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Alpiste, el supergrano procedente de las Islas Canarias

De “Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina é italiana”, de Esteban Terreros y Pando. (Ed. 1786).
La riqueza florística de las Islas Canarias no es un secreto para los botánicos de todo el mundo. Los cientos de plantas que sólo crecen en esta tierra han atraído durante siglos a los científicos internacionales. Sin embargo, los propios canarios ignoramos u olvidamos la inmensa riqueza que crece a nuestro alrededor y que, a veces, permitimos destruirla impunemente.
Uno de estos maravillosos tesoros canarios es el alpiste. Afortunadamente, desde hace siglos, su cultivo se ha extendido a otras partes del mundo y, si no cae víctima de las multinacionales confabuladas en torno al copyright genético, se encuentra muy lejos de cualquier peligro de extinción. En las islas Canarias no existen cultivos comerciales de alpiste.

De “Programme Raisonne Du Cours De Culture” (ed. 1570), una de las primeras obras impresas que mencionan el alpiste.
El alpiste o hierba triguera se ha puesto de moda, debido a los últimos estudios de universidades y laboratorios farmacéuticos. También los naturistas lo tienen en gran estima y su consumo humano se ha incrementado notablemente.
Diálogo sobre un diálogo de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges

A- Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja… Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.
Z (burlón)- Pero sospecho que al final no se resolvieron.
A (ya en plena mística)- Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.
Tajinastes rojos / siemprevivas azules
La casa

“La [antigua] casa campesina canaria se compone de tres piezas: La primera es una sala-comedor con una puerta de entrada y una ventana con asientos fijos. En esta pieza casi siempre se encuentran dos alacenas empotradas. Junto a la pared se colocan sillas taburetes y algún arcón para sentarse o para guardar ropa y grano. En el centro de la pieza los campesinos instalan una mesa grande que sirve para todo.
A ambos flancos del comedor se hallan los dormitorios con unos ventanucos que dejan pasar poca luz. Sobre los catres se colocan colchones rellenos de lana paja pinocha o camisas de millo.
El patio exterior tiene bancos de piedra pegados al muro de la casa. A veces estos asientos se encuentran protegidos del sol por una parra de viña junto a la que crecen flores y árboles frutales. En este patio radica el centro de la vida diaria de la familia: desde fregar la loza o moler el gofio en un molino pequeño hasta reparar las herramientas del campo.
Las cocinas están separadas de la casa y de los corrales debido al peligro del fuego y a las molestias del humo. No tienen chimenea: como mucho hay tres tejas levantadas en forma de pirámide. El mobiliario de este exiguo recinto se reduce a un poyo de piedra y barro con un fogón constituido por tres piedras o teniques. A veces también hay un brasero o un horno con la boca abierta en la pared del fondo y el cuerpo hacia el exterior pero solo se enciende en algunos días festivos para hornear pan.

El agua es acarreada en cántaros. La carne de membrillo se guarda en cajas de palma. La carne de cerdo es conservada en tinajas con abundante sal. Los quesos se depositan en tablas colgadas del techo de la cocina. También suele encontrarse una parrilla junto a alguna sartén de hierro y un par de calderos de cobre.
La cerámica o loza está presente en forma de tallas para el agua jarros lebrillos y tiestos para tostar el grano destinado al gofio. Detrás de la puerta hay una escoba fabricada con hojas de palma y el suelo de tierra apelmazada se cubre con una estera de juncos. Poco más puede encontrarse: un cedazo: un mortero de madera: tal vez una tabla para cortar carne: algo de vajilla: platos de peltre: escasos cuchillos y cucharas de hierro y de madera.”
(Manuel Mora Morales: Canarias. Ed. Malvasía. 2012)
Copyright by manuel mora morales, 2012.
Crónica negra de una corrida de toros en Tenerife, en el año 1906

Postal coloreada de la Plaza de Toros de Santa Cruz de Tenerife, publicada en la década de 1920. La última corrida de toros se celebró en el año 1983.
Siempre he creído que la humanidad avanza, a pesar de todo, hacia la nobleza y la bondad. Cierto, el camino no es recto y está plagado de horrores que acechan en cada vuelta, pero si somos generosos con nuestra mirada, comprobaremos que con el transcurso del tiempo hay más personas que no están dispuestas a tolerar los crímenes, las torturas y los abusos que antes se realizaban impunemente contra los seres humanos y los animales. Pongamos, hoy, el dedo en una llaga: el maltrato animal a través del toreo.
Un visitante francés realizó la descripción de una corrida de toros en Tenerife, efectuada en el año 1906. Esta crónica tiene un apreciable valor en la actualidad, cuando tan lejanos quedan esos espectáculos en el archipiélago. En Canarias se prohibió las corridas de toros en 1991, siendo primera comunidad autónoma que lo hizo. La segunda fue Cataluña, en el año 2012.

La plaza de toros de Santa Cruz de Tenerife. Al fondo, se puede ver el Hotel Quisisana (foto de 1910).
La construcción de la plaza de toros de Santa Cruz [1] estuvo acompañada de grandes polémicas en la prensa y fuera de ella. Eran muchos los ciudadanos que se oponían, máxime cuando existía otra plaza, construida en La Laguna en el año 1891.
“En el Diario de Tenerife, al mes de inaugurarse la plaza permanecía aún esta polémica. Eduardo Dolkowsky firmaba un artículo en el que manifestaba su pesadumbre por la instauración del gusto por los toros en Canarias:
“Si he hablado de las corridas de toros es por creerlas perjudiciales al país, bajo todos los conceptos, desde el punto de vista económico hasta el de la moralidad pública. En la Península hubiera sido ocioso ocuparse de esa diversión, arraigada en ciudades y villorrios, pero en Canarias que durante cuatro centurias se han librado de sus perniciosos efectos y en una provincia que no produce toros ni toreros, porque con la dulzura de su clima pierden su fiereza hasta las alimañas, es muy de lamentar que a fines del siglo XIX se hayan introducido espectáculos que ninguna utilidad han de reportar”.[2]
Si debe creerse al autor de la crónica insertada a continuación, hace un siglo la afición de los tinerfeños por lo taurino había despertado de forma significativa. En cuanto al ensañamiento con los animales, que se demostraba durante el espectáculo, no era ni más ni menos que el mismo mostrado hoy en día por los aficionados españoles que aplauden salvajemente cada vez que los toreros agreden al toro que de manera irremisible ha de morir ensangrentado a la vista de todos.

El episodio de la mujer torera, subida sobre una peana en el centro de la plaza, provocando al toro, es tal vez lo que más sorprende, junto al destripamiento de los caballos y la conducta encarnizada de los espectadores con el toro muerto. De cualquier manera, no debe ocultarse la historia de ningún pueblo, sino sacarla a la luz para aprender de ella y no repetir los mismos errores. Sin más preámbulos, leamos:
“Los entretenimientos no abundan mucho en Santa Cruz. En la plaza de la Constitución, tres noches a la semana se celebra un concierto en el que puede escucharse la música del regimiento de infantería o la de la banda de la ciudad. A veces, en el teatro actúa una compañía bastante buena. Si a ello añadimos algunos bailes en el casino y en ciertas casas particulares, se habrán agotado todos los placeres mundanos que ofrece la capital de Tenerife. Para terminar de pasar agradablemente estos días, sólo quedan las numerosas excursiones que se pueden hacer por los alrededores.

Esta foto pertenece, aproximadamente, al mismo año que la crónica que nos ocupa.
Sin embargo, el más apreciado de todos los festejos –no olvidemos que estamos en una región española– es la corrida de toros. Y nosotros asistimos a una de ellas. Esta clase de espectáculo se desarrolla siguiendo un ceremonial inamovible, tradicional y que ha sido tantas veces descrito por los más grandes maestros de la pluma, que dudamos si aventurarnos en un nuevo relato. No obstante, una corrida de toros en Santa Cruz de Tenerife es tal fiesta para sus habitantes, las emociones que ahí se experimentan son tan fuertes, los recuerdos son tan vivos que no nos resistimos al deseo de contar breve y sobriamente lo que hemos visto. La corrida se anuncia, con bastante antelación, por medio de unos inmensos carteles blancos y negros colocados en todas las calles de Santa Cruz.
El día en que se celebra es declarado «festivo»: los comercios cierran a mediodía, nadie quiere trabajar y sus habitantes antes se privarían de comer que de faltar a la corrida. El público, en efecto, es todavía mas ardiente, más entusiasta, más apasionado, si cabe, que en España. ¡No hay que olvidar que estamos al sur de Madrid y de Sevilla! Una hora antes del espectáculo la gente se amontona en la única puerta de la plaza. La aristocracia ocupa las entradas de sombra y el pueblo se agolpa en las entrada de sol. El inmenso circo al aire libre recuerda las antiguas arenas. Tanto el exterior como el interior están blanqueados con cal y la mayoría de los espectadores se sientan en gradas de piedra.

Lucha Canaria en la plaza de toros, en la década de 1920.
Algunas localidades tienen cojines de cuero y ciertos palcos poseen sillas, entre otros el del ayuntamiento, que dirige la corrida y está llamado a resolver todas las dificultades que puedan presentarse. El palco presidencial se halla situado enfrente del toril. En las corridas en que intervienen los picadores, éstos se colocan cerca de ese palco, frente al toro, de tal manera que no es raro ver cómo éste, al salir del establo, se precipita sobre uno de los caballos y lo despedaza a los pies del mismo alcalde. Sin duda, ésta es la parte más repugnante de la corrida. El destripamiento de los caballos por el toro es una de las sensaciones más penosas que se puede experimentar; cuando la cornada del furioso animal no ha alcanzado a los desafortunados caballos en el corazón, estos se levantan para escapar y se enredan en los intestinos que se les escapan de sus espantosas heridas. Afortunadamente, se nos ahorró este brutal espectáculo, ya que la corrida a la que asistimos no contaba con la intervención de los picadores.

La Plaza de Toros de Santa Cruz fue muy utilizada para encuentros de Lucha Canaria, primero, y la celebración de bailes de carnaval y conciertos de rock o salsa, más tarde.
El aspecto del inmenso circo en un día de corrida es algo digno de admiración. El sol lo ilumina vivamente y bajo sus rayos, tan intensos que llegan a quemar, se produce una verdadera explosión de colores con tonos y matices incomparables, haciendo que toda la gama del Trópico alegre la vista. Las mujeres, todas hermosas, con sus grandes ojos oscuros, sus moños negros con flores resplandecientes y sus delicadas mantillas amarillas, negras o blancas, aportan a este decorado maravilloso el encanto de la elegancia y la emoción de la belleza.

Una guagua deja al público en la entrada de la plaza de toros para asistir a unos de los actos del carnaval chicharrero de 1988.
Los gritos, las risas, los gestos forman un tumulto gozoso, ensordecedor, que mantiene o incluso eleva el estruendo de una música endiablada. Hay en todo este bullicio y en todo este jaleo una vitalidad realmente extraordinaria. Nada más sentarse el gobernador de la isla en el sillón presidencial, resuena una trompeta: los toreros hacen su entrada. Hasta sus más pequeños movimientos evidencian una agilidad y una flexibilidad prodigiosas y sus semblantes respiran valor y sangre fría. Sus trajes resplandecen de seda y oro, el tejido de sus elegantes ropas desaparece bajo un brillante revoltijo de bordados. Hacen el paseíllo y se inclinan ante el palco del ayuntamiento. Una vez se ha cerrado el toril con llave colocan en medio de la arena una pequeña peana, ya que la corrida incluye hoy la proeza que recuerda a la de don Tancredo, que desafió la furia de un toro.
Entonces, se colocan todos en su sitio, los chulos y los banderilleros, así como el espada se resguardan tras los refugios dispuestos alrededor de la arena. Una mujer joven se queda sola en el centro del inmenso espacio vacío y se sitúa sobre la pequeña peana. Una vez se abren las puertas del toril, un magnífico toro entra lentamente. Husmea a derecha e izquierda, sorprendido por la muchedumbre y por el ruido. De repente divisa a la mujer y se lanza contra ella, pero ésta ya está lejos cuando la bestia destroza de una embestida la peana a la que se había subido unos segundos antes. Todos aplauden la valentía de la torera.
Entonces comienza el turno de los chulos o de los capeadores. Los chulos precisan sobre todo ser ágiles y ligeros; su única arma es un capote de tela roja que pasan uno tras otro delante de los ojos del toro con el fin de excitarlo. La bestia tanto sacude nerviosamente la cabeza para desembarazarse de ese velo que obsesiona su visión como lo pisotea rabiosamente cuando logra arrancárselo de las manos a su enemigo. En ocasiones, sin embargo, cuando se trata de un animal un poco menos bravo, busca con una mirada inquieta la puerta por la que entró, ansioso por encontrar la tranquilidad de su establo. Entonces es cuando se produce un tumulto indescriptible en el coso, abruman al toro con insultos, le lanzan toda clase de proyectiles y los gritos y voceríos sólo cesan con la señal del presidente que ordena a los banderilleros que entren en escena.
[…] delante de él y deja a un lado la muleta. Planta el pecho a unos centímetros de los cuernos del toro. Un silencio impresionante, un silencio de muerte, reina en todo el coso. Finalmente, en el preciso momento en que el animal va a embestir al hombre, éste le hunde la espada en el corazón hasta la empuñadura. El animal se queda clavado en el sitio, sus corvejones se agitan con un temblor nervioso, sacude lastimosamente la cabeza, oscila a derecha e izquierda y se derrumba sobre las rodillas.

En La Laguna, a 10 km de Santa Cruz de Tenerife, también había una plaza de toros, fabricada con madera, en el año 1891, donde se celebraban corridas, como atestigua esta foto. Se encontraba junto a la iglesia de San Juan.
Una tormenta de aplausos retumba en toda la plaza, los vivas y los gritos de alegría saludan la destreza del espada. Los músicos tocan la muerte del toro y las puertas del coso se abren ante un tiro de tres mulas espléndidamente enjaezadas que vienen al trote para llevarse el cadáver de la magnífica bestia, tan plena de fortaleza hasta hace unos instantes y que ahora es arrastrada de manera tan mísera entre el polvo de la arena. Aquel día se mataron seis toros y el espectáculo prosiguió sin interrupción hasta el final. Pero, apenas fue herido el último toro, todos los espectadores de las gradas inferiores saltaron a la arena para ensañarse con golpes e insultos con la pobre bestia agonizante. Ante tales excesos de brutalidad y la furia salvaje de esa gente ebria de carnicería, lamentamos haber compartido las emociones de un público que aplaude al ver la sangre, el dolor y la muerte.” [3]

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NOTAS:
[1] La plaza de toros de Santa Cruz de Tenerife fue levantada entre 1892 y 1893, bajo la dirección del arquitecto Antonio Pintor que también habría de intervenir en las iglesias de Agulo y Vallehermoso, en La Gomera. Este arquitecto municipal, ateniéndose a un bando municipal que prohibía el uso de madera en los entramados arquitectónicos, utilizó hierro en su construcción, un material innovador en aquella época. Sufrió un incendio en 1924 que casi la destruyó por completo, pero fue reedificada en 1927.
En 1947, se pensó seriamente en derribar la plaza y construir edificios, cuyos planos llegaron a efectuarse. En 1986, fue recubierta por un toldo blanco y azul que años más tarde se desplomaría sin causar víctimas. Desde su inauguración, en este recinto se han celebrado actos de todo tipo. En los últimos tiempos se ha destinado casi exclusivamente a actividades culturales y deportivas, si bien ha permanecido cerrado y carece de uso, a la espera de llevar a cabo planes para construir centros comerciales y espacio de recreo, salidos de un concurso de ideas que convocó el ayuntamiento capitalino en el año 2008.
En este mes de abril de 2013, el Cabildo ha declarado la plaza de toros Bien de Interés Cultural (BIC), junto a la zona residencial donde se encuentra, lo cual garantiza que el inmueble no será derribado y que no se llevará a cabo el proyecto municipal de 2008.
[2] Gloria Elsa González Martín: Tradición e innovación: la plaza de toros de Santa Cruz de Tenerife.
[3] Louis Proust, Joseph Pitard: Las islas Canarias: descripción de Tenerife.
Las abejas no aman, aman las mariposas

Mentiría si dijera que admiro a las abejas.

