Archivo de la categoría: Humor
La heroína en su barril: la increíble historia de Annie Edson Taylor
Las gestas deportivas y las superaciones de cualquier tipo de marca popular responden a un afán de protagonismo, más que a deseos de perfeccionamiento personal, a ambiciones económicas o a revanchas de cualquier tipo, aunque éstas también influyan como incentivos. Las llamativas historias que aquí se cuentan, relacionadas con los arrolladores torrentes de las Cataratas de Niágara, así parecen demostrarlo.

Antes de entrar en la más que interesante historia de Annie Edson Taylor, se deberían conocer algunos antecedentes. Me he tomado la molestia de consultar fuentes directas, en diversas publicaciones norteamericanas de los siglo XIX y XX, para asegurar todo lo posible la veracidad de cuanto sigue. Algunas de las fotos pertenecen al Museo de las Cataratas del Niágara, otras a varios diarios de diversas épocas. Desde luego, fotos y anécdotas curiosas para pasar un buen rato saboreándolas no faltan. Espero, al menos, despertar su curiosidad…
HAGA CLICK AQUÍ PARA CONTINUAR LEYENDO ESTE ARTÍCULO
Dick Jewell y su irónica lectura fotográfica de “El combate entre don Carnaval y doña Cuaresma”, de Breughel el Viejo

El óleo El combate entre don Carnaval y doña Cuaresma, de Breughel el Viejo, se encuentra en un museo de Viena y mide poco más de metro y medio de largo. El pozo y los colores más claros del centro de la plaza centran nuestra primera mirada. Después, como si se tratara de busca a Wally, vamos recorriendo los numerosos personajes, fijándonos en los sabrosos detalles que Pedro Breughel (Breda, 1525 – Bruselas, 1569) incluyó en su obra. Los dibujó no tan ingenuamente como podría pensarse, pues el pintor criticaba, nada menos, las circunstancias que rodearon las luchas entre católicos y protestantes que tanto afectaron a los Países Bajos. Breughel esboza aquí los principales trazos de lo que un famoso dramaturgo belga denominaría más tarde Breugheland.

Esta interpretación actual de la mordaz parodia breugheliana de El combate entre don Carnaval y doña Cuaresma, realizada por Dick Jewell [1], nos sitúa frente a un escenario que nos resulta familiar en muchos sentidos. Jewel nos regala un puente gráfico que no sólo permite profundizar en la obra original, sino en la mascarada social que respiramos.
Los amantes de rarezas fotográfícas y filmográficas encontrarán una delikatesse en el Dvd que produjo Dick Jewell sobre las noches locas de un club londinense llamado Kinky Gerlinky, el primero de una serie de extravagantes locales nocturnos en la City como el ya desaparecido Nag Nag Nag (por la canción de la banda Cabaret Votaire) o Puscha, donde la gente anónima acudía para mezclarse con los famosos.
No he encontrado ninguna referencia en español sobre Dick Jewell. Incluyo un vídeo con una entrevista y, en las notas, algunas informaciones en inglés.
___________________
NOTAS
[1] Dick Jewell graduated from the Royal College of Art (Printmaking MA) in 1978 and has gone on to develop an extraordinary career as an artist/printmaker and filmmaker. His studio practice utilises film, video, and photography and also explores photographic and digital anthologies via photomontage and animation. His working practice is diverse, he has published two books and his films have screened extensively within both film festivals and art galleries, while he still continues to work commercially as a cameraman within both the fashion and music industries. Dick has special interest and responsibility for the digital, photographic and moving-image media.
Biography
Dick Jewell exhibited at Waddington Galleries and New Contemporaries while still at the RCA. In 1979 he published Found Photos and participated in Young British Photographers, New York, and Lives, Hayward Gallery, London. His first solo exhibition at Chapter Arts Centre Cardiff in 1980 was followed by group shows including the Stedelijk Museum, Amsterdam, and the ‘Summer Show’ at the Serpentine Gallery, London.
In the 1980s he ran a record label, and designed and released albums for artists including Gregory Isaacs and Prince Far I. He has also directed music promos for artists including Neneh Cherry and Massive Attack. Since then he has directed and made over 50 documentary films and videos, primarily on the subjects of artists, dance and club culture.
These films of the 1980s and early ’90s have shown extensively not only at film festivals around the world but also more recently at art galleries including the Venice Biennale, Tate Liverpool, MOMA Sydney, the Victoria and Albert Museum and the ICA. His work is represented in public collections, including the Stedelijk Museum; Victoria and Albert Museum; Arts Council of Great Britain; Hayward Gallery Froebel Institute; Newport Museum; Whitworth Art Gallery; Leeds Art Gallery; Camden Libraries; Dudley Museum.
In the 1990s Dick Jewell’s documentaries continued with subjects as diverse as The Bushmen of the Kalahari and Capouera in NE Brazil, and the publication of Hysteric Glamour, 2001. Over the last 10 years, with the continued development of digital technology, Dick has been able to concentrate on his personal work within his studio practice is currently represented by Rachmaninoffs, London.
Ratzinger cumple el sueño de García Márquez: asistir a su propio entierro

Gabriel García Márquez narró en un cuento cómo asistía a su propio entierro. Acompañaba don Gabriel a los acompañantes de su féretro, bebiendo, cantando y tocando guitarras, montados todos en una gran parranda que llegó hasta las mismas puertas del cementerio. Según confiesa el autor, su felicidad era completa por compartir tan buen rato con sus amigos. Sin embargo, sus amigos se marcharon y él quedó solo, muerto y desconsolado en el camposanto.
Ratzinger está ahora en medio de la parranda y también debe sentir la misma alegría que el escritor colombiano describía en su cuento. Quizás, al buen hombre le comía la curiosidad de ver cómo nombraban a su sucesor. Quizás, no creía demasiado en que podría contemplar la ceremonia desde el Cielo ni desde ninguna otra parte, si antes se moría. Quizás, pensó el Sumo Pontífice alemán, cuyo carácter siempre me ha parecido tan festivo como el de un político sevillano en el mes de abril, quizás, digo, pensó: Me voy a pegá una jartá de reí viendo cómo to esta gente se da de puñalás.
El bueno de Ratzinger no va a llevar guitarras, como García Márquez, pero, a falta de guitarras y guitarrones, un buen órgano le servirá de fondo musical para contemplar la cara de terror de su Sucesor cuando sea elegido. Me imagino sus risitas discretas, entre la docena de monjitas calladitas que cada mañana le hacen la camita, le endulzan el cafelito y le siguen llamando Santidad, mientras le entregan sus zapatitos colombianos relucientes como el oro.
A partir de ahora –ya lo verán–, los gobiernos, las universidades, las órdenes religiosas y los premiadores todos se pelearán por prenderle medallas, dedicarle calles y entregarle títulos. Cuando le otorguen el Premio Príncipe de Asturias (¿a la humildad?), se disculpará por no poder ir a España a recogerlo; pero, excepcionalmente, se desplazará una comisión al Vaticano con miembros de la realeza incluidos. El único miembro que no recomiendo llevar, por el bien del tesoro vaticano, es el de don Urdangarín, por muy empalmado que esté.
Si el expapa alemán dura, las peregrinaciones al Vaticano subirán como la espuma de la cerveza, no menos alemana que él. Miles de fieles pedirán impacientes, en la Plaza de San Pedro, que canonicen a Benedicto XVI en vida. Hasta los teólogos de la liberación, impulsados por sus complejos de Edipo y deseosos de mostrarse como parte del redil, desbarrarán respecto al gesto de Ratzinger y llegarán a pedir que se enciendan cirios por San Benedicto XVI.
Y todo esto lo disfrutará Ratzinger desde su celda de oro, en vivo y en diferido. Dejando, atada y bien atada, su memoria en la coletividad católica.
Claro, el final de la parranda le llegará tarde o temprano. Los cardenales y el Sucesor se hartarán de tanto protagonismo y, a semejanza de los amigos de García Márquez, irán a lo suyo y le abandonarán. Y él quedará vivo, deprimido, impotente y solo con sus vestales en el panteón dorado que le están preparando.
Tal vez, ni él se merece tan aciago final.
Un viaje de 250 años: y CUARTA PARTE (Viera y Clavijo, Cristóbal del Hoyo y la Tertulia de Nava)

Retrato de al óleo de Alonso de Nava y Grimón, hijo de Tomás de Nava. En vida de su padre, se celebraba la Tertulia de Nava o Tertulia de los Caballeritos en su casa de La Laguna.
“Lope de la Guerra presentó un buen montón de libros y periódicos que recibió de la Corte en el último mes con ejemplares de Inglaterra Francia y España. Fueron repartidos entre los asistentes que los revisaron y comentaron con alguna que otra sorpresa como una referencia elogiosa al texto de Viera y Clavijo Fiestas que la ciudad de San Cristóbal de La Laguna celebró en 1760 por la proclamación de Carlos III. El fallecimiento en septiembre de la Reina de España, María Amalia Cristina de Sajonia, aún aparecía muy destacado en las gacetas de Madrid. Sin que nadie supiera de dónde sacó la noticia Lope de la Guerra comentó:
–A pesar de su gran dolor nuestro don Carlos III tuvo una ocurrencia sublime respecto a la muerte de su esposa cuando dijo “En veintidós años de matrimonio este es el primer disgusto serio que me da Amalia”.
–Amigos míos –intervino Del Hoyo–, el matrimonio aunque sea real matrimonio nació de una costumbre lamentable. Con tal fundamento poco bueno se puede esperar de él.
–¿Qué origen es ese, señor marqués?
–Uno bien bastardo, hijo mío. En la antigüedad más remota únicamente se obligaba a casarse a aquellos que teniendo vínculos de parentescos solazaban sus carnes. Como castigo se les imponía la intimidad absoluta para que cual dos piedras de molinos se molieran entre sí hasta la tumba.
–¿Y el resto de la humanidad?
–Los seres humanos eran libres para practicar el amor con quien les apeteciera sin tener que rendir cuentas a nadie. El tropel de hijos generado se convertía en propiedad comunal y recibía los cuidados de todos los adultos. Después…
–¿Después que sucedió?
–El amor degeneró, señoras y señores. Los más chiflados lo fueron domesticando hasta encerrarlo en contratos vitalicios como si practicarlo entre muchos fuese una infamia para la humanidad.
–¿No exagera usted, mi buen marqués?

Agustín Betancourt y Molina (Tenerife, 1758-1824, San Petersburgo), quien se convertiría en uno de los más importantes ingenieros del mundo, asistía con su padre a la Tertulia de los Caballeritos.
La reunión se animó. Los debates se practicaban en pequeños grupos que a veces se fusionaban. La coronación de Jorge Guillermo Federico como Jorge III en el mes de octubre anterior no pasó desapercibida. Aparecieron las mistelas y los pastelillos finos cuando terminó de dar las nueve de la noche el reloj inglés de campana y repetición de cuartos de hora con música. Más de dos mil quinientos reales había pagado al marqués por aquel artilugio empotrado en su caja de oro y charol azul.
Tampoco quedaron sin analizar las batallas libradas entre franceses e ingleses en St. Lawrence River cerca de las Thousand Islands en Canadá. El marqués de la Villa de San Andrés se ha atragantado dos veces. Su hija lo confió a las manos de Lope de la Guerra mientras ella participaba en una discusión sobre el buen salvaje y las perversidades de la civilización europea. Sus opiniones estaban en abierta y fiera oposición a las de su primo Fernando de la Guerra que con tan buenos ojos la miraba.
Mientras tanto el marqués de Nava y Grimón había desaparecido por una puerta lateral sin que nadie lo advirtiera. No obstante su regreso resultó más que notorio: acompañado de dos sirvientes cargados con pesadas cajas de madera se dirigió al centro de la tertulia. Se produjo un silencio expectante. Los criados depositaron los cajones en el suelo. A una señal del marqués levantaron las tapas. El interior mostró el más preciado tesoro que pudiera llegar a las manos de los Caballeritos de La Laguna: decenas de libros procedentes de Europa: recién desembarcados por el Puerto de La Orotava: ocultos en el doble fondo de barricas y en el interior de fardos de tela para burlar la vigilancia del Santo Oficio. Como impulsados por muelles de relojería todos los presentes abandonaron sus asientos y se lanzaron en dirección a las cajas. En pocos minutos los volúmenes estaban desperdigados por la sala y pasaban de mano en mano entre el nerviosismo de los contertulios que no podían reprimir exclamaciones de sorpresa y risitas aprensivas reveladoras del placer y de los peligros inquisitoriales que entrañaban aquellos libros clandestinos.
La Tertulia de los Caballeritos de La Laguna sufrió un duro revés cuando José de Viera y Clavijo marchó hace tres años a Madrid con el propósito de terminar de escribir y publicar su Historia General de Canarias. Desde entonces las reuniones han ido languideciendo y cada vez se postergan más hasta el punto de que Fernando de la Guerra ha propuesto reunirse solamente una o dos veces al año.”
(Texto extractado de la novela “CANARIAS“, de Manuel Mora Morales, Editorial Malvasía, Islas Canarias, 2012. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto por cualquier medio sin permiso por escrito del autor)
El papa se convierte en dios

Comienzo a escribir estas líneas cuando despega el helicóptero que se lleva a Ratzinger del Vaticano. Un artefacto blanco y volador como el Espíritu Santo. El hasta hoy jefe de la iglesia católica se retira a cien metros del que será su Sucesor, echándole el aliento en la nuca, sin perder de vista un solo paso, un solo gesto, una sola palabra del “Nuevo”. Los secretarios, los cardenales, los carcamales del Vaticano irán a consultar con el alemán enclaustrado cada movimiento del Sucesor, a pedirle su beneplácito o su censura para actuar en consecuencia.
Con sorpresa veo que el helicóptero pasa sobre el Coliseo, tomando el camino más largo para llegar a Castelgandolfo. Pronto entiendo que su objetivo es permanecer más tiempo en el aire atmosférico y en el aire televisivo.
A pesar del inmenso poder de un papa, no me gustaría estar en el pellejo del Sucesor que más temprano que tarde va a desarrollar una paranoia, que le impedirá disfrutar de las mieles de tanto, tanto, ¡tanto poder! El más gordo pájaro del Universo, y parte del extranjero, después de los tiburones de Wall Street y de las Tres Personas.
La vuelta de la poderosa y albísima aeronave prosigue sobre ese cielo de Roma que también perteneció a Júpiter y a Venus, dos inmigrantes griegos que tomaron nombres latinos.
El Vaticano. Desde ese rincón de Roma, se gobiernan las voluntades de millones de personas, con agentes políticos en cientos de países, con innumerables púlpitos católicos que actúan como altavoces del poder vaticano, el cual, con un 25% de italianos en el colegio cardenalicio, se constituye en un verdadero brazo ejecutivo espaguético a nivel internacional, con un poder político superior al de la propia ONU. Un poder ante el que se han arrodillado, motu proprio, hasta Lula, Hugo Chávez, Fidel Castro y su involuntario hermano.
El helicóptero toma tierra. Un coche negro como la sotana de un cura se traga a Ratzinger y se va despacito para que las cámaras de televisión no encuentren problemas en la retransmisión de la humildad ratzingerniana.

El aliento de Ratzinger seguirá presente en el reparto de la tarta vaticana.
La inspiración del nuevo papa será el Ratzinger enclaustrado: él le inspirará las encíclicas, las visitas, el nombramiento de cardenales y los pasos a dar con cada obispo pillado en abusos sexuales infantiles. El papa Benedicto se transforma en Espíritu Santo. Una jugada magistral del mago Ratzinger: de nazi a cura, de cura a cardenal y de papa a… ¡Un auténtico milagro! Ya no necesitará utilizar el arrogante Nos mayestático, en primera persona del plural; a partir de ahora, sería lógico que utilizara la Tercera Persona para referirse a sí mismo. Hay ambiciones que no tienen tope.
El coche con el viejo vestido de blanco ha aparcado. Ratzinger ha llegado a su humilde y provisional hogar. Se asoma al balcón y saluda a miles de curiosos, mostrándoles radiante su gran humildad. Su humildad divina, benedictina y beneteletransmisina.
Existen exhibicionistas que no conocen límites.
Con sinceridad, no creo que ningún espíritu todopoderoso, ni siquiera mediopoderoso, confíe sus designios a unas personas que han quemado a los que no piensan como ellos, han excomulgado a quienes les llevan la contraria en cualquier asunto, han alentado a la caridad para llenar sus arcas como contraprestación a un lugar en su cielo postmortem y protegen a los pedófilos de una manera reiterada.
Pero si creyera en la Biblia y en los Evangelios, empezaría a dudar de que Ratzinger y sus muchachos sean del agrado de su dios, después del rayo que cayó en el Vaticano tan pronto anunció su partida, del meteorito que siguió al rayo y del cuasi triunfo de un Berlusconi que es peor que el meteorito y el rayo juntos.
Y por si todo esto fuera poco, el Barça perdió 1-3 frente al Real Madrid.

