Un casal de guachinches

Junto a estas líneas quiero enviar un saludo cariñoso a los encantadores amigos y amigas que, de vez en cuando, me acompañan a visitar los guachinches, penúltimos refugios de la tradición viva en Canarias.

En Canarias los llamamos casales. También en Argentina, Paraguay, Uruguay y Venezuela. Un casal se refiere a una pareja de animales: hembra y macho; pero, también, por extensión, puede ser un par cosas similares que poseen ciertas diferencias significativas. El yin y el yang orientales, por ejemplo, sería un casal. El yin es el principio femenino, la tierra, la oscuridad, la pasividad y la absorción. El yang es el principio masculino, el cielo, la luz, la actividad y la penetración. El yin es el Norte, el yang es el Sur, pero ambos son indisolubles.

Existen casales en todos los órdenes de la vida, aunque, la verdad sea dicha, no puede haber una buena historia donde no se encuentre, al menos, un trío: lo demostró Balzac con Madame Bovary, Tolstoi con Anna Karénina, Galdós con Fortunata y Jacinta,… Pero, como ya habrán adivinado, no quiero hablar de amores, sino de guachinches, [1] más exactamente de un casal de guachinches: uno en el Sur y otro en el Norte de Tenerife.

EL YANG

El primero se llama La Fuente, se encuentra en un rincón oculto del Valle de San Lorenzo, en el sur de Tenerife, y nadie puede creer que en semejantes andurriales haya algo tan exquisito. Incluso, cuando uno entra por la puerta verde del salón y contempla la media docena de mesitas de madera barnizada, con el televisor de plasma dando la cantaleta desde su rincón sagrado, no cree que vaya a encontrarse con nada del otro mundo.

Se equivoca el que piense esto, como me equivoqué yo y se equivocó mi muy experta compañía. Para empezar por lo principal, el dueño nos escanció media botellita de vino tinto. Antes de probarlo, le pregunté dónde lo habían cosechado.

–En la Victoria –me dijo.

Uf, pensé para mis adentros, esto me huele mal. Cada guachinche que vende su vino como si fuera de La Victoria –excepto los de La Victoria, naturalmente– es muy probable que esté tratando de meterle un gol a su cliente. Así que, socarrón, esperé hasta que la compaña probó el vino. En vano, porque la compaña sabe más que yo y puso cara de póker, esperando a ver la que yo ponía cuando lo probara.

Comí un trocito de pan y probelo.

Cosquillas en la lengua. Siendo abril, no podía ser vino nuevo; pero sé que hay vinos por esas tierras del norte que hasta en julio saben como nuevos. La textura, el color, la acidez, los aromas,… Supongo que se me iluminó la cara, porque antes de darme cuenta ya estábamos brindando, sin importarme que fuera de La Victoria o de la punta del Teide.

Es muy raro encontrar vinos tan buenos en el Sur de Tenerife.

Créanme, la asadura de hígado era abundante, pero casi no me da tiempo de enfocar la cámara antes de que no quedara ni un trozo en el plato.

Pedimos asadura, fabada, más asadura, papas y un postre. ¡Madre mía! No sé si alguna vez en mi vida había comido un hígado de cochino tan rico como aquél. Repetimos, porque yo no podía admitir que se hubiera terminado tan pronto. Esaú vendió su primogenitura por un plato de lentejas al espabilado de Jacob, pero si éste le hubiera ofrecido un plato de asadura de este guachinche, Esaú le habría dado a cambio su primogenitura, su libertad, su alma y hasta su cuerpo.

La fabada estaba  también a la altura de las circunstancias y el postre casero no desmerecería en el mejor hotel. Colmamos de elogios a la cocinera, pero, realmente, merecía una oda que consagrara su buena mano por los siglos de los siglos. Creo que el precio fue de 15 € por comensal, pero quizás fuera un poco más o un poco menos.

Por puro egoísmo iba a callarme el nombre de la calle, pero me da pena dejarles sin saborear esas delicias antes de que ustedes y yo abandonemos este mundo. ¡Busquen el Camino de Las Manchas, por fuera del casco urbano del Valle de San Lorenzo! Estoy seguro de que si tienen interés, lo encontrarán. Si no quieren molestarse, tendrán que esperar hasta una nueva edición de El libro de los guachinches, para consultar el mapa, el teléfono y hasta el más mínimo detalle, como que los miércoles cocinan costillas, papas y piñas, por ejemplo.

EL YIN

La carretera de La Caridad, en Tacoronte, en el norte de Tenerife. Baje por ella. Pase, sin parar (si se detiene, jamás llegará a su destino), junto a Casa Nauzet y la pequeña iglesia. Un ratito después, a la izquierda, hay una entrada a una finca con un cartel que anuncia lo evidente: La Finca. Entre con su coche, entre las viñas en espaldera y aparque donde pueda.

Un salón parecido al de La Fuente. Barriles que hacen de mesas y mesas que también hacen de mesas. El televisor en su sitio, naturalmente. Adornando la pared hay un alambique que el dueño prohíbe fotografiar no sea que lo metan preso: una manera como otra cualquiera de hacerse el interesante. Este negocio lleva abierto desde hace un mes escaso.

Vino que sabe a barrica vieja, pero que a mí no me disgusta. Cosechado en la propia finca, junto a la puerta del guachinche. Al rato, no sólo no me disgusta, sino que me gusta muchísimo. El transcurso del tiempo y el vino bueno pueden ser excelentes compañeros.

Como se han acogido a la nueva normativa sólo hay vino, sevenup y agua mineral. De comer, cuatro platos: garbanzas compuestas, bacalao encebollado, carne fiesta y croquetas de merluza. El bacalao, acompañado de unas papitas arrugadas, es excelente. La doña es de nacionalidad dominicana y ha entendido perfectamente la idiosincracia del paladar canario, quizás porque el 80% de los dominicanos tienen genes de emigrantes canarios. En serio, el bacalao, lo borda.

Las garbanzas no son exquisitas. Se pueden comer, están bien condimentadas y se dejan sopetear con gusto; pero yo prefiero que la salsa sea espesa y que haya más garbanzas que trozos de carne. El vino realza el plato y nos comemos todas las garbanzas. La carne, no.

Tampoco dejamos una croqueta ni un solo trozo del tomate aliñado que las acompaña. Croquetas de merluza ricas, ricas, ricas.

El postre fue una tarta de fruta casera que preparó Carlos, el esposo de la doñita. Él fue el primer sorprendido de que le saliera tan buena. Pedimos una segunda ración, pero ya no quedaba. Lástima.

De manera que terminamos bien comidos y mejor bebidos. ¿La cuenta? Dos comensales: 30 euros: un plato de garbanzas, cuatro croquetas, un tomate aliñado, una ración de bacalao, un trozo de tarta y un litro de vino. Yo creo que si hubiéramos pedido un plato más, nos habrían cobrado lo mismo: en muchos sitios calculan por número de comensales, a tantos euros por cabeza. ¿Qué les parece?

La viña ya presenta este aspecto tan esperanzador. Si no vienen tiempos demasiado malos, este año habrá una espectacular cosecha de uva en Tenerife.

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NOTAS

[1] Un guachinche, en Canarias, es un establecimiento –a veces temporal, a veces fijo– donde se acude a beber el vino cosechado en los alrededores y comer algunos platos de la gastronomía típica isleña, como la carne de cabra, las garbanzas compuestas, el escaldón, el pescado salado, etc. Lo atienden sus propios dueños. Tradicionalmente, los guachinches también han sido los negocios donde se venden los comestibles en las aldeas. Es el equivalente a la pulpería caribeña que, en muchas ocasiones, estaban en manos de emigrantes canarios, como sucedía en Venezuela.

Diálogo sobre un diálogo de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges

A- Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja… Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.

Z (burlón)- Pero sospecho que al final no se resolvieron.

A (ya en plena mística)- Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.

Noticias sobre un libro escrito por un médico canario del siglo XVI


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Leer, a paso de tortuga, un manual de Flash, una ficción de Bradbury o un libro sobre la procedencia del alpiste me sirve de poco, pero forma parte de mi manera de perder el tiempo. Otros lo pierden, por ejemplo, gobernando.

Perdiendo el tiempo estaba, digo, cuando me encontré con una agradable sorpresa –inútil sorpresa, lo reconozco– mientras leía, una obra sobre la medicina de Galeno, publicada en el siglo XVI. Su autor mencionaba las “viejas”, las “cabrillas”, el gofio y otros elementos propios de las Islas Canarias. No pude contener mi curiosidad y traté de averiguar algo más sobre este médico que llegó, incluso, a presumir en su apellido sobre su procedencia geográfica, en una época en que todos procuraban ocultarla.

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Una cosa me llevó a otra y resultó que el dicho autor no era tan desconocido como yo suponía, sino que [...]

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Algunas notas con motivo del Día del Libro

Quien, volviendo a hacer el camino viejo aprende el nuevo, puede considerarse un maestro.

Confucio

Ahora, que se acerca el Día del Libro, me ha parecido una buena idea dedicar este espacio a referir, sucintamente, cómo se transforma una idea en un libro. Intentaré hacerlo de la manera más sencilla posible.

Quienes están relacionados de una manera íntima con el mundo del libro dan por supuesto que todo el mundo tiene claro cuál es el camino que una obra recorre desde que un escritor decide escribirla hasta que llega a las manos del lector. Sin embargo, están equivocados, porque casi todo el mundo lo ignora, dado que este camino no suele mencionarse en el colegio, ni en el instituto ni en la universidad. Quien desee conocerlo ha de buscar sus propias fuentes de información. Espero que las siguientes notas sean de utilidad a alguien.

EL AUTOR

 El principio de un libro es el autor: lo concibe y lo escribe. En la actualidad, lo habitual es que lo componga directamente en su ordenador, utilizando un programa procesador de textos, como el MS Word o el Office Word, aunque todavía quedan algunos románticos que continúan escribiendo sus obras a mano o a máquina. A continuación, el escrito original de la obra pasa a manos del editor. Ese original está archivado en cualquier soporte informático (pendrive, cd-rom, correo electrónico, etc.) o, en el raro caso de que esté redactado a mano o a máquina de escribir, suele enviarse fotocopiado, por correos.

EL AGENTE LITERARIO

Interpuesto entre el autor y el editor, puede haber un personaje llamado agente literario, quien se encarga de gestionar los asuntos económicos del escritor con el editor, como si se tratase de un manager que representara a un futbolista ante el presidente de un club o a un cantante en una casa discográfica. Sus beneficios los cobra en porcentajes sobre las ganancias del escritor con la venta de su libro. También, en muchas ocasiones, de acuerdo con la editorial, se ocupa de la publicidad del libro.

Escritores como José Saramago o Gabriel García Márquez debieron buena parte de su éxito a las gestiones de agentes que, en ambos casos, fueron mujeres.

LA EDITORIAL

La editorial llega a un trato con el escritor o con su agente literario: le abona un porcentaje por cada libro vendido o le entrega una cantidad de dinero para explotar la obra durante los años que se estipulen. En los tratos de autores poco conocidos con editores pequeños no suele haber transacciones dinerarias e, incluso, llega a suceder que el propio autor ayuda económicamente a la editorial para que publique su obra.

Una figura de gran interés en una editorial es el corrector. Por sus manos pasa el original que debe corregir minuciosamente. Una veces, la corrección se reduce a erratas y errores ortográficos y, otras, a cambiar la sintaxis, etc.

Una vez que el editor ha resuelto el tamaño que tendrá el libro, la cantidad de ejemplares, el tipo de encuadernación, las ilustraciones, los colores de la portada y el papel que se le pondrá, lo lleva a una imprenta.

Hace unos años, existían muchas fotomecánicas, empresas dedicadas a maquetar y pasar a fotolitos (fotos sobre plásticos transparentes) los libros para llevarlos así a las imprentas. Sin embargo, cada vez más, la propia editorial es quien maqueta sus libros y envía el archivo correspondiente a la imprenta. Casi siempre, se utilizan archivos con formato Pdf.

LA IMPRENTA

En la imprenta, se realizan varios trabajos preparatorios que desembocan en la impresión del libro, primero, y en su manipulado, después. Este consiste en unir las hojas y encuadernarlas con tapa dura o blanda, tras pegarlas o coserlas. Los libros se entregan al editor en cajas.

En la actualidad, las imprentas utilizan dos tipos de maquinaria para imprimir: 1) Impresoras offset, que transfieren las imágenes y los textos de una plancha a un papel. 2) Impresoras digitales, muy parecidas a las impresoras láser de sobremesa, con un tamaño considerablemente mayor.

EL DISTRIBUIDOR

Desde la editorial, se envían los libros al distribuidor. Este cobra un porcentaje que oscila alrededor del 50% sobre el precio de venta al público. Después, vende los ejemplares a las librerías, ofreciéndoles un 30% de beneficio.

LA LIBRERÍA

En las librerías, los libros son expuestos en estanterías para ser vendidos al público. Que vendan un libro más o menos no sólo está definido por la calidad de la obra, sino por las gestiones y el poder comercial de la editorial, el distribuidor y las preferencias personales de cada librero.

EL E-BOOK

La popularidad de los productos informáticos también ha llegado al mundo del libro. Las ventas no alcanzan, todavía, las de los libros tradicionales en soporte de papel, pero van ganando terreno, dado que los costes de producción y de comercialización son mucho más baratos. La distribución y la librería se funden en una sola empresa en la que también puede estar incluida la editorial y, más de una vez, el propio autor.

El camino, resumido en estos pocos párrafos, es de una enorme complejidad y constituye un mundo fascinante que yo recomiendo conocer, aunque la relación con los libros sean únicamente como lector.

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DIFERENCIAS ENTRE EDITORIAL E IMPRENTA

He formado un ejército de veintiséis soldados de plomo capaces de conquistar el mundo.

Johannes Gutenberg

Son muchas las personas que no tienen una idea clara sobre las diferencias existentes entre una editorial y una imprenta (o entre editar e imprimir), puesto que ambas son empresas alejadas del público y las dos se relacionan con el proceso de producción de libros. Sin embargo, a pesar de las apariencias, sus cometidos son muy diferentes.

Una imprenta tiene como objeto la impresión de hojas de papel. Igual que puede imprimir etiquetas de mermelada o billetes de avión, imprime cada una de las hojas de un libro. Después, las une y protege con una cubierta. Es decir, la imprenta fabrica un objeto llamado libro y no tiene nada que ver con el autor, con los libreros o con los lectores. La imprenta es una industria.

La editorial, sin embargo, es una empresa de gestión: recoge el manuscrito del autor y lo entrega a la imprenta. Cuando la imprenta lo ha convertido en libros, estos son recogidos por el editor y enviados (de forma directa o indirecta) a las librerías, para que se vendan al público.

La editorial paga al autor y a la imprenta. Amortiza las inversiones y las gestiones, percibiendo un porcentaje del dinero correspondiente a cada libro vendido. Si no se vendieran los libros, el editor perdería su trabajo y su inversión, pues no podría devolverlos a nadie.

La editorial no es un intermediario comercial, en el sentido habitual del término. El intermediario –cuando existe– es la empresa distribuidora que compra los libros a la editorial y los vende a las librerías. Asimismo, estas hacen una labor de intermediación comercial, pues adquieren libros que después despachan al público.

* * *

Espero que algún lector haya sacado provecho de estos párrafos, tomados de una obra que escribí hace unos años y que se hizo popular en España, Portugal y Latinoamérica, bajo el título de Todo sobre el libro, en la que intentaba proporcionar datos útiles a escritores, editores, impresores y distribuidores.

todo-sobre-ellibro

¡Feliz Día del Libro, amigos!

La visita de la tía Rose. Un relato a propósito de los entrometidos

"El vino del estío", de Ray Bradbury, es una obra conmovedora, capaz de llevarnos en volandas, suavemente, a los rincones más recónditos de nosotros mismos, a la cocina donde se guisan nuestros miedos y nuestras más limpias aspiraciones.

“El vino del estío”, de Ray Bradbury, es una obra conmovedora, de fácil lectura, pero capaz de llevarnos en volandas, suavemente, a los rincones más recónditos de nosotros mismos, a la cocina donde se guisan nuestros miedos y nuestras más nobles aspiraciones como seres humanos.

Éste es un relato maravilloso, disfrútenlo y, si alguna vez tienen ocasión, lean el libro completo. Quizás no les cambie la vida, pero se les encogerá el estómago en unas páginas, les brotará una sonrisa en otras y, en alguna parte de sus mentes, volverán a surgir colores y sentimientos que ya habían olvidado. Imaginen un relato escrito conjuntamente por Mark Twain, Gabriel García Márquez y  J. D. Salinger… pues bien, esto es lo que aquí nos ofrece Ray Bradbury: ¡auténtico realismo mágico, escrito en 1946!

Ojalá lo leyeran aquéllos que nos metieron prisa para que cambiásemos los muebles de madera de nogal por los de formica, los que demolieron bellos edificios y en sus solares levantaron adefesios de cemento, los que siempre tratan de destruir nuestra herencia cultural para sustituirla por elementos más “prácticos”, más “ordenados”, más “higiénicos”, más “modernos”,… los que con mil excusas terminan por despojarnos de los sabores, de las fragancias, de las texturas, de la belleza,  de la calma,…

Ellos, como la tía Rose, meten sus narices en nuestros fogones y tratan de imponernos sus consejos, su orden, sus etiquetas y sus libros de cocina, de protocolo o de “autoayuda” hasta que nuestros guisos, nuestros sentimientos y nuestras manos pierden todo el encanto tan pronto siguen sus instrucciones.

La agitación de una bienvenida. En alguna parte sonaron las trompetas. En algún cuarto, pensionistas y vecinos se reunieron a tomar el té. Había llegado una tía, y se llamaba Rose, y uno podía oír su sobresaliente voz de clarín, y uno podía imaginarla encendida y grande como rosa de invernadero, exactamente como su nombre, ocupando todo el cuarto. Pero para Douglas, las voces, la conmoción de la bienvenida, no eran nada. Acababa de llegar de su casa, y estaba ahora espiando la cocina de la abuela, justo cuando ella, luego de excusarse y dejar el gallinero del vestíbulo, se había retirado a sus propios dominios y había empezado a preparar la cena. Vio allí a Douglas, le abrió la puerta de alambre, le besó la frente, le sacó el pelo claro de los ojos, lo miró a la cara para ver si la fiebre se había reducido a cenizas, y viendo que así era, volvió cantando al trabajo.

—Abuela —había querido decirle muchas veces Douglas—, ¿es aquí donde empezó el mundo?

Pues seguramente empezó en un lugar parecido. La cocina, sin duda, era el centro de la creación, todas las cosas giraban alrededor; era el frontón que sostenía el templo.

Con los ojos cerrados, dejó que vagara la nariz; aspiró profundamente. Se hundió en los vapores infernales y en la nieve que se movía de pronto en el polvo de hornear, en el maravilloso clima donde la abuela, con la mirada de las indias en los ojos, y la carne de dos firmes y cálidas gallinas en el corpiño, la abuela de mil brazos, golpeaba, azotaba, cortaba, pelaba, envolvía, salaba, sacudía.

Douglas se abrió paso a ciegas hasta la despensa. Del vestíbulo llegaron unos chillidos de risa; unas tazas de té tintinearon. Pero Douglas estaba en un país de nísperos espinosos, un fresco y verde país submarino donde las bananas claras y perfumadas que colgaban y se balanceaban maduraban en silencio y le golpeaban la cabeza. Los mosquitos zumbaban agriamente alrededor de las vinagreras y en los oídos de Douglas.

Abrió los ojos. Vio pan, que esperaba ser cortado en rodajas de cálidas nubes de verano; buñuelos dispuestos como cuellos de payaso para algún juego comestible. Aquí en la parte de la casa a la sombra de los ciruelos, con hojas de arce que golpeaban los vidrios como aguas de un arroyo, Douglas leyó los nombres de las especias.

¿Cómo agradeceré al señor Jonas, se preguntó, lo que hizo? ¿Cómo le daré las gracias, cómo se lo pagaré? No, no hay modo. Eso no se paga. ¿Qué se puede hacer entonces?

¿Qué? Transmitirlo de algún modo, pasárselo a alguien. Hacer que continúe la cadena. Buscar a alguien, encontrarlo, y pasárselo. No hay otro modo…

—Pimentón, mejorana, canela.

Los nombres de perdidas y fabulosas ciudades donde habían florecido tormentas de especias, que luego se habían apagado.

Douglas sacudió los clavos de especias que habían venido de algún continente oscuro, donde se los había desparramado sobre mármoles de leche, como piedrecitas que arrojan unos niños de manos de regaliz.

Y mirando un marbete, sintió que daba una vuelta al calendario y volvía a aquel día íntimo que había mirado el mundo de alrededor y se había descubierto en su centro.

