Imágenes históricas de La Laguna, Tenerife

La Laguna es Patrimonio de la Humanidad, según la Unesco. Tal vez, hay ciudades que lo merezcan más, pero La Laguna no lo merece menos.
Los amantes de esta ciudad canaria –somos muchos– nos interesa todo cuanto se relaciona con su historia, y descubrir cualquier imagen nos llena de alegría.
Espero que les guste.

También se pueden ver estas imágenes –manera estática– en este enlace.

Parada de Puerto Rico en Nueva York: 9 de junio de 2013

Hoy, como cada año, los emigrantes puertorriqueños organizan un gran desfile en el corazón de Nueva York. Durante horas, desfilan al son de su música, bailando, cantando, ondenado banderas boricuas, saltando en sus carrozas engalanas y ruidosas, en fin, haciendo sentir su presencia en la Manhatan vertical.

Les aseguro que para un espectador ajeno a la Gran Manzana y a Puerto Rico, se trata de un espectáculo tan sorprendente como esperado, tan gráfico como críptico, tan… Quiero decir que uno no sabe a qué atenerse con la información que le entra por los oídos y por los ojos.

Según parece, los mismos puertorriqueños tampoco se ponen de acuerdo sobre el significado, la conveniencia o la inconveniencia del espectáculo. Mientras unos ponen sobre la mesa toda clase de argumentos para defenderlo, otros lo critican ferozmente. A veces, las razones para defenderlo y criticarlo son las mismas: la identidad.

No he conocido a ningún pueblo que más nombre y debata su identidad que el de Puerto Rico. Libros, revistas, periódicos, canales de radio o de televisión, mítines políticos, conversaciones en los mercados, en los bares, en los restaurantes, en el hogar,… sacan a relucir el tema de la identidad, una vez y otra, desde hace un siglo y medio. Los puertorriqueños dan vueltas eternamente a su identidad como si fuera un sancocho, con la intención, quizás, de que no se les queme ni se les adhiera al caldero de los Estados Unidos, ahora, ni de España, antes.

Sin embargo, los habitantes de la Isla Bonita no se han puesto de acuerdo sobre qué hacer con su identidad, excepto ponerle música de salsa, de bomba, de plena o de reggaetton y envolverla en una bandera tricolor que les hace llorar cuando están lejos de su Borinquen querido. Y eso es lo que hacen en Nueva York, hoy, ahora mismo: añorar no se sabe qué, cantando, bailando y envolviéndose en su linda bandera por las avenidas neoyorquinas, con el aplauso de unos y el reproche de otros. Sin ponerse de acuerdo siquiera en qué es un boricua, qué un newyorican, qué un borinqueño y qué un puertorriqueño.

Todo lo cual, tal vez tenga su importancia y, tal vez, no; como el espanglish o como la música del adorado Ricky Martin, el cual tanto echa de menos a su Puerto Rico cuando lo recuerda en su palacio de Miami.

Cuando termine la “Parada”, los emigrantes regresarán al “Barrio”, cansados y, mañana, volverán a sus humildes puestos de trabajo, a esperar otro mes de junio para celebrar eufóricamente su platónica identidad, mientras retrasan cuanto pueden la vuelta a su isla madre, a su Ítaca, lo mismo que hizo Odiseo cuando terminó su trabajo en Troya.

La Ley de los guachinches

No deja de gustarme el caminar de la perrita. Ahora, resulta que el gobierno autónomo de Canarias va a definirnos qué es un guachinche. Para esta gente –muchos de ellos ni siquiera han crecido en tierra canaria– un guachinche se reduce a un establecimiento que vende vino de la cosecha de sus dueños. Qué risa. Quién les habrá informado. No me lo digan, a ver si lo adivino: ¿alguno de los cientos de “sabios” que reciben sueldos de asesores?, ¿la Wikipedia?, ¿algún “ingeniero” de esos que nada más aterrizar en Los Rodeos ya andan diciendo que tienen tres cortijos y que el gofio en su pueblo se lo comen los cerdos de su familia? Será.

En la línea de esa falta de ignorancia[1] de que hace gala la Wikipedia –”los mal llamados guachinches que nunca han cultivado la viña, ni trabajado en una bodega”, dice–, el gobierno canario, y el parlamento que lo hizo, van a decirnos que el guachinche de toda la vida, el que vende latas de sardinas en tomate, podonas, queso y vasos de vino, no es un guachinche si la doña o el don no tiene un parral. Tampoco el guachinche de Doña Candelaria es un guachinche, porque tiene más de tres platos y porque abre todo el año. Ni el de Julio el Pienso ni el del Socio,…

Estos chicos, sin otro oficio que el de vivir a costa de los contribuyentes, todo lo clasifican en virtud de los impuestos cobrados: si usted cotiza en este parágrafo es que usted es esto y si cotiza por el otro, pues es aquello. Y, para ellos, ahí se acabó el carbón. ¡Qué manera de cercenar lo nuestro y de desvirtuar las tradiciones y las palabras robándoles la mitad de su significado! ¡Qué manía de cuadricularlo todo, de tener todo vigilado, de no permitir que la cultura tradicional se manifieste de una manera libre y protegida!

Refiriéndose a la comida, siempre se ha dicho que “lo que no mata, engorda”. Igual podría decirse de la cultura popular: toda la tradición que no hace daño a nadie, redunda en bien de nuestra sociedad. Por esta razón, lo que debemos hacer es protegerla, en lugar de cuadricularla y castrarla. No todo lo que escapa del control gubernamental y tributario es malo e ilegal, por mucho que intenten hacérnoslo creer los banqueros y los políticos, con las manos tan limpias ellos. Parece que todo deba ser legal o ilegal, sin que haya un respeto sabio y escrupuloso por la alegalidad de tantas cosas que se encuentran más allá de la frecuente miopía o mojigatería de la normativa legal que, no nos engañemos, tan necesaria es para otros aspectos de las relaciones humanas.

¿Saben ustedes lo que les gustaría a sus señorías? Lo que sus señorías desean, créanme, es reducir los guachinches a folclore. El folclore comienza cuando la tradición fenece de manera natural y se mantiene de forma artificial, como un recuerdo, una gracieta o una curiosidad, pero no como una forma integrada en la vida cotidiana. Sus señorías y sus asesores sueñan con abrir dos guachinches de diseño en Las Américas, dos en Los Cristianos, dos en el Puerto de La Cruz, dos en el Teide y uno en Los Gigantes, con señoritas en traje típico y mocitos con sombrerito de cachorra, los cuales tendrían que sonreír y servir a los turistas vino embotellado, maltesers de gofio transgénico y mojo congelado con el nitrógeno líquido de la nouvelle cuisine. Como en las ferias de turismo… no sé si me explico.

Si sus señorías (les encanta que los llamemos así, aunque todavía lleven el olor a bosta en los zapatos) se dedicaran, en lugar de legislar boberías, a hacer cosas más útiles, como controlar sus propias miserias –corrupciones y otras hierbas–, otro gallo cantaría en estas islas.

Aquí, los únicos que tienen libertad para hacer lo que les da la gana son los políticos y los banqueros, sin que haya un juez capaz de meter a uno solo en la cárcel durante una buena temporada. Pero si a un campesino le da por vender dos gotas de vino y un plato de queso, ahí están ellos acusándolo de competencia desleal, de sinvergüenza, de ladrón, mandándole inspectores de todo tipo e imponiéndole multas de tres mil euros… que servirán, entre otras cosas, para subvencionar los gintonics con que estas señorías se colocan en el Congreso de los Diputados. ¿O, tal vez, sus señorías no se colocan con los gintonics porque los aforados son también inmunes al alcohol? Si lo pensamos detenidamente,  caeremos en la cuenta de que muchas leyes actuales parecen haber sido escritas más en el bar del Congreso que en el hemiciclo.

Uno se cabrea con estas cosas. Menos mal. Cuando me doy cuenta de ello, me digo que no vale la pena calentarse, pero, en el fondo, sé que esa misma indignación es lo que me dignifica y diferencia de tanta indeseable señoría. No digo que lo sean todos. Hasta en Sodoma y Gomorra había dos o tres personas honradas.

Si usted es uno de esos mirlos blancos que siendo señoría no ha perdido la honradez, lo felicito y le recomiendo visitar los guachinches con frecuencia; pero no vuelva la vista atrás como la pobre Yrit, si no desea terminar convertido en estatua de sal. Ejemplos no faltan, tanto en la política como en la judicatura.

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NOTAS

[1] “¡Lo que es la falta de ignorancia!
La historia quizá sea conocida, pues ha circulado por internet. Pero el tema es tan atractivo que vale la pena rescatarlo. La famosa escritora española Lucía Etxebarría Asteinza, ganadora del Premio Planeta, dijo en una entrevista que murciélago era la única palabra en el idioma castellano que contenía las cinco vocales.
Un lector, José Fernando Blanco Sánchez, envió la siguiente carta al periódico ABC, para ampliar el conocimiento de la célebre escritora:

Señor director:
Acabo de ver en la televisión estatal a Lucía Etxebarría Asteinza diciendo que murciélago es la única palabra en nuestro idioma que tiene las cinco vocales.
Mi estimada señora: piense un poco y controle su euforia. Dos arquitectos escuálidos, llamados Aurelio y Eulalio, dicen que lo más auténtico es tener un abuelito que lleve un traje reticulado y siga el arquetipo de aquel viejo reumático repudiado que consiguiera en su tiempo ser esquilado por un comunicante que cometió adulterio con una encubridora cerca del estanquillo sin usar estimulador.
Señora escritora: si el peliagudo enunciado de la ecuación la deja irresoluta, olvide su menstruación y piense de modo jerárquico. No se atragante con esta perturbación que no va con su milonguera y meticulosa educación.
Y repita conmigo, como diría Cantinflas: ¡Lo que es la falta de ignorancia! ff”

(Blog Affidamento)

[2] “… PROPUESTA DE RESOLUCIÓN

Imponer a Xxx Xxx Xxx, con N.I.F.: 436xxxxxE titular del establecimiento denominado xxx xxx “Guachinche Xxxx”, la sanción de tres mil trescientos setenta y cinco (3.375,00) euros.”

(BOC – 2011/192. Miércoles 28 de Septiembre de 2011 – 5118)

Vídeo con nombres guanches que comienzan por la letra C

Hermosos nombres guanches para niños y niñas. Esta Primera Parte contiene los nombres que comienzan por la letra C.
Estos nombres, procedentes de las Islas Canarias, están siendo utilizado en todo el mundo, por su belleza.

Por otra parte, los apelativos que se citan, proceden de las fuentes más fidedignas que se hallan en la bibliografía de temas canarios, como la obra «Monumenta Linguae Canariae» de Dominik Josef Wölfel, las varias «Historia de Canarias» debidas a Fray Juan Abreu Galindo, Tomás Marín y Cubas, Agustín Millares Torres, etc., los manuscritos de Juan Bethencourt Alfonso o las primeras crónicas de la conquista, como «Le Canarien».

Trato de ofrecer datos de interés sobre cada nombre, contando la historia o las anécdotas principales del personaje que lo utilizaba. También he concedido importancia a la rigurosidad de la información , así como a ofrecer una exposición clara con un esquema fijo para cada entrada, donde se especifica una serie de datos, entre los que figuran cada fuente, con la intención de que pueda consultarse para verificar o ampliar cada antropónimo.

Entre estos nombres propios, el lector puede tener la completa seguridad de que no se han intercalado nombres de montañas, de barrancos o de pueblos que no hayan pertenecido a aborígenes canarios, según las fuentes históricas, lingüísticas y antropológicas consultadas. Antes bien, se ha rastreado cada uno de ellos, escrupulosamente, hasta dar por seguro que cada información es lo más correcta posible.

IR a nombres que comienzan por la LETRA B

IR a nombres que comienzan por la LETRA D

(página aún en preparación)

Vídeo con nombres guanches que comienzan por la letra B

Hermosos nombres guanches para niños y niñas. Esta Primera Parte contiene los nombres que comienzan por la letra B.
Estos nombres, procedentes de las Islas Canarias, están siendo utilizado en todo el mundo, por su belleza.

Por otra parte, los apelativos que se citan, proceden de las fuentes más fidedignas que se hallan en la bibliografía de temas canarios, como la obra «Monumenta Linguae Canariae» de Dominik Josef Wölfel, las varias «Historia de Canarias» debidas a Fray Juan Abreu Galindo, Tomás Marín y Cubas, Agustín Millares Torres, etc., los manuscritos de Juan Bethencourt Alfonso o las primeras crónicas de la conquista, como «Le Canarien».

Trato de ofrecer datos de interés sobre cada nombre, contando la historia o las anécdotas principales del personaje que lo utilizaba. También he concedido importancia a la rigurosidad de la información , así como a ofrecer una exposición clara con un esquema fijo para cada entrada, donde se especifica una serie de datos, entre los que figuran cada fuente, con la intención de que pueda consultarse para verificar o ampliar cada antropónimo.

Entre estos nombres propios, el lector puede tener la completa seguridad de que no se han intercalado nombres de montañas, de barrancos o de pueblos que no hayan pertenecido a aborígenes canarios, según las fuentes históricas, lingüísticas y antropológicas consultadas. Antes bien, se ha rastreado cada uno de ellos, escrupulosamente, hasta dar por seguro que cada información es lo más correcta posible.

IR a nombres que comienzan por la LETRA C

IR a nombres que comienzan por la LETRA A 

(página aún en preparación)

Vídeo con nombres guanches que comienzan por la letra A

Hermosos nombres guanches para niños y niñas. Esta Primera Parte contiene los nombres que comienzan por la letra A.
Estos nombres, procedentes de las Islas Canarias, están siendo utilizado en todo el mundo, por su belleza.

Por otra parte, los apelativos que se citan, proceden de las fuentes más fidedignas que se hallan en la bibliografía de temas canarios, como la obra «Monumenta Linguae Canariae» de Dominik Josef Wölfel, las varias «Historia de Canarias» debidas a Fray Juan Abreu Galindo, Tomás Marín y Cubas, Agustín Millares Torres, etc., los manuscritos de Juan Bethencourt Alfonso o las primeras crónicas de la conquista, como «Le Canarien».

Trato de ofrecer datos de interés sobre cada nombre, contando la historia o las anécdotas principales del personaje que lo utilizaba. También he concedido importancia a la rigurosidad de la información , así como a ofrecer una exposición clara con un esquema fijo para cada entrada, donde se especifica una serie de datos, entre los que figuran cada fuente, con la intención de que pueda consultarse para verificar o ampliar cada antropónimo.

Entre estos nombres propios, el lector puede tener la completa seguridad de que no se han intercalado nombres de montañas, de barrancos o de pueblos que no hayan pertenecido a aborígenes canarios, según las fuentes históricas, lingüísticas y antropológicas consultadas. Antes bien, se ha rastreado cada uno de ellos, escrupulosamente, hasta dar por seguro que cada información es lo más correcta posible.

IR a nombres que comienzan por la LETRA B

(página aún en preparación)

Un casal de guachinches

Junto a estas líneas quiero enviar un saludo cariñoso a los encantadores amigos y amigas que, de vez en cuando, me acompañan a visitar los guachinches, penúltimos refugios de la tradición viva en Canarias.

En Canarias los llamamos casales. También en Argentina, Paraguay, Uruguay y Venezuela. Un casal se refiere a una pareja de animales: hembra y macho; pero, también, por extensión, puede ser un par cosas similares que poseen ciertas diferencias significativas. El yin y el yang orientales, por ejemplo, sería un casal. El yin es el principio femenino, la tierra, la oscuridad, la pasividad y la absorción. El yang es el principio masculino, el cielo, la luz, la actividad y la penetración. El yin es el Norte, el yang es el Sur, pero ambos son indisolubles.

Existen casales en todos los órdenes de la vida, aunque, la verdad sea dicha, no puede haber una buena historia donde no se encuentre, al menos, un trío: lo demostró Balzac con Madame Bovary, Tolstoi con Anna Karénina, Galdós con Fortunata y Jacinta,… Pero, como ya habrán adivinado, no quiero hablar de amores, sino de guachinches, [1] más exactamente de un casal de guachinches: uno en el Sur y otro en el Norte de Tenerife.

EL YANG

El primero se llama La Fuente, se encuentra en un rincón oculto del Valle de San Lorenzo, en el sur de Tenerife, y nadie puede creer que en semejantes andurriales haya algo tan exquisito. Incluso, cuando uno entra por la puerta verde del salón y contempla la media docena de mesitas de madera barnizada, con el televisor de plasma dando la cantaleta desde su rincón sagrado, no cree que vaya a encontrarse con nada del otro mundo.

Se equivoca el que piense esto, como me equivoqué yo y se equivocó mi muy experta compañía. Para empezar por lo principal, el dueño nos escanció media botellita de vino tinto. Antes de probarlo, le pregunté dónde lo habían cosechado.

–En la Victoria –me dijo.

Uf, pensé para mis adentros, esto me huele mal. Cada guachinche que vende su vino como si fuera de La Victoria –excepto los de La Victoria, naturalmente– es muy probable que esté tratando de meterle un gol a su cliente. Así que, socarrón, esperé hasta que la compaña probó el vino. En vano, porque la compaña sabe más que yo y puso cara de póker, esperando a ver la que yo ponía cuando lo probara.

Comí un trocito de pan y probelo.

Cosquillas en la lengua. Siendo abril, no podía ser vino nuevo; pero sé que hay vinos por esas tierras del norte que hasta en julio saben como nuevos. La textura, el color, la acidez, los aromas,… Supongo que se me iluminó la cara, porque antes de darme cuenta ya estábamos brindando, sin importarme que fuera de La Victoria o de la punta del Teide.

Es muy raro encontrar vinos tan buenos en el Sur de Tenerife.

Créanme, la asadura de hígado era abundante, pero casi no me da tiempo de enfocar la cámara antes de que no quedara ni un trozo en el plato.

Pedimos asadura, fabada, más asadura, papas y un postre. ¡Madre mía! No sé si alguna vez en mi vida había comido un hígado de cochino tan rico como aquél. Repetimos, porque yo no podía admitir que se hubiera terminado tan pronto. Esaú vendió su primogenitura por un plato de lentejas al espabilado de Jacob, pero si éste le hubiera ofrecido un plato de asadura de este guachinche, Esaú le habría dado a cambio su primogenitura, su libertad, su alma y hasta su cuerpo.

La fabada estaba  también a la altura de las circunstancias y el postre casero no desmerecería en el mejor hotel. Colmamos de elogios a la cocinera, pero, realmente, merecía una oda que consagrara su buena mano por los siglos de los siglos. Creo que el precio fue de 15 € por comensal, pero quizás fuera un poco más o un poco menos.

Por puro egoísmo iba a callarme el nombre de la calle, pero me da pena dejarles sin saborear esas delicias antes de que ustedes y yo abandonemos este mundo. ¡Busquen el Camino de Las Manchas, por fuera del casco urbano del Valle de San Lorenzo! Estoy seguro de que si tienen interés, lo encontrarán. Si no quieren molestarse, tendrán que esperar hasta una nueva edición de El libro de los guachinches, para consultar el mapa, el teléfono y hasta el más mínimo detalle, como que los miércoles cocinan costillas, papas y piñas, por ejemplo.

EL YIN

La carretera de La Caridad, en Tacoronte, en el norte de Tenerife. Baje por ella. Pase, sin parar (si se detiene, jamás llegará a su destino), junto a Casa Nauzet y la pequeña iglesia. Un ratito después, a la izquierda, hay una entrada a una finca con un cartel que anuncia lo evidente: La Finca. Entre con su coche, entre las viñas en espaldera y aparque donde pueda.

Un salón parecido al de La Fuente. Barriles que hacen de mesas y mesas que también hacen de mesas. El televisor en su sitio, naturalmente. Adornando la pared hay un alambique que el dueño prohíbe fotografiar no sea que lo metan preso: una manera como otra cualquiera de hacerse el interesante. Este negocio lleva abierto desde hace un mes escaso.