La insólita historia de Diego Remiendos y de sus milagrosos hijos

Entrada a la magnífica residencia de los descendientes de Diego Hernández Remiendos y de su hijo, un curandero llamado el Médico de las Monagas, cuya existencia se trató de ocultar durante años.
Hoy, se me ha ocurrido traer a colación la curiosa historia de un pintoresco personaje canario, cuya memoria se trató de borrar. Tal personaje fue conocido por sus contemporáneos como Diego Remiendos, cuyos hijos, nietos, bisnietos, etc., no le fueron a la zaga, en popularidad… para desesperación de los marqueses que llevarían su misma sangre, más de dos siglos después, cuando lograron comprar el título en la Corte española.
La cita procede de mi novela CANARIAS, que incluye numerosas historias similares, tan verdaderas como poco conocidas. Espero que les divierta.
“Diego Hernández alias Remiendos había nacido en la aldea Las Monagas en el Norte de Gran Canaria a mediados del siglo XVI con residencia en la villa de Teror. Era maestro de obras o alarife y nadie le ganaba a cazar palomas ni a toparse con los más extraños sucesos.
Un día se le ocurrió llegarse hasta Fuerteventura para participar en las faenas de la siega pues le habían informado que pagarían bien dado que los majoreros no encontraban los brazos que necesitaban. Diego se embarcó con mala suerte: piratas bereberes lo apresaron y condujeron a Argel. Allí conoció a una señora que lo sacó de la cárcel y después de pagar su rescate lo devolvió a Gran Canaria tras recibir la promesa de que se casaría con ella.
Diego entró en Teror silbando. Los vecinos estaban tan admirados que lo convirtieron en el héroe local. Un tiempo después se presentó la joven argelina recordándole su promesa de matrimonio. Al enterarse del asunto sus encantadores vecinos no solo le retiraron el saludo sino que lo denunciaron ante la Inquisición. Como pasa todo en este mundo pasó también aquella tempestad discriminatoria. Diego anunció que se casaría en Moya con la argelina. Hubo problemas. El primero fue que la madre de Diego, Mariana Cabreja la Castellana, agarró un cuchillo en Las Monagas y tomó el camino de Moya.
–¡Jodío! –gritaba arrebatada– ¡Te voy a cortar la mano cuando vaigas a dársela a esa mora del demonio!
La gente se asomaba al patio de su casa para ver el espectáculo que ofrecía la encochinada mujer. Unos se reían y otros intentaban convencerla de que soltase el cuchillo.
–Déjelo, cristiana –le aconsejaban sin acercarse demasiado–. ¿No ve que va a formar un quebranto en su familia? Ande, déjelo.
Pero cuando se lo decían La Castellana se enfurecía más y apretaba los dientes y el paso. Tanto lo apretó que cuando llegó a la orilla del cauce del Barranco del Rapador se le doblaron las piernas y no tuvo fuerzas para dar un tranco más.
–¡Hijo del diablo –vociferó con los pocos bríos que le quedaban–, la maldición que te pido es que no tengas pan para comer y con remiendos tapes tus carnes!
La voz de la vieja retumbó en el barranco y llegó a los oídos de los vecinos que no eran pocos ni sordos. Ciertamente a Diego no le faltó el pan ni la ropa pero la maldición tuvo un efecto inesperado: desde aquel mismo día los isleños lo conocieron como Diego Remiendos. Ni que decir tiene que el hombre cumplió su promesa de matrimonio en la iglesia de Moya.
Sin embargo lo más atrayente de esta historia comienza con un hijo de Diego Remiendos llamado Andrés Hernández el cual se hizo popular como El Médico de Las Monagas. Razones había de sobra para este alias. El hombre tenía buena mano de curandero y reunió la mayor clientela que hayan visto ojos humanos en la isla porque su madre argelina le había transmitido los conocimientos yerberos que había heredado de su abuelo.
Andrés se hizo rico. Hasta los curas iban a sanarse con él sin que nadie lo denunciara a la Inquisición cuyos funcionarios solamente inquirieron sobre sus prácticas curanderas muchos años después de muerto. Su primera esposa se llamó Justa Domínguez pero a sus cinco hijos les pusieron Monagas de segundo apellido para que lucieran la fama médica de su papá. La siguiente cónyuge fue Juana Montes de Oca y los siete hijos resultantes se apellidaron Hernández de Monagas.
Todo el mundo sabe que el don de curación o poder de Andrés pasó a sus hijos pero sobre todo al llamado José Hernández de Santa María que [...]“.
Esta historia continúa y nos presenta hechos muy sorprendentes, incluyendo la revelación de quiénes son en la actualidad los aristócratas descendientes del Remiendos. La extensión de un post no da para mucho más; sin embargo, pueden terminar de leer el relato completa en la novela CANARIAS, que ya se encuentra en muchas librerías reales y on line.
A propósito de Ratzinger
En uno de sus poemas, decía Bertolt Brecht que cada persona debe tener más de un vicio, porque uno solo es demasiado para poder caminar con cierto equilibrio por la vida. Y, si su frase exacta no era ésta, seguro que se le parecía mucho.
Uno de mis vicios secretos son las novelas de cienciaficción: me gusta Isaac Asimov, adoro a Ray Bradbury y disfruto con Stanislaw Lem [1]. Precisamente, Lem me vino a la memoria cuando escuché que el papa Ratzinger se jubilará el día 28 de febrero, a los 86 años (a la misma edad en que se jubilarán los trabajadores españoles, cuando el gobierno termine su proyecto de legislación laboral para salir de la crisis). Hoy ha sido la gran noticia internacional, más allá de los cinco grandes muertos norteamericanos y los treinta y seis pequeños muertos hindúes, más allá de las crisis y de los sepulcros blanqueados con declaraciones de la renta.
Estando bien de salud y con la mente clara, ¿qué mosca le habrá picado al papa para tomar una decisión tan drástica? –pensé– ¿Lo hará por vanidad, para que le recuerden como una persona humilde y original? No, no creo que llegue a tales extremos. Ni siquiera para que le canonicen por su gesto de humildad suprema. No me cuadra. Es demasiado inteligente… .
Entonces se me ocurrió: ¿Y si fuera porque…?
Aquí, justamente, pensé en el Vigésimo segundo viaje, de Stanislaw Lem, un relato publicado en 1971, formando parte de la obra Diarios de las estrellas.
¿Tendría Ratzinger una experiencia similar a la del padre Bonifacio? ¿Se retirará a un monasterio cartujo para escribir una obra sobre Física cuántica o sobre las posibilidades de los genes humanos como material adecuado para la construcción de los futuros procesadores? –admito que éstas y otras elucubraciones me vinieron a la mente y, tal vez, también lo piensen ustedes después de haber leído la siguiente cita, que no me resisto a incluir aquí, aun cuando sólo es una parte del cuento de Lem que contiene varios regalos sorprendentes, como si se tratara de una piñata literaria.
Léanlo, les hará pensar y sonreír. En caso contrario, pueden devolvérmelo.
El relato comienza cuando el protagonista, autor del Diario, encuentra a un padre dominico en un planeta lejano. El fraile se halla abatido por las dificultades de su trabajo y el viajero estelar le dice que lo lamenta…
“Dije que lo lamentaba; el padre Lacimón se encogió de hombros:
–Ah, hay cosas peores. Los bzutos, por ejemplo, consideran que la resurrección es un acto tan corriente como ponerse un traje y no hay manera que la reconozcan como un milagro. Los dartrudos de Egilia no tienen brazos ni piernas; podrían santiguarse solamente con colas, pero yo no puedo tomar, solo, una decisión tan importante. Estoy esperando una contestación de la Sede Apostólica desde hace dos años, pero el Vaticano guarda silencio… ¡Y lo del pobre padre Oribacio, nuestra misión! ¿Ha oído hablar de su cruel destino?
Dije que no sabía nada.
–Escuche, pues. Ya los primeros descubridores de Urtama no tenían palabras de elogio para sus habitantes, los poderosos memnogos. Todos están convencidos de que esos seres racionales pertenecen a las criaturas más serviciales, dulces, bondadosas y llenas de altruismo de todo el Cosmos. En la esperanza de que la semilla de la fe brotaría felizmente en esta clase de gleba, mandamos a los memnogos al padre Oribacio, investido de la dignidad de obispo in partibus infidelium. Los memnogos le recibieron en Urtama con una hospitalidad ejemplar: le rodearon de atenciones casi maternales, le respetaban, obedecían a cada palabra suya, adivinaban sus intenciones y cumplían todos sus deseos, parecían absorber sus enseñanzas con anhelo; en una palabra, se le entregaron por entero. Las cartas que el pobrecito me escribía rebosaban de alabanzas y de satisfacción por su comportamiento…
Aquí el padre dominico se secó una lágrima con la manga del hábito.
–En una atmósfera tan favorable, el padre Oribacio no cesaba de predicar día y noche sobre los principios de la fe. Después de explicar a los memnogos la historia del Viejo y del Nuevo Testamento, el Apocalipsis y las Cartas de los Apóstoles pasó a las vidas de los mártires del Señor. Pobre, éste fue siempre su tema predilecto…
Sobreponiéndose a la emoción que le embargaba, el padre Lacimón siguió hablando en voz trémula:
–Les narró, pues, la vida de san Juan, que logró la luz eterna por ser hervido en aceite; la de santa Águeda, que se dejó cortar la cabeza por la fe; la de san Sebastián, que acribillado de flechas, sufrió crueles tormentos y en recompensa fue recibido en el paraíso por los coros angélicos; les habló de los jóvenes mártires que sufrieron el tormento de descuartización, estrangulamiento, la rueda y la pira, soportándolo todo en éxtasis con la seguridad de ganarse un sitial a la diestra del Señor de las huestes celestiales. Cuando les había relatado la historia de muchas vidas parecidas, dignas de ser imitadas, los memnogos, todo oídos, empezaron a mirarse de soslayo; el mayor de ellos preguntó tímidamente:
–Reverendo sacerdote nuestro, maestro y padre venerable, si el atrevimiento de tus indignos servidores no es demasiado grande, dinos, te rogamos, si el alma de todo hombre dispuesto a sufrir martirio va al cielo.
–Indudablemente, sí, hijo mío –repuso el padre Oribacio.
–¿Ah, sí? Muy bien… –dijo lentamente el memnogo–. ¿Y tú, padre venerado, deseas ir al cielo?
–Es mi más ferviente deseo, hijo mío.
–¿Deseas también ser santo? –siguió preguntando el memnogo.
–Hijo amado, ¿quién no lo quisiera? Pero yo, un pobre pecador, no puede soñar siquiera con una dignidad tan elevada.
–Pero tú quieres ser santo, ¿no es verdad? –volvió a asegurarse el mayor de los memnogos, echando una mirada significativa a sus compañeros, que ya se levantaban disimuladamente de sus asientos.
–Claro que sí, hijo mío.
–¡En tal caso, nosotros te ayudaremos!
–¿De qué manera, amados míos? –sonrió el padre Oribacio, conmovido por el ingenuo celo de su fiel rebaño.
Entonces los memnogos lo cogieron suavemente pero con firmeza por los brazos y dijeron:
–¡De la manera, querido padre, que tú mismo nos enseñaste!
Acto seguido le despellejaron la espalda y se la untaron con pez, al igual que el verdugo de Irlanda hiciera con san Jacinto; luego le cortaron la pierna izquierda como los paganos a san Pafnuncio, le abrieron el vientre y se lo rellenaron con un haz de paja igual que le pasó a la beata Elisabeth de Normandía, después de lo cual lo empalaron como los emalquitas a san Hugo, le rompieron las costillas como los siracusanos a san Enrique de Padua, y le quemaron a fuego lento como los borgoñones a la Doncella de Orleans. Después descansaron un ratito, se lavaron y empezaron a verter lágrimas amargas por su pastor amadísimo perdido para siempre.
Los encontré así, desesperados, al pasar por su parroquia durante mi visita a todas las estrellas de la diócesis. Cuando me dijeron lo que habían hecho se me pusieron los pelos de punta. Al colmo del desespero, grité:
–¡Indignos criminales! ¡El mismo infierno es poco para vosotros! ¿Sabéis que condenasteis vuestras almas para la eternidad?
Aquel memnogo tan grande se puso en pie y me dijo:
–Venerable padre, sabemos que seremos condenados y atormentados hasta el fin del mundo: tuvimos que luchar desesperadamente con nuestra propia conciencia antes de tomar aquella decisión, pero el padre Oribacio nos decía siempre que no había cosa que un buen cristiano no hiciera por su prójimo, que había que dárselo todo y estar preparado para todo. Así que renunciamos con desesperación a nuestra salvación, deseando solamente que nuestro amadísimo pastor tuviera la corona de mártir y la santidad. No puedes imaginar qué difícil fue para nosotros, ya que antes de la llegada del padre Oribacio nadie aquí era capaz de matar una mosca. Le suplicamos, pues, repetidas veces, le pedimos de rodillas que cediera un poco y suavizara la dureza de las obligaciones del creyente, pero él afirmaba que por el prójimo se debía hacer todo, sin excepciones. Nos convencimos finalmente de que no podíamos negarle nada. Comprendíamos igualmente que éramos muy poca cosa en comparación con aquel santo varón y que merecía nuestros mayores sacrificios. Creemos firmemente que nuestro acto tuvo éxito y que el padre Oribacio mora ahora en el cielo. Aquí tienes, padre venerable, la bolsa con la cantidad que hemos reunido para su proceso de canonización, porque él nos había explicado que así se hacía y que era imprescindible. Debo decirte que sólo le hemos aplicado sus torturas preferidas, las que nos describía con mayor entusiasmo. Confiábamos que le serían gratas; sin embargo, él se resistía, y lo que menos le gustó fue tragar el plomo hirviente. En cualquier caso, no quisimos admitir que el sacerdote nos decía una cosa, pensando otra. Sus gritos no podían ser más que una señal de descontento de unas partículas bajas y corporales de su ser, así que no le hicimos caso, conforme a sus enseñanzas de que había que rebajar el cuerpo para enaltecer el espíritu. En el afán de animarle, le recordamos los principios que nos inculcaba, a lo que el padre Oribacio contestó con una sola palabra, desconocida e incomprensible para nosotros; seguimos sin entenderla, porque no la hemos encontrado ni en los libros de oraciones que nos había regalado ni en las Santas Escrituras.

Al llegar al final de su relato, el padre Lacimón se limpió la frente, perlada de gruesas gotas de sudor. Durante un largo rato ni él ni yo proferimos una palabra. Finalmente, el anciano dominico rompió el silencio diciendo:
–¡Ya me dirá usted cómo se puede ser pastor de almas en estas condiciones! ¡Fíjese ahora en esto!
El padre Lacimón golpeó con la mano una carta abierta sobre la mesa:
–El padre Hipólito me informa desde Arpetusa, un pequeño planeta de Libra, que sus habitantes se niegan a contraer matrimonio y procrear hijos, de modo que su raza corre el peligro de extinción total!
–¿Por qué? –pregunté, asombrado.
–¡Porque al oír que las relaciones carnales eran un pecado, desearon tanto la salvación, que todos hicieron voto de castidad y lo mantienen! La Iglesia lleva dos mil años pregonando la preponderancia de los cuidados necesarios para la salvación del alma sobre los de los asuntos terrenales, pero nadie lo tomaba al pie de la letra, ¡por el amor de Dios! Todos esos arpetusanos, digo bien, todos, sintieron la vocación e ingresaron en masa en las órdenes; observan las reglas de manera ejemplar, rezan, ayunan y se mortifican, mientras que faltan manos en la industria y la agricultura, se ve venir el hambre y el fin del planeta. Mandé un informe sobre ello a Roma, pero, como de costumbre, la respuesta es el silencio…
–Encuentro que lo de llevar la fe a otros planetas fue un paso arriesgado… –observé.
–¿Y qué remedio quedaba? La Iglesia no tiene prisa, Ecclesia non festinat, bien lo sabemos, ya que su reino no es de este mundo; ¡pero mientras el Colegio Cardenalicio celebraba consejos y vacilaba, en los planetas empezaron a crecer como setas después de la lluvia las misiones de calvinistas, baptistas, redentoristas, mariavitas, adventistas y no sé cuantas más todavía! Tuvimos, pues, que salvar lo que aún se podía salvar. Bueno, querido señor, ya que se lo he dicho todo… venga conmigo.
El padre Lacimón me condujo a su despacho. Un enorme mapa azul del cielo estelar ocupaba toda una pared; del lado derecho, una gran parte de él estaba tapada con papel blanco.
–Mire esto –dijo, indicándome la parte tapada.
–¿Qué significa?
–Una derrota, señor. Una derrota definitiva. Estos terrenos están habitados por unos pueblos cuyo nivel de inteligencia es excepcionalmente alto. Allí practican solamente el materialismo y el ateísmo, y dirigen todos sus esfuerzos hacia el desarrollo de la ciencia, la técnica y el perfeccionamiento de las condiciones de vida en los planetas. Estuvimos enviándoles a nuestros misioneros más sabios, padres salesianos, benedictinos, dominicos, incluso jesuitas, predicadores inspirados de la palabra de Dios, oradores incomparables. ¡Todos, absolutamente todos, volvieron transformados en ateos!
El padre Lacimón, muy nervioso, se acercó a la mesa.
–Teníamos aquí a un tal padre Bonifacio, le recuerdo como a uno de los religiosos más fervientes: pasaba días y noches rezando de bruces en el suelo, todos los asuntos del mundo eran para él polvo y nada, para él no existía otra ocupación que el rezo del rosario ni una alegría más grande que la misa. Pues bien: ¡al cabo de tres semanas de estar allí (el padre Lacimón indicó la parte tapada del mapa) se matriculó en una escuela de ingenieros y escribió el libro que aquí tiene! –El dominico levantó de la mesa un grueso volumen y volvió a tirarlo con asco.
Lo abrí y leí el título: Medios de aumentar la seguridad de los vuelos espaciales.”
________________________________
NOTAS
[1] Stanisław Lem (12 de septiembre de 1921 – 27 de marzo de 2006) fue un escritor polaco cuya obra se ha caracterizado por su tono satírico y filosófico. Sus libros, entre los cuales se encuentran Ciberíada y Solaris, se han traducido a 40 lenguas y ha vendido 27 millones de ejemplares. Es considerado como uno de los mayores exponentes del género de la ciencia ficción y uno de los pocos escritores que siendo de habla no inglesa ha alcanzado fama mundial en el género.
Sus libros exploran temas filosóficos que involucran especulaciones sobre nuevas tecnologías, la naturaleza de la inteligencia, las posibilidades de comunicación y comprensión entre seres racionales; asimismo propone algunos elementos de las limitaciones del conocimiento humano y del lugar de la humanidad en el universo. Su encasillamiento como escritor de ciencia ficción se debe a que ocasionalmente, a lo largo de su carrera como escritor, prefirió presentar sus trabajos como obras de ficción o fantasía, para evitar los atavíos del rigor en el estilo académico de escritura y las limitaciones del número total de lectores al que llegarían sus libros si fueran textos “científicos”; no obstante, algunas de sus obras están en la forma de ensayos científicos o de libros filosóficos, tales como Summa Technologiae y Microworlds (ambas sin traducción al castellano), en las que expresa con rigor sus posturas científicas. (Wikipedia)

Serenamente, en la bella Nápoles

En la bella Napoles también se muere, incluso, de causas naturales y serenamente.
Las funerarias napolitanas, como sucede en otros países mediterráneos, no han perdido la costumbre de anunciar la muerte en las paredes. Las viejas costumbres, sobre todo cuando se pueden conjugar con una publicidad empresarial efectiva y de bajo coste, hay que conservarlas.
Como la vida solapa a la muerte, así los carteles anunciadores de unas funerarias sepultan los de otras funerarias que contienen difuntos más antiguos, en una especie de juego de naipes en que una carta entierra a la anterior.
¿No existe un juego de barajas llamado La Napolitana, en el cual un jugador puede renunciar a jugar las siguientes bazas si declara, precisamente, napolitana?
Igual sucede con la muerte –también en Nápoles–, pero en este caso la renuncia a seguir jugando es de obligado cumplimiento para el difunto, por muy buen juego que le haya tocado en la última baza, por mucho que haya rezado a san Genaro y a santa Patricia o por muy perro que haya sido.
La Parca acoge por igual a todos, en un sereno gesto de auténtica democracia que para sí quisiera la Vida.

Una aguda semblanza dedicada a Antonio Ruiz de Padrón y otros diputados constitucionalistas
En 1821, la imprenta madrileña de don Juan Ramos imprimió un libro en el que se mostraba una breve semblanza de muchos Diputados que formaban parte de las Cortes constitucionales de ese momento.
Por su acertada definición, a pesar de lo breve, considero interesante el párrafo dedicado al gran Diputado canario, Antonio José Ruiz de Padrón. En esa legislatura, representaba a Galicia en lugar de las Islas Canarias, muy dolido por el cobarde abandono de sus paisanos cuando fue encarcelado durante años en Cabeza de Alba.
.
“RUIZ DE PADRON.
Tostón de la inquisición. As carnes tembran de oir á os homes que chamuscaron os da secta do tízon. ¡Máscara fora embusfeiros! á o monte á facer carbon. Percutidor incansable de todo lo malo, oculis columbarum exceptis. Definidor general de Córtes, cura jocosus y pastor bonus.”
.
Aunque sólo sea como curiosidad, extraigo algunas otras semblanzas curiosas sobre Diputados de la misma época:
.
Las más breves dicen:
“ARTIEDA.
Requiescat in pace. Amen.”
.
“MARTINEZ
Murió también. Amen, amen.”
Otra semblanza, ésta dedicada al entonces Ministro de Justicia:
“ROMERO ALPUENTE.
Alto, seco, frio, y feamente feo. Pero siempre sereno y siempre imperturbable; habla de todos los asuntos, habla sobre cualquier punto, habla desde la tribuna, habla colgado de ella, habla de cualquier modo, y tan fresco se queda de una manera como de otra. [...].”
.
Otros Diputados:
.
“MARINA
Es una verdadera paradoja, porque es canónigo y trabajador, modelo de calonges modernos [...]“
.
“GOYANTES
Oye y calla, y cree que asi no yerra.”
.
“DIAZ MORALES
Joven, morenito, y algo barbilampiño, pero le arma bien el vigote. Vive por milagro, vive por la Constitución, vive agradecido, y no hará nada en ir á morir por la que le dio la vida.”
.
“ALVAREZ GUERRA
Cojea; pero con tal disimulo y gracia, que no todos adivinarán de qué pie.[...].”
.
“FONDEVILLA
Sordo-mudo con tímpano y aurículas perfectas: estátua con ojos de Argos: mosquita muerta sin aguijón.”
.
“GALIANO
Muerto ambulante, canónigo de Toledo durmiente, decretalista flamante, ánima del otro mundo. Requiescat in pace. Amen.”
.
“LOBATO
Clérigo bajito, tieso, cuellito corto, y de los que se tientan mucho y muy a menudo el solideo.”
.
“CLEMENCIN
El nombre te basta.”
.
“FRAILE
Digno sucesor de los doce pescadores.”
.
“ARRIETA
Pocas chichas y poca voz: pero á eso ¿qué remedio?”
.
“SANCHEZ TOSCANO
Venerable anciano, comerciante diestro, pero vive á fuerza de ópio, y es mejor para un Banco que para un Congreso.”
.
“MANZANILLA
Buen varon, buena vida; ¿para qué mas?”
.
“ALEGRIA
Dios la dé: quizás la tuviera cuando Dios queria.”
Las extrañas y “escandalosas” imágenes de la Virgen de la Leche (Segunda parte)

Lactancia de San Bernardo. Anónimo de 1680. Perú.
Mañana, lunes, 20 de agosto, es día de San Bernardo, quien, a decir de fray Bernabé de Montalvo, es el Abogado de los Pechos Femeninos. Una casualidad como otra cualquiera, pero que viene a recordar a los católicos que hubo un santo que, según sus propias palabras, bebió leche de los pechos de la madre de Dios. No había cámaras fotográficas ni de vídeo que pudieran dejar constancia fidedigna de algo tan extraordinario. Nos hemos de conformar con su testimonio y creerlo, ponerlo en duda o desecharlo como una mentira o una alucinación del santo.

Texto de fray Bernabé de Montalvo, cronista español de la Orden del Císter.
Naturalmente, aunque no creamos una palabra del supuesto milagro, no tenemos por qué suponer que Bernardo es necesariamente un mentiroso. Bien pudo decir su verdad al contar lo que creyó vivir, aunque, en realidad, no sucediera.

“La loba amamantando a Rómulo y Remo”, de Alessandro Algardi (s. XVII).
El mito latino de la loba dando su leche al fundador de Roma y a su hermano no es ajeno a nuestras tradiciones religiosas. El papel maternal para criar a los héroes se limita a proporcionarles alimentos, pero suele estar desligado de su procreación. ¡Es muy difícil otorgar a alguien la categoría de dios o de superhombre teniendo a sus padres como vecinos!

Este vaso ampuliano (360 a.d.C.) está decorado con una imagen de la diosa Hera amamantando a un crecidito Hércules.
A la izquierda aparece Afrodita, a quien Hera se la tenía jurada desde que tuvo aquel asuntillo con Paris. En realidad, Hera también odiaba a Hércules, pero fue engañada por su marido Zeus para que lo amamantara.
El dibujo representa los momentos anteriores al instante en que Hera se da cuenta de quién es el niño está mamando en su pecho. Luego, aparta de un manotazo al niño intruso y su leche se derrama en el cielo, dando lugar a la Vía Láctea.

Cuadro de Tintoretto (1580), localizado en la National Gallery de Londres, en el que también aparece Hércules o Herakles alimentándose con la leche de la esposa de su Padre Zeus.
Ya hemos visto que las representaciones de la Virgen con sus pechos al descubierto y ofreciendo leche a su hijo o a otras personas no es privativo del arte cristiano. En Egipto, Grecia y Roma existieron imágenes similares en las que se inspiraron los pintores europeos medievales y los de siglos posteriores. La creación del mito de la Vía Láctea y sus representaciones tampoco se hallan lejos.

Óleo “El nacimiento de la Vía Láctea” de Rubens (1637), consevado en el Museo del Prado. Detrás, Zeus, el Dios Padre del Olimpo, contempla a Hércules y a Hera.

“Visión de San Bernardo”, según Joos Van Cleve. La Virgen enseña su pecho derecho a San Bernardo, sin una razón aparente, porque es evidente que el Niño ni está mamando ni parece abrigar intenciones de hacerlo. Tampoco es seguro que las manos del santo se hallen en disposición de aplaudir.
La sexualidad es tan terca como la verdad y un día u otro, de una u otra forma, termina por evidenciarse. Los disfraces que adopta lo sexual para manifestarse cuando está reprimido son tan abundantes como las acciones personales. Desde hace tienpo, se sabe que los sueños, las fantasías, las producciones artísticas, etc. nos muestran lo sexual sublimado. Que cuanto más reprimimos los deseos con mayor fuerza se evidencian.

La sensualidad fue duramente reprimida por los dirigentes de la cristiandad, empeñados en tratar los cuerpos humanos como recipientes llenos de pecado a los que debe mantenerse ocultos y maltratar cuanto se pueda. A pesar de ello, se buscó la forma de mostrar cuerpos seductores en imágenes “decorosas” como esta sensual “Virgen de Melun”, de Jean Fouquet (s. XV), a la que también se conoce como La Virgen enfadada.