El marbete decía Salmuera.

Y Douglas se alegró de haber decidido vivir.

¡Salmuera! Qué nombre especial para las sustancias desmenuzadas y dulcemente apisonadas que había en el frasco de tapa blanca. El que las había bautizado, qué hombre debía de haber sido. Dando voces, moviéndose de un lado a otro, debía de haber cazado todas las alegrías del mundo y luego de meterlas en ese frasco había escrito sin duda con su manaza: SALMUERA. Pues el solo sonido de la palabra sugería una carrera por campos verdes en caballos alazanes de bocas con barbas de pasto, y zambullidas en aguas profundas, donde el mar suena cavernosamente dentro de la cabeza.

Douglas extendió la mano. Allí estaba: Condimento.

—¿Qué cocina la abuela para esta noche? —dijo la tía Rose desde el mundo real del atardecer, en el vestíbulo.

—Nadie sabe qué cocina —dijo el abuelo que había vuelto de la oficina mas temprano para atender esta enorme flor— hasta que nos sentamos a la mesa. Hay siempre expectación y misterio.

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Los problemas interculturales en la traducción de obras literarias (I)

Del mismo modo que la literatura
es una función especializada del lenguaje,
la traducción es una función especializada de la literatura.

Octavio Paz

La traducción es una de las funciones que vertebran el camino del libro. La industria editorial no se concebiría hoy sin su existencia y cualquier persona que desee profundizar en la edición, en la escritura o en la lectura necesita tener en cuenta algunos conceptos básicos.

Es preciso contemplar esta actividad como parte de un sistema de producción específico, determinado por los elementos culturales, históricos y económicos en que se sustenta. Por otra parte, no se puede perder de vista que hay factores ajenos a la literatura que se inmiscuyen e influyen de manera acentuada en el producto final de una traducción concreta. Todo lo cual, siendo importante para el traductor, debe tenerse en cuenta por cualquier otro eslabón de la cadena productiva del libro: escritores, editores, etc., sin olvidar a los lectores.

Los problemas de la traducción

Como opina Vidal Claramonte, la traducción se nos aparece, quizás, como “el juego más oscuro del lenguaje” que ha de empezar por reconocer que lo que es traducible es el pensamiento. Tradicionalmente, se había tomado la palabra como la unidad de traducción, pero, en la actualidad, ese papel lo ha conquistado la cultura del idioma del texto original. Se ha llegado a la conclusión de que una traducción tiene la capacidad de variar el mensaje que el autor había llevado a su libro, si el traductor no conceptúa apropiadamente el medio cultural donde ha nacido la obra original.

El traductor ha de ser capaz de captar la obra de partida, tal como lo harían los lectores en su contexto de origen, como única manera de producir un texto de llegada que no reduzca el rol que desempeñará el lector cuando se enfrente a él, tal como lo había concebido el autor. Esto es relativamente fácil de conseguir en los textos científicos, pero en las obras literarias la dificultad es mucho mayor, dado que existen elementos que en los contextos de origen y de recepción tienen valores semióticos diferentes. Los nuevos significantes del idioma al que se traduce provocan la variación de los significados de la lengua original. Es decir, no basta el significado denotativo de una palabra, sino que ha de tenerse en cuenta el significado connotativo.[1] Quien se dedica a traducir ha de ser un excelente lector y un conocedor de la normalidad cultural de la época y del entorno donde fue escrita la obra, porque la calidad de su trabajo dependerá mucho de la interpretación que él mismo realice de cada línea del texto, con relación al contexto y a sus interacciones con la comunidad de donde procede la propia obra.

La preparación del traductor tiene que ir mucho más lejos del dominio del léxico de los idiomas que maneja, sin perder de vista el universo cultural de los lectores de la traducción, porque las interpretaciones de una misma frase varían de manera considerable aun entre diversas comunidades que hablan el mismo idioma. En este sentido, hay que entender la traducción como reescritura; sobre todo, en los textos ambiguos que pueden tener múltiples interpretaciones.

Lo ideal es que la traducción sea leída como si se tratase del original; sin embargo, aproximarse a esto significa desarrollar una tarea muy compleja,[2] sabiendo de antemano que no se alcanzarán todas las metas.[3] Modernamente, los objetivos se han fijado en recubrir el texto traducido con una expresión literaria equivalente a la del original, lo cual acarrea problemas relacionados con el idóneo alojamiento del texto traducido en nichos literarios y lingüísticos plausibles de la lengua receptora. La equivalencia en traducción siempre debe apoyarse en el plano socio-semiológico[4] y uno de los recursos empleados para conseguir alojar la obra traducida en estos nichos es la intertextualidad o empleo de palabras y frases que hacen referencia a determinados textos de autores sobradamente conocidos por el lector, con el fin de despertar en él unas resonancias concretas. Sin embargo, el traductor ha de tener conciencia de que su utilización es un arma de doble filo y debe estar seguro de que la mayoría de los lectores captará las resonancias[5] de las palabras o de las frases propuestas en la obra traducida. En caso contrario, se habrá perdido el esfuerzo realizado.

Algo parecido sucede con las referencias que los autores hacen de determinados elementos culturales propios de su comunidad lingüística, los cuales desaparecen cuando la traducción tiende a ser literal. Es el mismo inconveniente que se produce cuando un español lee una novela nicaragüense o paraguaya: ciertas referencias culturales de los ciudadanos de los respectivos países no coinciden en muchos aspectos. Como diría Umberto Eco, recordando la cuestión kantiana de la constancia del objeto: no son elementos persistentes en estados de cosas alternativos. En estos casos, la mayor parte de los traductores opta por referirse a elementos similares que sean conocidos por sus lectores.[6]

(Continúa en este enlace)


NOTAS

1. Se entiende por denotación el significado que un diccionario proporciona de un vocablo (flor es el órgano reproductor de una planta) y por connotación el significado que esa misma palabra tiene para una comunidad ligüística concreta (cuando se habla de flor –o de su traducción–, en general, un holandés pensará en un tulipán, mientras que un sudafricano imaginará una strelitzia). Aunque la connotación puede ser individual o colectiva, por motivos sociales obvios tanto el autor como el traductor sólo pueden tener en cuenta la segunda.

2. Hay tal complejidad en ello, tratándose de obras procedentes de contextos demasiado remotos, que una de las primeras reflexiones a realizar por el traductor es la de si procede o no utilizar elementos foráneos en el cuerpo de la traducción, con la finalidad de introducir elementos exóticos o arcaizantes que produzcan determinadas resonancias en el lector. La razón de tomar una decisión en este sentido se basa en que algunas imágenes literarias referidas a países lejanos se han utilizado con tanta frecuencia que han perdido la capacidad de evocar en el lector cualquier exotismo.

“Jung ha explicado que, cuando una imagen divina se nos hace demasiado familiar y pierde su misterio, necesitamos volvernos hacia las imágenes de otras civilizaciones, porque sólo los símbolos exóticos son capaces de mantener un aura de sacralidad.” (Eco, Umberto: Interpretación y sobreinterpretación. Cambridge University Press, Madrid, 1997).

3. Mohanty, Niranjan: Intranslability and the translator’s task. Perspectives: studies in translatology, Vol. 4: Núm. 2, 1996.

4. Ping, Ke: A socio-semiotic: approach to meaning in translation. Babel, Vol. 42 : Núm. 2, 1996.

5. Aquí el concepto resonancia está íntimamente vinculado al término coupling, aportado por Samuel Levin. En el capítulo sobre la poesía puede encontrarse más información.

6. “El verdadero problema de la identidad a través de los mundos consiste en reconocer algo como persistente a través de estados de cosas alternativos. “ (Eco, Umberto: Lector in fabula. Editorial Lumen, Barcelona, 1999).

Un viaje de 250 años: y CUARTA PARTE (Viera y Clavijo, Cristóbal del Hoyo y la Tertulia de Nava)

Retrato de al óleo de Alonso de Nava y Grimón, hijo de Tomás de Nava. En vida de su padre,  se celebraba la Tertulia de Nava o Tertulia de los Caballeritos en su casa de La Laguna.

VIENE DE LA TERCERA PARTE

“Lope de la Guerra presentó un buen montón de libros y periódicos que recibió de la Corte en el último mes con ejemplares de Inglaterra Francia y España. Fueron repartidos entre los asistentes que los revisaron y comentaron con alguna que otra sorpresa como una referencia elogiosa al texto de Viera y Clavijo Fiestas que la ciudad de San Cristóbal de La Laguna celebró en 1760 por la proclamación de Carlos III. El fallecimiento en septiembre de la Reina de España, María Amalia Cristina de Sajonia, aún aparecía muy destacado en las gacetas de Madrid. Sin que nadie supiera de dónde sacó la noticia Lope de la Guerra comentó:
–A pesar de su gran dolor nuestro don Carlos III tuvo una ocurrencia sublime respecto a la muerte de su esposa cuando dijo “En veintidós años de matrimonio este es el primer disgusto serio que me da Amalia”.
–Amigos míos –intervino Del Hoyo–, el matrimonio aunque sea real matrimonio nació de una costumbre lamentable. Con tal fundamento poco bueno se puede esperar de él.
–¿Qué origen es ese, señor marqués?
–Uno bien bastardo, hijo mío. En la antigüedad más remota únicamente se obligaba a casarse a aquellos que teniendo vínculos de parentescos solazaban sus carnes. Como castigo se les imponía la intimidad absoluta para que cual dos piedras de molinos se molieran entre sí hasta la tumba.
–¿Y el resto de la humanidad?
–Los seres humanos eran libres para practicar el amor con quien les apeteciera sin tener que rendir cuentas a nadie. El tropel de hijos generado se convertía en propiedad comunal y recibía los cuidados de todos los adultos. Después…
–¿Después que sucedió?
–El amor degeneró, señoras y señores. Los más chiflados lo fueron domesticando hasta encerrarlo en contratos vitalicios como si practicarlo entre muchos fuese una infamia para la humanidad.
–¿No exagera usted, mi buen marqués?

Agustín Betancourt y Molina (Tenerife, 1758-1824, San Petersburgo), quien se convertiría en uno de los más importantes ingenieros del mundo, asistía con su padre a la Tertulia de los Caballeritos.

La reunión se animó. Los debates se practicaban en pequeños grupos que a veces se fusionaban. La coronación de Jorge Guillermo Federico como Jorge III en el mes de octubre anterior no pasó desapercibida. Aparecieron las mistelas y los pastelillos finos cuando terminó de dar las nueve de la noche el reloj inglés de campana y repetición de cuartos de hora con música. Más de dos mil quinientos reales había pagado al marqués por aquel artilugio empotrado en su caja de oro y charol azul.
Tampoco quedaron sin analizar las batallas libradas entre franceses e ingleses en St. Lawrence River cerca de las Thousand Islands en Canadá. El marqués de la Villa de San Andrés se ha atragantado dos veces. Su hija lo confió a las manos de Lope de la Guerra mientras ella participaba en una discusión sobre el buen salvaje y las perversidades de la civilización europea. Sus opiniones estaban en abierta y fiera oposición a las de su primo Fernando de la Guerra que con tan buenos ojos la miraba.
Mientras tanto el marqués de Nava y Grimón había desaparecido por una puerta lateral sin que nadie lo advirtiera. No obstante su regreso resultó más que notorio: acompañado de dos sirvientes cargados con pesadas cajas de madera se dirigió al centro de la tertulia. Se produjo un silencio expectante. Los criados depositaron los cajones en el suelo. A una señal del marqués levantaron las tapas. El interior mostró el más preciado tesoro que pudiera llegar a las manos de los Caballeritos de La Laguna: decenas de libros procedentes de Europa: recién desembarcados por el Puerto de La Orotava: ocultos en el doble fondo de barricas y en el interior de fardos de tela para burlar la vigilancia del Santo Oficio. Como impulsados por muelles de relojería todos los presentes abandonaron sus asientos y se lanzaron en dirección a las cajas. En pocos minutos los volúmenes estaban desperdigados por la sala y pasaban de mano en mano entre el nerviosismo de los contertulios que no podían reprimir exclamaciones de sorpresa y risitas aprensivas reveladoras del placer y de los peligros inquisitoriales que entrañaban aquellos libros clandestinos.
La Tertulia de los Caballeritos de La Laguna sufrió un duro revés cuando José de Viera y Clavijo marchó hace tres años a Madrid con el propósito de terminar de escribir y publicar su Historia General de Canarias. Desde entonces las reuniones han ido languideciendo y cada vez se postergan más hasta el punto de que Fernando de la Guerra ha propuesto reunirse solamente una o dos veces al año.”

(Texto extractado de la novela “CANARIAS“, de Manuel Mora Morales, Editorial Malvasía, Islas Canarias, 2012. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto por cualquier medio sin permiso por escrito del autor)

Un viaje de 250 años: TERCERA PARTE (Viera y Clavijo, Cristóbal del Hoyo y la Tertulia de Nava)

VIENE DE LA SEGUNDA PARTE

Juana se puso en pie con la taza de chocolate entre sus manos. El efecto de su frase fue demoledor. Se hizo un silencio sepulcral que solo parecían disfrutar dos personas: ella y el carcamal de su padre que la miraba embelesado sin darse cuenta de que un hilo de saliva colgaba de su barbilla.

–Y no estoy de acuerdo –continuó Juana con el tono más dulce de voz que era capaz de emitir– porque no creo que sea el clero ni la aristocracia lo que debe sostener a un regente… o a un reino. Una Nación ha de sustentarse sobre el poder ejecutivo sobre el poder legislativo y sobre el poder judicial. Si se hace de cualquier otra manera los súbditos de cualquier país estarán indefensos.
Volvió a sentarse. Cristóbal del Hoyo iba a aplaudir pero se contuvo a tiempo. Rezó para que alguien contestara adecuadamente a Juana y no quedara en evidencia desde su primera tertulia en Tenerife. José de Viera y Clavijo se dio cuenta de los apuros del marqués y tomó la palabra.
–Querida niña, me complace en sumo grado que haya usted leído y entendido al insigne Barón de Montesquieu. Ciertamente los tres poderes básicos que acaba de mencionar han de sustentar a un estado de corte constitucional como puede ser el británico. Sin embargo las monarquías tradicionales como la española o la francesa no se sustentan en esa triple base sino en instituciones de mayor solidez.
Un suspiro de alivio. Los reunidos volvieron sus miradas hacia sus tazas de chocolate. Algunas señoras empezaron a llenar sus bolsos con los dulces de las bandejas que los sirvientes habían depositado sobre las mesas.

–Siento contradecirle, don José –Juana había vuelto a tomar la palabra y esta vez tenía arreboladas las mejillas–, pero no puedo estar de acuerdo con su conclusión. Lo que yo creo es que sea cual sea la clase de regencia que haya en un país siempre debe garantizar que ningún súbdito tenga miedo de otro.
–¿Y quién habría de tener miedo en una Nación como la nuestra? –terció el orotavense Juan Antonio de Urtusáustegui disfrutando de echar más leña al fuego.
–Cualquiera que se viera indefenso ante los tribunales sin posibilidad de defenderse ante una ley injusta o ante un juez que no le de la razón frente al poder real o ante un contendiente con más títulos nobiliarios que él. Si no hay igualdad de todos los súbditos ante la Ley el gobierno de una Nación no puede ser un gobierno legítimo.
Varias manos se elevaron con presteza para replicar a Juana del Hoyo. Su padre sonrió satisfecho y tomó el primer sorbo de chocolate. Nunca había pensado que su incendiaria Juana fuese aceptada tan pronto en la sociedad tinerfeña. ¡Ni tan siquiera en la tertulia de Nava!
A la muerte de Cristóbal del Hoyo, el cual oficiaba de maestro de ceremonias en estas primeras tertulias, tomó el relevo Tomás de Nava que fortalecido por la capacidad organizadora de José de Viera y Clavijo dirigió la época más fértil de la tertulia que lleva su nombre. Entre los años 1758 y 1760 publicaron cincuenta números de un boletín manuscrito que llevaba por título Papel hebdomario dirigido por Viera y según él mismo dice contenía “varias noticias instructivas sobre historia natural, física y literatura”. En 1762 vio la luz el Correo de Canarias que constaría de seis ejemplares. La misma tertulia publicó cinco números de El Personero en 1764 con varios artículos dirigidos al Cabildo proponiendo reformas educativas: aumento de comunicaciones con España: creación de cátedras y de laboratorios. En 1765 siempre dirigido por Viera y Clavijo apareció La Gaceta de Daute que alcanzó mucha fama en la isla y dio a conocer a todos la Tertulia de Nava. En esta gaceta se publicaban artículos críticos que fueron tomados como ataques personales por algunas personas principales.
Desde sus inicios las lecturas de los tertulianos eran variadas y avanzadas: Rousseau el conde de Chesterfield Denelon Fleury Voltaire… Las familias más tradicionales y pacatas de La Laguna los consideraban auténticos acteos de Jalicia y si no procedían públicamente en su contra era por el temor que les inspiraba su estatus social. Los temas habituales de la Tertulia estaban referidos principalmente al análisis de las ciencias naturales como la Botánica y la Geología. Se aplicaban a los hallazgos arqueológicos tanto como a las ideas para desarrollar la higiene y la economía agrícola e industrial del archipiélago con la intención de formar campesinos sanos y artesanos hábiles. Evidentemente jamás hablaron de un mejor reparto de las riquezas ni del poder pues Santa Rita Rita Rita lo que se da no se quita. Asunto que pronto supo comprender la marquesita Juana del Hoyo.
En lo que nunca regatearon los marqueses fue en las deliciosas meriendas con chocolate como la que dos mozos y una doncella estaban sirviendo en aquella velada a los ilustres tertulianos que invariablemente se sorprendían y alababan el suave sabor a canela y vainilla que despedían las humeantes tazas de porcelana. Todavía estaban medio llenas cuando las sonrisas y la habilidad de Fernando de la Guerra lograron que el asunto de las garantías institucionales languideciera.
Sin embargo la décima del marqués de la Villa de San Andrés aprovechó el creciente silencio e inició su andadura sin que nadie pudiese detenerla por más tiempo en el pecho enardecido de su octogenario creador.

No se le oculta a Enriqueta
que del clima los descensos
se han convertido en intensos
tropiezos de mi escopeta
y si esta noche me reta
a una batalla de flores
cederé de mil amores
si antes la estufa caldea:
porque en frío no abalea
ni un trabuco de colores.

Aplausos. El marqués los recibió con una inclinación y la sonrisa picarona que no habían logrado borrar los años ni los encarcelamientos ni la justicia ni aun las industrias del Santo Oficio. La décima fue la señal de salida para reconducir por otros derroteros una tertulia que se anunciaba interesante.”

(Texto extractado de la novela “CANARIAS“, de Manuel Mora Morales, Editorial Malvasía, Islas Canarias, 2012. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto por cualquier medio sin permiso por escrito del autor)

CONTINÚA…

Un viaje de 250 años: SEGUNDA PARTE (Viera y Clavijo, Cristóbal del Hoyo y la Tertulia de Nava)

VER LA PRIMERA PARTE DE ESTE ARTICULO

José de Viera y Clavijo tenía 29 años. Aunque había nacido en el Realejo de Arriba pasó gran parte de su juventud en el Puerto de la Orotava. Su padre, Gabriel del Álamo y Viera, había sido alcalde pedáneo del Realejo de Arriba. Trabajó más tarde de escribano en el Puerto de la Cruz y en aquellos momentos ejercía el mismo empleo en el ayuntamiento de La Laguna. Por su parte el joven Viera desempeñaba sus labores clericales en la parroquia de Los Remedios. Sus lecturas del Teatro Crítico Universal de fray Benito Feijoo le descubrieron tempranamente el pensamiento ilustrado. Durante la pasada década de 1750 Viera dedicó sus esfuerzos a cultivarse a fondo con los libros europeos de sus amigos. Al mismo tiempo tomó la dirección de la tertulia y ya llevaba dos años publicando un boletín manuscrito con varias noticias instructivas sobre Historia Natural Física y Literatura. Problemas con el Santo Oficio no le faltaban. Incluso el obispo le llamó al orden prohibiéndole salir de noche en traje mundano y otras cosas por el estilo.
Su mirada se dirigió a la mesa donde Lope de la Guerra había dispuesto las nuevas publicaciones recibidas. Sin embargo no tuvo tiempo de leer sus títulos porque el anfitrión Tomás de Nava y Grimón, marqués de Villanueva del Prado, entró en la estancia encaminándose con los brazos abiertos al encuentro del anciano marqués de la Villa de San Andrés.
–¡A mis brazos, don Cristóbal! Ya veo que la salud se niega a abandonarlo. ¿Cómo se encuentra, mi ilustre amigo?
–Caliente, Tomás, ¿cómo quieres que me encuentre, hombre?
–¿A sus años y con el frío que hace fuera, don Cristóbal?
–No importa lo vieja que sea la lámpara, jovencito. Si la alimentamos con un buen aceite no se herrumbra ni deja de dar luz.
–El señor marqués no ha olvidado nunca la importancia de los combustibles. Son los que mueven el mundo y los que lo renuevan –comentó entre risas Viera y Clavijo.