Vino que sabe a barrica vieja, pero que a mí no me disgusta. Cosechado en la propia finca, junto a la puerta del guachinche. Al rato, no sólo no me disgusta, sino que me gusta muchísimo. El transcurso del tiempo y el vino bueno pueden ser excelentes compañeros.

Como se han acogido a la nueva normativa sólo hay vino, sevenup y agua mineral. De comer, cuatro platos: garbanzas compuestas, bacalao encebollado, carne fiesta y croquetas de merluza. El bacalao, acompañado de unas papitas arrugadas, es excelente. La doña es de nacionalidad dominicana y ha entendido perfectamente la idiosincracia del paladar canario, quizás porque el 80% de los dominicanos tienen genes de emigrantes canarios. En serio, el bacalao, lo borda.

Las garbanzas no son exquisitas. Se pueden comer, están bien condimentadas y se dejan sopetear con gusto; pero yo prefiero que la salsa sea espesa y que haya más garbanzas que trozos de carne. El vino realza el plato y nos comemos todas las garbanzas. La carne, no.

Tampoco dejamos una croqueta ni un solo trozo del tomate aliñado que las acompaña. Croquetas de merluza ricas, ricas, ricas.

El postre fue una tarta de fruta casera que preparó Carlos, el esposo de la doñita. Él fue el primer sorprendido de que le saliera tan buena. Pedimos una segunda ración, pero ya no quedaba. Lástima.

De manera que terminamos bien comidos y mejor bebidos. ¿La cuenta? Dos comensales: 30 euros: un plato de garbanzas, cuatro croquetas, un tomate aliñado, una ración de bacalao, un trozo de tarta y un litro de vino. Yo creo que si hubiéramos pedido un plato más, nos habrían cobrado lo mismo: en muchos sitios calculan por número de comensales, a tantos euros por cabeza. ¿Qué les parece?

La viña ya presenta este aspecto tan esperanzador. Si no vienen tiempos demasiado malos, este año habrá una espectacular cosecha de uva en Tenerife.

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NOTAS

[1] Un guachinche, en Canarias, es un establecimiento –a veces temporal, a veces fijo– donde se acude a beber el vino cosechado en los alrededores y comer algunos platos de la gastronomía típica isleña, como la carne de cabra, las garbanzas compuestas, el escaldón, el pescado salado, etc. Lo atienden sus propios dueños. Tradicionalmente, los guachinches también han sido los negocios donde se venden los comestibles en las aldeas. Es el equivalente a la pulpería caribeña que, en muchas ocasiones, estaban en manos de emigrantes canarios, como sucedía en Venezuela.

Taborno, Anaga, Tenerife: buscando el paraíso

Hay quien busca el paraíso hasta en el infierno. No me parece ni bien ni mal. Cada uno de sus pasos está encaminado a asediar la felicidad, a conminarla a rendirse, a forzarla si preciso fuera. Nunca he sabido si logran atraparla, porque cuando uno le pregunta a alguien ajeno si es feliz, siempre obtiene como respuesta una sonrisa desconcertada e incrédula que jamás he sabido cómo interpretar.

Por mi parte, nunca he pensado que el paraíso haya que conquistarlo ni que se esconde tras una fortaleza amurallada que se debe asaltar por las buenas o por las malas, o sortearla introduciendo un caballo de madera. Creo, más bien, que los paraísos nos encuentran y nuestro cometido consiste en reconocerlos y valorarlos, en su justa medida, lo cual no es siempre sencillo.

Estoy convencido de que cada paraíso se presenta sólo a quienes saben saborear sus frutos, especialmente los prohibidos; que cada edén se acerca a quienes están dispuestos a dejarse tentar por sus demonios y a ser expulsados de él en cualquier momento. Esto incluye a quienes caminan por los senderos de Taborno y reconocen la felicidad mientras la lluvia –desmembrada en jirones blandos, fríos y olorosos– empapa sus cabellos.

Chácaras de La Gomera: la música en las venas

Es imposible librarse del ritmo ancestral, exultante, eufórico e hipnótico de las chácaras gomera. Una vez has entrado en su círculo de acción ya no tienes salvación posible: el ritmo se apodera de ti y te zarandea las piernas, los brazos y el alma, hasta convertirte en un ser movido por fuerzas que nunca antes sentiste dentro de ti.
¿Buscas una experiencia mística? ¡Vete a La Gomera y escucha las chácaras! Jamás podrás olvidar lo que se siente.

La casa

“La [antigua] casa campesina canaria se compone de tres piezas: La primera es una sala-comedor con una puerta de entrada y una ventana con asientos fijos. En esta pieza casi siempre se encuentran dos alacenas empotradas. Junto a la pared se colocan sillas taburetes y algún arcón para sentarse o para guardar ropa y grano. En el centro de la pieza los campesinos instalan una mesa grande que sirve para todo.

A ambos flancos del comedor se hallan los dormitorios con unos ventanucos que dejan pasar poca luz. Sobre los catres se colocan colchones rellenos de lana paja pinocha o camisas de millo.

El patio exterior tiene bancos de piedra pegados al muro de la casa. A veces estos asientos se encuentran protegidos del sol por una parra de viña junto a la que crecen flores y árboles frutales. En este patio radica el centro de la vida diaria de la familia: desde fregar la loza o moler el gofio en un molino pequeño hasta reparar las herramientas del campo.

Las cocinas están separadas de la casa y de los corrales debido al peligro del fuego y a las molestias del humo. No tienen chimenea: como mucho hay tres tejas levantadas en forma de pirámide. El mobiliario de este exiguo recinto se reduce a un poyo de piedra y barro con un fogón constituido por tres piedras o teniques. A veces también hay un brasero o un horno con la boca abierta en la pared del fondo y el cuerpo hacia el exterior pero solo se enciende en algunos días festivos para hornear pan.

El agua es acarreada en cántaros. La carne de membrillo se guarda en cajas de palma. La carne de cerdo es conservada en tinajas con abundante sal. Los quesos se depositan en tablas colgadas del techo de la cocina. También suele encontrarse una parrilla junto a alguna sartén de hierro y un par de calderos de cobre.

La cerámica o loza está presente en forma de tallas para el agua jarros lebrillos y tiestos para tostar el grano destinado al gofio. Detrás de la puerta hay una escoba fabricada con hojas de palma y el suelo de tierra apelmazada se cubre con una estera de juncos. Poco más puede encontrarse: un cedazo: un mortero de madera: tal vez una tabla para cortar carne: algo de vajilla: platos de peltre: escasos cuchillos y cucharas de hierro y de madera.”

 (Manuel Mora Morales: Canarias. Ed. Malvasía. 2012)

Copyright by manuel mora morales, 2012.

El alumno a palos. El sadismo como pedagogía

Igual que a otros chicos de mi generación, los profesores me pegaron de manera abusiva y sádica. Tengo grabados a fuego en mi cabeza algunos de esos abusos. Los años transcurridos no han logrado arrebatar un solo detalle a esa memoria de la ignominia. Ahora que la derecha se ha adueñado de la educación y aparecen signos augurando el regreso de los tiempos en que la letra con hostias entraba, no creo que esté de más recordar cómo funcionaba aquella pedagogía leñera.

Era la década de 1960, yo tenía diez años, estudiaba el primer curso de bachillerato y cada día, a las ocho en punto, comenzaba mi primera clase. Aspirando el aire mañanero, subía una larga y empinada escalinata que me conducía hasta aquella vieja casa de dos plantas, en cuyo piso alto se había instalado una “academia” que impartía el bachillerato. Mi aula estaba ubicada en una habitación con menos de veinte metros cuadrados, encima de la bodega. Si alguno de los dos asientos empotrados en la ventana se encontraba libre, me sentaba allí, somnoliento, a esperar al profesor.

EL PROFESOR

Como si el tiempo no hubiera transcurrido, me veo en el alféizar, con el cuerpo alongado hacia la calle, oteando cada esquina para ver quién llegaría antes a la puerta de la academia: si los primeros rayos de sol o don Pedro Fataga, el profesor de Geografía. Éste solía aparecer primero, despidiendo una nubecilla de humo por la chimenea de su narizota. Tendría alrededor de treinta y siete años, ni alto ni bajo, ni flaco ni gordo, blusa de punto, pelo corto y rostro caballuno, a lo James Coburn, perfectamente rasurado.

Fumaba un cigarrillo tras otro y en el extremo derecho de sus labios anidaba un rictus de excepticismo permanente. Nada más entrar, tomaba en su mano derecha una larga vara y, tan pronto se sentaba en la ventana, introducía su mano libre por el cuello de la blusa hasta instalarla en el sobaco. Entonces, una gran bocanada de humo surgía de su nariz y se perdía en la mañana lluviosa. El paquete rojo de cigarrillos White Eagle sobresalía en el bolsilllo de la blusa verde oscuro. Ni una sola sonrisa.

El silencio de los doce alumnos era total. Únicamente, el miedo nos hacía mover de forma involuntaria algún miembro, pero procurábamos no rozar ninguna parte de los bancos antediluvianos donde nos sentábamos de tres en tres. El profesor jamás utilizaba la pequeña mesa colocada en el rincón que se formaba junto a la ventana.

–¡A ver, salgan todos a la pizarra y colóquense en fila que voy a preguntar!

Esperancita tropezó al salir de su sitio. Se le dibujó el miedo en los ojos, porque sabía que estaba llamando la atención del profesor. Habría sentido menos terror ante un tigre de Bengala.

–¡Señorita Creta, es usted más torpe que una mula ciega! Hágame el favor de mirar por donde camina y no me cabree más de lo que estoy con sus torpezas. ¿O está buscando que le dé un cogotazo de campeonato?

La llamaba Creta porque sí. A su compañero de banco, un muchachito tranquilo con una pequeña dislexia, le había puesto el mote de Chipre. Poco a poco, iba bautizándonos a todos con sus ocurrencias cáusticas. Los jóvenes que acudían por la noche a sus clases particulares aguantaban sus atropellos con menos paciencia que nosotros y terminaron por darle un escarmiento: dejaron abierta una trampilla que se encontraba justo delante de la puerta de nuestra aula, cubrieron el hueco con un cartel y aflojaron la bombilla del pasillo para que el profesor no viera nada sospechoso. Parece que el golpe de su caída resultó de antología y, por poco, no fue a parar a la bodega que había debajo. Aquella anécdota corrió como la pólvora por todo el pueblo, aunque ningún chico se atrevía a contarla en voz alta.

LA BODEGA

Para los alumnos de mi curso fue un auténtico descubrimiento saber que bajo nuestros pies se hallaba una bodega repleta de enormes barricas de vino. El espíritu aventurero propio de aquella edad terminó por convencernos de que debíamos explorar tan singular territorio. Aunque se trata de una anécdota paralela al desarrollo de este relato –que finalizaré más abajo–, voy a contarla porque, además de tener un punto de humor negro, ayuda a describir la situación que se vivía en la década de 1960.

Un día, los chicos de la clase nos armamos de valor, esperamos escondidos hasta que el centro quedó vacío y abrimos la tentadora trampilla de la bodega. No recuerdo cómo nos descolgamos, pero lo cierto es que pronto estuvimos en medio de una semipenumbra saturada de vapores vinosos que nos repelían más que nos atraían. Sin embargo, había que aguantar el tipo delante de los demás y no retroceder lo más mínimo, si no se deseaba ser considerado un auténtico cobarde hasta el final de los tiempos.

Eran tiempos de épica para una infancia cuyas lecturas principales consistían en cómics del Capitán Trueno, Hazañas Bélicas y Supermán (impresos a todo color en México e importados por los emigrantes que regresaban de Venezuela), adobados con una película semanal de guerras de cruzados, guerras de romanos y guerras de mariachis mexicanos que cantaban rancheras mientras se disparaban en blanco y negro. La consigna, siempre, era no retroceder. Por suerte, alguien descubrió una piña de plátanos, casi madura, que colgaba del techo, sujeta por un alambre. Comerlos nos infundió nuevos ánimos y uno de los asaltantes se acercó a una de las barricas, tomó un vaso que había sobre ella y abrió el torno. Con el vaso lleno en la mano, el chico pareció vacilar un instante, pero pronto encontró el valor necesario para beber el contenido de un solo trago. La oscuridad nos impidió ver cómo la fuerza del vino le hacía saltar las lágrimas.

–¡Es vino viejo! Esta doña Guadalupe sabe bien lo que guarda –decía, con voz jactanciosa, después de limpiarse los labios, las lágrimas y los mocos con la palma de la mano–. ¿Quién va a probarlo primero?

Arrastrando los pies, nos fuimos acercando todos. Después del primer vaso, vinieron otros. Aquel vino, de un color dorado viejo y más de quince grados de alcohol, pudo con nosotros. Lo cierto es que nos costó salir de la bodega, porque las risas nos impedían encaramarnos hasta la trampilla del piso superior. Finalmente, decidimos escapar por la puerta principal, que daba a una carretera. Descorrimos los fechillos interiores y dejamos entornadas ambas hojas.

Calculo que entre todos no llegamos a bebernos más de dos litros de vino, pero nuestra edad no soportaba aquella cantidad alcohol, a pesar de que estábamos acostumbrados a tomar en nuestras casas un vasito de vino conteniendo una yema de huevo entera, a veces aliñada con azúcar o con gofio.

Pasamos unas horas en el barranco, recostados sobre la hierba como romanos en un triclinio, esperando que se disiparan los efectos del vino. Cuando nos sentimos recuperados, caminamos por la carretera de la playa, en dirección al centro del pueblo. Por nuestro lado pasó Cantino, con una de sus habituales borracheras, haciendo eses que llegaban de cuneta a cuneta. No recuerdo si le dijimos algo, pero sí que nos animó el hecho de constatar la existencia de un ser humano que estaba en peores condiciones que nosotros. Al rato, nos separamos preocupados por si alguien se enteraba de nuestra aventura y terminábamos con nuestros huesos en el cuartel de la Guardia Civil. Sin embargo, a la mañana siguiente nos vimos todos sanos y salvos en clase, sin ninguna novedad al respecto. No obstante, era la calma que precede a la tormenta.

CASTIGOS POCO EJEMPLARES

En el aula aguantábamos diariamente las iniquidades del profesor de Geografía. Nos colocaba en fila delante de la pizarra mientras él preguntaba desde su nube de humo.

–Dígame las doce comarcas de Zamora.

Nos trataba de usted, a modo de humillación, como se suele hacer en estas islas con la gente que nos cae mal. El muchacho o la muchacha miraba al suelo y después recitaba un rosario de nombres que nos resultaban exóticos, muy lejanos a nuestra realidad territorial, la cual se hallaba más próxima a La Guaira, Caracas o Barquisimeto, ciudades transitadas por nuestros parientes de forma continuada:

– Alfoz de Toro, Aliste, Benavente y Los Valles, La Carballeda, La Guareña, Sayago, Tierra de Alba, Tierra de Campos, Tierra de Tábara, Tierra del Pan y Tierra del Vino.

–Falta una comarca, estúpido. ¡Dígame la que falta!

–Tierra de Pan.

–¡No! El siguiente –gritó el profesor, con los ojos enardecidos.

El sistema consistía en ir preguntando, por orden, a los integrantes de la fila hasta que uno supiera la respuesta correcta a las preguntas que se le ocurrían a este hombre, siguiendo el plan de estudios del Generalísimo que consistía, básicamente, en: lee, memoriza, contesta y, si no contestas, leña.

–Sanabria –respondió el quinto de la fila.

–Muy bien, Luis, coge la vara y dale un golpe fuerte a cada uno de estos gusarapos que no saben ni dónde les queda la mano derecha.

Luis tomó la vara y propinó fortísimos golpes en las manos extendidas. Si se le hubiera ocurrido dar algún estacazo flojo, habría tenido que repetirlo o sufrir la peor de las vejaciones.

Sin embargo, Luis puso gran esmero en salvarse de un castigo mayor. Yo no fui tan afortunado aquel día, porque cometí el error de negarme rotundamente a pegarle a nadie. Soy consciente de que, a veces, mi cabezonería me ha conducido a pasar malos tragos en la vida; pero, en ocasiones como aquella, soy incapaz de frenar las olas de indignación que me invaden, sin importarme las consecuencias.

Mi negativa disgustó –aunque bien pudo ser lo contrario– a don Pedro Fataga. Me indicó que me situara en el centro del aula y dispuso a los alumnos en un corro, alrededor mío. A continuación, les ordenó que me diesen fuertes coscorrones en la cabeza. Lo hicieron. Ni uno solo se negó, ¡ni uno solo!  Me dolió de una manera atroz que los mismos compañeros a quienes yo me había negado a pegar no dudaran un momento en aplicarme el cruel castigo. Todavía me duele esa parte de mi memoria y recuerdo, de manera nítida, aquella rueda de pequeños mequetrefes dándome golpes en la cabeza. Lo peor de todo es que esta temprana lección que me ofreció la vida nunca he logrado aprovecharla.

No terminaron aquí las miserias y los traumas que hube de pasar como estudiante, aunque, por suerte, logré desprenderme del odio intenso que otros compañeros aún guardan hacia aquellos desalmados profesores, indignos de tal nombre.

EL TERROR METÍLICO

Pero ese día, que tan mal había comenzado para mí, tampoco habría de terminar apaciblemente. Hacia media mañana, circulaba el rumor de que Cantino había muerto. Unas campanadas tristes confirmaron el hecho. Antes de salir de clase, alguien llegó con la noticia de que habían fallecido otras dos personas y que todas esas defunciones se debían a que el alcohol de las bebidas se había vuelto venenoso.

Nos miramos asustados. Si los que se habían emborrachado el día anterior habían muerto, sería probable que nosotros fuésemos los próximos en abandonar este mundo. Nos fuimos a nuestras casas mudos y aterrorizados. Yo no me atrevía a decirle a mi familia lo que había hecho el día anterior, así que pasé una tarde y una noche de perros, atento a cualquier síntoma de muerte que notara, aunque no sabía cómo serían esos síntomas. Lo cual aumentaba aún más mis aprensiones.

Tan pronto amaneció, salí disparado para la academia. Parecía que todos se les había ocurrido la misma idea, porque allí estaban mis compañeros de juerga, reunidos en corrillo, comentando la cadena de muertes que había sobrevenido a la isla durante las últimas horas.

Todos suspiramos aliviados cuando Roberto nos informó de que la causa de tales muertes ya se había descubierto. Se trataba de un alcohol falsificado, llamado metílico, que un empresario gallego había introducido en las “bebidas blancas” españolas [1]. Así, pues, nada había que temer del buen vino del país que nos habíamos bebido.

Suspiramos aliviados. Cuando entró el profesor de Geografía, tomó la gran vara de mimbre y avanzó hasta su sitio en la ventana. Tierra del Pan y Tierra del Vino. Cinco minutos más tarde ya estaba preguntando las comarcas y dando leña. Todo volvía a la rutina diaria.

Entrada del almacén y fábrica de bebidas, en Orense, desde donde se distribuía el alcohol metílico. Era propiedad de Rogelio Aguiar, principal inculpado en el escandaloso caso que produjo miles de muertos y fue encubierto, en gran parte, por el gobierno de Franco.

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NOTAS.

[1]  ”Y a partir de ahí comenzó un reguero de muertes en todo el Estado, que dejó 51 personas fallecidas y nueve afectados -cinco de ellos por ceguera- por envenenamiento con alcohol metílico, usado de forma fraudulenta para la elaboración de aguardientes, licor café, ron y vinagres. Fue el conocido como caso del metílico, del que ahora se cumplen 50 años.

Canarias y Ourense

Simultáneamente a los casos que se registraban en Canarias fueron sucediéndose muertes en Galicia, sobre todo en la provincia de Ourense, y no se vincularon los hechos hasta que se publicaron en la prensa gallega las noticias referidas a los sucesos de Lanzarote. En Cea, el médico José Nóvoa sospechó que la muerte de un vecino el 20 de abril podía tener relación con las registradas en Canarias, toda vez que a finales de 1962 un labrador «había muerto muy rápido» y el 21 de febrero de 1963 se había dado un caso similar. Al constatar que había bebido licor café antes de fallecer, el médico puso los hechos en conocimiento de la Guardia Civil por posible intoxicación.