Las abejas me recuerdan demasiado los regímenes totalitarios, en los que millones de personas trabajan ciegamente para elevar más y más el vértice de la pirámide social donde se encuentra un grupo de caraduras, ebrios de poder. Un grupo que arenga a los ciudadanos para que obedezcan y trabajen en nombre de Dios, de la Revolución o de la Libertad. A veces, también en nombre de la Economía.

Dime sobre lo que te arengan tus gobernantes y te diré lo que no piensan darte jamás.

No me gustan las abejas, porque me recuerdan a los clientes de los bancos, buscando afanosamente dinero como si fuera néctar, para pagar créditos que engordan cada vez más a las abejas reinas financieras y a los dueños de la colmena.

No me gustan las abejas. Trabajando de sol a sol, ahorrando y ahorrando, depositando y depositando un capital que nunca van a utilizar ellas ni sus descendientes.

No me gustan las abejas. Su prisa por almacenar y su avaricia les impiden comprender que todo el fruto de su trabajo es robado una y mil veces sin recibir nada a cambio.

No me gustan las abejas, ni me gusta su organización, ni me gusta su reina ni me gusta su obtuso modo de vida. La colmena es el espejo donde me reflejo yo mismo, mis vecinos y los vecinos de mis vecinos que sólo sentimos felicidad cuando recaudamos unas gotas de néctar para obtener la aprobación de la colmena que nos premiará dejándonos escuchar sus aplausos, su aprobador zumbido de idiotas… cada vez que depositemos nuestro néctar en el panal que alimenta a los amos.

Admito que me asombra su trabajo y hasta sus siluetas aproximándose a las flores. Incluso, que me gustan como metáfora de los errores humanos.

Puestos a elegir, prefiero el borroso vuelo de las avispas que tanto odian los humanos porque no trabajan para ellos y porque, al contrario que las abejas, no se mueren desgarradas cuando pican.

Avispas que decidieron, tal vez hace un millón de años, tomar el néctar justo que les permitiera sobrevivir, sin acumular por acumular, avariciosamente.

También liban las mariposas en las mismas flores, sabiendo que es absurdo acumular cuando la vida tiene el tiempo contado.

Abejas y mariposas trabajan en lo mismo, a veces codo con codo, pero las separan la avaricia, el orden de la colmena, la obediencia ciega y el desamor por la vida. Las abejas no aman, aman las mariposas.
Cupido y la Venus de la Leche

He dedicado unos cuantos artículos de este blog a comentar pinturas religiosas sobre la Virgen de la Leche, especialmente aquella imágenes en que aparece San Bernardo recibiendo chorros lácteos procedentes de los pechos de la Virgen cristiana. A esos escritos me remito, con el correspondiente vínculo, a de fin de no repetirme.

Junto a ellos, incluí algunas pinturas con el mismo tema, referido a los dioses clásicos, como un cuadro de Tintoretto (1580), localizado en la National Gallery de Londres, en el que también aparece Hércules alimentándose con la leche de la esposa de su Padre Zeus. También incluí otro óleo, El nacimiento de la Vía Láctea, de Rubens (1637), conservado en el Museo del Prado en que Zeus, el Dios Padre del Olimpo, contempla a Hera lanzando un chorro de leche que no llega a la boca de su hijo Hércules, sino al cielo.
Contaba con más imágenes y textos para continuar la serie, pero me pareció que se volvería cansina si la alargaba. Sin embargo, existe un cuadro que se me quedó fuera y debí haberlo incluido. Hoy trato de remediarlo, en este artículo.

“Venus, Marte y Cupido”, de Rubens.
Me refiero a este óleo de Rubens, titulado Venus, Marte y Cupido, pintado en primera mitad de la década de 1630. Como se aprecia, la diosa del amor alimenta a su hijito Cupido lanzando a su boca un chorro de leche. Marte, amante clandestino de Venus y padre putativo de Cupido, observa el banquete de su hijo.
Varios críticos hacen referencia al escudo de Marte (abajo, a la derecha), donde aparece una figura tenebrosa, que quizás represente la entrada del infierno sobre el que pende Cupido.

A la izquierda de la imagen, puede verse a Juan Crisóstomo, que llegó a ejercer como Patriarca de Antioquía y escribió varios libros que destilan el más feroz antisemitismo.
Otros entendidos identifican la figura de Venus con la madre que aparece en un grabado a buril sobre papel, perteneciente a Alberto Durero, titulado La penitencia de San Juan Crisóstomo. Observe la posición de los pies de la mujer y la posición de la mano y los dedos sobre su pecho.

“Paz y Guerra”, óleo de Rubens.
Es imprescindible la comparación con otra obra de Rubens, titulada Paz y Guerra, de la misma época. Sin embargo, en éste, Rubens no representa a Venus. sino a Minerva, diosa de la sabiduría, mientras el dios de la guerra, Marte, es expulsado de su presencia, acompañado del Horror. Uno de los “amorcillos” bebe la leche de la diosa.
Lo que a mí me llama la atención, en el cuadro Venus, Marte y Cupido, es que no conozco otra imagen en que el chorro de leche de la madre llegue a la boca del hijo. En el resto de pinturas y dibujos, aunque esté presente el hijo, el chorro de leche va dirigido hacia otro objetivo: la boca de San Bernardo, su frente, el firmamento, un amorcillo, las almas del purgatorio,…
¿Existe alguna razón religiosa, teológica, eclesiástica o, incluso, psicoanalítica para que los pintores no lleven los marianos chorros de leche a la boca de su hijo-dios? Lo ignoro, pero sería interesante conocer una explicación convincente para un tema tan ampliamente tratado en la pintura religiosa durante tantos siglos.
Los cangrejos rey en Canarias, ¿compatibles o incompatibles con la extracción de petróleo?
Una noticia de estos días, proporcionada por la agencia EFE, nos da la medida del disparate que significa poner en riesgo de contaminación las aguas cercanas a Canarias. Al parecer, es posible comenzar, de inmediato, a pescar anualmente 80 Tm de camarón soldado y 27 Tm de cangrejo rey en aguas archipielágicas, lo cual resucitaría nuestra maltrecha flota pesquera y crearía muchos puestos de trabajo, directos e indirectos. Las reservas de camarón soldado se encuentran a profundidades de entre 200 y 350 metros y las de cangrejo rey, desde 600 m a 1.000 m bajo la superficie marina.
Claro que pocos países comprarían nuestros mariscos, sabiendo que proceden de aguas próximas a una plataforma petrolera. Lo cual es un dato a tener muy en cuenta.
El estudio a que me refiero procede del Instituto Canario de Ciencias Marinas que recopila estos datos dentro del proyecto europeo Marprof, el cual analiza las especies pesqueras profundas de Canarias y sus oportunidades de explotación económica. La Agencia Canaria de Investigación e Innovación (ACIISI) también opina que estas reservas biológicas representan una gran oportunidad para reflotar la industria pesquera del archipiélago.
La decisión está en manos del pueblo canario, el cual aún puede defender con uñas y dientes un futuro sostenible para las nuevas generaciones o, por el contrario, dejar que los políticos conservadores, los auténticos valedores del No a la Vida, se salgan de nuevo con la suya y contaminen las costas del archipiélago con un petróleo que los hará más millonarios a ellos y, al mismo tiempo, traerá más pobreza a la generalidad de los canarios.
Si, a estas alturas, alguien cree que las explotaciones petroleras van a dejar algún euro en Canarias es que no tiene el mínimo conocimiento de la economía y de la política que se ha venido practicando con el archipiélago. Es difícil creer en la palabra de los dirigentes canarios, más atentos a su enriquecimiento personal que a las necesidades de los ciudadanos. Por esta razón, si no existe un paso adelante de los ciudadanos para defender su derecho a una vida mejor, de acuerdo con sus necesidades reales, no se presentarán dificultades a quienes destruyan nuestro mar y nuestra riqueza.
Desgraciadamente, no soy optimista en ese aspecto. Somos un pueblo fácilmente manipulable, capaz de defender las posturas que más nos perjudican. La realidad es triste, pero es la realidad.
La Carretera Vieja del Sur: viaje al corazón de Tenerife. 5
RETAZOS EN EL CAMINO

No nos engañemos; todos los objetos que observamos son retazos, trozos de algo. Sin embargo, algunos parecen más trozos que otros, quizás porque somos capaces de imaginar con mayor claridad sus alrededores. Los objetivos de las cámaras, como los marcos de los cuadros, se prestan muy bien a trocear la realidad, a diseccionarla, a aplicarle proporciones áureas, a convertirla en metáfora de nuestros miedos y de nuestros sueños.
Así, los postigos son ojos ciegos; las oxidadas bisagras, hábitos anquilosados; los fractales de la madera, el oleaje de nuestra imaginación; los clavos que asoman sus puntas remachadas, recuerdos grabados a sangre y fuego en nuestra memoria,… y podríamos continuar hasta el infinito, Carretera Vieja adelante, sublimando retazos y miserias.

Si Euclides levantara la cabeza, lloraría de placer al ver cómo el Numero Fi, la llamada proporción divina, juguetea entre las viejas piedras que tapian la ventana y vuelven a tapiar la ventana dentro de la ventana.

–¿Tocarán las 20 bandas juntas en el cumple del señor alcalde?
–No. Las bandas municipales, solamente.

Esta imagen se niega sugerirme el resto de la puerta; únicamente, me susurra el resto de la historia.

Este retazo no lo fotografié por la antena, ni por la pared blanca ni por el cielo azul, sino por este verode que, sabiamente, decidió convertirse en curva y dar la vuelta alrededor de una teja para no limitar su crecimiento. A veces el camino más largo es el más corto, aprendí en la Carretera Vieja del Sur.

Si las ferreterías vendiesen cerraduras con el ojo vacío, no me cabe duda de que ganarían una gran cantidad de clientes nuevos entre los millones de entrometidos que nos rodean. Aunque sólo pudieran ver por ellas desenfocados retazos de nuestra vidas.


Dicen que las imágenes no se pierden. Que viajan con la luz hasta las estrellas y, quizás algún día, seamos capaces de ir más rápido que ellas y verlas cuantas veces queramos desde otros rincones del universo.
Pero el sonido viaja despacio y se disuelve en el vacío; probablemente en ningún futuro se podrán escuchar de nuevo las veces que ha sonado esta aldaba para anunciar un nacimiento, una muerte, una visita a deshora o una declación de amor.

Me gusta el tubo rojo. Ttransporta la misma agua que el resto de sus iguales, pero es la oveja negra de las tuberías, el cuervo blanco de los caños, el cura que desde el púlpito se confiesa ateo, el ateo que lleva en su cartera una estampa de la Virgen de Abona, el presidente que va en guagua al parlamento de su país, el mendigo que conduce un Roll Royce, el honrado príncipe que sólo espera llegar a rey para abdicar, el banquero ladrón que paga de su bolsillo la hipoteca de un desahuciado, el obispo que critica a los tiranos asesinos, el bombero que se niega a desalojar de su hogar a la víctima de una estafa financiera, el dios que por fin ha decidido salvarse creyendo en mi existencia, el comunista que no antepone el estado a la persona o el liberal que no antepone la persona al estado, el lobo estepario que trota rumbo a las tierras cálidas del sur, el pez que da saltos en el agua para ver dónde vive,…

Este retazo corresponde al exterior de un bar próximo a la Carretera Vieja del Sur. Tres ceniceros esperan la llegada de los clientes fumadores para reunirlos en torno a la tablita que, con toda probabilidad, sostendrá las bebidas. Aquí, se contarán historias; verdaderas unas y otras falsas… que son las que más abundan e interesan

Las piedras no hablan; ni siquiera las de las paredes oyen, por mucho que se empeñen los poetas… Puede que sólo estén juntas por conveniencia pura.

En la Carretera Vieja del Sur, denominada oficialmente TF -28, se comenzó a trabajar en 1864, para prepararla para el paso de carruajes. Llegó a Granadilla junto con la proclamación de la II República, en el año 1933; sin embargo, por extraño que pueda parecer, no enlazó con Guía de Isora hasta 1970.
CONTINUARÁ
La Carretera Vieja del Sur: viaje al corazón de Tenerife. 4

Hay días que no tienen segundos ni minutos sino tubos que roban en nuestros pozos hectolitros de tiempo para regarnos las horas sembradas de guadañas. Hoy, enredados los dedos en los libros, se me olvidó escribir. Hundidos mis zapatos en la Carretera Vieja, colocados mis sures boca arriba, repleta de estrellas la garganta, invito a hablar a los poetas. Teja a teja, puerta a puerta y casa a casa voy escuchando sus voces.