Juana del Hoyo, hija de Cristóbal del Hoyo, marqués de San Andrés, en una retrato realizado en su edad madura, siendo ya esposa o viuda de su primo Fernando de la Guerra.

Sin solución de continuidad entró un grupo de hombres en animada charla. Junto a la marquesa de Villanueva –cuyo nombre era y es Elena Josefa Paula Francisca Benítez de Lugo y Ponte Arias de Saavedra– las mujeres también entraron sin que los hombres realizaran muchos gestos para saludarlas. En la isla está mal visto besar la mejilla o la mano de una mujer incluso si ella invita al caballero a hacerlo. Se trata de una regla estricta que ni el mismo Cristóbal del Hoyo se atreve a romper.
El anciano marqués fue el primero en acercarse al grupito de damas. Tras las inclinaciones y las sonrisas tomó a una de ellas por la mano como si tuviese intenciones de invitarla a bailar.
Era una joven hermosa que no se sentía intimidada ante las miradas masculinas y que avanzaba hasta el centro del salón. Llegados a ese punto el marqués soltó su mano. No hizo falta que hiciera un solo gesto para pedir la palabra. Todos los presentes guardaron un silencio expectante.
–Amigos míos, llevo muchos años soñando con este momento. Por fin ha llegado. Mi corazón se siente feliz como pocas veces lo ha estado. Aunque el acontecimiento me pide un largo discurso no pienso robarles más de un minuto para presentarles a mi querida hija Juana. Sé perfectamente que será acogida por todos con el mismo cariño que el carcamal de su padre. No me cabe la menor duda de que por sus propios méritos se ganará el amor la admiración y el respeto de ustedes. A pesar de haber heredado algunos rasgos míos les aseguro que se trata de una muchacha sincera que solo sabe repartir sonrisas y bondad a cuantos la conocen. Nada más. Gracias por escuchar a este viejo tonto y sentimental.
Juana del Hoyo vestía de rojo y resplandecía. Su padre había sacado un pañuelo para enjugarse las lágrimas. Los tertulianos estaban paralizados sin atreverse a romper la magia de ver llorar al mismísimo marqués de San Andrés. Solo la entrada de un criado con una bandeja repleta de dulces rompió el encantamiento y las mujeres corrieron a unirse a los Del Hoyo.
Las bandejas iluminadas con velas fueron pasando. Cada cual tomaba los pastelillos de monja que más le apetecían para acompañar las humeantes tazas de chocolate que estaban a punto de servirse.
Recuperados los ánimos sentó por fin sus posaderas el marqués de San Andrés e inició un debate sobre la necesidad de reforzar la nobleza y el clero para que la autoridad real conservara largo tiempo su hegemonía sobre el pueblo. Desde luego todos los presentes eran monárquicos pero no todos entendían la monarquía de la misma forma. De ahí que comiencen a diferir las opiniones sin que nadie levante la voz. Las mujeres bebían chocolate sonreían y ponían cara de interés mientras examinaban las camisas de los caballeros por si tenían alguna mancha o no estaban todo lo bien planchadas que debieran. Pero he aquí que una voz femenina surgió del grupo.
–Siento no estar de acuerdo con los caballeros.
Juana se puso en pie con la taza de chocolate entre sus manos. El efecto de su frase fue demoledor. Se hizo un silencio sepulcral que solo parecían disfrutar dos personas: ella y el carcamal de su padre que la miraba embelesado sin darse cuenta de que un hilo de saliva colgaba de su barbilla.
–Y no estoy de acuerdo –continuó Juana con el tono más dulce de voz que era capaz de emitir– porque [...].”

(Texto extractado de la novela “CANARIAS“, de Manuel Mora Morales, Editorial Malvasía, Islas Canarias, 2012. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto por cualquier medio sin permiso por escrito del autor)

CONTINÚA…

El Palacio de Nava, junto a la plaza y fuente del Adelantado, en La Laguna, según una reconstrucción digital de Luis García Mesa.

Bajo la sombra de Leviatán: Paul Auster y el 23F

“Leviathan 2000″, cuadro del pintor estaounidense Bo Bartlett.

Los seres humanos o, al menos, una buena porción de seres humanos, albergamos una peregrina idea de la salvación que ronda demasiadas veces la muerte.

Si apelamos a un dios para que nos salve, lo matamos o él mata a miles de hombres y mujeres. No hace falta nombrar ejemplos, pero citaré dos muy conocidos: la muerte del hijo del dios de los israelitas para salvar a su pueblo del pecado de haber comido manzanas en el paraíso y la innecesaria aniquilación de millares de sodomitas y gomorritas con la misma intención higiénica. Los castigos indiscriminados sobre la población egipcia tampoco fueron moco de pavo; su objetivo: salvar a un pueblo esclavizado por el faraón. Naturalmente, al menos desde mi punto de vista, se trata de ficciones bíblicas; no obstante son el reflejo de una manera de pensar y de educar que perviviría hasta nuestros días.

La salvación del género humano a manos del propio género humano también necesita muchos litros de sangre. Nos salvó Hitler, nos salvó Stalin, nos salvó Mussolini, nos salvó Franco, nos salvó Idi Amín, nos salvó Pinochet,…

…y nos quiso salvar la siniestra mano que dirigió al guardia civil  Tejero hacia el Parlamento español para terminar con todas las libertades democráticas, a golpe de tanques y palabras soeces. Un golpe de estado que fracasó de la misma manera opaca que comenzó un 23 de febrero de 1981. Hace hoy 32 años que el Leviatán nos rozó con sus dientes y sentimos su aliento frío sobre nuestras libertades.

Este grabado satírico, coloreado a mano y publicados a principios del siglo XIX,en Londres, lleva por título “A tub for the Whale!” (¡Un tina para la ballena!).

Los salvadores de la patria, del orden y de la raza son el Leviatán[1], ese monstruo que merodea a nuestro alrededor siempre dispuesto a devorar nuestras libertades y a sumirnos en la oscuridad del orden frente a la luz del libre albedrío. Sin embargo, nosotros mismos somos quienes convocamos al monstruo. Al menor indicio de movimiento social, cuando confundimos la transformación con el caos, clamamos a gritos por un líder que contenga la vida dentro de los límites que conocemos, que no la deje expandir ni un metro más allá de las fronteras de nuestra miopía.

No soy inocente. Hace pocas semanas, me sorprendí a mí mismo pronunciando una frase que jamás pensé decir: “A veces, creo que es mejor aguantar a un represor inteligente que a un mandamás descerebrado.” No me refería a un país ni siquiera a una población, sino a una pequeña institución y a una situación temporal. Sin embargo, en esta frase está contenida la semilla del Leviatán, la que al desarrollarse termina por segar las propias cabezas de quienes le han invocado. Soy consciente de que esta frase no es casual: proviene de una educación represora, heredada de la corrosión que suponen largos siglos destilando pensamientos cautivos de las liturgias del poder.

La transformación no puede darse sin crisis. Tendemos a pensar que la evolución es lo contrario de la revolución, pero no es así. Ambas significan transformación y ambas nos alejan de las crisis, a diferente velocidad; pero la ventaja de la evolución social, política y económica es que podemos controlar mejor su trayectoria, obviando los salvapatrias sanguinarios. Lo contrario de la evolución es el estancamiento en la crisis, la dejación del poder en manos de quienes nos seducen con sus ropajes externos de fuegos artificiales, la inacción que nos conduce al deterioro irreversible de cuanto nos rodea hasta que termina por podrirse definitivamente.

El monstruo Leviatán, representado en un fresco titulado “El Juicio Final”, que Giacomo Rossignolo pintó hacia 1570/80, en la iglesia Nuestra Señora de los Bosques, en la población francesa de Boves, en la región de Picardía.

Esta crisis no es el Acabose, sino la transformación en crisálida de un sistema económico que renacerá de manera más esplendorosa y justa. Ignoro cuántos años nos llevará el proceso ni las víctimas que se ha de cobrar, pero tengo la seguridad de que los movimientos sociales conducirán la producción y el consumo –esto es la economía real, pues el mercado es la coyuntural– hacia un florecimiento económico que no ha conocido la humanidad hasta ahora. Es evidente que fuera de este esquema quedan muchos países que no poseen capacidad ni para entrar en crisis y que, a estas alturas de la Historia, sólo podrán levantarse si los estados más poderosos –o las estructuras que los sustituyan– les tienden su mano abierta.

La otra solución es el Leviatán con sus caminos de muerte y de orden, marcados al paso de las botas militares y las ráfagas de ametralladoras, para imponer la paz de los muertos. No conviene perder de vista esta posibilidad, porque siempre está acechando en cada cruce del sendero, merodeando hediondamente.

También este año, ¡cómo no!, leo en febrero la novela Leviatán, de Paul Auster; un ritual que me acompaña desde hace muchos años y que me hace reflexionar sobre el supuesto orden y las supuestas libertades, y los caminos que nos acercan y nos alejan del monstruo bíblico.

Luego vino mi encuentro con Iris, y la locura de aquellos dos años terminó bruscamente. Eso ocurrió el 23 de febrero de 1981: tres meses después del día de Acción de Gracias, un año después de que Fanny y yo rompiésemos nuestra relación amorosa, seis años después de que empezase mi amistad con Sachs.

[...]

El 16 de enero de 1988 estalló una bomba delante del tribunal de Tumbull, Ohio, volando una pequeña réplica a escala de la Estatua de la Libertad. La mayoría de la gente supuso que se trataba de una travesura de adolescentes, un pequeño acto de vandalismo sin motivaciones políticas, pero, dado que se había destruido un símbolo nacional, las agencias de noticias informaron brevemente del incidente al día si­guiente. Seis días después volaba otra Estatua de la Libertad en Danburg, Pennsylvania. Las circunstancias eran casi idénticas: una pequeña explosión a medianoche, ningún herido, ningún daño material excepto la pequeña estatua. Sin embargo, era imposible saber si en los dos casos estaba implicada la misma persona o si la segunda explosión era una imitación de la primera. A nadie pareció importarle mucho entonces, pero un eminente senador conservador hizo una declaración conde­nando “estos actos deplorables” y apremiando a los culpables a cesar en sus gamberradas inmediatamente. “No tiene gracia”, dijo. “No sólo han destruido una propiedad privada, sino que han profanado un icono nacional. Los americanos aman su estatua y no les agrada este tipo de broma pesada.”

En total hay ciento treinta réplicas a escala de la Estatua de la Libertad en lugares públicos por todos los Estados Unidos. Se pueden encontrar en los parques, delante de los ayunta­mientos, en lo alto de los edificios. Al contrario de lo que ocurre con la bandera, que tiende a dividir a la gente tanto como a unirla, la estatua es un símbolo que no causa ninguna controversia. Si hay muchos americanos que están orgullosos de su bandera, hay otros tantos que se sienten avergonzados de ella, y por cada persona que la considera un objeto sagrado, hay otra que querría escupirle, o quemarla, o arrastrarla por el fango. La Estatua de la Libertad es inmune a estos conflictos. Durante los últimos cien años ha trascendido la política y la ideología, alzándose en el umbral de nuestro país como un emblema de todo lo que hay de bueno en todos nosotros. Representa la esperanza más que la realidad, la fe más que los hechos, y sería difícil encontrar una sola persona dispuesta a denunciar las cosas que representa: democracia, libertad, igual­dad ante la ley. Es lo mejor que los Estados Unidos pueden ofrecer al mundo y, por mucho que a uno le apene el que los Estados Unidos no hayan logrado estar a la altura de estos ideales, los ideales mismos no se ponen en cuestión. Han dado consuelo a millones de personas, nos han infundido a todos la esperanza de que algún día podremos vivir en un mundo mejor.

[...]

Pero eso era todo. El Fantasma era una señal de la ausencia de mi amigo, un catalizador del dolor personal, pero pasó más de un año hasta que me fijé en el propio Fantasma. Eso fue en 1989 y sucedió cuando encendí el televisor y vi a los estudian­tes del movimiento democrático chino descubrir su torpe imitación de la Estatua de la Libertad en la Plaza de Tianan­men. Me di cuenta de que había subestimado el poder del símbolo. Representaba una idea que pertenecía a todos, al mundo entero, y el Fantasma había desempeñado un papel crucial en la resurrección de su significado. Me había equivo­cado al ignorarlo. Había conmovido las profundidades de la tierra y las ondas estaban empezando a subir a la superficie, afectando a todas las zonas al mismo tiempo. Algo había sucedido, algo nuevo flotaba en el aire, y hubo días esa primavera en que al andar por la ciudad casi imaginaba que las aceras vibraban bajo mis pies.

______________________

NOTAS

[1] El Leviatán, animal bíblico marino, a menudo evocado en el Libro de Job, en los Salmos y en el Apocalipsis, es un monstruo al que no conviene despertar. Su nombre proviene de la mitología fenicia que lo presenta como “un monstruo del caos primitivo” que amenaza con destruir el orden existente. Enfadada esta serpiente es “capaz de engullir momentáneamente al sol”.

Un viaje de 250 años: PRIMERA PARTE (Viera y Clavijo, Cristóbal del Hoyo y la Tertulia de Nava)

El aventurero ilustrado Cristóbal del Hoyo Solórzano y Sotomayor, marqués de la Villa de San Andrés y Vizconde del Buen Paso. Se ha llegado a decir que fue tomado como modelo por Alexandre Dumas para escribir la novela El Conde de Montecristo.

“Cristóbal del Hoyo era un auténtico personaje de novela con más aventuras que años de vida. Poseedor de la mente inquieta de un individuo que vive su tiempo era capaz de presentar a la tertulia los asuntos más inesperados: desde una divertida discusión sobre las desdichadas intervenciones del Santo Oficio respecto a los hombres que comienzan a usar bragueta en sus pantalones hasta hacer hincapié en las influencias sociales que descarrían la conducta íntegra del buen salvaje descrito por Rousseau.
Su padre se casó con una mujer de La Palma. Por eso él había nacido en el pueblo palmero de Tazacorte en el año 1677. En su adolescencia pasó a Tenerife. Cuando cumplió los treinta y siete años anduvo por Inglaterra Francia y los Países Bajos. Después residió un año en París cultivándose en Academias e Institutos de la mano de Diderot Voltaire D’Alambert Malesherbes y otros humanistas. Volvió a Tenerife en 1717 vestido a la última moda de París. Se estableció en Garachico: la villa norteña donde residía la mayor parte de su familia. Los vecinos no salían de su asombro cuando lo veían pasear emperifollado con su acampanada casaca roja enriquecida con grandes ojales dorados que hacían juego con sus calzones cortos y un espadín que parecía un cuchillo de cocina sujeto a la cintura. La guinda del conjuntado Marquesito era una peluca rizada y coronada por un tricornio con pluma de avestruz.
–Parece mentira que tenga ya treinta y nueve años y continúe comportándose como un niño teta –comentaba alguno.
–No como un niño sino como una damisela –completaba siempre alguien con malevolencia.
Cristóbal no hacía caso de habladurías. Habiendo permanecido casi tres años en Europa ya se consideraba muy por encima de aquella gente llana: sus pensamientos aspiraban a acomodarse en regiones más etéreas. Por ejemplo en la sala de su hermana y a la vera de su sobrina. Ciertamente en aquel año de 1760 ya habían transcurrido cuatro décadas desde aquellos escarceos amorosos con su prima. Aunque no hubiera cambiado el temperamento irreverente del marqués sí resultaba notorio que había atesorado las más insólitas experiencias. Ellas le condujeron a decantarse el pensamiento racionalista moderno. En cuanto al cultivo de las artes literarias el marqués llegó a extremos peligrosos. Todo lo cual seguía siendo piedra de escándalo en la isla excepto para sus incondicionales tertulianos entre los que se incluía el joven sacerdote José de Viera y Clavijo que en esos momentos entraba en el salón sacudiéndose algunas gotas de lluvia de su sotana. Colgó su capa en un perchero.
–Mi estimado señor marqués, ¿cómo se encuentra usted? –saludó Viera sujetando con afecto los antebrazos del viejo ilustrado al tiempo que dedicaba una inclinación de cabeza a Lope Antonio de la Guerra.

Antonio Lope de la Guerra, sobrino de Cristóbal del Hoyo e ilustrado asiduo a la Tertulia de Nava, que describió en sus Memorias gran parte de lo sucedido en Tenerife durante el último cuarto del siglo XVIII.

–Bien, hijo, bien gracias a Dios y a su Santo Oficio –contestó riendo Cristóbal del Hoyo–. ¿Le había dicho antes que tiene usted una sonrisa exacta en su geometría a la de mi antiguo profesor el excelso Voltaire?
–En cada tertulia me lo dice, don Cristóbal. Y ya sabe que lo recibo como un gran cumplido. Parecerse al maestro en cualquier cosa no es poco. Incluso si el maestro padece prognatismo.
–Si usted residiera en París, joven amigo, no dudo que también pertenecería a la misma gloriosa constelación de sus mejores filósofos. Pero hemos de resignarnos a estar anidados en esta prisión con muros de agua.
–También el agua atesora entre sus cualidades la fluidez que puede conducirnos a otros ámbitos. Nadie como usted lo sabe.
José de Viera y Clavijo tenía 29 años. Aunque había nacido en el Realejo de Arriba pasó gran parte de su juventud en [...].”

(Texto extractado de la novela “CANARIAS“, de Manuel Mora Morales, Editorial Malvasía, Islas Canarias, 2012. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto por cualquier medio sin permiso por escrito del autor)

CONTINÚA…

Palacio de Nava, en La Laguna (Tenerife, Islas Canarias). Aquí se desarrolló la Tertulia de Nava o Tertulia de los Caballeritos.

Oporto encuentra a Tabucchi: una visión subjetiva

Los portugueses le dicen, simplemente, Porto, es decir, Puerto. Y nadie puede presumir de conocer la ciudad si antes no ha cruzado sus puentes sobre el río Duero y subido los casi 250 fatigosos escalones de la Torre de los Clérigos para contemplar los tejados que componen un maravilloso tapiz bermejo bajo el cual bullen el arte, la literatura, el vino, la gente, el bacalao asado y, naturalmente, los famosos callos de Oporto.

Me refiero a los mismos callos que nombra trece veces Antonio Tabucchi en su novela La cabeza perdida de Damasceno Monteiro. Siendo italiano, a Tabucchi le dio por escribir historias situadas en Portugal: Sostiene Pereira la desarrolló en la Lisboa fascistoide de los años treinta y La cabeza…, en el Oporto de la última década del siglo XX.

Firmino reflexionó e intentó tomar aliento. Hubiera querido decir que a él Oporto no le gustaba, que en Oporto se comían sobre todo callos al estilo de Oporto y que a él los callos le provocaban náuseas, que en Oporto hacía un calor muy húmedo, que la pensión que le habían reservado sería sin duda un lugar miserable con el baño en el rellano y que se iba a morir de melancolía.

La redacción de la novela y el caso real del cual Antonio Tabucchi extrajo la historia pertenecen a la década de 1990. El asunto que conduce al protagonista, un periodista llamado Firmino, a Oporto es la aparición de un cuerpo humano sin cabeza, encontrado por un gitano cuando había salido a mear por fuera de su chabola, en la orilla del río Duero. No hay rostro y, por tanto, el misterio y la noticia están servidos.  El plumilla odia a Oporto y se aloja en la pensión de doña Rosa, por recomendación impositiva del director de su periódico.

La cena era a las ocho, y aquella noche el plato era callos al estilo de Oporto.

[...] Eran casi las dos de la tarde. No tenía ganas de ponerse a buscar un restaurante. Quizá pudiera comer algo en la pensión de Doña Rosa. Siempre que el plato del día no fueran callos.

El italiano Tabucchi es –más bien era, porque murió el 25 de marzo de 2012– poseedor de una prosa ágil, cercana al lenguaje cotidiano de sus lectores, capaz de arrastrar al lector, página tras página, hasta el final de cada historia sin que el libro se le caiga de las manos. Tabucchi no se hace pesado ni cuando maneja, de forma reiterativa, tópicos como el de los famosos callos de Oporto.

Firmino colgó y marcó inmediatamente el número del periódico, mirando las notas que había tomado en el cuaderno. Preguntó por el director, pero la telefonista le pasó con el señor Silva.

 —Alló, Huppert —respondió Silva.

 —Soy Firmino —dijo Firmino.

 —¿Están ricos los callos? —preguntó en tono sarcástico Silva.

