerba, la yerba que crece y crece hasta enseñorearse del último remate de la fachada. Carmen ahora explicábase una porción de cosas inadvertidas en su principio; todas las pequeñas repugnancias y los involuntarios alejamientos de dos cuerpos que han vivido en íntimo contacto y ya no tienen sorpresas que cambiarse, ni sensaciones que ofrecerse, ni curvas que no se conozcan, ni besos que no sepan a otros besos, los de novios y de recién casados, entonces nuevos y celestiales, después repetidos sin entusiasmos, como en recuerdo aproximado de los que se fueron para no volver.” (Federico Gamboa, Suprema Ley, 1896)

“Entre la fruta que necesariamente había de comerse madura, ninguna de colores tan bermejos y dorados, de pulpa tan zumosa de miel, ni de sabor en sí mismo tan oloroso, porque era el sabor de su perfume, como el higo chumbo, “higo de pala”, pero nacido en los nopales arrabaleros. Legítimos nopales plantados por los moros y que no degeneraron de su progenie de Méjico, como las cepas de la suya germánica. No era manjar predilecto de don Magín, y lo aceptaba contagiado de la complacencia que los del arrabal sentían comiéndolos; y había de comerlos allí, entre la plebe aborrachada por el sol de su sangre y de las peñas. Se adormecía mirando la primorosa destreza de aquellos dedos para tomar el chumbo y hundirle la faca en el erizo y dárselo sin tocarlo en la carne.” (Gabriel Miró: Nuestro Padre San Daniel, 1921)

“[...] la condesa era de las que “no podían comer sin aguacate” y don Bibiano y su esposa adoraban el tasajito, la carne aporreada, el arroz en blanco, el majarete y otros platos de la tierra, que Mari Francisca aderezaba con verdadero primor. ” (Alberto Insúa: El negro que tenía el alma blanca, 1922)

“Y dixo el ortelano:

–Maestro, las yervas y ortalizas que diligentemente se siembran y se labran con gran cura, ¿por qué vienen más tarde que las que nacen por sí y no se labran?

E Xanthus, como oyesse esta quistión philosophal y no pudiesse responder a ella, dixo:

–Estas semejantes cosas proceden de la providencia divina.

De lo qual Ysopo se rió con gana.”

(Anónimo: Vida de Ysopo, 1520)

“De un lado, palos de sauce y molles a pique, asegurados por guascas peludas; de otro, exóticos agaves espinosos ya proyectos en su mayor parte, pues con raras excepciones, de cada planta que extendía a todos rumbos sus hojas erizadas de pinchos, se elevaba robusto un pitaco sólo comparable a un tubérculo o a un espárrago gigantesco, provisto de barbas fibrosas de un color negruzco como el del cogollo. Estos frutos o vástagos únicos del agave, que hienden el espacio a gran altura como últimas manifestaciones de la fecundidad y de la energía de la pita que luego se seca y muere, después de haber alimentado con sus hojas carnudas a los grandes bueyes aradores, no surgen ni crecen simultáneamente sino según la edad o grado desarrollo de la planta.” (Eduardo Acevedo Díaz: Nativa, 1890)

Desde Ernest Hemingway a Carlos Fuentes: las consecuencias de ser un gringo en México o un canario en Cuba

–El gringo viejo vino a México a morirse.
El coronel Frutos García ordenó que rodearan el montícu­lo de linternas y se pusieran a escarbar recio. Los soldados de torso desnudo y nucas sudorosas agarraron las palas y las clavaron en el mezquital.
Gringo viejo: así le dijeron al hombre aquel que el coro­nel recordaba ahora mientras el niño Pedro miraba intensamente a los hombres trabajando en la noche del desierto: el niño vio de nuevo una pistola cruzándose en el aire con un peso de plata.
-Por puro accidente nos encontramos aquella mañana en Chihuahua y aunque él no lo dijo, todos entendimos que estaba aquí para que lo matáramos nosotros, los mexicanos. A eso vino. Por eso cruzó la frontera, en aquellas épocas en que muy pocos nos apartábamos del lugar de nuestro naci­miento.
Las paletadas de tierra eran nubes rojas extraviadas de la altura: demasiado cerca del suelo y la luz de las linternas. -Ellos, los gringos, sí -dijo el coronel Frutos García-, se pasaron la vida cruzando fronteras, las suyas y las ajenas -y ahora el viejo la había cruzado hacia el sur porque ya no te­nía fronteras que cruzar en su propio país.
-Cuidadito.
(“¿Y la frontera de aquí adentro?”, había dicho la gringa tocándose la cabeza. “¿Y la frontera de acá adentro?”, había dicho el general Arroyo tocándose el corazón. “Hay una frontera que sólo nos atrevemos a cruzar de noche -ha­bía dicho el gringo viejo-: la frontera de nuestras diferen­cias con los demás, de nuestros combates con nosotros mismos.”)
-El gringo viejo se murió en México. Nomás porque cruzó la frontera. ¿No era ésa razón de sobra? -dijo el coro­nel Frutos García.
-¿Recuerdan cómo se ponía si se cortaba la cara al rasu­rarse? -dijo Inocencio Mansalvo con sus angostos ojos verdes.
-O el miedo que le tenía a los perros rabiosos -añadió el coronel.
-No, no es cierto, era valiente -dijo el niño Pedro.
-Pues para mí que era un santo -se rió la Garduña.
-No, simplemente quería ser recordado siempre como fue -dijo Harriet Winslow.
-Cuidadito, cuidadito.