En las pálidas tardes
yerran nubes tranquilas
en el AZUL; en las ardientes manos
se posan las cabezas pensativas.
¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños!
¡Ah las tristezas íntimas!
¡Ah el polvo de oro que en el aire flota,
tras cuyas ondas trémulas se miran
los ojos tiernos y húmedos,
las bocas inundadas de sonrisas,
las crespas cabelleras
y los dedos de rosa que acarician! [1]

Y todo el mundo fue llave
sobre los hombros amargos.
AZOTEA de mi casa,
calle alegre de mi barrio,
si el viento por mí pregunta
decid que voy desterrado. [2]

Casas enfiladas, casas enfiladas,
casas enfiladas.
Cuadrados, cuadrados, cuadrados.
Casas enfiladas.
Las gentes ya tienen el alma cuadrada,
ideas en fila
y ángulo en la espalda.
Yo mismo he vertido ayer una lágrima,
Dios mío, CUADRADA.[2]

Tras los fuertes BARROTES la pantera
Repetirá el monótono camino
Que es (pero no lo sabe) su destino
De negra joya, aciaga y prisionera.
Son miles las que pasan y son miles
Las que vuelven, pero es una y eterna.[4]

Con carbón
hemos
trazado el ÁNGULO RECTO
el signo
Es la respuesta y la guía
el hecho
una respuesta
una elección. [5]

AZUL loco y VERDE loco
del lino en rama y en flor.
Mareando de oleadas
baila el lindo azuleador.
ROJO manso y rojo bravo
rosa y clavel reventón.
Cuando los verdes se rinden,
él salta como un campeón. [6]

Entonces no era el mundo ese pañuelo
tan sucio y tan pequeño.
Entonces era el mundo una NARANJA
de anaranjada luz que, deslumbrante,
giraba por el aire describiendo
elipses luminosas.
Una naranja enorme y achatada
por polos de novelas de aventuras… [7]

Alguna vez o voz o tiempo
podemos estar juntos o ser juntos,
vivir, morir en ese gran silencio
de la dureza, madre del fulgor. [8]

Castillo sin torres, ni ALMENAS, ni puente,
Por cuyos salones, en vez de tu gente,
Reptiles arrastran su piel amarilla,
Dime: ¿qué se hicieron tus nobles señores,
Tus ricos tapices de sedas y flores;
Tu gente de guerra, tus cien trovadores
Que alzaron ufanos triunfante canción? [9]

DOS cuerpos frente a frente
son a veces dos olas
y la noche es océano.
Dos cuerpos frente a frente
son a veces dos piedras
y la noche desierto.
Dos cuerpos frente a frente
son a veces raíces
en la noche enlazadas.
Dos cuerpos frente a frente
son a veces navajas
y la noche relámpago.
Dos cuerpos frente a frente
son dos astros que caen
en un cielo vacío. [10]

Para mí, una brizna de HIERBA no vale menos que la
tarea diurna de las estrellas. [11]

Dramática figura del que espera
un aleatorio amor en cada ESQUINA.
Blanco de las potencias enemigas;
de los perros que orinan,
de los dioses acuáticos
y del camión fecundo en tropelías.
Triste figura mía
que abjuraste de todo movimiento
esperando en la esquina
cosas como el amor, tardas, ambiguas. [12]

El mar como un vasto cristal azogado
refleja la lámina de un cielo de zinc
lejanas bandadas de pájaros manchan
el fondo bruñido de pálido GRIS.
Las ondas que mueven su vientre de plomo
debajo del muelle parecen gemir.
Sentado en un cable, fumando su pipa,
está un marinero pensando en las playas
de un vago, lejano, brumoso país. [13]
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[1] Rubén Darío. [2] Pedro García Cabrera. [3] Alfonsina Storni. [4] J. L. Borges [5] Le Corbusier. [6] Gabriela Mistral. [7] Rafael Azcona. [8] Pablo Neruda. [9] José Zorrilla. [10] Octavio Paz. [11] Walt Whitman. [12] Renato Leduc. [13] Rubén Darío.
La Carretera Vieja del Sur: viaje al corazón de Tenerife. 3

Sin las casas campesinas del Sur no existiría la Carretera Vieja. Quizás, la autopista sí, porque ésta se alimenta del aeropuerto, de grandes hoteles, de gasolineras y de playas artificiales. Pero la Carretera Vieja necesita tejas y muros comidos por el tiempo para que tenga sentido su existencia.

Las caseríos se visten de color para mostrar con orgullo las paredes y los espacios que hasta no hace mucho avergonzaban a sus vecinos. Esa renovación vigorosa se ha debido, en parte, a la pujanza económica y a la imitación de modelos foráneos, pero, sobre todo, al acceso de sus moradores a las fuentes culturales y, por extraño que parezca, a la creencia en la igualdad de todos los ciudadanos. La dignidad social también nos conduce a valorar, dignificar y enaltecer la imagen de cuanto nos representa.

¿Quién podría pensar, hace treinta años, que alguien buscara alojamiento para un fin de semana en las inmediaciones de la Carretera Vieja del Sur, en lugar de alquilar un apartamento cerca de la playa?

Ya no sé si se fabrican tejas en la isla. Recuerdo comprar algunas tejas artesanales en un horno que existía en el barrio lagunero de San Benito; pero aquella fábrica se acabó, a la par que el siglo XX, sin que parezca haberle importado a nadie. Lástima.

Hemos convertido el desarrollo en una forma rápida de producir basura. Cada día, es mayor la velocidad con que nuestros más preciados objetos se convierten en chatarra inútil que debemos tirar. Mirando esta foto, me pregunto ¿Qué es lo viejo?, ¿la ventana o el microondas?, ¿qué es lo que ha devenido en inservible?, ¿estamos creando la civilización del deterioro?, ¿sólo del deterioro físico o…?

Junto al banco hay una fuente pública en la que se puede recoger agua desde que en 1902 un hombre se empeñara en abastecer las casas de su pueblo utilizando tuberías metálicas. La Carretera Vieja del Sur está a dos pasos de este remanso de paz, donde es posible beber algo o entrar en la tertulia que se forma en el antiguo café, justo al lado.

También hay bancos junto a la Carretera Vieja del Sur –que, por mucho que disimule, no es sino un río de tiempo congelado–, bancos idóneos para rememorar pretéritos perfectos e imperfectos, bancos adecuados para adivinar a dónde va fulanito a estas horas en su coche, bancos perfectos para vaticinar que tampoco el año próximo saldremos de la crisis, bancos pertinentes para especular sobre la especulación de los bancos.

La luz juega con las casas que parten desde la Carretera Vieja del Sur, a través calles estrechas. Sus sombras nos salvan de las insolaciones que nos obligarían a visitar a Tía Candelaria para extraer el sol de la cabeza con un pañuelo de lino y un vaso de agua burbujeante.

Nada escapa a los amarillos del sol. Lo dijo el poeta: Calor, amor. La historia tras la puerta.

No te asomes a la ventana, que no hay nada en esta casa. Asómate a mi alma, como deseaba Miguel Hernández.

Ya no existen razones para subir, ahora cada escalón es un vacío, un peldaño hacia ninguna parte, una terrible metáfora que conviene olvidar.

En la Carretera Vieja del Sur, el color más intenso lo tiene el cielo. Bajo esa cúpula azul, avanzamos entre amarillos, verdes y rojos; descubrimos muros, ramas, geranios y tejados; hacia el Sur avanzamos, siempre hacia el Sur.
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La Carretera Vieja del Sur: viaje al corazón de Tenerife. 2

El Sur no es fácil. Para amar el Sur hace falta un largo y duro aprendizaje que pasa, ineludiblemente, por no obsesionarse con el agua y dejarse inundar por las tonalidades amarillas. Los tonos ocres, cerúleos, ajes, ambarinos, cobrizos, pajizos, rubios, dorados, limonados, áureos, leonados, pálidos y anaranjados son los fondos del paisaje por donde transcurre la Carretera Vieja del Sur y, sobre ellos, descansan los tejados rojizos, los verdes del invierno y el color plomizo de los tubos del agua, muchas veces vacíos.

Los pequeños minos y las fuentes más o menos cercanas, siempre han proporcionado algún cántaro de agua para regar los pequeños jardines con plantas que se pegan a los muros, buscando unas horas de sombra con una tregua a la continua insolación, a cambio de regalar unos pétalos.

La Carretera Vieja del Sur y el Canal del Sur son vecinos durante muchos kilómetros, desde que en 1950 el canal transportó agua a la tierras meridionales que acometieron cultivos de regadío de manera más extensa.

Cuatro gotas de lluvia bastan para que las tierras del sur reverdezcan. Entre cardones, verodes, tabaibas y fincas abandonadas, el Canal del Sur avanza hacia sus monocultivos: antes regaba plátanos y tomates; ahora, turistas alemanes e ingleses. ¿Las ganancias de antes son iguales que las ganancias de ahora? Las respuestas no están escritas en el aire, sino en la Carretera Vieja de Sur. Como si fuera un solo y largo renglón, basta recorrerla e ir leyendo, finca a finca, caserío a caserío,…

El número que aparece en las señales kilométricas de la Carretera Vieja del Sur y la abundancia de agua mantienen una proporción inversa. El alisio no es capaz de esquivar las grandes cadenas montañosas del Norte y su carga de agua no logra sobrepasar las cumbres de Izaña. Sin embargo, quién podría decir hace cien años que, económicamente, el sol competiría con el agua, ¡y ganaría la partida en esta isla!

Los pozos de agua son aquí minas de oro. Entre el Canal del Sur y la Carretera Vieja se encuentra uno de los numerosos pozos que succionan la traslúcida sangre de la isla y la envían en gruesos tubos a otras zonas más bajas que es, por cierto, donde se cosecha el dinero.

Transversales a la Carretera, los tubos de acero se deslizan, resbalan y, henchidos de un cristalino embarazo, descienden burbujeando entre las tabaibas.

La mirada busca con ansias el agua en los alrededores de la Carretera Vieja del Sur. Se trata de un instinto irreprimible en quienes hemos vivido la mayor parte de nuestra vida en tierras del Norte. El sonido del chorro de una pequeña acequia, la fugacidad de las transparencias húmedas que no logran atrapar definitivamente nuestras retinas, el olor de las gotas empapando la tierra,… captan nuestra atención y, sin que apenas lo advirtamos, se nos relajan los músculos y nos traiciona una sonrisa.

El agua; las olas de tierra ocre que son los surcos; las papas de ramas minúsculas y sabor delicioso; el elíptico campesino –sí, aún el campesino que nos da de comer– descansando, quizás, de la dura jornada en su casa, frente al televisor de plasma, escuchando que no habrá hospital en el Sur, que no existe dinero para el campo, que el agua subirá de precio, que también subirá el coste de la comida y el de la ropa, y que sus representantes van a solucionar, con seguridad, el próximo año, todos los problemas que a ellos no les afectan. “Menos mal que este año tengo papas plantadas pa’ comer, si se me aguarecen, claro…”.

En el Sur, amenaza lluvia. Los pinares de las cumbres están cubierto de grises y la neblina viene arrastrándose cañada abajo. Quién sabe si esta tarde mismo llega hasta la Carretera Vieja del Sur y tenemos que sacar los abrigos. Pero está bien que llueva.

Que llueva que los estanques del Sur se vacían con facilidad y hay que abandonar las fincas, aunque tengan buena tierra. Ya más de uno ha partido hacia América, a ver si allá puede salir adelante; como en los otros tiempos, cuando había que salir en los taxis piratas por la Carretera Vieja del Sur, con una maletita de madera o de cartón en la mano y el dinero justo para no morirse de hambre en el viaje hasta Venezuela.

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La Carretera Vieja del Sur: viaje al corazón de Tenerife

La Carretera Vieja del Sur nos va introduciendo en los secretos de la isla: flora autóctona deslumbrante, barrancos cortados a machetazos, iglesias viejas repletas de santos aún más viejos, un completo catálogo de la espléndida arquitectura popular de Tenerife, guachinches perfumados con el agradable vino sureño, restaurantes exquisitos y ocultos, lagartos tizones que huyen del cernícalo que los acecha desde la estratosfera, paisajes simétricos como alas de mariposa, pozos que lloran día y noche su agua para las cebollas y las papas enterradas bajo el picón que bebe también el rocío mañanero,…

La Carretera Vieja del Sur nos conduce al corazón del Tenerife auténtico, el que ha latido durante siglos, el que en las zonas costeras han aplastado las autopistas bajo sus garras de asfalto.

El mundo real es mucho más pequeño que el mundo de la imaginación, dijo Nietzsche; pero, ¿cómo podríamos imaginar algo grande sin apoyarnos en lo pequeño? Al fin y al cabo, la grandeza o la insignificancia de las cosas depende de la distancia desde la que las observamos.

Poner rumbo al Sur, seguir la Carretera Vieja, significa resolver las interrogaciones de las curvas, consiste en teclear asombros sobre los puntos suspensivos de los malecones, es poner el foco en lo cercano, en el día a día de la vida, sin dejar que se nos fuguen los apetitos por las alcantarillas.

No tenemos remedio los románticos. Hemos nacido añorando las ruinas y nada nos parece bello si no descubrimos sus carencias, los vacíos por donde se cuelan las aguas de la sempiterna nostalgia o la vegetación audaz que coloniza sus osamentas y las cubre de flores.

Con motor

o con pedales, aramos las montañas del Sur sobre la negra cinta que tantas ilusiones, enfermedades, amores, lágrimas, muertes, codicias, amistades, decepciones y sueños rotos se deslizaron en otro tiempo. Hoy, la Carretera Vieja, retorcida, atormentada y solitaria, es el monumento perfecto al abandono secular que ha sufrido este Sur y a las bellezas íntimas que nos descubre.

Pero no hay que hacerse ilusiones vanas: lo bello es invisible a los ojos de quien no se abre a la belleza, de igual manera que las mayores exquisiteces culinarias permanecen incógnitas para quienes no son capaces de superar sus prejuicios gastronómicos.

El cernícalo vuela muy cerca de la Carretera Vieja, sabedor de que pocos vehículos le robarán el aire y el silencio. Su vuelo es sereno, pausado, redondo, como el planear de un singular banquero que administrara el viento para sostenerse sin esfuerzo en lo más alto o para caer raudo y cruel sobre sus presas indefensas.