La muerte silenciosa e invisible, y en la mayor parte de los casos dolorosa, siguió actuando hasta que no se localizaron o destruyeron todas las partidas de bebidas elaboradas con alcohol metílico, cuyo uso estaba prohibido para el consumo humano. El balance dejó 51 cadáveres: 25 en Ourense -la mayoría, 13, en la comarca de O Carballiño-, 18 en Canarias, 7 en A Coruña y uno en el Sáhara español. De los 9 supervivientes -cinco en Ourense, dos en A Coruña y dos en Las Palmas-, cinco quedaron ciegos de por vida.

En el juicio por el caso del metílico, celebrado en 1967, el fiscal Fernando Seoane mostró su convencimiento de que «fueron miles» los fallecidos o intoxicados por las bebidas envenenadas, un dato que vaticinó que nunca se llegaría a saber con exactitud al no relacionarse los síntomas con las bebidas consumidas, por la distribución realizada y por la «mala imagen» asociada a la muerte por consumo de alcohol.

La avaricia de un empresario

El principal responsable del fraude fue el empresario ourensano Rogelio Aguiar Fernández, propietario de Bodegas Aragón, que inició la compra de alcohol metílico, más barato que el alcohol etílico y, por lo tanto, con mayor beneficio para la firma al producir a menores costes, para usarlo como materia prima para la elaboración de diferentes bebidas alcohólicas. En algunos casos, Aguiar vendía sus propias bebidas adulteradas -los bidones de Alcoholes Aroca llegaban con la advertencia «Mercancía de libre circulación, venta y precio. No apta para el consumo humano»- y en otros casos, como quedó probado en el juicio, vendía alcohol metílico a otros empresarios para la elaboración de sus propias bebidas, como las firmas Lago e Hijos (Vigo) o Industrias Rosol (A Coruña). El juicio del caso del metílico, el gran escándalo de la época, se saldó con condenas para Rogelio Aguiar Fernández (19 años), su mujer y cómplice, María Ferreiro (12 años), Román Rafael Saturno Lago (17 años), Román Gerardo Lago Álvarez (17 años), Luis Barral Iglesias (17 años), Ricardo Debén Gallego (12 años) y Miguel Ángel Sabino Basail (15 años), además de otras condenas menores.

Censura de Carrero Blanco

La sentencia llevaba aparejadas consigo importantes indemnizaciones, que nunca se llegaron a pagar. Además, tanto el fiscal Fernando Seoane como el joven juez José Cora -más tarde valedor do pobo- cursaron sendas diligencias para establecer la responsabilidad del Estado por «la total falta de control en el comercio de alcohol metílico y en la elaboración de licores». Tras la vaguedad de las respuestas, Seoane solicitó al Ministerio de Presidencia, bajo el mando de Carrero Blanco, que identificase a los funcionarios con competencias en el caso. El ministerio respondió que los funcionarios habían actuado correctamente y que un instructor de Ourense carecía de competencias para ello. El escrito de José Cora se archivó.” (Xosé Manoel Rodríguez: Medio siglo de un trago mortal. La Voz de Galicia, 27 de marzo de 2013)

Crónica negra de una corrida de toros en Tenerife, en el año 1906

Postal coloreada de la Plaza de Toros de Santa Cruz de Tenerife, publicada en la década de 1920. La última corrida de toros se celebró en el año 1983.

Siempre he creído que la humanidad avanza, a pesar de todo, hacia la nobleza y la bondad. Cierto, el camino no es recto y está plagado de horrores que acechan en cada vuelta, pero si somos generosos con nuestra mirada, comprobaremos que con el transcurso del tiempo hay más personas que no están dispuestas a tolerar los crímenes, las torturas y los abusos que antes se realizaban impunemente contra los seres humanos y los animales. Pongamos, hoy, el dedo en una llaga: el maltrato animal a través del toreo.

Un visitante francés realizó la descripción de una corrida de toros en Tenerife, efectuada en el año 1906. Esta crónica tiene un apreciable valor en la actualidad, cuando tan lejanos quedan esos espectáculos en el archipiélago. En Canarias se prohibió las corridas de toros en 1991, siendo primera comunidad autónoma que lo hizo. La segunda fue Cataluña, en el año 2012.

Plaza de toros

La plaza de toros de Santa Cruz de Tenerife. Al fondo, se puede ver el Hotel Quisisana (foto de 1910).

La construcción de la plaza de toros de Santa Cruz [1] estuvo acompañada de grandes polémicas en la prensa y fuera de ella. Eran muchos los ciudadanos que se oponían, máxime cuando existía otra plaza, construida en La Laguna en el año 1891.

“En el Diario de Tenerife, al mes de inaugurarse la plaza permanecía aún esta polémica. Eduardo Dolkowsky firmaba un artículo en el que manifestaba su pesadumbre por la instauración del gusto por los toros en Canarias:

“Si he hablado de las corridas de toros es por creerlas perjudiciales al país, bajo todos los conceptos, desde el punto de vista económico hasta el de la moralidad pública. En la Península hubiera sido ocioso ocuparse de esa diversión, arraigada en ciudades y villorrios, pero en Canarias que durante cuatro centurias se han librado de sus perniciosos efectos y en una provincia que no produce toros ni toreros, porque con la dulzura de su clima pierden su fiereza hasta las alimañas, es muy de lamentar que a fines del siglo XIX se hayan introducido espectáculos que ninguna utilidad han de reportar”.[2]

Si debe creerse al autor de la crónica insertada a continuación, hace un siglo la afición de los tinerfeños por lo taurino había despertado de forma significativa. En cuanto al ensañamiento con los animales, que se demostraba durante el espectáculo, no era ni más ni menos que el mismo mostrado hoy en día por los aficionados españoles que aplauden salvajemente cada vez que los toreros agreden al toro que de manera irremisible ha de morir ensangrentado a la vista de todos.

Plaza de toros

El episodio de la mujer torera, subida sobre una peana en el centro de la plaza, provocando al toro, es tal vez lo que más sorprende, junto al destripamiento de los caballos y la conducta encarnizada de los espectadores con el toro muerto. De cualquier manera, no debe ocultarse la historia de ningún pueblo, sino sacarla a la luz para aprender de ella y no repetir los mismos errores. Sin más preámbulos, leamos:

“Los entretenimientos no abundan mucho en Santa Cruz. En la plaza de la Constitución, tres noches a la semana se celebra un concierto en el que puede escucharse la música del regimiento de infantería o la de la banda de la ciudad. A veces, en el teatro actúa una compañía bastante buena. Si a ello añadimos algunos bailes en el casino y en ciertas casas particulares, se habrán agotado todos los placeres mundanos que ofrece la capital de Tenerife. Para terminar de pasar agradablemente estos días, sólo quedan las numerosas excursiones que se pueden hacer por los alrededores.

Plaza de toros

Esta foto pertenece, aproximadamente, al mismo año que la crónica que nos ocupa.

Sin embargo, el más apreciado de todos los festejos –no olvidemos que estamos en una región española– es la corrida de toros. Y nosotros asistimos a una de ellas. Esta clase de espectáculo se desarrolla siguiendo un ceremonial inamovible, tradicional y que ha sido tantas veces descrito por los más grandes maestros de la pluma, que dudamos si aventurarnos en un nuevo relato. No obstante, una corrida de toros en Santa Cruz de Tenerife es tal fiesta para sus habitantes, las emociones que ahí se experimentan son tan fuertes, los recuerdos son tan vivos que no nos resistimos al deseo de contar breve y sobriamente lo que hemos visto.  La corrida se anuncia, con bastante antelación, por medio de unos inmensos carteles blancos y negros colocados en todas las calles de Santa Cruz.

El día en que se celebra es declarado «festivo»: los comercios cierran a mediodía, nadie quiere trabajar y sus habitantes antes se privarían de comer que de faltar a la corrida. El público, en efecto, es todavía mas ardiente, más entusiasta, más apasionado, si cabe, que en España. ¡No hay que olvidar que estamos al sur de Madrid y de Sevilla!  Una hora antes del espectáculo la gente se amontona en la única puerta de la plaza. La aristocracia ocupa las entradas de sombra y el pueblo se agolpa en las entrada de sol. El inmenso circo al aire libre recuerda las antiguas arenas. Tanto el exterior como el interior están blanqueados con cal y la mayoría de los espectadores se sientan en gradas de piedra.

Plaza de toros

Lucha Canaria en la plaza de toros, en la década de 1920.

Algunas localidades tienen cojines de cuero y ciertos palcos poseen sillas, entre otros el del ayuntamiento, que dirige la corrida y está llamado a resolver todas las dificultades que puedan presentarse. El palco presidencial se halla situado enfrente del toril. En las corridas en que intervienen los picadores, éstos se colocan cerca de ese palco, frente al toro, de tal manera que no es raro ver cómo éste, al salir del establo, se precipita sobre uno de los caballos y lo despedaza a los pies del mismo alcalde. Sin duda, ésta es la parte más repugnante de la corrida. El destripamiento de los caballos por el toro es una de las sensaciones más penosas que se puede experimentar; cuando la cornada del furioso animal no ha alcanzado a los desafortunados caballos en el corazón, estos se levantan para escapar y se enredan en los intestinos que se les escapan de sus espantosas heridas. Afortunadamente, se nos ahorró este brutal espectáculo, ya que la corrida a la que asistimos no contaba con la intervención de los picadores.

Plaza de toros

La Plaza de Toros de Santa Cruz fue muy utilizada para encuentros de Lucha Canaria, primero, y la celebración de bailes de carnaval y conciertos de rock o salsa, más tarde.

 El aspecto del inmenso circo en un día de corrida es algo digno de admiración. El sol lo ilumina vivamente y bajo sus rayos, tan intensos que llegan a quemar, se produce una verdadera explosión de colores con tonos y matices incomparables, haciendo que toda la gama del Trópico alegre la vista. Las mujeres, todas hermosas, con sus grandes ojos oscuros, sus moños negros con flores resplandecientes y sus delicadas mantillas amarillas, negras o blancas, aportan a este decorado maravilloso el encanto de la elegancia y la emoción de la belleza.

Plaza de toros

Una guagua deja al público en la entrada de la plaza de toros para asistir a unos de los actos del carnaval chicharrero de 1988.

Los gritos, las risas, los gestos forman un tumulto gozoso, ensordecedor, que mantiene o incluso eleva el estruendo de una música endiablada. Hay en todo este bullicio y en todo este jaleo una vitalidad realmente extraordinaria.  Nada más sentarse el gobernador de la isla en el sillón presidencial, resuena una trompeta: los toreros hacen su entrada. Hasta sus más pequeños movimientos evidencian una agilidad y una flexibilidad prodigiosas y sus semblantes respiran valor y sangre fría. Sus trajes resplandecen de seda y oro, el tejido de sus elegantes ropas desaparece bajo un brillante revoltijo de bordados. Hacen el paseíllo y se inclinan ante el palco del ayuntamiento. Una vez se ha cerrado el toril con llave colocan en medio de la arena una pequeña peana, ya que la corrida incluye hoy la proeza que recuerda a la de don Tancredo, que desafió la furia de un toro.

Entonces, se colocan todos en su sitio, los chulos y los banderilleros, así como el espada se resguardan tras los refugios dispuestos alrededor de la arena. Una mujer joven se queda sola en el centro del inmenso espacio vacío y se sitúa sobre la pequeña peana. Una vez se abren las puertas del toril, un magnífico toro entra lentamente. Husmea a derecha e izquierda, sorprendido por la muchedumbre y por el ruido. De repente divisa a la mujer y se lanza contra ella, pero ésta ya está lejos cuando la bestia destroza de una embestida la peana a la que se había subido unos segundos antes. Todos aplauden la valentía de la torera

Entonces comienza el turno de los chulos o de los capeadores. Los chulos precisan sobre todo ser ágiles y ligeros; su única arma es un capote de tela roja que pasan uno tras otro delante de los ojos del toro con el fin de excitarlo. La bestia tanto sacude nerviosamente la cabeza para desembarazarse de ese velo que obsesiona su visión como lo pisotea rabiosamente cuando logra arrancárselo de las manos a su enemigo. En ocasiones, sin embargo, cuando se trata de un animal un poco menos bravo, busca con una mirada inquieta la puerta por la que entró, ansioso por encontrar la tranquilidad de su establo. Entonces es cuando se produce un tumulto indescriptible en el coso, abruman al toro con insultos, le lanzan toda clase de proyectiles y los gritos y voceríos sólo cesan con la señal del presidente que ordena a los banderilleros que entren en escena.

[…] delante de él y deja a un lado la muleta. Planta el pecho a unos centímetros de los cuernos del toro. Un silencio impresionante, un silencio de muerte, reina en todo el coso. Finalmente, en el preciso momento en que el animal va a embestir al hombre, éste le hunde la espada en el corazón hasta la empuñadura. El animal se queda clavado en el sitio, sus corvejones se agitan con un temblor nervioso, sacude lastimosamente la cabeza, oscila a derecha e izquierda y se derrumba sobre las rodillas.

Plaza de toros

En La Laguna, a 10 km de Santa Cruz de Tenerife, también había una plaza de toros, fabricada con madera, en el año 1891, donde se celebraban corridas, como atestigua esta foto. Se encontraba junto a la iglesia de San Juan.

Una tormenta de aplausos retumba en toda la plaza, los vivas y los gritos de alegría saludan la destreza del espada. Los músicos tocan la muerte del toro y las puertas del coso se abren ante un tiro de tres mulas espléndidamente enjaezadas que vienen al trote para llevarse el cadáver de la magnífica bestia, tan plena de fortaleza hasta hace unos instantes y que ahora es arrastrada de manera tan mísera entre el polvo de la arena. Aquel día se mataron seis toros y el espectáculo prosiguió sin interrupción hasta el final. Pero, apenas fue herido el último toro, todos los espectadores de las gradas inferiores saltaron a la arena para ensañarse con golpes e insultos con la pobre bestia agonizante. Ante tales excesos de brutalidad y la furia salvaje de esa gente ebria de carnicería, lamentamos haber compartido las emociones de un público que aplaude al ver la sangre, el dolor y la muerte.” [3]

Plaza de toros

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NOTAS:

[1] La plaza de toros de Santa Cruz de Tenerife fue levantada entre 1892 y 1893, bajo la dirección del arquitecto Antonio Pintor que también habría de intervenir en las iglesias de Agulo y Vallehermoso, en La Gomera.  Este arquitecto municipal, ateniéndose a un bando municipal que prohibía el uso de madera en los entramados arquitectónicos, utilizó hierro en su construcción, un material innovador en aquella época. Sufrió un incendio en 1924 que casi la destruyó por completo, pero fue reedificada en 1927.

En 1947, se pensó seriamente en derribar la plaza y construir edificios, cuyos planos llegaron a efectuarse. En 1986, fue recubierta por un toldo blanco y azul que años más tarde se desplomaría sin causar víctimas. Desde su inauguración, en este recinto se han celebrado actos de todo tipo. En los últimos tiempos se ha destinado casi exclusivamente a actividades culturales y deportivas, si bien ha permanecido cerrado y carece de uso, a la espera de llevar a cabo planes para construir centros comerciales y espacio de recreo, salidos de un concurso de ideas que convocó el ayuntamiento capitalino en el año 2008.

En este mes de abril de 2013, el Cabildo ha declarado la plaza de toros Bien de Interés Cultural (BIC), junto a la zona residencial donde se encuentra, lo cual garantiza que el inmueble no será derribado y que no se llevará a cabo el proyecto municipal de 2008.

[2]  Gloria Elsa González Martín: Tradición e innovación: la plaza de toros de Santa Cruz de Tenerife.

[3] Louis Proust, Joseph Pitard: Las islas Canarias: descripción de Tenerife.

La Carretera Vieja del Sur: viaje al corazón de Tenerife. 6


“XIX. DE LOS BENEFICIOS DE ABONA.

ENTRETANTO se habían ido formando dos considerables lugares en las bandas del sur de Tenerife, cuales eran los de Adeje y de Chasna, y cuyo término llamaban Abona. Tenían sus iglesias parroquiales mal servidas por un solo presbitero, y pretendían que yá que en tiempo de la cédula de division no se les hubiese repartido beneficiado, por la corta poblacion que entónces habia en ellos; seria muy conveniente que se les diese, del mismo modo que los demás pueblos de la isla los tenian, asignándole la renta suficiente sobre los novenos de su jurisdiccion.


El ayuntamiento llevó esta súplica á la córte, y habiéndose pedido informe al obispo, en su vista se despachó real cédula en Toledo á 10 de abril de 1560, mandando que hubiese dos beneficiados curados en Adeje y Abona, y .se les asistiese con los diezmos correspondientes. En efecto, el provisor del obispado les señaló las rentas en Canaria á 16 de octubre de 1562, desfalcando por consiguiente las del beneficio de Daute.”

(José de Viera y Clavijo: Noticias de la historia general de las Islas de Canaria)

“El templo más antiguo de Arico fue el de Nuestra Señora de las Mercedes en La Punta de Abona, allí se entronizó a Nuestra Señora de Abona cuando fue hallada por unos pescadores en la playa del citado lugar el año 1722. Por motivos de seguridad, al construirse la parroquia de San Juan Bautista, fue instalada en ella en 1761. Aunque no está el templo bajo esta advocación mariana, como en el caso anterior, sin embargo, con el título de Patrona del Sur de la isla, es de las imágenes de más interés histórico-artístico, cuya devoción ha arraigado mucho en este municipio y de las más populares de Tenerife, con romería multitudinaria. Es talla policromada de unos 40 centímetros de alto, sostiene al Niño en el lado izquierdo, donde recoge el manto que desciende desde los hombros, rostro sonriente y vara de azucenas en la mano derecha, hacia donde vuelve ligeramente la cabeza, Cubierta de un velo que le tapa también parte del pecho. El Niño con larga túnica levanta una mano hacia el cuello de la Virgen en un gesto tierno, propio de la iconografía gótica de este tema. Completan su adorno, una corona imperial repuiada en plata, con cabujones de pedrería y una luna del mismo metal. Su festividad se celebra el 9 de septiembre y hoy sigue siendo la más importante de Arico. Hacia mediados de este siglo, se instaló en el retablo de la Concepción, en bellísima urna barroca tallada y dorada. Interiormente, la hornacina gallonada y pintada de azul va enmarcada por arcos mixtilíneos. [...] El sol de la Virgen tuvo un repujado más antiguo. El actual, en plata con cabujones, es barroco. En la conmemoración del segundo centenario de la colocación de la imagen en la iglesia, el 20 de abril de 1961, recibió el título de Alcaldesa Perpetua, siendo llevada en romería a todas las iglesias del término. En fecha imprecisa se instituyó una cofradía para atender su culto. Llegó a ser la imagen mariana más importante del sur, culto que en el siglo xix fomentó su mayordomo, don Diego de Torres y Delgado Trinidad.”

(Francisco Caballero Mújica y María Jesús Riquelme Pérez: Santuarios marianos de Canarias)

Alonso de Espinosa: Del origen y milagros de la Santa Imagen de Nuestra Señora de Candelaria, que aparecio en la isla de Tenerife (1594).

El mayor milagro de todos ha sido que los vecinos del Sur de Tenerife hayan sobrevivido a cinco siglos de abusos y de olvidos, de emigraciones masivas, de abandono sanitario, de aristócratas abusadores, de señoritos y de caciques, de políticos corruptos, de…

Alonso de Espinosa: Del origen y milagros de la Santa Imagen de Nuestra Señora de Candelaria, que aparecio en la isla de Tenerife (1594).

Ya ven, los vecinos de Candelaria y Güímar no eran gente honrada como los de Arico y Granadilla, sino “Guanches que an quedado”. ¿De verdad cualquier tiempo pasado fue mejor?, ¿de verdad alguien cree que los antiguos sacerdotes de la iglesia cristiana tenían sus mentes menos corrompidas que los actuales?

Sin palabras.