“La Duquesa fea”, pintada por Quentin Matsys a principios del siglo XVI.
Sin sumergirnos en las escabrosidades a que nos llevaría, necesariamente, un psicoanálisis detenido de la vida de San Bernardo, no se puede omitir que la relación con su madre biológica –miembro de la nobleza francesa– fue más intensa de lo normal y que, cuando ella muere, el santo continúa hablando con su fantasma.
Su difunta madre se le aparece, de tanto en tanto, y mantiene con ella una comunicación fluida, según sus propias confesiones. Si a esto se unen sus visiones de pechos celestiales que le regalan su leche, cualquier psicoanalista pensaría de inmediato en un complejo de Edipo como una catedral. O, en su caso, como un monasterio.
Pero aquí dejo el espinoso tema hasta un próximo post, en el que prometo mostrar imágenes tanto o más divertidas que en las dos primeras entregas de lo que va camino de convertirse en un culebrón lácteo. Por cierto, y hablando de lácteos, ¿no han probado el Dulce de Leche San Bernardo?

Producido en Argentina, los fabricantes de este Dulce de Leche no pudieron haber elegido una marca más apropiada para el postre favorito de sus paisanos. Únicamente, les faltó agregar en la etiqueta alguno de los numerosos cuadros que muestran al santo recibiendo la dulce leche en su boca.
Un alemán inventa una ballena artificial

Como todos sabemos, las ballenas están desapareciendo de los océanos. No es un problema nuevo, sino que ya en el siglo XIX revistas y periódicos publicaban noticias al respecto. Si uno repasa las páginas decimonónicas de las hemerotecas, pronto cae en la cuenta de que a nadie parecía preocupar demasiado que se extinguieran especies animales, si no significaban una pérdida como fuentes de materias primas. Y una de las principales fuentes eran, precisamente, las ballenas. ¡Imaginen si eran importantes que la guerra ruso-japonesa se inició por una disputa en el acceso al Mar del Japón y al Pacífico Norte para cazar ballenas!
De manera que cuando se publicó la noticia de que en la ciudad de Meinzen (Alemania) se estaban fabricando ballenas artificiales, llamadas Wallosin (la palabra alemana Wal significa ballena), los lectores pensaron dos cosas: que el problema estaba solucionado y ¡qué listos eran los alemanes que hasta inventaban ballenas!
Pero mejor es que lo lean en este artículo publicado en España, a mediados del siglo XIX.

A los inexpertos en el tema de las ballenas nos puede parecer un completo dislate tanto la noticia como el invento de Vockler. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Ciertamente, este alemán no inventó una ballena, sino un material fabricado a base de juncos (spanisches Rohr cuya traducción literal sería cañas españolas) que imitaba el hueso o barba de ballena. En efecto, el producto era más barato que el obtenido de las ballenas naturales y, además, podría haber reducido la caza de cetáceos, si la ambición humana fuese algo menos desmedida.
La fábrica se estableció en Cölln, cerca de Meißen, en una comarca donde se venía fabricando porcelana desde principios del siglo XVIII. Los juncos eran sometidos a un tratamiento con vapor de agua, a unas cuatro atmósferas de presión, para sumergirlos después en una solución de caucho. También se añadían azufre y aceite de alquitrán mientras se sometía todo a presión. Finalmente, se secaba y se preparaba en forma de varillas listas para su venta.
A pesar de todas sus ventajas, el Wallosin de Th Vockler tenía un gran problema para utilizarlo como varillas de paraguas: resistía mal la humedad y, después de soportar un aguacero, esas verillas se doblaban o partían, dejando el paraguas inservible.[1]
En torno a la misma época en que apareció el artículo anterior, un farmacético catalán publicó un libro que, entre otras cosas, hablaba de las ballenas, de sus productos y de su caza. Dejando aparte sus observaciones xenófobas, aporta una excelente información sobre los conocimientos que a mediados del XIX se tenía sobre estos cetáceos. He seleccionado algunos párrafos de interés.
“Sería muy largo y casi imposible enumerar los diversos usos á que se destinan y pueden destinarse las barbas de ballena Sirven en una multitud de artes: en las obras de torno son muy propias para cajas de tabaco, estuches, y mil pequeños utensilios ; pero su uso mas considerable es para la armazón de los paraguas y de las sombrillas, siendo para este objeto casi indispensable. En efecto, los numerosos ensayos hechos para suplir á la ballena con otros cuerpos no han dado muy felices resultados, porque esta es la única que reúne la solidez conveniente, la ligereza y la elasticidad perfecta que deben tener las varillas de un paraguas, para eyectar instantáneamente la corvadura necesaria cuando éste se abre y volver igualmente pronto á la forma rectilínea cuando se cierra.
También se hace un inmenso uso de esta sustancia para ballenas de corsés de mugeres, para látigos, y elegantes y duraderas varillas de los dandis. Las piezas de tornillo de los tubos de pipas de fumar, los de un sin número de instrumentos de física y de química requieren asimismo ballena, que, en todas estas ocasiones, es tan solo imperfectamente suplida con el cuerno, mucho mas expuesto á quebrarse, á deformarse y á alterarse que la ballena, que resiste por otra parte mucho mejor que aquel á una elevación de temperatura. Finalmente, todo lo de las barbas se utiliza: los pedazos muy delgados, y hasta las astillas mismas que se separan mientras se trabaja, no quedan sin uso, pues con ellas se hacen varillajes de abanicos, guarniciones de corbatines, armazones para sombreros de señora, etc., etc.
Después de este uso casi general de la ballena, no debe causar admiración su elevado precio, cuando la pesca no ha sido favorable, ó no nos llega á Europa en abundancia.
[...] Los principales productos de la ballena son la grasa y las barbas. La lengua de la ballena está cargada de bastante grasa para poder suministrar hasta 6 toneles de aceite. De los tegumentos, de la capa espesa de tejido celular grasiento que se halla debajo del dermis, y demás partes grasas, se extraen á veces hasta 60 y 80 quintales de aceite, y se dice también hasta 130. La grasa tiene un olor fuerte y repugnante, y pasa fácilmente á la fermentación pútrida; pero aunque el aceite que de ella puede extraerse retenga en parte este olores no obstante buscado, en razón del uso considerable que de él se hace en las artes y en la economía doméstica; la fabricación de los jabones negros, el mejoramiento de la brea de marina , y sobre todo la preparación de los cueros consumen enormes cantidades de aceito de ballena, que ofrece también un recurso precioso para el alumbrado.
La ballena, además de estos dos productos que la hacen buscar por los buceadores arriesgados que se exponen a esta industria lucrativa, suministra también al hombre colocado bajo un ciclo ingrato algunos otros recursos contra la necesidad. Los habitantes de los climas helados comen á veces su carne fresca, que también la hacen secar y ahumar para conservarla; pero es muy dura y seca, y ciertamente es un alimento muy repugnante, atribuyéndole en Rusia la propiedad de hacer reaparecer los síntomas de la sífilis; según Romlelet, la lengua y la cola son nutritivas, de buen gusto, pero de difícil digestión. Con los intestinos, aquellos infelices se procuran ligaduras y cuerdas muy resistentes y casi inalterables; forran con las membranas de la ballena esas frágiles embarcaciones en las cuales ellos no temen arrostrar los peligros de la alta mar y los témpanos de hielo mortíferos que ésta acarrea; los excrementos del animal les sirven para teñir de color rojizo muy sólido sus estofas; en fin, los largos arcos de la cavidad torácica de las ballenas le presentan excelentes armaduras, y un combustible muy precioso allí donde no se encuentra casi otro. De creer es que todas estas partes, despreciadas por los pescadores, acabarán por ser recogidas, y, sometidas á preparaciones convenientes, ofrecerán un nuevo alimento á la industria.
Los Groenlandeses emplean también como alimento la piel y las aletas de este cetáceo; los antiguos hablan do una especie de pan hecho en gran parte con huesos de ballena, que comíanlos ictiófagos del tiempo de Alejandro el Grande.
En medicina, el aceite de ballena ha sido recomendado como emoliente y sedativo, y la grasa como emoliente; el miembro genital desecado, contra la impotencia, la leucorrea, la disentería y también la pleuresía; el hueso de la caja del tímpano ha sido preconizado en la cólica, las enfermedades de las vías urinarias, etc.
Barbas de ballena.
Láminas córneas, colocadas las unas junto á las oirás, un poco oblicuamente hacia atras, que las ballenas francas llevan en vez de dientes en la cara palatina de los huesos maxilares de cada lado de la boca.
El tejido de estas láminas ofrece una aplicación de fibras longitudinales muy finas y muy apretadas, como impregnadas de un cimento gelatinoso endurecido. De esta textura resulta un cuerpo muy elástico, muy flexible y muy resistente , del todo incorruptible y de una duración indefinida.
[...] Los mismos Groenlandeses, á pesar de su natural estupidez, no tardaron en aprender á pescar la ballena, y trajeron aun, en el ejercicio de esta industria, ingeniosos recursos sugeridos por la necesidad , que es un gran maestro. A falta de los medios usados por los Europeos, y careciendo de largas sondalesas y de bastimentos capaces de resistir por su masa y la fuerza de sus velas á los esfuerzos de la ballena, imaginaron para reducir en sus saltos al fogoso animal un expediente cuya idea había sido ya indicada por los Romanos; ataron odres de piel de foca á los arpones, y suplieron con el número á la fuerza del las máquinas; lanzaban encima de la ballena una granizada de estos harpones así dispuestos, que primero estorbaban los movimientos del animal, y concluían por hacerlos casi imposibles; entonces los salvajes se tiraban al agua, y sostenidos por sus vestidos de pieles impermeables, comenzaban en el mismo lugar el destazamiento, que concluían en la costa.
Sea de esto lo que fuere, en la Groenlandia, una pesca en la que tantos especuladores tomaban parte, debió terminar por alterar en tales aguas la reproducción y el desarrollo de la raza ballenera. Estos animales abandonaron sucesivamente este mar, y aunque los procederes de la extracción del aceite se hubiesen perfeccionado considerablemente, al punto que la misma cantidad de grasa pudiese suministrar el doble de aceite do lo que producía primitivamente, las ventajas de la gran pesca del Norte disminuyeron de una manera muy rápida.
Preciso fué perseguir á las ballenas en las costas de la América septentrional, quedando Spitzberg, Groenlandia, y sus establecimientos comerciales casi totalmente abandonados. Más tarde, se supo por los navegantes que los mares de la América meridional no estaban desprovistos de ballenas, y la pesca en el Sud sucedió á la de la tierra de Labrador, del estrecho de Davis, y del banco de Terra-Nova; menos fecunda, en verdad, esta pesca ofrecía por otra parte la ventaja de presentar menos peligros.
En muchos puntos, los naturales de estas pesqueras se iniciaron en la pesca de la ballena: vióse á los Americanos cercar á estos animales con sus innumerables canoas de corteza, espantarlos con sus gritos penetrantes, su música discordante, el ruido de sus grandes remos, y conseguir asi hacerlos varar en la playa; otros mas intrépidos se echaban á nado para alcanzar la ballena, y la clavaban á golpes de mazo una gruesa clavija de madera en uno de los espiráculos, con la que se zabullía, y cuando volvía á parecer á la superficie del agua, repetían la misma operación en el otro espiráculo. La ballena, sofocada por falta de inspiración del aire, abría la boca para recibirlo, pero como no englutía sino una enorme cantidad de agua, perecía en fin por asfixia, derivaba con el vientre hacia arriba, y se la podia remolcar sin grande esfuerzo hasta la playa inmediata en donde era destazada.
El descubrimiento de nuevas regiones, y las relaciones mas frecuentes con los mares de las Indias, hicieron también conocer la existencia de ballenas en las diversas partes del Océano austral, habiéndose establecido la pesca de este cetáceo en diversos puntos, como en la bahía de Santa-Helena, el cabo de Buena-Esperanza en Africa, y otros apostaderos. La segundad y la mayor duración de la pesca en climas más benignos compensaban lo largo de la travesía y el inconveniente que aquella presenta en alta mar.
[...] en 1833 tenia la Inglaterra 8t navios destinados á esta industria, que juntos formaban un total de 36,393 toneladas; el número de ballenas cogidas fué de 1,563, que dieron: 12,610 barricas de aceite, á 1,900 rs. vn., Valor de 23.959,000- rs. vn.; y 676 barricas de barbas, á 11,875 rs. vn., valor de 8.027,500 rs. vn., que forman un total de 31.986,500 rs vn.”
.
A principios del siglo XXI, los principales productos que se obtienen de las ballenas son los siguientes:
Aceite de ballena: Aceites para usos industriales, iluminación y alimentación.
Espermaceti: cosméticos, lápices labiales, lápices grasos.
Ámbar gris: Fijadores de perfumes, considerado como el más valioso de los productos de la industria ballenera.
Glándulas endocrinas e hígado: productos farmacéuticos, hormonas, vitamina A.
Carne: Representa al 1.7% de la carne consumida en Japón.
Las excusas supuestamente científicas en que se amparan los países que continúan cazando ballenas obtienen una nueva dimensión si tenemos en cuenta el informe “Reinventando las ballenas”, publicado por la asociación ecologista británica Whale and Dolphin Conservation Society (WDCS) con motivo de la reunión de Agadir.
Este informe se refiere a las nuevas vías comerciales para los productos derivados de la ballena en la industria farmacéutica, cosmética o de la alimentación de animales. Estas industrias han sido muy rápidas en ver las posibilidades de utilización de estos ingredientes y han patentado procedimientos que incluyen su uso, desde pelotas de golf hasta tintes para el pelo, detergentes ecológicos a bebidas nutritivas. “Noruega, Islandia y Japón”, indica el informe, “están decididos a reinventar las ballenas para el siglo XXI, y van a utilizar cualquier permiso de caza otorgado por la CBI para continuar con el desarrollo de nuevas industrias para su uso”.
WDCS denuncia que existen empresas, ubicadas en países como China, Irán, Rumania y República Dominicana, que fabrican productos de cosmética con, entre otros ingredientes, el esperma de ballena. Y ello a pesar de que la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres prohíbe el comercio internacional de partes y derivados “fácilmente identificables” de ballenas.
Mientras la CBI reflexiona, Japón y Noruega intentan demostrar que el aceite de ballena es beneficioso para el tratamiento de enfermedades comunes como la osteoartritis. Si son capaces de demostrarlo, quizá consigan que los países miembros de la CBI aprueben la reanudación de su caza comercial.
Otros países balleneros, como Islandia, están, sin embargo, más interesados en otras salidas comerciales y prefieren dedicarse a la elaboración de harina de ballena para alimentar peces de criadero y ganado.
La pregunta que podemos hacernos es esta: ¿cómo podemos contribuir nosotros, individualmente, para que no continúe la masacre contra las ballenas?
No es fácil conseguir nombres concretos de productos que contienen restos de estos cetáceos. Pero el informe de la da algunas pistas para comenzar a tirar del hilo.
_____________________
NOTA
[1] “Von den Surrogaten und Nachahmungen, zu denen auch gebeiztes Rindshorn gehört, scheint sich nur das von Th. Vöckler in Cölln bei Meißen erfundene Wallosin (Walosin) einer größeren Verbreitung zu erfreuen. Es besteht aus geschältem und vierkantig gespaltenem spanischem Rohre (Stuhlrohr), das schwarz gefärbt, unter Dampfdruck gekocht, völlig getrocknet und hierauf mit einer Lösung von Kautschuk und Guttapercha mittels hydraulischen Druckes imprägniert wird; zugleich werden durch eine Schwefelteeröllösung die beiden Stoffe vulkanisiert. Die schließlich gedämpften, gewalzten und bestgetrockneten Stäbe können als (künstliches) Schirmfischbein Verwendung finden. Bei wenig sorgfältiger Imprägnierung wird aber das spanische Rohr leicht Wasser aufnehmen und sich krümmen und verziehen. Die größte Verwendung fand das Fischbein in der Zeit des Rokoko, in der die mächtigen Reifröcke und panzerartigen Schnürbrüste der Damen enorme Mengen benötigten.” (Lexikon der gesamten Technik, Herausgegeben von Otto Lueger, , Deutsche Verlags-Anstalt, Stuttgart y Leipzig, Alemania, segunda edición, 1904–1920)
100 imágenes curiosas sobre libros (Tercera parte)

¿Quién encontraría una encuadernación más adecuada para “Las místicas islas del los mares del Sur” de O’Brient?

Biblioteca del Real Gabinete Portugués de Lectura. La imagen habla por sí sola.

Para “moderna”, esta Biblioteca Pública de Seatle, en los Estados Unidos.

Érase un libro a un reloj pegado,
érase un reloj superlativo,…

Esta página comienza de una forma muy habitual: “Yo nací en una pequeña ciudad en las afueras de Chicago.” y finaliza sin grandes innovaciones literarias: “Estoy buscando un lugar donde realmente pueda dejar mi huella.” La originalidad radica en que logró su propósito, como es evidente.
Y usted también puede conseguirlo, siguiendo las instrucciones que se ofrecen en esta página: haga click aquí.

El libro se encuadernó con forma de estrella y, de paso, sin principio ni fin, como aquella obra imposible a la que hacía referencia Jorge Luis Borges.

Una portada genial para una novela autobiográfica e inclasificable.

Fotografiar letras como se fotografían estrellas puede proporcionar una portada que exprese el dinamismo de un objeto que sube. Por ejemplo, un ascensor que conduzca al cadalso.

¿Es una silueta femenina o es el cielo al atardecer? Aquí el espectador sólo puede tener una seguridad: el pájaro es el pájaro. Excelente portada como introducción a unos textos sobre la mujer surrealista.

Un libro excéntrico, tanto por su material como por el diseño.
Si alguien buscaba la esfera de los libros, ya ha llegado a ella.
Sobre cómo un par de mulas canarias tumbaron a dos sabios ingleses, en el siglo XVIII

En el Fondo Documental Antiguo de la Biblioteca Municipal de Santa Cruz de Tenerife, que ahora se halla al lado del Barranco de Santos, se puede encontrar un documento que relata la estancia en Tenerife de un grupo de ingleses –entre ellos el Conde Macartney, primer embajador de Gran Bretaña en China, y el capitán de navío Erasmo Gower– que se dirigían a visitar el interior de China y de Tartaria, y a establecer relaciones diplomáticas y comerciales con sus respectivos emperadores. Viajaban a bordo de tres navíos: El León, El Indostán (propiedad de la Compañía de Indias) y un bergantín auxiliar llamado el Jackall.
Como dato curioso, debo reseñar que existe una lista que incluye, además de una larga serie de escribanos y secretarios de todo tipo, a los criados que acompañaban al Conde: un mayordomo y su ayudante, dos ayudantes de cámara, un cocinero, dos postillones, un corredor, un panadero, seis músicos, un carpintero, otro carpintero de obra prima, un sillero, un jardinero, un sastre, un relojero y un fabricante de instrumentos de matemáticas. Quizás olvidó contratar a un peluquero y un sumiller, porque nunca se sabe si en el Oriente se despeina uno con frecuencia o si apetece que te sirvan un vino Malvasía con estilo.
Tras recalar en Madeira, llegaron a Tenerife un domingo de octubre de 1792. Pegaron trece cañonazos para saludar a la población, pero nadie les respondió. De manera que desembarcaron y se informaron de que en Santa Cruz no había pólvora para cargar el cañón de los saludos. A juzgar por el diario, los ingleses no debían hablar muy bien el castellano ni enterarse de la mitad de lo que pasaba en la isla. Aunque, así y todo, lograron salir con vida de sus “grandes” aventuras en su ascensión al salvaje y peligroso Pico del Teide. En esta primera entrega, se incluye la anécdota de las mulas antibritánicas y, en el próximo, asistiremos a la visita que unas damas de la alta sociedad tinerfeñas hicieron a los ingleses en sus propios barcos y de lo que allí sucedió.
Así nos lo cuenta Eneas Anderson, uno de los empleados de la comitiva, quien fue en realidad el autor de la mencionada relación. Advierto al lector que he realizado la transcripción del documento al castellano actual, sin modificar una sola idea, con la intención de facilitar su lectura.
(Sábado 19) a las cinco de la tarde descubrimos el pico de Tenerife, a media noche registramos la punta oriental de aquella isla, y por la mañana temprano fondeamos.
(Domingo 21) Echamos anclas en la bahía de Santa Cruz, donde encontramos una fragata francesa que volvía de las islas occidentales, y la detenían allí, a causa de la revolución de Francia, hasta saber qué partido habría tomado S. M. C. en la confederación de las potencias de Europa, en guerra a la sazón con la asamblea nacional.
Hallándose en aquel tiempo en Gran Canaria el Gobernador de la isla, el Comandante de la plaza informó al teniente Campbell que no había en el almacén bastante pólvora, para responder al saludo; por lo cual se dejó el ceremonial ordinario.
La isla de Tenerife es una de las Canarias, y pertenece al Rey de España. Está entre los veinte y ocho y veinte y nueve grados de latitud norte y los diez y siete y diez y ocho de longitud occidental. Tiene de largo como cincuenta millas, veinticinco de ancho, sobre ciento y cincuenta de circunferencia. Aunque no se le da sino el segundo lugar entre aquellas islas, con todo, su extensión, su comercio sus riquezas la hacen la más importante de todas ellas.
Ciudad de Laguna, residencia del Gobernadores, la capital de esta isla; pero como no la he recorrido, me limitaré a la descripción de la de Santa Cruz, delante de la cual fondeamos.
Esta ciudad está situada a Nordeste de la isla, y tiene ensenada para los navíos. El mejor ancoraje no dista de la ribera más que media milla. El agua posee mucha profundidad, y tiene rocas en el fondo. La costa está llena de peñas, y muy escarpada. Un pico, que levantándose hasta las nubes domina sobre esta isla, la hace célebre.
Santa Cruz tiene cerca de tres cuartos de millas de largo, y media de ancho; las casas son de piedra, y de la misma construcción que las de Madera. Hay varias iglesias muy hermosas, dos de las cuales están adornadas con grandes torres anchas y cuadradas, que dan mucho realce al efecto que causa esta ciudad contemplada desde la bahía.
Tiene una calle muy bella, las demás sólo son callejuelas que no valen nada. Dos fuertes colocados a las extremidades Este y Oeste, dominan la bahía.
En esta ciudad como en las demás vecinas hay muy pocas tropas. La milicia es muy numerosa; pero no se junta sino en los casos urgentes. La ciudad, aunque no es muy grande, está muy poblada.
Sus habitantes son principalmente españoles. Se encuentra en ellos aquella fiereza que caracteriza su nación, y que ha pasado en proverbio.
A pesar de que este pueblo habita una isla fértil en extremo, donde el menor trabajo les alcanzaría los mayores productos, todo su exterior no anuncia más que pobreza y miseria.
Hay otro fuerte al Oeste de Santa Cruz, situado sobre una gran eminencia que parece muy fuerte, y domina parte de la bahía.
El clima de Tenerife es caluroso, y como el de Madera, no está expuesto a variaciones. Durante nuestra detención allí, el termómetro puesto a la sombra se mantuvo entre setenta y ochenta grados; y varió muy poco a bordo del navío.
El Gobernador reside ordinariamente en la isla, distinguida de las demás por el nombre de la Gran Canaria; distante doce ó quince leguas de Tenerife.
(Miércoles 24) Habiendo, formado el proyecto de visitar el Pico, Sir Jorge y Mr. Staunton, los Doctores Gillan, Dinvviddie y Not, MM. Maxwell, Barrow, Alexandre, y el coronel Benson, partieron a las ocho de la mañana de Santa Cruz, llevando consigo todo lo necesario para el buen éxito de su empresa. El termómetro estaba a la sazón a los setenta y siete grados.
Iban montados sobre mulos, y bajo la dirección de buenos guías que se habían escogido. Ya habían recorrido siete u ocho millas a lo largo de la montaña, sin casi ningún obstáculo; pero llegándose a enfriar el aire a punto de hacer bajar el termómetro a los veinte grados, precisó a los viajeros a ponerse otros vestidos. Después de haber tomado al mismo tiempo algún alimento, se pusieron de nuevo en camino.
Llegados al pie del Pico; cubierto enteramente de seis pies de nieve, y presentándose a cada paso nuevos obstáculos, detuvieron su marcha.
Habiendo caído de su mula Sir Jorge Staunton con mucho peligro de perder la vida, y dado en el suelo con su jinete la del Doctor Gillan, estos accidentes juntos a los peligros que se presentaban delante de ellos, al extremo cansancio de los viajantes, y la proximidad de la noche, les precisaron a pararse, y a pasar la noche sobre la montaña.
En consecuencia, valiéndose de grandes casacas de lana, y algún lienzo que traían, lograron levantar una: especie de tienda informe, pero con todo, habitable. Después de haber encendido un poco de lumbre, y hecho una triste y ligera cena, cada cual se entregó al sueño.
CONTINÚA EN LA SEGUNDA PARTE
La Selección de Fútbol de Irlanda o El placer de morir cantando