 —Escuche, Silva —dijo Firmino subrayando bien el nombre—, ¿por qué no se va a tomar por culo?

Al otro lado hubo un silencio, y luego el señor Silva preguntó con voz escandalizada:

—¿Qué has dicho?

—Ha oído usted bien —dijo Firmino—, y ahora póngame con el director.

Ya he mentado la Torre de los Clérigos, que no puedo recordar sin asociarla a la catedral de San Pedro, en el Vaticano, a la catedral de Ulm, en Alemania, y a otros monumentos criminales que me han torturado las pantorrillas con cientos de escalones dispuestos con las más aviesas intenciones contra los pobres visitantes. También Tabucchi, en su metódico acercamiento a la ciudad, menciona esta singular edificación.

Compró un platito de barro cocido en el que una mano ingenua había pintado la torre de los Clérigos. Estaba seguro de que a su novia le iba a gustar.

A veces, el interés de una ciudad, incluso de una ciudad con tantos tesoros arquitectónicos como Oporto, puede estar en un humilde balcón del que cuelgan unas humildes prendas.

La verdad era que Oporto conservaba ciertas tradiciones que en Lisboa se habían perdido: por ejemplo, algunas vendedoras de pescado, pese a que fuera domingo, con las cestas de pescado sobre la cabeza, y además las llamadas de atención de los vendedores ambulantes que le trajeron a la memoria su infancia: las ocarinas de los afiladores, las cornetas graznantes de los verduleros. Atravesó Praga da Alegria, que era en verdad alegre como su nombre rezaba. Había un mercadillo de tenderetes verdes donde se vendía un poco de todo: ropa usada, flores, legumbres, juguetes populares de madera y cerámica artesana.

Por Oporto tuvo que pasar mi ilustre paisano Antonio Ruiz de Padrón, camino de Cádiz, para tomar posesión como diputado doceañista, en el mes de diciembre de 1811. Ruiz de Padrón sería el adalid de aquellas Cortes gaditanas para la abolición de la Inquisición española. En el mismo libro, Tabucchi no resiste la tentación de traer a colación el tema inquisitorial.

Dio un enorme suspiro y un caballo respondió con un respingo de fastidio.

 —Hace muchos años, cuando era un joven lleno de entusiasmo y cuando creía que escribir servía para algo, se me metió en la cabeza escribir sobre la tortura. Volvía de Ginebra, entonces Portugal era un país totalitario dominado por una policía política que sabía cómo arrancar una confesión a la gente, no sé si me explico. Tenía bastante material autóctono para estudiar completamente a mi disposición, la Inquisición portuguesa, y empecé a frecuentar los archivos de la Torre do Tombo. Le aseguro que los refinados métodos de los verdugos que han torturado a la gente durante siglos en nuestro país tienen un interés muy especial, tan atentos a la musculatura del cuerpo humano que fue estudiada por el noble Vesalio, a las reacciones a las que pueden responder los nervios principales que atraviesan nuestros miembros, nuestros pobres genitales, un perfecto conocimiento anatómico, todo ello hecho en nombre de una Grundnorm que más Grundnorm no puede serlo, la Norma Absoluta, ¿comprende?

—¿O sea? —preguntó Firmino.

 —Dios —respondió el abogado—. Aquellos diligentes y refinadísimos verdugos trabajaban en nombre de Dios, de quien habían recibido la orden superior; el concepto es básicamente el mismo: yo no soy responsable, soy un humilde sargento y me lo ha ordenado mi capitán; yo no soy responsable, soy un humilde capitán y me lo ha ordenado mi general; o bien el Estado.

O bien: Dios. Es más incontrovertible.

 —¿Y no escribió nada después? —preguntó Firmino.

 —Renuncié.

Las antiguas estampas nos muestran el auge de este puerto comercial en siglos pasados, cuando salían innumerables buques cargados de aceite de oliva, frutos secos y, sobre todo, el famoso vino de Oporto que llegaba a gran parte de Europa y América..

Será porque en un tiempo me dediqué a escribir guías turísticas, pero lo cierto es que no las soporto. El estilo soso, propio de un inspector de hacienda o del secretario de un obispo, con que redacta la mayor parte de los autores de guías (probablemente, mal que me pese, debería incluirme yo mismo en este saco) tiene la virtud de ponerme los nervios de punta. Convierten los lugares en cadáveres literarios que terminan por perder todo el encanto que podría haberles encontrado descubriéndolos por mí mismo que es, al fin y al cabo, para lo que se visitan las ciudades.

Prefiero mil veces perderme y dejar de conocer el museo más importante de una urbe a saber, antes de subirme al avión, lo que voy a encontrar a la vuelta de todas las esquinas. Cuando visito una nueva ciudad, ninguna lectura me gusta más que una novela que se deslice por sus calles, plazas, comidas, costumbres, anécdotas,… de una manera viva, palpitante, chispeante, amable o sarcástica, como hizo mi apreciado spaguetti literario, el desgraciadamente desaparecido don Tabucchi. He aquí dos párrafos de una de las crónicas enviadas por Firmino a su diario de Lisboa, en la que utiliza el vino para introducir un cadáver:

“El escenario de esta triste, misteriosa y, podríamos añadir, truculenta historia es la alegre y laboriosa ciudad de Oporto. Efectivamente: nuestra portuguesísima Oporto, la pintoresca ciudad acariciada por suaves colinas y surcada por el plácido Duero. Por él navegan desde los tiempos más remotos los característicos Rabelos, cargados con barriles de roble, que llevan a las bodegas de la ciudad el precioso néctar que, elegantemente embotellado, emprenderá camino hacia los lejanos países del mundo, contribuyendo de esta manera a la fama imperecedera de uno de los más apreciados vinos del planeta.

Y los lectores de nuestro periódico saben que esta triste, misteriosa y truculenta historia se refiere nada menos que a un cadáver decapitado: los miserables restos mortales de un desconocido, horrendamente mutilados, abandonados por el asesino (o por los asesinos) en un terreno agreste de la periferia, como si se tratara de un zapato viejo o de una olla agujereada.”

El protagonista de La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, como se dijo, odiaba Oporto; pero su creador le va cocinando el gusto a fuego lento, como si se tratara de una olla de callos, hasta que termina por enamorarse de esta ciudad espléndida de puentes, castillos, iglesias y estaciones de ferrocarril.

Descubrió un viejo libro que hablaba de cómo la ciudad, un siglo antes, se comunicaba con el mundo. Echó una ojeada al capítulo que trataba de los periódicos y de los anuncios publicitarios de la época. Descubrió que a principios del siglo XIX existía un periódico que se llamaba O Artilheiro donde aparecía este curioso anuncio: «Las personas que deseen enviar paquetes a Lisboa o a Coimbra utilizando nuestros caballos, pueden depositar la mercancía en la estafeta de Correos situada frente a la Manufactura de Tabacos». La página siguiente estaba dedicada a un periódico que se llamaba O Periódico dos Pobres y en el que aparecían gratuitamente los anuncios de las casquerías, puesto que estaban consideradas de utilidad pública. Firmino sintió un arrebato de simpatía por aquella ciudad hacia la que había experimentado, sin conocerla, cierta desconfianza. Llegó a la conclusión de que todos somos víctimas de nuestros prejuicios y que, sin darse cuenta, a él le había faltado espíritu dialéctico, esa dialéctica tan fundamental a la que Lukács daba tanta importancia.

En fin, no es mi intención convertir esta página en un anuncio de los libros portugueses de Tabucchi, por mucho que me gusten sus obras.

Sin embargo, he de confesar que la combinación de Oporto y Tabucchi me entusiasma de igual manera que Lisboa y Pessoa, Buenos Aires y Borges o La Habana y Carpentier. Las ciudades y los escritores forman casales en las mentes de los viajeros con afición a la lectura, de igual manera que los músicos y los grandes festivales en el imaginario de los melómanos.

A Ruiz de Padrón, in memoriam

Dieciocho de enero

A pesar de que  también nació en esta fecha el divino Rubén Darío,
orfebre de rutilantes soles y desfiles gloriosos,
la mañana ha despertado gris y se ha helado el aire en las volcánicas islas
y, una vez más, querido Antonio, ha regresado el olvido.

Ni un artículo de prensa,
ni un programa de televisión
ni una charla en la radio,
ni un simple recordatorio en el Parlamento.

Todos están hoy ocupados en lo imprescindible:
analizar un partido de fútbol,
hablar de una murga infantil,
ofertar plazas de aviones para el carnaval
o verter la misma palabrería necia
que injustifica el sueldo de sus parlamentarias señorías.

Dos siglos.
Se cumplen, hoy, dos siglos
de tu Dictamen  contra el tribunal del Santo Oficio.
¡El Dictamen que terminó con la “Santa” y ominosa Inquisición!,
¡el que se hizo famoso en el mundo
y con tanto entusiasmo fue traducido y publicado en los países!

Durante un siglo, Antonio Ruiz de Padrón, alcanzaste gloria
y ningún otro político de las Canarias fue tan celebrado en el mundo.
Luego, te ganó el silencio de los muertos.

Tu memoria
nublada
apaleada
arrojada a los perros del cóncavo Cronos
para ser devorada como despojo histórico.

Nadie te recordó en las aulas.
A ningún joven se le ha dado oportunidad de conocerte.

Si la madurez de un pueblo se mide
por conservar la memoria de sus hijos más preclaros,
mucho nos resta andar a los atlánticos canarios
para llegar a alcanzarla.

Todo lo habrá de cambiar Futuro.
Vendrán días, puedes estar seguro,
que se recitarán áureos versos en tu nombre
y habrá competencia entre los poetas por citar tu memoria inmortal.

Antonio, paisano del alma,
espejo de dignidad y de entrega,
andante caballero  de las libertades grandes,
remero de las auroras que disipan las tinieblas,…
desde este brumoso y yermo 18 de enero,
sin perder el amor por nuestro dormido pueblo,
quiero elogiar, en esta hora, la palabra y la luz que nos legaste.

La mirada inversa: una puerta de entrada a la originalidad

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El astrónomo Galileo Galilei ante la Santa Inquisición. Las ideas originales siempre han tenido poca aceptación entre los ignorantes y los fanáticos.

Durante unos pocos años de mi vida, he tenido el privilegio de impartir clases a niños y adolescentes. A veces, algunas personas que entraban en el aula se extrañaban de ver que un reloj de pared estaba colocado con las doce a la derecha y las nueve en la parte superior; que en un mapamundi tenía el Polo Norte hacia abajo; que una esfera terrestre mostraba a Australia apuntando al techo; etc.

Nunca expliqué a nadie el objeto de esos cambios, pero tenían la intención de provocar la identificación de lo insólito, de aplicar lo que desde entonces dí en llamar la mirada inversa, que es capaz de detectar mensajes lógicos donde la mayoría solo ve errores. Es posible que ninguno de esos alumnos jamás haya sabido por qué un día comenzó a encontrar un torrente de ideas originales en su mente ni, mucho menos, cómo fue el proceso que le condujo a ello.

Estoy convencido de que enseñar a resolver paradojas, a convivir con ellas de una manera natural y a desconfiar de todo objeto o pensamiento con apariencia de normalidad debería utilizarse con más frecuencia en la educación de nuestros jóvenes. En el caso de que no se logre sacar a flote la originalidad personal, al menos, se conseguirá un individuo más crítico que podrá defenderse mejor de la avalancha de mensajes canallescos que recibirá a lo largo de su vida.

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Una de las miles de posibles divisiones que podrían hacerse entre los seres humanos es la que tiene en cuenta la originalidad: unas personas parecen caminar continuamente por sendas trilladas, pronunciar frases hechas y repetir conductas inducidas y otras, en un porcentaje ínfimo, dan nuevo sentido a las palabras, obran de manera diferente a la mayoría y se apartan de las trayectorias vitales ordinarias. Cuando existe respeto y educación, ambas partes se miran con simpatía y reconocen al otro como su complemento; en el caso de los intolerantes o ignorantes, la otra parte es “rara”, en el caso de los originales, o “no tiene chispa”, si se trata de los integrados. Esta es una situación que se produce con tanta frecuencia que nombrarla no supone ningún descubrimiento para nadie.

Sin embargo, aunque la originalidad debe hallarse potenciada por algunos genes hereditarios, estoy seguro de que puede permanecer dormida durante toda la vida de una persona, si no es activada de manera conveniente. Educar la identificación de las señales insólitas que nos proporcionan los sentidos y la memoria es una buena manera de activar la originalidad. A continuación, viene el aprender a interpretar las señales insólitas para, finalmente, lograr transmitirlas de manera ordenada y comprensible; lo cual puede generar una simple comunicación original o una obra artística.

Creo que la identificación de las señales insólitas, que nos llegan a lomo de las percepciones y de los recuerdos, tiene mucho de genético, aunque un buen adiestramiento nos puede ayudar a descubrir detalles que nunca habíamos imaginado. Conocer técnicas fotográficas o pictóricas nos conduce a nuevas percepciones del color y de los trazos que delimitan los seres vivos o los objetos, en la naturaleza o fuera de ella. Tener nociones de cómo funciona el color en un monitor o en una impresora offset seguirá ampliándonos ese campo, etc. Lo mismo puede decirse del sonido, de los sabores, de los olores, de las sensaciones térmicas o de los impactos artísticos derivados de la literatura.

He conocido a personas que con pocos conocimientos técnicos logran captar muchos detalles que suelen pasar desapercibidos a la mayoría. Otras, lo consiguen por el camino del aprendizaje y la ejercitación. Sin embargo, si no se logra este objetivo, la originalidad no tiene donde construir su nido.

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La interpretación de las señales insólitas es el segundo paso. Más sofisticado que el primero, puesto que es necesario poseer la cultura necesaria para diseccionar la señal insólita y realizar una diagnosis que convenga a nuestros intereses. No me refiero únicamente a conocimientos, sino a lo que el drae define como un “Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.”. Cuanto más amplia sea esa cultura, más probabilidades tendremos de acertar en la interpretación.

Pero la originalidad no es ave de corral, sino que suele emprender el vuelo, sola o acompañada de otros artefactos que la resaltan o la deslucen. Por tanto, es necesaria una transmisión ordenada y comprensible, adecuada para llegar a un determinado número de personas. Número directamente proporcional al mayor o menor grado de masificación que imprimamos al lenguaje empleado en esa transmisión, tanto si es de manera inconsciente o con un determinado propósito.

Nadie puede negar la originalidad de Franz Kafka ni la de Charles Chaplin, pero el número de personas a las que llegan es muy diferente, porque la masificación de sus transmisiones también lo es. No se necesita ser un genio para transmitir originalidad y, muchas veces, el número de “público” depende de oportunidades que nada tienen que ver con las vestiduras del mensaje, sino con agentes económicos, relaciones sociales o profesionales, etc. Quiero decir que la originalidad no es una cualidad inherente a los artistas –en realidad, pocos la poseen–, sino de personas de cualquier nivel o posición social.

La transmisión profesional de las ideas originales requiere, sobre todo cuando se trata de ciencia o de arte, una preparación académica. Y, a veces, es necesario asumir ciertos riesgos y poner sobre la mesa el coraje de desaprender las normas académicas, con el fin de lograr una comunicación más fluida y más fresca de la originalidad.

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Realmente, la originalidad no es una prenda cómoda de llevar. El rechazo y hasta la chanza suelen ser ofensas habituales que reciben quienes la poseen y conviven entre personas de bajo nivel cultural o de escasa perspicacia. A veces, cualquier frase que se salga de los lugares comunes es acogida con un “son las cosas de Fulanito”. Quienes tienen medios más poderosos para expresar su originalidad –como la literatura, la música o la pintura–, sí suelen recibir ese reconocimiento del que tantas veces se ve privado quien vive de manera anónima.

Por suerte, al menos en este país, ya no se lleva a nadie a la hoguera por decir cosas originales. En otros tiempos, sí. ¿Hace falta preguntarle a Galileo para conocer las penas que sufrían quienes transmitían ideas originales, si llegaba a enterarse la Santa Inquisición?

La pasión como pretérito idefinido

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Foto de Jan Saudek.

A veces pienso que este zarpar continuo, este abandono permanente de los muelles construidos, es una bendición que me impulsa hacia nuevas fronteras; otras veces, una desgracia que no me permite ser árbol. No poseo ni el consuelo de saber si esto es mal de muchos que se avergüenzan de confesarlo o, por el contrario, sólo ha sido puro azar que me haya tocado en suerte.

El pasado sábado, después de hacer un poco de ejercicio, ducharme y tomar un desayuno desacostumbradamente sano, me sumergí en la lectura de un libro escrito por Chomsky y Ramonet sobre la utilización de la publicidad como método para controlar a la población de los países con regímenes democráticos, a partir de la Primera Guerra Mundial. No me digan que tener semejante cosa en las manos un sábado por la mañana no constituye una proeza. En momentos así me gustaría desdoblarme, subir con el cuerpo astral unos metros sobre mi cabeza y contemplarme realizando esa lectura serena nada menos que un sábado, con las cosas interesantes que podría haber hecho. Por desgracia, ni las gaviotas se dignaron a mirarme.

Durante la lectura estaba sentado en la terraza, me envolvía el ruido monótono del mar, la agradable temperatura de la brisa y la suave luz de la mañana tamizada por unas pocas nubes blancas; además, mi estómago se encontraba agradablemente abarrotado de frutas e hidratos de carbono, no me esperaba ninguna tarea urgente… todo se confabulaba para inducirme el sueño. Y me dormí. Lo siento por Ramonet, por Chomsky y por mi amor propio, pero así fue como sucedió.

No sé cuánto tiempo duró mi siesta tempranera, pero no pudo haber sido mucho, porque aún el sol estaba más cerca del mar que del cénit cuando abrí los ojos de nuevo. Me levanté de la mecedora recordando lo que había soñado: un hombre, atado a un poste, agitaba frenéticamente sus piernas sobre una montaña de libros ardiendo. Sentados alrededor de la hoguera, varios inquisidores comentaban con gesto circunspecto la influencia que tendría en el pueblo llano aquel escarmiento sobre una persona que guardaba en su casa decenas de libros escritos por los enciclopedistas franceses. Cuando el humo de aquella pira literaria comenzó a asfixiar al reo, me desperté.

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Quizás, la pesadilla se debió a la lectura que tenía entre manos, mezclada con el núcleo de mis ocupaciones durante los últimos años: la Inquisición española. O, tal vez, los frutos secos tuvieran la culpa, vaya usted a saber. Pero poco importa eso. Lo que sí me resulta significativo es que, en lugar de ir a lavarme la cara, me dirigiera directamente al ordenador e integrara mi sueño en un relato.

Nada nuevo, desde luego, porque esto lo hago muchas veces de una manera inconsciente, no sólo con retazos de sueños sino con materiales de procedencia muy variada; pero nunca había pensado sobre las razones que me conducen a eso, como tampoco en el placer que me produce convertir un pensamiento en unos párrafos que, inexplicablemente, se me vuelven incómodos tan pronto se publican y pasan a otras manos.

Conozco a personas que han escrito un libro y el resto de su vida no pueden despegarse de él, presentándolo en mil sitios distintos, comentándolo y releyéndolo hasta sabérselo de memoria. Por un lado, encuentro este comportamiento rayano en la babosería; pero, por otro, estos autores me producen envidia, porque han convertido un objeto de papel en una parte viva de su ser que les acompañará hasta la tumba y, cuando ya no estén aquí para representarse ellos mismo, ese libro será el espejo que reflejará su vida.

Sinceramente, me da igual lo que pase con mis huesos y mis libros, sobre todo después de que me apunten en el archivo de difuntos; sin embargo, sí envidio la idea –aunque sea una falsa idea– de conservar mi alma en una obra literaria con tanta frescura como un yogur en una nevera. Pero no me caerá esa breva, porque tengo tan serios problemas para relacionarme con el futuro inerte como con el pasado estancado, por muy literario que éste sea. Tampoco me queda la alternativa de tomar otro camino, sin el dinero suficiente para crionizarme como Walt Disney y permanecer refrigerado dentro de un barril de cerveza durante unos cuantos fines de semana y resucitar, quizás, como un dibujo animado.

Desde mi más tierna infancia, no me ha interesado nada pretérito que no ejerza una clara influencia en el presente o en el futuro. Ni el futuro que no influya en el presente o en el pasado. Tengo la sensación de estar perdiendo el tiempo en futilidades cuando me ocupo de un hecho histórico que no repercute fuera de su arco temporal. Incluyo en ello mi historia personal y las películas y libros, mejores o peores, que tanto me entusiasmaron cuando los estaba creando. Se borran de mi mente como si nunca hubieran existido.