La Carretera Vieja del Sur: viaje al corazón de Tenerife. 3

Sin las casas campesinas del Sur no existiría la Carretera Vieja. Quizás, la autopista sí, porque  ésta se alimenta del aeropuerto, de grandes hoteles, de gasolineras y de playas artificiales. Pero la Carretera Vieja necesita tejas y muros comidos por el tiempo para que tenga sentido su existencia.

Las caseríos se visten de color para mostrar con orgullo las paredes y los espacios que hasta no hace mucho avergonzaban a sus vecinos. Esa renovación vigorosa se ha debido, en parte, a la pujanza económica y a la imitación de modelos foráneos, pero, sobre todo, al acceso de sus moradores a las fuentes culturales y, por extraño que parezca, a la creencia en la igualdad de todos los ciudadanos. La dignidad social también nos conduce a valorar, dignificar y enaltecer la imagen de cuanto nos representa.

¿Quién podría pensar, hace treinta años, que alguien buscara alojamiento para un fin de semana en las inmediaciones de la Carretera Vieja del Sur, en lugar de alquilar un apartamento cerca de la playa?

Ya no sé si se fabrican tejas en la isla. Recuerdo comprar algunas tejas artesanales en un horno que existía en el barrio lagunero de San Benito; pero aquella fábrica se acabó, a la par que el siglo XX, sin que parezca haberle importado a nadie. Lástima.

Hemos convertido el desarrollo en una forma rápida de producir basura. Cada día, es mayor la velocidad con que nuestros más preciados objetos se convierten en chatarra inútil que debemos tirar. Mirando esta foto, me pregunto ¿Qué es lo viejo?, ¿la ventana o el microondas?, ¿qué es lo que ha devenido en inservible?, ¿estamos creando la civilización del deterioro?, ¿sólo del deterioro físico o…?

Junto al banco hay una fuente pública en la que se puede recoger agua desde que en 1902 un hombre se empeñara en abastecer las casas de su pueblo utilizando tuberías metálicas. La Carretera Vieja del Sur está a dos pasos de este remanso de paz, donde es posible beber algo o entrar en la tertulia que se forma en el antiguo café, justo al lado.

También hay bancos junto a la Carretera Vieja del Sur –que, por mucho que disimule, no es sino un río de tiempo congelado–, bancos idóneos para rememorar pretéritos perfectos e imperfectos, bancos adecuados para adivinar a dónde va fulanito a estas horas en su coche, bancos perfectos para vaticinar que tampoco el año próximo saldremos de la crisis, bancos pertinentes para especular sobre la especulación de los bancos.

La luz juega con las casas que parten desde la Carretera Vieja del Sur, a través calles estrechas. Sus sombras nos salvan de las insolaciones que nos obligarían a visitar a Tía Candelaria para extraer el sol de la cabeza con un pañuelo de lino y un vaso de agua burbujeante.

Nada escapa a los amarillos del sol. Lo dijo el poeta: Calor, amor. La historia tras la puerta.

No te asomes a la ventana, que no hay nada en esta casa. Asómate a mi alma, como deseaba Miguel Hernández.

Ya no existen razones para subir, ahora cada escalón es un vacío, un peldaño hacia ninguna parte, una terrible metáfora que conviene olvidar.

En la Carretera Vieja del Sur, el color más intenso lo tiene el cielo. Bajo esa cúpula azul, avanzamos entre amarillos, verdes y rojos; descubrimos muros, ramas, geranios y tejados; hacia el Sur avanzamos, siempre hacia el Sur.

CONTINÚA

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Un apunte histórico sobre el vino de Tenerife en San Agustín (Florida, Estados Unidos)

James Grant, un amante del vino de Tenerife.

James Grant fue el primer gobernador británico en Florida, península de América del Norte que había sido una colonia del reino de España hasta su transferencia a los ingleses, en 1763. La cita que ofrezco pertenece a un Diario de Grant, escrito en 1767, que no fue descubierto hasta el año 2002 y todavía está siendo estudiado por los investigadores. Esas páginas, halladas en Escocia, ya se pueden encontrar reproducidas en 27 microfilms, puestos a disposición de los investigadores en el Archivo Nacional de Edimburgo y en la sección de archivos de la Biblioteca del Congreso en Washington. Su interés es indiscutible.

Hace poco, durante una visita a la ciudad de San Agustín, en el norte de Florida, conseguí una copia impresa del Diario de gobernador James Grant. Sus apuntes, con un estilo muy británico, revelan numerosos e interesantes datos de la vida diaria alrededor de la Fortaleza de San Marcos, el descomunal presidio levantado por España a la orilla del mar.

Siendo mi origen canario, es natural que lo referido a mi archipiélago me interese. Máxime, teniendo conocimiento de la presencia canaria en San Agustín, donde todavía quedan vestigios. Por esto, me llamó la atención que en los apuntes, pertenecientes a los primeros días del mes de enero de 1767, James Grant comenzara a mencionar el vino de Tenerife. El día 3 de enero, lo nombra por primera vez, en la siguiente cita:

Castillo de San Marcos, en San Agustín, Florida.

“3d. January, a.m. 59, p.m. 56

Wind northerly thick showery weather wetter than yesterday. Dung ordered to prepare a Bed to transplant some red cabbage. The Seed brought from England by Doctor Tumbull, a bed prepared for lettuce seed, some spinach to be transplanted from a bed when it is too thick. Locks and Hinges sent out for the stable at the Farm, the houses at the Farm not ready for shingling. Doctor Tumbuls artificers to be detained to finish that work, till Tuesday the 6th current. Drunk at Table four Bottles of Madeira & half a Bottle Tenerife.”

(Día 3 de enero, a.m. 59, p.m. 56

Fuerte viento del norte con un tiempo lluvioso más húmedo que el de ayer. Dung ordenó preparar un huerto para trasplantar algo de col lombarda. La semilla fue traída desde Inglaterra por el doctor Turnbull, la sementera está preparada para las semillas de lechuga, algunas espinacas deben ser trasplantadas desde la sementera cuando estén frondosas. Cerraduras y bisagras han sido enviadas para el establo de la granja, las casas de la granja aún no están listas para techarlas. Los artesanos del doctor Tumbul deben esperar hasta el martes, día 6 de los corrientes, para terminar ese trabajo. Bebida para la mesa: cuatro botellas de Madeira y media botella de Tenerife.)

Residencia del Gobernador de la Florida, en San Agustín.

No es extraño que los británicos bebieran vino de Tenerife en sus colonias americanas, puesto que el vino canario era el preferido en Gran Bretaña y raro era el barco inglés que pasara cerca del archipiélago y no hiciera escala para llevarse una buena provisión de su adorado Canary Wine. El tráfico vinícola entre Canarias y las colonias inglesas en América era importante, a pesar de que la competencia de Madeira había supuesto un duro golpe a este comercio. Navíos ingleses y algunos de armadores canarios eran los encargados de este tráfico que continuaría después de la independencia de las Trece Colonias, con puerto de arribada como Baltimore, Filadelfia, Nueva York,…

Llama la atención, observando los siguientes datos extractados del Diario de Grant, el moderado consumo de vino tinerfeño:

Sábado, 3 de enero: 4 botella de Madeira y 1/2 botella de vino de Tenerife.

Domingo, 4 de enero: 4 botella de Madeira y 1 botella de ron.

Lunes, 5 de enero: 3 botellas de clarete y 1/2 botella de Tenerife.

Martes, 6 de enero: 2 botellas de Madeira y 1 botella de Tenerife.

Miércoles, 7 de enero: 10 botellas de Madeira y 1 de clarete.

Jueves, 8 de enero: 3 botellas de Madeira, 2 de clarete y 1 de Tenerife.

Martes, 13 de enero: 3 botella de Madeira y 1/2 de Tenerife.

Sábado, 17 de enero: 2 de Madeira, 2 de clarete y 1 de Tenerife.

A partir de esta fecha, no se sirve más vino de Tenerife.

Esta serie de apuntes sobre el vino consumido parece indicar, por alguna razón no mencionada en el Diario de Grant, que en San Agustín eran escasas las reservas de vino de Tenerife. Probablemente, las cuatro botellas y media que se contabilizan fueron consumidas paulatinamente, después de las comidas principales, en el caso de que se tratara del vino Malvasía, que tanto gustaba paladear a los ingleses. Grande debió ser la tristeza de los comensales habituales en la mesa del gobernador Grant cuando el sábado, 17 de enero de 1767, desapareció la última gota de aquel agradable néctar que habían tratado de estirar todo lo humanamente posible.

En ese mismo momento, en la Corte española, mientras saboreaba una copa de Malvasía canario al que era tan aficionado, el rey Carlos III estudiaba, junto a  Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda y presidente del Consejo, la manera de expulsar fuera de los territorios de la corona española a los miembros de la Compañía de Jesús. Y lo hizo.

Mapa de San Agustín. La Fortaleza de San Marcos está situada en la parte inferior, a la derecha.

La Carretera Vieja del Sur: viaje al corazón de Tenerife. 2

El Sur no es fácil. Para amar el Sur hace falta un largo y duro aprendizaje que pasa, ineludiblemente, por no obsesionarse con el agua y dejarse inundar por las tonalidades amarillas. Los tonos ocres, cerúleos, ajes, ambarinos, cobrizos, pajizos, rubios, dorados, limonados, áureos, leonados, pálidos y anaranjados son los fondos del paisaje por donde transcurre la Carretera Vieja del Sur y, sobre ellos, descansan los tejados rojizos, los verdes del invierno y el color plomizo de los tubos del agua, muchas veces vacíos.

Los pequeños minos y las fuentes más o menos cercanas, siempre han proporcionado algún cántaro de agua para regar los pequeños jardines con plantas que se pegan a los muros, buscando unas horas de sombra con una tregua a la continua insolación, a cambio de regalar unos pétalos.

La Carretera Vieja del Sur y el Canal del Sur son vecinos durante muchos kilómetros, desde que en 1950 el canal transportó agua a la tierras meridionales que acometieron cultivos de regadío de manera más extensa.

Cuatro gotas de lluvia bastan para que las tierras del sur reverdezcan. Entre cardones, verodes, tabaibas y fincas abandonadas, el Canal del Sur avanza hacia sus monocultivos: antes regaba plátanos y tomates; ahora, turistas alemanes e ingleses. ¿Las ganancias de antes son iguales que las ganancias de ahora? Las respuestas no están escritas en el aire, sino en la Carretera Vieja de Sur. Como si fuera un solo y largo renglón, basta recorrerla e ir leyendo, finca a finca, caserío a caserío,…

El número que aparece en las señales kilométricas de la Carretera Vieja del Sur y la abundancia de agua mantienen una proporción inversa. El alisio no es capaz de esquivar las grandes cadenas montañosas del Norte y su carga de agua no logra sobrepasar las cumbres de Izaña. Sin embargo, quién podría decir hace cien años que, económicamente, el sol competiría con el agua, ¡y ganaría la partida en esta isla!

Los pozos de agua son aquí minas de oro. Entre el Canal del Sur y la Carretera Vieja se encuentra uno de los numerosos pozos que succionan la traslúcida sangre de la isla y la envían en gruesos tubos a otras zonas más bajas que es, por cierto, donde se cosecha el dinero.

Transversales a la Carretera, los tubos de acero se deslizan, resbalan y, henchidos de un cristalino embarazo, descienden burbujeando entre las tabaibas.

La mirada busca con ansias el agua en los alrededores de la Carretera Vieja del Sur. Se trata de un instinto irreprimible en quienes hemos vivido la mayor parte de nuestra vida en tierras del Norte. El sonido del chorro de una pequeña acequia, la fugacidad de las transparencias húmedas que no logran atrapar definitivamente nuestras retinas, el olor de las gotas empapando la tierra,… captan nuestra atención y, sin que apenas lo advirtamos, se nos relajan los músculos y nos traiciona una sonrisa.

El agua; las olas de tierra ocre que son los surcos; las papas de ramas minúsculas y sabor delicioso; el elíptico campesino –sí, aún el campesino que nos da de comer– descansando, quizás, de la dura jornada en su casa, frente al televisor de plasma, escuchando que no habrá hospital en el Sur, que no existe dinero para el campo, que el agua subirá de precio, que también subirá el coste de la comida y el de la ropa, y que sus representantes van a solucionar, con seguridad, el próximo año, todos los problemas que a ellos no les afectan. “Menos mal que este año tengo papas plantadas pa’ comer, si se me aguarecen, claro…”.

En el Sur, amenaza lluvia. Los pinares de las cumbres están cubierto de grises y la neblina viene arrastrándose cañada abajo. Quién sabe si esta tarde mismo llega hasta la Carretera Vieja del Sur y tenemos que sacar los abrigos. Pero está bien que llueva.

Que llueva que los estanques del Sur se vacían con facilidad y hay que abandonar las fincas, aunque tengan buena tierra. Ya más de uno ha partido hacia América, a ver si allá puede salir adelante; como en los otros tiempos, cuando había que salir en los taxis piratas por la Carretera Vieja del Sur, con una maletita de madera o de cartón en la mano y el dinero justo para no morirse de hambre en el viaje hasta Venezuela.

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La Carretera Vieja del Sur: viaje al corazón de Tenerife

La Carretera Vieja del Sur nos va introduciendo en los secretos de la isla: flora autóctona deslumbrante,  barrancos cortados a machetazos, iglesias viejas repletas de santos aún más viejos, un completo catálogo de la espléndida arquitectura popular de Tenerife, guachinches perfumados con el agradable vino sureño, restaurantes exquisitos y ocultos, lagartos tizones que huyen del cernícalo que los acecha desde la estratosfera, paisajes simétricos como alas de mariposa, pozos que lloran día y noche su agua para las cebollas y las papas enterradas bajo el picón que bebe también el rocío mañanero,…

La Carretera Vieja del Sur nos conduce al corazón del Tenerife auténtico, el que ha latido durante siglos, el que en las zonas costeras han aplastado las autopistas bajo sus garras de asfalto.

El mundo real es mucho más pequeño que el mundo de la imaginación, dijo Nietzsche; pero, ¿cómo podríamos imaginar algo grande sin apoyarnos en lo pequeño? Al fin y al cabo, la grandeza o la insignificancia de las cosas depende de la distancia desde la que las observamos.

Poner rumbo al Sur, seguir la Carretera Vieja, significa resolver las interrogaciones de las curvas, consiste en teclear asombros sobre los puntos suspensivos de los malecones, es poner el foco en lo cercano, en el día a día de la vida, sin dejar que se nos fuguen los apetitos por las alcantarillas.

No tenemos remedio los románticos. Hemos nacido añorando las ruinas y nada nos parece bello si no descubrimos sus carencias, los vacíos por donde se cuelan las aguas de la sempiterna nostalgia o la vegetación audaz que coloniza sus osamentas y las cubre de flores.

Con motor

o con pedales, aramos las montañas del Sur sobre la negra cinta que tantas ilusiones, enfermedades, amores, lágrimas, muertes, codicias, amistades, decepciones y sueños rotos se deslizaron en otro tiempo. Hoy, la Carretera Vieja, retorcida, atormentada y solitaria, es el monumento perfecto al abandono secular que ha sufrido este Sur y a las bellezas íntimas que nos descubre.

Pero no hay que hacerse ilusiones vanas: lo bello es invisible a los ojos de quien no se abre a la belleza, de igual manera que las mayores exquisiteces culinarias permanecen incógnitas para quienes no son capaces de superar sus prejuicios gastronómicos.

El cernícalo vuela muy cerca de la Carretera Vieja, sabedor de que pocos vehículos le robarán el aire y el silencio. Su vuelo es sereno, pausado, redondo, como el planear de un singular banquero que administrara el viento para sostenerse sin esfuerzo en lo más alto o para caer raudo y cruel sobre sus presas indefensas.

Las viejas casas del Sur de la isla, sus paredes de piedra caliza, sus encalados y sus enjalbegados no pueden frenar la fuerza del sol que las amarilla, como antes amarilló la vertiente sur de los volcanes. La Carretera Vieja envejece con las casas; y con ellas va adquiriendo esa belleza que muestran los árboles centenarios, los poemas clásicos o las leyendas milenarias.

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Igueste de San Andrés: el paraíso en el barranco. Segunda parte

A pocos metros del barranco, los plátanos, el millo, los aguacates, las papas, las papayas y los mangos se solean y se mecen a su antojo, mezclados y revueltos, como si fueran libres para crecer donde les apetezca.

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En  Igueste de San Andrés, donde existe una apreciable cantidad de viviendas abandonadas, nació un célebre personaje. En este caserío, vino al mundo el pirata y traficante de esclavos Cabeza de Perro, el cual fue durante un tiempo el terror de los barcos mercantes del Caribe. Residía en La Habana y era dueño de una famosa pastelería en la que reunían conspiradores contra la presencia de España en la isla. Finalmente, la nostalgia lo mató. Se le ocurrió volver a las Islas Canarias y, aquí, las autoridades lo apresaron, lo encarcelaron y lo ahorcaron. Probablemente, por no darles parte de su botín de esclavos, como sí sucedía con los mandamases de Cuba.

El vino ha sido, durante siglos, uno de los elementos más característicos de Tenerife. Así que a nadie le debe extrañar que una calle de Igueste se llame “Las Bodeguillas”.

Inicio del camino a la playa y a la parte vieja del pueblo. Otro de los caminos a la playa parte desde el guachinche “Rincón de Anaga”.

La vieja ventana se encuentra en el camino. Ya nadie se asomará a mirar quién viene o quién va por el camino.

Otra ventana que da al camino.

Vivir más de un siglo es una obra de arte que pocos seres humanos logran culminar dejando un grato recuerdo en sus vecinos. También Marcel Proust usó una magdalena para evocar el pasado, se me ocurrió pensar mientras contemplaba el nombre de la difunta centenaria.

Pronto, el camino desciende bruscamente hacia el barranco, pero el caserío continúa deparando agradables sorpresas arquitectónicas… o disgustos, según se mire.

Como si fuera una hechicera, haciendo un conjuro con sus brazos abiertos, la  Higuera del Diablo (Datura inoxia) se recorta contra una pared blanca a la izquierda del camino, que ya desciende hacia la playa.

Las cápsulas de la Higuera del Diablo que contienen defienden sus semillas con picos puntiagudos.

Cuando la semilla está madura para germinar, la cápsula se abre y permite que caiga al suelo. La inmortalidad es la meta de todo lo que está vivo. La reproducción es una forma imperfecta de eternizarse; pero, de momento, no tenemos otra a nuestro alcance. Por esta razón, se venden tan bien las fantasías celestiales. Castaneda escribió –y vendió– muchos libros sobre esta planta a los buscadores de lo maravilloso, que somos casi todos…

En los supermercados los etiquetan como tomates cherry, aunque en Canarias son conocidos como tomates cagones y, tradicionalmente, han sido muy poco apreciados. Se trata de un fruto silvestre, cuyo nombre científico es Solanum lycopersicum var cerasiforme, el cual crece en forma espontánea en varias regiones tropicales o subtropicales.

¡Cuánto desprecio tuvimos hacia los pequeños “tomates cagones” hasta que las multinacionales nos los comenzaron a vender en sus supermercados como un producto bien envasado, con un nombre extranjero y a precios de lujo! Qué insensatos somos…

Camino de la playa, se levanta la brisa. Las hojas de las palmas se agitan en un vano intento por volar. Quién sabe si tienen o no tienen la capacidad de elevarse con la imaginación o, por el contrario, permanecen ancladas a sus agarradas raíces como los banqueros a sus mezquinos intereses.

El barranco y el horizonte. Un horizonte de mar. Dos palmas como dos flechas clavadas a la izquierda. Tres casas donde, a veces, venden mangos a buen precio. Una pareja de excursionistas que jadean al hablar porque su meta no es mirar sino avanzar y hacer ejercicio físico, caminar rápido, rápido, rápido,… para que la vida pase pronto.

Una lisa común (Chalcydes viridanus viridanus), brillante e iridiscente bajo los rayos solares, practica su deporte favorito: broncearse desnuda en uno de los paredones del camino. Si estuviera en Las Gaviotas, ya le habrían obligado a ponerse un bañador.

También se tumba al sol una hembra de lagarto tizón (Gallotia gallotia) que cuando el macho la fecunda pone entre 2 y 9 huevos bajo tierra, donde se incuban con el calor natural.