Monumento a la hambruna*. Grupo escultórico en Saint Stephen’s Green Park (Dublín).
Los últimos diez minutos del partido de la Selección Española de Fútbol contra Irlanda me recordaron esas películas en technicolor que mostraban a los cristianos cantando cuando iban a ser devorados por los leones. Los cánticos irlandeses en el estadio Gdansk Arena contenían un no sé qué de melodía fúnebre que indudablemente pone la piel de gallina a las hordas pelirrojas que siguen a la selección verdiblanca. Escuchando estas versiones –por completo antagónicas a las marchas eufóricas en plan When Johnny Comes Marching Home que desarrollan otros futboleros–, uno cae la tentación de pensar que a estos aficionados les encanta sumergirse en esos placeres de la depresión que Sigmund Freud denominaba pulsión de muerte.
Sin embargo, a nosotros, este placer de la derrota nos queda lejos. Ni nos resignamos como los japoneses ni nos dan orgasmos cuando nos vencen. Muy al contrario. Tomamos las pequeñas victorias como señales de la gloria universal y la fanfarronería se eleva hasta las nubes y, cuando se pierde un partido, el alma se nos desinfla como una pelota acuchillada.
Me maravilla que gran parte de los irlandeses sea capaz de identificarse con un equipo de fútbol compuesto mayormente por jugadores romos, carentes de técnica y con escasas ideas futbolísticas en sus cabezas, y que continúe apoyándoles así, año tras año, sin desmayar, como si cada temporada ganaran un trofeo mundial. No parece sino que el propio San Patricio –aquel parlanchín misionero escocés que capturaron los piratas irlandeses– les llevara a sus húmedas tierras la pasión por los deportes pedestres que tanto aman y tan mal ejecutan. Es algo tan asombroso que merecería un programa del abuelo Eduard Punset para que nos sumergiera hasta las orejas en el más completo morbo futbolero, aunque, como sucede habitualmente, no nos aclare absolutamente nada, excepto que disfruta de un par de nietas muy curiosas.
En fin, es perfectamente legítimo que cada cual tenga el derecho a divertirse como quiera, siempre que no moleste a sus vecinos. Si lo que te gusta es reír, ríe; si prefieres llorar, llora; pero si, además, te encanta llorar cantando, deberías pensar seriamente en apoyar a la selección irlandesa: no te faltarán motivos para ser feliz.
_______________
* Nota a posteriori:
Alguien me ha escrito preguntando a cuento de qué viene mostrar esta imagen del Monumento a la hambruna (Great Famine, de Edward Delaney). La explicación es muy simple: la segunda estrofa de la canción The Fields of Athenry (La gran hambruna) que cantaron los irlandeses al final del encuentro con España es la siguiente:
| By a lonely prison wall I heard a young man calling Nothing matters Mary when you’re free, Against the Famine and the Crown I rebelled they cut me down. |
A través del solitario muro de la prisión, escuché a un joven gritar: Nada importa, María, mientras estés libre. Contra la Hambruna y la Corona me rebelé; pero ellos me detuvieron. |
Como a más de uno puede interesarle, copio la letra completa de The Fields of Athenry y su traducción al español, a continuación. Como se recordará, esta triste canción –compuesta en 1970– se cantaba en la película El club de los poetas muertos y hace referencia al hambre que se pasó en Irlanda a mediados del siglo XIX, ante la indiferencia de la metrópolis londinense.
The Fields of Athenry
By a lonely prison wall
I heard a young girl calling
Michael they are taking you away
For you stole Trevelyn’s corn
So the young might see the morn.
Now a prison ship lies waiting in the bay.
Low lie the Fields of Athenry
Where once we watched the small free birds fly.
Our love was on the wing
We had dreams and songs to sing
It’s so lonely ’round the Fields of Athenry.
By a lonely prison wall
I heard a young man calling
Nothing matter Mary when your free,
Against the Famine and the Crown
I rebelled they ran me down
Now you must raise our child with dignity.
Low lie the Fields of Athenry
Where once we watched the small free birds fly.
Our love was on the wing
We had dreams and songs to sing
It’s so lonely ’round the Fields of Athenry.
By a lonely harbor wall
She watched the last star falling
As that prison ship sailed out against the sky
Sure she’ll wait and hope and pray
For her love in Botany Bay
It’s so lonely ’round the Fields of Athenry.
___________________
La gran hambruna
A través del solitario muro de la prisión,
escuché a una joven gritar:
Michael, ellos te han detenido
por robar el maíz de Trevelyan.
Por la mañana, el joven puede ver
que un barco prisión espera en la bahía.
Abajo se encuentran los campos de Athenry,
donde una vez vimos a los libres pajarillos volar.
Nuestro amor estaba en sus alas, teníamos sueños y canciones.
Se hallan tan solitarios los campos de Athenry…
A través del muro de la solitaria prisión
escuché a un joven gritar:
Nada importa, María, mientras tú estés libre.
Contra la Hambruna y la Corona
me rebelé; pero ellos me detuvieron.
Ahora tienes que criar a nuestros hijos con dignidad .
Abajo se encuentran los campos de Athenry,
donde una vez vimos a los libres pajarillos volar.
Nuestro amor estaba en sus alas, teníamos sueños y canciones.
Se hallan tan solitarios los campos de Athenry…
Sobre el solitario muro del puerto
Ella contempló la última estrella fugaz
mientras el barco prisión navegaba frente al horizonte.
Sin duda, ella va a esperar y a rezar y a mantener la esperanza
por su amor en Botany Bay.
Se hallan tan solitarios los campos de Athenry…
La verdadera historia del príncipe y el elefantito
Los escritores ante su propia muerte
Como cualquier ser humano, los escritores desarrollan actitudes ante su propia, futura e inevitable muerte, las cuales no suelen reflejarse abiertamente en sus producciones literarias. Quizás esta ausencia –algo menor en los poetas, más dados a la autocompasión que los novelistas o los dramaturgos– se deba a un acendrado pudor frente a lo que consideran un acto íntimo, el morir. Absurdo pudor, desde luego, porque la muerte es el más público de todos los actos privados y a nadie se le oculta que cualquier persona muerta que desee aparentar socialmente que continúa viva va a encontrarse con un grave problema que resolver.
Pocos literatos han abordado su propia muerte de forma directa y , menos aún, festiva. Uno de esos raros textos se debe a Gabriel García Márquez (1927-). El literato colombiano escribió un cuento relacionado con estos asuntos, aunque, como él mismo cuenta, “seis de los dieciocho temas se fueron al cesto de los papeles, y entre ellos el de mis funerales, pues nunca logré que fuera una parranda como la del sueño“. Lástima, porque ese relato narraba con pelos y señales cómo el escritor asiste a su entierro, mezclado con un grupo de amigos que acompañan al difunto formando una animada parranda con brindis y guitarras.
En una ocasión, escuché a García Márquez explicar que aquella narración era la transcripción, literal y literaria, de un sueño que había tenido cuando vivía en Barcelona, en la década de 1970. Un tiempo después, en el Prólogo de su Doce cuentos peregrinos, escribió unas palabras similares::
La primera idea se me ocurrió a principios de la década de los setenta, a propósito de un sueño esclarecedor que tuve después de cinco años de vivir en Barcelona. Soñé que asistía a mi propio entierro, a pie, caminando entre un grupo de amigos vestidos de luto solemne, pero con un ánimo de fiesta. Todos parecíamos dichosos de estar juntos. Y yo más que nadie, por aquella grata oportunidad que me daba la muerte para estar con mis amigos de América Latina, los más antiguos, los más queridos, los que no veía desde hacía más tiempo. Al final de la ceremonia, cuando empezaron a irse, yo intenté acompañarlos, pero uno de ellos me hizo ver con una severidad terminante que para mí se había acabado la fiesta. «Eres el único que no puede irse», me dijo. Sólo entonces comprendí que morir es no estar nunca más con los amigos.
La escritora argentina, María Elena Walsh (1930-2011), poeta y autora de innumerables libros infantiles, retoma el tema en su poema Como la cigarra, que posteriormente interpretaría Mercedes Sosa, cuyo vídeo adjunto en esta página junto a otros dos con las versiones de la soprano Patricia Caicedo y del expresivo Roberto Goyeneche :
Tantas veces me borraron,
tantas desaparecí,
a mi propio entierro fui
sola y llorando.
Hice un nudo en el pañuelo
pero me olvidé después
que no era la única vez,
y volví cantando.
James Fenton (1949-) es poco conocido por los lectores de habla castellana; sin embargo, su obra poética ha sido muy reconocida en Gran Bretaña. En 1989, publicó All the Wrong Places, que nada tiene que ver con la canción de Kero One sino con una serie de ensayos y relaciones sobre las guerras en el sudeste asiático que Fenton vivió en primera persona, más como poeta que como corresponsal, más como Indiana Jones que como observador. En su primer capítulo, ofrece el siguiente párrafo:
En el verano de 1973 tuve un sueño en el que, con gran pesar por mi parte, moría. Me hallaba solo en la casa de un amigo por aquel tiempo y, no sabiendo qué hacer, escondí mi cuerpo en el frigorífico. Al volver los demás, les expliqué lo que había ocurrido: ‘Ha pasado algo terrible mientras estabais fuera. Me he… muerto.’ Mis amigos se mostraron muy amables. ‘¿Y qué has hecho con el cuerpo?’, me preguntaron. Me avergonzaba decirles que no sabía dónde estaba, y comenzamos a buscar por toda la casa mi cadáver. Buscamos arriba y abajo, hasta que, finalmente, incapaz de mantener mi engaño durante más tiempo, llevé a mi anfitrión aparte y se lo confesé: ‘No había nada más dentro’, dije, ‘y no se me ocurrió nada mejor’. Fuimos hasta el frigorífico y lo abrimos. Cuando la retorcida y congelada forma apareció ante nosotros, me desperté.
El caso del escritor Thomas Lynch (1948-) es tan diferente como llamativo. Cuando se publicó en castellano su libro El enterrador, la vida vista desde el oficio fúnebre, nos enteramos de que su autor es dueño de una funeraria en Milford (Michigan, EEUU), profesión para la que estudió en la correspondiente Escuela Mortuoria universitaria, donde se graduó en 1973. Pues bien, el señor Lynch –apellido que coincide con el del revolucionario y senador virginiano Charles Lynch (1736-1796), el cual ahorcó sin juicio previo a tantos leales a Inglaterra que dio lugar al verbo linchar– entra de lleno en el tema que nos ocupa.
En el capítulo Tratado breve, expresa sus deseos para el día que lo entierren. Si bien esos párrafos podrían parecer un testamento más que un texto literario, lo cierto es que el autor les proporciona cierto tono lírico y, por otra parte, poseen la singularidad de que los escritores no suelen incluir estas extravagancias en sus obras. Lo que diferencia al irlandés-americano Lynch del colombiano García Márquez es que, como corresponde a los tópicos habituales sobre sus respectivos orígenes culturales, Gabo convierte su muerte en una parranda mientras Thomas es un soso tacaño, incapaz de soñar con un entierro divertido en el que se gaste algún dinero extra en comer y beber a su salud (con perdón), porque, en el fondo, es el desapego al vil metal lo que diferencia a un romántico de un insulso. Si por Lynch fuera, sus familiares y amigos no beberían ni aun media pinta de esa cerveza Guinness que parece fabricada especialmente para los días de luto:
“Nada de esto me incumbe. No estaré ahí. Pero si me preguntan, éste es un consejo gratis. ¿Conocen la parte en la que todo el mundo dice que es hora de hacer una fiesta? ¿Que el muerto siempre insistía en que todos lo pasaran bien, que se tomaran unos cuantos tragos, que rieran y fueran felices? No soy uno de ellos. Creo que el viejo maestro tenía razón en esto. Hay un tiempo para bailar. Y puede ser que éste no sea uno de ellos. Los muertos no les pueden decir a los vivos lo que deben sentir.”
La verdad es que, leyendo sus deseos, no puedo menos que compadecer a sus hijos por el duro trabajo que les espera. He aquí una pequeña parte de sus caprichos para el entierro:
Quiero nieve revuelta para que la tierra se vea herida, abierta a la fuerza, sin disposición a participar. Prescindan del toldo. Expónganse al clima. Quiten de la vista la maquinaria más grande. Es una distracción. Pero que el sacristán, lleno de mugre y de indiferencia, esté a mano. Él y el conductor del coche fúnebre pueden hablar de póquer o intercambiar chistes en susurros y con caras serias mientras los clérigos hacen las recomendaciones finales. Los que se apoyan en palas y llenan huecos, así como los que se apoyan en la costumbre y en las viejas oraciones, son, cada uno, expertos en un área.
Y deben quedarse hasta el final. Eviten la tentación de una despedida cómoda en un salón, en la capilla del cementerio, al pie del altar. Nada de eso. No la eludan por el clima. Hemos ido a pescar y a partidos de fútbol en peores condiciones. No tomará mucho tiempo. Vayan hasta el hueco en la tierra. Quédense al lado. Miren dentro. Pregúntense. Y sientan frío. Pero quédense hasta que haya acabado. Hasta que esté hecho.
Sobre el tema de quienes cargan el féretro: mis queridos hijos, mi valiente hija, mis nietos y mis nietas, si es que tengo alguno. Los músculos más grandes deben estar involucrados. Los que usamos para las verdaderas cargas. Si los hombres y sus músculos son mejores para levantar, las mujeres y los músculos de ellas son mejores para soportar.
Es un trabajo para el que se requieren ambos. Así que trabajen juntos. Aligerará el peso.
Miren a mi amada como el mejor ejemplo. Tiene un corazón enorme, una vida muy rica y medicinas poderosas.
Cuando se hayan dicho todas las palabras, bájenlo. Abandonen los lazos. Dejen caer los guantes grises sobre la tapa. Empujen la tierra y terminen. Observen los tobillos de los otros, golpeen el frío con los píes, dejen que la cabeza se hunda entre los hombros, sigan mirando abajo. Allá pasará lo que va a pasar. Y cuando terminen, levanten la mirada y partan. Pero no antes de terminar.
Y si optan por la incineración, quédense y observen. Si no pueden mirar, quizás deben reconsiderarlo. Pónganse donde puedan oír la crepitación y el chisporroteo. Traten de percibir el olorcillo de los sucesos. Caliéntense las manos en el fuego. Ése puede ser un buen momento para una canción. Entierren las cenizas, la escoria y los huesos. Los pedazos del cajón que no se quemaron.
Pónganlos dentro de algo.
Marquen el lugar.
Sientan el hambre. Es de buena educación. Aliméntenlos bien. Este trabajo abre el apetito, como ir a la orilla del mar o recorrer el camino que bordea el acantilado. Después de eso, permanezcan sobrios.
Evidentemente, la contemplación del propio entierro no es nueva en la literatura; ya José Zorrilla (1817-1893) hacía mirar con detenimiento a don Juan Tenorio cómo enterraban su propio cuerpo. José de Espronceda (1808-1842), autor de El estudiante de Salamanca (obra con reminiscencias del drama Clavijo, de Goethe, cuyo protagonista es un lanzaroteño donjuanesco), obligó a uno de sus personajes, don Félix de Montemar, a asistir a su propio entierro y, ya puestos en la faena, a casarse con el espectro de su fallecida, amada y repudiada doña Elvira.
No obstante, en todas estas obras, quienes contemplan y protagonizan su entierro son personajes ficticios, no los propios autores. Ni siquiera Edgar Allan Poe (1809-1849), gravemente afectado de tapefobia, describió su entierro, a pesar de haber escrito en primera persona el relato Enterrado vivo y La caída de la Casa de Usher.
No quiero finalizar estas líneas sobre la muerte de forma dramática, sino a la manera festiva de Gabo, celebrando nuestra futura muerte mientras podamos, que es ahora, cuando seguimos vivos. Para ello, nada mejor que sonreír con alguien que también escribe sobre el propio entierro –el nuestro, naturalmente, no el suyo–. Me refiero al insigne adivino español Rappel, el cual, en la entrada correspondiente de su libro Sueños, significados e interpretación, explica con su particular sintaxis:
Entierro: […]. Para soñar que usted está siendo enterrado vivo, sugiere que usted está siendo socavada o silenciados, de alguna manera.
El mismo personaje, si uno escribe la palabra entierro en el buscador de su página web, contesta:
En ese momento puedes estar a punto de tener una crisis emocional, y padecer una depresión. Si te llegan a enterrar, tardará en pasar esa crisis, y te ayudarán médicos, o terapias. Si te ves resucitar, te curarás por ti mismo en poco tiempo. Si ves que te llevan a hombros, te van a hacer un homenaje por algo destacado de tu trabajo.
Lo cual tampoco está tan lejos del cuento prematuramente enterrado por Gabriel García Márquez en una papelera.
Reybocop en Botsuana
La familia real española tiene suerte. Mientras los descendientes de las jubiladas monarquías francesa, italiana o austríaca han de cuidarse por sí mismos, los Borbones cuentan con unos súbditos que los cuidan tiernamente, conscientes de que si los dejaran solos no serían capaces de manetenerse completos ni una semana. Y a los españoles les chifla tener reyes. ¿Recuerdan cuando y por qué los madrileños salieron a recibir a su deseado Fernando VII de Borbón gritando ‘vivan las caenas’, en 1814? Claro que, hoy, lo adecuado sería gritar ¡vivan las caídas!
Dada esta real hinchada, uno debe ser consciente de que escribir sobre los reyes españoles, aunque se trate de don Pelayo o de don Recaredo, le puede acarrear animadversiones. Máxime, haciéndolo en la misma fecha del aniversario de la II República Española, aunque uno no sea republicano. Yo, por ejemplo, mientras escribía estas líneas pensaba: ¿Y si se enfada Santiago Carrillo, que se ha declarado juancarlista o si llega a leerlo monseñor Rouco Varela o el obispo de Valladolid y me excomulgan? ¿Y qué podría pensar don José Rodríguez, el director de un periódico canario, que se ha declarado independentista, monárquico y fan del partido popular, a la vez?
Sin embargo, confieso que no pude resistir la tentación de continuar dándole al teclado, por dos razones: la primera es que estoy de baja médica en casa y a estas horas todavía no ha aparecido nadie a alegrarme o a fastidiarme el día y, la segunda, porque no puedo quitarme de la cabeza que desde el más pequeño borboncito hasta el más viejo, han demostrado ser unos patosos. Tengo la seguridad de que la familia real española ha gastado más en medicinas, operaciones y abogados durante los dos últimos años que cualquier familia enclenque y de clase media a lo largo de dos generaciones.
Menos mal que para reinar no hace falta estar sano, ni articular un discurso coherente elaborado por uno mismo, ni saber caminar sin ir dándose golpes en las puertas, ni respetar a los elefantes en lugar de ayudar a exterminarlos, ni aun tener huesos propios en el cuerpo. Incluso un Reybocop puede reinar en España y ser aplaudido por el celtíbero pueblo cuando asiste a los desfiles patrióticos y, muleta en mano, sonríe toreramente en el papel couché de la revista Hola.
Naturalmente, en España no reina Reybocop, porque a Juan Carlos todavía le queda algún hueso sano (aunque yo no sabría decir cuál) y sus escopetas sólo las usa para cazar osos y elefantes. Lástima que no piense en dejar algún animalito vivo para que sus nietos también sientan la tierna emoción de descerrajarles un tiro entre los ojos. Por cierto, ¿quién le regalaría la escopeta a Froilán, en esta familia tan aficionada al pim-pam-pum?
Por lo pronto, ahí tienen a Froilán, el tierno retoño, ingresado en un hospital con un pie lleno de perdigones más ilegales que los millones de su tío Iñaki (presuntamente). Pronto empieza. Menos mal que todavía no ha entrado en vigor el copago en Madrid. Sí, menos mal, porque con el recorte (quiero decir el ajuste) en la asignación económica real, no les alcanzaría para la factura médica y los 300 € de la multa por portar armas ilegalmente (más barato que conducir un coche sin carnet). Claro que siempre podrían recurrir a alguna ONG o a Telefónica.
Incluyo aquí una agendilla con un pequeño resumen de los accidentes del rey de España, en las tres últimas décadas. Como podrán apreciar, siempre se accidentó mientras trabajaba, lo cual nos llena de orgullo y de satisfacción a la reina, al rey y a un servidor.
2012
El rey fue operado en Madrid porque se rompió la cadera mientras cazaba elefantes en Botsuana.
2011
El rey sufrió un accidente doméstico, dándose un golpe con una puerta en el ojo izquierdo y la nariz. Recibió a diplomáticos extranjeros con la cara vendada.
2010
Numerosas operaciones articulares y musculares.
1995
El coche le resbaló cuando volvía de esquiar en Candanchú. Resultado: fisura en su mano derecha que debe ser escayolada.
1998
Accidente mientras esquiaba en Baqueira Beret.
1991
Accidente en Baqueira Beret, por esquiar: fractura de meseta tibial externa, con operación y muletas incluidas.
1989
Accidente en los Alpes mientras esquiaba.
1988
Cacería en Suecia: se golpeó brutalmente un ojo con una rama.
1983
Mientras estaba esquiando en Suiza, una caída le produjo una fisura de pelvis. Desde entonces, su movilidad es limitada.
1981
Golpe contra una puerta de cristal cuando iba a la piscina. Resultado: heridas en el muslo, tórax, etc. y corte de un nervio en el antebrazo.
1980
El rey se cae al bajar de un tanque de la División Acorazada Brunete, en Zaragoza. Resultado: un codo vendado. Es de reseñar que éste es el único accidente que podría ser considerado de trabajo, aunque a mí el médico no me hubiera dado ni la baja laboral.
Antes de 1980
Mejor será no removello ni meneallo.
Mis 13 razones para sentirme satisfecho por tener pasaporte español
Anoche, cenando con una amiga y su hijo adolescente, me enteré de que ambos abrigaban la sana intención de cambiar el pasaporte belga del muchacho por uno español. Aunque lo dijo en tono normal, creo que se dio cuenta de que a mí se me abrían mucho los ojos por la sorpresa. Durante la sobremesa, hablamos largo rato sobre el asunto, sopesando pros y contras de llevar a cabo esta decisión.
Finalmente, sin la menor intención de molestar al chico ni a su madre, se me ocurrió decirles cuáles eran las 13 razones principales que me colman del sano y santo orgullo de ser portador de un pasaporte español:
- Porque llevo ya más de un año sin haber perdido el susodicho pasaporte, batiendo todos mis records y ahorrándome la multa habitual que me cae por renovarlo.
- Porque España ha sido capaz de mantener la mejor liga de fútbol del mundo, a pesar de que los clubs deben mil millones de euros a Hacienda.
- Porque los futbolistas cobran cada día más, a pesar de que los profesores y los médicos ven disminuir sus ganancias.
- Por pertenecer a uno de los países pobres más ricos o de los países ricos más pobres. Vaya usted a saber.
- Porque habiendo salido la televisión del franquismo casposo en que nació ha logrado superarse a sí misma, alcanzando en nuestros días las más altas cotas de basura mediática.
- Porque el señor presidente jamás sería capaz de engañarme respecto a las subidas de impuestos.
- Porque España tiene las tarifas eléctricas más baratas de Europa, por mucho que sus ciudadanos paguen la factura más alta.
- Porque los abnegados bancos españoles emplean el dinero que les regala el gobierno en salvar a las pobres cajas de ahorro (las cuales se han ido a la ruina por ayudar a los ciudadanos más necesitados, como todos sabemos).
- Porque España ganó el pasado Mundial de Fútbol y, si fuera preciso para salir de la crisis, ganará el próximo. Y de ahí comeremos todos.
- Porque el Gobierno ha reconocido que el petróleo de las Islas Canarias es mejor que el de Valencia y, además, contamina menos.
- Porque el 29 de marzo los diputados del PSOE se solidarizaron con los trabajadores haciendo huelga doble: decidieron ir a trabajar, declarándose en huelga respecto a la huelga. Que Dios los bendiga, porque en ellos está nuestra salvación.
- Porque los diputados y senadores españoles, unidos como una piña, jamás votarán por subir la edad de la jubilación ni el tiempo de cotización… en los cargos políticos.
- Porque todavía no se le ha ocurrido al PP imprimir el toro de Osborne en la cubierta del pasaporte español.
.
Canarios de Luisiana: sobre cuando José Alfonso se vistió de mujer y asistió a un baile en Delacroix Island
José Alfonso, con su peculiar sentido del humor, cuenta qué sucedio la noche de carnaval en que se vistió de mujer y asistió a un baile en Delacroix Island, Luisiana.
Este documento audiovisual sube por vez primera a Internet. Se trata de un testimonio etnográfico y lingüístico de primer orden.
Canarios de Luisiana: un viejo vídeo conmovedor
Frank Fernández era un Isleño canario de Luisiana. Trabajó largos años como maestro, en San Bernardo, y fue nombrado Historiador Emérito, cargo que desempeñó dignamente hasta su muerte.
Su principal labor consistió en devolverle la identidad a sus conciudadano que aún hablaban el español de sus antepasados canarios, pero muchas familias habían olvidado su procedencia. Incluso, muchos creían que los llamaban Isleños (Islanders) porque vivían en un pueblo pescador denominado Delacroix Island.
Frank recopiló historias, transcribió las décimas que seguían cantando los pescadores y entrevistó a cuanta gente pudo. Con una humilde cámara VHS, se sentaba con los Isleños y les hacía hablar de sus recuerdos, de sus inquietudes, de sus tradiciones, de sus supersticiones,… La labor etnográfica llevada a cabo por Frank Fernández en su comunidad es impagable.
Afortunadamente, llegué a San Bernardo poco antes del huracán Katrina y pude obtener algunas copias de los mencionados vídeos que custodiaba una institución. Luego, vino la inundación y todo se perdió en aquellas tierras siempre amenazadas por las aguas y el viento.
.
IRVÁN PÉREZ
Después del paso de Katrina, que como si se tratara de un cometa letal dejó tras de sí un largo rastro de muerte, uno de los desparecidos se llamaba Irván (Irving) Pérez. Era una persona mayor, amable, dotado de una magnífica memoria y de gran sensibilidad que le convertía tanto en un excelente artesano y como en un cantador de décimas isleñas. Lo conocí y lo entrevisté, tanto en su casa como en otros lugares.
EL VÍDEO
En el vídeo que hoy les ofrezco no aparezco yo como entrevistador, sino Frank Fernández junto a Irván Pérez y a otros dos Isleños, un pescador llamado José Alfonso y un primo de Irván, conocido por “Junior”.
Este documento audiovisual –cuyas imágenes no son excelentes y, a veces, se notan desincronizadas con el sonido– sube por vez primera a Internet. Se trata de un testimonio etnográfico y lingüístico de primer orden. He creído que no tengo el derecho a no darlo a conocer porque, al fin y al cabo, es un patrimonio de la humanidad que debe ser compartido. Juzguen ustedes mismos.
EL CONTENIDO DEL VÍDEO
Tras las presentaciones de los tres entrevistados, cada uno se ubica respecto a la comunidad isleña en San Bernardo. Entendiendo el territorio de San Bernando como el Parish, es decir, la parroquia o término municipal, con sus diferentes barrios y caseríos: Chalmette, Delacroix Island, Violet, Yscloskey, Regio, etc.
Después, se habla de la escuela. ¿A dónde quería ir a parar Frank con estas preguntas? En primer lugar, a dejar constancia de que la mayoría de los Isleños no hablaban inglés. Después, recordar que, siguiendo un plan federal, se obligó a todos los niños a aprender el inglés en la escuela, prohibiéndose hablar español en la misma. Era una política que trataba de homogeneizar la cultura estadounidense por las bravas y que causó más problemas que integración.
A partir de estas preguntas y respuestas, muchas veces llenas de la gracia natural de José Alfonso, nos enteramos de otras cosas. Por ejemplo, que no se otorgaban certificados matrimoniales a quien no supiera inglés. Es decir: si quieres casarte, aprende inglés primero, Y que de todos los chicos que vivían de Delacroix Island ¡solamente se había casado uno! Algo que no era tan extraordinario, pues el matrimonio no era una de las costumbres más arraigadas en la comunidad. Por eso José tuvo que buscar pareja como pudo.
Las alusiones a la “trapería” (castellanización de “trapper”, cazador de pieles o trampero) se refieren a la caza de ratas almizcleras. A esta actividad se dedicaban muchos Isleños que pasaban muchos días fuera de su casa, instalados en una miserable choza, rodeada de pantanos, mosquitos y caimanes.
ESTA ENTREVISTA CONTINÚA EN OTRO VÍDEO
Al final, se hace alusión a una fiesta de carnaval en la que José Alfonso se vistió de mujer. Resultó un suceso muy gracioso que, por otra parte, recuerda las costumbres carnavaleras llevadas por sus antepasados canarios. Lo veremos en un próximo vídeo, contado por su protagonista.
La leyenda de la Ciudad del Conde de la Vega y Edgar Allan Poe
Unas veces, las leyendas se alimentan de realidades y, otras, de sueños. La Ciudad del Conde tiene una base histórica y gran parte de lo que se cuenta en ella es verídico.
Hace años, la incluí en un libro que recopila leyendas de las Islas Canarias, porque, además de parecerme interesante por sí misma, le encontré algo muy curioso: la visión del conde se asemejaba mucho a unos párrafos de cierta narración debida al escritor norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849), titulada Un cuento de las Montañas Escabrosas.
Como he colocado esos párrafos a continuación de la leyenda, sobra cualquier otro comentario, excepto recordar que tanto el conde como el pueblo despertaron sin tener a su alcance el dinosaurio de Monterroso, la flor de Coleridge o la ciudad soñada… ¿o, tal vez, discrepando de Novalis y Poe, debemos creer que jamás despertaron?
.
“El valle de Los Balos, en el municipio de Agüimes, en Gran Canaria, está limitado por una cordillera de montañas. Durante mucho tiempo, sobre este lugar, cada día de San Juan, reuníase un numeroso grupo de gente que pasaba la jornada mirando fijamente al valle. Se esperaba contemplar una visión milagrosa que lamentablemente nunca se presentó. Los que allí acudían no eran locos ni tontos, sino continuadores de una tradición que comenzó hace casi trescientos años.
Verán. Vivía entonces en la isla de Gran Canaria el Conde de la Vega. No agobiaba el trabajo a este buen señor y disponía, como todos los lindos condes de este feo mundo, de innumerables horas libres para aburrirse. Y para divertirse también, claro, porque una cosa lleva a la otra. Uno de sus pasatiempos favoritos consistía en dar largos paseos a caballo para medir sus tierras porque, siendo parte de una isla y estando mojadas por las olas, bien podrían encoger. Aquella tarde de San Juan, poco antes del oscurecer, cabalgaba el conde en una yegua torda por el camino real que cruza Los Balos.
Encontrábase el conde en un risco, sobre el valle, contemplando aquel terreno yermo, cuando le vino a la memoria una visita que había recibido no hacía muchos días. Se trataba de un aparcero que expulsó de aquellas tierras, porque habíale fallado en los pagos. Recordaba el jinete cómo la joven mujer del aparcero había tenido el descaro de arrodillarse y abrazar sus rodillas para rogarle piedad. Díjole la descarada joven que habían tenido una mala cosecha, que apenas había llovido, que debía alimentar a cuatro niños… El conde de la Vega suspiró. Normalmente, era su apoderado quien se ocupaba de estos asuntos, pero aquel día se encontraba de fuera. De cualquier manera, había zanjado el conde aquella contrariedad, tal como tenía que zanjarla, y aquellos insolventes ya estaban fuera de su finca. Pero ahora se encontraba con que debía buscar un nuevo aparcero para los terrenos.
Bajose de la yegua y fuese a sentar en una piedra el conde. Meditando, meditando, dejó rodar sus ojos sobre el valle de Los Balos. Súbitamente, este valle seco y árido se transformó en una oasis hermosísimo con casas de estilo árabe y palmeras, cuyas hojas bailaban con la brisa. Estupefacto se frotó los ojos. Pero la visión no se esfumaba. Pellizcose una mano y las mejillas después. Nada, la ciudad era más terca que su incredulidad y allí continuaba plantada. No, no parecía un sueño. Aquella visión aparentaba ser tan sólida como los hierbajos que tenía a sus pies, como su yegua torda, como él mismo y como su corazón. Delante suyo se extendía un fértil oasis rebosante de maravillosos edificios.
El conde viajaba con frecuencia al extranjero; sin embargo, nunca en su vida había visto algo tan hermoso. Su enfado con el aparcero desapareció y sus mejillas se humedecieron con las lágrimas que escaparon de sus ojos ante visión tan sublime. De pronto, se sintió impulsado a mostrar su ciudad al resto del mundo. Subiose a la montura y galopó para contar a todos el portento que había aparecido en sus propiedades. Nadie creyó al conde una sola sílaba de lo que contó pero, con curiosidad malsana, le siguieron hasta el lugar donde había visto el espejismo.
Cuando llegaron, aquel seco valle de Los Balos ofrecía su aspecto de siempre, es decir, un erial improductivo. La gente miró al conde con más asombro que sorna. Lo conocían como hombre realista, frío e inteligente; como un déspota de tomo y lomo, incluso, pero no como un soñador o un visionario. De modo que a todos parecioles extraño aquel suceso y no alcanzaban a entender cuál sería el beneficio que obtendría el conde de tamaña mentira. Alguno fue capaz de insinuar, en voz baja, que la visión del señorito era consecuencia de su arrepentimiento por los abusos cometidos con los aparceros pero, únicamente, provocó las risas de los presentes.
El Conde de la Vega insistía en que él había visto una bellísima ciudad en el valle y, como no se le notaba otro signo de locura, la gente fue admitiendo su historia hasta darla por cierta. Nada hace más creíble algo increíble que la repetición machacona y la apariencia adinerada de quien lo cuenta.
Llegado el día de San Juan del siguiente año, el conde estaba seguro de que su visión se repetiría. Para evitar que le sucediese lo mismo que en la ocasión anterior, invitó a todo el pueblo a una comilona en los riscos que se hallan sobre el valle de Los Balos. Así, habría testigos de cuanto sucediera. También llegaron sus amigos de la ciudad, sobre todo militares, clérigos, inquisidores y comerciantes. Los aristócratas declinaron la invitación con delicadeza y los poetas, finalmente, no fueron invitados por temor a que compusieran alguna sátira si la ciudad mágica no aparecía.
Allí se cantó, se bailó, se bebió e, incluso, se dijo alguna palabra mal dicha o mal interpretada; hubo sus más, sus menos y escapose alguna torta; pero visiones no hubo. Ninguna calle apareció en el valle Los Balos, ni plazas, ni jardines, ni cúpulas, ni palacios, ni casas ni aun una sola piedra de la ciudad encantada fue vista. Nada. El conde quedose con un palmo de narices y la gente fuese a su casa contenta por la buena comida, aunque algo decepcionada por no lograr ver la ciudad de las palmeras.
Mientras vivió, al llegar el día de San Juan, el Conde de la Vega continuó invitando al pueblo de Agüimes al valle de Los Balos para comer, beber, bailar, pelear y ver la maravillosa ciudad que nunca aparecía. Cuando murió el conde, acabáronse los obsequios de bebidas, pero la gente del pueblo continuó la tradición de ir por San Juan al valle de Los Balos a darse una comilona mientras esperaba que la misteriosa ciudad apareciera.”
(Manuel Mora Morales: Mitos y leyendas de las Islas Canarias)
.
“Era su costumbre tomar una dosis muy grande todas las mañanas inmediatamente después del desayuno, o más bien después de una taza de café cargado, pues no comía nada antes de mediodía, y luego salía, solo o acompañado por un perro, en un largo paseo por la cadena de salvajes y sombrías colinas que se alzan hacia el suroeste de Charlottesville y son honradas con el título de Montañas Escabrosas.
Un día oscuro, caliente, neblinoso de fines de noviembre, durante el extraño interregno de las estaciones que en Norteamérica se llama verano indio, Mr. Bedloe partió, como de costumbre, hacia las colinas. Transcurrió el día, y no volvió.
A eso de las ocho de la noche, ya seriamente alarmados por su prolongada ausencia, estábamos a punto de salir en su busca, cuando apareció de improviso, en un estado no peor que el habitual, pero más exaltado que de costumbre. Su relato de la expedición y de los acontecimientos que lo habían detenido fue en verdad singular.
«-Recordarán ustedes -dijo- que eran alrededor de las nueve de la mañana cuando salí de Charlottesville. De inmediato dirigí mis pasos hacia las montañas y, a eso de las diez, entré en una garganta completamente nueva para mí. Seguí los recodos de este paso con gran interés.
[…] »Absorto, caminé durante varias horas, durante las cuales la niebla se espesó a mi alrededor hasta tal punto que al fin me vi obligado a buscar a tientas el camino. Y entonces una indescriptible inquietud se adueñó de mí, una especie de vacilación nerviosa, de temblor. Temí caminar, no fuera a precipitarme en algún abismo. Recordaba, además, extrañas historias sobre esas Montañas Escabrosas, sobre una raza extraña y fiera de hombres que ocupaban sus bosquecillos y sus cavernas. Mil fantasías vagas me oprimieron y desconcertaron, fantasías más afligentes por ser vagas. De improviso detuvo mi atención el fuerte redoble de un tambor.
[…] »Al fin, extenuado por el ejercicio y por cierta opresiva cerrazón de la atmósfera, me senté bajo un árbol. En ese momento llegó un pálido resplandor de sol y la sombra de las hojas del árbol cayó débil pero definida sobre la hierba. Pasmado, contemplé esta sombra durante varios minutos. Su forma me dejó estupefacto. Miré hacia arriba. El árbol era una palmera.
[…] El calor tornóse de pronto intolerable. La brisa estaba cargada de un extraño olor. Un murmullo bajo, continuo, como el que surge de un río crecido pero que corre suavemente, llegó a mis oídos, mezclado con el susurro peculiar de múltiples voces humanas.
»Mientras escuchaba en el colmo de un asombro que no necesito describir, una fuerte y breve ráfaga de viento disipó la niebla oprimente como por obra de magia.
»Me encontré al pie de una alta montaña y mirando una vasta llanura por la cual serpeaba un majestuoso río. A orillas de este río había una ciudad de apariencia oriental, como las que conocemos por las Mil y una noches, pero más singular aún que las allí descritas. Desde mi posición, a un nivel mucho más alto que el de la ciudad, podía percibir cada rincón y escondrijo como si estuviera delineado en un mapa. Las calles parecían innumerables y se cruzaban irregularmente en todas direcciones, pero eran más bien pasadizos sinuosos que calles, y bullían de habitantes. Las casas eran extrañamente pintorescas. A cada lado había profusión de balcones, galerías, torrecillas, templetes y minaretes fantásticamente tallados. Abundaban los bazares, y había un despliegue de ricas mercancías en infinita variedad y abundancia: sedas, muselinas, la cuchillería más deslumbrante, las joyas y gemas más espléndidas. […]. Por eso Novalis no se equivoca al decir que “estamos próximos a despertar cuando soñamos que soñamos”. Si hubiera tenido esta visión tal como la describo, sin sospechar que era un sueño, entonces podía haber sido un sueño; pero habiéndose producido así, y siendo, como lo fue, objeto de sospechas y de pruebas, me veo obligado a clasificarla entre otros fenómenos.”
(Edgar Allan Poe: Un cuento de las Montañas Escabrosas)
La Ley, Strauss-Kahn y Jim Morrison