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¡Tanta pasión y tanto trabajo para crear algo que se te escapa volando de las manos tan pronto has colocado la última pluma de sus alas! Me pregunto si sentirán lo mismo esos artistas del corpus christi que contemplan cómo una multitud patea y destroza las alfombras de flores que tantas horas les llevó confeccionar. Quizás, como yo, se sientan felices y liberados por no volver a verlas. Quién sabe si nací para alfombrista y nunca lo he sabido.

A veces pienso que este zarpar continuo, este abandono permanente de los muelles construidos, es una bendición que me impulsa hacia nuevas fronteras; otras veces, una desgracia que no me permite ser árbol. No poseo ni el consuelo de saber si esto es mal de muchos que se avergüenzan de confesarlo o, por el contrario, sólo ha sido puro azar que me haya tocado en suerte.

Pascual Rodríguez de Sossa, un canario apreciado por el emperador de Marruecos

Foto: M. Mora M.

Foto: M. Mora M.

En Canarias, ha habido numerosos personajes, capaces de sumir en la perplejidad a quienes llegan a conocer sus andanzas. Uno de ellos es el corsario y capitán de navío Pascual Rodríguez de Sossa, que vivió en el siglo XVIII, e, indirectamente, desencadenó una guerra entre España y Marruecos. Todo comenzó cuando el Comandante General de Canarias no le entregó a Sossa el dinero para pagar el trigo comprado a los marroquíes. El emperador, conocedor de los hechos, se puso de parte del marino canario, a quien consideraba una víctima. Así, comenzaron los malos entendidos con los españoles.

Esa curiosa historia, rigurosamente cierta, está narrada en la novela Canarias. En ella, este marino llega a departir con Antonio Ruiz de Padrón, el protagonista de la obra. Adelanto algunos párrafos, como aperitivo.[1]

La Laguna. Tenerife

Viernes 2 de diciembre de 1774

Hoy se conoce en La Laguna una Real Cédula de 23 de octubre en la que se publica el inicio de la guerra contra Marruecos. Y esta guerra tiene el siguiente único motivo: el Emperador de Marruecos envió una amable carta a Carlos III solicitándole las plazas de Ceuta y Orán. En una especie de postdata agregó que en caso de no entregárselas se vería obligado a entrar en ellas sin que por ese motivo deban perderse las buenas maneras ni la armonía.

De forma que finalizó la tregua y se acabó el trigo que durante los últimos años los canarios han ido a buscar a Marruecos debido a las malas cosechas insulares. Bien lo sabe el tinerfeño Pascual Rodríguez de Sossa, capitán de navío, que ha sido el involuntario iniciador de este conflicto: enredado por las componendas los latrocinios y las confabulaciones del embajador español Tomás Bremond y de López Fernández de Heredia, virrey con el título de Comandante General de las Islas Canarias.

Pascual continúa aún en Marruecos. No ha tenido otra alternativa que vender su casa su finca y su molino a Cayetano Scaglioni: un compinche italiano del vicecónsul español Suchita. Ha percibido menos de mil pesos fuertes por unas propiedades valoradas en tres mil. No puede elegir: esa es la cantidad exacta para saldar la deuda con el sultán. Sin embargo todavía restan cuatrocientos pesos fuertes por entregar a quienes le vendieron el trigo.

Pascual se queda sin dinero para comer. Un comerciante de buen corazón, Juan Bartolomé Bull, se lo lleva a su casa donde le asigna una habitación y lo trata como a uno más de su familia. Los marroquíes le ofrecen un excelente puesto en su marina pero por motivos religiosos Pascual rechaza tan tentadora oferta. Hace poco tiempo le ha escrito una carta al ministro Grimaldi narrándole los hechos y solicitando algún empleo que le permita vivir con dignidad a sus cincuenta y ocho años. Sin embargo no obtiene respuesta. Por orden expresa del ministro español se le relega al olvido. Aún está fresca la tinta de las dos notas que se han escrito en su expediente:

A esto no se ha contestado, ni parece hai que responder.”

Quizá convendrá oír sobre el particular a Bremond. Bremond dijo que este Pasqual de Sosa es un enredador, que no debe hacérsele caso.”

—ooo—

Foto: M. Mora M.

Foto: M. Mora M.

Más adelante, Pascual Rodríguez de Sossa regresó a Canarias, donde pasó su vejez. Tuvo sus más y sus menos con el Comandante General, como puede leerse en la novela Canarias. Por cierto, en esa guerra contra Marruecos participó un joven oficial de ascendencia canaria que más adelante alcanzaría fama universal: Francisco de Miranda, futuro Padre de la Patria venezolana. Miranda propuso a sus jefes utilizar una técnica guerrillera para atacar a los marroquíes que rodeaban y cañoneaban Melilla. Dicho plan se conserva en un escrito redactado por el venezolano mientras se encontraba sitiado en la ciudad norteafricana. Si curiosa fue la propuesta, la respuesta lo fue aún más…

Francisco de Miranda y su hermano, Javier de Miranda, son protagonistas de diversos acontecimientos en esta novela que hace un repaso de la historia de los canarios en la segunda mitad del Siglo de las Luces. Espero que disfruten con su lectura.

______________

Nota.

[1] La puntuación de esta novela no sigue las reglas de la RAE, sino las propias  de una sintaxis experimental, más dinámica y acorde con el desarrollo de la obra.

La novela histórica “Canarias” ya está en las librerías

La novela Canarias acaba de salir de la imprenta y, cuando escribo estas líneas, debe estar ya expuesta en varias librerías de todo el mundo, tanto en el formato clásico de papel como en el de e-book y e-pub. Mucho trabajo de investigación, miles de horas dedicadas a recorrer archivos, a visitar ciudades en Europa y en América, a buscar referencias, a desenterrar historias tristes, historias cómicas e historias increíbles…, todo pasa ante mí como una película acelerada, ahora que el libro ha tomado forma física y, finalmente, descansa en mi mesa de trabajo: quinientas veinte páginas que contienen una narración histórica cuyo protagonista es el personaje que más he admirado en mi vida. A su alrededor, he tratado de dibujar un puzle literario que contiene los principales elementos históricos que actualmente definen la identidad de mi tierra.

SINOPSIS

Aunque Canarias se puede leer como una novela independiente –puesto que se trata de una narración autónoma–, también es el segundo tomo de la saga Nuestro Ruiz de Padrón, la cual relata la vida del que fue principal artífice de la desaparición de la Inquisición española.
Antonio José Ruiz de Padrón nació en San Sebastián de La Gomera (Islas Canarias), en 1757, y murió en Villamartín de Valdeorras (Orense), en 1823. Su vida se convirtió en un apasionante viaje por diversos países, ideas y movimientos religiosos, políticos y sociales de los siglos dieciocho y diecinueve. Esta figura puede considerarse, junto a la del escritor Benito Pérez Galdós, como la más relevante de su archipiélago natal.
Ningún otro personaje canario ha sido tan conocido y reconocido fuera de las islas. Fundamentalmente, su fama se debe a su labor como Diputado, en las Cortes de Cádiz, para lograr la derogación del Voto de Santiago y la abolición de la Inquisición Española. Aun siendo sacerdote, logró ambos objetivos. El resto de su vida transcurrió de manera novelesca.
El primer tomo de la obra lleva por título La isla transparente. Narra la infancia de Ruiz de Padrón en La Gomera y las circunstancias religiosas, políticas y sociales que atravesaba su isla natal en esos años. Naturalente, no podría entenderse nada de lo anterior sin relacionarlo con el resto del mundo. A ello me he aplicado, tratando de presentar un ambicioso mapa histórico en el que abundan personajes y situaciones tan pintorescas como poco conocidas.
Este segundo tomo, con el título de Canarias, se inicia con la llegada a Tenerife del joven Antonio José Ruiz y Armas –no adoptaría los apellidos Ruiz de Padrón hasta varios años más tarde–. A los quince años entró en la Orden de San Francisco e inició los estudios sacerdotales en la ciudad de La Laguna, capital de Canarias.
Su relación con los ilustrados tinerfeños y su entrada como socio destacado en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife determinaron un rumbo vital que le llevó a ser testigo presencial y, a veces, protagonista de los más relevantes movimientos históricos de su tiempo, en un increíble periplo por los Estados Unidos, Cuba y buena parte de Europa.

Los personajes que desfilan por la novela son de todo tipo y condición. Algunos juegan papeles muy secundarios, pero otros se agigantan y son parte esencial del relato histórico, por su cercanía a Ruiz de Padrón o por la trascendencia de su intervención en los procesos sociales, políticos e, incluso, artísticos que tuvieron lugar a finales del siglo dieciocho y principios del diecinueve, o en los dos o tres siglos anteriores.

En resumen, “CANARIAS” es una novela histórica escrita con la intención de que fuera intensa, amena y, sobre todo, divertida. Junto a la historia principal, he recuperado decenas de semblanzas y anécdotas que espero cautiven al lector tanto como me cautivaron a mí cuando las conocí.
“CANARIAS”  contiene una parte importante de nuestra Historia. Una parte imprescindible que nadie debería desconocer, y no solamente los canarios, sino los españoles y latinoamericanos, cuyas sociedades se conformaron, en buena parte, a partir de las importantes acciones llevadas a cabo por el protagonista de esta obra.
Por otra parte, las Islas Canarias constituyen un enorme puchero que lleva siglos cocinándose en siete ollas sobre el mismo fuego. Lenguas, folklores, filosofías, oficios, libertades, represiones, razas, creencias, comportamientos sociales y culturales de todo tipo son algunos de los ingredientes. En consecuencia, de vez en cuando, parece saludable levantar las tapas de los calderos, mirar, probar cómo va el guiso, averiguar qué se ha estado cociendo…
Precisamente, esta es la propuesta de la novela “CANARIAS”, conducida por un personaje singular: Antonio Ruiz de Padrón. Su fantástica vida puede servirnos de crisol para entender no sólo zonas desconocidas de la historia, sino los mecanismos que la mueven.
Mirar a Canarias, a España y al mundo, metiéndonos en los zapatos de Ruiz de Padrón, propicia un examen de la realidad desde posiciones racionales, al tiempo que posibilita un análisis sereno sobre cuándo, por qué, cómo, desde dónde y hasta dónde ha evolucionado cada uno de los elementos que conforman nuestro contexto social. Me gustaría compartir este punto de vista con ustedes: esta es la razón principal de haber escrito Canarias.

DATOS TÉCNICOS DE LA NOVELA “CANARIAS”
Primera edición: 12 de diciembre de 2012
Título: Canarias
Autor: Manuel Mora Morales
Colección: Nuestro Ruiz de Padrón
Editor: Editorial Malvasía
Interior: 520 páginas en papel ahuesado
Cubierta: todo color
ISBN en papel: 978-84-938983-8-0
ISBN e-book: 978-84-938983-9-7
Encuadernado: tapa dura
P.v.p.: 24,90 € en formato clásico de papel 9,90 € en formato e-book.

ALGUNOS PERSONAJES DE LA OBRA

•    Antonio Ruiz de Padrón, diputado doceañista, artífice de la derogación de la Inquisición.
•    José de Viera y Clavijo, autor de la Historia de Canarias.
•    José Clavijo, autor de El Pensador, traductor, etc.
•    José Clavijo, autor de El Pensador, traductor, etc.
•    Johann Wolfgang von Goethe, autor que escribió la obra “Clavijo” sobre José Clavijo.
•    Domingo García Abreu, artífice del nombramiento como diputado de Ruiz de Padrón.
•    Ignacio Llarena, clérigo, tío del Fernando Llarena y amigo de Domingo García.
•    Fernando Llarena, diputado doceañista canario.
•    Amaro “Pargo” Rodríguez Felipe, pirata canario.
•    Alonso Fernández Benítez de Lugo, conquistador de Tenerife.
•    Lope Antonio de la Guerra, autor de unas famosas Memorias.
•    Fernando de la Guerra, ilustrado que fue presidente de la RSEAPT.
•    Benjamín Franklin, padre de la patria norteamericana y científico.
•    Tomás de Nava y Grimón, fundador de la Real Sociedad Económica de Tenerife.
•    José Blas Ruiz y Armas, hermano de Antonio Ruiz de Padrón.
•    Fernando de Molina y Quesada, ilustrado canario.
•    Cristóbal del Hoyo, el aventurero marqués de San Andrés.
•    Juana del Hoyo, famosa por sus tertulias.
•    Agustín de Bethencourt, ingeniero canario.
•    Marquesa de Pompadour, famosa madama parisién.
•    Domenico Caracciolo, abolió Inquisición en Sicilia.
•    Juan Martín El Empecinado, guerrillero español contra Napoleón Bonaparte.
•    Javier de Miranda, hermano de Francisco Miranda.
•    Francisco de Miranda, precursor y libertador de Venezuela.
•    Juan Rodríguez de la Oliva, pintor canario, famoso retratista de vivos y de cadáveres.
•    Varios obispos de Canarias que tuvieron destacadas intervenciones.
•    Juan de Iriarte, gramático procedente del Puerto de la Cruz con altos cargos en la Corte.
•    Tomás de Iriarte, fabulista, sobrino de Juan de Iriarte.
•    Pascual de Sossa, marino canario que indirectamente produjo una guerra con Marruecos.
•    James Cook, famoso marino inglés que hizo escala en Tenerife.
•    William Bligh, capitán que sufrió el motín del Bounty y llegó a Canarias junto a Cook.
•    Jacinto Mora, tío de Ruiz de Padrón que se destacó en La Habana.
•    Baltasar Ruiz, padre de Ruiz de Padrón, nacido en El Hierro y casado en La Gomera.
•    Miguel Álvarez de Abreu, obispo canario de Oaxaca.
•    Obispo Servera, famoso obispo con sede en Las Palmas.
•    Carlos III, rey de España que intentó renovar las estructuras económicas.
•    Fernando VII, nieto de Carlos III que traicionó a su país.
•    Manuel García Herreros, diputado desterrado a La Gomera, amigo de Ruiz de Padrón.
•    Juan Duns Escoto, teólogo irlandés conocido como Doctor Sutil.
•    Matías Rodríguez Carta, tratante de tabaco con gran poder económico.
•    Capitán General de Canarias Juan Mur.
•    Capitán General de Canarias Miguel Fernández de Heredia.
•    Capitán General de Canarias Eugenio Fernández, marqués de Tabalosos.
•    José Antonio Abreu Bertodano, canario, académico de la Lengua.
•    Matías de Gálvez, Gobernador de Nueva España que pasó muchos años en Tenerife.
•    Bernardo de Gálvez, gobernador de Luisiana, criado en Tenerife.
•    Tomás de Saviñón, ilustrado canario, regidor del Cabildo de Tenerife.
•    Manuel Pimienta y O., impulsor de la Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife.
•    Jean-Charles de la Borda, francés encargado de experimentos científicos en Canarias.
•    La Capitana, famosa prostituta canaria del siglo XVIII.
•    Antonio Domínguez Alfonso, famoso curandero canario en Madrid, protegido por el rey.
•    Diego Hernández Remiendos, padre del Médico de Monagas.
•    Andrés Médico de Monagas, curandero antepasado del marqués del Buen Suceso.
•    Andrés Amat, encargado por Galvez de la recluta de colonos canarios para Luisiana.
•    Pedro de Mesa Benítez de Lugo, autor una disparatada biografía sobre Santo Domingo.
•    Álvaro Pérez, autor que propone enseñar español a los indios con sólo doce hombres.
•    Pedro Álvarez, visitador del rey enviado a Canarias para controlar el pago de impuestos.
•    Bernardo de Iriarte, alto diplomático canario en la guerra contra Inglaterra en 1779.

PUNTOS DE VENTA

La distribución a librerías dentro del archipiélago está a cargo de LIBRO 7.

Además de las librerías importantes, en las Islas Canarias, la novela puede adquirirse en los siguientes puntos, tanto en papel como en formato e-book.

Agapea
(España)
Akal
(España)
ARCE
(España)
Averroes
(España)
Capítulo Dos
(PRÓXIMAMENTE)
Catalónia
(España)
Copia
(PRÓXIMAMENTE)
Corambo
(España)
Cúspide Libros
(PRÓXIMAMENTE)
Desclée
(España)
Deupress
(México)
Movistar
(Argentina)
El Dial
(Argentina)
Lex Nova
(España)
Grammata
(México)
SpanishBooks
(Canadá)
AECA
(España)
Sophos
(Guatemala)
Grammata
(Argentina)
Doctor Trade
(España)
Ecobook
(España)
Editex
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SEXTA PARTE. La increíble historia de 300 canarios en la República Dominicana del dictador Trujillo

El dictador de la República Dominicana, Rafael Trujillo, gastó millones de pesos en ampliar la policía. En cuatro meses, fueron encarceladas 4.000 personas y las torturas eran similares a la descripción que vimos en la anterior entrega. Más que nunca, el país había caído bajo el dominio del terror y los dominicanos eran perseguidos, torturados y asesinados lo mismo que los emigrantes haitianos. Sin embargo, la prepotencia del Generalísimo terminaría por acarrearle su propia ruina.

Cuando Trujillo retiró su apoyo incondicional a los obispos, la Iglesia Católica envió una carta pastoral  que se leyó en todas las iglesias reclamando el respeto a los derechos humanos. La firmaron los mismos obispos que habían apoyado incondicionalmente a Trujillo, al comprender que la situación se les ha ido de la mano. Incluso, la embajada de Estados Unidos ofreció asistencia a algunas familias importantes para salir del país. En Caracas, Rómulo Bethencourt y Fidel Castro decidieron apoyar a los opositores dominicanos.

Las denuncias de la prensa americana también comenzaron a dar su fruto. La Agencia de Inteligencia Americana (CIA) comenzó a desarrollar actividades destinadas a promover el asesinato de Trujillo. Paralelamente, el gobierno de los Estados Unidos invitó a Trujillo a asilarse Estados Unidos o Europa. Este rechazó la propuesta.

La reacción por parte del sátrapa no se hizo esperar. La prensa y la radio oficiales de la R. D.  atacaron a la Iglesia y a Estados Unidos. Los servicios secretos trujillistas organizaron un complot para asesinar a Rómulo Betancourt, Presidente de Venezuela, el cual se salvó milagrosamente del atentado en que murieron su chofer y un oficial, cuando su coche voló por los aires.

Rafael Trujillo, Fidel Castro y Rómulo Bethencourt. A principios de la década de 1960, estos tres descendientes de canarios manejaban los principales resortes del poder en el área del Caribe.

Curiosamente, los tres gobernantes más destacados en esos momentos, en el área del Caribe, eran hijos o nietos de emigrantes canarios: Fidel Castro Ruz, Rómulo Bethencourt y Rafael Leónidas Trujillo Molina. Naturalmente, los tres conocían su ascendencias, pero, seguramente, desconocían la de los otros dos.

Después la cosa se complicó cuando Trujillo intentó matar al Presidente de Venezuela. Creo yo que era Rómulo Bethencourt.
Nuestra situación era mala y todo aquel que tenía familia en Venezuela trataba de irse para ese país. ¡Más se complicaba! A dos compañeros míos los cogieron en la capital, los metieron en [la prisión de] La Victoria y al mes o a los dos meses los metieron en un barco y los llevaron para allá. Llegaron casi desnudos, llegaron a Barcelona.
(Don Aureo Francisco, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

[...] Ya al año vine para la capital. Mucho mosquito. Vine para la capital a buscármelas aquí. Unos se quedaron otros fueron para Venezuela… Fueron muchos para Venezuela, otros fueron para España, regresaron.
(Don Ángel Velásquez, emigrante, Rep. Dominicana, 2003)

Rafael Leónidas Trujillo, nieto de un sargento canario, se comportó toda su vida como un prepotente gallo de pelea, asesinando sin piedad a cualquiera que se opusiera a sus continuos abusos.

La Asamblea redactó una nueva Constitución dominicana. En ella se decía que el Presidente y el Vicepresidente no pueden ser perseguidos ni encarcelados por ningún delito. Trujillo nombró presidente a Joaquín Balaguer, el cual justificó los años de tiranía en su discurso de toma de posesión.

Sin embargo, sin hacer caso de los cantos de cisne de Balaguer, la Organización de Estados Americanos condenó a Trujillo y se rompieron todas las relaciones diplomáticas y comerciales con el resto de los países americanos. Aprovechando la marea, el gobierno de los Estados Unidos deseaba que también se condenara a Fidel Castro, pero no lo consiguió.