Los mangos están sobre el camino. Racimos de bombas cargadas de sol que se convertirán en explosiones de dulzura bajo nuestros paladares. Hay que volver –tengo que volver– a buscar mi parte del botín.

Son las semillas del tártago, Ricinus communis, lin., que crece cerca del agua y del sol. Es una de las plantas utilizadas para la extracción del bio-diesel. En países como Argentina, se cultiva, actualmente, de manera industrial en grandes plantaciones. Si a cada 100 litros de aceite de ricino  se le agregan 10 litros de alcohol Metanol se obtiene 100 litros de biodiesel, además de 10 litros de glicerina. En Canarias, hubo un tiempo en que se recolectaban las semillas y se vendían.

En la desembocadura del barranco, el cauce apenas tiene agua. La tierra y las piedras se cubren de blanco y el sol –siempre el sol– lo pinta con trazos de sombra. Me asombro, me detengo, trato de encontrar los resquicios por donde circula el arte, no menos arte sin la mano humana.

El guachinche de la playa, que antes mencioné y donde he pasado algunos ratos buenos, hace ya bastante tiempo, cuando aún se encontraba abierto con cierta regularidad.

Este aparador se halla en la terraza del guachinche de la playa. Si usted tiene la fortuna de encontrar la puerta abierta, podrá sentarse en una de las mesitas que hay a su lado.

El culto a la virgen de la Caridad del Cobre vino de Cuba con el retorno de los emigrantes. Esta imagen pequeñísima, se encuentra cerca de la playa.

Frente al guachinche que ya no abre, uno se topa con el cartel que más les gusta colocar a los ayuntamientos: el de las prohibiciones. ¡Ojalá algún día colocaran carteles anunciando las subvenciones y los beneficios a que pueden acogerse los ciudadanos y no sólo los amiguetes de los concejales!

En un lado del cartel, alguien ha pegado este pasquín, advirtiendo sobre un asesino que envenena las calles. Esa misteriosa página Web ha colgado un mapa de Canarias con cinco puntos donde hay veneno –2 en Tenerife, 3 en Gran Canaria y 1 en Lanzarote–, aunque no ofrece pista sobre su autores, que parecen pertenecer a alguna protectora de animales.

Las ruinas siempre son bellas. Éstas se encuentran junto a la playa, tan dispuestas a dejarse fotografiar como a dejarse caer al suelo en cualquier momento.

Al final del camino, la playa es de callaos. Hay un par de muritos, apropiados para sentarse a leer, ver acercarse las olas o seguir las evoluciones de las gaviotas. De vez en cuando, algún vecino baja desde el caserío y no le importa conversar un rato.

Igueste de San Andrés: el paraíso en el barranco

Me gusta Igueste de San Andrés. Hasta he pensado en la posibilidad de residir en este paraje donde parece habitar la misma diosa de la fertilidad. Nunca pasa mucho tiempo sin que me acerque al caserío y baje caminando hasta la playa por alguno de sus senderos. Me agrada la ausencia de gente en el camino y la calma que se respira junto a los callaos, donde rompen las olas con toda la pachorra del mundo.

Para llegar a Igueste de San Andrés, hay que bordear el pueblo marinero de San Andrés que, hace un siglo, ofrecía esta imagen idílica.

Beneharo Hdez.

 

En la actualidad, San Andrés ha cambiado mucho; sobre todo, desde que se cubrió su playa de callaos con arena dorada del Sahara y se convirtió en la playa de Santa Cruz. La carretera que asciende por la montaña conduce a Igueste de San Andrés.

El castillo de San Andrés, que se halla a la izquierda de la imagen, fue derruido por una crecida del barranco. Era uno de los puntos defensivos contra los ataques navales.

Como se puede apreciar en la imagen, en la actualidad San Andrés continúa sufriendo inundaciones.


Antes de construirse la carretera, el acceso a Igueste se realizaba por este camino que se elevaba desde la Playa de las Teresitas. Hace pocos años, fue destruido por los rompetodo oficiales del desarrollismo tinerfeño.

A la izquierda de la carretera que va Igueste, se encuentra la playa de Las Teresitas. Detengo el coche en el basurero que hace de mirador improvisado y, plantando cara a la brisa, paseo la vista sobre los que pasean por la arena mojada. Noto que cada vez es menos numerosa la gente que se tira al agua y más la que pasea, playa allá y playa acá, tal como sucedía en los años cincuenta. Aunque Albert Einstein no lo dijera, el tiempo es una rueda.

También observo las barcas de los pescadores. Esta vez, me pareció que había más embarcaciones en el agua, muchas más que otras veces. Tengo que preguntar a alguien si esto se debe a una simple apreciación mía o a que está saliendo más gente a la mar a buscar la comida que se le niega en tierra.

Al otro lado del hediondo mirador, aparece la playa de Las Gaviotas. He debido perderme algo, porque antes era un lugar para nudistas y ahora veo a los bañistas con bañador. Será cosa del obispo Bernardo, me digo, y no le doy más vueltas al asunto.

A pesar de todo, sin poder quitarme el barrenillo de la cabeza, vuelvo a echar un vistazo para ver si descubro a alguien desnudo. Nada. Han cambiado el tomar el sol en pelotas por jugar a la pelota bajo el sol. Una buena solución para entretener los parados y para fortalecer la moral cristiana.

En la siguiente esquina, tras los basaltos, las tuneras y los verodes, diviso un petrolero que me recuerda los yacimientos de crudo que hay cerca de Lanzarote y que tan bien le están viniendo al Presidente canario para quedar de maravilla con sus votantes y con el gobierno de Madrid, a un tiempo.

Antes de abandonar el basurero reciclado en mirador, me fijo en este pequeño graffitti que está junto a la carretera, sin saber si anuncia una boutique, una óptica o una marca de gafas para contemplar eclipses. Subo al coche y me dispongo a bajar por una pista que nunca he recorrido, con el fin de ver más de cerca las jaulas para peces que se ven cerca de la costa. Sorpresa: han colocado puertas que me impiden el paso.

“El Rincón de Anaga” es un guachinche donde se puede comer pescado freco con una excelente panorámica de la costa de Igueste. Es la primera casa que se encuentra al entrar al pueblo. Encontrará mucha información sobre éste y otros lugares donde comer en “El libro de los guachinches. Las rutas secretas del vino de Tenerife”. Se vende en las librerías, ¿dónde, si no?

Esta es la vista que se tiene desde el interior del guachinche mencionado anteriormente. En la playa hay otro guachinche, pero suele estar cerrado: nunca se sabe si el cierre es circunstancial o definitivo. Una cosa algo extraña, pero cierta.

Las casas que están a la entrada del pueblo, sobre la carretera, nada tienen que ver con el arte de embellecer el paisaje. Al contrario. Sin embargo, pronto se olvida su presencia y la vista se vuelve hacia el barranco.

Otra panorámica, más amable, de este pueblo encerrado entre montañas.

Los gallos, de colores encendidos y crestas inflamadas, andan sueltos por el barranco, ocupados en coquetear con las gallinas y buscar golosinas gastronómicas en los charcos.

A poca distancia, una garza, retorcida como una signo de interrogación, posa junto al agua. Cuando percibe mi presencia, su pálida timidez la impulsa a remontar el vuelo, buscando la protección de las cañas.

En otro charco nada un pato criollo (Cairina moschata domestica), compitiendo en rojo con los gallos.

Tras el chapuzón, hay que sacudir el agua del cuello y la cabeza.

Y las alas…, por supuesto.

Los charcos son lugares de reunión social. Las relaciones entre las aves del barranco tienen lugar en sus proximidades. Allí también se acercan las palomas a saciar su sed  y a picotear insectos, entre trago y trago.

Un mirlo camina confiadamente entre los cantos rodados del cauce, con la esperanza de encontrar su parte del festín.

La visita de la tía Rose. Un relato a propósito de los entrometidos

"El vino del estío", de Ray Bradbury, es una obra conmovedora, capaz de llevarnos en volandas, suavemente, a los rincones más recónditos de nosotros mismos, a la cocina donde se guisan nuestros miedos y nuestras más limpias aspiraciones.

“El vino del estío”, de Ray Bradbury, es una obra conmovedora, de fácil lectura, pero capaz de llevarnos en volandas, suavemente, a los rincones más recónditos de nosotros mismos, a la cocina donde se guisan nuestros miedos y nuestras más nobles aspiraciones como seres humanos.

Éste es un relato maravilloso, disfrútenlo y, si alguna vez tienen ocasión, lean el libro completo. Quizás no les cambie la vida, pero se les encogerá el estómago en unas páginas, les brotará una sonrisa en otras y, en alguna parte de sus mentes, volverán a surgir colores y sentimientos que ya habían olvidado. Imaginen un relato escrito conjuntamente por Mark Twain, Gabriel García Márquez y  J. D. Salinger… pues bien, esto es lo que aquí nos ofrece Ray Bradbury: ¡auténtico realismo mágico, escrito en 1946!

Ojalá lo leyeran aquéllos que nos metieron prisa para que cambiásemos los muebles de madera de nogal por los de formica, los que demolieron bellos edificios y en sus solares levantaron adefesios de cemento, los que siempre tratan de destruir nuestra herencia cultural para sustituirla por elementos más “prácticos”, más “ordenados”, más “higiénicos”, más “modernos”,… los que con mil excusas terminan por despojarnos de los sabores, de las fragancias, de las texturas, de la belleza,  de la calma,…

Ellos, como la tía Rose, meten sus narices en nuestros fogones y tratan de imponernos sus consejos, su orden, sus etiquetas y sus libros de cocina, de protocolo o de “autoayuda” hasta que nuestros guisos, nuestros sentimientos y nuestras manos pierden todo el encanto tan pronto siguen sus instrucciones.

La agitación de una bienvenida. En alguna parte sonaron las trompetas. En algún cuarto, pensionistas y vecinos se reunieron a tomar el té. Había llegado una tía, y se llamaba Rose, y uno podía oír su sobresaliente voz de clarín, y uno podía imaginarla encendida y grande como rosa de invernadero, exactamente como su nombre, ocupando todo el cuarto. Pero para Douglas, las voces, la conmoción de la bienvenida, no eran nada. Acababa de llegar de su casa, y estaba ahora espiando la cocina de la abuela, justo cuando ella, luego de excusarse y dejar el gallinero del vestíbulo, se había retirado a sus propios dominios y había empezado a preparar la cena. Vio allí a Douglas, le abrió la puerta de alambre, le besó la frente, le sacó el pelo claro de los ojos, lo miró a la cara para ver si la fiebre se había reducido a cenizas, y viendo que así era, volvió cantando al trabajo.

—Abuela —había querido decirle muchas veces Douglas—, ¿es aquí donde empezó el mundo?

Pues seguramente empezó en un lugar parecido. La cocina, sin duda, era el centro de la creación, todas las cosas giraban alrededor; era el frontón que sostenía el templo.

Con los ojos cerrados, dejó que vagara la nariz; aspiró profundamente. Se hundió en los vapores infernales y en la nieve que se movía de pronto en el polvo de hornear, en el maravilloso clima donde la abuela, con la mirada de las indias en los ojos, y la carne de dos firmes y cálidas gallinas en el corpiño, la abuela de mil brazos, golpeaba, azotaba, cortaba, pelaba, envolvía, salaba, sacudía.

Douglas se abrió paso a ciegas hasta la despensa. Del vestíbulo llegaron unos chillidos de risa; unas tazas de té tintinearon. Pero Douglas estaba en un país de nísperos espinosos, un fresco y verde país submarino donde las bananas claras y perfumadas que colgaban y se balanceaban maduraban en silencio y le golpeaban la cabeza. Los mosquitos zumbaban agriamente alrededor de las vinagreras y en los oídos de Douglas.

Abrió los ojos. Vio pan, que esperaba ser cortado en rodajas de cálidas nubes de verano; buñuelos dispuestos como cuellos de payaso para algún juego comestible. Aquí en la parte de la casa a la sombra de los ciruelos, con hojas de arce que golpeaban los vidrios como aguas de un arroyo, Douglas leyó los nombres de las especias.

¿Cómo agradeceré al señor Jonas, se preguntó, lo que hizo? ¿Cómo le daré las gracias, cómo se lo pagaré? No, no hay modo. Eso no se paga. ¿Qué se puede hacer entonces?

¿Qué? Transmitirlo de algún modo, pasárselo a alguien. Hacer que continúe la cadena. Buscar a alguien, encontrarlo, y pasárselo. No hay otro modo…

—Pimentón, mejorana, canela.

Los nombres de perdidas y fabulosas ciudades donde habían florecido tormentas de especias, que luego se habían apagado.

Douglas sacudió los clavos de especias que habían venido de algún continente oscuro, donde se los había desparramado sobre mármoles de leche, como piedrecitas que arrojan unos niños de manos de regaliz.

Y mirando un marbete, sintió que daba una vuelta al calendario y volvía a aquel día íntimo que había mirado el mundo de alrededor y se había descubierto en su centro.

El marbete decía Salmuera.

Y Douglas se alegró de haber decidido vivir.

¡Salmuera! Qué nombre especial para las sustancias desmenuzadas y dulcemente apisonadas que había en el frasco de tapa blanca. El que las había bautizado, qué hombre debía de haber sido. Dando voces, moviéndose de un lado a otro, debía de haber cazado todas las alegrías del mundo y luego de meterlas en ese frasco había escrito sin duda con su manaza: SALMUERA. Pues el solo sonido de la palabra sugería una carrera por campos verdes en caballos alazanes de bocas con barbas de pasto, y zambullidas en aguas profundas, donde el mar suena cavernosamente dentro de la cabeza.

Douglas extendió la mano. Allí estaba: Condimento.

—¿Qué cocina la abuela para esta noche? —dijo la tía Rose desde el mundo real del atardecer, en el vestíbulo.

—Nadie sabe qué cocina —dijo el abuelo que había vuelto de la oficina mas temprano para atender esta enorme flor— hasta que nos sentamos a la mesa. Hay siempre expectación y misterio.

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Mesas íntimas

Hay quien se bebe el vino en misa; algunos se encierran en sus bodegas, a cal y canto, para degustarlo en secreto; otros van a restaurantes, con visas oro del gobierno, a soplarse las botellas de 300 euros y yo, de tarde en tarde, acudo a beber una cuartita en un guachinche, abrazado a la vida, que es lo único que no pueden robarnos los miserables que nos gobiernan.

La vida, en este caso, no es otra cosa que la gente que quiero, con la que me gusta compartir momentos serenos, de calma chicha, abismado en la contemplación de la comida y la bebida humildes, cuyos colores y perfiles se me antojan crípticos mapas de la felicidad auténtica. Tanto da que los descifre o no.

Si he de ser sincero, a veces, he sentido más intimidad en la mesa que en la cama. Por esta razón, me cuesta mucho ir a comer con personas que no son de mi agrado y me entusiasma tanto compartir plato y mantel con la gente que me gusta. Por fortuna, siempre tengo alguna comida pendiente, lo cual equivale a decir que una buena parte de mis proyectos de futuro están compuestos por momentos de satisfacción en placentera compañía. Hubo un tiempo en que una porción de mis comidas respondía a intereses creados: afortunadamente, hoy, he logrado terminar con esa tortura y reservarme para “mi” gente.

De vez en cuando, vamos de guachinches Antonio Abdo, Pilar Rey y yo. Nos subimos al coche de Antonio y emprendemos el rumbo hacia las medianías de Tenerife.

Pilar y Antonio acaban de jubilarse de su larga trayectoria como directores de la Escuela Insular de Teatro de La Palma, pero no como grandes actores. Nuestra amistad ya puede medirse por lustros, pero es difícil fijar los límites de mi admiración por ambos.

Mientras rodamos, a Pilar le gusta hablar de México. Siempre México. Unas veces para recordar aquel museo cuya entrada prometía un banquete de cultura americana; otras, para recomendarme un restaurante divino que se encuentra en una esquina del Distrito Federal o aquel otro perdido en un pueblo con nombre de santa cuya deliciosa carta se graba a sangre y fuego en la mente de quien haya traspasado su umbral de estilo colonial.

–En el próximo viaje, quédate unos días en México capital.

–No puedo, tengo que seguir hacia Morelia.

–No importa. Tú te quedas unos días y verás que no te arrepientes.

Antonio encuentra un aparcamiento a pocos metros del guachinche. El día está espléndido.

–Es martes –comento sin venir a cuento.

–¿Y qué? –responde Pilar mientras se baja del coche– ¡Total no vamos a casarnos ni a embarcarnos!

A Antonio no le gusta la carne de cabra. Por esta razón, una vez nos hemos sentado en la mesa del guachinche, la pide sin más preámbulos.

–Tráigala directamente, sin aperitivos. Y una cuartita.

–Media botellita –tercio yo, únicamente con la intención de ahorrar paseos inútiles a la camarera, al tiempo que trato de entender la jugada con gambito de Antonio frente a la carne de cabra.

–¿Papas arrugadas o fritas? –pregunta la mujer que nos sirve, siempre amable y sonriente desde el primer día que pisamos la sombra de su patio hasta hoy.

–Arrugadas –pide Antonio de forma concluyente.

–Y fritas –digo yo, desatinado y encarrilado ya en la controversia.

Llegan el vino y una cesta con pan, tenedores y cuchillos.

–¡Quítate del sol, Manolo, que se te va a agravar la gripe!

Pero no me quito, porque me gusta que me piquen sus rayos después de tantos días de frío en la isla. Encima de nosotros hay un parral y, a unos centenares de metros, tras nuestras espaldas, se hunde el barranco de Erques en una montaña de basalto: un hachazo en la espalda de Tenerife.

–Bonito nombre el de Erques –comenta Pilar, cuyo espíritu se está elevando con los místicos vapores de la difunta cabra. Antonio tiene pronta la respuesta apropiada y aquí comienza un toma y daca entre ambos que yo sigo con suma atención, intentando que mi interés pase desapercibido.

¡Qué lujo!, me digo mientras escucho y los contemplo representando la divina comedia de la vida, en un guachinche humilde que, excepcionalmente y por unos momentos, se ha convertido en uno de los grandes teatros del planeta. Asisto boquiabierto, entre emocionado e incrédulo, consciente de que una vez más los dioses me regalan momentos que no merezco.

Pasa un ángel. Permanezco unos minutos en silencio. Ya sería cansino repetirle lo que tantas veces he dicho a don Antonio Abdo:

–Antonio, cuando sea grande, yo quiero ser como tú.

Ambos saben que, en la frase, Pilar es una elipsis; y sonríen desde las fuentes de su bondad.

Una gran bandeja con carne de cabra aparece sobre la mesa. Humea. Yo, aún más que Antonio, aborrecí la carne de ese animal, que siempre imaginaba entretejida de grasa rancia y con olor a orines. Iniciarme en sus misterios no fue fácil. Llegar a desearla me costó un doloroso aprendizaje que aún no ha concluido, pero que se inició el día que, por primera vez, probé la sopa de cabra en una cueva medio escondida de Güímar. Una sopa entreverada de trozos de pan y de yerba buena que te conquista los sentidos hasta aniquilar cualquier resistencia y convertirte en un adepto.

A partir de ahí, como tantos otros, me transformé en un buscador de tesoros gastronómicos caprinos. No es fácil encontrarlos, pero tampoco imposible.

A medida que el contenido de la bandeja disminuía, felizmente acompañado de unas papas “utodate” arrugadas, la conversación se contagiaba de la efervescencia del vino nuevo. Para no gustarle la carne, Antonio Abdo se dejó servir dos platos, al tiempo que protestaba enérgicamente cuando intenté llenar su vaso hasta el borde.

En la cocina, se olvidaron de las papas fritas y yo, siguiendo las enseñanzas taoístas de mi compañero de mesa, protesté pidiendo otro plato de papas arrugadas.

De vez en cuando, por la calle La Parranda –créanme que es su nombre auténtico y, en mi opinión, más que merecido– pasaba un perro pegado a la pared o alguna persona tan silenciosa como la sombra de un concejal sobornado. Ningún vehículo. Paz y vino. No hay quien dé más.