Las viejas casas del Sur de la isla, sus paredes de piedra caliza, sus encalados y sus enjalbegados no pueden frenar la fuerza del sol que las amarilla, como antes amarilló la vertiente sur de los volcanes. La Carretera Vieja envejece con las casas; y con ellas va adquiriendo esa belleza que muestran los árboles centenarios, los poemas clásicos o las leyendas milenarias.
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Tenerife desde el mar (1776). Historia de un cuadro y de sus alrededores
Este óleo sobre lienzo, que se halla en el Yale Center for British Art (un museo de arte en la Universidad Yale, en New Haven, Connecticut, Estados Unidos), fue pintado por John Webber (1751-1793), en el verano del año 1776. El cuadro no se encuentra a la vista en las salas de exposición, sino en el archivo de la institución. Si amplía la foto, podrá observar al Castillo de Paso Alto y otras construcciones militares diseminados por la costa de Santa Cruz de Tenerife, para defenderla de ataques piráticos o de los navíos de naciones europeas que entraban en guerra con España.
Webber llegó a Tenerife con el capitán James Cook, el cual iba al mando del velero Resolution, en viaje hacia Tahití. Fue el último viaje de Cook. Le acompañaba como contramaestre el cruel William Bligh y el capitán Charles Clerke que comandaba otra embarcación. Bligh se hizo famoso más tarde, al sufrir un motín a bordo del navío Bounty, sobre el que se ha rodado una famosa película.
Con ellos viajaba Omai, un indígena tahitiano que había acompañado a Cook a Londres, en su anterior viaje. Cuando Omai desembarcó en Santa Cruz de Tenerife, no se separaba ni un segundo de Cook, como si temiera perderlo de vista en cualquier momento. Nada más lejos de la realidad, puesto que Cook lo llevaría sano y salvo hasta su isla natal. En esa época, era muy habitual la escala en Tenerife de navíos británicos comerciales, de guerra o de exploración. Una de las razones para esta escala era comprar el estimado Canary Wine (vino Malvasía) que se consumía a bordo de las naves británicas de forma habitual.
En el puerto de Santa Cruz, se encontraron con que una expedición francesa, al mando de La Borda, tenía desplegado un buen número de instrumentos de observación, puesto que esa misma noche del 30 de julio de 1776 se producía un eclipse lunar.
Cook no regresaría de ese viaje, porque los hawaianos lo mataron y se lo comieron, después de que el inglés les infringiera graves ofensas, secuestrando a su rey, a pesar de que éste había acogido a los extranjeros con gran hospitalidad.
Como diseñador, Webber se encargó de ilustrar el viaje. Finalmente, el capitán Clerke logró llegar con los dos navíos a la capital británica en el año 1780. He aquí un texto de mi novela CANARIAS que relata la llegada de la expedición de James Cook a Santa Cruz de Tenerife.
Santa Cruz de Tenerife
Lunes 22 de julio de 1776
El teniente de navío francés Jean-Charles de la Borda se encuentra al mando de la fragata La Boussole. En la rada permanecen otros quince barcos fondeados. La Borda ordena plantar una tienda en el mismo muelle y la gente observa con curiosidad una serie de instrumentos astronómicos que los galos comienzan a ensamblar. Varios hombres bajan de La Laguna al enterarse del acontecimiento.
Algunos traban conversación con José Varela –un español que acompaña a La Borda-– mientras otros observan las maniobras de los galos desde la terraza del Águila italiana comiendo golosinas y helados o saboreando uno de los sabrosísimos refrescos que prepara Fancesco Chiaro con nieve del Teide. Allí se encuentran el alcalde real, Santiago Clemente del Campo: el juez de Indias, Bartolomé de Casabuena y Mesa: el alcaide del castillo San Cristóbal y marqués de la Fuente de Las Palmas, Alonso Chirino de Sandoval: el teniente coronel Matías de Gálvez, nuevo alcaide de Paso Cruz: Garrick, comerciante británico:…
Una vez saciada la curiosidad de los isleños los días pasan monótonos en Santa Cruz bajo la canícula veraniega. Solo viene a turbar esta paz la partida del mitrado Servera el día 23 de julio. El obispo embarca por el muelle de Garachico con dirección a la isla de La Palma y –aunque nadie lo confiese abiertamente– clérigos y autoridades respiran aliviados al verse libres de semejante dolor de cabeza.
El día 30 los franceses tienen montado un gran escándalo alrededor de su tienda de campaña instalada en el muelle. Al parecer no se ponen de acuerdo sobre el lugar dónde se debe ubicar sus instrumentos para observar esta noche el eclipse total de Luna. Y como eran pocos en el muelle arribaron los ingleses. Acompañado de varios oficiales sube las escalerillas del muelle el capitán James Cook que viene al mando de dos buques de la Armada de Guerra británica: el Resolution y el Adventure. Santa Cruz se va pareciendo cada vez más al escenario de una comedia de aventuras.
Con los británicos desembarca Omai: un aborigen de la isla Oteheite. En un viaje anterior Omai subió a bordo del Adventure y el capitán Tobías Furneaux no tuvo manera de obligarle a bajar. Así que Omai se fue a Inglaterra y una vez allí se dedicó a comer y beber en las principales mansiones de Londres invitado por los curiosos aristócratas. Puesto que Cook había decidido regresar a la India las autoridades británicas pensaron que lo mejor sería devolver a Omai a su isla natal con el objeto de poner los dientes largos a sus compatriotas contándoles las maravillas de los civilizados ingleses.
Desde que desembarcó Omai no se aparta un solo instante de Cook. Cuando los tinerfeños hablan con el famoso marino británico este les refiere sus razones para llevar a Omai en esta navegación.
–Como tendremos que tocar nuevamente las Islas de la Sociedad se determinó no perder la única oportunidad de llevarle de vuelta a su país. Lo cierto es que Omai se subió al barco en Londres con una mezcla de pena y de satisfacción.
Esa noche los franceses realizan sus observaciones de manera milagrosa puesto que en los alrededores del muelle andan los marineros ingleses dando traspiés y canturreando debido al aguardiente que han trasegado en la taberna de la grancanaria Manuela Falcón: recién inaugurada: situada entre la Plaza de la Pila y la iglesia de la Concepción: no tiene pérdida.
No van solos los ingleses. Les acompañan unas cuantas chicas muy alegres y la más de todas es La Capitana: a pesar de su juventud ya es la jefa indiscutible de cuanto rufián infecta el puerto. Los ciento doce tripulantes que seguían a James Cook hasta hace unas horas están en estos momentos detrás de la muchacha dispuestos a entregar la vida y hasta el oro si preciso fuera. Y lo será. Tanto éxito la tiene arrebatada por completo.
–Y si quieren ver buenas tetas –grita en el tono de voz más vulgar que pueden emitir sus venenosas cuerdas vocales– mañana se me asoman por Los Lavaderos: ahí detrás de la huerta de Los Melones: allí las mujeres se quitan las sayas y los corpiños para trabajar más cómodas. Nosotras hacemos lo mismo, compadres, pero salimos más baratas porque nadie pone multas por mirarnos ni por manosearnos siquiera. ¿Me escuchas, Bill?
Bill es nada menos que el capitán William Bligh: famoso por su dureza. Con el semblante sombrío pasea por cubierta moviendo su gran mata de pelo rubio atada con un hilo de bramante a la altura de la nuca. En realidad Bligh no ha desembarcado pero La Capitana se ha enterado de su existencia y solo sueña con pasar la noche en el camarote principal del navío Adventure aunque sea ella quien pague.
Cook se dedica en los días siguientes a comprar paja y grano para el ganado que lleva a bordo. También adquiere carne de buey terneros vivos uvas peras higos plátanos moras calabazas cebollas papas maíz víveres de todo tipo y vino. Ningún inglés que se precie de serlo pasará por Canarias sin llevarse al menos una pipa de Malvasía.
–Y todo me parece barato –le dice Cook a Bligh mientras este comprueba el estado de un marinero que tiene colgado por los pies en el mascarón de proa–. Los precios son más razonables que en Madeira y los productos mejores.
–La cerveza no es nada del otro mundo –responde Bligh malhumorado.
–Es verdad que está demasiado floja pero los vinos son mejores que los madeirenses. Y valen a mitad de precio.
–Yo no bebo vino, mi amigo. Le aseguro que ninguno de mis hombres va a probarlo mientras se encuentre a bordo de este navío ¿No es cierto, Marlon?
Marlon se halla cabeza abajo. Tiene los tobillos desollados por una cuerda que lo suspende en el aire pero sabe que si no contesta habrá una ración extra de castigo.
–Sí, señor, digo no, señor Bligh, ningún marinero probará el vino en el Adventure, señor.
–Así se habla, señor Marlon. Está usted aprendiendo a comportarse como un marinero de Su Majestad.
–Sí, señor Bligh. Gracias, señor Bligh. Dios salve a nuestro Rey y a sus valientes capitanes.
Cook vuelve a la chalupa mientras piensa que uno día u otro este capitán va a tener un problema de envergadura cuando a algún marinero se le indigeste un castigo. El día 2 de agosto Anderson, el médico que acompaña a Cook, y tres acompañantes alquilan mulas y se dirigen a La Laguna. Antes de ir a dormir el doctor refleja esta visita en su diario de viaje.
La Laguna se llama así por un lago cercano; está a unas cuatro leguas de Santa Cruz. Llegamos allá entre las cinco o las seis del atardecer, pero fue un viaje no fácil que no nos compensó de nuestras molestias, porque la carretera era mala y las mulas indolentes. La población es desde luego espaciosa y hermosa, pero difícilmente se puede calificar con el nombre de ciudad; la disposición de las calles es muy irregular, aunque algunas de ellas son de tolerable anchura, y tienen algunos buenos edificios. En todo caso y en general, La Laguna es de inferior apariencia que Santa Cruz, aunque esta es mas pequeña si se la compara con aquella. Nos informaron que La Laguna está decayendo rápidamente, y donde antes había casas hay ahora algunas viñas, mientras que Santa Cruz crece cada día.
[…] Yo pude experimentar cómo varía la temperatura del aire solo con caminar desde Santa Cruz a La Laguna y se puede seguir ascendiendo hasta que resulte intolerable. Se me aseguró que nadie puede vivir cómodamente dentro de una milla alrededor de perpendicular de la cima del Teide después del mes de agosto.
[..] La costumbre española de vestir ropas negras continúa entre ellos, pero los hombres parecen más indiferentes, y en alguna medida visten como los franceses. En algunos aspectos hemos hallado a los habitantes de Tenerife como un pueblo decente y muy civilizado, que conservan el aspecto grave que distingue a los de su país con los de las naciones europeas. Aunque no creemos que haya gran similitud entre nuestras costumbres y la de los españoles, es de valor observar que Omai piensa que no hay mucha diferencia. Él dice solamente que no parecen tan amistosos como los ingleses, y que en sus personas, se acercan a las de sus paisanos.
El día 3 de agosto, baja de La Laguna Lope Antonio de la Guerra. Le corroe la curiosidad de ver a Cook: un marino precedido por una fama extraordinaria: un héroe que ha dado varias veces la vuelta al mundo: un aventurero ilustrado que lo mismo se come una serpiente cruda para cenar que lee a Voltaire en el desayuno. A su vez el famoso capitán establece contacto con varias personas de La Laguna e incluso sube a la Ciudad para recoger apuntes.
A la mañana siguiente Cook prosigue su viaje. Unos días más tarde el francés La Borda también sale a navegar con su barco cargado de relojes. No es aventurado pensar que La Borda no solo pasó por esta tierra a determinar la altura precisa del Teide sino a confeccionar el primer mapa exacto de Canarias. Sin embargo es imposible averiguar si se oculta algún proyecto militar detrás de esos mapas.
La medición del Pico de Tenerife no era un objeto de pura curiosidad para nosotros, pues de ello dependía esencialmente nuestro trabajo náutico. Nos era indispensable conocer la elevación exacta de ese volcán, para sacar partido de las observaciones de altura aparente que habíamos hecho en varias puntas de las islas de Tenerife, Gomera y Canaria, que habían de servir para fijar las longitudes y latitudes de esas puntas… (La Borda)
Para hallar la distancia entre La Gomera y Tenerife La Borda procede de manera parecida a como el lego Cristóbal y Antonio José obraron para medir la torre de La Concepción. Lo primero que hace es ir a San Sebastián de La Gomera. Como conoce la altura del Teide puede averiguar la distancia desde San Sebastián a la base del Pico. Después calcula las distancias desde otras islas y confecciona un mapa muy exacto.[1]
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NOTAS
[1] Manuel Mora Morales: Canarias. Editorial Malvasía. Islas Canarias. 2012.
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La heroína en su barril: la increíble historia de Annie Edson Taylor
Las gestas deportivas y las superaciones de cualquier tipo de marca popular responden a un afán de protagonismo, más que a deseos de perfeccionamiento personal, a ambiciones económicas o a revanchas de cualquier tipo, aunque éstas también influyan como incentivos. Las llamativas historias que aquí se cuentan, relacionadas con los arrolladores torrentes de las Cataratas de Niágara, así parecen demostrarlo.

Antes de entrar en la más que interesante historia de Annie Edson Taylor, se deberían conocer algunos antecedentes. Me he tomado la molestia de consultar fuentes directas, en diversas publicaciones norteamericanas de los siglo XIX y XX, para asegurar todo lo posible la veracidad de cuanto sigue. Algunas de las fotos pertenecen al Museo de las Cataratas del Niágara, otras a varios diarios de diversas épocas. Desde luego, fotos y anécdotas curiosas para pasar un buen rato saboreándolas no faltan. Espero, al menos, despertar su curiosidad…
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Igueste de San Andrés: el paraíso en el barranco. Segunda parte

A pocos metros del barranco, los plátanos, el millo, los aguacates, las papas, las papayas y los mangos se solean y se mecen a su antojo, mezclados y revueltos, como si fueran libres para crecer donde les apetezca.
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En Igueste de San Andrés, donde existe una apreciable cantidad de viviendas abandonadas, nació un célebre personaje. En este caserío, vino al mundo el pirata y traficante de esclavos Cabeza de Perro, el cual fue durante un tiempo el terror de los barcos mercantes del Caribe. Residía en La Habana y era dueño de una famosa pastelería en la que reunían conspiradores contra la presencia de España en la isla. Finalmente, la nostalgia lo mató. Se le ocurrió volver a las Islas Canarias y, aquí, las autoridades lo apresaron, lo encarcelaron y lo ahorcaron. Probablemente, por no darles parte de su botín de esclavos, como sí sucedía con los mandamases de Cuba.

El vino ha sido, durante siglos, uno de los elementos más característicos de Tenerife. Así que a nadie le debe extrañar que una calle de Igueste se llame “Las Bodeguillas”.
Inicio del camino a la playa y a la parte vieja del pueblo. Otro de los caminos a la playa parte desde el guachinche “Rincón de Anaga”.

La vieja ventana se encuentra en el camino. Ya nadie se asomará a mirar quién viene o quién va por el camino.
Otra ventana que da al camino.

Vivir más de un siglo es una obra de arte que pocos seres humanos logran culminar dejando un grato recuerdo en sus vecinos. También Marcel Proust usó una magdalena para evocar el pasado, se me ocurrió pensar mientras contemplaba el nombre de la difunta centenaria.
Pronto, el camino desciende bruscamente hacia el barranco, pero el caserío continúa deparando agradables sorpresas arquitectónicas… o disgustos, según se mire.

Como si fuera una hechicera, haciendo un conjuro con sus brazos abiertos, la Higuera del Diablo (Datura inoxia) se recorta contra una pared blanca a la izquierda del camino, que ya desciende hacia la playa.

Las cápsulas de la Higuera del Diablo que contienen defienden sus semillas con picos puntiagudos.

Cuando la semilla está madura para germinar, la cápsula se abre y permite que caiga al suelo. La inmortalidad es la meta de todo lo que está vivo. La reproducción es una forma imperfecta de eternizarse; pero, de momento, no tenemos otra a nuestro alcance. Por esta razón, se venden tan bien las fantasías celestiales. Castaneda escribió –y vendió– muchos libros sobre esta planta a los buscadores de lo maravilloso, que somos casi todos…

En los supermercados los etiquetan como tomates cherry, aunque en Canarias son conocidos como tomates cagones y, tradicionalmente, han sido muy poco apreciados. Se trata de un fruto silvestre, cuyo nombre científico es Solanum lycopersicum var cerasiforme, el cual crece en forma espontánea en varias regiones tropicales o subtropicales.

¡Cuánto desprecio tuvimos hacia los pequeños “tomates cagones” hasta que las multinacionales nos los comenzaron a vender en sus supermercados como un producto bien envasado, con un nombre extranjero y a precios de lujo! Qué insensatos somos…

Camino de la playa, se levanta la brisa. Las hojas de las palmas se agitan en un vano intento por volar. Quién sabe si tienen o no tienen la capacidad de elevarse con la imaginación o, por el contrario, permanecen ancladas a sus agarradas raíces como los banqueros a sus mezquinos intereses.

El barranco y el horizonte. Un horizonte de mar. Dos palmas como dos flechas clavadas a la izquierda. Tres casas donde, a veces, venden mangos a buen precio. Una pareja de excursionistas que jadean al hablar porque su meta no es mirar sino avanzar y hacer ejercicio físico, caminar rápido, rápido, rápido,… para que la vida pase pronto.

Una lisa común (Chalcydes viridanus viridanus), brillante e iridiscente bajo los rayos solares, practica su deporte favorito: broncearse desnuda en uno de los paredones del camino. Si estuviera en Las Gaviotas, ya le habrían obligado a ponerse un bañador.

También se tumba al sol una hembra de lagarto tizón (Gallotia gallotia) que cuando el macho la fecunda pone entre 2 y 9 huevos bajo tierra, donde se incuban con el calor natural.

Los mangos están sobre el camino. Racimos de bombas cargadas de sol que se convertirán en explosiones de dulzura bajo nuestros paladares. Hay que volver –tengo que volver– a buscar mi parte del botín.

Son las semillas del tártago, Ricinus communis, lin., que crece cerca del agua y del sol. Es una de las plantas utilizadas para la extracción del bio-diesel. En países como Argentina, se cultiva, actualmente, de manera industrial en grandes plantaciones. Si a cada 100 litros de aceite de ricino se le agregan 10 litros de alcohol Metanol se obtiene 100 litros de biodiesel, además de 10 litros de glicerina. En Canarias, hubo un tiempo en que se recolectaban las semillas y se vendían.

En la desembocadura del barranco, el cauce apenas tiene agua. La tierra y las piedras se cubren de blanco y el sol –siempre el sol– lo pinta con trazos de sombra. Me asombro, me detengo, trato de encontrar los resquicios por donde circula el arte, no menos arte sin la mano humana.