(Carlos Fuentes: Gringo viejo)

Carlos Fuentes

Carlos Fuentes

Fuentes falleció hace unas horas y Hemingway lleva medio siglo muerto. A ambos debo agradecerles muchos ratos de buena lectura y de reflexión. También de apoyo moral en su obra para la toma de algunas decisiones de mi vida, y no las menos importantes. Como le habrá sucedido a mucha gente, las novelas suyas que más me hicieron disfrutar fueron Gringo Viejo,[1] de Carlos Fuentes, y El viejo y el mar,[2] de Ernest Hemingway.

Las dos obras hablan de lo mismo –echarle un pulso a la vida desde la madurez, es decir, echarle un pulso a la muerte desde el romanticismo– y los sentimientos literarios, estéticos y vitales que despiertan en el lector son parecidos, si es que no son iguales. También, ambos escritores se apoyaron en personas reales para construir sus protagonistas: Hemingway, en el conejero Gregorio Fuentes (1897-2003), y Fuentes, en el gringo Ambrose Bierce (1842-191_?). Los conejeros son de la isla de Lanzarote y los gringos, de Estados Unidos. Los Fuentes, a la vista está, nacen tanto en México como Canarias.

Dijo Fuentes, el escritor:

En 1913, el escritor norteamericano Ambrose Bierce, misántropo, periodista de la cadena Hearst y autor de hermosos cuentos sobre la Guerra de Secesión, se despidió de sus amigos con algunas cartas en las que, desmintiendo su reconocido vigor, se declaraba viejo y cansado.
Sin embargo, en todas ellas se reservaba el derecho de escoger su manera de morir. La enfermedad y el accidente –por ejemplo, caerse por una escalera– le parecían indignas de él. En cambio, ser ajusticiado ante un paredón mexicano… “Ah –escribió en su última carta–, ser un gringo en México; eso es eutanasia.”
Entró a México en noviembre y no se volvió a saber de él. El resto es ficción.

Los Fuentes, Carlos y Gregorio, murieron en la cama. Hemingway y el Gringo Viejo, de un tiro, con las botas puestas. Un sorprendente cruce de esas casualidades que tanto encantan al escritor Paul Auster.

A Bierce no lo conocí, evidentemente; pero a Gregorio Fuentes, sí. Estuve con él un par de veces en su casa de Cojímar (población cercana a La Habana y a la antigua casa de Hemingway), en la que nos fumamos algunos puros juntos. Con más de cien años de edad, durante sus últimos tiempos, se parecía más al Santiago de Hemingway que al Gregorio de Lanzarote, por imperativos del penoso negocio que había montado uno de sus nietos con los turistas.

Ernest Hemingway y Gregorio Fuentes

Ernest Hemingway y Gregorio Fuentes

La última vez que le vi me encargó que desmintiera en prensa una noticia que había publicado El País sobre su presunto deseo de recuperar la nacionalidad española. ¿Cómo iba Gregorio a desear abandonar su nacionalidad cubana después de todo lo que había hecho el gobierno revolucionario por él? ¿Pues no le había permutado, incluso, el yate que Hemingway le había regalado por un televisor en color de 25 pulgadas? ¡A quién se le ocurre renunciar a semejante chollo, me aseguraba su nieto!

Gregorio Fuentes

Gregorio Fuentes

Una vez leí un relato referido a un hombre que malvivía en el pequeño cuarto que sostenía una estatua con su propia imagen. Estatua que, en tiempos mejores, le habían dedicado las autoridades de su ciudad. A Gregorio Fuentes le pasó lo mismo. Sobre él, o tal vez dentro de él, remaba el Santiago de Hemingway y era a Santiago a quien veían sus visitantes desde que el escritor desapareció de este mundo. Desapareció y con él se llevó el alma de Gregorio, quizás para que sus fantasmas pudieran salir juntos del restaurante Floridita, los domingos por la tarde, como antes: abrazados los hombros por la amistad y abrasados los estómagos por los mojitos. Así, durante cuarenta y tres años, en la casita de Cojímar, permaneció vivo el cuerpo de Gregorio, con un libro inmortal por alma.