Comí tiramisú de postre. Bebí café, hablando por los codos, enamorado de la vida, de la carne de cabra, de los guachinches, de este ágape y del próximo, en los altos de San Miguel, y del siguiente, donde mi estimado amigo Elicio y la compaña dispongan…

Si de esta manera pasa la gloria del mundo, bienvenido sea ese tránsito.

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Body Sushi, entre la ética y la estética

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He encontrado varios artículos sobre esta foto, debidos a Francisco González Tejera, el cual informa que este “banquete” fue organizado en el Casino de Las Palmas por instituciones canarias para promover el turismo. También informa de que la ocurrencia se ha puesto de moda en Japón, desde hace algún tiempo, con el nombre de Body Sushi. Según deduzco de la foto, nadie pensó en adaptarla a nuestra idiosincracia, llamándola Body Gofio cubriendo a la chica de papas arrugadas, pelotas de gofio y mojo de cilantro. Menos mal que a nuestras instituciones les gusta poco lo canario (excepto los votos, claro), que si no…

En realidad, esta gracieta pseudojaponesa para comer sushi o sashimi dicen que se denomina en japonés Nyotaimori (presentación del cuerpo femenino). Cuando se utiliza un modelo masculino, al parecer, recibe el nombre de Nantaimori. No puedo confirmar ambos extremos, porque mi conocimientos de idiomas orientales sólo llegan hasta kamasutra en japonés y kamikaze en indú sin hache, ¿o sería al revés? Hasta donde mi ignorancia y yo sabemos, el Body Sushi no es una tradición cultural japonesa, sino una gilipollez que se ha puesto de moda en los cabarets de Tokio desde hace muy poco tiempo. El periódico japonés The Japan Times publicó hace tres años un artículo donde se afirmaba que lo más parecido a un Body Sushi que se había visto en la isla del sol naciente durante los últimos años era un evento puntual ofrecido por una barra americana denominada La Bella Durmiente, donde se cubrieron las extremidades de una stripper con rodajas de pescado y fruta fresca, una noche cada mes, para aumentar la concurrencia. Y nada más.

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En realidad, antes de llegar a Japón, este espectáculo solía ofrecerse en las grandes urbes de todo el mundo, desde hace unos años, a grupos de empresarios que pagaban precios muy altos. Actualmente, han sido muchos los avispados dueños de negocios de restauración o de barras americanas que han visto un buen filón en el denominado Body Sushi y la oferta se ha ampliado considerablemente, hasta situarse los precios entre los 50,00 € y los 200,00 €. Es decir, una especie de café para todos, sin ese glamour que da cometer una canallada a precios de millonarios.

Las noticias relacionadas con este Bodysucio no faltan: en China ha terminado por ser prohibido el Nyotaimori, debido a razones higiénicas y, en Sudáfrica, se levantó un fuerte escándalo, en 2010, cuando a un empresario, apellidado Kunene, se le ocurrió ofrecérselo al presidente en su fiesta de cumpleaños. La acusación sudafricana partió de una asociación feminista que lo acusó de degradar la integridad y la dignidad corporal de la mujer.

No sé si alguien sabe dónde, realmente, nació esta costumbre, que tal vez provenga directamente de banquetes caníbales. Lo único que yo sé con seguridad es que se ha practicado, “civilizadamente”, al menos desde hace dos o tres  siglos. La ocurrencia de utilizar el cuerpo de un ser humano como plato, en un ritual erótico públicamente compartido, ya se puede documentar en el siglo XVIII.  Hubo quien la practicó en París, en dicho siglo, como se deduce de este párrafo extraído de la novela “Canarias”:

“Mención aparte merece la tardía tertulia de la marquesa Juana del Hoyo que se comporta en la actualidad al modo de las salonnières parisinas: damas bien educadas brillantes ambiciosas distinguidas inteligentes: viudas o de maridos liberales: con disponibilidad para recibir visitas cuando se presenten: capaces de disparar palabras como flechas sin llegar a derramar ni una gota más de sangre que la estrictamente necesaria: hábiles en la esgrima de ideas: diestras en conferir protagonismo a cada uno de sus invitados –sa tâche propre est de satisfaire la vanité de tous– y al mismo tiempo ser adulada por cada uno de ellos.
Muy a su pesar estas madamas canarias estaban lejos de las parisienses. Sobre todo en lo referente al desenfado con que aquellas se tomaban los asuntos sexuales. Aunque no puede negarse que también en La Laguna o en Santa Cruz durante los Carnavales y las fiestas de tapadas bien podría aplicarse un poemilla que no hace muchos días compuso el joven orotavense Tomás de Iriarte.

Mohamed, yo te aseguro
Que en medio de estas querellas,
Si nos piden cien doncellas
Nos ponen en un apuro.

Así y todo a ninguna madama canaria se le ocurriría escribir una carta como la que envió madame Pompadour a su buena amiga la condesa de Baschi.

Querida,
Lo que le voy a contar no es precisamente poético. El Marqués de R., que como usted sabe, no es precisamente muy delicado en sus gustos, pasó ayer la noche con una comedianta y al final de la cena, estando los dos … encantadores, el Marqués no encontró nada mejor que desvestir a su Venus y, preparando una salsa para espárragos, la colocó en un lugar que no voy a nombrar pero que usted comprenderá y se dedicó a comer los espárragos mojándolos en su salsa. Parece que le gustó, ¿qué piensa usted de ello? Espero su respuesta pero, por el momento, no puedo dejar de reírme de un placer tan original.
La Marquesa de Pompadour

En la misiva no se halla nada extraordinario que no esté acorde con la actual usanza parisina.”

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No es la única novela que pone el tema sobre la mesa –nunca mejor dicho–. La obra “Música para camaleones”, de Truman Capote, describe cómo, en un bar del Barrio Francés de Nueva Orleans, se servía un cóctel de absenta muy especial. El recipiente utilizado por los clientes para beber este cóctel era la vagina de una muchacha tendida sobre la barra del establecimiento.

“Un montón de personajes excéntricos han paseado por esta plaza. Piratas. El propio Lafitte. Bonny Parker y Clyde Barrow. Huey Long. O bien, vagando bajo la sombra de un parasol encarnado, la condesa Willie Piazza, propietaria de una de las más lujosas maisons de plaisir del barrio de las luces rojas; su casa era famosa por un exótico refresco que ofrecía: cerezas frescas hervidas en crema de leche, aderezadas con ajenjo y servidas en el interior de la vagina de una bella mulata recostada.”

Tanto la marquesa de Pompadour como Capote eran expertos en narrar anécdotas escandalosas sin perder la angelical sonrisa, como si a ellos no les afectaran, pero con la esperanza de escandalizar a sus lectores. No debe ponerse en duda que ambos lo consiguieron. Así, pues, dejando el canibalismo a un lado, el asunto no es nuevo en Europa, América y Asia.

Debe de haber alguna película feliniana en que se vea algún plano similar, pero no me viene a la memoria y creo que nada de eso ocurría en El Satiricón. Sólo recuerdo aquel film titulado El cuerpo del delito, en que Madonna hacía una contrastada combinación de cera ardiente con champán frío, vertiendo ambos sobre la piel.

Yo no voy a entrar a juzgar si comer sobre el cuerpo de una mujer o de un hombre es una aberración, una humillación o un pecado en sí mismo. Ese asunto se lo dejo a los dioses y a sus testaferros. En realidad, sólo se me ocurre decir que quien nunca haya comido o bebido algo sobre algún cuerpo que arroje el primer sushi o la primera botella de champán. Desde luego, yo no pienso apedrear a nadie con alitas de pollo o rollitos de pescado, ni siquiera con palitos de falso cangrejo o cocacola ligth.

La verdad, no creo que se humille a nadie por comer sobre su piel, siempre que sea un acto consentido; por otra parte, si se trata de un acto público que no tiene una finalidad estética, sino la intención de usar un cuerpo desnudo para vender alguna mercancía de manera morbosa, también opino que puede ser degradante. Tan degradante –ni más ni menos– como subir a una chica a un automóvil para publicitar una marca. A partir de aquí, vamos a encontrarnos con todas las variantes que nuestra perversa civilización puede vender de un hecho que, en principio, es tan estético como recitar un poema. Los cuerpos, como los cuchillos y la energía atómica, dan mucho juego: el resultado final, más que de la forma, depende de la intención con que sean utilizados.

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¿Barcelona no come plátanos canarios?

Me gusta Barcelona. Siempre he sentido debilidad por esta ciudad con memoria gótica e inteligencia modernista. Y es que el alma de las ciudades resulta de los sentimientos que despiertan sus paisajes arquitectónicos. Sin ellos, son entidades más o menos átonas, más o menos muertas. ¿Qué sería de La Habana, Estambul, Roma, Nueva York o Marrakech si sus edificaciones no impactaran nuestra mirada de forma tan demoledora?

Una parte importante de esa alma metropolitana la constituyen los mercados de alimentos, donde se mueve el combustible que mantiene con vida a los vecinos de la ciudad. Allí, se revela la realidad cotidiana, más constituida por coles, manzanas y carnes que por artes, vicios y ostentaciones. Por esto, durante mi última visita a Barcelona me dirigí –como otras veces, lo confieso– al mercado de La Boquería. Todo está limpio como los chorros del oro, lo cual invita a prolongar la visita más tiempo y, si uno sucumbe al paisaje alimenticio, comer en uno de los puestos de comida, dispuestos alrededor del edificio. Lo cual no está mal como experiencia estética (comer en un mercado siempre lo es), pero muy poco recomendable como gastronómica y económica: por la mitad de precio, se come el doble mejor a pocos metros de distancia.

Un recorrido por los puestos de verdura, fruta, carne, pescado o especias no proporciona ninguna señal sobre la crisis económica que vive el sur de Europa. Allí todo brilla bajo los miles de vatios que consumen las potentes luces. Montañas de frutas, alfombras de verduras, espectaculares peces de afilados colmillos, estanterías repletas de caza menor tan bien dispuesta como en un bodegón de Murillo, cestas abarrotadas de especias y de frutos secos, carne de casi todo, artística ordenación de las botellas de cava,… Y bananas.

Sí, bananas mayores que los plátanos de Canarias, con sus etiquetas de países americanos. Los barceloneses no venden ni consumen nuestros plátanos: en el mercado, en los supermercados y hasta en las pequeñas ventas, se venden bananas: como en origen salen más baratas, los comerciantes obtienen un margen mayor, aunque para los consumidores el precio el mismo.

A medida que voy avanzando, pasillo tras pasillo, se me borra la sonrisa con que había entrado a La Boquería. ¡Ni un plátano canario a la venta! Y no dejo de sonreír porque piense que lo canario es lo mejor –lejos de mí esos chauvinismos–, sino porque allí veo la imagen del declive de la agricultura y de la economía de mi tierra: mientras las tiendas canarias rebosan de botellas de cava y naranjas peninsulares, nuestros plátanos se alejan de los consumidores españoles. Un panorama deplorable.

Quizás, ha llegado el momento de reflexionar por qué los canarios no se han decantado por estas naranjas marroquíes, más sabrosas y baratas, tal como han hecho los catalanes con las bananas de otros países.

Supongo que la culpa de esto no la tiene nadie, sino ese ente fantasmal que, al parecer, nos ha arruinado a todos y se llama “los mercados”. Así que habrá que darle una respuesta a los mercados. No sé si tendremos que emplear el Quid pro quo y consumir el maravilloso champán francés y las deliciosas naranjas marroquíes, en lugar de esa fruta medio podrida que nos llega desde los países valencianos y catalanes, o si la defensa de nuestra producción agrícola pasa por otras acciones. Lo que sí creo es que los canarios no podemos quedarnos con los brazos cruzados, mientras “los mercados” nos van dejando sin clientes. Pronto, será demasiado tarde.

Telémaco, la memoria del mar

Telémaco es el nombre del barco más famoso de la emigración canaria clandestina. La foto fue disparada en una rotonda que se encuentra entre el Charco del Conde y el muelle de Valle Gran Rey. El nombre escrito en el barquito tiene una aparente falta de ortografía: TELEMACO en lugar de TELÉMACO. Ello se debe a que los emigrantes lo pronunciaban ‘Telemaco’, con acento en la ‘a’. De esta manera, lo que sería falta para nombrar al hijo de Odiseo, en La Gomera se convierte en homenaje a las 171 personas que cruzaron el Atlántico huyendo de la penuria económica y política que imperaba en Canarias en la década de 1950.

El Telémaco –o Telemaco– partió desde este lugar de la costa. Muchos hombres, llegados de otros puntos de la isla, subieron a bordo en la playa de Vueltas. A bordo, iba Manuel Navarro Rolo, un poeta popular que compuso un largo canto al viaje del destartalado motovelero que, atravesando hambres y temporales, los condujo hasra el puerto de La Guaira, en Venezuela. Estas son las tres estrofas iniciales. Quien desee profundizar en esta historia, deberá leer el libro “El Telémaco. El último viaje”, escrito por Ángel Suárez Padilla.

Pasó un vago pensamiento
por hijos de la Gomera,
cual la nube pasajera
que va por los elementos,
tras continuos sufrimientos,
peripecias y tristuras
para lanzarse a la anchura
de tan penoso camino
a luchar con el destino
de sedientas aventuras.


En una hora temprana,
el nueve de agosto fue
a eso de las cuatro y diez
de una apacible mañana,
donde el silencio engalana
el misterio más fecundo
dándole un adiós profundo
a Valle Gran Rey con calma,
ciento setenta y un almas
que marchan al Nuevo Mundo. 

El Sol su disco escondía
en el rizado horizonte,
cuando perdimos los montes
de nuestras islas queridas,
sólo el faro se veía
dando sus vivos destellos
que iluminaban muy bellos
nuestra ruta solitaria
último adiós a Canarias
tristes recuerdos aquéllos.

Foto del motovelero Telémaco, a su llega a Venezuela.

PRESENTACIÓN DEL LARGOMETRAJE “Historia de la emigración canaria a Puerto Rico”

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TRAILER DE “HISTORIA DE LA EMIGRACIÓN CANARIA A PUERTO RICO”

PROYECCIÓN DE DOCUMENTAL SOBRE HISTORIA DE EMIGRACIÓN CANARIA A PUERTO RICO
La XIX Semana de Historia de América del Instituto de Estudios Hispánicos (IEHC) reúne bajo el título genérico “Canarias y el mundo americano” una serie de conferencias coordinadas por Manuel Hernández González, profesor Titular de Historia de América de la Universidad de La Laguna (ULL) y coordinador del Centro de Documentación de Canarias y América (CEDOCAM). A un ritmo de dos por tarde, las ponencias versarán sobre diversos aspectos de la emigración entre las Islas y en Nuevo Mundo abordando temas tales como la marcha de canarios a Santo Domingo y Cuba en los siglos pasados o los costes humanos de dicha migración. Entre los ponentes se encuentran Antonio Gutiérrez Escudero, científico titular de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos del CSIC de Sevilla, y diversos profesores titulares de la ULL como Francisco Fajardo Spínola y Jesús Pérez Morera. Además, el miércoles 12 se proyectará el documental “Historia de la emigración canaria a Puerto Rico”, dirigido por Manuel Mora Morales, con posterior charla coloquio con su director.

DATOS TÉCNICOS
Guión y dirección: Manuel Mora Morales
Duración: 114 minutos
Rodaje: Puerto Rico, Islas Canarias, República Dominicana, Estados Unidos, Cuba.
Voces en off: Antonio Abdo y Pilar Rey
Música: Banda Sinfónica de Santa Cruz de Tenerife
Fotografía: Olivia Quintero/Manuel Mora Morales

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La emigración canaria a Puerto Rico comenzó en 1493 y la arribada masiva finalizó hacia la década de 1920. Esta emigración es más que significativa en el mapa genético, cultural y social de la isla borinqueña. Sin embargo, tanto los canarios como los puertorriqueños parecen haber olvidado los grandes vículos que los unen. Afortunadamente, un grupo de personas lucha de manera denodada para reanudar los contactos.

SINOPSIS:
Este documental abarca la historia de la emigración canaria desde la llegada de Colón, en 1493 hasta el siglo XXI. Ofrecen su opinión o su testimonio decenas de personas entrevistadas en Puerto Rico y en Canarias: descendientes de canarios, genealogistas, historiadores, psicólogos, amas de casa, catedráticos de Historia de América, comerciantes, jubilados, médicos, agricultores, abogados, empresarios, economistas, etc.
Comienza con un repaso a la protohistoria de Puerto Rico y la formación del pueblo puertorriqueño. Tras la arribada europea y el período en que gobernó Ponce de León, se analiza la llegada de las primeras expediciones documentadas de emigrantes canarios: lugares de asentamiento, profesiones, apellidamiento, repercusión social y étnica… También se nombran el ataque de Francis Drake y al obispo tinerfeño Juan López Augusto de la Mata, impulsor del culto a la Virgen de Candelaria en Puerto Rico.
Se recogen las noticias de fray Diego Abbad sobre los canarios que se asentaban clandestinamente con el apoyo de los isleños. Se muestran opiniones de Álvarez Nazario y Estela Ciffre sobre la base canaria de la población puertorriqueña. Algunas expediciones de canarios son analizadas.
El siglo XIX, debido a la abundancia de noticias, es recorrido con detenimiento. Por ejemplo, se mencionan los asentamientos de Hatillo, Quebradilla, Lares y San Sebastián. No se puede hablar del XIX boricua sin mencionar la abolición de la esclavitud, los jíbaros, las grandes haciendas, el café, la caña de azúcar y la novela La Charca que presenta la pobreza extrema de un sector campesino. En torno a esto, varios entrevistados dan su opinión.
Tampoco podía dejarse de formular la pregunta de por qué los canarios abandonaban su tierra y qué razones les llevaron a elegir Puerto Rico como destino. Los oficios que desempeñaron estos isleños, su fama de empedernidos trabajadores y su ejemplar inserción social son contemplados desde la perspectiva actual. Lo mismo sucede con los arriesgados viajes por el atlántico y los contratos firmados antes o después de la arribada a Puerto Rico. Hubo isleños que tuvieron más fortuna que otros: se menciona a algunos que lograron una poderosa economía y se analiza cuál fue su repercusión en la economía del archipiélago canario.
La comida es un capítulo que no puede olvidarse si se desea entender a una comunidad y la cámara entró en mercados populares, grabó viejos molinos de gofio y visitó la cocina isleña para saber lo que se estaba cociendo.
Las costumbres, como las máscaras de Hatillo, las peleas de gallos y las fiestas también encuentran su lugar en este documental. A continuación, se analizan y narran las vicisitudes de los años que van desde finales del siglo XIX hasta principios del siglo XXI. En él aparecen los sucesos políticos de la segunda mitad del siglo XIX, desde el Grito de Lares hasta el final de la dominación española. También se pasa revista a las incidencias vividas por los canarios y sus descendientes durante el siglo XX, tanto en su vertiente política y social como en la cultural. Desfilarán los principales personajes isleños de Puerto Rico: pintores, escritores, etc. Asimismo, entre sus contenidos se encuentra la dedicación a las labores agrícolas en el siglo XX, los contactos familiares entre ambas orillas del Atlántico que se han prolongado por más de un siglo,…

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QUINTA PARTE. La increíble historia de 300 canarios en la República Dominicana del dictador Trujillo

Don Aureo Francisco, emigrante canario, residente en Constanza.

Uno nunca debe estar seguro de haber tocado fondo, porque cualquier fondo puede quebrarse y aparecer un nuevo abismo. Esto les sucedió a los emigrantes canarios en la República Dominicana. A todas sus calamidades, se añadió una para la que estos jóvenes políticamente imberbes no estaban preparados: las acusación de ser comunistas.
La isla estaba atestada de espías del gobierno, llamados calies, los cuales delataban a los emigrantes como comunistas cada vez que protestaban por algo o se quejaban por no haberse respetado sus contratos. A veces, no hacía falta rebelarse contra la situación, porque los propios españoles también los delataban como enemigos del régimen trujillista para quedarse con sus tierras.