Las leyes, además de mostrar las ambiciones de los legisladores, nos ayudan a contabilizar los defectos humanos. Desde la segunda edición* de las famosas Tablas de la Ley, de Moisés, hasta los artículos que regulan los límites de velocidad en carretera podemos encontrar una buena muestra de ello. Ninguna ley prohibiría matar, si no hubiera homicidas entre los ciudadanos ni preservaría a los legisladores con la inmunidad parlamentaria en delitos contra la propiedad, si los diputados no delinquiesen con tanta frecuencia. Por esta razón, siempre me ha infundido un asombro considerable contemplar el tamaño del Código Civil o del Código Penal, ¡y no digamos nada del Código de Derecho Canónico, sobre todo a partir del Libro VI! Ellos parecen ofrecernos la mejor evidencia del mal comportamiento social de la raza humana.
¿De verdad nuestros vecinos (porque nosotros somos unos angelitos) son tan canallas como para precisar de tantos límites a su conducta? Uno trata de encontrar razones para pensar lo contrario; pero, finalmente, se rinde a la evidencia y concluye que sí es posible, sobre todo si se trata de los vecinos del décimo y del noveno izquierda.
Lo que sucede, en realidad, es que a estos dos vecinos no les alcanza el Código Penal ni siquiera el Civil porque sus delitos están fuera del segmento legal en que los pringados de los pisos bajos somos duramente castigados. Este segmento, en lo referido a los delitos de apropiación indebida de lo ajeno, va desde unas cuantas decenas hasta unos pocos millones de euros. Si delinquimos por una cantidad menor o mayor, tengamos la seguridad de que nadie nos tocará un pelo. Sobre todo si es por arriba. Ya lo dijo Ruiz Mateos, en términos parecidos a los siguientes: el que ha robado más de mil millones y va a la cárcel es porque quiere.
Ahora bien, dicho lo anterior, reflexionemos sobre el ex Director del Fondo Monetario Internacional, Dominique Gaston André Strauss-Kahn, sobre su multimillonaria señora y sobre la chica de la limpieza impresuntamente violada. Y comparemos su caso con el del fundador de Wikileaks, Julian Assange (que hoy cumple 40 añitos), y sus todavía (y lo que te rondaré, morena) presuntas víctimas suexuales. Supongamos por un momento (yo lo llevo suponiendo desde hace muchas semanas) que ambos son inocentes y preguntémonos cándidamente: ¿Se puede comparar el segmento de la agresión sexual con el del choriceo o mamoneo (con perdón, en ambos casos) económico? ¿Influirá el dinero de sus respectivas cuentas corrientes (¿corrientes?) en el resultado judicial? Y, en todo caso, ¿cuál de los dos personajes va a ser declarado inocente primero?
La respuesta, Dylan dixit, está en el viento. Pero hasta la propiedad del viento, como la de tantas otras cosas, la hemos depositado en manos de Sus Señorías y ellas son quienes la determinan en cada caso, según el dinero sople del Este o del Oeste. De modo que en estos tiempos la esperanza de contar con una Justicia justa camina descalza por el filo de un amanecer, esperando, ¿en vano?, que un día salga el sol igual para todos.
Hoy tampoco será ese día, pero se cumplen 40 años de la muerte de Jim Morrison, el vocalista de The Doors, y, aunque pequemos de naïf, no creo que sea malo escuchar, de nuevo, su canción Waiting for the Sun.
_____________
Nota: La primera edición fue víctima de un ataque de furia de Moisés, según la Biblia. Al llegar al monte Sinaí, Moisés lo escaló para hablar con Dios. Pero, al ver que tardaba muchos días, el pueblo hebreo le pidió a Aarón que les hiciera “dioses que marchen delante de nosotros”. Aarón accedió y con los piercings de oro fundió un ídolo con forma de becerro. Los hebreos lo adoraron y le ofrececieron sacrificios. Tras cuarenta días, Moisés bajó del monte Sinaí con dos tablas de piedra, en las que estaban escritos los Diez Mandamientos. Al ver que los hebreos estaban adorando al becerro de oro, se enfadó y rompió las tablas. Luego, convirtió en polvo al becerro de oro. Este polvo lo esparció en el agua y como castigo hizo beber a su pueblo de esa agua con el oro flotando, en un tiempo en que aún no se había inventado el Almax. Posteriormente, Moisés volvió a subir varios días al monte y regresó con dos planchas de piedra iguales a las primeras, con otros Diez Mandamientos.
A propósito del Barça-Madrid, o ¿El fútbol es la continuación de la religión por otros medios?