Trujillo trató de remendar la situación e invitó a la oposición a volver al ruedo político. Regresaron sólo dos partidos. Sin embargo, es difícil perder las malas costumbres: a las pocas semanas, fueron represaliados y hubieron de volver a la clandestinidad. Entonces, arreció la represión y los asesinatos: así murieron las hermanas Mirabal, lo cual indignó al pueblo. Creció la tormenta. Las torturas no cesaron, como muestra la siguiente cita extraída de una novela de Vargas Llosa –La fiesta del Chivo– que realiza un magnífico retrato de aquellos siniestros días:

La famosa actriz dominicana María Montez, hija de un canario de Garafía, fue uno de los símbolos utilizados por la dictadura para presentar al mundo la cara amable del régimen. De hecho, mantuvo presuntos amores secretos con Virgilio Montalvo Rodríguez, uno de los mandamases de Rafael Leónidas Trujillo. Sería el propio Trujillo quien le entregara a la actriz la condecoración de la “Orden de Trujillo” en noviembre de 1943.

Ramfis [hijo de Trujillo] movió la cabeza y Pupo se sintió lanzado con fuerza ciclónica hacia adelante. El sacudón pareció machacarle todos los nervios, del cerebro a los pies. Correas y anillos le cercenaban los músculos, veía bolas de fuego, agujas filudas le hurgaban los poros. Resistió sin gritar, sólo rugiendo. Aunque, a cada descarga –se sucedían con intervalos en que le echaban baldazos de agua para reanimarlo– perdía el conocimiento y quedaba ciego, volvía luego a la conciencia. Entonces, sus narices se llenaban de ese perfume de sirvientas. Trataba de guardar cierta compostura, de no humillarse pidiendo compasión. En la pesadilla de la que nunca saldría, de dos cosas estuvo seguro: entre sus torturadores jamás apareció Johnny Abbes García, y, en algún momento, alguien que podía ser Pechito León Estévez, o el general Tuntin Sánchez, le hizo saber que Bibín había tenido mejores reflejos que él, pues alcanzó a dispararse un balazo en la boca cuando el SIM lo fue a buscar a su casa de la Arzobispo Nouel con la José Reyes. Pupo se preguntó muchas veces si sus hijos Álvaro y José René, a quienes jamás habló de la conspiración, habrían alcanzado a matarse.
Entre sesión y sesión de silla eléctrica, lo arrastraban, desnudo, a un calabozo húmedo, donde baldazos de agua pestilente lo hacían reaccionar. Para impedirle dormir le sujetaron los párpados a las cejas con esparadrapo. Cuando, pese a tener los ojos abiertos, entraba en semiinconsciencia, lo despertaban golpeándolo con bates de béisbol. Varias veces le embutieron en la boca sustancias incomestibles; alguna vez detectó excremento y vomitó. Luego, en ese rápido descenso a la inhumanidad, pudo ya retener en el estómago lo que le daban. En las primeras sesiones de electricidad, Ramfis lo interrogaba. Repetía muchas veces la misma pregunta, a ver si se contradecía. «¿Está implicado el Presidente Balaguer?».) Respondía haciendo esfuerzos inauditos para que la lengua le obedeciera. Hasta que oyó risas, y, luego, la voz incolora y algo femenina de Ramfis: «Cállate, Pupo. No tienes nada que contarme. Ya lo sé todo. Ahora sólo estás pagando tu traición a papi». Era la misma voz con altibajos discordantes de la orgía sanguinaria, luego del 14 de junio, cuando perdió la razón y el Jefe tuvo que mandarlo a una clínica psiquiátrica de Bélgica.

Cuando ese último diálogo con Ramfis, ya no pudo verlo. Le habían quitado los esparadrapos, arrancándole de paso las cejas, y una voz ebria y regocijada le anunció: «Ahora vas a tener oscuridad, para que duermas rico». Sintió la aguja que perforaba sus párpados. No se movió mientras se los cosían. Le sorprendió que sellarle los ojos con hilos lo hiciera sufrir menos que los sacudones del Trono. Para entonces, había fracasado en sus dos intentos de matarse. El primero, lanzándose de cabeza con todas las fuerzas que le quedaban contra la pared del calabozo. Perdió el sentido y se ensangrentó los pelos, apenas. La segunda, estuvo cerca de conseguido. Encaramándose en las rejas –le habían quitado las esposas, preparándolo para una nueva sesión en El Trono– rompió la bombilla que iluminaba el calabozo. A cuatro patas, se tragó todos los vidrios, esperando que una hemorragia interna acabara con su vida. Pero el SIM tenía dos médicos en permanencia y una pequeña asistencia dotada de lo indispensable para impedir que los torturados murieran por mano propia. Lo llevaron a la enfermería, le hicieron tragar un líquido que le provocó vómitos, y le metieron una sonda para limpiarle las tripas. Lo salvaron, para que Ramfis y sus amigos pudieran seguir matándolo a poquitos.
Cuando lo castraron, el final estaba cerca. No le cortaron los testículos con un cuchillo, sino con una tijera, mientras estaba en el Trono oía risitas sobreexcitadas y comentarios obscenos, de unos sujetos que eran sólo voces y olores picantes, a axilas y tabaco barato. No les dio el gusto de gritar. Le acuñaron sus testículos en la boca, y [...].
(Mario Vargas Llosa, La Fiesta del Chivo, pp 424-425)

Los emigrantes canarios se encontraban entre la espada y la pared. Atrapados en la isla, perseguidos por los trujillistas que los acusaban de comunistas  y por los opositores que los marcaban como protegidos del dictador. Sin embargo, aún no se había tocado fondo: se acercaban tiempos aún más negros, tanto para ellos como para la República Dominicana.

CONTINÚA…

Vídeo con la Historia de la emigración canaria a la República Domicana (producido por Amazonas Films, emitido por Televisión Canaria y dirigido por Manuel Mora Morales). PRONTO ESTARÁ DISPONIBLE LA VISUALIZACIÓN ON LINE DEL DOCUMENTAL COMPLETO.

El Bibliobandido que “aterrorizaba” a los niños de Honduras pasó el verano en Nueva York

EL BIBLIOBANDIDO es un proyecto que estuvo formando parte, durante el verano pasado, de una exposición que se llevó a cabo en The Studio Museum in Harlem, en Nueva York: “Caribe: encrucijada del mundo” (Caribbean Crossroads of the World).
Junto a otras imágenes, incluía este vídeo que también se encuentra en Internet. El proyecto se llevó a cabo en un pueblito de Honduras. El Bibliobandido –creado por la artista chinoecuatoriana Marisa Jahn– se montaba en un burro y aterrorizaba a los niños, exigiéndoles un tributo para dejarlos paz. Cada niño debía entregarle un cuento mensual al Bibliobandido, tan pronto como él volviese a visitarles en su burro.

Alrededor de la “leyenda del Bibliobandido” se han realizado actividades sobre la escritura de historias, las cuales se han ido extendiendo a otras aldeas. En esta zona el analfabetismo llega a alcanzar hasta el noventa por ciento de la población. Por esta razón, debe apreciarse doblemente el éxito del personaje para elevar el interés de los niños por la cultura escrita.

Marisa Jahn explica alguna particularidades de su proyecto.

Las comunidades también se han involucrado en estas acciones en pro del libro. Incluso, se ha llegado a celebrar “La semana del Bibliobandido”. Miren en este vídeo la alegría de unos niños que tienen la suerte de escribir soñando.

En la actualidad, agotado el misterio del Blibliobandido, se ha incorporado un nuevo personaje: la Bibliojefa.

El primer libro escrito en los Estados Unidos se debe al canario Domingo Báez

El primer libro redactado en el territorio de los actuales Estados Unidos de América lo escribió un canario. Concretamente, el jesuita Domingo Agustín Báez, nacido en Telde, Gran Canaria, en el año 1538.
La historia de este hombre despertó mi curiosidad, no sólo por haber nacido en el archipiélago donde vivo, sino por el rocambolesco periplo que le llevó a Georgia, donde hoy se le conoce más que en su ciudad natal. Pero éste es el destino de todos los canarios que han sobresalido: su patria termina siendo el lugar donde mueren, porque sus paisanos suelen hacer lo imposible por borrar su memoria, cuando no han nacido en el seno de una familia poderosa.
Báez marchó a Salamanca para estudiar Artes y Cánones. Contaba entonces veintidós años de edad. A los veinticuatro años, solicitó su entrada en la Compañía de Jesús. Lo admitieron sólo como Hermano y allí estuvo ejerciendo de sacristán. Dos años más tarde, en 1564, marchó a Valladolid para ejercer de portero del convento jesuita de la ciudad. Su superior era Francisco de Borja –más tarde declarado santo–, el cual lo admitió definitivamente como Padre de la Compañía.
En 1568, el Rey de España nombró Gobernador de Cuba a Pedro Menéndez y le puso en la bolsa nada menos que 200.000 ducados para que conquistara la Florida.  El hombre compró cuanto creía necesitar para la expedición, sin olvidarse de llamar a su amigo Francisco de Borja para que le facilitara una docena de misioneros. Nadie en su sano juicio se internaba en tierras del Nuevo Mundo sin llevar consigo una buena provisión de frailes.
Borja le facilitó doce jesuitas como doce soles. Entre ellos, incluyó a Domingo Agustín Báez que, siendo canario, extrañaría menos las frías noches de Valladolid.

Fortaleza de San Marcos, en San Agustín (Florida).

Y se hicieron a la mar desde San Lúcar de Barrameda. Tras unos días de escala en las Islas Canarias, zarparon y, como decía don Gabriel de Cárdenas a principios del siglo XVIII,

“con buen tiempo llegaron á la Florida, donde hallaron los estragos hechos por Gurgio, la infantería española hambrienta y desnuda: la pacificación de los indios en peor estado que nunca …”.

No le gustó el panorama a Menéndez; dio media vuelta y puso la proa con dirección a Cuba. Eso sí, el viaje fue malo. Tan malo que el piloto se puso a blasfemar y a decir que la culpa de todo la tenían los jesuitas.
–¡Ah, hideputas –les gritaba–, sois peores los protestantes y los turcos juntos! Con ellos he navegado sin que nunca me cogiera una tormenta como ésta.
Bien fuera por las oraciones de los jesuitas o por las blasfemias del piloto, lo cierto es que llegaron todos a La Habana vivos. Unos días más tarde, el piloto volvió a cruzar el Caribe y, bien fuera por sus blasfemias o por la oraciones de los jesuitas, sobrevino otra tormenta y pereció en ella.
El canario Domingo Agustín Báez y sus compañeros se quedaron en La Habana, en un colegio que mandó a abrir Menéndez. Algo más adelante, volvieron a la Florida. Báez fue asignado a la plaza de San Agustín para ayudar a construir casas y una iglesia. Allí encontraría a descendientes de paisanos suyos que estaban asentados desde los tiempos de Ponce de León. A la sombra de la enorme fortaleza de San Marcos comenzó a evangelizar a los indígenas.

Isla de Saint Catherines, en el estado de Georgia (Estados Unidos de América).

Pronto, los misioneros se dividieron en dos grupos y abandonaron San Agustín.  La razón era que estando cerca de los soldados españoles no había manera de que los indios les hicieran caso. Domingo Agustín marchó a la isla de Guale, transportando unos sacos de maíz que le había entregado el obispo de Cuba. Mientras el maíz duró, los indígenas no faltaron a una sola sesión de catequesis, pero después no hubo quien les viera más el pelo. Además, el problema del idioma continuaba siendo un impedimento.
Pero, a grandes males, grandes remedios. Báez poseía una endiablada (con perdón) facilidad para aprender idiomas. En menos de seis meses, ya hablaba con fluidez la lengua guale. De inmediato se puso a la tarea de escribir una Gramática guale, tal como haría en Brasil el tinerfeño José de Anchieta con la lengua tupí unos 25 años más tarde.
No tardó mucho en escribir también un Catecismo en guale. Báez lo escribió en verso para facilitar su memorización, al tiempo que enseñaba a sus compañeros la lengua aborigen.

Existe una cierta confusión sobre si Báez había escrito otro catecismo en la lengua tamuga de la Florida, durante su estancia en San Agustín, lo cual es muy probable.
Sea como fuere, el canario sucumbió en la isla  de Guale. Un año más tarde, el Padre Domingo Agustín murió en la isla, víctima de una epidemia que diezmaba la población indígena. Se dice que falleció mientras cantaba con sus fieles un salmo en la iglesia de Santa Catalina. Más tarde, A. L. Borges escribiría:

“Pérdida lamentable, pues sabía hablar bien la lengua gualeana, la enseñaba a los demás misioneros y había traducido a ella las oraciones y doctrinas cristianas, poniéndolas en verso, para facilitar el aprendizaje de los indios. El padre provincial lo había señalado ya para predicador en la Tierra Firme. .. era ésta la segunda víctima que ofrecía su sangre por la conversión de los indios floridanos”.

En la actualidad, en Georgia se muestra una gran consideración hacia el autor de la primera Gramática que sistematizó una lengua indígena en tierra de los actuales Estados Unidos. Además del Catecismo, también dejó oraciones y salmos que fueron cantados en guale por los nativos.
________________________________
BIBLIOGRAFÍA ESENCIAL
David Arias (obispo): Lives and Faces.
Gabriel de Cárdenas: Ensayo cronológico para la historia general de la Florida.
R. Edwin Green y Mary A Green: St. Simon History.
Analola Borges: Las primera migraciones desde las islas orientales.

Un texto muy especial, en el 255 aniversario del nacimiento de Ruiz de Padrón

Antonio Ruiz de Padrón y La Gomera, su lugar de nacimiento.

Hoy, se cumplen 255 años del nacimiento del diputado doceañista Antonio José de San Miguel Ruiz de Padrón, en San Sebastián de La Gomera, el día 9 de noviembre de 1757. Los signos que acompañaron esta fecha no eran muy propicios para venir al mundo: una gran plaga de langosta invadía el archipiélago canario y una epidemia diezmaba las gallinas isleñas hasta tal punto que el Conde de La Gomera había prohibido su venta fuera de su marquesado de Adeje, en el Sur de Tenerife, en un bando publicado el día 7 por el Alcalde pedáneo, Pedro Torres Martel.

Ningún agorero habría dado un solo maravedí por cualquier infante que naciera ese día.

Sin embargo, Antonio José, el nieto del escribano gomero Mauricio Armas Núñez, daría mucho que hablar y mucho que escribir unos años más tarde. Su nombre está grabado en la gran lápida de mármol que figura en la entrada de las antiguas Cortes de Cádiz, junto a las más relevantes personalidades del primer proceso democrático español. Se le reconoce, explícitamente, el gran papel que desempeñó en la demolición de la Inquisición española, el monstruo institucional que había aterrorizado a millones de personas durante siglos.

El primer texto escrito en la prensa sobre Antonio José Ruiz de Padrón apareció en una publicación madrileña en el año 1783, cuando el ilustre gomero contaba sólo 26 años de edad. Año y medio más tarde, zarparía con rumbo al Nuevo Mundo, donde emprendería una de las grandes aventuras de su vida, en la ciudad de Filadelfia. En esos momentos, allí se debatía la Constitución de los Estados Unidos de América y se revolucionaba la forma de gobernar naciones.

Este primer texto, nunca antes citado, se refiere a un discurso pronunciado por Antonio Ruiz de Padrón en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife. Primero, habló Lope Antonio de la Guerra para explicar el motivo de la reunión: premiar a los artesanos más destacados y a los autores de varios trabajos literarios. A continuación, Ruiz de Padrón, que ya era Padre Lector de los franciscanos, se dirigió a los premiados para animarles a proseguir en su empeño.

He extractado este texto de mi próxima novela Tenerife –estará publicada el próximo mes de diciembre–, en la que se describen los años que pasó Ruiz de Padrón en la isla de Tenerife. He trabajado en ella durante mucho tiempo, con el fin de recoger toda la documentación posible, relativa a esos años tan ricos en anécdotas y actividades relevantes, tanto para el archipiélago canario como para el resto del mundo.

Me agrada ser portavoz de una buena nueva: los descendientes de la familia de Ruiz de Padrón cederán al ayuntamiento de San Sebastián, uno de los salones de la casa natal del personaje. Espero de corazón que de inmediato se ponga en marcha un museo, una exposición permanente o cualquier otra instalación que recuerde al personaje más relevante que ha tenido la isla. El acto tendrá lugar el viernes, 16 de noviembre de 2012.

La belleza que súbitamente se revela. El milagro de Tajao

SUCEDE que uno pasa mil veces por el mismo lugar y no lo ve. En la siguiente ocasión, igual que un milagro, ante nuestros ojos, como una radiante joya que acabara de nacer, aparece el objeto, la persona o el paisaje que siempre estuvo allí y que de manera incomprensible permaneció incorpóreo para nosotros. Eso fue lo que me ocurrió un ya lejano domingo de 2007, en Tajao, un pueblito marinero, en el Sur de Tenerife.

Sería la hora de la siesta cuando estaba yo leyendo “La Llamarada”, una novela escrita, en su juventud, por el gran escritor boricua Laguerre. Me protegía del fuerte sol, sentado en la parte trasera de una roca de color lechoso que se encuentra en el inicio del muelle. Igual que los pescadores en sus casas, el mar también parecía dormir la siesta, movía con pereza su piel y casi no salpicaba a otra roca situada a pocos metros de tierra firme.

La descripción de la vida en las plantaciones caribeñas durante las primeras décadas del siglo XX me absorbía. Las referencias poéticas de Laguerre a la intensidad de los azules y los verdes en el paisaje de su país me tenían tan fascinado que no me di cuenta de los azules de mi patria hasta que levanté los ojos del libro.

Repentinamente, como surgido de la chistera de un prestidigitador, di con un paisaje índigo: cielo y mar: únicamente interrumpido por la presencia de grandes rocas blancas: insólitas esculturas albinas que parecían haber sido elaboradas, pocos segundos antes, con azúcar aventada desde las plantaciones de caña que yo estaba leyendo. Conmovido por lo que veía, me puse en pie y corrí al coche para buscar la cámara fotográfica, antes de que se desvaneciese aquel prodigio.

Cuando volví, todo seguía en su lugar: lo blanco y lo azul. Comencé a disparar una foto tras otra, rodeando la roca en que me encontraba, desconcertado por no haber percibido antes la belleza que se derramaba ante mis ojos. No sé calcular ahora cuánto tiempo necesité para hacer medio centenar de fotografías; pero tengo la seguridad de que durante esos momentos estaba produciéndose uno de los milagros que más felicidad producen en un ser humano: descubrir la belleza que súbitamente se revela.

Desolación en La Gomera: no hay lágrimas para tantos árboles

Foto de Manuel Mora Morales.

Bosque de laurisilva de La Gomera.

Qué desolación, qué desolación terrible han dejado los fuegos de La Gomera sobre el mismo espacio que ocupaban sus bosques; desolación comparable sólo al abatimiento y la impotencia que ahora fermenta en los corazones de sus hijos.

La ambición y la estupidez humana han ido carbonizando la piel de las islas. Este año le ha tocado a La Gomera, pero el pasado y el antepasado los montes de otras islas fueron reducidos a carbón. Y, aún antes, las hachas segaron selvas canarias incomparables que han quedado eliminadas para siempre.

En su llama mortal la luz te envuelve.
Absorta, pálida doliente, así situada
contra las viejas hélices del crepúsculo
que en torno a ti da vueltas.
Muda, mi amiga,
sola en lo solitario de esta hora de muertes
y llena de las vidas del fuego,
pura heredera del día destruido.

Cantó Neruda en uno de sus veinte poemas, sin saber que le cantaba a mi isla que también se ha vuelto negra como la suya. José de Viera y Clavijo cantó al bosque que vestía la Montaña de Doramas, en Gran Canaria. ¡Sobre sus versos cabalga tanto dolor al verla perdida para siempre! ¡Huid de estas selvas, pajarillos porque los árboles están cayendo bajo el filo del hacha, bajo los tajos del fuego! Aunque nada pueda ya consolarnos por cada árbol perdido, que al menos este hermoso poema nos sirva de bálsamo a quienes tanto amamos los bosques de este archipiélago.

Mas ¡ah, preciosos árboles! que lejos
de daros sucesores que os hereden,
no tememos, con mano temeraria,
a golpes de las hachas insolentes,
derribar vuestros troncos venerables
que llorarán los pueblos que nacieren.

Sitios queridos de las nueve musas
en cuyos frondosísimos andenes
paseó, de su numen agitado,
el divino Cairasco tantas veces.

¡Montaña de Doramas deliciosa!
¿Quién robó la espesura de tus sienes?
¿Qué hiciste de tu noble barbusano?
Tu palo blanco ¿qué gusano aleve
le consumió? Yo vi el honor y gloria
de tus tilos caer sobre tus fuentes…

Huid ya de estas selvas, pajarillos;
nada os puede alegrar: peligrar debe
el nido maternal de vuestra prole,
si el leñador y el carbonero quieren.

Huid también vosotros a otra parte,
zagalas y pastores inocentes:
ya no hallaréis, en este monte bajo,
corteza dura o plana suficiente
para grabar vuestros amables nombres,
como vuestros abuelos y ascendientes.