Ya te digo, los camiones recogiendo gente, eso era todos los meses, recogiendo. Hubo una noche un caso que yo presencié. Llegan tres canarios, eran de las Palmas, no me acuerdo del nombre de ellos ya. Venían de la parcelita de trabajar, de noche. Y llegaron.
A la entrada del pueblo se encuentran con el camión parado y subiendo gente. Y siguen para allá que ellos vivían creo que en la cuarenta y seis. Eran sesenta casas que habían. En cada casa metieron seis. Según el contrato era una casa para cada uno y después nos metieron seis.
Y cuando llegaron y les dicen los compañeros, “vámonos”, y ellos: “uh, cómo vamos a irnos si tenemos la parcela sembrada y todo, cosas…”, “Vámonos de aquí que esto se pone peor. Vinimos juntos, vámonos juntos”.
Los tres cogieron sus pasaportes, cogieron sus maletas y llegaron al camión y le entregaron los pasaportes al jefe.
Que se iban.
Y les dijeron: “Pero si no son ustedes, ¿ustedes por qué se van?
“Sí, nos vamos, vinimos juntos y nos vamos juntos”.
Subieron al camión y se fueron. Eran tres de Las Palmas, no me acuerdo del nombre de ellos.
(Don Aureo Francisco, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Estación de ferrocarril en Santiago de los Caballeros.

En enero de 1956, en el barco Auriga, llegaron otros 370 emigrantes españoles. En este mismo barco, devolvieron a España 300 emigrantes, entre los que había un buen número de canarios, acusados de comunistas. Fue el último viaje de esta emigración.
En ese mismo año, Trujillo adquirió por 35 millones de dólares los cinco ingenios de la West Indies Sugar. Después compró otro, en condiciones parecidas, usando también dineros públicos para su lucro personal. Ya controlaba el 80% de la producción industrial y empleaba en sus empresas privadas al 45% de la mano de obra del país.
El SIM (Servicio de Inteligencia Militar) secuestró y asesinó al escritor español Jesús de Galíndez, en Nueva York. Para encubrirlo se realizó una cadena de crímenes que escandalizó a la opinión mundial. A partir de aquí, los periódicos The New York Times y Washinston Post se encargarían de acorralar a Trujillo. El gobierno norteamericano no tuvo otra alternativa que comenzar a retirarle su apoyo.

Recuerdo que en la época de Trujillo se vivía lleno de temor. Yo recuerdo que cuando decían ahí viene la policía todos nos metíamos debajo de las camas, hasta los niños. Nos íbamos a los rincones de las casa y nos metíamos debajo de las camas. Inclusive mi papá, todo el mundo y mi abuelo y todo el mundo.
Nos escondíamos cuando oíamos «Ahí viene un policía». Y uno iba a esconderse con un temor tremendo todo el mundo. Vivía uno lleno de temor y como él dijera. Obligatoriamente.
Yo misma llegué a marchar en el sol y había que decir «Que viva Trujillo el Benefactor de la Patria» porque si uno no lo decía… Ya usted sabe, uno tenía problemas.
(Doña Altagracia, descendiente de emigrantes, Rep. Dominicana, 2003)

Un informe de la Secretaría General del Ministerio de Información y Turismo de España, realizado en 1956, aporta datos escalofriantes sobre la población gobernada por quien Francisco Franco había definido como “el gran amigo de las hispanidad”:

“[Hay] niñas de doce y catorce años en estado, niños que abusan del ron, padres y hermanos que viven juntos en la misma habitación, niñas y jóvenes fumando a todas horas; se desconocen el plato y la cuchara, hasta el extremo que el arroz, el plátano y la yuca, base de la alimentación de la gente del campo, son servidos en hojas, y se toman aquel cereal con los dedos. Las viviendas no reúnen las condiciones precisas para que pueda vivir el español. Por la noche se nota mucho frío en ellas, y por el día un gran calor. Les dan tan sólo 60 centavos por persona (25 pesetas) y con eso tienen que comer y vivir. La vida está cara, lo único barato es el café, el ron y el tabaco”.

Naturalmente, este estado de cosas influyó directamente sobre la vida de los emigrantes canarios, los cuales fueron comprobando que las posibilidades de progreso en esta isla caribeña no eran demasiado grandes.

En el año cincuenta y cinco aquí un maestro rural no sabía ni el abecedario. Solamente le enseñaba a los muchachos a escribir “papá” y “mamá”. Es que no sabía.
(Don Antonio Acosta Hernández, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Pues nos chismearon como comunistas y se nos fue complicando la vida. Nos fueron acechado y nos iban agarrando de noche. Ya nos tenían señalados.
De repente llegaba un camión que se llamaba catarey, un camión que cargaba la caña. Llegaba la policía y donde estaban señaladas, casa por casa, iban cogiendo y montando en el camión. Cuando recogían se iban, pero ya quedaban otros fichados y hay personas… una desgracia.
(Don Aureo Francisco, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Trujillo optó por llevar inmigrantes japoneses. Transportó a la Republica Dominicana a 1.500 nipones que cultivaban tierras en la zona montañosa del centro. Muchos volvían a su país denunciando que vivían en auténticos campos de concentración, vigilados por soldados armados.

Para más desgracia, el médico que hay en Baoba que era español, se descubrió que era el calie (espía) del gobierno. Contra nosotros. Después, al matar a Trujillo el salió huyendo. ahí se descubrió todo. Entonces la cosa se fue complicando: panoramas y situaciones que eran duras.
(Don Aureo Francisco, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

El año 1957 marcó el comienzo de Santo Domingo como lugar ideal para el exilio de los dictadores latinoamericanos. El primero en llegar fue el dictador colombiano general Rojas Pinilla. En marzo de este mismo año, embarcaron de vuelta a España 1.369 emigrantes y en mayo llegaron 588 húngaros que huíande la instauración del comunismo en su país. Fueron destinados a zonas salitrosas que terminaron por abandonar. Mientras tanto, las penalidades de los emigrantes canarios continuaban aumentando.

Había un gago palmero de Fuencaliente. Alto él, pero gago. Entonces, por mala suerte le tocó la tierra en la sabana y no pudo trabajarla. Entonces, de tiempo a tiempo llegaba un coronel con el encargado de colonia. Hicieron una reunión y pegó a preguntar por qué no trabajaban la tierra. Pero cuando llegó al gago, el pobre gago, imagínate la situación, situación crítica, se fue poniendo nervioso y cuando llegó el momento que le preguntó, empezó qué, qué, que, qu… y no podía responder y jaló por la mano y si no le garran la mano le da un buen trompón al coronel. Ahí lo cogieron y para La Victoria, la cárcel, un poco retirado detrás de la capital para dentro. Y lo llevaron. Y así siguieron casos.
(Don Aureo Francisco, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Vieja foto de un grupo de jóvenes de Constanza.

En el año 1958, se exilió en Santo Domingo el dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez. Y, a principios de 1959, llegó el dictador cubano Fulgencio Batista.
Poco después, Fidel Castro se comprometió en Caracas a apoyar a los exiliados dominicanos. Luego, facilitó el entrenamiento de guerrilleros dominicanos en Cuba. El gobierno venezolano de Rómulo Betancourt contribuyó con dinero, armas y aviones a la organización del Ejército de Liberación Dominicano.
Trujillo también fortaleció su ejército. Creó una Legión Extranjera con mercenarios europeos y norteamericanos. La familia Trujillo comenzaba a verle las orejas al lobo y envió mucho dinero a bancos del extranjero.
El día 14 de junio, una expedición de 54 hombres se dirigió a la República Dominicana. Cinco días después llegaron 144 hombres a Puerto Plata. Los hombres se repartieron en varios grupos, pero sólo uno, el de Constanza, tuvo éxito.
Los guerrilleros antitrujillista se refugiaronn en bosques o en pequeñas aldeas, pero Trujillo las bombardeaba y mataba a decenas de familias inocentes. Los invasores fracasaronn y fueron capturados, torturados y asesinados. Las torturas las dirigió un hijo del tirano, llamado Ramfis Trujillo. De cuantos llegaron en esta expedición contra Rafael Leónidas Trujillo, sólo sobrevivieron dos dominicanos y dos cubanos.
Pero la población estaba desesperada y no se resignaba a continuar bajo la opresión del dictador. También, en 1959, hubo una conspiración en la fuerza aérea que fue descubierta. Trujillo torturó y asesinó a cincuenta militares y técnicos. La represión se recrudecía. El país estaba aterrorizado.
En la clandestinidad algunos jóvenes trataron de organizarse. Se reunieron 297 muchachos, en una organización que denominaron Agrupación Política 14 de Junio. Doscientos cuarenta de ellos pertenecían a la pequeña burguesía.
En medio de estas convulsiones, los emigrantes canarios tratabann de sobrevivir a su manera, intentando no mezclarse en los problemas del país. Sin embargo, eso era imposible y se vieron arrastrados por la efervescencia social y el nerviosismo de los gobernantes.

Estuve en la colonia. En Baoba estuve hasta el 59. Después aquí estuve en la colonia. Me dieron una casa y me la quitaron cuando la huelga. Me quitaron la tierra y tuve que salir huyendo.
(Don Felipe Martín, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Después para más complicación, en el cincuenta y nueve, salta Fidel Castro. Ahí fuimos nosotros acusados de oír las noticias cubanas que se oían bien. Nosotros la oíamos porque los canarios estamos medio liados hacia los cubano: tenemos la música, el son, la rumba, el punto cubano. A muchos nos gustaba oír. Pues ahí se nos complicó el asunto: el mismo radio que Trujillo nos regaló, nos sirvió de puñal. Los alcaldes, los segundos alcaldes, que después se convirtieron en Guardia Rural. Cuando tú venías a ver y abrías la puerta, te los encontrabas detrás de la puerta escuchando. Después nos chismearon como comunistas y se nos fue complicando la vida. Nos fueron acechado y nos iban garrando de noche. Ya nos tenían señalados. De repente llegaba un camión que se llamaba catarey, un camión donde cargaban la caña. Llegaba la policía y donde estaban señaladas, casa por casa, iban cogiendo y montando en el camión. Cuando recogían se iban, pero ya quedaban otros fichados y hay personas… una desgracia.
(Don Aureo Francisco, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Integrantes de la Agrupación Política 14 de Junio.

En enero de 1960, la policía descubrió la Agrupación Política 14 de Junio. Se apresó a sus miembros y se les torturó en la cárcel de “La Cuarenta”. Casi todos fueron asesinados. Otros murieron de hambre o enfermos. Las descripciones de las torturas llevadas a cabo en la cárceles trujillistas no son un plato fácil de digerir; sin embargo, he decidido incluir los siguientes párrafos, escrito por un médico que contempló aquellos crímenes, para que se comprenda la magnitud de lo sucedido en esa tierra hermana.

“La noche que yo llegué al centro de tortura, aquello parecía la obra de alguna alucinación dantesca. En todo el patio de la prisión y en sus diversas dependencias se torturaba del más diverso modo en medio de un frenesí bestial en el que aparecían entremezclados esbirros y hombres desnudos y esposados dando alaridos y revolcándose como gallinas decapitadas.
No es poco el impacto que produce en el ánimo más aplomado contemplar a un hombre indefenso y desnudo, vuelto una masa de carne lacerada y convertido en una especie de cebra bípeda con todo el cuerpo cubierto de surcos negros y sanguinolentos causados por pelas de más de doscientos azotes que se aplicaban con fuertes gruesos alambres y tubos de material plástico.
Los alaridos provocados por la aplicación de corriente eléctrica con su efecto quemante en todo el sistema nervioso tienen un carácter particularmente ondulante y desgarrador y la escena de un hombre, desnudo y amarrado a una poltrona recubierta de láminas de cobres, es en especial dramática.
La víctima se retorcía al recibir las descargas eléctricas y las contracciones de su cuerpo y los rictus del rostro que se sucedían entre aullidos de dolor producen una visión, realmente insoportable. Mientras tanto, el coro de torturadores, en medio de las pausas, vertía toda suerte de chistes y sarcasmos con respecto a las víctimas, en tanto practicaban la diversión de apagar cigarrillos, de manera continua, en los cuerpos de los maniatados en La Silla.
Cuando alguien perdía el conocimiento, como consecuencia de las pelas aplicadas en un cuadrilátero denominado El Coliseo, por dos o tres esbirros a la vez, sobre el cuerpo despellejado, sanguinolento y en carme viva del cautivo, era derramada una lata de agua de sal o se le sentaba en La Silla para reanimarlo con descargas eléctricas.
Por otra parte, un potente foco producía una luz enceguecedora, aun en el caso en que se cerraran los ojos. El Coliseo también era usado para hacer entrar en acción a dos perros amaestrados que eran azuzados contra el cautivo –siempre desnudo y esposado– que sufría un ataque intermitente con pausas de 30 segundos a un minuto, lapso en el cual se reanudaba el asediante interrogatorio para darle paso a una nueva acometida de los canes.
Los perros, como verdaderos seres humanos, obedecían de manera automática, tanto la orden de atacar como la de suspender el ataque. Aquello era un sistema de tortura física y psicológica: los perros, aún cuando suspendían por orden de esbirros el ataque, permanecían prácticamente encima de la víctima gruñendo y en espera de la nueva señal para acometer otra vez. La aplicación de los tubos eléctricos en las partes vitales era cosa común, pero lo más, terrible de todo aquel catálogo infernal no estuvo constituido, precisamente, por la cuota de tormento que cada quien recibía.
En fin de cuentas, llega un momento en que el dolor físico, intensificado gradualmente, lo sumerge a uno en una nebulosa, en una especie de duermevela en la que la mente llega a ponerse en blanco y sobreviene el desmayo y se produce una extraña insensibilidad. Todavía más insufrible que el propio castigo recibido es la contemplación o percepción auditiva del tormento que soportan los otros”.
(Doctor Rafael Valera Benítez. Complot Develado. Vol. l. Págs. 32-33.)

CONTINÚA…

Vídeo con la Historia de la emigración canaria a la República Domicana (producido por Amazonas Films, emitido por Televisión Canaria y dirigido por Manuel Mora Morales). PRONTO ESTARÁ DISPONIBLE LA VISUALIZACIÓN ON LINE DEL DOCUMENTAL COMPLETO.

El primer libro escrito en los Estados Unidos se debe al canario Domingo Báez

El primer libro redactado en el territorio de los actuales Estados Unidos de América lo escribió un canario. Concretamente, el jesuita Domingo Agustín Báez, nacido en Telde, Gran Canaria, en el año 1538.
La historia de este hombre despertó mi curiosidad, no sólo por haber nacido en el archipiélago donde vivo, sino por el rocambolesco periplo que le llevó a Georgia, donde hoy se le conoce más que en su ciudad natal. Pero éste es el destino de todos los canarios que han sobresalido: su patria termina siendo el lugar donde mueren, porque sus paisanos suelen hacer lo imposible por borrar su memoria, cuando no han nacido en el seno de una familia poderosa.
Báez marchó a Salamanca para estudiar Artes y Cánones. Contaba entonces veintidós años de edad. A los veinticuatro años, solicitó su entrada en la Compañía de Jesús. Lo admitieron sólo como Hermano y allí estuvo ejerciendo de sacristán. Dos años más tarde, en 1564, marchó a Valladolid para ejercer de portero del convento jesuita de la ciudad. Su superior era Francisco de Borja –más tarde declarado santo–, el cual lo admitió definitivamente como Padre de la Compañía.
En 1568, el Rey de España nombró Gobernador de Cuba a Pedro Menéndez y le puso en la bolsa nada menos que 200.000 ducados para que conquistara la Florida.  El hombre compró cuanto creía necesitar para la expedición, sin olvidarse de llamar a su amigo Francisco de Borja para que le facilitara una docena de misioneros. Nadie en su sano juicio se internaba en tierras del Nuevo Mundo sin llevar consigo una buena provisión de frailes.
Borja le facilitó doce jesuitas como doce soles. Entre ellos, incluyó a Domingo Agustín Báez que, siendo canario, extrañaría menos las frías noches de Valladolid.

Fortaleza de San Marcos, en San Agustín (Florida).

Y se hicieron a la mar desde San Lúcar de Barrameda. Tras unos días de escala en las Islas Canarias, zarparon y, como decía don Gabriel de Cárdenas a principios del siglo XVIII,

“con buen tiempo llegaron á la Florida, donde hallaron los estragos hechos por Gurgio, la infantería española hambrienta y desnuda: la pacificación de los indios en peor estado que nunca …”.

No le gustó el panorama a Menéndez; dio media vuelta y puso la proa con dirección a Cuba. Eso sí, el viaje fue malo. Tan malo que el piloto se puso a blasfemar y a decir que la culpa de todo la tenían los jesuitas.
–¡Ah, hideputas –les gritaba–, sois peores los protestantes y los turcos juntos! Con ellos he navegado sin que nunca me cogiera una tormenta como ésta.
Bien fuera por las oraciones de los jesuitas o por las blasfemias del piloto, lo cierto es que llegaron todos a La Habana vivos. Unos días más tarde, el piloto volvió a cruzar el Caribe y, bien fuera por sus blasfemias o por la oraciones de los jesuitas, sobrevino otra tormenta y pereció en ella.
El canario Domingo Agustín Báez y sus compañeros se quedaron en La Habana, en un colegio que mandó a abrir Menéndez. Algo más adelante, volvieron a la Florida. Báez fue asignado a la plaza de San Agustín para ayudar a construir casas y una iglesia. Allí encontraría a descendientes de paisanos suyos que estaban asentados desde los tiempos de Ponce de León. A la sombra de la enorme fortaleza de San Marcos comenzó a evangelizar a los indígenas.

Isla de Saint Catherines, en el estado de Georgia (Estados Unidos de América).

Pronto, los misioneros se dividieron en dos grupos y abandonaron San Agustín.  La razón era que estando cerca de los soldados españoles no había manera de que los indios les hicieran caso. Domingo Agustín marchó a la isla de Guale, transportando unos sacos de maíz que le había entregado el obispo de Cuba. Mientras el maíz duró, los indígenas no faltaron a una sola sesión de catequesis, pero después no hubo quien les viera más el pelo. Además, el problema del idioma continuaba siendo un impedimento.
Pero, a grandes males, grandes remedios. Báez poseía una endiablada (con perdón) facilidad para aprender idiomas. En menos de seis meses, ya hablaba con fluidez la lengua guale. De inmediato se puso a la tarea de escribir una Gramática guale, tal como haría en Brasil el tinerfeño José de Anchieta con la lengua tupí unos 25 años más tarde.
No tardó mucho en escribir también un Catecismo en guale. Báez lo escribió en verso para facilitar su memorización, al tiempo que enseñaba a sus compañeros la lengua aborigen.

Existe una cierta confusión sobre si Báez había escrito otro catecismo en la lengua tamuga de la Florida, durante su estancia en San Agustín, lo cual es muy probable.
Sea como fuere, el canario sucumbió en la isla  de Guale. Un año más tarde, el Padre Domingo Agustín murió en la isla, víctima de una epidemia que diezmaba la población indígena. Se dice que falleció mientras cantaba con sus fieles un salmo en la iglesia de Santa Catalina. Más tarde, A. L. Borges escribiría:

“Pérdida lamentable, pues sabía hablar bien la lengua gualeana, la enseñaba a los demás misioneros y había traducido a ella las oraciones y doctrinas cristianas, poniéndolas en verso, para facilitar el aprendizaje de los indios. El padre provincial lo había señalado ya para predicador en la Tierra Firme. .. era ésta la segunda víctima que ofrecía su sangre por la conversión de los indios floridanos”.

En la actualidad, en Georgia se muestra una gran consideración hacia el autor de la primera Gramática que sistematizó una lengua indígena en tierra de los actuales Estados Unidos. Además del Catecismo, también dejó oraciones y salmos que fueron cantados en guale por los nativos.
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BIBLIOGRAFÍA ESENCIAL
David Arias (obispo): Lives and Faces.
Gabriel de Cárdenas: Ensayo cronológico para la historia general de la Florida.
R. Edwin Green y Mary A Green: St. Simon History.
Analola Borges: Las primera migraciones desde las islas orientales.