El guachinche de la playa, que antes mencioné y donde he pasado algunos ratos buenos, hace ya bastante tiempo, cuando aún se encontraba abierto con cierta regularidad.
Este aparador se halla en la terraza del guachinche de la playa. Si usted tiene la fortuna de encontrar la puerta abierta, podrá sentarse en una de las mesitas que hay a su lado.
El culto a la virgen de la Caridad del Cobre vino de Cuba con el retorno de los emigrantes. Esta imagen pequeñísima, se encuentra cerca de la playa.

Frente al guachinche que ya no abre, uno se topa con el cartel que más les gusta colocar a los ayuntamientos: el de las prohibiciones. ¡Ojalá algún día colocaran carteles anunciando las subvenciones y los beneficios a que pueden acogerse los ciudadanos y no sólo los amiguetes de los concejales!

En un lado del cartel, alguien ha pegado este pasquín, advirtiendo sobre un asesino que envenena las calles. Esa misteriosa página Web ha colgado un mapa de Canarias con cinco puntos donde hay veneno –2 en Tenerife, 3 en Gran Canaria y 1 en Lanzarote–, aunque no ofrece pista sobre su autores, que parecen pertenecer a alguna protectora de animales.

Las ruinas siempre son bellas. Éstas se encuentran junto a la playa, tan dispuestas a dejarse fotografiar como a dejarse caer al suelo en cualquier momento.

Al final del camino, la playa es de callaos. Hay un par de muritos, apropiados para sentarse a leer, ver acercarse las olas o seguir las evoluciones de las gaviotas. De vez en cuando, algún vecino baja desde el caserío y no le importa conversar un rato.
Igueste de San Andrés: el paraíso en el barranco

Me gusta Igueste de San Andrés. Hasta he pensado en la posibilidad de residir en este paraje donde parece habitar la misma diosa de la fertilidad. Nunca pasa mucho tiempo sin que me acerque al caserío y baje caminando hasta la playa por alguno de sus senderos. Me agrada la ausencia de gente en el camino y la calma que se respira junto a los callaos, donde rompen las olas con toda la pachorra del mundo.

Para llegar a Igueste de San Andrés, hay que bordear el pueblo marinero de San Andrés que, hace un siglo, ofrecía esta imagen idílica.
Beneharo Hdez.
En la actualidad, San Andrés ha cambiado mucho; sobre todo, desde que se cubrió su playa de callaos con arena dorada del Sahara y se convirtió en la playa de Santa Cruz. La carretera que asciende por la montaña conduce a Igueste de San Andrés.

El castillo de San Andrés, que se halla a la izquierda de la imagen, fue derruido por una crecida del barranco. Era uno de los puntos defensivos contra los ataques navales.
Como se puede apreciar en la imagen, en la actualidad San Andrés continúa sufriendo inundaciones.

Antes de construirse la carretera, el acceso a Igueste se realizaba por este camino que se elevaba desde la Playa de las Teresitas. Hace pocos años, fue destruido por los rompetodo oficiales del desarrollismo tinerfeño.

A la izquierda de la carretera que va Igueste, se encuentra la playa de Las Teresitas. Detengo el coche en el basurero que hace de mirador improvisado y, plantando cara a la brisa, paseo la vista sobre los que pasean por la arena mojada. Noto que cada vez es menos numerosa la gente que se tira al agua y más la que pasea, playa allá y playa acá, tal como sucedía en los años cincuenta. Aunque Albert Einstein no lo dijera, el tiempo es una rueda.

También observo las barcas de los pescadores. Esta vez, me pareció que había más embarcaciones en el agua, muchas más que otras veces. Tengo que preguntar a alguien si esto se debe a una simple apreciación mía o a que está saliendo más gente a la mar a buscar la comida que se le niega en tierra.

Al otro lado del hediondo mirador, aparece la playa de Las Gaviotas. He debido perderme algo, porque antes era un lugar para nudistas y ahora veo a los bañistas con bañador. Será cosa del obispo Bernardo, me digo, y no le doy más vueltas al asunto.

A pesar de todo, sin poder quitarme el barrenillo de la cabeza, vuelvo a echar un vistazo para ver si descubro a alguien desnudo. Nada. Han cambiado el tomar el sol en pelotas por jugar a la pelota bajo el sol. Una buena solución para entretener los parados y para fortalecer la moral cristiana.

En la siguiente esquina, tras los basaltos, las tuneras y los verodes, diviso un petrolero que me recuerda los yacimientos de crudo que hay cerca de Lanzarote y que tan bien le están viniendo al Presidente canario para quedar de maravilla con sus votantes y con el gobierno de Madrid, a un tiempo.

Antes de abandonar el basurero reciclado en mirador, me fijo en este pequeño graffitti que está junto a la carretera, sin saber si anuncia una boutique, una óptica o una marca de gafas para contemplar eclipses. Subo al coche y me dispongo a bajar por una pista que nunca he recorrido, con el fin de ver más de cerca las jaulas para peces que se ven cerca de la costa. Sorpresa: han colocado puertas que me impiden el paso.

“El Rincón de Anaga” es un guachinche donde se puede comer pescado freco con una excelente panorámica de la costa de Igueste. Es la primera casa que se encuentra al entrar al pueblo. Encontrará mucha información sobre éste y otros lugares donde comer en “El libro de los guachinches. Las rutas secretas del vino de Tenerife”. Se vende en las librerías, ¿dónde, si no?

Esta es la vista que se tiene desde el interior del guachinche mencionado anteriormente. En la playa hay otro guachinche, pero suele estar cerrado: nunca se sabe si el cierre es circunstancial o definitivo. Una cosa algo extraña, pero cierta.
Las casas que están a la entrada del pueblo, sobre la carretera, nada tienen que ver con el arte de embellecer el paisaje. Al contrario. Sin embargo, pronto se olvida su presencia y la vista se vuelve hacia el barranco.

Otra panorámica, más amable, de este pueblo encerrado entre montañas.



Los gallos, de colores encendidos y crestas inflamadas, andan sueltos por el barranco, ocupados en coquetear con las gallinas y buscar golosinas gastronómicas en los charcos.

A poca distancia, una garza, retorcida como una signo de interrogación, posa junto al agua. Cuando percibe mi presencia, su pálida timidez la impulsa a remontar el vuelo, buscando la protección de las cañas.





En otro charco nada un pato criollo (Cairina moschata domestica), compitiendo en rojo con los gallos.


Tras el chapuzón, hay que sacudir el agua del cuello y la cabeza.

Y las alas…, por supuesto.

Los charcos son lugares de reunión social. Las relaciones entre las aves del barranco tienen lugar en sus proximidades. Allí también se acercan las palomas a saciar su sed y a picotear insectos, entre trago y trago.

Un mirlo camina confiadamente entre los cantos rodados del cauce, con la esperanza de encontrar su parte del festín.

Dick Jewell y su irónica lectura fotográfica de “El combate entre don Carnaval y doña Cuaresma”, de Breughel el Viejo

El óleo El combate entre don Carnaval y doña Cuaresma, de Breughel el Viejo, se encuentra en un museo de Viena y mide poco más de metro y medio de largo. El pozo y los colores más claros del centro de la plaza centran nuestra primera mirada. Después, como si se tratara de busca a Wally, vamos recorriendo los numerosos personajes, fijándonos en los sabrosos detalles que Pedro Breughel (Breda, 1525 – Bruselas, 1569) incluyó en su obra. Los dibujó no tan ingenuamente como podría pensarse, pues el pintor criticaba, nada menos, las circunstancias que rodearon las luchas entre católicos y protestantes que tanto afectaron a los Países Bajos. Breughel esboza aquí los principales trazos de lo que un famoso dramaturgo belga denominaría más tarde Breugheland.

Esta interpretación actual de la mordaz parodia breugheliana de El combate entre don Carnaval y doña Cuaresma, realizada por Dick Jewell [1], nos sitúa frente a un escenario que nos resulta familiar en muchos sentidos. Jewel nos regala un puente gráfico que no sólo permite profundizar en la obra original, sino en la mascarada social que respiramos.
Los amantes de rarezas fotográfícas y filmográficas encontrarán una delikatesse en el Dvd que produjo Dick Jewell sobre las noches locas de un club londinense llamado Kinky Gerlinky, el primero de una serie de extravagantes locales nocturnos en la City como el ya desaparecido Nag Nag Nag (por la canción de la banda Cabaret Votaire) o Puscha, donde la gente anónima acudía para mezclarse con los famosos.
No he encontrado ninguna referencia en español sobre Dick Jewell. Incluyo un vídeo con una entrevista y, en las notas, algunas informaciones en inglés.
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NOTAS
[1] Dick Jewell graduated from the Royal College of Art (Printmaking MA) in 1978 and has gone on to develop an extraordinary career as an artist/printmaker and filmmaker. His studio practice utilises film, video, and photography and also explores photographic and digital anthologies via photomontage and animation. His working practice is diverse, he has published two books and his films have screened extensively within both film festivals and art galleries, while he still continues to work commercially as a cameraman within both the fashion and music industries. Dick has special interest and responsibility for the digital, photographic and moving-image media.
Biography
Dick Jewell exhibited at Waddington Galleries and New Contemporaries while still at the RCA. In 1979 he published Found Photos and participated in Young British Photographers, New York, and Lives, Hayward Gallery, London. His first solo exhibition at Chapter Arts Centre Cardiff in 1980 was followed by group shows including the Stedelijk Museum, Amsterdam, and the ‘Summer Show’ at the Serpentine Gallery, London.
In the 1980s he ran a record label, and designed and released albums for artists including Gregory Isaacs and Prince Far I. He has also directed music promos for artists including Neneh Cherry and Massive Attack. Since then he has directed and made over 50 documentary films and videos, primarily on the subjects of artists, dance and club culture.
These films of the 1980s and early ’90s have shown extensively not only at film festivals around the world but also more recently at art galleries including the Venice Biennale, Tate Liverpool, MOMA Sydney, the Victoria and Albert Museum and the ICA. His work is represented in public collections, including the Stedelijk Museum; Victoria and Albert Museum; Arts Council of Great Britain; Hayward Gallery Froebel Institute; Newport Museum; Whitworth Art Gallery; Leeds Art Gallery; Camden Libraries; Dudley Museum.
In the 1990s Dick Jewell’s documentaries continued with subjects as diverse as The Bushmen of the Kalahari and Capouera in NE Brazil, and the publication of Hysteric Glamour, 2001. Over the last 10 years, with the continued development of digital technology, Dick has been able to concentrate on his personal work within his studio practice is currently represented by Rachmaninoffs, London.
Tormenta en Canarias. Marzo de 2013. El día después, en el sur de Tenerife

A pesar de que el viento fue el protagonista de la tormenta, también ha caído agua para que corran cañadas y barrancos durante días, incluso por los cauces más secos de la isla.
El sol ha vuelto al Sur, el día después de la tormenta, mientras el agua continúa bajando por los barrancos.
Playa de San Juan, en el municipio de Guía de Isora tuvo algunos incidentes, aunque nada grave.

Un aparcamiento municipal al aire libre fue inundado y cubierto de piedras. Nada raro, puesto que había sido construido en el cauce de un barranco.

La señal de prohibición de aparcar es el único atisbo que ha quedado del aparcamiento municipal junto a la playa.

El agua de los barrancos confiere al mar su color marrón, debido a la tierra arrastrada.
Unas pocas infraestructuras han resultado afectadas, como estas tuberías para la conducción de agua potable.

Por mucho viento que haya y mucha agua que caiga, hay que seguir ingiriendo alimentos. Buen ejemplo de lo que hoy se comió en el Sur es este atún en mojo hervido. Un plato típico de La Gomera que también se cocina en el Sur de Tenerife, dada la fuerte inmigración a esta zona desde la isla colombina.
Ratzinger cumple el sueño de García Márquez: asistir a su propio entierro

Gabriel García Márquez narró en un cuento cómo asistía a su propio entierro. Acompañaba don Gabriel a los acompañantes de su féretro, bebiendo, cantando y tocando guitarras, montados todos en una gran parranda que llegó hasta las mismas puertas del cementerio. Según confiesa el autor, su felicidad era completa por compartir tan buen rato con sus amigos. Sin embargo, sus amigos se marcharon y él quedó solo, muerto y desconsolado en el camposanto.
Ratzinger está ahora en medio de la parranda y también debe sentir la misma alegría que el escritor colombiano describía en su cuento. Quizás, al buen hombre le comía la curiosidad de ver cómo nombraban a su sucesor. Quizás, no creía demasiado en que podría contemplar la ceremonia desde el Cielo ni desde ninguna otra parte, si antes se moría. Quizás, pensó el Sumo Pontífice alemán, cuyo carácter siempre me ha parecido tan festivo como el de un político sevillano en el mes de abril, quizás, digo, pensó: Me voy a pegá una jartá de reí viendo cómo to esta gente se da de puñalás.
El bueno de Ratzinger no va a llevar guitarras, como García Márquez, pero, a falta de guitarras y guitarrones, un buen órgano le servirá de fondo musical para contemplar la cara de terror de su Sucesor cuando sea elegido. Me imagino sus risitas discretas, entre la docena de monjitas calladitas que cada mañana le hacen la camita, le endulzan el cafelito y le siguen llamando Santidad, mientras le entregan sus zapatitos colombianos relucientes como el oro.
A partir de ahora –ya lo verán–, los gobiernos, las universidades, las órdenes religiosas y los premiadores todos se pelearán por prenderle medallas, dedicarle calles y entregarle títulos. Cuando le otorguen el Premio Príncipe de Asturias (¿a la humildad?), se disculpará por no poder ir a España a recogerlo; pero, excepcionalmente, se desplazará una comisión al Vaticano con miembros de la realeza incluidos. El único miembro que no recomiendo llevar, por el bien del tesoro vaticano, es el de don Urdangarín, por muy empalmado que esté.
Si el expapa alemán dura, las peregrinaciones al Vaticano subirán como la espuma de la cerveza, no menos alemana que él. Miles de fieles pedirán impacientes, en la Plaza de San Pedro, que canonicen a Benedicto XVI en vida. Hasta los teólogos de la liberación, impulsados por sus complejos de Edipo y deseosos de mostrarse como parte del redil, desbarrarán respecto al gesto de Ratzinger y llegarán a pedir que se enciendan cirios por San Benedicto XVI.
Y todo esto lo disfrutará Ratzinger desde su celda de oro, en vivo y en diferido. Dejando, atada y bien atada, su memoria en la coletividad católica.
Claro, el final de la parranda le llegará tarde o temprano. Los cardenales y el Sucesor se hartarán de tanto protagonismo y, a semejanza de los amigos de García Márquez, irán a lo suyo y le abandonarán. Y él quedará vivo, deprimido, impotente y solo con sus vestales en el panteón dorado que le están preparando.
Tal vez, ni él se merece tan aciago final.
El papa se convierte en dios

Comienzo a escribir estas líneas cuando despega el helicóptero que se lleva a Ratzinger del Vaticano. Un artefacto blanco y volador como el Espíritu Santo. El hasta hoy jefe de la iglesia católica se retira a cien metros del que será su Sucesor, echándole el aliento en la nuca, sin perder de vista un solo paso, un solo gesto, una sola palabra del “Nuevo”. Los secretarios, los cardenales, los carcamales del Vaticano irán a consultar con el alemán enclaustrado cada movimiento del Sucesor, a pedirle su beneplácito o su censura para actuar en consecuencia.
Con sorpresa veo que el helicóptero pasa sobre el Coliseo, tomando el camino más largo para llegar a Castelgandolfo. Pronto entiendo que su objetivo es permanecer más tiempo en el aire atmosférico y en el aire televisivo.
A pesar del inmenso poder de un papa, no me gustaría estar en el pellejo del Sucesor que más temprano que tarde va a desarrollar una paranoia, que le impedirá disfrutar de las mieles de tanto, tanto, ¡tanto poder! El más gordo pájaro del Universo, y parte del extranjero, después de los tiburones de Wall Street y de las Tres Personas.
La vuelta de la poderosa y albísima aeronave prosigue sobre ese cielo de Roma que también perteneció a Júpiter y a Venus, dos inmigrantes griegos que tomaron nombres latinos.
El Vaticano. Desde ese rincón de Roma, se gobiernan las voluntades de millones de personas, con agentes políticos en cientos de países, con innumerables púlpitos católicos que actúan como altavoces del poder vaticano, el cual, con un 25% de italianos en el colegio cardenalicio, se constituye en un verdadero brazo ejecutivo espaguético a nivel internacional, con un poder político superior al de la propia ONU. Un poder ante el que se han arrodillado, motu proprio, hasta Lula, Hugo Chávez, Fidel Castro y su involuntario hermano.
El helicóptero toma tierra. Un coche negro como la sotana de un cura se traga a Ratzinger y se va despacito para que las cámaras de televisión no encuentren problemas en la retransmisión de la humildad ratzingerniana.