Podría afirmarse, parfraseando a Karl von Clausewitz, que el fútbol es la continuación de la religión por otros medios. Y es que las creencias deicistas que antaño dominaron el mundo, ahora son pecata minuta, comparadas con el deporte rey. Caído Osama Bin Laden, el último profeta con fundamento, las almas que penan en este valle de lágrimas quedan por completo en manos de la Fifa (he dicho Fifa y no Cia, ¿Ok, Obama?).
Los últimos fieles que intentan servir a sus dioses y al fúbol, al mismo tiempo, se ven en la imposiblidad de contemplar en directo los partidos de los fines de semana. Tarde o temprano, como sucedió en el Imperio Romano, abandonarán las antiguas creencias para entregarse en cuerpo y alma al Fútbol con mayúscula. Ya lo están haciendo, y en desbandada. Lo harían aunque tuvieran que ofrecer votos de castidad.
¿Cómo puede competir la calva de San Pedro con la de Guardiola o el mal genio del arcángel San Miguel con el de Mouriño? Y los once apóstoles (Judas, ya se sabe, siempre está en el banquillo) no les llegan ni de lejos al Manchester o al Barça. Un tiro inspirado de Leo Mesi equivale a cien milagros de San Antonio y tres regates de Cristiano Ronaldo dejarían sentado al propio Santo Domingo y al resto de inquisidores que en el mundo han sido. Pronto perderán también por goleada Budas, Alá, Jehová y Manitú.
Es cierto que resistieron frío, nevadas, tormentas de arena, monzones y estampidas de búfalos durante años, siglos y milenios. Que sus eremitas jugaron a los chinos con el diablo, desde el Himalaya hasta el Gran Cañón, y le ganaron partida tras partida. Que celebraron misas de pascua sobre ballenas, cuando no se sumergían confortablemente instalados en sus estómagos; como el bueno de Jonás, precursor del capitán Nemo…
No obstante, todo eso queda en simples naderías frente a un partido Madrid-Barça para la copa de Europa. ¿Cuándo tuvo un santo –o, incluso, una virgen– una audiencia de 200.000 espectadores, frente a frente, y millones sin cuento en la tv digital? ¿cuándo? Dígame usted cuándo.
Las mujeres han abandonado los velos, las sotanas tan sexys de los curas (dígame usted qué otro vestido masculino tiene una bragueta tan larga) y la beatería para sentarse frente al plasma, con un Vitalínea en cada mano, berreándole al pobre televisor como si se tratara de su propia pareja o su hijo adolescente. Ya lo había dicho sabiamente Holly, la heroína de Truman Capote:
“Los hombres no saben hablar de casi nada. A los que no les gusta el baseball, les gusta los caballos, y si no les gusta ninguna de las dos cosas, bueno, seguro que me he metido en un buen lío: tampoco les gustan las chicas.”
Aunque ha cambiado la época y a la mayoría que ve fútbol tampoco le gustan las chicas, lo cierto es que Holly se instruía en su biblioteca particular, en la que únicamente había libros de caballos y de fútbol, para poder mantener algún tipo de conversación con sus admiradores. Se ve que en la actualidad ha subido el nivel cultural y ya son muchas las mujeres que siguen su ejemplo. Una vez finiquitado el Santo Rosario, por fin, la familia ha encontrado en el fútbol un tema interesante para comunicarse y ser feliz. Además de propiciar la igualdad de género, claro.
La verdad, yo confieso que a estas alturas me repatean los caballos y aun los malditos camellos y, respecto al fútbol, cambio la final de la Copa del Mundo por un concierto de Shakira o de alguna prima suya. Aunque me temo que pronto, si quiero entablar conversación con alguna mujer, voy a tener que suscribirme al Marca, porque cada vez quedan menos que no te pregunten ¿Y tú, de qué equipo eres?
Los chistes que desternillaban a nuestros bisabuelos o el “más cuentos que Calleja”

Saturnino Calleja fue un editor que vendió innumerables ejemplares de cuentos para niños. A partir de 1876, comienzan a publicarse los Cuentos de Calleja, libritos muy baratos que contenían la traducción de obras infantiles ya publicadas en otros países. Tal fue su popularidad que pasó al lenguaje popular con una frase que ha llegado a nuestros días.
–Tiene más cuentos que Calleja –se dice de quien va contando mentiras por el puro placer de contarlas, para vendernos algo o, tal vez, para disculparse con historias inverosímiles.
La editorial de Saturnino Calleja se convirtió en un excelente negocio, especializado en la venta de libros baratos, de manera que pudo llegar a los rincones más alejados. Entre las obras que editó no podían faltar las recopilaciones de chistes.
Uno de esos ejemplares fue reeditado, como facsímil (es decir, presentándolo igual que la edición original), en el año 2010, por la vallisoletana editorial Maxtor. Se trata de una obrita con tamaño similar a una postal, 316 páginas, encuadernada en rústica, con algunos grabados en el interior y una sobrecubierta de papel. Su título es “Libro de los Chistes”, seguido de este largo subtítulo: “Floresta de la risa, repertorio de la sandunga. Agudezas gallegas, andaluzas y baturras. Gedeonadas, patochadas y burradas del género humano, recogidas por esos mundos de Dios, para curar a los hipocondríacos, amansar a los cascarrabias y tonificar a los biliosos.” Sigue la siguiente aclaración: “Edición ilustrada con dibujos muy monos.”
Leer estos chistes, ciento treinta y cinco años después, es un excelente ejercicio para medir el avance de los derechos humanos, si adoptamos un punto de vista optimista, o para determinar la brutalidad de nuestros antepasados. El papel de la mujer, la violencia de género, el maltrato a la infancia, el racismo hacia negros, árabes y gitanos, la xenofobia, etc. se reflejan en cada página para que los piadosos lectores se mueran de risa. Bueno, morirse no; siempre que sigan los consejos que tan sabiamente ofrece el prólogo.
“Un libro que sólo tiene por objeto hacer reír o hacer que el tiempo se pase agradablemente, no necesita prólogo –dirá el discreto lector– pero ¿y si no preparamos su ánimo y se excede leyendo, sin preocuparse de otra cosa que de reír mucho, y por tal exceso pierde la salud?”
Las siguientes prendas satisfarán de sobra el morbo de quienes tengan la curiosidad de conocer el contenido de estos chistes de Calleja.
–¡Tilín, tilín!
–¿Quién es?
–¿Está el señor de Pérez?
–Sí, señor, pero no se le puede ver porque está ocupado.
–Lo siento. ¿Conque está ocupado?
–Sí, señor: está pegando a la señora.
Decía un moro a un andaluz:
–¿Qué harías si te cortaran la cabeza?
–¡Tonto! Cortar la tuya en seguida, y ponérmela.
–Entonces serías moro.
–¡Ca! ¿No comprendes tú que la bautizaría antes?
Un portugués más bravo que Roldán, jefe del barco que se llamaba El terror de los mares, decía cuando se encontraba solo:
–No me atrevo a mirarme al espejo, porque me espanto a mí mismo.
–Señor mío —decía un español que disputaba con un extranjero,– déjeme usted en paz, que no tengo ganas de hablar con brutos.
El extranjero se echó a buscar una expresión conveniente, y, satisfecho por haberla encontrado, respondió:
–¡El que habla con brutos es usted!
Casi no me atrevo a hacer la siguiente reflexión final: A juzgar por los chistes que se cuentan en la televisión, en los bares, en los hogares y en los centros de trabajo, ¿hemos avanzado tanto o, si levantamos un poco las alfombras mentales, encontramos los mismos pensamientos bellacos de siempre?
Historia del pulpo Paul y su extraña abducción

Nació y se crió cerca de una playa, en la parte alemana de Úsedum, una isla cuya mitad oriental pertenece a Polonia. Se llamaba Paul. Su tía Anni siempre pensó que tenía demasiadas piernas.
—No es que te lo eche en cara, sobrino, pero habrás de reconocerme que tienes demasiadas piernas.
El jovencísimo Paul intentaba no prestar atención a la tía Anni. Cuando miraba sus extremidades inferiores es cierto que las encontraba un poco largas y quizás musculadas en exceso. Sin embargo, muchos de sus amigos no diferían demasiado en lo que a remos se refiere y a nadie se le ocurría restregárselos en las narices. Cada cual es producto de su ADN, se decía a modo de consuelo. Según su hermana Paulina, la afición que cobró al fútbol comenzó a fraguarse debido a esa obstinación de la tía Anni con las piernas.
Todo lo que sé de Paul lo conozco a través de su hermana Paulina. Me la presentaron en mayo de 2008, en una reunión de amigos celebrada después de la proyección de la película “Alexandra”. Ambos asistíamos a un festival de cortometrajes celebrado en Oberhausen. Al día siguiente, tuvimos una cita en el centro sumarino SeaLife. Ella me había confesado que le fascinaban las profundidades oceánicas y quise tener un detalle galante. Estábamos sentados en una de las cafeterías de esta especie de parque.
—Paul comenzó a obsesionarse también —me confesó Paulina cuya lengua se iba soltando a medida que me tomaba confianza—. Fue algo sumamente extraño, porque nadie notó un cambio en sus actitudes, ni siquiera él mismo. Los vínculos debieron establecerse a niveles inconscientes en su mente juvenil.
Recuerdo perfectamente que cuando Paulina cruzó sus piernas no pude evitar una mirada ávida hacia aquellos miembros largos y exquisitos que se extendían ante mí. Probablemente, a la tía Anni no le faltaba razón respecto a las extremidades de su familia. Cenar con Paulina, pensé sin venir a cuento, debe ser algo maravilloso. No sé por qué entonces me vino a la mente que un vino blanco, seco y ligeramente afrutado sería el complemento ideal para aquella cena que me estaba taladrando la cabeza. No obstante, pedí cerveza, procuré ocultar mis inconfesables apetitos y moví la cabeza para animarla a continuar.
—La conexión piernas-fútbol quedó establecida en los niveles más profundos de su conciencia. Realmente, mi hermano se convirtió en un caso que habría cambiado las conclusiones de Lacan respecto al lenguaje. Verás, a partir de la pubertad, Paul no se perdió un solo partido de fútbol al que pudiera asistir personalmente y, en último término, lo veía televisado.
—¿Pero a esa edad iba él solo al estadio? —le pregunté sorprendido.
—No —cloqueó más que se rió ella—. Siempre lo llevaba algún amigo. No sé cómo se las arreglaba para que alguien cargara con él hasta un campo de fútbol, le pagara un buen sitio y lo invitara a beber algo más que un vaso de agua. Paul era un verdadero artista en enrollarse para lograr lo que deseaba. Mi madre se partía de risa mientras le preguntaba cómo hacía para que los muchachos y hasta la gente mayor del barrio lo adoptaran como una auténtica mascota.
—¿Y qué contestaba tu hermano?
—Nada. Era un tipo silencioso. En esos momentos, le daba por comer cualquier cosa, preferiblemente percebes o algún marisco si lo había en casa.
Más adelante, me enteré de que Paul era un auténtico gourmet cuando se trataba de comer mariscos de cualquier clase. Los amigos bromeaban con él porque nunca bebía otra cosa que no fuera agua y había jurado que jamás comería carne de pulpo.
—¿Por qué crees que tenía esos remilgos?
—Yo creo que fue cuando se encaprichó de aquel pulpo en la tienda de animales. Estuvo meses tratando de conseguir el dinero para comprarlo. Aun me parece verlo cuando cada día visitaba la tienda para comprobar que nadie se lo había llevado.
—¿No es ilegal vender esos animales en tiendas?
—No lo creo. Después muchos ahorros y sufrimientos, mi hermano logró llevarlo a casa y adoptarlo como mascota. Se identificó tanto con aquel molusco que le puso su propio nombre. Lo paseaba por toda la casa. Era imposible verle contemplar un partido de fútbol en la tele sin tener el pulpo a su lado. El condenado animal daba la impresión de estar a gusto con su dueño y hasta parecía que se compenetraban como si fueran gemelos. Después de un tiempo, cuando se marcaba un gol en la tele, los dos Paul levantaban sus extremidades simultáneamente.
Paulina hizo una pausa. Encendió un cigarrillo y me echó el humo a los ojos. Es posible que tratara de defender sus piernas de mis cariñosas miradas. Su hermano las ocultaba con timidez y ella las mostraba con descaro. No la culpo, ser bella y presumida no es un delito.
—Un día lo llevó al estadio. Llenó de agua una bolsa de plástico y logró introducir al pulpo en la grada de tribuna, ocultándolo debajo de su abrigo. A sus vecinos de butaca les pareció gracioso el animal y lo aceptaron de buen grado. Hasta un gracioso le trajo una de esas banderitas que ponen en los helados para que la sostuviera con sus rejos y animara al equipo.
—¿Y la sostuvo?
—Sin ningún complejo. Pero a veces, sucedía que el animal se negaba a levantar la banderita. Mi hermano se dio cuenta de que esa negativa coincidía siempre con alguna goleada a nuestro equipo. Sólo que el pulpo parecía saberlo de antemano… Así fue subiendo su fama en el barrio.
—Qué interesante. ¿Quieres comer alguna cosita?
—Pulpo. Un rejito de pulpo me dejará como nueva —su cabeza no paraba de moverse, como si tuviese que sacudir el cerebro para que soltara los recuerdos—. Con la llegada del nuevo veterinario al barrio comenzaron los problemas. En la isla se dice que el que no come arenques ahumados con gusto, termina atrayendo desgracias a los vecinos. Y nadie puede decir que viera al veterinario probarlos alguna vez. Así que todo el mundo estaba esperando para ver por dónde rompería la mala suerte. Hasta que un día ese tipo se empeñó en que mi hermano estaba maltratando al pulpo. Que el lugar de un pulpo era el fondo del mar o una pecera y no una butaca del estadio ni el sillón de la tele. Las opiniones se dividieron en el barrio: unos proclamaban que si el pulpo iba a los partidos sería porque le gustaba el fútbol, mientras otros opinaban que Paul abusaba de la buena disposición del animal.
Paulina bebió un sorbo de cerveza y llevó a su boca un rejito de pulpo al ajillo. Me maravilló que pudiera hablar con tanto sentimiento sobre el pulpo de su hermano mientras no sentía el mínimo pudor en hincarle el diente a las extremidades del difunto cefalópodo que nos habían servido.
—Finalmente —prosiguió con la boca llena—, el delegado de la Sociedad de Autores en el barrio afirmó que los pronósticos del pulpo deberían considerarse actos artísticos y, como tales, estaban sujetos al canon preceptivo. Esa fue la gota que colmó a mi hermano, el cual se encerró en su habitación con el pulpo, un televisor y un abono al Canal Deportes. Como no hubo forma de hacerlos abrir la puerta durante muchos días, tuvimos que avisar a los bomberos. Entraron por la ventana, los obligaron a salir y nos cobraron trescientos euros por el trabajo. Entonces fue cuando se produjo la abducción del pulpo Paul.
—¿Lo abdujo un nave extraterrestre? —pregunté con sorna.
—¿Una nave extraterrestre? —Paulina escupía sobre mis pantalones trocitos de pulpo y ajo mientras se reía a carcajadas— ¿No eres ya mayorcito para creer en esas bobadas?
—Tú has dicho que el pulpo fue abducido.
—Y lo fue, al menos respecto a mi hermano. ¿Nadie te ha informado que abducir significa separar, apartar, alejar o desviar? Deberías comprarte un diccionario, cariño. ¡Qué hombres tan incultos se encuentra una por esos mundos de Dios! Como dice la tía Anni, el que no es feo es inculto y el que no, casado. Mira, chiquitín: el pulpo Paul fue abducido de mi hermano Paul.
—¿Quién lo hizo?
—La propia policía. Los maderos introdujeron al pulpo en una jaula húmeda y se lo llevaron a un acuario alejado de la isla de Úsedum. Concretamente, como supimos más tarde, lo dejaron en un acuario de Oberhausen.
—¡Qué casualidad!
—No es casualidad que yo esté aquí. Mi hermano fue juzgado por abusos, malos tratos e impagos a la Sociedad de Autores. Le cayeron cinco años, pero su abogado recurrió y logró que lo internaran en un hospital psiquiátrico.
—¿Y el pulpo Paul?
—Continúa en el acuario de esta ciudad. Hace unas semanas, mi hermano me pidió que entregara una carta a los cuidadores de pulpo Paul. En ella les explicaba las cualidades del cefalópodo y le suplicaba que dejaran ver al pulpo los partidos del Campeonato de Fútbol. Ésa es la razón principal de que yo esté aquí, aunque haya aprovechado el viaje para asistir al festival.
—Todavía falta mucho para que comience el Campeonato.
—¿Y qué más da? El personal del acuario jamás tomará en serio la carta de un demente —finalizó mientras agarraba su pinta de cerveza para ayudarse a tragar otro rejo—. Y si un día llegaran a descubrir las habilidades del pulpo Paul, ¿tú crees que en pleno siglo XXI alguien les haría caso?
(Terminado de escribir junto al Gasómetro de Oberhausen, Renania, el día 15 de mayo de 2008, a las 16:41 horas)
Demostración en vivo sobre cómo cantar y comer chicle al mismo tiempo
Eso de comer chicle cantando sobre un escenario y en un superconcierto (osea) les parecerá raro, pero les aseguro que es cierto. Les invito a ver un vídeo de The Beach Boys que me encontré en YouTube mientras andaba curioseando en sus actuaciones anteriores. Pertenece a un concierto ofrecido en marzo de 1964. El título de la canción, Fun fun fun (1964), ya anuncia la grandiosidad que nos encontraremos. No obstante, el interés de la grabación no radica en la música, en la letra ni en las voces, sino en algo más sorprendente: el vocalista, Mike Love, come chicle mientras canta.

El vocalista y su chicle en el minuto 1:17
Al principio, pensé que se trataba de una desincronización entre video y audio, pero al mirar con más detenimiento me percaté de que cuando terminaba cada intervención el cantante masticaba y masticaba y masticaba… Hasta que caí en la cuenta de aquel tipo estaba comiendo chicle mientras cantaba como si fuera la cosa más natural del mundo.
Al final, el cantante se lleva la mano a la boca, disimuladamente, y escupe el chicle en ella. Lo que hizo después con el bendito chicle pertenece al secreto del sumario.
Dejo aquí la letra de esta inefable canción y el vídeo de esa actuación en que a golpe de chicle se cuenta cómo una niñata cogió el coche de su padre para ir a estudiar a la biblioteca, pero por el camino cambió de idea: decidió ir a una hamburguesería y hacer un par de carreras enloquecidas con el Ford de papi. (Cuando el texto habla de un T-bird se refiere a un modelo de coche Ford denominado Thunderbird).
FUN FUN FUN
Well, she got her daddy’s car
And she cruised through the hamburger stand, now
Seems she forgot all about the library
Like she told her old man, now
And with the radio blastin’ goes
Cruisin’ just as fast as she can, now
Estribillo
And she’ll have fun, fun, fun
‘Til her daddy takes the T-bird away
(Fun, fun, fun, ’til her daddy takes the T-bird away)
Well, the girls can’t stand her
‘Cause she walks, looks, and drives like an ace, now
(You walk like an ace, now, you walk like an ace)
She makes the Indy 500 look like
The Roman chariot race, now
(You look like an ace, now, you look like an ace)
A lot of guys try to catch her
But she leads ‘em on a wild goose chase, now
(You drive like an ace, now, you drive like an ace)
Estribillo
Well, you knew all along
That your dad was gettin’ wise to you, now
(You shouldn’t-a lied, now, you shouldn’t-a lied)
And since he took your set of keys
You been thinkin’ that your fun is all through now
(You shouldn’t-a lied, now, you shouldn’t-a lied)
But you can come along with me
‘Cause we got a lot of things to do now
(You shouldn’t-a lied, now, you shouldn’t-a lied)
Estribillo 2
And we’ll have fun, fun, fun
Now that Daddy took the T-bird away
(Fun, fun, fun, now that Daddy took the T-bird away)
Coda:
Fun, fun, fun now that Daddy took the T-bird away
Fun, fun, now that Daddy took the T-bird away.