CUARTA PARTE. La increíble historia de 300 canarios en la República Dominicana del dictador Trujillo

Grabado antiguo de una bahía en la isla de Santo Domingo, primeramente llamada La Española.

Pronto, los emigrantes canarios supieron que no habría una casa para cada uno. Sino una casa para seis. Una casa sin agua ni electricidad. Y los aperos se reducían a una azada y un machete. El contrato que les había formalizado Trujillo se convirtió en papel mojado y los pobres muchachos no tenían dónde reclamar ni quien les ayudara a hacerlo.

A nosotros lo que nos dieron fue un contrato. Entonces el contrato decía que nos daban una casa, nos daban de cincuenta a cien tareas de tierras, nos daban aperos de labranza, semillas para la tierra, para sembrar, y una pensión hasta que ya pudiera sostenerse uno por sus propios medios.
Y cuando llegamos nos daban cincuenta centavos. Nos daban cincuenta centavos diarios que eran quince pesos al mes. El que se lo comía y se lo bebía antes de la quincena, ya tenía que estar buscando por otro lado cómo mantenerse.
Y así estuvimos como dos años, porque cuando nosotros llegamos a Baoba todo eso era montería.
(Don Antonio Acosta Hernández, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Pulpería allí es igual que aquí una venta. Me dio un salón al lado de la pulpería para hacer el horno.
Yo no tenía maní. Yo les hacía el pan y les cobraba el viaje del maní. Y gente que conseguíamos. Gente que se daba machetazos y que traíamos para el hospital.
(Don Arturo Alfonso García, emigrante retornado, Tenerife, 2004)

La mayor parte de los emigrantes que se quedaron en Puerto Rico –sin embarcar hacia Venezuela o volver a sus islas natales– trató de abrirse paso en el único sectar que conocía, el agrícola.

Las tierras las tenía Trujillo. De ganado, digamos de ganado salvaje. Eran búfalos. Tenían que sacarlos con dos muleros: uno alante y el otro atrás. Tenían que sacar al ganado para meter a los españoles.
Las tierras, la mayoría eran lo que llaman sabana. Y en la sabana, naturalmente, no se dan los frutos. Ahí empezó el problema: las tierras no estaban preparadas. Estaban empezando con bulldozers a prepararlas y después empezaron a sortearlas. A mí, por desgracia, no me tocó ninguna.
(Don Aureo Francisco, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Cuando veíamos que abusaban de una persona, aunque no fuera española, aunque fuera dominicana, y abusaban de ella, uno cuando venía ver explotaba, porque no podía aguantar. Explotaba y le decía abusador, le decía cualquier cosa. Entonces ya por eso uno era comunista.
Y ahí los recogían y los llevaban. Cuando salía un barco en dirección a España, los recogían y los dejaban una semana o dos presos y en el barco para allá. O sea, que la emigración fue un desastre por eso mismo.
Nosotros pasamos muchos trabajos, muchos, muchos, muchos. Pero fue por eso.
(Don Antonio Acosta Hernández, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Constanza, población asentada en una zona interior de la isla. Aquí terminaron asentándose varios emigrantes canarios de la emigración de 1955.

Los canarios comprendieron la imposibilidad de salir de la colonia, sin permiso expreso. También supieron que aún teniendo el pasaje de vuelta pagado no era tan fácil volver al archipiélago. Eso sí, como muestra de generosidad, Trujillo les ofrecía 150 dólares si se casaban con una dominicana.

Llegamos aquí, trayendo un contrato donde nos tenían que entregar una casa amueblada. Entonces, la casa no estaba amueblada. Nos la dieron para seis gentes.
[Según] el contrato tenían que darnos de cincuenta a quinientas tareas. Yo como a los dos años me dieron cincuenta tareas, pero hubo una parte que un río llamado Baquí la inundó y hubo que salir huyendo de Baoba. Los otros canarios quedaron allá, pero yo tuve que salir corriendo, sin una perra en el bolsillo.
(Don Felipe Martín, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Nosotros estábamos ahí, en esa época, como si fuera un campo de concentración. Para salir de la colonia había que pedir un permiso: usted decir a dónde iba y a qué iba.
Aquí todo era el Jefe. Si usted hablaba mal del Jefe, se jodió. Porque para aquí, Trujillo era un dios.
(Don Antonio Acosta Hernández, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Nos destinaron a Baoba del Piñal. Yo estuve cinco años ahí. A los cinco años ya estaba mal.
(Don Antonio Gombla, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Había una finca de Trujillo ahí. En esa finca, según la gente, tu entrabas y hallabas ñame, batata que le decimos allá, boniato, guineo, plátano… Hallabas de toda clase de comida ahí porque esa finca la desalojó Trujillo para soltar ganado ahí. Según a nosotros nos contaban la historia… porque eso era hablando en un sitio donde se pudiera hablar todo, porque nadie se confiaba aquí de Trujillo, nadie podía hablar de eso.
Entonces ese señor, que nosotros cogimos confianza con él, era Moscaño. Tenía como dos o tres hijos y la esposa. Y fue la primera casa que nosotros comenzamos a visitar. Entonces comenzamos a hablar.
Al otro día ya cogimos amistad y comenzamos a preguntar, a comentar y a indagar. Entonces fue cuando nosotros comenzamos a hablar de Trujillo.
–Pero ven acá, si este hombre… si es el Presidente de aquí, y si había tanta miseria, ¿a qué nos trajo a nosotros aquí? Porque lo que nos está dando a nosotros se lo diera a los de aquí. ¿Para qué nos trajo?
El hombre estaba como asustado. Recuerdo que nos convidó a comer carne a un alto que había y ahí comenzamos a hablar. Y me dijo:
–Mire, España, yo le voy a decir una cosa: usted no sabe cómo es que aquí camina. Aquí no se puede hablar mal del Jefe.
–¿De qué Jefe usted me está diciendo?
–Del Presidente, de Trujillo, que Trujillo es el Jefe. De Trujillo no se puede hablar mal por esto, esto y esto. Al que habla mal de Trujillo aquí lo ahorcan, lo fusilan.
–¿Y eso?
Y ahí comenzamos a hablar. Nos cogimos mucha confianza. Todavía él murió y éramos amigos. Y ese día él comenzó:
–Mire toda esa finca. Eso eran propiedades de gentes y les dieron cuarenta y ocho horas para salir. Y hubieron gentes que solamente pudieron coger los hijos y lo que tenían y salir huyendo. Porque al que no salía lo ahorcaban allá dentro.
A Trujillo de decían Chapista. El Trujillo Chapista. Y al hijo le decían el Pato. No sé por qué.
(Don Antonio Acosta Hernández, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Y te voy a decir lo siguiente que tú no vas a creer. Para escribir las cartas no había que poner sello. ¿Y cómo llegaban sin sello? Yo no sabía escribir, pero había un muchacho que me las escribía (y yo lo vi a él. Después el fue para Venezuela y yo no supe más de él). Y había que poner Rafael Leónidas Trujillo Molina, Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva. Nunca se me olvidó y yo no lo escribí, pero me extrañaba y le preguntaba a él siempre y lo fui grabando y lo grabé. Pues eso se ponía en las cartas y llegaban.
(Don Aureo Francisco, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Unos pocos emigrantes optaron por marchar a Santo Domingo, la capital de la República, que en tiempos de la dictadura se llamó Ciudad Trujillo.

Solamente una persona, entre todas las entrevistadas me ha hablado bien de esta emigración canaria a la República Dominicana. Me ha parecido importante dejar constancia todos los puntos de vista de los emigrantes.

Llegamos allí, a Santo Domingo, nos atendieron muy bien. Nos llevaron a donde íbamos a trabajar, a la zona esa de agricultura. Nos daban dinero, nos daban comida, allá nos daban después leche todos los días. Nos atendieron la verdad que estupendamente bien, la comida. Después ya más tarde nos ayudó un poco la embajada española…
(Don Arturo Alfonso García, emigrante retornado, Tenerife, 2004)

CONTINÚA…

Vídeo con la Historia de la emigración canaria a la República Domicana (producido por Amazonas Films, emitido por Televisión Canaria y dirigido por Manuel Mora Morales). PRONTO ESTARÁ DISPONIBLE LA VISUALIZACIÓN ON LINE DEL DOCUMENTAL COMPLETO.

Leyenda de las brujas de la Laguna Grande

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«Los bosques cercanos al Alto de Garajonay son de un verde intenso, oscuro a veces, como el deseo de los corazones extraviados. Situado en el centro de esos bosques húmedos, existe un calvero, extenso y circular, conocido como La Laguna Grande.
Cuando llegamos a esa zona, sabemos que allí sucede o ha sucedido algo fuera de lo habitual. Ni siquiera hace falta que nos hayan informado antes sobre ciertos rumores que circulan entre la gente, para sentir estas oscuras palpitaciones. Incluso cuando somos conscientes de que eso es un sentimiento absurdo, una conmoción fuera de lugar en el siglo XXI…
Desde tiempos inmemoriales, se ha venido hablando sobre las cosas extrañas que suceden en estos parajes. Esas habladurías se conocen como «La leyenda de La Laguna Grande» y hay personas adultas a las que se les erizan los pelos de la nuca cuando escuchan alguna de las historias que se narran en esta isla.

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Uno de esos relatos cuenta que durante el estío un pastor se había distanciado de la zona donde su ganado comía hierba seca. La razón de su alejamiento era buscar pasto verde y fresco para un cabrito enfermo. Se entretuvo demasiado, la penumbra del bosque le hizo perder la noción del tiempo y la oscuridad lo sorprendió en La Laguna Grande. Aunque era noche de luna llena, decidió no regresar a su casa por el peligroso sendero que bordeaba una profunda cañada. Al lado de un brezo gigante, se preparó una confortable cama con hojas de helechos.
El cansancio de la jornada de trabajo hizo que se durmiera rápidamente. Sin embargo, alrededor de la media noche, se despertó. La luz de la luna inundaba aquel gran espacio sin árboles y de todos lados surgían cuchicheos, crujidos y risas agudas y sofocadas.
El pastor se subió el cuello de la vieja chaqueta. Se sentía así más protegido y seguro, dentro de su coraza de lana. En su pecho anidaban juntos el coraje y la superstición, solapándose y tratando de anularse mutuamente. Así, mientras esta le susurraba que se guardase, aquel le alentaba para que aguzara el oído y averiguase lo que estaba sucediendo. Las risas sonaban cada vez más cercanas. Después, la luz de la luna descubrió al pastor una escena inusual: decenas de mujeres salían de diversos puntos de la muralla vegetal que circundaba La Laguna Grandes y corrían hacia el centro del calvero.

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Mujeres con el cabello suelto, desgreñado, largo, flameando al aire de la noche como banderas sombrías. Brujas que vociferan, chillan, berrean y dan palmadas, avanzando con saltos de geometrías inverosímiles. En algún lugar, comienza a sonar un tambor. Un ruido sordo y lento que va hinchándose y apagando los otros sonidos, adueñándose del gran círculo donde ni la hierba crece, extendiéndose sobre el suelo húmedo de rocío y subiendo por las piernas de las mujeres que han formado un círculo fluctuante.
Las brujas se balancean cadenciosamente. Giran sobre sus pies descalzos. El tajaraste, con simetría errática, con agitada arritmia, con áspero reflejo en el sonido que fluye del tambor de piel de macho cabrío, mueve los brazos, las manos, los dedos que desatan los corpiños y las enaguas que se deslizan hasta el suelo. Los golpes del tambor se aceleran. Las mujeres patalean, bailan más, más rápido, salmodian un pie de romance con voces agudas y monocordes.

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El pastor escuchaba espantado esa escalera de latidos y asistía enajenado al júbilo de los cuerpos desnudos que la iban remontando.
La efervescencia y el arrobamiento van aflorando en los rostros de las brujas. Tambor, tambor, tambor. Los ritmos se dilatan. Pies, brazos, manos, pelo, manos, brazos, pies. Círculos abiertos o cerrados, torbellinos de sombras femeninas agitándose en el suelo. Cada golpe de chácara es una historia hembra: Gara: chácara, chácara, chácara: Iballa: chácara, chácara, chácara: Beatriz: chácara, chácara, chácara. Cada compás, una tragedia: Garajonay: tambor, tambor, tambor: Guahedum: tambor, tambor, tambor: Baja del Secreto: tambor, tambor, tambor.
La bruja más vieja, la que sostiene el tambor en la mano, grita, al borde del paroxismo:
–¡Jorge!

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Los golpes del tambor se avivan.
El pastor hizo la señal de la cruz, sabiendo que las brujas llaman Jorge a Satanás.
–¡Jorge, Jorge! –vocifera el círculo de mujeres, y sus movimientos se hacen más salvajes. Las manos se alzan hacia la luna y empiezan a repicar las chácaras. El eco se despeña en las cañadas. ¡Burbujas y relámpagos de ímpetu! Un universo de escalas se desangra en torno a las danzantes.

Chácara, chácara, chácara;
tambor, tambor, tambor;
chácara, chácara, chácara;
tambor, tambor, tambor.

Las brujas, sin deshacer el círculo, bailan en parejas enfrentadas, contrayendo y expandiendo la rueda, moviendo las chácaras con ardor. Sólo una mujer muy joven permanece en el centro del baile (chácara, tambor, chácara). Una pequeña nube negra oculta la luna por unos instantes, la música se apaga, los gritos son amordazados y un silencio, más ensordecedor que toda la algazara anterior, aferra la oscuridad. La bruja adolescente del centro del círculo se lleva las manos a sus cabellos, tira de ellos, inmisericordemente, y grita con toda la fuerza de sus pulmones:
–¡Joooooooorge! ¡Joooooooorge!
El cielo es la piel azul de un tambor ciclópeo. Un fragor acompañando al relámpago surge de la nube que aún cubre la luna. El rayo, gordo y sucio como las aguas de un barranco en invierno, se precipita hacia el centro del círculo y carboniza a la niña bruja.

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El pastor quiso llevarse las manos al rostro, pero el terror le impedía mover un solo músculo. Una lechuza, posada sobre un haya cercana, no cerró sus ojos a tiempo y murió fulminada; su caída rajó el aire del estío y dejó escapar una corriente helada.
El viento gélido llega hasta el centro del calvero, se arremolina, esparce las cenizas de la bruja y las convierte en un ser absurdo compuesto por tres mitades imposibles: mitad animal, mitad hombre, mitad cosa: protuberancias minerales en la cabeza, lengua bífida, cuerpo velludo y patas de cabra. Debajo de su frente, chisporrotean las brasas de sus ojos purpúreos, tan grandes como los de una lechuza, tan inestables como si estuviesen recién injertados. De las profundidades de su garganta surgen resonancias profundas, roncas, perturbadoras. El aire se torna ardiente, con un penetrante olor a urea y azufre.

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La luna ilumina de nuevo La Laguna Grande y las mujeres se acercan a la aparición. No es la primera vez que se reúnen con Jorge. Las brujas repican las chácaras: suavemente: reproduciendo el sonido del agua que cae en las fuentes: engendrando notas de burbujas bañadas por la luna: malpariendo palabras de madera licuada. Gritan y gimen. La bestia les murmura y ellas ríen, ríen, ríen, mientras la luna se recrea en tejer y destejer los caminos para extraviar a los caminantes.

Habían transcurrido ya varias horas cuando el pastor logró mover una mano y pellizcarse la mejilla, tratando de ahuyentar la pesadilla pavorosa. Cerró y abrió los ojos y, en ese instante, la luna fue velada de nuevo por la nube. El bosque se oscureció y sólo pudo ver cómo algunas estrellas parpadeaban en el cielo. Miró hacia el centro del calvero y no distinguió ningún rastro de las brujas ni de la bestia. Un silencio funesto y una tranquilidad empozada estaban convirtiendo en piedra el aire que respiraba. El pastor se frotó los ojos y, por fin, pudo desarrollar un pensamiento sensato: ¿Lo habría soñado todo, le engañó su fantasía, lo perturbó su miedo o…?
Era tenido por hombre valeroso, acostumbrado a caminar solo por los caminos del monte y de la costa, pero aquella noche no dio un paso fuera del lugar donde se encontraba. Aun cuando volvió a aparecer la luna, permaneció allí, erguido sobre la cama de helechos, con la mirada fija en el claro del bosque, incapaz de comprender si lo que había vivido era un sueño.
Las primeras luces del alba inauguraron un día que se preveía caluroso. El pastor se puso en pie, tomó el morral con sus pobres pertenencias y se aprestó para volver a su casa. Sin embargo, después de dar algunos pasos, algo le hizo retroceder con el estómago encogido: a pocos metros de su improvisado lecho, en la mitad del camino, yacía el cuerpo de una lechuza sin vida… y sin ojos.
Igual que el fuego corre por un reguero de pólvora, se extendió este relato por la isla y se unió a otras historias parecidas sobre La Laguna Grande.
Se narraba la de un hombre de Chipude, a quien también sorprendió la noche cuando volvía a su casa con un recado desde San Sebastián. Había dicho que se encontraba sentado en una piedra, en la mitad del claro, cuando escuchó crujidos, chillidos y risas sofocadas, y que le habían tirado piedras. Para demostrar la veracidad de su historia, enseñaba a todo el mundo una cicatriz en la cabeza. Ciertamente, no había visto a nadie, pero, según él, las risas y los alaridos procedían de las mismas brujas que el pastor había adivinado haciendo sus tratos con el diablo.
Algo parecido refirieron dos hombres, uno del pago de Tamargada y otro de Erque: les habían tirado piedras en La Laguna Grande. Incluso, aquellos que decían en voz alta y clara que no creían esas historias y que sólo eran cuentos de viejas evitaron acercarse de noche a La Laguna Grande, «porque no tenían nada que demostrar».
Poco tiempo después de estos acontecimientos, surgieron los primeros rumores sobre los caminantes. En sus idas y venidas por el bosque, cerca de La Laguna Grande, al atardecer e, incluso, en pleno día, oían risas sofocadas y, al instante, no encontraban los caminos conocidos: muchos relataron que se habían perdido.
Un caminante contaba que durante días estuvo dando vueltas en el monte y otro decía que, repentinamente, se había encontrado caminando por la costa, a mucha distancia de allí.
Hace años, recuerdo haber oído a un anciano del caserío de Guadá que recomendaba tres máximas a los caminantes: no sentarse debajo de una higuera, no dormir a la luz de la luna y llevar un amuleto para protegerse en los caminos del monte. Este talismán consistía en un duro antiguo o una moneda de plata envuelta en un pañuelo blanco y adherida al ombligo: si se tornaba negra, era señal de que la bestia no andaba lejos.
Y no digo que todo esto sea cierto ni que a las brujas les diviertan especialmente los descreídos; pero, así y todo, es mejor andarse con cuidado si se camina cerca de La Laguna Grande.

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(Leyenda extractada de la obra EL CORAZÓN DE LA GOMERA, de Manuel Mora Morales. Todos los derechos de reproducción reservados.).

Serenamente, en la bella Nápoles

 En la bella Napoles también se muere, incluso, de causas naturales y serenamente.

Las funerarias napolitanas, como sucede en otros países mediterráneos, no han perdido la costumbre de anunciar la muerte en las paredes. Las viejas costumbres, sobre todo cuando se pueden conjugar con una publicidad empresarial efectiva y de bajo coste, hay que conservarlas.

Como la vida solapa a la muerte, así los carteles anunciadores de unas funerarias sepultan los de otras funerarias que contienen difuntos más antiguos, en una especie de juego de naipes en que una carta entierra a la anterior.

¿No existe un juego de barajas llamado La Napolitana, en el cual un jugador puede renunciar a jugar las siguientes bazas si declara, precisamente, napolitana?

Igual sucede con la muerte –también en Nápoles–, pero en este caso la renuncia a seguir jugando es de obligado cumplimiento para el difunto, por muy buen juego que le haya tocado en la última baza, por mucho que haya rezado a san  Genaro y a santa Patricia o por muy perro que haya sido.

La Parca acoge por igual a todos, en un sereno gesto de auténtica democracia que para sí quisiera la Vida.