El aliento de Ratzinger seguirá presente en el reparto de la tarta vaticana.
La inspiración del nuevo papa será el Ratzinger enclaustrado: él le inspirará las encíclicas, las visitas, el nombramiento de cardenales y los pasos a dar con cada obispo pillado en abusos sexuales infantiles. El papa Benedicto se transforma en Espíritu Santo. Una jugada magistral del mago Ratzinger: de nazi a cura, de cura a cardenal y de papa a… ¡Un auténtico milagro! Ya no necesitará utilizar el arrogante Nos mayestático, en primera persona del plural; a partir de ahora, sería lógico que utilizara la Tercera Persona para referirse a sí mismo. Hay ambiciones que no tienen tope.
El coche con el viejo vestido de blanco ha aparcado. Ratzinger ha llegado a su humilde y provisional hogar. Se asoma al balcón y saluda a miles de curiosos, mostrándoles radiante su gran humildad. Su humildad divina, benedictina y beneteletransmisina.
Existen exhibicionistas que no conocen límites.
Con sinceridad, no creo que ningún espíritu todopoderoso, ni siquiera mediopoderoso, confíe sus designios a unas personas que han quemado a los que no piensan como ellos, han excomulgado a quienes les llevan la contraria en cualquier asunto, han alentado a la caridad para llenar sus arcas como contraprestación a un lugar en su cielo postmortem y protegen a los pedófilos de una manera reiterada.
Pero si creyera en la Biblia y en los Evangelios, empezaría a dudar de que Ratzinger y sus muchachos sean del agrado de su dios, después del rayo que cayó en el Vaticano tan pronto anunció su partida, del meteorito que siguió al rayo y del cuasi triunfo de un Berlusconi que es peor que el meteorito y el rayo juntos.
Y por si todo esto fuera poco, el Barça perdió 1-3 frente al Real Madrid.

Oporto encuentra a Tabucchi: una visión subjetiva

Los portugueses le dicen, simplemente, Porto, es decir, Puerto. Y nadie puede presumir de conocer la ciudad si antes no ha cruzado sus puentes sobre el río Duero y subido los casi 250 fatigosos escalones de la Torre de los Clérigos para contemplar los tejados que componen un maravilloso tapiz bermejo bajo el cual bullen el arte, la literatura, el vino, la gente, el bacalao asado y, naturalmente, los famosos callos de Oporto.

Me refiero a los mismos callos que nombra trece veces Antonio Tabucchi en su novela La cabeza perdida de Damasceno Monteiro. Siendo italiano, a Tabucchi le dio por escribir historias situadas en Portugal: Sostiene Pereira la desarrolló en la Lisboa fascistoide de los años treinta y La cabeza…, en el Oporto de la última década del siglo XX.
Firmino reflexionó e intentó tomar aliento. Hubiera querido decir que a él Oporto no le gustaba, que en Oporto se comían sobre todo callos al estilo de Oporto y que a él los callos le provocaban náuseas, que en Oporto hacía un calor muy húmedo, que la pensión que le habían reservado sería sin duda un lugar miserable con el baño en el rellano y que se iba a morir de melancolía.

La redacción de la novela y el caso real del cual Antonio Tabucchi extrajo la historia pertenecen a la década de 1990. El asunto que conduce al protagonista, un periodista llamado Firmino, a Oporto es la aparición de un cuerpo humano sin cabeza, encontrado por un gitano cuando había salido a mear por fuera de su chabola, en la orilla del río Duero. No hay rostro y, por tanto, el misterio y la noticia están servidos. El plumilla odia a Oporto y se aloja en la pensión de doña Rosa, por recomendación impositiva del director de su periódico.
La cena era a las ocho, y aquella noche el plato era callos al estilo de Oporto.
[...] Eran casi las dos de la tarde. No tenía ganas de ponerse a buscar un restaurante. Quizá pudiera comer algo en la pensión de Doña Rosa. Siempre que el plato del día no fueran callos.

El italiano Tabucchi es –más bien era, porque murió el 25 de marzo de 2012– poseedor de una prosa ágil, cercana al lenguaje cotidiano de sus lectores, capaz de arrastrar al lector, página tras página, hasta el final de cada historia sin que el libro se le caiga de las manos. Tabucchi no se hace pesado ni cuando maneja, de forma reiterativa, tópicos como el de los famosos callos de Oporto.
Firmino colgó y marcó inmediatamente el número del periódico, mirando las notas que había tomado en el cuaderno. Preguntó por el director, pero la telefonista le pasó con el señor Silva.
—Alló, Huppert —respondió Silva.
—Soy Firmino —dijo Firmino.
—¿Están ricos los callos? —preguntó en tono sarcástico Silva.
—Escuche, Silva —dijo Firmino subrayando bien el nombre—, ¿por qué no se va a tomar por culo?
Al otro lado hubo un silencio, y luego el señor Silva preguntó con voz escandalizada:
—¿Qué has dicho?
—Ha oído usted bien —dijo Firmino—, y ahora póngame con el director.

Ya he mentado la Torre de los Clérigos, que no puedo recordar sin asociarla a la catedral de San Pedro, en el Vaticano, a la catedral de Ulm, en Alemania, y a otros monumentos criminales que me han torturado las pantorrillas con cientos de escalones dispuestos con las más aviesas intenciones contra los pobres visitantes. También Tabucchi, en su metódico acercamiento a la ciudad, menciona esta singular edificación.
Compró un platito de barro cocido en el que una mano ingenua había pintado la torre de los Clérigos. Estaba seguro de que a su novia le iba a gustar.

A veces, el interés de una ciudad, incluso de una ciudad con tantos tesoros arquitectónicos como Oporto, puede estar en un humilde balcón del que cuelgan unas humildes prendas.
La verdad era que Oporto conservaba ciertas tradiciones que en Lisboa se habían perdido: por ejemplo, algunas vendedoras de pescado, pese a que fuera domingo, con las cestas de pescado sobre la cabeza, y además las llamadas de atención de los vendedores ambulantes que le trajeron a la memoria su infancia: las ocarinas de los afiladores, las cornetas graznantes de los verduleros. Atravesó Praga da Alegria, que era en verdad alegre como su nombre rezaba. Había un mercadillo de tenderetes verdes donde se vendía un poco de todo: ropa usada, flores, legumbres, juguetes populares de madera y cerámica artesana.

Por Oporto tuvo que pasar mi ilustre paisano Antonio Ruiz de Padrón, camino de Cádiz, para tomar posesión como diputado doceañista, en el mes de diciembre de 1811. Ruiz de Padrón sería el adalid de aquellas Cortes gaditanas para la abolición de la Inquisición española. En el mismo libro, Tabucchi no resiste la tentación de traer a colación el tema inquisitorial.
Dio un enorme suspiro y un caballo respondió con un respingo de fastidio.
—Hace muchos años, cuando era un joven lleno de entusiasmo y cuando creía que escribir servía para algo, se me metió en la cabeza escribir sobre la tortura. Volvía de Ginebra, entonces Portugal era un país totalitario dominado por una policía política que sabía cómo arrancar una confesión a la gente, no sé si me explico. Tenía bastante material autóctono para estudiar completamente a mi disposición, la Inquisición portuguesa, y empecé a frecuentar los archivos de la Torre do Tombo. Le aseguro que los refinados métodos de los verdugos que han torturado a la gente durante siglos en nuestro país tienen un interés muy especial, tan atentos a la musculatura del cuerpo humano que fue estudiada por el noble Vesalio, a las reacciones a las que pueden responder los nervios principales que atraviesan nuestros miembros, nuestros pobres genitales, un perfecto conocimiento anatómico, todo ello hecho en nombre de una Grundnorm que más Grundnorm no puede serlo, la Norma Absoluta, ¿comprende?
—¿O sea? —preguntó Firmino.
—Dios —respondió el abogado—. Aquellos diligentes y refinadísimos verdugos trabajaban en nombre de Dios, de quien habían recibido la orden superior; el concepto es básicamente el mismo: yo no soy responsable, soy un humilde sargento y me lo ha ordenado mi capitán; yo no soy responsable, soy un humilde capitán y me lo ha ordenado mi general; o bien el Estado.
O bien: Dios. Es más incontrovertible.
—¿Y no escribió nada después? —preguntó Firmino.
—Renuncié.

Las antiguas estampas nos muestran el auge de este puerto comercial en siglos pasados, cuando salían innumerables buques cargados de aceite de oliva, frutos secos y, sobre todo, el famoso vino de Oporto que llegaba a gran parte de Europa y América..

Será porque en un tiempo me dediqué a escribir guías turísticas, pero lo cierto es que no las soporto. El estilo soso, propio de un inspector de hacienda o del secretario de un obispo, con que redacta la mayor parte de los autores de guías (probablemente, mal que me pese, debería incluirme yo mismo en este saco) tiene la virtud de ponerme los nervios de punta. Convierten los lugares en cadáveres literarios que terminan por perder todo el encanto que podría haberles encontrado descubriéndolos por mí mismo que es, al fin y al cabo, para lo que se visitan las ciudades.
Prefiero mil veces perderme y dejar de conocer el museo más importante de una urbe a saber, antes de subirme al avión, lo que voy a encontrar a la vuelta de todas las esquinas. Cuando visito una nueva ciudad, ninguna lectura me gusta más que una novela que se deslice por sus calles, plazas, comidas, costumbres, anécdotas,… de una manera viva, palpitante, chispeante, amable o sarcástica, como hizo mi apreciado spaguetti literario, el desgraciadamente desaparecido don Tabucchi. He aquí dos párrafos de una de las crónicas enviadas por Firmino a su diario de Lisboa, en la que utiliza el vino para introducir un cadáver:
“El escenario de esta triste, misteriosa y, podríamos añadir, truculenta historia es la alegre y laboriosa ciudad de Oporto. Efectivamente: nuestra portuguesísima Oporto, la pintoresca ciudad acariciada por suaves colinas y surcada por el plácido Duero. Por él navegan desde los tiempos más remotos los característicos Rabelos, cargados con barriles de roble, que llevan a las bodegas de la ciudad el precioso néctar que, elegantemente embotellado, emprenderá camino hacia los lejanos países del mundo, contribuyendo de esta manera a la fama imperecedera de uno de los más apreciados vinos del planeta.
Y los lectores de nuestro periódico saben que esta triste, misteriosa y truculenta historia se refiere nada menos que a un cadáver decapitado: los miserables restos mortales de un desconocido, horrendamente mutilados, abandonados por el asesino (o por los asesinos) en un terreno agreste de la periferia, como si se tratara de un zapato viejo o de una olla agujereada.”

El protagonista de La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, como se dijo, odiaba Oporto; pero su creador le va cocinando el gusto a fuego lento, como si se tratara de una olla de callos, hasta que termina por enamorarse de esta ciudad espléndida de puentes, castillos, iglesias y estaciones de ferrocarril.
Descubrió un viejo libro que hablaba de cómo la ciudad, un siglo antes, se comunicaba con el mundo. Echó una ojeada al capítulo que trataba de los periódicos y de los anuncios publicitarios de la época. Descubrió que a principios del siglo XIX existía un periódico que se llamaba O Artilheiro donde aparecía este curioso anuncio: «Las personas que deseen enviar paquetes a Lisboa o a Coimbra utilizando nuestros caballos, pueden depositar la mercancía en la estafeta de Correos situada frente a la Manufactura de Tabacos». La página siguiente estaba dedicada a un periódico que se llamaba O Periódico dos Pobres y en el que aparecían gratuitamente los anuncios de las casquerías, puesto que estaban consideradas de utilidad pública. Firmino sintió un arrebato de simpatía por aquella ciudad hacia la que había experimentado, sin conocerla, cierta desconfianza. Llegó a la conclusión de que todos somos víctimas de nuestros prejuicios y que, sin darse cuenta, a él le había faltado espíritu dialéctico, esa dialéctica tan fundamental a la que Lukács daba tanta importancia.

En fin, no es mi intención convertir esta página en un anuncio de los libros portugueses de Tabucchi, por mucho que me gusten sus obras.

Sin embargo, he de confesar que la combinación de Oporto y Tabucchi me entusiasma de igual manera que Lisboa y Pessoa, Buenos Aires y Borges o La Habana y Carpentier. Las ciudades y los escritores forman casales en las mentes de los viajeros con afición a la lectura, de igual manera que los músicos y los grandes festivales en el imaginario de los melómanos.