En cuanto a Bierce, es conocido que nació en una pobre cabaña de Ohio y pasó su niñez en Indiana, junto a sus doce hermanos con los que tenía en común, al menos, dos cosas: el hambre y la primera letra de sus nombres: la obra literaria de su padre fue poner a sus hijos nombres que empezaran por la letra A.

Recibió heridas en la Guerra de Secesión y en su matrimonio con Molly Day. De las primeras se recuperó, pero las segundas le condujeron al divorcio en 1904. Ambrose vivió un tiempo en Londres, luego fue periodista en San Francisco y terminó trabajando en periódicos de Washington, propiedad de William Hearst (la película Ciudadano Kane se inspiró en este pirata de las finanzas periodísticas, el cual, por cierto, estaba posicionado contra Pancho Villa y su revolución). Escribió excelentes narraciones cortas, inspirado en su compatriota E. A. Poe.

Ambrose Bierce, "Gringo Viejo"

Ambrose Bierce, “Gringo Viejo”

Pero, en 1913, con 71 años, Bierce se desmelenó. Después de visitar algunos viejos campos de batalla, se encaminó a la ciudad de El Paso, cruzó la frontera mexicana y se unió al ejército de Pancho Villa, en Ciudad Juárez. Su última pista se encuentra en Chihuahua.

¿Cuándo murió Ambrose Bierce? No se sabe a ciencia cierta, pero hay quien dice que lo fusilaron en 1914. Tampoco sé si viviría lo suficiente para que mi abuelo paterno, Antonio Mora Ascanio, lo conociera. Sin embargo, me gusta imaginar ese encuentro imposible con el Gringo Viejo, cuando el joven Antonio llegó por aquellas latitudes revolucionadas por Villa y mantuvo un intenso amor con una escritora mexicana. Gracias al fruto de ese amor, yo tengo ahora una prima en Veracruz. De manera que todo termina por saberse…

Inocencio Mansalvo arrancó un tablón medio podrido de la caja y apareció la cara del gringo viejo, devorada por la noche más que por la muerte: devorada, pensó el coronel Frutos García, por la naturaleza. Esto le daba al rostro curtido, verdoso, extrañamente sonriente porque el rictus de la boca había dejado al descubierto las encías y los dientes largos, dientes de caballo y de gringo, un aire de burla permanente.

Todos se quedaron mirando un minuto lo que las luces de la noche dejaban ver, que eran las luces gemelas de los ojos hundidos pero abiertos del cadáver. Al niño lo que más le llamó la atención fue que el gringo apareciera peinado en la muerte, el pelo blanco aplacado como si allá abajo anduviera un diablito peinador encargado de humedecerles el pelo a los muertos para que se vieran bien al encontrarse con la pelona.

–La pelona –exclamó a carcajadas la Garduña.

–Apúrenle, apúrenle –dio la orden Frutos García–, sáquenlo de prisa que mañana mismo debe estar en Camargo el cabrón viejo este –dijo con la voz medio atorada el coronel–, apúrense que ya va camino del polvo y si viniera un viento, se nos va para siempre el gringo viejo…

(Carlos Fuentes: Gringo viejo)

Ambas novelas son tan redondas como un cuento infantil. Ambas tienen final feliz, sus protagonistas han logrado sus objetivos:  el enorme pez atrapado por el viejo pescador de Ernest Hemingway equivale a la romántica muerte del Gringo Viejo de Carlos Fuentes. Ambos, el canario y el gringo, al atrapar sus presas, logran lo que desean: el respeto de los otros y, sobre todo, el respeto hacia sí mismos. Un auténtico tesoro, teniendo en cuenta que los pobres y los muertos difícilmente pueden darse el lujo de abrigar un sentimiento cuyo precio cotiza en Bolsa. desde los tiempos del Faraón