Ford Thunderbird, mod. 1963
El diario de Jacob Milbert o las tribulaciones de un friki en las Islas Canarias

Jacob Edgard Milbert, en su madurez.
Estaba más colgado que el butafumeiro de Santiago en un año compostelano. Jacob Gerard Milbert era francés, dibujante y en su cabecita sólo cabían las cosas que encajaban con los usos y costumbres de su país. Era como esa pléyade de turistas españoles que con cara de asco recorren los restaurantes de Estambul, Tokio o La Habana preguntando si les pueden servir “una tortilla de patatas” o unos tacos de jamón extremeño con medio litro de Casera y media docena de aceitunas rellenas de pimientos de la huerta murciana. Jacob llegó a las Islas Canarias, en 1800, a los 36 años de edad, armado con algunas resmas de papel de dibujo y un diario friki en el que anotaba todas las tonterías que le pasaban por los champiñones que debía tener por neuronas. Nadie puede negar que era buen dibujante o, al menos, un dibujante apañadito, y lo demuestran las láminas de la expedición que realizó con el capitán Nicolas Baudin. ¡Pero quién le iba a decir que su manuscrito no sólo se imprimiría en su país, sino que sería volcado al alemán y, dos siglos más tarde, traducido y publicado en español! Más aún, le pertenece la autoría de otro libro famoso sobre su expedición, en 1828, al río Hudson, en los Estados Unidos, durante la que dio a sus compañeros más lata que un cochino debajo del brazo. Claro que tener libros publicados no obsta para que estén llenos de chorradas ni exime a nadie de otras singularidades cuyo propietario suele ser distinguido en la actualidad con el espantoso término friki.
Cuenta nuestro inefable Jacob en la primera página de su obra titulada Voyage Pittoresque á l’Île-de-France, au Cap Bonne Espèrance, et l’Île de Tènèrife que esperaba encontrar Canarias igual que en los tiempos de Platón, pero se llevó una gran desilusión. Después de un profundo análisis del terreno concluyó que más de una cosa había cambiado desde los tiempos de Pericles. Ya ven, un auténtico lince al que se le escapaban pocos detalles. No haber contemplado riachuelos de leche y miel ni ver faunos saltando en las rocas de la playa fue más de lo que pudo aguantar su ilustrado espíritu. Por esta causa, Jacob se agarró una fuerte perreta que se tradujo en continuas faltas de respeto a los canarios, a sus obras y a su tierra. No es el único viajero francés que escribe en plan borde, pero sí me parece el más tonto de todos los que han escrito. Tal vez, por esta razón, me ha fascinado tanto su libro. La siguiente descripción de una excursión desde Santa Cruz a La Laguna, donde era difícil que un ciego se perdiera en los escasos diez kilómetros de un ancho camino para carretas, es más que suficiente para ilustrarnos sobre las luces de este César galo:
“Después de haber dado algunos pasos por un sendero erizado de piedras agudas que lo hacían impracticable, encontramos ante nosotros una pared de rocas casi perpendiculares que cerraba el pequeño valle. No descubrimos ningún atajo para salir de este atolladero; dimos marcha atrás y tomamos el camino principal. Entonces distinguimos a parte de nuestros amigos que iban delante de nosotros, a una gran distancia. El suelo por el que marchábamos era de un color generalmente parduzco, cubierto de cualquier vegetación. Las piedras más redondas daban vueltas bajo nuestros pies y nos hacían numerosas contusiones; sin duda, eran pequeños fragmentos de rocas que, en la estación lluviosa, los torrentes habían arrastrado de las montañas superiores. Su substancia era volcánica; algunas, de una naturaleza esquistosa, tenían los ángulos romos por el roce; otras eran de una especie de lava de granos finos, insípidas al gusto y que se pegaban a la lengua. A una gran altura el aire se volvía sensiblemente más fresco y ligero; […].”
Teniendo en cuenta que La Laguna está a menos de 550 m de altitud, se puede calcular que esa gran altura debería estar en torno a los 300 m sobre el nivel del mar, como mucho. No me quiero ni imaginar a aquel grupo de científicos caminando por una vía, que transitaban decenas de carretas y bestias de carga diariamente, asombrados del roce de las piedras del camino y llevándoselas a la boca para comprobar si se pegaban a sus lenguas. No sé si los excrementos de los bueyes y de las mulas tendrán grandes propiedades de adherencia, pero estoy seguro de que las piedras untadas con ellas han de ser un tanto pegajosas cuando uno se pone a lamerlas. Pero prosigamos con algunas de las inteligentes observaciones de nuestro personaje, esta vez referidas al can de un pastor que la expedición encuentra algo más arriba:
“Su perro y fiel compañero, echado, nos miraba pasar asombrado de nuestro número así como de nuestro atavío.”
Lo cual viene a demostrar que no sólo hay perros más inteligentes que el amo (“el mío mismo”, diría nuestro sagaz viajero), sino incluso más observadores que los naturalistas que los describen. Fantástico, subrayaría Eduardo Punset. ¿Todavía dudará algún insensato de que el nombre de Canarias se debe a sus excepcionales canes, capaces de distinguir entre una casaca francesa y otra de diferente nacionalidad?
Jacob Milbert intentó dejarnos una imagen gráfica de su gran exploración, entre Santa Cruz y La Laguna, pero no lo logró por las dificultades que nos refiere, y fue una lástima porque me hubiera gustado conocer el gesto del perro pasmado:
“Intenté hacer un dibujo de esos sitios pintorescos; pero la hora avanzaba y fue necesario darme prisa para alcanzar a mis amigos. Llegamos todos juntos a La Laguna.”

Vista panorámica de La Laguna, en la época en que J. Milbert la visitó
Ya tenemos a nuestro intrépido viajero a salvo en La Laguna, lejos de los peligros que entrañan las piedras redondas del camino, sin olvidar las piedras afiladas que le debieron saltar a las canillas como si fueran pirañas. Por suerte, hacía cuatro décadas que el marqués de San Andrés, don Cristóbal del Hoyo, había fallecido. De modo que no tuvo ocasión de dedicarle una o dos décimas que sin duda habrían martirizado a Monsieur Milbert tanto o más que la infame carretera. Sin embargo, nuestro paladín no pudo huir de los guachinches laguneros que sustituyeron honrosamente a don Cristóbal cambiando, eso sí, rimas por cucharas:
“Los mesones de La Laguna son detestables y muy caros. Los platos favoritos de quienes los frecuentan consisten en un gallo viejo, o una gallina condimentada con azafrán.”
Todo estaba en contra de nuestro héroe, incluida la edad del gallo, cuyos dueños ajusticiaron tan pronto le vieron la jeta de friki.
−Ahora o nunca, Pepa −debió decirle a su esposa el mesonero−. Córtale el cogote a Matusalén y adóbalo en azafrán hasta que pierda el sabor a viejo.
−¿Pero el azafrán no era para las gallinas, Miguel?
−Déjate de remilgos ahora, mira que mañana nos llega otra burra cargada de azafrán que nos trae el medianero de don Domingo Castro en Anaga. Ya le mandé aviso de que teníamos franceses a la mesa.
−Pobre gallo Matusalén, mira que vivir tanto para terminar amortajado en azafrán y enterrado dentro de tan mentecata sepultura.
La suerte es compañera de la ingenuidad. Así que el francés, terminado el gallo, terminó por toparse con el doctor Saviñón, un erudito lagunero que lo invitó primero a su casa y luego, tan pronto lo conoció bien, lo apremió para que se fuera… a proseguir sus investigaciones. Dejemos hablar a nuestro genio:
“Conociendo estos señores nuestros proyectos, no nos quisieron retener mucho tiempo.”
A Saviñón no se le escapaba una, acostumbrado a recolectar toda clase de bichos para su pequeño museo natural y remedios para sus pacientes, ¿acaso no iba a cazar al vuelo la profundidad mental de Jacob Milbert en menos de cinco minutos? De manera que pronto el francés y su troupe se hallaron caminando hacia la vega lagunera como quien se dirige a Waterloo, dispuestos a morir por su revolucionario emperador. No pasa mucho tiempo antes de que nuestro hombre se separe del resto y decida explorar por su cuenta. Dibujar, no dibujará mucho, pero alguna idea genial se le ocurrirá. Seguro.
“Las partes bajas son cenagosas y es necesario atravesar una especie de turbera, formada por aguas estancadas. Allí crecen confervas y otras plantas acuáticas que se descomponen, se mezclan y se combinan con el suelo, produciendo una sustancia blanda. Esa turba proporciona excelente combustible que se podría utilizar en el consumo diario de algunas fábricas.”
Naturalmente. El genio ha descubierto el combustible del mañana, el que proporcionará riqueza y energía sin límites a las industrializadas islas. Tan fácil como soplar y hacer botellas. Una aportación prodigiosa que las futuras generaciones de canarios agradecerán al gran Milbert, erigiéndole un monumento en el mismo centro de una pleiesteison. Pero todavía la mente prodigiosa de Jacob ahondó más:
“La vista de este pantano me provocó la idea de que se podría sacar un gran partido a la llanura de La Laguna y crear en ella praderas naturales.”
Nada menos. Como en Versalles, también podría hacerse un tremendo jardín y montar fiestas con paté de gallo viejo y vino tinto peleón, en lugar de champagne francés. Digo yo si tanto delirio no vendría porque a doña Pepa se le fue la mano con el azafrán…
Pero no era Jacob el único pendejo, dicho sea con permiso de Alberto Cortés y de su compadre Facundo Cabral, licenciados ambos en Pendejología. El jardinero jefe de la expedición en que estaba enrolado nuestro héroe tampoco era hombre de andarse con chiquitas. Estarían a muy poca distancia de La Laguna Jacob y su guía (“de cuyo nombre lamento no acordarme” confiesa el muy pendejo, después de haber comido, bebido y dormido en su casa) cuando…
“Vimos venir hacia nosotros, a través de esas encantadoras soledades, al bueno de M. Riedlay, jardinero en jefe de nuestra expedición; estaba agobiado bajo el peso de su amplia recolección; la depositó cerca de nosotros y nos mostró orgullosamente sus riquezas. Por el número de las plantas, la brillantez de las flores y la elegancia de sus formas, la elección no podía ser más variada. Después de unos instantes de descanso nos separamos y él siguió una dirección opuesta a la nuestra.”
Yo me imagino a toda esta tropa de frikis corriendo de acá para allá, semejantes a los comecocos, cargados como mulos, resoplando como concejal cerril en noche de elecciones y saludándose con toda formalidad cuando se tropiezan por casualidad debajo de cualquier árbol.
−Ça va, Monsieur Legrand?
−Ça va, mon ami, ça va!
−Au revoire, Monsieur Legrand!
−Au revoire, Monsieur Milbert!
De cualquier forma, nuestro hombre algún poder extrasensorial sí debía poseer, dado que ya se adelantaba un par de siglos a su época y apuntaba maneras. Les juro que no he cambiado una sola palabra del texto siguiente. Fíjense:
“No diré nada de esta magnífica digital [“digitale”, en el original francés] de Canarias, ni de esos corazoncillos variados ni de otras tantas plantas dignas de toda la atención de los naturalistas. Estos detalles serán el tema de un capítulo especial.”
¡Pues que Dios nos coja confesados! El tipo es capaz de salirnos con un capítulo del mismísimo Mario Brother. Sin embargo, ahora está muy ocupado subiendo su montaña y no hay peligro inmediato de que nos endose su maestría botánica y digital.
“Cuando alcanzamos la cima de la montaña, escuchamos un concierto muy melodioso; se hubiera dicho que los huéspedes de esos bosques celebraban a porfía nuestra llegada. Entre una gran cantidad de pájaros cantores, se distinguían el canario de plumas verdosas, el paro y el arandillo. Poco acostumbrados a la vista de los hombres, todos huían de nuestra aproximación para ir a posarse un poco más lejos y continuar allí su canto. Sin embargo, la infinidad de músicos volvió el concierto fastidioso y terminamos aturdidos.”
Pobre Jacob, los enojosos pájaros no saben mantener el pico cerrado después de ofrecer el concierto de bienvenida. No. Estos desvergonzados canarios verdosos trinan y trinan sin piedad con la inicua intención de aturdir a nuestro, aunque pintor, sabio. Se han perdido las buenas costumbres de los clásicos y ya ni se respeta al visitante culto que no logra vini, vidi,vici porque las aves le disturban su pensamientos áureos. O tempora, o more!
−No sé si será un poco tarde para pedirle a usted disculpas en nombre de mis alados compatriotas, estimado Milbert –digo en voz alta, por si su cuerpo astral aún revolotea entre las páginas del libro que sostengo en mis manos.
Las plantas del género Digitalis producen estas hermosas flores y son nativas de Europa, el noroeste de África y Asia central y occidental
Algo tenía que gustarle a nuestro héroe y, al fin, lo descubrió, después días vagando por Tenerife: el Teide: un Pico que, al parecer, huía del francés en tanto que el resto de los mortales podía verlo tanto desde Santa Cruz como desde La Laguna, sin necesidad de ascender a aquel monte Olimpo donde los pájaros aturden las almas delicadas con sus trinos salvajes.
“¡Qué espectáculo! ¡Qué imponente y grandioso es! Fui deslumbrado y obligado a cubrirme los ojos con las manos.”
Lástima. Pero es lo que tiene ser friki: si a uno le encanta un tipo de música, la pone a toda pastilla por los auriculares para quedarse sordo; si a uno le gusta realizar una excursión, abre el guguelmap y disfruta subiendo las virtuales montañas como si nada; y si a uno le gusta ver algo hermoso, se tapa los ojos con las manos o mete la cabeza dentro de una caja de cartón. No crean que es tan fácil ser ciudadano de Frikilandia. Por esto Jacob servirá a las futuras generaciones como ejemplo a seguir.
Supongo que el resto de la descripción del Pico la haría Milbert por referencias, porque, con los ojos tapados, ya me dirán ustedes… A la vuelta, su parecer sobre el aprovechamiento de la turba pantanosa se difumina en el lodo etéreo de su pensamiento y deja paso a otra opinión más pintoresca:
“Los habitantes ignorantes e imprevisores deberían […] plantar las higueras, las platanera, los naranjos, atraerían la humedad y templarían la atmósfera.”
¿Cómor? Entonces, en qué quedamos: ¿secamos La Laguna o la humedecemos? Es tremendo este francés. Nada detiene su afán de dar consejos a los “ignorantes e imprevisores” habitantes de la isla, ni siquiera el frío clima de La Laguna es óbice para cultivar plátanos, aunque falte más de un siglo para que se invente el plástico de invernadero y este dibujante metido a ingeniero agrícola no haya visto una sola platanera desde que nació. De cualquier manera, es de justicia reconocer que Jacob Milbert era friki, pero no tonto. A pesar de que se le fue el tiempo en asistir a una iglesia y comer en casa de su guía y…
“En ese momento entraron los señores de Saviñón, quienes me dijeron que hacía mucho tiempo que casi todos mis compañeros se habían ido y que era inútil pensar en ponerse en camino, Esos señores insistieron, con el mejor empeño del mundo, para que me quedase; me dejé convencer.”
¡Cómo no! iAy, Señor, vaya cruz les caería a los laguneros, cuando ya pensaban que lo habían perdido de vista para siempre.
“[…] Pasamos en el jardín una velada deliciosa. Allí se cultivaba el naranjo en plena tierra. Tenía frutas muy hermosas de un color dorado, que me recordaron las de nuestras islas de Hyères, en la costa de Provenza.”
Sin comentarios. No diré que me parece mucho para un solo día ni siquiera mencionaré lo del naranjo en plena tierra: es posible que algún lector piense que los naranjos se plantan en el aire y esta frase le sirva para saber que los árboles se plantan en tierra. Por eso la dejo. Sin embargo, esta vez, don Jacob es inocente. Ha sido la impericia del traductor que ha traducido “pleine terre” por “plena tierra” y no por “campo abierto”, que sería lo correcto. Ya ven, a perro flaco todo son pulgas: la vida del friki está llena de contratiempos hasta en las traducciones de sus libros; incluso, en altas horas de la noche, cuando el resto de la humanidad descansa a pierna suelta, la desgracia del friki anda al acecho como si fuera perro canario acechando casacas:
“Cuando me disponía a descansar de las fatigas de la jornada, unos pérfidos músicos vinieron bajo mis ventanas a dar una serenata a alguna belleza del vecindario. Me fue imposible pegar ojo durante la noche. Maldije de buenas ganas a los músicos y a la señora y esperé el día con impaciencia.”
Con el marqués de San Andrés bajo tierra y don José de Viera y Clavijo vegetando en Las Palmas de Gran Canaria, ¿a quién se le ocurriría la idea de ofrecer al francés una serenata hasta el amanecer? Don Lope de la Guerra es hombre serio que no pierde el tiempo en esas tonterías; don Tomás de Nava, lo mismo; y el doctor Saviñón tampoco parece que utilice esos ardides para alejar a los moscones. Raro, raro, raro…
Llegó el amanecer y, tras deglutir todo cuanto pusieron a su alcance, nuestro Jacob se lanzó a las calles de la ciudad con su cartapacio bajo el brazo. Después de sufrir viendo que los gansos del mercado eran menores que los franceses y de aturdirse con el vino dulzón y el humo del tabaco en un hostal, el francés se decidió a bajar a Santa Cruz. No se rían, por favor:
“Encontré las mismas piedras que me habían molestado al subir. Aún tuve más dificultades para descender. La noche era muy oscura, mis pasos poco firmes y rodaba más que caminaba. Una piedra redonda giró bajo mis pies y perdí el equilibrio, lo que me provocó un esguince con el que sufrí mucho; tuve todas las dificultades del mundo para llegar a Santa Cruz.”
Dejando a un lado que fueron precisamente algunos isleños “ignorantes” quienes, humanitariamente, lo llevaron al barco, ¿no les parece imposible que un friki se vaya de vacaciones sin traer a su regreso algún objeto estrafalario con qué presumir delante de los amigos? No se lo pierdan:
“Interesado en llevar a mi patria una momia guanche, me proporcionaron una que me proponía dejar en depósito en Île-de-France [actual isla Mauricio]. Era una mujer joven.”
Magnífica adquisición, pensó Jacob, mientras la metía en el barco y se disponía a dormir con ella encima ante la envidia de sus amigos que sólo iban cargados de insectos y hierbajos, excepto el oficial Ferrer que sólo iba cargado con dos litros de vino Malvasía. He aquí la amorosa descripción de su amada:
“Aunque un poco alterados, los rasgos todavía eran regulares. Las manos estaban bien conservadas, pequeñas, bien hechas; le faltaban cuatro uñas, dos en la mano derecha y otras dos en la izquierda; en los pies solo faltaba una en el derecho; los cabellos y las pestañas estaban admirablemente conservados.”
Realmente, la momia estaba hecha un auténtico bombón. Sin embargo, Jacob, en su ingenuidad, no contó con el carácter algo cabezón de las canarias y su manera sutil de vengarse de los amantes empalagosos.
“Contento con esta posesión, no pensé en la dificultad de conservar semejante objeto en una larga travesía. Al principio, coloqué la momia en mi camarote, en una de las repisas situadas por encima de mi cama, pero el calor y la humedad del navío la ablandaron, descomponiendo la preparación, y engendraron allí tal cantidad de insectos que resolví lanzarla al mar.”
Dejaré aquí a Jacob Milbert llorando la ausencia de su amada, convertida ahora en sirena guanche, mientras garrapatea su enjundioso relato entre los escarabajos, gusanos, moscas, cucarachas y avispas que le dejó la guancha como herencia.
Si se me permite realizar una valoración global de este libro, y partiendo de que el autor se retrata a sí mismo como un imbécil, no puedo menos que alabar la sinceridad y la autenticidad en sus opiniones porque es imposible que nadie mienta tanto contra sí mismo. Incluso, si su principal anhelo es presentarse al mundo como un petimetre con la frágil delicadeza del más fino cristal de Bohemia.
Si usted está esperando una moraleja, he encontrado una que puede ser de utilidad hasta al mismísimo Indiana Jones: Por mucho que quieras a una momia y por muy joven que ésta sea, si la metes en tu camarote vas a tener problemas.