La insólita historia de Diego Remiendos y de sus milagrosos hijos

Entrada a la magnífica residencia de los descendientes de Diego Hernández Remiendos y de su hijo, un curandero llamado el Médico de las Monagas, cuya existencia se trató de ocultar durante años.
Hoy, se me ha ocurrido traer a colación la curiosa historia de un pintoresco personaje canario, cuya memoria se trató de borrar. Tal personaje fue conocido por sus contemporáneos como Diego Remiendos, cuyos hijos, nietos, bisnietos, etc., no le fueron a la zaga, en popularidad… para desesperación de los marqueses que llevarían su misma sangre, más de dos siglos después, cuando lograron comprar el título en la Corte española.
La cita procede de mi novela CANARIAS, que incluye numerosas historias similares, tan verdaderas como poco conocidas. Espero que les divierta.
“Diego Hernández alias Remiendos había nacido en la aldea Las Monagas en el Norte de Gran Canaria a mediados del siglo XVI con residencia en la villa de Teror. Era maestro de obras o alarife y nadie le ganaba a cazar palomas ni a toparse con los más extraños sucesos.
Un día se le ocurrió llegarse hasta Fuerteventura para participar en las faenas de la siega pues le habían informado que pagarían bien dado que los majoreros no encontraban los brazos que necesitaban. Diego se embarcó con mala suerte: piratas bereberes lo apresaron y condujeron a Argel. Allí conoció a una señora que lo sacó de la cárcel y después de pagar su rescate lo devolvió a Gran Canaria tras recibir la promesa de que se casaría con ella.
Diego entró en Teror silbando. Los vecinos estaban tan admirados que lo convirtieron en el héroe local. Un tiempo después se presentó la joven argelina recordándole su promesa de matrimonio. Al enterarse del asunto sus encantadores vecinos no solo le retiraron el saludo sino que lo denunciaron ante la Inquisición. Como pasa todo en este mundo pasó también aquella tempestad discriminatoria. Diego anunció que se casaría en Moya con la argelina. Hubo problemas. El primero fue que la madre de Diego, Mariana Cabreja la Castellana, agarró un cuchillo en Las Monagas y tomó el camino de Moya.
–¡Jodío! –gritaba arrebatada– ¡Te voy a cortar la mano cuando vaigas a dársela a esa mora del demonio!
La gente se asomaba al patio de su casa para ver el espectáculo que ofrecía la encochinada mujer. Unos se reían y otros intentaban convencerla de que soltase el cuchillo.
–Déjelo, cristiana –le aconsejaban sin acercarse demasiado–. ¿No ve que va a formar un quebranto en su familia? Ande, déjelo.
Pero cuando se lo decían La Castellana se enfurecía más y apretaba los dientes y el paso. Tanto lo apretó que cuando llegó a la orilla del cauce del Barranco del Rapador se le doblaron las piernas y no tuvo fuerzas para dar un tranco más.
–¡Hijo del diablo –vociferó con los pocos bríos que le quedaban–, la maldición que te pido es que no tengas pan para comer y con remiendos tapes tus carnes!
La voz de la vieja retumbó en el barranco y llegó a los oídos de los vecinos que no eran pocos ni sordos. Ciertamente a Diego no le faltó el pan ni la ropa pero la maldición tuvo un efecto inesperado: desde aquel mismo día los isleños lo conocieron como Diego Remiendos. Ni que decir tiene que el hombre cumplió su promesa de matrimonio en la iglesia de Moya.
Sin embargo lo más atrayente de esta historia comienza con un hijo de Diego Remiendos llamado Andrés Hernández el cual se hizo popular como El Médico de Las Monagas. Razones había de sobra para este alias. El hombre tenía buena mano de curandero y reunió la mayor clientela que hayan visto ojos humanos en la isla porque su madre argelina le había transmitido los conocimientos yerberos que había heredado de su abuelo.
Andrés se hizo rico. Hasta los curas iban a sanarse con él sin que nadie lo denunciara a la Inquisición cuyos funcionarios solamente inquirieron sobre sus prácticas curanderas muchos años después de muerto. Su primera esposa se llamó Justa Domínguez pero a sus cinco hijos les pusieron Monagas de segundo apellido para que lucieran la fama médica de su papá. La siguiente cónyuge fue Juana Montes de Oca y los siete hijos resultantes se apellidaron Hernández de Monagas.
Todo el mundo sabe que el don de curación o poder de Andrés pasó a sus hijos pero sobre todo al llamado José Hernández de Santa María que [...]“.
Esta historia continúa y nos presenta hechos muy sorprendentes, incluyendo la revelación de quiénes son en la actualidad los aristócratas descendientes del Remiendos. La extensión de un post no da para mucho más; sin embargo, pueden terminar de leer el relato completa en la novela CANARIAS, que ya se encuentra en muchas librerías reales y on line.
Body Sushi, entre la ética y la estética

He encontrado varios artículos sobre esta foto, debidos a Francisco González Tejera, el cual informa que este “banquete” fue organizado en el Casino de Las Palmas por instituciones canarias para promover el turismo. También informa de que la ocurrencia se ha puesto de moda en Japón, desde hace algún tiempo, con el nombre de Body Sushi. Según deduzco de la foto, nadie pensó en adaptarla a nuestra idiosincracia, llamándola Body Gofio cubriendo a la chica de papas arrugadas, pelotas de gofio y mojo de cilantro. Menos mal que a nuestras instituciones les gusta poco lo canario (excepto los votos, claro), que si no…
En realidad, esta gracieta pseudojaponesa para comer sushi o sashimi dicen que se denomina en japonés Nyotaimori (presentación del cuerpo femenino). Cuando se utiliza un modelo masculino, al parecer, recibe el nombre de Nantaimori. No puedo confirmar ambos extremos, porque mi conocimientos de idiomas orientales sólo llegan hasta kamasutra en japonés y kamikaze en indú sin hache, ¿o sería al revés? Hasta donde mi ignorancia y yo sabemos, el Body Sushi no es una tradición cultural japonesa, sino una gilipollez que se ha puesto de moda en los cabarets de Tokio desde hace muy poco tiempo. El periódico japonés The Japan Times publicó hace tres años un artículo donde se afirmaba que lo más parecido a un Body Sushi que se había visto en la isla del sol naciente durante los últimos años era un evento puntual ofrecido por una barra americana denominada La Bella Durmiente, donde se cubrieron las extremidades de una stripper con rodajas de pescado y fruta fresca, una noche cada mes, para aumentar la concurrencia. Y nada más.
En realidad, antes de llegar a Japón, este espectáculo solía ofrecerse en las grandes urbes de todo el mundo, desde hace unos años, a grupos de empresarios que pagaban precios muy altos. Actualmente, han sido muchos los avispados dueños de negocios de restauración o de barras americanas que han visto un buen filón en el denominado Body Sushi y la oferta se ha ampliado considerablemente, hasta situarse los precios entre los 50,00 € y los 200,00 €. Es decir, una especie de café para todos, sin ese glamour que da cometer una canallada a precios de millonarios.
Las noticias relacionadas con este Bodysucio no faltan: en China ha terminado por ser prohibido el Nyotaimori, debido a razones higiénicas y, en Sudáfrica, se levantó un fuerte escándalo, en 2010, cuando a un empresario, apellidado Kunene, se le ocurrió ofrecérselo al presidente en su fiesta de cumpleaños. La acusación sudafricana partió de una asociación feminista que lo acusó de degradar la integridad y la dignidad corporal de la mujer.
No sé si alguien sabe dónde, realmente, nació esta costumbre, que tal vez provenga directamente de banquetes caníbales. Lo único que yo sé con seguridad es que se ha practicado, “civilizadamente”, al menos desde hace dos o tres siglos. La ocurrencia de utilizar el cuerpo de un ser humano como plato, en un ritual erótico públicamente compartido, ya se puede documentar en el siglo XVIII. Hubo quien la practicó en París, en dicho siglo, como se deduce de este párrafo extraído de la novela “Canarias”:
“Mención aparte merece la tardía tertulia de la marquesa Juana del Hoyo que se comporta en la actualidad al modo de las salonnières parisinas: damas bien educadas brillantes ambiciosas distinguidas inteligentes: viudas o de maridos liberales: con disponibilidad para recibir visitas cuando se presenten: capaces de disparar palabras como flechas sin llegar a derramar ni una gota más de sangre que la estrictamente necesaria: hábiles en la esgrima de ideas: diestras en conferir protagonismo a cada uno de sus invitados –sa tâche propre est de satisfaire la vanité de tous– y al mismo tiempo ser adulada por cada uno de ellos.
Muy a su pesar estas madamas canarias estaban lejos de las parisienses. Sobre todo en lo referente al desenfado con que aquellas se tomaban los asuntos sexuales. Aunque no puede negarse que también en La Laguna o en Santa Cruz durante los Carnavales y las fiestas de tapadas bien podría aplicarse un poemilla que no hace muchos días compuso el joven orotavense Tomás de Iriarte.
Mohamed, yo te aseguro
Que en medio de estas querellas,
Si nos piden cien doncellas
Nos ponen en un apuro.
Así y todo a ninguna madama canaria se le ocurriría escribir una carta como la que envió madame Pompadour a su buena amiga la condesa de Baschi.
Querida,
Lo que le voy a contar no es precisamente poético. El Marqués de R., que como usted sabe, no es precisamente muy delicado en sus gustos, pasó ayer la noche con una comedianta y al final de la cena, estando los dos … encantadores, el Marqués no encontró nada mejor que desvestir a su Venus y, preparando una salsa para espárragos, la colocó en un lugar que no voy a nombrar pero que usted comprenderá y se dedicó a comer los espárragos mojándolos en su salsa. Parece que le gustó, ¿qué piensa usted de ello? Espero su respuesta pero, por el momento, no puedo dejar de reírme de un placer tan original.
La Marquesa de Pompadour
En la misiva no se halla nada extraordinario que no esté acorde con la actual usanza parisina.”
No es la única novela que pone el tema sobre la mesa –nunca mejor dicho–. La obra “Música para camaleones”, de Truman Capote, describe cómo, en un bar del Barrio Francés de Nueva Orleans, se servía un cóctel de absenta muy especial. El recipiente utilizado por los clientes para beber este cóctel era la vagina de una muchacha tendida sobre la barra del establecimiento.
“Un montón de personajes excéntricos han paseado por esta plaza. Piratas. El propio Lafitte. Bonny Parker y Clyde Barrow. Huey Long. O bien, vagando bajo la sombra de un parasol encarnado, la condesa Willie Piazza, propietaria de una de las más lujosas maisons de plaisir del barrio de las luces rojas; su casa era famosa por un exótico refresco que ofrecía: cerezas frescas hervidas en crema de leche, aderezadas con ajenjo y servidas en el interior de la vagina de una bella mulata recostada.”
Tanto la marquesa de Pompadour como Capote eran expertos en narrar anécdotas escandalosas sin perder la angelical sonrisa, como si a ellos no les afectaran, pero con la esperanza de escandalizar a sus lectores. No debe ponerse en duda que ambos lo consiguieron. Así, pues, dejando el canibalismo a un lado, el asunto no es nuevo en Europa, América y Asia.
Debe de haber alguna película feliniana en que se vea algún plano similar, pero no me viene a la memoria y creo que nada de eso ocurría en El Satiricón. Sólo recuerdo aquel film titulado El cuerpo del delito, en que Madonna hacía una contrastada combinación de cera ardiente con champán frío, vertiendo ambos sobre la piel.
Yo no voy a entrar a juzgar si comer sobre el cuerpo de una mujer o de un hombre es una aberración, una humillación o un pecado en sí mismo. Ese asunto se lo dejo a los dioses y a sus testaferros. En realidad, sólo se me ocurre decir que quien nunca haya comido o bebido algo sobre algún cuerpo que arroje el primer sushi o la primera botella de champán. Desde luego, yo no pienso apedrear a nadie con alitas de pollo o rollitos de pescado, ni siquiera con palitos de falso cangrejo o cocacola ligth.
La verdad, no creo que se humille a nadie por comer sobre su piel, siempre que sea un acto consentido; por otra parte, si se trata de un acto público que no tiene una finalidad estética, sino la intención de usar un cuerpo desnudo para vender alguna mercancía de manera morbosa, también opino que puede ser degradante. Tan degradante –ni más ni menos– como subir a una chica a un automóvil para publicitar una marca. A partir de aquí, vamos a encontrarnos con todas las variantes que nuestra perversa civilización puede vender de un hecho que, en principio, es tan estético como recitar un poema. Los cuerpos, como los cuchillos y la energía atómica, dan mucho juego: el resultado final, más que de la forma, depende de la intención con que sean utilizados.

CUERPOS, MUROS Y CAMINOS DE ÁFRICA (1)

Regreso a casa.

La conversación

Los muros.

Humo, luz y bicicletas.

La pared y el hombre.

Convergencias divergentes.

Sin palabras.

Desintereses mutuos.

Collares divinos.

¿Barcelona no come plátanos canarios?

Me gusta Barcelona. Siempre he sentido debilidad por esta ciudad con memoria gótica e inteligencia modernista. Y es que el alma de las ciudades resulta de los sentimientos que despiertan sus paisajes arquitectónicos. Sin ellos, son entidades más o menos átonas, más o menos muertas. ¿Qué sería de La Habana, Estambul, Roma, Nueva York o Marrakech si sus edificaciones no impactaran nuestra mirada de forma tan demoledora?

Una parte importante de esa alma metropolitana la constituyen los mercados de alimentos, donde se mueve el combustible que mantiene con vida a los vecinos de la ciudad. Allí, se revela la realidad cotidiana, más constituida por coles, manzanas y carnes que por artes, vicios y ostentaciones. Por esto, durante mi última visita a Barcelona me dirigí –como otras veces, lo confieso– al mercado de La Boquería. Todo está limpio como los chorros del oro, lo cual invita a prolongar la visita más tiempo y, si uno sucumbe al paisaje alimenticio, comer en uno de los puestos de comida, dispuestos alrededor del edificio. Lo cual no está mal como experiencia estética (comer en un mercado siempre lo es), pero muy poco recomendable como gastronómica y económica: por la mitad de precio, se come el doble mejor a pocos metros de distancia.

Un recorrido por los puestos de verdura, fruta, carne, pescado o especias no proporciona ninguna señal sobre la crisis económica que vive el sur de Europa. Allí todo brilla bajo los miles de vatios que consumen las potentes luces. Montañas de frutas, alfombras de verduras, espectaculares peces de afilados colmillos, estanterías repletas de caza menor tan bien dispuesta como en un bodegón de Murillo, cestas abarrotadas de especias y de frutos secos, carne de casi todo, artística ordenación de las botellas de cava,… Y bananas.

Sí, bananas mayores que los plátanos de Canarias, con sus etiquetas de países americanos. Los barceloneses no venden ni consumen nuestros plátanos: en el mercado, en los supermercados y hasta en las pequeñas ventas, se venden bananas: como en origen salen más baratas, los comerciantes obtienen un margen mayor, aunque para los consumidores el precio el mismo.

A medida que voy avanzando, pasillo tras pasillo, se me borra la sonrisa con que había entrado a La Boquería. ¡Ni un plátano canario a la venta! Y no dejo de sonreír porque piense que lo canario es lo mejor –lejos de mí esos chauvinismos–, sino porque allí veo la imagen del declive de la agricultura y de la economía de mi tierra: mientras las tiendas canarias rebosan de botellas de cava y naranjas peninsulares, nuestros plátanos se alejan de los consumidores españoles. Un panorama deplorable.

Quizás, ha llegado el momento de reflexionar por qué los canarios no se han decantado por estas naranjas marroquíes, más sabrosas y baratas, tal como han hecho los catalanes con las bananas de otros países.
Supongo que la culpa de esto no la tiene nadie, sino ese ente fantasmal que, al parecer, nos ha arruinado a todos y se llama “los mercados”. Así que habrá que darle una respuesta a los mercados. No sé si tendremos que emplear el Quid pro quo y consumir el maravilloso champán francés y las deliciosas naranjas marroquíes, en lugar de esa fruta medio podrida que nos llega desde los países valencianos y catalanes, o si la defensa de nuestra producción agrícola pasa por otras acciones. Lo que sí creo es que los canarios no podemos quedarnos con los brazos cruzados, mientras “los mercados” nos van dejando sin clientes. Pronto, será demasiado tarde.