Huid, huid: sacad de esta montaña
las manadas de cabras y los bueyes,
que devoran los brotes cuando nacen,
y no permiten que, nacidos, medren.

Llegados aquí, sólo nos queda repetir con el vate Rodrigo Caro sus dolorosas  estrofas:

Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo [...]
Mas ¿para qué la mente se derrama
en buscar al dolor nuevo argumento?
Basta ejemplo menor, basta el presente,
que aún se ve el humo aquí, se ve la llama,
aun se oyen llantos hoy, hoy ronco acento; [...].

100 imágenes curiosas sobre libros (Tercera parte)

¿Quién encontraría una encuadernación más adecuada para “Las místicas islas del los mares del Sur” de O’Brient?

Biblioteca del Real Gabinete Portugués de Lectura. La imagen habla por sí sola.

Para “moderna”, esta Biblioteca Pública de Seatle, en los Estados Unidos.

Érase un libro a un reloj pegado,
érase un reloj superlativo,…

Esta página comienza de una forma muy habitual: “Yo nací en una pequeña ciudad en las afueras de Chicago.” y finaliza sin grandes innovaciones literarias: “Estoy buscando un lugar donde realmente pueda dejar mi huella.” La originalidad radica en que logró su propósito, como es evidente.

Y usted también puede conseguirlo, siguiendo las instrucciones que se ofrecen en esta página: haga click aquí.

El libro se encuadernó con forma de estrella y, de paso, sin principio ni fin, como aquella obra imposible a la que hacía referencia Jorge Luis Borges.

Una portada genial para una novela autobiográfica e inclasificable.

Fotografiar letras como se fotografían estrellas puede proporcionar una portada que exprese el dinamismo de un objeto que sube. Por ejemplo, un ascensor que conduzca al cadalso.

¿Es una silueta femenina o es el cielo al atardecer? Aquí el espectador sólo puede tener una seguridad: el pájaro es el pájaro. Excelente portada como introducción a unos textos sobre la mujer surrealista.

Un libro excéntrico, tanto por su material como por el diseño.

Si alguien buscaba la esfera de los libros, ya ha llegado a ella.

Un curioso texto de 1814 sobre Antonio Ruiz de Padrón

Una de las páginas del interesante artículo que resume el Dictamen sobre la Inquisición.

Tengo especial interés en que se difunda la importancia de la obra que llevó a cabo Antonio Ruiz de Padrón, tanto para reparar una injusticia histórica sobre su memoria como por dar a conocer su apasionante vida y el prestigio que tuvo en todo el mundo el más brillante político del archipiélago canario. Por estas razones, continúo presentándoles referencias poco conocidas sobre este Diputado doceañista canario.

El Dictamen sobre la Inquisición, de Antonio Ruiz de Padrón, se leyó en las Cortes de Cádiz en enero de 1813. La repercusión que tuvo se extendió a otros países, como Gran Bretaña, donde se hicieron traducciones y fue comentado en la prensa, durante muchos años.

El artículo que quiero presentarles fue publicado en una revista londinense, en 1814. En él se presenta un completo resumen del Dictamen de Ruiz de Padrón, acompañado de algunos comentarios. Naturalmente, el texto está en inglés, pero he traducido al español los primeros párrafos del artículo.

Discurso del Doctor D. Antonio José Ruiz de Padrón, diputado en las Cortes, de las Islas Canarias, pronunciado en la sesión del 18 de enero de 1813, en relación con la Inquisición.

Un discurso contra la Inquisición, pronunciado en sesión de las Cortes y otro de Pan y Toros [se refiere al famoso folleto del mismo título atribuido dudosamente a Jovellanos], en el degradado estado español, pronunciado en la gran plaza de toros de la capital y nacido de la producción genuina de los nativos españoles, puede considerarse incluido entre los signos inequívocos de los tiempos.

Sin embargo, cuando nos fijamos en el lugar donde se han pronunciado estas producciones singulares, en su vestimenta actual, podemos considerarlas cualquier cosa menos curiosidades literarias. Estos documentos son traducciones de los oficiales del buque Caledonia, llevadas a cabo, con toda probabilidad, para entretener las muchas horas tediosas esperando ver a un enemigo encerrado en el puerto de Toulon. Si el idioma no es siempre correcto, ni el estilo muy pulido, tenemos, al menos, razones para confiar en la fidelidad de la traducción. Aunque también se imprimieron a bordo de este buque: el tipo, la tinta, el papel y, de hecho, la totalidad de los procesos mecánicos se llevaron a cabo tan bien que no son, de ningún modo, inferiores a muchas de las mejores ediciones de la prensa de Londres.

“El Doctor Antonio José Ruiz de Padrón se compromete a probar las tres proposiciones siguientes:

En primer lugar, que el tribunal de la Inquisición es totalmente inútil a la iglesia de Dios, y contrario al espíritu del evangelio.

En segundo lugar, que es contrario a la sabia y religiosa Constitución que el Estado ha sancionado, y que el pueblo ha jurado.

En tercer lugar, que es perjudicial para el estado.

No será necesario repasar por todas las pruebas que aduce [Ruiz de Padrón] para establecer la primera proposición. Lo cierto es que ningún tribunal como el que se ha arrogado a sí mismo “el título de ‘santo ‘, entró en el plan del Salvador del Mundo. De igual manera [...].

TEXTO ORIGINAL:

The Speech of Doctor D. Antonio Joseph Ruiz de Padron, Deputy to the Cortes, from the Canary Islands, spoken in the Sitting of January 18, 1813, relative to the Inquisition.

A SPEECH against the Inquisition, delivered in the sitting of the Cortes, and another on Bread and Bulls, on the degraded state of Spain, spoken in the great square of the capital, both the genuine production of native Spaniards, may be regarded among the unequivocal signs of the times. –But when we look at the spot whence these singular productions issue, in their present dress, we cannot consider them as any thing short of literary curiosities. They are translations by the officers of the Caledonia, undertaken, in all probability, to beguile the many tedious hours spent in watching an enemy shut up in the part of Toulon. If the language be not always correct, nor the style highly polished, we have, at least, every reason. to trust to the fidelity of the translation. But they were printed also on board this ship; and the type, the ink, the paper, and, indeed, the whole of the mechanical processes are so well conducted. a8 to be by no means inferior to many of the best editions of the London press.

Doctor Antonio Joseph Ruiz de Padron undertakes to prove the three following propositions:

First, That the tribunal of the Inquisition is totally useless the church of God, and contrary to the spirit of the

Secondly, That it is contrary to the wise and religious constitution which the state has sanctioned, and to which the people have sworn.

Thirdly, That it is prejudicial to the state.

It will not be necessary to go through all the proofs which he adduces to establish the first proposition. It is certain that no such tribunal as that which has arrogated to’ itself the title of ‘ holy,’ entered into the plan of the Saviour of the World. It is equally so that nothing contained in the writings of the Evangelists, can be construed to sanction it, and that, of the ministers elected by divine authority for the promulgation of the gospel, none were inquisitors. ‘Believe me, sir,’ says the orator, ‘that neither in the catalogue of the ministers of the faith, enumerated by St. Paul, nor in the council of Jerusalem, do I find one vacant place for an inquisitor.’ It was not found necessary to erect a tribunal of inquisitors to punish Arius, when he denied the eternal generation of the Word –the divines of Nice were satisfied with condemning “the impious and detestable” doctrine, and with separating the author of the heresy from the communion of the faithful. The Nestorians, the Pelagians, and all the various sects, ‘who moved bell itself to shake the faith of the Catholics,’ shared the same fate to the Church of God trampled on all its enemies, and without the assistance of the ‘holy office.’ That it is not only useless but injurious to the Church of Rome, be illustrates, from his own experience, Here, al the house of Benjamin Franklin, he used to join m the evening conversations where the ministers of the Protestant communion designated him by the appellation ‘of the Papist.’ ‘Young as I then was,’ says he, ‘I was able to convince many of the supremacy which the Bishop of Rome obtains, by divine right, over the whole. church-a supremacy of jurisdiction and not merely of honour –but I confess that when, all in a body, they beset me on the establishment of the Inquisition, I had not a word to say.’ Discussions of this nature, he tells us, also took place in the house of George Washington, but be was never able to ascertain to what sect that celebrated General belonged. The Philosopher Franklin, however, was suspected to be an Arminian. On the challenge of Franklin, to give a public proof of his sincerity, he preached in the Catholic Church of Philadelphia against the Inquisition; his sermon was translated into English; it was then preached throughout the provinces of New York and Maryland; and so satisfied were the auditors that the Inquisition was the work or human policy, and despotism, that many of the Anglo-Americans changed their faith 11nd became good Catholics. Since that time, the Doctor tells us, no less than five bishoprics have been established in places where, had the Inquisition extended its baneful authority, there would not have been one.   Secondly, To prove that the Inquisition is contrary to the constitution of the state, the Doctor says nothing more is necessary than to take in one band the political system, and in the other the dark and fanatical code of this tribunal –the one breathes nothing but justice and humanity; the other is an outrage on all human laws, and human feelings– a code dark, dismal, and intricate as its own dungeons, made up of cavils, artifices, and the meanest tricks, and more adapted for hunting out supposed criminals than for ascertaining real crimes.

The Constitution says,

 Within twenty-four hours the prisoner shall be made acquainted with the cause of his imprisonment, and the name of his accuser if he have one. They shall read to him, entire, all the documents, together with the names and depositions of the witnesses; and if from these ha shall not comprehend them, they shall give him as much information as be may require, in order to discover who they are. That the process shall henceforward be public, in the manner and form determined by law. That neither torment nor compulsion shall be used towards him, neither shall he suffer confiscation. That no punishment imposed, whatever the crime may be, shall in any manner. pass to the family of the delinquent, but shall take effect solely upon the person who committed the offence.’

But what says the code of the Holy Inquisition?

‘It admits,’ says the Doctor,’ into its bosom, slander, calumny, accusation, and vengeance. It inspires, or rather orders, a blind obedience to its commands, as though it were infallible, and not responsible to any one for its actions. It orders inquiries, encourages informers, and protects spies, against all the laws of confidence and nature, imperiously commanding the dearest friends to accuse each other. It signifies not whether, under the pretext of preserving the faith, the father accuses the son, the son the father; the husband the wife, or the wife, the husband. Brothers, parents, and friends, all, according to the spirit of this tribunal, are obliged to watch, to inform against, and accuse each other. A commissary of the holy office, accompanied by the alguazil, and his assistants, is authorised, with impunity, to enter houses with a mysterious silence, even at midnight, and snatch a father from the bosom of his family, in the midst of their terrors, without allowing him to take a last farewel of his wife or children, condemning them to endless misery, which is the only patrimony this unfortunate father can transmit to his posterity. Whole generations before they are born, are thus sentenced, not only to poverty and beggary, but to perpetual ignominy and disgrace. ‘Thus it is’ that the holy office deprives society of useful and industrious citizens, and buries them in its infectious dungeons. It does more. In the edict of faith, which this tribunal publishes every year, it invites every person to accuse himself, who expects to be accused by another; and to those who comply within a certain time, it promises pardon; but to those who neglect it, it l1a.s no mercy-they are arrested, their fortunes confiscated, and they suffer the utmost punishment of its laws. ‘The scenes of horror, which take place at the examination of supposed criminals have often been described in novels and romances, but here we have the facts truly and distinctly stated by a Spaniard well informed of all the proceedings of this dark and sanguinary tribunal. The punishment that follows confession, and even precedes conviction, is horrible to relate.

‘In the first case,’ says he, ‘sentence is passed after a thousand mysterious questions; but in the second, besides the confinement in dark dungeons, destitute of all human consolation, they employ dreadful torments to extort confession. A pully, suspended to the ceiling, through which is passed a thick rope, is the first spectacle which meets the eye of the unhappy victim. The attendants load him with fetters, and tie a hundred pounds of iron to his ancles; they then turn up his arms to his shoulders, and fasten them with a cord; they fasten the rope round his wrists, and having raised him from the ground, they let him fall suddenly, repeating this twelve times, with a force so great that it disjoints the m011t robust body. If he does not then confess what the inquisitors wish, other torture awaits him; having first bound him hands and feet, eight. times does the sad victim suffer the rack; and if he persists without confessing, they compel him to swallow a quantity of water, to restore his respiration. But where this is not 1uflicient, the torment of the brasero completes the sanguinary scene, the slow fire of which cruelly roasts the naked feet, rubbed over with grease and secured in a block.’

The authority of this infernal tribunal extends even to the regions of the dead.

‘How often have the inquisitors ordered graves to be opened for the remains of those whom they judged to have died in heresy, in order to commit them to the flames! Unhappy relics of the human race! Sad spoils of death! Respected shades of the departed, who, having died in innocence1 have become the victims of calumny, malevolence, or vengeance, pardon the prejudice and barbarity of past ages! The Gentiles themselves respected the ashes of their dead; but it was reserved for the Inquisition to disturb your repose in the caverns of the earth.

‘The speaker next adverts to the cunning and low policy which the ‘Holy Office’ has always employed to secure the court favour, by serving the government as the vile instrument of absolute power.

‘Who,’ says he. ‘does not know that it has lent itself to the caprices and vengeance of the most infamous and voluptuous favourite (Godoy) to be found in our history? This tribunal, so overbearing in its power, so terrible to the weak and defenceless, had not the courage to exert its authority upon this impious wretch –this monster– a compound of every vice, without a single counterbalancing virtue; but it permitted, in the very face of a Catholic court and a Catholic king, not only panegyrics to be passed on him, but his loathsome image to be erected on the altar, by the side or the Cross of Jesus Christ.’

Thirdly, That the Inquisition is prejudicial to the prosperity of the state, the Doctor is of opinion, requires no other proof than the state of the Peninsula since the unfortunate epoch of its establishment –where all the useful sciences, the arts, agriculture, national industry, and commerce have disappeared– where a progressive decay and depopulation have left little more than ten millions and a half of inhabitants, the greater part of whom are poor and miserable; whereas, from the salubrity of the climate, the fertility of the soil, and the extent of the country, it is able to maintain more than double that number. He enumerates those men whose eminence for literature or piety has been the cause of their being buried in the dungeons of the Inquisition, and sacrificed to its unrelenting vengeance.

‘Philosophers, theologians, historians, politicians, statesmen, orators, poets, labour-ers, artisans, merchants, even the industrious farmers, who are the support of the nation, could not escape their rod of iron –in a word, men and women, poor and rich, wise and ignorant, innocent and wicked, just and unjust– all classes of the state has this tribunal’ afflicted ‘with the terrors of its power-it comprehends all –it persecutes all– it destroys all, under the pretext of religion and the support of the Gospel.’

100 imágenes curiosas sobre libros (Segunda parte)

A veces los libros contienen cosas que nadie sospecharía antes de abrirlos.

Ésta es la segunda entrega de una serie de imágenes divertidas, curiosas, sorprendentes o insólitas que están relacionadas con el libro y su mundo. Disfrútenlas y, si quieren más, vuelvan mañana.

Mientras los niños no se identifiquen con los libros, su educación es deficiente.

Durante medio milenio, editores y diseñadores han dirigido su creatividad a lograr libros más manejables.


Si nunca te has perdido en el laberinto de un libro es que no has leído a Jorge Luis Borges.

El Library Tower (Torre de la Biblioteca) es el rascacielo más alto de Los Angeles (Estados Unidos). Se construyó sobre el solar de la Biblioteca Pública de Los Ángeles, cuando ésta quedó reducida a cenizas por un incendio. Los constructores hicieron un pacto: reconstruirían la Biblioteca en las plantas bajas y ellos utilizarían el resto del edificio. Parece que con el paso del tiempo, el nombre de Library Tower no les gustaba y lo han cambiado por US Bank Tower que, evidentemente, es mucho más poético y sugerente.

Un curioso ex-libris. Los ex-libris son tarjetas que se adhieren a la guarda de un libro para indicar quién es su propietario.

La Librería Lello e Irmao, en Oporto (Portugal) se encuentra en un espléndido espacio arquitectónico.

El atrevimiento de los anuncios publicitarios no conoce límites.

Original dedicatoria en una obra narrativa: “dedicado a nadie”.

Un manera diferente de diseñar la cubierta de un libro se puede apreciar en esta edición francesa de una obra de Gustave Flaubert.

 

Quién teme a Benito Pérez Galdós

Probablemente, todavía, el genio de Benito Pérez Galdós es un traje demasiado grande para que Canarias pueda usarlo con elegancia.

Decir que Benito Pérez Galdós ha sido un escritor maldito en las Islas Canarias, su patria, sería una exageración. En primer lugar, porque en estas islas no han existido escritores benditos y, por tanto, tampoco existe objeto adecuado para la comparación. Es más apropiado calificarle de marginal, término que hace años utilizó, públicamente, una Consejera de Cultura del Psoe para referirse a los libros de este archipiélago.

Si hubiese nacido en otra tierra, el término maldito le vendría como anillo al dedo a don Benito, “reconocido unánimemente como el mejor novelista español después de Cervantes, que ocupa un puesto de honor entre los grandes escritores realistas del siglo XIX, junto con Dickens, Balzac y Tolstoi”, como se lee en el portal de Estudios Hispánicos de la Universidad de Shefield, por ejemplo. Si en Canarias se reconociera en Pérez Galdós la mitad de ese mérito, ya le habrían dedicado, como mínimo, el Día de las Letras Canarias.

Pero, evidentemente, no es así. El Gobierno de Canarias decidió, en su momento, que el escritor adecuado para representarnos era el historiador José Viera y Clavijo, capellán de los Marqueses de Santa Cruz, un hombre mucho mejor avenido con el poder político y religioso de su época que el rebelde don Benito.

¿Razones para este rechazo gubernamental? Habría sido lógico que el historiador tinerfeño se hubiera impuesto tras una lucha insularista entre facciones políticas de Tenerife y Gran Canaria. Sin embargo, les aseguro que no sucedió así. Fui testigo directo de este asunto y voy a contarles cómo sucedió, en realidad, por difícil que sea de creer por personas ajenas a estas islas. Los canarios sí sabemos que aquí estas cosas pasan con cierta frecuencia.

Dentro de Coalición Canaria –agrupación heterogénea de partidos que lleva varios lustros gobernando el archipiélago–, un grupo independentista con simpatías marroquíes –conocido en su momento como Tercera Vía– accedió a las áreas educativas y culturales del Gobierno de Canarias y consideró a Galdós como españolista. Por tanto, quedó descalificado como representante de nuestra literatura, de la misma forma que lo habían vetado en Madrid para el Premio Nobel, porque no era un hombre de orden, como el comediógrafo Jacinto Benavente, que sí lo recibió, con la bendición del rey, del clero y del gobierno.

¿Se imaginan ustedes a los españoles renegando de Pablo Picasso por haber vivido y pintado en París, a los polacos abominando de Joseph Conrad por haberse instalado en Londres, a los checos ninguneando a Milan Kundera por emigrar a Francia, a los británicos dando la espalda a Charlie Chaplin o a los norteamericanos ignorando a Ernest Hemingway por las mismas razones geopolíticas? Los pintores, los cineastas, los músicos y los escritores no son políticos ni monumentos inmuebles: son seres vivos entregados a faenas de creación cultural, más allá de las fronteras y de los gobiernos de turno.

Me siento orgulloso de haber luchado –quizás, no con todas mis fuerzas, lo admito– para que Pérez Galdós representara a la literatura canaria, dentro y fuera de nuestras islas. Entre las razones que defendí figuraba, además de sus valores literarios, una muy práctica: su nombre tiraría del carro de los libros escritos en el archipiélago con mayor éxito que el de un escritor desconocido.

De nada sirvió, aunque insistí muchas veces. A pesar de que en esa época me desempeñaba como presidente de la Asociación de Editores de Canarias, en esta propuesta me quedé solo frente a la Viceconsejería; lo cual significaba, también, tener en contra a todos los editores y a las asociaciones culturales, cuya fuente casi exclusiva de ingresos procedía de las subvenciones.

Les aseguro que, a pesar de todo, no me sorprendí: era la respuesta lógica de unos agentes culturales apesebrados en el dinero institucional. No estoy en contra de que una parte de las finanzas públicas reviertan en la cultura; pero sí de que los agentes culturales privados vivan exclusivamente de subvenciones, porque es la vía más segura para convertirse en prisioneros de la clase política.

Años más tarde, cuando accedió otra facción nacionalista a los puestos de mando gubernativos de la cosa cultural, lo intenté de nuevo. En este caso, se trataba de una señora, ajena al mundo de la cultura, que había llegado al cargo por pura carambola, en uno de esos juegos de reparto de poder por cuotas insulares a que somos tan aficionados en este archipiélago. Su respuesta fue que estaba de acuerdo con mi tesis, pero que ya era tarde para realizar el cambio. Tarde.