Dibujo de J. Milbert, realizado durante su expedición al río Huston, en EEUU.
Bibliografía
El libro Viaje pintoresco a la isla de Tenerife, de Jacob Gerard Milbert, está publicado por Ediciones Idea, en Santa Cruz de Tenerife, año 2005. Fue traducido por José A. Delgado Luis a partir de la primera edición francesa, impresa en 1812.
Una anécdota con mucha cola…

Circula por las páginas de algunos libros y por las de internet una ingeniosa anécdota que se atribuye a diferentes personajes sin que uno solo de ellos haya sido su verdadero protagonista. Como hoy el plagio está al alcance de cualquiera con el mágico recurso de cortar y pegar textos ajenos agregándole la firma que mejor cuadre al plagiario, el error de una página web se va repitiendo hasta el infinito.
Existen seres que se dedican a recoger frases que han fagocitado de otros que también las cosecharon en propiedades ajenas. En sus bases de datos ahora y en sus libros antes, colocan esos textos, con más faltas que sabiduría, y les van atribuyendo orígenes y autores a su antojo, cuando las encuentran anónimas. En varios de estos lugares es posible leer la anécdota a que me refiero que, en resumen, es la siguiente:
Un personaje le pregunta a otro: «¿Usted hace el amor en París?» «No. Aquí ya lo compro hecho.»
La historieta es corta, pero ingeniosa. Una carnada perfecta para pescar plagiarios por docenas y rodar durante años por las tres dobleuves o uvedobles que tanto gusto y rechazo nos provocan.
He tropezado un par de veces con la anécdota y he sentido el impulso de escribir unas líneas que aclaren su origen. Como siempre aparecen cosas más urgentes o atractivas en las que enredarse, he ido olvidando ese propósito. Sin embargo, hoy he tenido que desempolvar algunas obras que se deben a la pluma del auténtico protagonista y me he propuesto dedicar algo de tiempo a este asunto.
Existen dos libros publicados que atribuyen la hábil respuesta a un general napoleónico y a un napolitano llamado “Carlcoli”. Éste último es mencionado por Carlos Fisas(1) confundiéndolo probablemente con el escritor Louis-Antoine Caraccioli –como sucede a menudo con este escritor francés de apellido italiano– y relata la misma anécdota sobre hacer el amor. Es frecuente que existan numerosas versiones de una conversación y de sus autores cuando ha habido una respuesta muy ingeniosa, como la que nos ocupa. El otro ejemplo, sobre el general napoleónico, puede leerse en esta cita:
“Refiérese que en Francia, en los tiempos de lucha y de “milicia cerrada” de la Revolución, abundaban en París las reuniones sociales en las que la concurrencia de los guerreros ya famosos era casi un espectáculo. Un joven general napoleónico concurría a ellas como a un acto de servicio. Intrigada una joven ante el sello puramente militar del general, se le ocurrió un día; preguntarle: –¿Cómo hace usted el amor, mi general?
Contestó el general sin perder su gravedad, yo no hago el amor, lo compro hecho …”.(2)
He revisado algunas páginas web: la primera es un blog peruano en que un periodista lo atribuye a un dictador boliviano de quien no proporciona otro dato significativo; la segunda pertenece a un señor llamado Nazareno que nos explica lo siguiente:
“El General Perón ante la requisitoria de una periodista francesa acerca de su manera de hacer el amor contestó “Señorita (porque el general ante todo era un caballero) yo no hago el amor lo compro hecho” y si el General lo compraba hecho quiere decir que el amor existe antes que el sexo o que el General se quería empomar a la periodista francesa que estaba más buena que comer mortadela.”
La tercera página es un blog titulado Acueducto azul que se autodefine como “blog de poesía en todas sus vertientes de sentimiento, palabra, belleza y arte” que incluye el mismo error de Carlos Fisa, sin citar su origen:
“Luis XV de Francia preguntó un día a Caraccioli, embajador de Nápoles en París:
-Y aquí, en París, ¿hacéis el amor?
-No, señor; lo compro hecho.”
En la siguiente web, llamada Liberalismo.org, me encuentro otra vez al General Perón, aunque esta vez únicamente actúa como escriba:
“es mas, peron en sus memorias recuerda a un viejo general que era jefe suyo que una vez le dijo : “yo no tengo tiempo para hacer el amor. Lo compro hecho”
P”
En otra web, el protagonista es el Marqués de Caracciolo. Nunca existió tal marqués, pero estuvo muy cerca de acertar, puesto que el auténtico autor de frase tan ingeniosa fue Domenico Caracciolo, Marqués de Villamaina. La anécdota puede rastrearse en algunos viejos libros. Bastará con citar un trabajo de 1868, titulado Domenico Caracciolo, o un riformatore del secolo XVIII, escrito por el historiador Isidoro La Lumia, autor de numerosas obras y Superintendente de Archivo del Estado en Palermo, en el que afirmaba lo siguiente:
“Avendogli un giorno Luigi XV chiesto se facesse l’amore, rispose: «No, Sire, lo compro bell’e fatto.”(3)
(“Cuando un día Luis XV preguntó si hacía el amor, respondió: «No, Majestad, lo compro ya hecho.»)
Hasta aquí, lo anecdótico de la anécdota de un estrella de primera fila dentro de la Ilustración europea. Domenico Caracciolo (1715-1789), Marqués de Villamaina, fue un personaje muy famoso durante su estancia como embajador en París (1770-1781), como lo había sido anteriormente en Londres (1763-1770). Este hombre de facciones toscas y gruesas asistía a las tertulias de madame d’Epinay e intimó con el enciclopedista d’Alembert.
Escribió el ilustrado Jean-François Marmontel:
“Así que en la medida en que esta inteligencia activa, nítida, brillante se excitaba, lo vi disparar chispas y sagacidad, ingenio, originalidad de pensamiento; la espontaneidad de la oración y la gracia de una sonrisa se reunieron para ofrecer un gesto amable, inteligente e interesante a su aspecto poco refinado. Usó mal francés, pero fue elocuente en su propio idioma, y cuando se perdió la palabra francesa, tomó la palabra en inglés, […].”
El ingenioso Marqués de Villamaina fue considerado uno de los animadores más brillantes de los salones ilustrados y no es extraño que haya protagonizado la referida anécdota. Por otra parte, a partir de octubre de 1781, Domenico Caracciolo participó en unos hechos que lo unieron de manera definitiva a la historia eclesiástica y política universal. En ese año, fue nombrado Virrey de Sicilia y, en marzo de 1782, es decir, sólo cinco meses más tarde, se las había arreglado para que se llevase a cabo la supresión de la Inquisición en la isla.
El día de la publicación del edicto, Domenico reunió a los personajes más sobresalientes en su palacio y les leyó la orden real, firmada por Fernando IV de Nápoles (hijo de Carlos III), mientras sus guardias sacaban a las mujeres detenidas en las cárceles secretas del Santo Oficio y llevaban a cabo el secuestro de los archivos inquisitoriales, tal como comunicó en una carta que fue publicada en el Mercure de France, en junio de ese mismo año, y conmocionó a los europeos. Fue la primera ficha que cayó de un dominó que fue empujando, primero, la Revolución Francesa y, después, la eliminación del Santo Oficio en España. Pero esta es otra historia.
Sí conviene recordar que el abultado archivo de la Inquisición de Sicilia ardió un año más tarde, con el aplauso unánime de todas las partes,(4) porque dejaba enterradas al menos cinco mil ignominias que salpicaban tanto a los torturadores como a los torturados. A partir de ese momento, Domenico dedicó todas sus fuerzas a terminar con los abusos del régimen feudal que imperaba en la isla y a modernizar la economía siciliana.
Como curiosidad, finalizo con una referencia a otro Domenico Caracciolo, un oficial italiano que en 1919 le birló la novia nada menos que al escritor norteamericano Ernest Hemingway. Ella se llamaba Agnes von Kurowsky, era también norteamericana, ejercía de enfermera de la Cruz Roja en Italia durante las I Guerra Mundial y estaba comprometida con el literato para casarse algunos meses más tarde.(5)
Más sobre Domenico Caracciolo, en este blog.
______________________
1. Fisa, Carlos: Historias de la Historia. Tomo I. Planeta, Barcelona, 1989.
2. Descartes (pseud.): Política y estrategia. P. 158. Recopilación de artículos publicados con el seudónimo “Descartes” en el diario bonaerense Democracia. Buenos Aires. Argentina. 1953.
3. La Lumia, Isidoro: Domenico Caracciolo, o un riformatore del secolo XVIII. Capítulo incluido en Nuova Antologia di Scienze, Lettere ed Arti (pp. 213-241). Séptimo volumen. P.216. Tip. dei Successori Le Mounier. Florencia, Italia. 1868.
4. Sciuti Russi, Vittorio: La supresión del Santo Oficio de Sicilia. pp 309-319. Revista de la Inquisición. Madrid. 1998.
4. Scott Donaldson: Hemingway contra Fitzgerald. Auge y decadencia de una amistad literaria. Pp. 47-50. Siglo XXI de España Editores, S.A.. Madrid. 2002.
El verídico y gracioso caso de un escritor canario en la Corte española
De la Corte partió un carruaje que en su interior contenía a este caballero canario contento, quimérico y confiado. Los corceles correteaban por las calzadas que conducían a los puertos fluviales de la antigua Hispalis. El viajero sentía el pecho inflamado de legítimo orgullo; sus exultantes pulmones reclamaban el aire fresco que bajaba de la cordillera hasta las campiñas de la cercana Sevilla.
Don Pedro Joseph sacó su insigne cabeza por la ventanilla y contempló el planeta deslizándose a velocidad de vértigo bajo las ruedas. ¡Ah, el mundo a sus plantas! Sacó los hombros fuera. Un hombre de su valía no podía permanecer encerrado tanto tiempo. Necesitaba más espacio. Seguramente, el propio Santo Domingo estaba bendiciéndolo en ese preciso instante desde su lugar exclusivo en el reino celestial. Don Pedro Joseph se alongó algo más por la ventanilla y cerró los ojos, sintiendo el céfiro bendito lavando su rostro sabio, penetrando en su… Algo crujió. Se desprendió la puerta del carruaje. Don Pedro miró hacia abajo y observó horrorizado cómo el camino se precipitaba hacia su cabeza.

El día 14 de octubre de 1773, en La Gaceta de Madrid apareció una noticia que anunciaba la reimpresión de una obra del accidentado y difunto don Pedro Joseph de Mesa que había dado mucho que hablar y más que reír. La edición anterior se había agotado desde hacía tiempo y sus ejemplares eran buscados con auténtica avidez por la aristocracia, la intelectualidad, el ejército, el clero y el pueblo llano de la Corte, hermanados todos en el común cachondeo.
Para sus propias obras hubieran deseado don Francisco de Quevedo y Villegas o don Pedro Calderón de la Barca un interés tan desmedido, una atención tan prolongada, una avidez en tan sumo grado. Sin embargo, ese privilegio, reservado a unos pocos elegidos de los dioses, correspondió a otro libro, cuyo escueto título es el siguiente:
Ascendencia esclarecida y progenie ilustre de Nuestro Gran Padre Santo Domingo, Fundador del Orden de Predicadores: Ocurrencias vulgares sobre los fundamentos en que se ha procurado introducir duda en la sentada verdad de ser Santo Domingo N. P. descendiente de la nobilísima Casa de los Guzmán: Debaxo del patrocinio del gloriosísimo Abad de los Silos Santo Domingo, segundo Moysés, y gran Taumaturgo español; y por mano de la Excelentísima Señora la Señora Doña Francisca Xaviera Bibiana Pérez de Guzmán el Bueno, Duquesa de Osuna.
La primera edición de este libro había visto la luz en Madrid, en el año 1737. Su autor era don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo (1). Procedía de una ilustre familia de La Orotava, en la isla de Tenerife, descendiente de conquistadores y destripaterrones aristocráticos.
La intención de don Pedro era colocar a Santo Domingo en una situación de privilegio, pues le parecía que el título de Santo le resultaba demasiado corto a sus grandes méritos. Al fin y al cabo, ¿qué valor tenía un santo al lado de un duque o de un príncipe? Evidentemente, poco.

En la Gaceta de Madrid, correspondiente al 28 de enero de 1738, apareció este anuncio del libro de Pedro Mesa: “Ascendencia esclarecida de Santo Domingo de Guzmán, su Autor don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo; en la Porteria del Convento de Nuestra Señora del Rosario de esta Corte.”
Así que don Pedro procedió según sus costumbres familiares, es decir, de la única manera que sabía hacerlo la aristocracia urbana y agraria canaria: inventándose antepasados de alcurnia y títulos tan innumerables como ficticios. De manera que la familia de Domingo de Guzmán, gente de mediana nobleza castellana –por parte de su abuela, doña Godo González– y de mediana santidad cristiana –su madre fue la beata Juana de Aza y sus tres hermanos, los beatos Manés, Conrado y Antonio–, se transformó en una familia de reyes y duques, gracias a las habilidades literarias y genealógicas de mi paisano, el canario Mesa, que llegó a emparentarlos con el mismísimo Guzmán el Bueno, el cual debió engendrar algún descendiente más que no fuese su apuñalado hijo.
Poco después de su aparición, el libro se hizo famoso, gracias a un escrito de siete páginas publicado en Salamanca por el conocido jesuita Padre Luis de Losada. Lo tituló:
Carta familiar a don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo, autor del libro intitulado Ascendencia de Santo Domingo de Guzman por Luis Lopez, beneficiado y cura proprio de la Villa de Morille en el Obispado de Salamanca.
Analizaba en clave de humor el libro de Mesa y se armó tal cachondeo en la Corte que todo el mundo corría a comprar la obra del canario como si fuera el mejor libro de chistes.
Luis Losada, vista la buena acogida de su Carta, volvió a las andadas y pronto dio a conocer su
Vida y salud de la famosa carta familiar del cura de Morille, sobre lo Guzman del Glorioso Santo Domingo, certificada contra su vano entierro, en otra carta del mismo cura à un amigo suyo de Valladolid.
Y ya fue el acabose. Como si se tratara de pan caliente, se agotó la edición del libro de marras en un pispás. Don Pedro de Mesa Benítez de Lugo estaba en la gloria. ¡Sus méritos literarios y religiosos reconocidos por el orbe entero! ¡Ya nada ni nadie detendría su brillante carrera hacia los más rutilantes títulos nobiliarios ni hacia los cargos más ambicionados del borbónico Imperio!
Naturalmente, no faltaron terceras partes y, según noticia de Diego de Torres y de Joseph de Viera y Clavijo, que aún no he podido verificar, un gracioso publicó:
Entierro de la Carta familiar del Cura de Morille a favor del glorioso Santo Domingo, por un Sacristán de Canarias.
En la Universidad de Salamanca se encuentran depositados varios escritos de Luis de Losada al Santo Oficio, aludiendo a sus famosas Cartas del Cura de Morilles.
Don Pedro saltó como un basilisco. Ante sus airadas protestas, los del Santo Oficio tuvieron que imprimir en la cubierta del tomo segundo la siguiente frase:
Declárase que lo puesto en el tomo segundo, donde dice; ‘Don Pedro Joseph Benítez de Lugo, su libro intitulado, Ascendencia de Santo Domingo de Guzmán, se prohibe’, ha sido equivocación, porque el dicho libro no está prohibido, y solo lo está la ‘Carta familiar escrita á Don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo’, según y en la forma que se halla en el tomo I de dicho nuevo Expurgatorio al fol. 276 col. I, y de esta declaración se ponga allí una nota.


Página del Índice de la Inquisición corrigiendo un error que fue la rechifla de media España.
El gallo español: respuestas dadas al Conde Meslay; por qué el gallo canta á las doze de la noche en Portugal, y llevado á Francia canta a las mismas doze siendo assi, que ay una hora de diferencia.
Pues bien, este dechado de sabiduría dedicó muchas páginas a defender al canario Mesa y sus disparates. Puede encontrarse su hilarante alegato en el Tomo Undécimo del Segundo Libro de una recopilación de su obra, citada más abajo. El capítulo que nos interesa es:
Soplo a la Justicia, alentado por el general escándalo y particular miedo.
El doctor don Diego de Torres y Villarroel, nos aclara de qué va el asunto:
De las excusadas disputas é impertinentes disputadores de la innegable é indeleble nobleza del Excelentísimo y Santísimo Padre Sto. Domingo de Guzmán El Bueno.
Y ya la liamos, porque la referencia a El Bueno nos proporciona las claves y los puñales de su discurso antes de que comencemos a leerlo.

He aquí la portada del citado libro del astrólogo Diego de Torres
Detrás de estos papeles impresos se ha destacado otras sátiras manuscritas, y diferentes coplones; y finalmente han salido aquellos bergantes y públicos madicientes de Perico y Marica, irritando las paciencias, afrentando las honras, y rompiendo por las leyes de Dios, y la gloria de sus Santos.
si se mostró quejoso, ó colérico, que se le debe perdonar, porque al fin ningún hijo sufre bien que le revuelvan los huesos al padre que le engendró. Para quien no encuentran disculpa es para el Cura, quiera Dios que él la tenga con su Magestad y con Santo Domingo, que el vulgo poco importa que quede rabioso contra él, contra su Carta, su vida y su salud.
Como pueden apreciar, el tal Torres se las traía en lata. ¡Vaya mala uva se gastaba el astrólogo con el cura de Morilles, es decir, con el jesuita Losada, su compañero! Y así continúa, siempre en el mismo tono, durante las catorce páginas que contienen su alegato, que se vuelve gracioso por lo disparatado. Peor defensor no pudo tener nuestro celestial genealogista isleño.
Pero, en cualquier caso, don Pedro Joseph se las arregló para ser provisto de un Gobierno para América. Como es de sobra sabido, España siempre ha hecho gala de una particular inclinación a compensar los esfuerzos de sus grandes hombres. Y don Pedro había demostrado ser un fénix de las letras genealógicas, moviendo las risas, las plumas y las pasiones de los más delicados clérigos y cortesanos.
Lástima que antes de llegar a Sevilla le sucediera el accidente que le produjo la muerte, al caer del carruaje al duro pavimento del camino. ¡Quién sabe cuál habría sido su siguiente estudio genealógico y cuántas diatribas habría despertado!
Podemos concluir que la muerte del genio isleño fue fruto del destino, del azar o de la providencia, pero en cualquier caso ha de considerar la persona de buen juicio lo pasajeras que son las glorias de este valle de lágrimas, donde los éxitos del amanecer se trocan en llantos a mediodía y en reposo eterno a la hora de merendar. Sea como fuere, y aun a su pesar, don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo logró descansar sin más incidentes en la bóveda de la Orden Tercera del Real Convento de San Pablo, sin repetir la osadía de sacar la cabeza fuera de su estrecha morada en estos más de dos siglos y medio transcurridos. Allí continúa, do fueron sus huesos a parar, después de que las eruditas páginas de su magna obra procurasen las más excitantes veladas de asueto y carcajeo que haya conocido jamás la Villa y Corte imperial.
Este singular personaje dejó cola, puesto que, además de aparecer leves rastros de su obra en Amazon punto com Books, su nieta, doña María Mesa, se desposó, en el siglo XVIII, con otro caballero canario, nacido en Chipude (isla de La Gomera), cuya historia también merece ser rescatada del olvido. Así lo haré, si tengo salud y tiempo, pues documentación sobre este asunto hay de sobra.
Notas
1. El tronco familiar de Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo proviene de un andaluz de Sanlúcar conocido como El Tuerto (Pedro Benítez de Lugo, hijo de Juan Benítez e Inés de Lugo) que vivió algo más de un lustro en Tenerife, entre el final del siglo XV y el principio del XVI.
2. Diego de Torres Villarroel era un pseudo intelectual pícaro, arrimado a la ideología más rancia de su tiempo, buscando siempre el favor de los poderosos y denunciando ladinamente al Santo Oficio a los autores de ideas ilustradas, como Benito Feijoo o Luis Losada. Escribió una autobiografía, titulada Vida, que en opinión de Juan Valera «Puede considerarse como una novela picaresca.”
El propio Torres escribió en esta maquillada historia de su vida que «Lo que puedo asegurar es que en las vidas de Domingo Cartujo, Pedro Ponce y otros ahorcados no se cuentan ardides ni mañas tan extravagantes ni tan risibles como las que inventaba mi ociosidad y mi malicia.» Y así continuó hasta el final de su vida, aunque autores como Arturo Berenguer Carisomo opinan que no se puede incluir esta obra dentro del género picaresco –indefinible, según Lázaro Carreter–, dado que no aparece en ella ningún rastro de erotismo.
Comenta Eugenio Suárez-Galbán, (De la vida de Torres a la de Lázaro de Tormes …, Duke University):
En realidad, nunca ha dejado de interesar Torres Villarroel, por lo estrambótico. Baste decir que su obra recopilatoria de Pronósticos (14 volúmenes) se reimprimió en 1797, treinta años después de su muerte o que su Vida (Ediciones La Lectura, Madrid, 1912) volvió a ver la luz en a principios del siglo XX (también ha habido ediciones en Castalia, 1972; Taurus, 1985; etc.), provocando artículos más o menos apasionados, como el del jesuita A. Pérez Goyena (revista Razón y Fe, enero-febrero de 1913) en que propina, con la acostumbrada finura de la Compañía, una buena zurra a José de Lamano y Beneite, que se había erigido en defensor de Torres en un folleto publicado en 1912.
En un trabajo reciente, La vida de Diego de Torres Villarroel y su tiempo, Juan Fernando Valenzuela Magaña expresa la siguiente opinión sobre el Piscator salmantino:
Es Torres Villarroel un autor sin duda escurridizo. Lo fue en su tiempo, en el cual debió de provocar extrañeza la mezcla resultante de su explicable fama de extravagante, brujo y astrólogo y de catedrático de la Universidad de Salamanca; y lo sigue siendo hoy, pese a un nuevo interés por su obra lejos del reiterado tópico que lo despacha como epígono del barroco o último pícaro, y que está cosechando interesantes frutos.
La crítica destaca en este autor aspectos de gran modernidad, como el de ser el primero que edita sus obras por suscripción pública, y de erróneo conservadurismo, como el de seguir manteniendo la teoría astronómica ptolemaica en un mundo en el que Copérnico y Newton representaban la vanguardia científica. Pero no es esto, a mi juicio, lo que lo hace escurridizo (ni siquiera lo haría complejo). Lo determinante en este sentido es que, a diferencia de su contemporáneo Feijoo, no sabemos bien a qué atenernos respecto a sus verdaderas ideas. ¿Creía realmente Torres en sus pronósticos y en la influencia de los astros? ¿En qué medida? ¿Es sincero en ese desprecio al claustro de la universidad salmantina o se trata de despecho por no ser reconocido como uno más en él? ¿Está satisfecho o arrepentido de la etapa picaresca de su vida? ¿Estaba tan en contra de Martín Martínez y Feijoo como la polémica sostenida con ellos parece a primera vista sugerir? Con todas las reservas propias de un juicio sobre la vida de otro hombre y de una obra en la que se pretende autodibujar, intentaremos aclarar el papel que la Vida de Diego de Torres Villarroel ocupa en el panorama cultural de su tiempo.
Referencias bibliográficas
Losada, Luis A.: Carta familiar a don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo, autor del libro intitulado Ascendencia de Santo Domingo de Guzmán. Impr. Salamanca. 1737 [?].
Vida y salud de la famosa carta familiar del cura de Morille, sobre lo Guzmán del Glorioso Santo Domingo, certificada contra su vano entierro, en otra carta del mismo cura à un amigo suyo de Valladolid. Salamanca. Impr. 1738 [?].
Mesa Benítez de Lugo, Pedro Joseph de: Ascendencia Esclarecida, y progenie ilustre de nuestro gran Padre Santo Domingo, Fundador del orden de Predicadores [...]. Imprenta de Alonso de Mora. Madrid. 1737.
Pérez Morera, Jesús: El árbol genealógico de las órdenes franciscana y dominica en el arte virreinal. Anales del Museo de América, 4. Museo de América. Madrid. 1996. Págs. 119-126.
Supremo Consejo de la Santa General Inquisición: Índice último de los libros prohibidos y mandados expurgar para todos los reynos y señoríos del católico rey de las Españas, el señor don Carlos IV (resgistros desde 1747 a 1789). Imprenta de Don Antonio de Sancha. Madrid. 1790. Pág. 25.
Torres y Villarroel, Diego de: Soplo a la Justicia, alentado por el general escándalo y particular miedo. En recopiltorio de las Ideas extractadas de su Pronósticos. Libro Segundo. Tomo XI. Imprenta de a Viuda de Ibarra. Madrid. 1798. Pags. 358-372.
Viera y Clavijo, José de: Noticias de la Historia General de las Islas de Canaria. Tomo IV. Imprenta de Blas Román. Madrid. 1776. Págs. 561-562.





