Pascual Rodríguez de Sossa, un canario apreciado por el emperador de Marruecos
En Canarias, ha habido numerosos personajes, capaces de sumir en la perplejidad a quienes llegan a conocer sus andanzas. Uno de ellos es el corsario y capitán de navío Pascual Rodríguez de Sossa, que vivió en el siglo XVIII, e, indirectamente, desencadenó una guerra entre España y Marruecos. Todo comenzó cuando el Comandante General de Canarias no le entregó a Sossa el dinero para pagar el trigo comprado a los marroquíes. El emperador, conocedor de los hechos, se puso de parte del marino canario, a quien consideraba una víctima. Así, comenzaron los malos entendidos con los españoles.
Esa curiosa historia, rigurosamente cierta, está narrada en la novela Canarias. En ella, este marino llega a departir con Antonio Ruiz de Padrón, el protagonista de la obra. Adelanto algunos párrafos, como aperitivo.[1]
La Laguna. Tenerife
Viernes 2 de diciembre de 1774
Hoy se conoce en La Laguna una Real Cédula de 23 de octubre en la que se publica el inicio de la guerra contra Marruecos. Y esta guerra tiene el siguiente único motivo: el Emperador de Marruecos envió una amable carta a Carlos III solicitándole las plazas de Ceuta y Orán. En una especie de postdata agregó que en caso de no entregárselas se vería obligado a entrar en ellas sin que por ese motivo deban perderse las buenas maneras ni la armonía.
De forma que finalizó la tregua y se acabó el trigo que durante los últimos años los canarios han ido a buscar a Marruecos debido a las malas cosechas insulares. Bien lo sabe el tinerfeño Pascual Rodríguez de Sossa, capitán de navío, que ha sido el involuntario iniciador de este conflicto: enredado por las componendas los latrocinios y las confabulaciones del embajador español Tomás Bremond y de López Fernández de Heredia, virrey con el título de Comandante General de las Islas Canarias.
Pascual continúa aún en Marruecos. No ha tenido otra alternativa que vender su casa su finca y su molino a Cayetano Scaglioni: un compinche italiano del vicecónsul español Suchita. Ha percibido menos de mil pesos fuertes por unas propiedades valoradas en tres mil. No puede elegir: esa es la cantidad exacta para saldar la deuda con el sultán. Sin embargo todavía restan cuatrocientos pesos fuertes por entregar a quienes le vendieron el trigo.
Pascual se queda sin dinero para comer. Un comerciante de buen corazón, Juan Bartolomé Bull, se lo lleva a su casa donde le asigna una habitación y lo trata como a uno más de su familia. Los marroquíes le ofrecen un excelente puesto en su marina pero por motivos religiosos Pascual rechaza tan tentadora oferta. Hace poco tiempo le ha escrito una carta al ministro Grimaldi narrándole los hechos y solicitando algún empleo que le permita vivir con dignidad a sus cincuenta y ocho años. Sin embargo no obtiene respuesta. Por orden expresa del ministro español se le relega al olvido. Aún está fresca la tinta de las dos notas que se han escrito en su expediente:
“A esto no se ha contestado, ni parece hai que responder.”
“Quizá convendrá oír sobre el particular a Bremond. Bremond dijo que este Pasqual de Sosa es un enredador, que no debe hacérsele caso.”
—ooo—
Más adelante, Pascual Rodríguez de Sossa regresó a Canarias, donde pasó su vejez. Tuvo sus más y sus menos con el Comandante General, como puede leerse en la novela Canarias. Por cierto, en esa guerra contra Marruecos participó un joven oficial de ascendencia canaria que más adelante alcanzaría fama universal: Francisco de Miranda, futuro Padre de la Patria venezolana. Miranda propuso a sus jefes utilizar una técnica guerrillera para atacar a los marroquíes que rodeaban y cañoneaban Melilla. Dicho plan se conserva en un escrito redactado por el venezolano mientras se encontraba sitiado en la ciudad norteafricana. Si curiosa fue la propuesta, la respuesta lo fue aún más…
Francisco de Miranda y su hermano, Javier de Miranda, son protagonistas de diversos acontecimientos en esta novela que hace un repaso de la historia de los canarios en la segunda mitad del Siglo de las Luces. Espero que disfruten con su lectura.
______________
Nota.
[1] La puntuación de esta novela no sigue las reglas de la RAE, sino las propias de una sintaxis experimental, más dinámica y acorde con el desarrollo de la obra.
Telémaco, la memoria del mar

Telémaco es el nombre del barco más famoso de la emigración canaria clandestina. La foto fue disparada en una rotonda que se encuentra entre el Charco del Conde y el muelle de Valle Gran Rey. El nombre escrito en el barquito tiene una aparente falta de ortografía: TELEMACO en lugar de TELÉMACO. Ello se debe a que los emigrantes lo pronunciaban ‘Telemaco’, con acento en la ‘a’. De esta manera, lo que sería falta para nombrar al hijo de Odiseo, en La Gomera se convierte en homenaje a las 171 personas que cruzaron el Atlántico huyendo de la penuria económica y política que imperaba en Canarias en la década de 1950.
El Telémaco –o Telemaco– partió desde este lugar de la costa. Muchos hombres, llegados de otros puntos de la isla, subieron a bordo en la playa de Vueltas. A bordo, iba Manuel Navarro Rolo, un poeta popular que compuso un largo canto al viaje del destartalado motovelero que, atravesando hambres y temporales, los condujo hasra el puerto de La Guaira, en Venezuela. Estas son las tres estrofas iniciales. Quien desee profundizar en esta historia, deberá leer el libro “El Telémaco. El último viaje”, escrito por Ángel Suárez Padilla.
Pasó un vago pensamiento
por hijos de la Gomera,
cual la nube pasajera
que va por los elementos,
tras continuos sufrimientos,
peripecias y tristuras
para lanzarse a la anchura
de tan penoso camino
a luchar con el destino
de sedientas aventuras.
En una hora temprana,
el nueve de agosto fue
a eso de las cuatro y diez
de una apacible mañana,
donde el silencio engalana
el misterio más fecundo
dándole un adiós profundo
a Valle Gran Rey con calma,
ciento setenta y un almas
que marchan al Nuevo Mundo.
El Sol su disco escondía
en el rizado horizonte,
cuando perdimos los montes
de nuestras islas queridas,
sólo el faro se veía
dando sus vivos destellos
que iluminaban muy bellos
nuestra ruta solitaria
último adiós a Canarias
tristes recuerdos aquéllos.

Foto del motovelero Telémaco, a su llega a Venezuela.
SEXTA PARTE. La increíble historia de 300 canarios en la República Dominicana del dictador Trujillo

El dictador de la República Dominicana, Rafael Trujillo, gastó millones de pesos en ampliar la policía. En cuatro meses, fueron encarceladas 4.000 personas y las torturas eran similares a la descripción que vimos en la anterior entrega. Más que nunca, el país había caído bajo el dominio del terror y los dominicanos eran perseguidos, torturados y asesinados lo mismo que los emigrantes haitianos. Sin embargo, la prepotencia del Generalísimo terminaría por acarrearle su propia ruina.
Cuando Trujillo retiró su apoyo incondicional a los obispos, la Iglesia Católica envió una carta pastoral que se leyó en todas las iglesias reclamando el respeto a los derechos humanos. La firmaron los mismos obispos que habían apoyado incondicionalmente a Trujillo, al comprender que la situación se les ha ido de la mano. Incluso, la embajada de Estados Unidos ofreció asistencia a algunas familias importantes para salir del país. En Caracas, Rómulo Bethencourt y Fidel Castro decidieron apoyar a los opositores dominicanos.
Las denuncias de la prensa americana también comenzaron a dar su fruto. La Agencia de Inteligencia Americana (CIA) comenzó a desarrollar actividades destinadas a promover el asesinato de Trujillo. Paralelamente, el gobierno de los Estados Unidos invitó a Trujillo a asilarse Estados Unidos o Europa. Este rechazó la propuesta.
La reacción por parte del sátrapa no se hizo esperar. La prensa y la radio oficiales de la R. D. atacaron a la Iglesia y a Estados Unidos. Los servicios secretos trujillistas organizaron un complot para asesinar a Rómulo Betancourt, Presidente de Venezuela, el cual se salvó milagrosamente del atentado en que murieron su chofer y un oficial, cuando su coche voló por los aires.

Rafael Trujillo, Fidel Castro y Rómulo Bethencourt. A principios de la década de 1960, estos tres descendientes de canarios manejaban los principales resortes del poder en el área del Caribe.
Curiosamente, los tres gobernantes más destacados en esos momentos, en el área del Caribe, eran hijos o nietos de emigrantes canarios: Fidel Castro Ruz, Rómulo Bethencourt y Rafael Leónidas Trujillo Molina. Naturalmente, los tres conocían su ascendencias, pero, seguramente, desconocían la de los otros dos.
Después la cosa se complicó cuando Trujillo intentó matar al Presidente de Venezuela. Creo yo que era Rómulo Bethencourt.
Nuestra situación era mala y todo aquel que tenía familia en Venezuela trataba de irse para ese país. ¡Más se complicaba! A dos compañeros míos los cogieron en la capital, los metieron en [la prisión de] La Victoria y al mes o a los dos meses los metieron en un barco y los llevaron para allá. Llegaron casi desnudos, llegaron a Barcelona.
(Don Aureo Francisco, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)
[...] Ya al año vine para la capital. Mucho mosquito. Vine para la capital a buscármelas aquí. Unos se quedaron otros fueron para Venezuela… Fueron muchos para Venezuela, otros fueron para España, regresaron.
(Don Ángel Velásquez, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Rafael Leónidas Trujillo, nieto de un sargento canario, se comportó toda su vida como un prepotente gallo de pelea, asesinando sin piedad a cualquiera que se opusiera a sus continuos abusos.
La Asamblea redactó una nueva Constitución dominicana. En ella se decía que el Presidente y el Vicepresidente no pueden ser perseguidos ni encarcelados por ningún delito. Trujillo nombró presidente a Joaquín Balaguer, el cual justificó los años de tiranía en su discurso de toma de posesión.
Sin embargo, sin hacer caso de los cantos de cisne de Balaguer, la Organización de Estados Americanos condenó a Trujillo y se rompieron todas las relaciones diplomáticas y comerciales con el resto de los países americanos. Aprovechando la marea, el gobierno de los Estados Unidos deseaba que también se condenara a Fidel Castro, pero no lo consiguió.
Trujillo trató de remendar la situación e invitó a la oposición a volver al ruedo político. Regresaron sólo dos partidos. Sin embargo, es difícil perder las malas costumbres: a las pocas semanas, fueron represaliados y hubieron de volver a la clandestinidad. Entonces, arreció la represión y los asesinatos: así murieron las hermanas Mirabal, lo cual indignó al pueblo. Creció la tormenta. Las torturas no cesaron, como muestra la siguiente cita extraída de una novela de Vargas Llosa –La fiesta del Chivo– que realiza un magnífico retrato de aquellos siniestros días:

La famosa actriz dominicana María Montez, hija de un canario de Garafía, fue uno de los símbolos utilizados por la dictadura para presentar al mundo la cara amable del régimen. De hecho, mantuvo presuntos amores secretos con Virgilio Montalvo Rodríguez, uno de los mandamases de Rafael Leónidas Trujillo. Sería el propio Trujillo quien le entregara a la actriz la condecoración de la “Orden de Trujillo” en noviembre de 1943.
Ramfis [hijo de Trujillo] movió la cabeza y Pupo se sintió lanzado con fuerza ciclónica hacia adelante. El sacudón pareció machacarle todos los nervios, del cerebro a los pies. Correas y anillos le cercenaban los músculos, veía bolas de fuego, agujas filudas le hurgaban los poros. Resistió sin gritar, sólo rugiendo. Aunque, a cada descarga –se sucedían con intervalos en que le echaban baldazos de agua para reanimarlo– perdía el conocimiento y quedaba ciego, volvía luego a la conciencia. Entonces, sus narices se llenaban de ese perfume de sirvientas. Trataba de guardar cierta compostura, de no humillarse pidiendo compasión. En la pesadilla de la que nunca saldría, de dos cosas estuvo seguro: entre sus torturadores jamás apareció Johnny Abbes García, y, en algún momento, alguien que podía ser Pechito León Estévez, o el general Tuntin Sánchez, le hizo saber que Bibín había tenido mejores reflejos que él, pues alcanzó a dispararse un balazo en la boca cuando el SIM lo fue a buscar a su casa de la Arzobispo Nouel con la José Reyes. Pupo se preguntó muchas veces si sus hijos Álvaro y José René, a quienes jamás habló de la conspiración, habrían alcanzado a matarse.
Entre sesión y sesión de silla eléctrica, lo arrastraban, desnudo, a un calabozo húmedo, donde baldazos de agua pestilente lo hacían reaccionar. Para impedirle dormir le sujetaron los párpados a las cejas con esparadrapo. Cuando, pese a tener los ojos abiertos, entraba en semiinconsciencia, lo despertaban golpeándolo con bates de béisbol. Varias veces le embutieron en la boca sustancias incomestibles; alguna vez detectó excremento y vomitó. Luego, en ese rápido descenso a la inhumanidad, pudo ya retener en el estómago lo que le daban. En las primeras sesiones de electricidad, Ramfis lo interrogaba. Repetía muchas veces la misma pregunta, a ver si se contradecía. «¿Está implicado el Presidente Balaguer?».) Respondía haciendo esfuerzos inauditos para que la lengua le obedeciera. Hasta que oyó risas, y, luego, la voz incolora y algo femenina de Ramfis: «Cállate, Pupo. No tienes nada que contarme. Ya lo sé todo. Ahora sólo estás pagando tu traición a papi». Era la misma voz con altibajos discordantes de la orgía sanguinaria, luego del 14 de junio, cuando perdió la razón y el Jefe tuvo que mandarlo a una clínica psiquiátrica de Bélgica.
Cuando ese último diálogo con Ramfis, ya no pudo verlo. Le habían quitado los esparadrapos, arrancándole de paso las cejas, y una voz ebria y regocijada le anunció: «Ahora vas a tener oscuridad, para que duermas rico». Sintió la aguja que perforaba sus párpados. No se movió mientras se los cosían. Le sorprendió que sellarle los ojos con hilos lo hiciera sufrir menos que los sacudones del Trono. Para entonces, había fracasado en sus dos intentos de matarse. El primero, lanzándose de cabeza con todas las fuerzas que le quedaban contra la pared del calabozo. Perdió el sentido y se ensangrentó los pelos, apenas. La segunda, estuvo cerca de conseguido. Encaramándose en las rejas –le habían quitado las esposas, preparándolo para una nueva sesión en El Trono– rompió la bombilla que iluminaba el calabozo. A cuatro patas, se tragó todos los vidrios, esperando que una hemorragia interna acabara con su vida. Pero el SIM tenía dos médicos en permanencia y una pequeña asistencia dotada de lo indispensable para impedir que los torturados murieran por mano propia. Lo llevaron a la enfermería, le hicieron tragar un líquido que le provocó vómitos, y le metieron una sonda para limpiarle las tripas. Lo salvaron, para que Ramfis y sus amigos pudieran seguir matándolo a poquitos.
Cuando lo castraron, el final estaba cerca. No le cortaron los testículos con un cuchillo, sino con una tijera, mientras estaba en el Trono oía risitas sobreexcitadas y comentarios obscenos, de unos sujetos que eran sólo voces y olores picantes, a axilas y tabaco barato. No les dio el gusto de gritar. Le acuñaron sus testículos en la boca, y [...].
(Mario Vargas Llosa, La Fiesta del Chivo, pp 424-425)
Los emigrantes canarios se encontraban entre la espada y la pared. Atrapados en la isla, perseguidos por los trujillistas que los acusaban de comunistas y por los opositores que los marcaban como protegidos del dictador. Sin embargo, aún no se había tocado fondo: se acercaban tiempos aún más negros, tanto para ellos como para la República Dominicana.
CONTINÚA…

- Vídeo con la Historia de la emigración canaria a la República Domicana (producido por Amazonas Films, emitido por Televisión Canaria y dirigido por Manuel Mora Morales). PRONTO ESTARÁ DISPONIBLE LA VISUALIZACIÓN ON LINE DEL DOCUMENTAL COMPLETO.




