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NOTAS

[10]Gringo viejo refleja la tensión con que viven los mexicanos la relación entre su país y los EEUU. Pero, por sobre todas las cosas, el autor ha querido demostrar que los destinos no pueden analizarse solamente desde una perspectiva política. Plantea contrapuntos: amor-violencia, vida-muerte, el traspaso de los límites de nuestras propias fronteras internas, de lo individual a lo colectivo, de lo político a lo afectivo, de la realidad a la ficción. La temática central gira alrededor de los avatares de la Revolución mexicana con sus diferentes manifestaciones de terror y su profundo sentir popular hasta llegar a la degeneración del compromiso final con el capitalismo rapaz, el dominio y la corrupción. La figura central de la novela está basada en el conocido periodista y escritor Ambrose Bierce, que trabajó para el magnate de la prensa americana William Randolph Hearst, al que sirvió fielmente, contribuyendo, con su servicio, al engrandecimiento de su imperio. Sin embargo, lo despreciaba visceralmente. El Gringo Viejo fue a morirse a México. “Los gringos se pasan la vida cruzando fronteras, las suyas y las ajenas”, dijo el coronel Frutos García. Pero, este gringo había cruzado el río Grande porque ya no tenía fronteras que cruzar en su propio país. “Hay una frontera que sólo nos atrevemos a cruzar de noche: la frontera de nuestras diferencias con los demás, de nuestros combates con nosotros mismos”, había dicho el gringo viejo. Alto, flaco, de pelo blanco, ojos azules, tez rosada y unas arrugas como surcos de maizal, allí estaba el hombre que venía a morir violentamente a manos de otros, porque lo prefería así, antes que morir de decrepitud o por sus propios medios, como lo habían hecho sus hijos. Quería ser un cadáver bien parecido, y la tropa revolucionaria lo recordará oliendo a colonia, piel rasurada: su última vanidad o el ansia de cumplir el último sueño americano. Con su Colt 44 demostró que aún quedaban restos del que fue general en el noveno regimiento de voluntarios en la Guerra Civil Norteamericana, y el general Arroyo no tuvo más remedio que aceptarlo en su tropa. En el vagón privado del general Arroyo, el gringo superó con la paciencia de sus antepasados protestantes su arrogancia, al tiempo que frenaba un sentimiento: el afecto paternal que le inspiraba”. (Wikipedia)

[2] La obra trata sobre un pescador, ya anciano, que se encuentra en una época en la que recuerda su vida pasada con amargura ya que se encuentra falto de suerte y con las fuerzas muy reducidas para seguir con su labor. El joven que ha estado trabajando con él, hasta que sus padres se lo han retirado por su mala racha, sigue siempre dispuesto a ayudar, cuidar y aprender de la experiencia del viejo, a pesar de que con su nuevo patrón suele obtener abundante pesca.

Cuando los personajes están establecidos, nos adentramos en la aventura del viejo, que, tras 84 días sin lograr pescar nada, se adentra solo en el mar y finalmente encuentra un pez enorme, que solucionaría todos sus problemas, y que le devolvería la gloria de sus tiempos pasados. Tras mucho luchar y sufrir, consigue hacerse con el pez, que es incluso mayor que la propia barca. Durante toda su lucha, vemos como recuerda y echa de menos al joven que le ayudaba, y también recuerda sus épocas de joven.

Durante el camino de regreso a casa, el viejo se encuentra con multitud de tiburones, quienes poco a poco van devorando al pez, y lo van dejando sin carne.

Cuando el viejo regresa, el pez está totalmente irreconocible, los tiburones se han comido todas sus entrañas y ya no queda nada. A pesar del aparente fracaso, el viejo, gracias a su hazaña, recupera el respeto de sus compañeros y refuerza la admiración del joven que decide volver a pescar con él. (Wikipedia)

Desea que tu camino sea largo

Puesta de sol en Punta del Hidalgo, Tenerife.

Punta del Hidalgo, Tenerife.

Desea que tu camino sea largo.
Que abunden las mañanas estivales
en que llegues con placer, con infinito gozo,
a puertos antes nunca vistos.
Párate en los mercados fenicios
y compra sus bienes preciados,
ámbar, ébano, coral, marfiles,
voluptuosos perfumes diferentes,
muchos, cuantos puedas abarcar.
Ve a las ciudades egipcias,
aprende en ellas, y aprende de sus sabios.

Ten siempre en tu pensamiento a Ítaca.
Llegar allí es tu destino.
Pero nunca vayas deprisa en tu viaje.
Que dure muchos años,
y atraques en la isla ya muy viejo,
rico con lo que te dio el camino,
sin esperar que Ítaca te dé riquezas.

Porque Ítaca te permitió ese hermoso viaje.
No habrías partido sin ella.
Ninguna otra cosa mejor tiene ya para ti.

Y si la encuentras empobrecida, no te ha engañado Ítaca.
Sabio como serás, pleno de experiencias,
comprenderás entonces lo que las Ítacas significan, Cavafis.

Varada en tu ventura

Tu color es el único que sabes.
Y hay para ti un idioma: el de la piedra.
Fuera de ti lo desconoces todo.
Te basta solamente lo que tienes.
¡Qué sencillez de mundo a la medida,
sin que la ausencia te desdoble y huya
con la mitad de ti por esos mares!
Todo, todo gravita tan pegado
a tu propio existir, que identificas
a tu presencia el universo entero,
isla de ayer, de hoy y de mañana,
razón de piedra en el amor anclada.

(Pedro García Cabrera)