A pesar de todo, sigo creyendo que nos equivocamos marginando al canario más universal, sin querer unirlo, indisolublemente, a nuestra cultura y, de forma más específica, a nuestra literatura. Como dije al principio, es probable que el genio de Benito Pérez Galdós sea un traje demasiado grande para que Canarias pueda usarlo con elegancia. Todavía.

Bailar con el Diablo

“Por mucho que apriete el calor en verano los bosques de La Gomera conservan su frescura. En ambos lados del camino los troncos de brezo son serpientes atornilladas a la piel del bosque.

El jinete vislumbra entre ellos un juego verdinegro de luces e inestables volubles volátiles sombras. Mundo de formas ilusorias que se insinúa en las copas de los árboles. Presencias ambiguas cuyos guiños refuerzan las leyendas en la isla: unas más reales que otras pero todas con un fondo de verdad por fantásticas que parezcan.

Pocos dudan de que las brujas se reúnen durante las noches sin luna a bailar con el diablo en este calvero de La Laguna Grande donde a ningún gomero se le ocurriría detenerse después del oscurecer.

Donde sólo crecen algu­nos hierbajos en invierno y los brezos gigantes que la rodean no son capaces de avanzar un solo paso hacia su interior: donde las raíces de los árboles desvían su trayectoria al acercarse a la línea invisible que delimita el enorme disco polvoriento.

Los pastores aseguran que hasta el vuelo de las aves es diferente cuando se adentran en esta calva en que el viejo bosque ha perdido su arbó­rea cabellera. Hechos que se consideran de naturaleza extraña.

Gaspar ríe por lo bajo al tiempo que dirige su mirada hacia el yermo círculo y se pregunta si alguna vez los oficiales de la Inquisición habrán reunido el valor suficiente para subir a capturar brujas en La Laguna Grande. Ésas que tal vez llegan por los aires después de untarse pomadas fétidas en los sobacos y gritar:

¡Arriba arriba sin Dios ni María!

Pero hasta los inqui­sidores estamos convencidos de que jamás debe caminarse por estos lugares durante la hora que sigue a la media noche.

De las doce a la una
corre la mala fortuna.
De la una a las dos
corre la gracia de Dios.

No obstante siempre podríamos echar mano de una fórmula que no acostumbra a fallar: dibujar un círculo en el suelo y clavar un cuchillo en el centro. En ese instante la bruja aparecerá dentro del ruedo sin que logre escapar de su interior hasta que no se lo permitamos o jure dejarnos tranquilos. A veces no alcan­za el tiempo para trazar el círculo o no llevamos un cuchi­llo en­ci­ma. En ese caso lo mejor es recitar este poemilla

Canta el gallo blanco:
cal y canto
Canta el gallo rubio:
cal y entullo
Canta el gallo negro:
¡Jurial pa’l infierno!

Quienes las han visto bailar de noche cuentan que las brujas no se desnudan sino visten ropas de seda tan transparentes que pa­re­cen estar en cueros mientras danzan y cantan con desenfreno.

De Francia semos
de Roma venimos:
hace un cuarto de hora
que de allá salimos.

Racimo de uvas
racimo de moras:
¿quién ha visto dama
bailando a estas horas?
De Canarias semos
de Madrid venimos:
no hace media hora
que de allí salimos.”

(Texto extractado de la novela La isla transparente. Nuestro Ruiz de Padrón)

En hipopótamo a la escuela

Dibujo de Raphaële.

La niña se subía cada mañana a lomos del hipopótamo pigmeo* y emprendía la marcha hacia su escuela. Su prima Tomoko la veía alejarse, bamboleándose, a lomo de la extraña montura.  El jardinero de la casa, el señor Kobayashi, conducía al animal con un ronzal, y los tres se perdían de vista en un recodo del camino.

La escena descrita en el párrafo anterior no parece tan extraña cuando uno lleva leídas unas pocas decenas de páginas de la impagable obra de Yoko Ogawa, traducida a nuestro idioma con el título La niña que iba en hipopótamo a la escuela. La traducción literal del original (Mīna no kōshin) debería haber sido La marcha de Mina, como se hizo a otros idiomas y como la nombraré en adelante, por comodidad.

Aunque la primera edición japonesa apareció en 2006, no leí este libro hasta el año pasado cuando se publicó la traducción en español. Desde entonces, siempre tuve ganas de comentar la buena impresión que me produjo, porque no es fácil encontrar obras con tanta frescura y calado que uno pueda recomendar a sus amigos sin vacilaciones.

La novela contiene una narración, en primera persona, que desarrolla una historia muy simple, ambientada en el Japón de la década de 1970, coincidiendo parte de su relato con los Juegos Olímpicos de Munich y los famosos atentados contra los atletas israelíes. La Editorial Funambulista ofrece la siguiente sinopsis en la contraportada del libro:

Al cumplir doce años, Tomoko, huérfana de padre, deberá cambiar de ciudad y separarse de su madre para ir a estudiar primero de secundaria. Para ello irá a vivir a casa de su prima Mina, una lujosa mansión de estilo occidental, cerca de Kobe, donde todo es singularmente diferente: su prima se pasa el día entre libros, o jugando con cerillas, su tío (director de una conocida fábrica de bebidas) es mestizo y se ausenta misteriosamente de la casa, y su tía abuela Rosa es alemana y habla a duras penas japonés. Pero, sobre todo, en la finca (que en su tiempo había albergado un zoo) vive un hipopótamo enano, que Mina utiliza como medio de transporte para ir a la escuela primaria, debido al asma crónica que la aqueja.

La escritora Yoko Ogawa (es obligado reseñar que también es autora de La fórmula preferida del profesor**) posee una especial maestría para contarnos historias ficticias o reales –nunca he podido delucidar qué porcentaje de fantasía y de realidad hay en ellas, aunque sospecho que hay muchas vivencias propias– en primera persona y de fácil lectura.

Esta levedad sintáctica –tan apreciada cuando leemos durante las digestiones pesadas– la ha demostrado, sobradamente, en  varias novelas, sin que el relato pierda contenido, sino todo lo contrario.

Si aún no conoce la obra de esta interesante japonesa y tiene interés en leer algún  texto suyo, puede ir a este enlace, donde encontrará un relato, Pregnancy Diary, extractado de su novela del mismo título y publicado en la revista  The New Yorker. Apreciará que en esta narración utilizó la misma técnica que con posterioridad aplicaría en la novela La marcha de Mina, si bien relata el embarazo de una hermana.

El hipopótamo pigmeo no suele sobrepasar los 80 centímetros de altura.

Llama la atención la facilidad con que la autora va abriendo, capa tras capa, el alma de dos niñas que están entrando en la adolescencia. Su ritos infantiles con la oscuridad y los miedos, sus apegos, sus tristezas, sus felicidades, sus generosidades y una lista de pulsiones emocionales, tan compleja como el teclado de un  piano, desvelando, tecla a tecla, las sensibles y, a veces, tensas cuerdas de la psique preadolescente.

Difícilmente, una escritora con estas características se hubiera abierto paso franco hacia la fama en una cultura diferente de la japonesa. Por fortuna, como también sucedió con Kenzaburo Oe –de quien Ogawa parece haber heredado su sentido del humor–, la sensibilidad de los lectores y críticos nipones la ha salvado del ostracismo al que culturas más agresivas y consumistas la habrían condenado de antemano.

Buena parte de la novela gira alrededor de dos elementos icónicos: Pochiko –el hipopótamo pigmeo que ha sobrevivido al desmantelamiento del zoo que había en el jardín de la casa familiar– y el  Fressy, un refresco mítico que fabrica la familia desde hace dos generaciones.

Cuando cualquier miembro de la familia pronuncia la palabra Fressy, sus ojos chisporrotean y aparece en su boca un gesto goloso: en esa casa, nadie imaginaría una comida donde no estuvieran presentes muchas botellas del refresco más estimado en el Japón del relato. Los lectores de las Islas Canarias entenderán perfectamente lo que representa el Fressy en esta novela si piensan en lo que supuso para su infancia el aún mítico Clipper de fresa, refresco isleño que más de una multinacional ha tratado de imitar sin demasiado éxito.

Además del Fressy y del hipopótamo, los personajes de La marcha de Mina son escasos: dos primitas preadolescentes, una anciana abuela alemana y su criada japonesa, una madre alcohólica, un padre infiel y un jardinero servicial. Además, dos jovencitos con escaso protagonismo: un repartidor de cajas de refrescos y un bibliotecario. Todos son descritos a la perfección, sin olvidar pequeños detalles y, aún más importante, sin perderse en ellos.

Al lector le llega la valoración de cada personaje desde la mirada infantil de Tomoko, tamizada por la experiencia de la misma Tomoko treinta y tres años más tarde, en 2005. Cuando en la página 413 se nos termina la novela, experimentamos dos sentimientos:

a. una especie de pena por despedirnos de unos personajes que se han colado sutilmente en nuestra sala de estar y,

b. cierto agradecimiento a la autora por cerrar la historia con ese epílogo que casi siempre nos niegan los narradores y que nosotros venimos reclamando inútilmente desde niños, cuando mamá o papá nos contaban que Blancanieves se había casado y les preguntábamos “¿Y qué pasó después?”

Como mucho, nos decían que había comido perdices, pero jamás nos respondieron esa pregunta de manera satisfactoria, por mucho que insistiésemos. Sin embargo, Yoko Ogawa sí lo hace, y con creces. Quizás, por eso mismo, cerramos el libro con una sonrisa en los labios… y ganas de leer algo más de la misma autora a quien, por cierto, terminamos identificando –¿falsamente?– con Tomoko, por muchas razones que usted descubrirá.

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NOTAS:

*Los hipopótamos pigmeos tienen la misma forma general que los hipopótamos. Poseen un esqueleto que soporta el peso de su fornido cuerpo, con cuatro patas cortas y cuatro dedos en cada pie. Miden unos 75-83 centímetros de alto hasta la cruz, tienen una longitud de 150-177 centímetros y pesan unos 180-275 kilogramos. Su longevidad en cautividad va de 30 a 55 años, aunque es improbable que vivan tanto tiempo en libertad.

** Auténtico fenómeno social en Japón (un millón de ejemplares vendidos en dos meses, y otro millón en formato de bolsillo, película, cómic y CD) que ha desatado un inusitado interés por las matemáticas, este novela de Yoko Ogawa la catapultó definitivamente a la fama internacional en 2004.
En ella se nos cuenta delicadamente la historia de una madre soltera que entra a trabajar como asistenta en casa de un viejo y huraño profesor de matemáticas que perdió en un accidente de coche la memoria (mejor dicho, la autonomía de su memoria, que sólo le dura 80 minutos). Apasionado por los números, el profesor se irá encariñando con la asistenta y su hijo de 10 años, al que bautiza “Root” (“Raíz Cuadrada” en inglés) y con quien comparte la pasión por el béisbol, hasta que se fragua entre ellos una verdadera historia de amor, amistad y transmisión del saber, no sólo matemático…

Catorce escritores vestidos de verde y uno de blanco

“Tomó el cartapacio y la pluma, y ya tenía recogida bastante sangre de drago en vn vaso de faldriquera, que, como dicho es, servía de tinta. Púsose a escrevir y los demás se fueron por el campo en busca de los cavallos. El de Don Fernando acertó a estar más cercano; púsole el freno y, por no inquietar a Antonio, que estava pensatibo en su glossa, se sentó a la orilla de vn arroyo, no menos suspenso que el compañero.” (Pedro de Solís y Valenzuela, El desierto prodigioso y prodigio de desierto, 1650)

“–No se trate de años, que ninguno los tiene, pues se pasan y deshacen como la niebla a los rayos del sol. Nuestra vida no consta de años, sino de sombra que, en faltando la luz de la respiración, falta ella. La edad del hombre es flor de almendro que a la primer luz visita el sepulcro. Los años se hicieron para los cursos celestes, que, acabados, vuelven; pero no para el hombre, que se va y no vuelve a tener parte en el siglo.” (Antonio Enríquez Gómez: El siglo patriótico, 1644)

“Y henos aquí de repente incomunicados, cada cual aislado en este rincón sin salida, rozándonos por donde más nos duele y sin poder decírnoslo uno a otro.” (Gonzalo Zaldumbide, Égloga trágica, 1910)

“Para quien en un momento dado decide que va a ser escritor, no existe diferencia alguna en haber nacido en cualquier punto de Centroamérica, en Dublín, en París, en Florencia o en Buenos Aires. Venir a este mundo al lado de una mata de plátano o a la sombra de una encina puede resultar tan bueno o tan malo como hacerlo en medio de un prado, en la pampa o en la estepa, en una aldea perdida de provincia o en una gran capital. El pequeño mundo que uno encuentra al nacer es igual en cualquier parte en que se nazca: sólo se amplía si uno logra irse a tiempo de donde tiene que irse, físicamente o con la imaginación.” (Augusto Monterroso, Los buscadores de oro, 1993)

“Amarga como la retama, la mujer no salía de ruegos a San Nicolás, llantinas y escandaleras, viniendo para atrás como con unos fríos y calenturas. Le pidió y más que le pidió que dejara la “consumía gayera”. Y un día, a fuerza de mocos y babas, acabó poniendo el esposo mollar. Entonces le expuso tímidamente una idea:

–Estaba pa desirte, ende cuando, Pepiyo, que pa qué no te días conmigo ca don Osé el Espiritista, que la gente jabla y no acaba de ée, pa ve si ée te quita de la bebía y de la gayera de Péres…

–¿Qué dises tú…? ¿Tú te has jas vuerto loca, o qué…? ¡Ca don Osé el Esperitista…! Mi que cara…

–Te lo digo, hombre, porque tú me jas dicho a mí, más de una ves, que esto queee… que si tú pudieras no dibas y que como si te jalaran de allí…

–¿Y eso qué tiene que vée pa íi ca el totorota ése…?” (Francisco Guerra Navarro: Los cuentos famosos de Pepe Monagas, 1941)

“Miré con asombro a Clarita como para indagar la certidumbre de cuanto estaba pasando. Era convencida creyente, que manifestaba respeto fanático. Para ahuyentar mis dudas, expuso:

–¡Guá chico!, Mauco sabe de medicina. Es el que mata las gusaneras, rezándolas. Cura personas y animales.

–No sólo eso –añadió el mamarracho–. Sé muchas oraciones pa tóo. Pa topá las reses perdías, pa sacá entierros, pa hacerme invisible a los enemigos. Cuando el reclutamiento de la guerra grande me vinieron a cogé, y me les convertí en mata de plátano. Una vez me apañaron antes de acabá el rezo y me encerraron en una pieza, con doble yave; pero me volví hormiga y me picurié. Si no hubiera sío por yo, quién sabe qué nos hubiera acontecío en la gresca de anoche. Yo tuve listo pa evaporarme, cuando entraran, y taparlos a tóos con mi neblina. Apenas supe  que usté taba herío, le recé la oración del”sana que sana” y la hemorragia se contuvo.” (José Eustaquio Rivera, La vorágine, 1924)

“Yo te enterraré al pie del pino grande y redondo del huerto de la Piña, que a ti tanto te gusta. Estarás al lado de la vida alegre y serena. Los niños jugarán y coserán las niñas en sus sillitas bajas a tu lado. Sabrás los versos que la soledad me traiga.” (Juan Ramón Jiménez. Platero y yo, 1916)

“[...] y se habría detenido la ciudad al verle pasar bajo sus banderas verdes –verde hoja de banano–, entre antorchas de racimos de oro más oro que el oro y esclavos centroamericanos de hablar tan melancólico como el grito de las aves acuáticas.” (Miguel Ángel Asturias, El Papa Verde, 1954).

“Eva

Porque tu pecado sirve a maravilla para explicar el horror de la Tierra, mi amor, creciente cada año, se desboca hacia ti, Madre de las víctimas. Tu corazón, consanguíneo del de la pantera y de el del ruiseñor, enloqueciéndose ante la ira de Jehová, que te produjo falible y condenable, se desenfrenó con la congoja sumada de los siglos. La espada flamígera te impidió mirar el laicismo pedestre que habría de convertir al verdugo de Abel en símbolo de la energía y de la perseverancia. Pon mi desnudez al amparo de la tuya, con el candor aciago con que ceñiste el filial cadáver cruento. Mi amor te circuye con tal estilo, que cuando te sentiste desnuda, en vez de apelar al follaje de la vid pudieras haber curvado tu brazo por encima de los milenios para pescar mi corazón.b Yo te conjuro, a fin de que vengas, desde la intemperie de la expulsión, a agasajar la inocencia de mis ojos con el arquetipo de tu carne.Puedo merecerlo, por haber llevado la vergüenza alícuota que me viene de ti, con la ufanía de los pigmeos que, en la fábula de nieve, conducen el cadáver cuyas blancas encías envenenó la fruta falaz.” (Ramón López Velarde: Prosas poéticas de 1921)

“La consabida le echó unas tan atroces rociadas de desprecio, todo con el mirar, nada con la palabra, que casi casi hicieron conmover en su firme asiento a la iracunda estatua; y se fue despacio, con irrisorios alardes de dignidad. Daba pataditas, y en la escalera marcaba los peldaños con insolente cadencia… Abur, espanto de las edades, viruela de los corazones, epidemia social, brújula del infierno, carril de perdición, vaso de deshonra, rosa mustia, torre de las vanidades, hijastra de Eva, tempestad de males, hidra corruptorísima. Carguen contigo los diablos feos y llévente, con tu séquito y corte de pecados, a donde no te volvamos a ver.” (Benito Pérez Galdós: El doctor Centeno, 1883)

“[...] ahógase el matrimonio con la yedra del hastío y las enredaderas de la costumbre; desaparece el hogar cubierto por la yerba, la yerba que crece y crece hasta enseñorearse del último remate de la fachada. Carmen ahora explicábase una porción de cosas inadvertidas en su principio; todas las pequeñas repugnancias y los involuntarios alejamientos de dos cuerpos que han vivido en íntimo contacto y ya no tienen sorpresas que cambiarse, ni sensaciones que ofrecerse, ni curvas que no se conozcan, ni besos que no sepan a otros besos, los de novios y de recién casados, entonces nuevos y celestiales, después repetidos sin entusiasmos, como en recuerdo aproximado de los que se fueron para no volver.” (Federico Gamboa, Suprema Ley, 1896)

“Entre la fruta que necesariamente había de comerse madura, ninguna de colores tan bermejos y dorados, de pulpa tan zumosa de miel, ni de sabor en sí mismo tan oloroso, porque era el sabor de su perfume, como el higo chumbo, “higo de pala”, pero nacido en los nopales arrabaleros. Legítimos nopales plantados por los moros y que no degeneraron de su progenie de Méjico, como las cepas de la suya germánica. No era manjar predilecto de don Magín, y lo aceptaba contagiado de la complacencia que los del arrabal sentían comiéndolos; y había de comerlos allí, entre la plebe aborrachada por el sol de su sangre y de las peñas. Se adormecía mirando la primorosa destreza de aquellos dedos para tomar el chumbo y hundirle la faca en el erizo y dárselo sin tocarlo en la carne.” (Gabriel Miró: Nuestro Padre San Daniel, 1921)

“[...] la condesa era de las que “no podían comer sin aguacate” y don Bibiano y su esposa adoraban el tasajito, la carne aporreada, el arroz en blanco, el majarete y otros platos de la tierra, que Mari Francisca aderezaba con verdadero primor. ” (Alberto Insúa: El negro que tenía el alma blanca, 1922)

“Y dixo el ortelano:

–Maestro, las yervas y ortalizas que diligentemente se siembran y se labran con gran cura, ¿por qué vienen más tarde que las que nacen por sí y no se labran?

E Xanthus, como oyesse esta quistión philosophal y no pudiesse responder a ella, dixo:

–Estas semejantes cosas proceden de la providencia divina.

De lo qual Ysopo se rió con gana.”

(Anónimo: Vida de Ysopo, 1520)

“De un lado, palos de sauce y molles a pique, asegurados por guascas peludas; de otro, exóticos agaves espinosos ya proyectos en su mayor parte, pues con raras excepciones, de cada planta que extendía a todos rumbos sus hojas erizadas de pinchos, se elevaba robusto un pitaco sólo comparable a un tubérculo o a un espárrago gigantesco, provisto de barbas fibrosas de un color negruzco como el del cogollo. Estos frutos o vástagos únicos del agave, que hienden el espacio a gran altura como últimas manifestaciones de la fecundidad y de la energía de la pita que luego se seca y muere, después de haber alimentado con sus hojas carnudas a los grandes bueyes aradores, no surgen ni crecen simultáneamente sino según la edad o grado desarrollo de la planta.” (Eduardo Acevedo Díaz: Nativa, 1890)